Es un caluroso día de verano, y los cadáveres llenan el campo de batalla. Extremidades seccionadas, cráneos aplastados que rezuman una pulpa viscosa, torsos destrozados y rostros llenos de horror, con una expresión de certeza en la muerte, inundan la tierra de sangre y dolor. Ya no se oyen los llantos de los heridos ni las oraciones de las familias llorando a aquellos que han perdido, pues no queda nadie que llore en esta tierra. Sólo unas pocas supervivientes escondidas bajo tierra son lo que queda de nuestra antigua gloria, mientras que en el campo de batalla se encuentran el horror y la muerte, a través de quienes avanzo esperando encontrar la seguridad del hogar subterráneo. La muerte me acompaña durante todo el trayecto, esa mujer que nunca abandonará a un ser vivo por mucho que este la desprecie, con la guadaña en una mano, mientras que en la otra sostiene un reloj de arena que señala el tiempo que nos queda. A su lado, el demonio espera con paciencia el momento en que la guadaña de su compañera ponga a su disposición mi alma. Sólo me queda una esperanza de sobrevivir a este día, y es la posibilidad de encontrar los túneles que me llevarían hasta casa, nuestra ciudad subterránea, el único lugar en que podemos permanecer a salvo del invasor, esa raza gigantesca dotada de un especial ingenio para provocar la muerte y la destrucción tanto de otras especies como de la suya propia.
Empiezo a divisar la colina donde se encuentra la entrada a nuestro reino. No es mas que una pequeña elevación del terreno a pesar de que antaño fuera una de las montañas más gigantescas de la zona. La destrucción la ha convertido en una sombra, y ahora es la entrada a un país de sombras donde ya sólo habitan fantasmas, pues en eso nos hemos convertido o eso seremos dentro de poco tiempo. Corro a través del campo y empiezo a escalar la colina que me llevará a casa cuando de pronto, la tierra empieza a temblar con una fuerza que me tira al suelo, y miro hacia atrás volviendo la vista por encima de mi hombro. La imagen que contemplo me hace temblar de miedo, pues se trata de un ser gigantesco. Llega a los mismos limites del cielo, sostenido su cuerpo por dos extremidades tan grandes como un edificio, que con un solo paso hacen temblar la tierra. Otras dos extremidades salen a ambos lados de su torso, también enorme, fuerte y corpulento. Me pongo en pie y corro con la desesperación generada por la certeza de la muerte, y siento como la tierra se mueve bajo mis pies, agitada por la fuerza del terrible ser, cuya especie nos esta destruyendo. Siento su ser acercándose a mí, sabiendo que de un momento a otro seré aplastada cuando pase sobre mí, y que quizás ni siquiera me verá ni se enterará de que me ha matado.
Entonces, como un milagro me doy cuenta de que he entrado en el túnel que lleva a la ciudad, y de que inconscientemente he abierto la entrada y me he salvado, aunque siento el paso del monstruoso ser en la vibración que produce en el túnel. Es oscuro, hogar de sombras y de muerte, y aunque la larga estancia bajo tierra nos ha provisto de una buena visión en la oscuridad, la negrura y el silencio que se sienten en este lugar me hacen temblar ante la idea de que dentro de poco pasaremos a estar en un sueño de eterno silencio.
A medida que avanzo por la oscuridad esta se disipa gracias a las luces artificiales que inyectan una ligera sensación de vida a la ciudad. Nuestro hogar, escondido entre las sombras de subterráneos naturales, sobrevive tras incontables generaciones de exiliados. Las casas, palacios, todos los edificios de esta gran urbe no son mas que agujeros en la roca, excavados hace milenios, cuando nuestros antepasados tuvieron que huir de la superficie, de la luz a la oscuridad. Los antes simples agujeros en la tierra son ahora obras maestras esculpidas para dar luz y vida a un lugar cercano a la muerte, que nos hacen parecer sombras, residuos de una antigua especie sin esperanzas de futuro.
Los pocos individuos que han sobrevivido al último encuentro a la luz del sol deambulan por las calles como muertos en vida que esperan la verdadera muerte. Ando entre estas sombras en dirección al palacio real, el hogar de la Gran Madre, excavado en obsidiana y recubierto de marfil, el último rastro de una vida rica y cómoda que no es sino un signo de la decadencia que ahora es nuestra reseña. Atravieso una sala tras otra, dejo atrás incontables tesoros que ya nadie quiere, salones fríos, oscuros y repletos de fantasmas, hasta dar con el Gran Salón.
Sólo la respiración entrecortada y los quejidos de dolor de la reina rompen el silencio de la habitación mientras me acerco a ella. Yace en una enorme cama, hinchada y sudorosa por la enfermedad que la corroe desde hace años, cuando dio a luz a la ultima de sus hijas.
- Hija mía - me dice tosiendo con grandes muestras de sufrimiento - me queda poco tiempo de vida, y quiero que te encargues de....
Su frase queda cortada por un repentino espasmo, y con la tos expulsa la poca sangre que le queda en el cuerpo. Con dificultad intenta volver a hablar.D
ebes encargarte de la evacuación... Esta noche, cuando yo muera por fin debes llevar a tus hermanos a otro lugar. Debéis de intentar salvaros.....
- Pero madre - le respondo - no debemos abandonarte, tú eres nuestra única reina....
- Calla hija, debes hacer lo que te digo, ahora déjame descansar....
Cierra los ojos intentando conciliar el sueño, descansar por un rato mientras intenta evitar la muerte, y yo la abandono a su dolor, pensando en como poder abandonar la seguridad de las cuevas y a donde ir esta noche.
La reina, la Gran Madre ha muerto, y al mismo tiempo también lo ha hecho la esperanza. El invasor ha descubierto los túneles y los ha cerrado. Mientras escribo esto el gas mortal empieza a llenar nuestras cavernas, dándonos solo unos minutos mas de vida. Nuestra especie muere y yo me he convertido en la ultima reina de las hormigas. |