Érase una vez, en un pequeño reinado de España llamado Salamanca, un rey. No tenía más familia que una dulce hija, pues el rey había perdido a su amada esposa en una cacería.
La reina era una mujer osada y valiente, que por conseguir la mejor pieza, había galopado con su flamante caballo blanco por los bosques que rodeaban el castillo. Desafortunadamente su caballo, tan absorto como su bella jinete en el enorme zorro al que perseguían, no vio la enorme raíz escondida bajo las hojas. El caballo tropezó y lanzó a la hermosa mujer hacia unos zarzales. Su blanca piel se desgarró y el golpe le provocó una muerte inmediata.
Al oír la desafortunada noticia, el rey mandó quemar todos los zarzales de su reino y se sumió en un triste silencio durante un largo año. Tan solo sonreía cuando veía a su hermosa hija de cinco años junto a el.
La princesita, cuidada por los amorosos desvelos de la dama de compañía de su madre, no echó en falta tan terrible ausencia. Así creció esta niña solitaria, en un castillo donde el más leve indicio de su madre había sido retirado. Nada adornaba ya las desnudas paredes de fría piedra y solo había flores en la habitación de la princesa. Ella las traía a escondidas de sus largos paseos por los bosques, sin comprender porqué su padre no debía verlas.
No obstante todos los desvelos del rey eran para su hija. Pero sus vasallos le echaban de menos. Era un rey justo y noble, no muy exigente con sus impuestos, los cuales usaba para la época invernal abasteciendo de alimentos las ciudades, y desde la muerte de su esposa no había vuelto a salir de su castillo.
Pasaron los años y la princesa fue creciendo hasta convertirse en una hermosa mujer, viva imagen de su madre. Cuando alcanzó la mayoría de edad, su padre decidió dar una enorme fiesta y el castillo volvió a su antiguo esplendor. Los sirvientes corrían sonrientes llenando de jazmines y rosas las estancias, las cocineras llenaban el aire con sus sabrosos guisos y los niños lavaban y atusaban a los animales. La princesa nunca había vivido semejante alborozo y agradecía a su padre tan hermoso regalo. Dos semanas duraron los preparativos, justo a tiempo para el gran día.
La princesa despertó aquella mañana con el corazón sobrecogido por un extraño presentimiento. Se puso su mejor vestido y corrió junto a su padre para ver a los primeros invitados. Reyes, Condes, Duques,... todos llegaban sonrientes, cargados de regalos y sorpresas para la joven. El castillo había vuelto a su antiguo esplendor y la primavera les había agraciado con un día resplandeciente.
Antes de que diese comienzo la comida, llegó el último de los comensales. Era un príncipe húngaro, que tan solo venía en recuerdo de la vieja amistad entre sus padres y el rey. Se presentó ante la princesa y le dio su presente: una pequeña caja que contenía un medallón con forma de flor. Ella había recibido grandes y espléndidos regalos, pero ninguno como éste. Su sencillez y sobre todo su color, la impresionaron. Alzó los ojos para ver a su portador y la sangre de ambos se convirtió en un río común que ansiaba por encontrar sus aguas.
El resto del día fue para la princesa un sueño, en que el amor encontrado hacía desaparecer todo lo que había a su alrededor.
Estaba previsto que los invitados llegados de muy lejos permanecieran en el castillo al menos una semana. Así el amor entre los dos jóvenes fue creciendo y fortaleciéndose entre los bosques. La noche antes de que el príncipe hubiera de partir, la princesa abrió su corazón a su padre. Le contó lo mucho que le amaba y lo feliz que podría ser a su lado. Pero su padre, lejos de alegrarse por su hija, estalló en un tremendo ataque de ira. No quería que nadie le separase del único vínculo que le quedaba en vida con su perdida esposa. Ciego de celos encerró a su hija, y esa misma noche mandó partir al príncipe. Pero este, había conseguido por medio de un leal servidor, deslizar una carta de amor en los aposentos de su amada.
En ella le pedía que se reuniese con él en su reino, donde nadie podría impedir su amor. Así partió el príncipe, llevándose el corazón de la princesa.
Pasaron los días y el rey no se atrevía a mirar a su hija. Se avergonzaba de su comportamiento, pues se sabía egoísta y no quería separarse de su hija. Si hubiese permitido que los dos jóvenes siguieran amándose, ella acabaría viajando hasta Hungría y ya no podría verla más que en contadas ocasiones. ¿Cómo había podido ser tan cruel? ¿Acaso ya no recordaba que su esposa provenía de un lugar más lejano aún?...La princesa pasaba los días llorando, recorriendo los bosques donde días atrás había conocido el verdadero amor.
Un día, mientras estaban comiendo, la cocinera quiso deleitar a sus señores con un plato un tanto extraño: ostras. No eran muy comunes en el reino, pues se extraen del mar y éste queda lejos de Salamanca. Al ver al animal encerrado en su concha, la princesa tuvo una idea. Pidió a su padre que buscase la concha más grande de todo el reino, pues quería saber más de los animales que en ellas vivían. El rey, no pudiendo negarse a los deseos de su hija, mandó a todos su servidores a recorrerse el mundo en busca de la concha más grande.
Meses más tarde, llegó al castillo una enorme e inmensa concha. La princesa ordenó que la subieran a sus habitaciones y, ayudada por la que era para ella como una madre, quitaron al animal que en ella vivía. Después le dijo a su padre que ya no quería la concha, pues le resultaba muy desagradable su olor. Mandó que la cerrasen lo mejor posible y la enviasen a un lugar lejano. Sin que nadie se percatase, la princesa se metió dentro de la concha.
Los portadores se la llevaron así muy lejos, y cuando se volvieron al castillo, la princesa salió de la concha. Como llevaba algún dinero, compró un caballo y se dirigió al reino de su amado.
Cuando el rey se dio cuenta de la estratagema urdida por su hija, mandó buscar todas las conchas del mundo. Pasaba así los días, abriéndolas esperando encontrarla. Mientras tanto, la princesa llegó hasta Hungría, donde contrajo matrimonio con su amado príncipe. Pasados los años, añorando ver de nuevo a su padre, pidió a su esposo viajar de nuevo a su castillo en Salamanca.
Cuando llegaron, encontraron al pobre rey desesperado y viejo por los años de dolor. La princesa abrazó a su padre, quitando así de sus corazones los largos años de ausencia. El rey se encontraba ya muy cansado, así que decidió delegar el trono a su leal sobrino y marcharse con la feliz pareja. Pero antes de irse, en recuerdo del egoísmo que casi le lleva a perder a su hija, encargó a sus arquitectos algo muy especial. Mandó colocar todas las conchas en las paredes del castillo.
De este modo, aquel que pase ahora ante la casa de las conchas, podrá recordar esta historia.