AURORA BITZINE - Agosto 2003 - nº 13  
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CAMISETAS AURORA Número 13, Agosto de 2003
 
 
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Mitos y Leyendas: El Largo Día de Faetón
Por Manuel Burón
Muy orgulloso se mostró el joven Faetón cuando su madre le contó que no era hijo de mortal, si no del dios Hélios, que cada día cruzaba el cielo en su deslumbrante carro del Sol. Pero nada entristecía mas al joven, que las mofas de sus compañeros al hacer referencia a tan alta cuna, nadie le creía. Por tanto, el y su madre pidieron al dios que hiciera una señal para reconocer su descendencia.

Un día, antes del Alba, Faetón llego al divino palacio de Hélios, donde este le esperaba en su trono de marfil, reluciente de joyas. Allí le dio la bienvenida rodeado de sus sirvientes, las Horas, los Días, los Meses y las mas nobles de todas: las Estaciones. El joven Faetón le pidió a su padre un deseo, que le dejase conducir por una vez el carro del Sol, para así mostrar su verdadero linaje. Hélios, intento persuadirlo para que le pidiese otra cosa, pero fue imposible hacerle cambiar de parecer.

Se acercó la hora del amanecer, y Hélios acompañó a su hijo junto al hermoso carro obra de Vulcano, dorado y adornado con preciosas joyas. Un sirviente enganchó los cuatro caballos del Sol al carro, y estos, bien alimentados con ambrosía, relinchaban ansiosos por empezar su camino. Mientras, Hélios no dejaba de dar consejos a su vástago, a la vez que le ungía un bálsamo sagrado, que le protegería del fuerte calor.

"Sigue el camino indicado" - le decía Hélios - "No bajes demasiado deprisa, ni subas demasiado alto. No utilices el látigo y agarra fuerte las riendas dejando que todo el trabajo lo hagan ellos." - Aun así Hélios volvió a pedir a su hijo que desistiese, pero el presuntuoso joven no quiso escucharle mas.

Así Faetón azuzó osadamente el brioso tiro, y los caballos salieron disparados hacia la bruma del alba. No tardaron mucho en darse cuenta de que estaban bajo el control de una mano inexperta, con lo que se encabritaron y se salieron de su camino acostumbrado, sorprendiendo a todos los hombres en la Tierra.

En seguida se dio cuenta de su grandísimo error, y deseó haber sido mas humilde, ya que por mas que tiraba de las riendas y gritaba a los caballos, estos hacían los que les venia en gana, como si fueran animales salvajes. Tan pronto se veía en el cielo infinito, como cerca del Océano o de la Tierra. Tan cerca paso de una montaña, que esta se incendió.

Esto fue un terrible desastre para la Tierra. La naturaleza se marchitó, la tierra se desmoronaba reseca bajo los pies de los hombres. Las aguas se secaron en los ríos, y el reino de Poseidón disminuyó. Los reinos de los hombres se derrumbaban victimas del sofocante calor. Ese día incluso a algunos hombres les cambio el color de la piel se volvieron negros a partir de entonces. Tan grande fue la ruina y el desastre, que desde entonces la mitad del mundo se convirtió en un erial desértico.

En vista de tan gran desolación, Faetón empezó a desesperar. Soltó la riendas, y oró, implorando el perdón de su padre. Pero Hélios no pudo oírle entre todos los alaridos provenientes de la Tierra. Todo este ruido despertó al poderoso Zeus, que en vista de la situación lanzo un rayo al joven auriga que se desplomó del carro ardiendo como una tea. Los caballos al sentirse solos fueron a buscar sus establos de nuevo. Y así la bendita noche llegó otra vez a la tierra, tan solo iluminada por el resplandor de Faetón al arder.

Solo sus parientes mas cercanos le lloraron con amargura. Su madre, furiosa, fue al lugar donde cayó para verter la sangre de su corazón. Sus hermanas le lloraron tan amargamente, que los dioses las convirtieron en álamos que lloraban ámbar, y a su amigo Cigno, que se arrojaba al agua para recoger sus restos carbonizados, le convirtieron en un cisne.
 
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