¿Habéis sentido alguna vez la imperiosa necesidad de pasar el resto de vuestras vidas durmiendo, para olvidaros de la realidad?. Yo sí. Hace muchos años, una antepasada mía dejó escrito un diario, en el que narraba una extraña historia y gracias a esa narración, que aun no se si creer, hizo posible que hoy pueda tener pequeños momentos de felicidad en la suave inconsciencia del sueño.
Ruth era un mujer audaz, generosa y decidida. Tan convencida estaba siempre de conseguir lo que quería, que haciendo caso omiso de sus familiares, contrajo matrimonio con un hombre de una casta muy inferior a la suya. Le amaba desde niña y el no tenía ojos para ninguna otra. Dicen que su amor era tan envidiable que quien los veía pasear al atardecer, había de pararse a observarlos con tierna envidia y quienes la odiaban intentaban sin éxito separarlos. Lo abandonaron todo por estar juntos. Dicen que lo que puede llegar a ser perfecto, tiende a destruirse. Tras siete años de matrimonio, el contrajo una extraña enfermedad, que poco a poco fue dejándole sin vida. Cuanto más se acercaba su muerte más desaparecía también la vida en ella. Finalmente llegó su noche, la sábana que cubre para siempre la mente; ella quedó totalmente vacía. Vagaba sin rumbo fijo por las nostálgicas calles de la pequeña ciudad, buscando su aliento, sus susurros en el viento, cualquier cosa que pudiese contener algo suyo.
Las noches comenzaron a hacerse insoportables. El dolor comenzó a quedar ahogado por la dejadez. No era capaz de sentir nada. Su cuerpo exánime atrajo hasta su puerta a los caballeros oscuros, arropados por una tenebrosa noche de invierno, tan fría que incluso los vagabundos se guarnecían en los sótanos que quedaban por descuido abiertos.
Atravesaron la puerta y silenciosamente subieron la larga escalinata que llevaba hasta su alcoba. Ruth permanecía despierta, incapaz de conciliar el sueño. Su indiferencia para todo lo ajeno no le alertó del peligro. Entonces, uno de ellos le alargó un manuscrito. Al recogerlo de sus manos notó un leve escalofrío recorriendo su cuerpo. Era un contrato: a cambio de un pedazo de su alma, ellos le darían una noche de respiro y sosiego, inundando su mente con dulces sueños. Como ya nada esperaba, firmó. Y en el instante en el que su pluma terminó el último trazo de su rúbrica, cayó rendida en un profundo sueño.
Tal y como le habían predecido sus sueños fueron cautivadores y sosegados, y al despertar un nuevo brillo apareció en sus pupilas. Renacieron en ella nuevas fuerzas para forjarse un nuevo destino. Pasó la tarde sentada en un parque de la ciudad, observando a los niños jugar.
Maldecía la hora en la que de niña había contraído aquella enfermedad. La epidemia fue espantosa: la mayoría de los niños habían muerto y los pocos que lograron sobrevivir conservaban terribles secuelas. Ruth fue afortunada. Su blanca piel no presentaba ningún vestigio, pero su matriz había quedado invalidada. La imposibilidad de dar vida la llevó a aferrarse a lo poco que poseía. Aunque ahora ya no importaba mucho. Podía firmar otro contrato y soñar lo que añoraba.
Transcurrieron así las horas, hasta que su mirada se posó en un anciano de cuya presencia no se había percatado antes. Se vio reflejada en sus ojos sin vida, y de pronto lo comprendió. Los caballeros de la oscuridad no sólo la habían visitado a ella, sino a muchos más. Arrebataban los sueños de las personas felices para venderlos a cambio de anímicos vestigios a aquellos desdichados que se hallaban perdidos. Entendió que incluso a ellos les habían despojado de toda ilusión, para que posteriormente firmasen sus contratos, hasta usurpar totalmente sus almas. Si es cierto que existe lo diabólico éstos serían sus manifestaciones. Tal fue su ira que decidió enfrentarse a ellos de la única manera posible: a través de la inconsciencia del mundo de los sueños, para lo cual precisaba permanecer dormida sin perturbación alguna.
Fue a casa de su madre, la cual al verla tan esperanzada, no pudo reprenderla de su mala conducta pasada: pasó años intentando recuperar a su hija y al fin consiguió comprender los fuertes lazos que la unían a su marido. Confiaba en su regreso, aunque con un solo instante a su lado se conformaba. Celebró pues su llegada con una suntuosa cena. Después tomaron asiento en los dos grandes butacones cercanos a la chimenea, y mientras su madre esperaba anhelante sus palabras, ella fue desvaneciéndose lánguidamente. Su madre, asustada, ordenó que la subieran a su antigua habitación y llamaron al médico. Ella mientras tanto vagaba aun en su inconsciente, sin saber muy bien si despertar o continuar allí. Una vez la reconoció el médico le dijo a su madre que bien podían transcurrir horas o días antes de despertar, como no hacerlo nunca. Debía esperar, el mundo real, su regreso.
PRIMERA ESFERA
Ella caminó a través de su mente y en un principio todo era oscuridad y silencio. Sus sentidos aun se encontraban profundamente dormidos. Pequeños destellos comenzaron a pulular en derredor suyo ysuaves cantos la arropaban sin mediar su procedencia. Siguió las dulces melodías por caminos cada vez más iluminados. La luz pronto se le hizo insoportable y ante ella apareció una majestuosa puerta blanca. La abrió y escuchó la risa de un bebé.
Quedó prendada del espectáculo que se ofrecía ante ella. Se encontraba ante el más bello jardín que jamás había podido imaginar. Extrañas y magníficas criaturas saciaban su sed en extraordinarias fuentes, de las cuales el agua manaba formando diferentes arco iris. Alzó su vista y observó la perfecta sincronización del vuelo de las aves que llenaban el cielo. Parecían flotar entre las nubes, cuyo aspecto se cernía en formas humanas, tal y como los griegos imaginaban a sus dioses, animales y olas que deambulaban en un tranquilo mar. Dos soles iluminaban todo cuanto alcanzaba ver concebidos a propósito para que el jardín no quedase nunca en penumbra.
Comenzó a caminar por aquel extraño edén curioseando cada detalle. Flores exuberantes exhalaban los mas dulces perfumes y cada olor le transportaba a un nuevo paraje. Los animales a su paso se acercaban para ser acariciados. Ruth sintiendo la más tierna inocencia no sentía peligro ni miedo.
Atisbó un grupo de lagos, cada uno de un color, y divertida fue sumergiéndose en cada uno de ellos. En las apacibles aguas esmeralda el frescor le envolvió, el frío le estremeció en las turquesas y calor le abrasó en las carmesí. Las nacaradas le resultaron mucho más atractivas: multitud de peces se bañaban con ella y tan absorta estaba admirándoles que no se percató de la presencia de Palas. Éste era el mayor pez del lago. Sus escamas eran enormes brillantes, sus ojos dos inmensos zafiros y su boca un gran rubí. Subió suavemente sobre su lomo a Ruth, la cual se aferró fuertemente a sus aletas para no caer. Palas le transportó en una trepidante carrera desde el centro del lago hasta la orilla. Cuando sus pies tocaron de nuevo la blanca arena, un enorme chorro de agua se disparó desde el centro de cada lago y Palas se despidió de ella con un gran salto. Creyó ver en sus ojos la imagen de una mujer amamantando a un niño.
Su estómago empezó a dar nuestras de clara insatisfacción. Se acercó entonces a un grupo de árboles. Cada uno tenía tallado en su tronco un anagrama que parecía explicar las propiedades de cada fruto. Degustó la más exquisita fruta y se deleitó con los frutos de los árboles que había en el centro. Éstos tenían la propiedad de adoptar el sabor que el comensal quisiese. Satisfecha su hambre, continuó su camino por una senda que se abría paso desde el árbol central. Llegó hasta una aldea, donde todas las casas eran cálidos hogares y las familias que las habitaban, felices. Todo lo humanamente posible. Ruth hubiera podido quedarse allí eternamente.
Estaba dentro de los sueños superficiales, esos que todo el mundo cuenta. Debía adentrarse más si quería conseguir su propósito. Abandonó por ello aquel hermoso vergel, siguiendo la senda que la alejaba de la aldea. Al final del camino, cuando las criaturas habían desaparecido de su alrededor, había una puerta roja. Al tocarla, Ruth sintió una oleada de calor recorrer su cuerpo.
SEGUNDA ESFERA
El paisaje comenzó a tornarse rocoso. La vegetación, tan fértil momentos antes ahora se mostraba estéril. El suelo comenzó a arder bajo sus pies y el cielo se transformó en un mar sangriento. La pasión estallaba allí donde mirase, pero también el terror. Parejas se devoraban unas a otras, degollándose y deshaciéndose para volver a reconstruirse. Lo más extraño era el palpitar de las rocas. Parecían querer hablar a gritos para contar lo que en innumerables años habían visto acontecer en torno a ellas. Las montañas se abrían entre espantosos rugidos y volvían a chocar emitiendo extraños lamentos. Venciendo su miedo, se agachó para recoger una de las piedras que parecía latir con más fuerza, y al tocarla una poderosa fuerza se introdujo en su interior. Consideró que no había nada imposible para ella, como si se hubiese convertido en un ser invencible, fuera de toda limitación. Entonces las más abominables criaturas comenzaron a acosarla. Todos sus temores se transformaron en un gigantesco monstruo que parecía querer devorarla. Corrió cuanto pudo, dando imaginarias alas a sus pies hasta caer rendida. Sintió una mano recorrer su espalda y aterrada emitió un ahogado grito. Al girarse vio ante sí un muchacho cuya mirada aplacó sus temblores. Sus rasgos eran similares a los suyos…
La imagen del joven se desvaneció pero quedó en su interior un fuego que creía haber aplacado. A su mente volvieron las pasiones de su juventud y su cuerpo estalló recordando las innumerables veces que había compartido el amor con su marido, aunque desde entonces parecía haber transcurrido un segundo de la eternidad. Vio ante sí el pájaro que va desgastando con su pico la montaña. Tan frenético estaba que a su paso las montañas desaparecían en instantes. Allí donde estaba, el tiempo no tenía la menor importancia: era algo infinito, rápido, de gran intensidad.
Su cuerpo se convirtió en un huracán, llevándose consigo todas sus ambiciones ya olvidadas. Ruth se alejó así de la esfera de fuego. Cuando la tierra comenzó a evaporarse bajo sus pies, encontró la tercera puerta de un hermoso color azul grisáceo.
TERCERA ESFERA
Se adentró en un mar gélido, como si de nitrógeno estuviese formado. Sus miembros comenzaban a quedar agarrotados por el frío y divisando un iceberg, nadó hasta él. Sobre éste encontró un abrigo de pieles. Estaba confeccionado con un fragmento del pelaje de cada animal, para que ninguno tuviese que perecer por él. Ruth se envolvió en el suave manto y continuó navegando en su extraña embarcación. El viento arreciaba, transportando pequeñas figuras de nieve. Recogió una de ellas entre sus manos y ésta cobró vida al entrar en contacto con su cuerpo. Revoloteó a su alrededor durante unos instantes y después voló hacia el cielo, quedando colgada del mismo.
Miles de estas figuras iluminaban la esfera, y a medida que unas se apagaban otras se encendían. Eran las hadas del frío, las cuales transportaban en su interior el corazón de los humanos. Intentó algo que desde niña había deseado hacer: alargó su mano para ver si podía alcanzarlas. Aunque sus intentos siempre resultaron vanos, esta vez lo consiguió. Podía incluso caminar a través de ellas, pero duró poco tiempo. Volvió a caer hacia el iceberg comprobando que allí no todo era posible.
Una luna tras ella, magnífica y llena la espiaba. Cuando ella sintió su mirada, se giró y la luna intentó atraparla. Afortunadamente, el iceberg le había llevado hasta la orilla, si es que se puede decir así, ya que todo a su alrededor eran montañas de hielo y mares helados. Al tocar sus pies la superficie helada, la luna se encogió y alejándose se unió a sus hermanas que colgaban desperdigadas.
Caminó por el curso de un río helado que la llevó hasta una cueva. Al entrar vio una luz al fondo de la misma. Provenía de una hoguera en la que un anciano intentaba, sin éxito, calentarse. Estaba contando historias a las hadas del frío, cuando se percató de su presencia. Su mirada tenía, al igual que su amante perdido, la capacidad de explorar en su interior. Se despojó de su abrigo y tiernamente se lo entregó. Éste levantó su mano y señaló un rincón de la cueva. En él se levantaba un gran espejo. Ruth se dirigió hacia él y al verse reflejada vio su vida pasar a través del opaco cristal.
Se reprendió no haber cumplido con todos los propósitos y metas que de joven se había trazado. Su conciencia se volvió contra ella, dura y cruel. Empezó a quedarse congelada, incapaz de moverse. Sumergida en esta helada oscuridad, notó la mano del anciano posarse sobre su vientre, dando vida a algo en su interior. Una lágrima afloró de sus ojos, derritiendo el hielo que había dentro de sí. Una tras otra comenzaron a caer, hasta que pudo moverse. Éstas a su paso iban abriendo un túnel a través de la montaña, por el cual se deslizó. La gruta terminaba en una imponente puerta negra.
CUARTA ESFERA
Ruth abrió la puerta y su corazón dejó de palpitar. Comenzó a caer en el abismo de la nada, hasta que la barca de la noche que Atum guiaba la recogió. La llevó hasta un tenebroso castillo negro que se erguía en medio del vacío. Una corriente de mortecino aire la llevó hasta una grandiosa estancia, en cuyo centro se sentaba el Príncipe de los Caballeros de la Oscuridad. Su rostro estaba cubierto por un tupido velo, y con voz terrible, le preguntó que había ido a hacer allí. Su hora aún no había llegado y era una impertinencia presentarse antes. Le quitó las cadenas invisibles que impedían su movimiento y Ruth, altiva y desafiante, le exigió que le devolviera sus sueños. El Príncipe, furioso, se levantó. Al saber que no podía disponer sobre su vida, se le ocurrió una idea: si ella era capaz de superar la prueba que él le impusiese, devolvería los sueños a sus dueños y además ella podría hacer realidad uno de los suyos. En otro caso, ella entraría a formar parte de sus emisarios.
El Príncipe de las Tinieblas se introdujo en su interior y comprobó que una vida latía dentro de ella. Si su amor era lo suficientemente grande debía atravesar la “hoguera de las desdichas humanas”: su cuerpo sufriría todas las penurias que había padecido la humanidad. Su vida tras el parto no aguantaría más de unos meses, puesto que tras el mismo contraería una a una todas las enfermedades, muriendo entre los más terribles dolores. Apareció ante ella el recuerdo del hombre que la acompañó en sus diferentes edades a través de las esferas. Entendió que éste era el hijo que añoraba y sin dudarlo, atravesó el gran fuego que se levantaba ante ella. El Príncipe se vio derrotado: debía cumplir su parte del trato haciéndole perder todo su poder.
El castillo estalló en miles de pedazos que iban siendo absorbidos por la nada. Despertó entonces en el mundo real y una sonrisa se perfiló en su rostro. Meses más tarde, en contra de lo que le habían pronosticado los médicos, trajo a la vida un hermoso niño.
Así es como los sueños volvieron a sus dueños y dejaron de divagar por manos ajenas, para crear pequeños mundos inescrutables. Pero tan secretos se han echo que a veces no los podemos recordar.
Espero que algún día
alguien sea capaz de atravesar las cuatro esferas de nuevo y
nos los devuelvan al amanecer.