Que triste es ver desvanecerse un sueño, sucumbir por el peso de nuestra propia ilusión. De qué sirve lamentarse después por la poca racionalidad de nuestros actos. Nada es eterno y lo peor de ello es su veracidad. No hay término medio para la felicidad, sólo éxtasis y desconcierto.
Somos una ola navegando en nuestra propia ficción, enmarañada en una tela de irrealidades de la que de vez en cuando conseguimos escapar, sin darnos cuenta de que eso significa perdernos en un mundo ajeno. Y no obstante éso es lo que luego denominamos madurar, experimentar. Pues yo no quiero. Aunque tampoco deseo sumergirme en un mar helado y permanecer eternamente inalterable, sin más metas que las procuradas por mi raciocinio. También quiero volar y desplegar mis alas en una aurora boreal. ¿Por qué tiene alguien que arrebatármelo?. ¿Qué dolor he tenido que procurar para merecer semejante desatino?
No hay más respuesta que la procurada por un desengaño y no hay más alternativa que la de avanzar a ciegas y sin un guía por la tela de araña.