AURORA BITZINE - Julio 2003 - nº 12  
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CAMISETAS AURORA Número 12, Julio de 2003
 
 
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Alien Resurrection: Cuarta Parte
Por Beater
Christie iba a medio camino por el corredor cuando finalmente se dio cuenta que los otros no lo seguían. Desanduvo el camino para reunirse con ellos en la boca del último corredor que habían pasado. “¿Qué demonios está ocurriendo? ¡Debemos apresurarnos!”
Nadie contestó. Todos seguían mirando hacia el oscuro corredor.
Hillard estaba gritando, “¡Elgyn! ¡Elgyn!”
Christie avanzó a empujones, justo a tiempo para ver la ensombrecida figura de su capitán emergiendo a medias del suelo. “¡La puta madre!”
Avanzó por el corredor, consciente que los otros iban a su lado.
La única parte de Elgyn que era visible era de hombros hacia arriba. Sus facciones estaban tensas en una máscara de dolor y horror.

“¡Sacádlo!” Gritaba Hillard. “¡Maldición, sacádlo de ahí!”
Johner y Distephano obedecieron rápidamente, tomando a Elgyn por los brazos, y jalándolo hacia arriba. Christie miraba, transfigurado por un enorme agujero que se abría en mitad del pecho de Elgyn. Estaba muerto. ¿Elgyn estaba muerto? Christie podía ver perfectamente hasta el otro lado por entre el agujero en el pecho de Elgyn. Elgyn estaba muerto.
Todos miraban, horrorizados. Incluso Wren había palidecido, su piel repentinamente se perló de sudor. Hillard no se movió, sino que simplemente lamentó la muerte de su amante, estrechándolo entre sus brazos.
Un fuerte y crujiente ruido les hizo volverse para mirar de vuelta sobre el corredor. El suelo entre ellos y el corredor principal estalló en una lluvia de fragmentos y escombros, y súbitamente, la boca del corredor quedó bloqueada por una visión del infierno. Una especie de creciente y enorme monstruo. Christie vagamente recordó a Call hablar del proyecto científico de Wren, acerca de producir criaturas, acerca de…
“¡Si esas cosas se liberan, eso hará que la plaga de gusanos de Lacerta parezca un jodido carnaval!”
Oh, sí, pensó Christie, ¡Tenías razón en eso, nena!
La criatura abrió sus mandíbulas, revelando una increíble hilera de brillantes y acerados dientes, luego sacó su lengua y siseó-

El grupo entero entró en pánico, dejando caer el cuerpo de su capitán muerto, sin mucha parsimonia, de vuelta en el agujero del suelo y pusieron pies en polvorosa en el sentido opuesto a esa esa cosa.
Doblaron en una esquina y se encontraron encarando un pasillo cerrado.
¡Eso lo planeó! Pensó Christie estupefacto. Esa cosa encontró la forma de atrapar a Elgyn, y luego lo usó para atraparnos. Ahora nos tiene a todos. ¡Mierda! Aspiró profundamente. Tenía que pensar, tenía que pensar si no fueran ni la mitad de listos que esa cosa, seguramente ya estarían muertos. Christie se apretujó contra el muro y miró a hurtadillas por el borde del corredor. Necesitaba saber dónde demonios estaba eso ahora.
Aferrando a Johner por la solapa de su camisa, Christie lo colocó en posición, a su lado. Johner se había puesto gris, especialmente alrededor de su sobresaliente cicatríz. Pero por lo menos estaba sobrio. De eso Christie estaba seguro. Johner estaba temblando. Nunca antes había visto a Johner temblar de miedo. Nunca creyó si quiera que pudiera hacerlo.
“¿Estás bien?” Le siseó Christie.
Johner parpadeó, y respiró profundamente. “Sí. Sí. Estoy contigo.”
Es lo que necesitaba escuchar, pensó el enorme hombre.
Moviendo rápidamente su cabeza en el borde del corredor, Christie divisó al Alien. En el extremo opuesto, la criatura se abalanzó del agujero en que estaba hasta posarse sobre el suelo, y comenzó a avanzar hacia el cadáver de Elgyn, que estaba medio cuerpo fuera del agujero derretido. Christie apretó los ojos para evitar que les entrara el sudor que perlaba su frente.
“¿Viene hacia acá?” Johner le siseó. “¿Viene?”
“No sé. Quizá va tras el cadáver.”
En un rincón junto al resto, Hillard dejó escapar un suave gemido.
Johner estaba ya más controlado, Christie lo podía sentir. Se aproximó a Christie, echando un vistazo.
“¿Viene hacia acá?” preguntó Christie.
“¡Sip!” Dijo él dándolo por hecho.
Hillard exhaló angustiada. “¡Oh Genial!”
“¡Lo mismo digo!” dijo Johner, alzando su arma. “Acabemos con esto.”
Christie miró al hombre de la cicatriz, y los dos se sonrieron uno al otro. Entonces Christie se percató que estaban a un pelo de la histeria.
Christie se inclinó sobre el borde del corredor para echar otro vistazo. En verdad venía a por ellos. Tenía quizá unos dos y medio o tres metros de alto, y sin embargo, era grácil como una araña, pasó por sobre el cuerpo de Elgyn y continuó avanzando.

Hasta que el cuerpo de Elgyn se movió.
Christie observó incrédulo, pero podía ver claramente el cuerpo de Elgyn por entre las piernas del monstruo. Le dijo a Johner que echara un vistazo. Cuidadosamente, Hillard se les unió.
¡Elgyn está muerto! ¿Cómo diablos-?
El imposible movimiento debió confundir también a la criatura, porque se volvió, se inclinó sobre el cadáver. Casi parecía que lo estaba olfateando. El cadáver se movió nuevamente, alzándose ligeramente. Christie sabía muy bien la gran cantidad de movimientos y rarezas que podía hacer el cuerpo de alguien recién muerto, pero ciertamente esta no figuraba en la lista.

Ahora el monstruo estaba olfateando el enorme agujero en el pecho de Elgyn. El cadáver se movió ligeramente mientras lo hacía, entonces, de pronto, el cañón de un rifle asomó por el agujero. Christie parpadeó y volteó a mirar a Johner, que estaba tan atónito como él mismo.
El Alien no supo qué era aquello. Olfateó el cañón, luego retrajo sus delgados labios en un gruñido. El cañón se encontró directamente con su enorme cabeza.
Entonces se disparó.
La explosión voló su cabeza hasta el infierno y de vuelta, y los tripulantes del Betty se apartaron hacia la esquina para evitar ser salpicados. Christie fue el primero en atisbar. El monstruo había caído al suelo y todo lo que su sangre había tocado comenzaba a derretirse. Christie salió del resquicio del corredor, su arma lista. Johner estaba justo a su lado. Luego los otros se asomaron para ver.
El cañón del rifle que sobresalía del pecho de Elgyn volvió a desaparecer por el agujero, luego el cuerpo entero fue izado y rodó hacia un costado.
Dos delgadas manos aparecieron en el borde del agujero y depositaron el rifle ahí, luego el pistolero se elevó desde el piso inferior. Christie se quedó atónito de ver que el tirador era la mujer que les había dado una tremenda paliza poco antes ese mismo día la mujer que llamaban “Ripley.” Se elevó ágilmente en un solo y efectivo movimiento, se pasó la mano por el cabello de forma casual, y se llevó al hombro la correa del arma, como si siempre hubiera llevado una.
Christie miró a Johner. No parecía que tuviera muchas ganas de fastidiarla en estos momentos.
Nadie se movió por un largo momento; hasta que la mujer súbitamente se arrodilló sobre el cuerpo de Elgyn y comenzó a registrarlo.
Súbitamente, Hillard se adelantó por el corredor, inconsciente a cualquier peligro. Estaba furiosa, como si esta mujer fuera la causa de todos sus problemas. “¡Déjalo en paz!” gritó.
Christie reflexionó acerca de cuántas criaturas más como esta podrían andar sueltas por ahí, cuántas más podrían ser atraídas por sus voces.
Ripley apenas echó una mirada a Hillard. Impasible como siempre, encontró un puñado de municiones en los bolsillos de Elgyn y se lo apropió, metiéndolas en su propio bolsillo. Luego se enderezó y cargó su rifle, verificándolo profesionalmente. El resto bien podían ser invisibles para ella.

Call repentinamente habló. Christie apenas la oyó murmurar, “Bien… con calma. ¿Qué coño…?”
Ripley entonces los miró a todos, por un largo y desagradable momento. Luego, sin decir palabra, se aproximó al cadáver del monstruo. Inclinándose sobre su cabeza, alcanzó su boca. Su mandíbula estaba abierta, derramando un transparente y claro líquido, y la bestia todavía temblaba con ligeras convulsiones post mortem.
Christie escuchó un suave sonido a su lado y descubrió que, para su asombro, era Johner. Los ojos del hombre de la cicatriz expresaban una inmensa repulsión. Es cierto. ¡Caramba, Johner detesta los bichos, y esa cosa parece ser la madre de todos los bichos!
Sin premeditación, Ripley aferró la lengua del Alien. Soltando un feroz rugido de batalla, la jaló con fuerza inhumana y arrancó la rígida y dentada lengua de la cabeza del monstruo.
Mientras el resto solamente miraban ahí apostados, Ripley caminó hacia Call y pasó la odiosa, y goteante cosa a las manos de la pequeña mujer.
“Toma,” dijo Ripley casi de modo casual. “Harás un hermoso collar con esto.” Luego se alejó unos pocos metros.
Call miró aterrada su “regalo” y lo dejó caer al suelo. Todos los demás temblaron.
Christie se percató que Wren, estaba intentando esconderse poniendo el grupo entero entre él y Ripley, pero ella parecía no prestarle atención.
Con voz temblorosa, Johner le preguntó a Christie, “¿Qué hacemos ahora?”
El hombre negro sugirió. “Lo que estábamos haciendo hace un momento. Larguémonos de aquí”
“¿Qué tal si hay más?” preguntó Johner, sus ojos estaban muy abiertos y vidriosos. “Dejemos… dejemos que los soldados se encarguen de ellos. Alguien vendrá… es decir… ¿dónde rayos están los soldados?”

A Christie no le gustaba nada ver a Johner tan nervioso. Lo necesitaría para salir de ahí, si es que podían hacerlo.
“Están muertos,” dijo Call. Sonaba muy segura de sí misma. Después de todo, no habían visto más soldados desde que habían salido del comedor.
Johner se volvió súbitamente hacia Wren, y su expresión se tornó iracunda. Se aproximó al científico con su arma en alto. Distephano, el soldado, se interpuso en su camino, a pesar de que estaba desarmado. Johner lo ignoró, sus ojos, su rabia, su miedo, estaban todos dirigidos a Wren. Call había dicho que él era el responsable de crear a los Aliens, y Johner debió haberlo recordado.
“No necesitamos más a este imbécil,” gruñó Johner. “Acabémoslo”
“¡Retroceda!” ordenó firmemente Distephano.
Johner elevó su arma y apuntó al rostro de Distephano. El soldado no se movió, pero Wren se estremeció.
“¡Basta!” ordenó Call, interponiéndose.
Johner cargó contra ella, furioso, el gatillo a un pelo de dispararse. “¡Tu no tienes autoridad aquí!”
La pequeña y frágil mujer no retrocedió. Encarando directamente a Johner, argumentó, “¡No vamos a matar a nadie, excepto en defensa propia!”

A regañadientes, Christie se percató que debía involucrarse. Se dirigió a Wren. “Doctor, esa cosa que mató a mi compañero… ¿es su proyecto de ciencias?”
En voz baja, Wren admitió, “Sí”
“¿Y hay más?” interrogó Christie. Wren asintió. “¿Cuántos?”
El doctor miró nerviosamente alrededor, y Christie se percató que estaba tan preocupado por Ripley, que se hallaba a varios metros de distancia de él, acuclillada. Con voz apenas audible, murmuró, “Veinte”
Johner casi enloqueció. “¡Veinte! ¡Nuestros rosados traseros están jodidos si hay veinte de esas cosas sueltas por ahí!”
Todos comenzaron a hablar al unísono, casi en pánico, hasta que la voz calmada de Ripley cortó la discusión. “Habrá más. Muchos más.”
Todos la miraron.
“Se reproducirán,” les dijo. “En unas cuantas horas serán el doble de eso. Quizá más.”
Se levantó ágilmente y se acercó a ellos. Sin mostrar más emoción de la que había mostrado por cualquier otra cosa, dijo, “Y bien, ¿a quien tengo que follarme para abandonar este barco?”
Nadie respondió. Los ponía nerviosos, tensos. A pesar que los había salvado de la bestia, ninguno de ellos se sentía cómodo en su presencia.
De pronto, Call se adelantó, señalando a Ripley. “Esperad un momento, ¡Ella fue el huésped de estos monstruos! Wren la clonó porque llevaba uno dentro.”

“Eso lo explica todo” murmuró Christie a Johner.
“Es demasiado riesgo,” insistió Call. “Dejémosla.”
Johner asintió. “Esta vez estoy de acuerdo con Call.”
No es buena idea, decidió Christie. La necesitamos. No sabía por qué, solo lo sabía, y estaba acostumbrado a seguir sus corazonadas, especialmente cuando las cosas se ponían difíciles. Sin Elgyn, no tenían un líder. Alguien debía tomar la posición de mando. Todos lo estaban mirando. ¡Cielos, él no quería este trabajo!
Dirigiéndose a todo el grupo, Christie ordenó, “Ella viene.”
Call se le enfrentó, pasmada. “¡No es humana! ¡Es parte del experimento de Wren! ¡Nos traicionará sin pensarlo!”
Christie miró a Ripley en todo momento. Todavía con aquella actitud impasible. Y sus ojos- esos ojos predadores… estaban perdiendo un tiempo valioso con toda esa discusión. ¿Veinte de esas cosas?
Se volvió hacia el grupo entero. “Me importa un carajo si vosotros os lleváis bien o no. Si vamos a sobrevivir a este follón, debemos mantenernos juntos. Todos abandonaremos la nave. Después de eso, cada uno sigue por su cuenta.” Impulsivamente, se inclinó y tomó el rifle de Elgyn, pasándoselo a Distephano. Johner lo miró incrédulo, pero Christie lo ignoró. El soldado asintió, agradecido y verificó la carga.

Call estaba mirando a Ripley. “No confío en ella,” le advirtió a Christie por última vez.
Christie miró a Ripley, luego a Distephano, luego a Call. “Yo no confío en nadie.”

Hillard, que había permanecido en silencio durante todo este tiempo, con su atención centrada en su amante muerto, cubrió el rostro de Elgyn con su chaqueta.
Johner comprendió súbitamente que estaban abandonando a su viejo camarada en terreno desconocido, sin un funeral, y su rostro se transformó en una expresión que bien podía ser de pena. “Vaya con Dios, hombre.”
Hillard tomó la mano de Elgyn una vez más, y luego se levantó. Call tomó su hombro ligeramente, intentando reconfortarla, pero Hillard se apartó, con disgusto en el rostro.
Christie se percató que Ripley, estaba dispuesta a ir a la retaguardia, que fue la última posición de Elgyn. Los miraba a todos con una ausencia fascinante. Christie se percató que Call se volvía a mirarla, y Ripley le ofrecía una fría sonrisa. La expresión de la mujer lo hizo sentir escalofríos.

“Bien, todos, andando,” ordenó Christie, tomando de nuevo la punta. Dejando atrás a su capitán y amigo, continuaron su marcha hacia el Betty.

Esta es el área de las celdas, pensó Christie, mientras caminaban por ahí. Muchas puertas. Muchos lugares para que esas malditas cosas se puedan esconder. Desde que abandonaron el corredor donde Elgyn murió, no habían visto un solo Alien. Cada lugar que habían revisado estaba vacío, desierto, pero permanecía la escalofriante sensación de que algo los iba siguiendo. Quizá se tratase solo de Ripley, en la retaguardia. Christie no lo sabía, pero todos estaban alertas a luces o sonidos, esperando cualquier cosa.
Por lo menos estaban actuando más como una unidad que como un puñado de alevosos. Tras él, sabía que Johner, Hillard, Distephano, e incluso Call a pesar de que iba desarmada- estaban verificando cada puerta, cada espacio tras cada pieza de mobiliario.

Al pasar Christie frente a un ascensor cerrado, comenzó a creer que tal vez, solo tal vez, podrían lograrlo. Luego, cinco metros después de pasar el ascensor, se escuchó un timbrazo.
¡El ascensor! Pensó Christie, deteniéndose en seco, como todos los demás.

Lentamente, verificó su arma, escuchando los chasquidos y zumbidos mientras todos los demás se ponían en guardia.

Al abrirse lentamente las puertas del ascensor, Christie se volvió a encarar al grupo. Los otros ya estaban en posición, con sus armas apuntando a las puertas que se abrían. Nadie se movía. Nadie respiraba.
El interior del ascensor estaba oscuro, demasiado oscuro para ver. Repentinamente, saltaron chispas del techo de la cabina, haciendo que todos respingaran, y la luz comenzó a parpadear. En la escasa iluminación, Christie distinguió algo enrollado, apretujado en el fondo. Al unísono, todos ellos levantaron sus armas.
Hubo un destello de luz, los bulbos de neón se activaron súbitamente, arrojando una luz brillante en todas direcciones.
Sentado en el elevador estaba Vriess, con una escopeta en sus manos, quieto, alerta. Sus ojos estaban aterrados, y estaba temblando frenéticamente, con el sudor chorreándole por todas partes.
Vriess y la tripulación se quedaron ahí congelados en su posición, apuntándose mutuamente durante un largo segundo, cada uno sin reconocer al otro como ser humano. Luego, al mismo tiempo, la certeza los invadió, y todos exhalaron aliviados y bajaron sus armas.
Johner carraspeó “¡Cielos, hombre!”
“¡Vriess!” llamó Call alegremente, y corrió hacia él.

“¿A quién esperábais, a Papá Noel?” dijo Vriess sonriendo y añadió con voz temblorosa “¿Cómo vais chicos? Que tal Call.”

Christie se enjugó el sudor de la frente. “Pensamos que seguramente ya estarías frito.”
La voz de Vriess les dijo más de su experiencia, de lo que hubieran querido saber. “¿Habéis… habéis visto esa jodida cosa?”
“Lo hemos visto” respondió Christie secamente.
“Mierda,” dijo Vriess. “Pensé que quizá los había matado a todos.”
Christie meneó la cabeza, percatándose de las quemaduras en la pierna y oreja de Vriess. Sí, su amigo ciertamente había tenido un verdadero encuentro cercano.”
Johner se volvió a Wren y preguntó, “¿Podemos rastrear a esas cosas?”
Wren negó, “No.”
¿Me estás diciendo la verdad o no, Doc? Se preguntó Christie.
Johner miró a Christie, realmente preocupado. “¡Podríamos llegar al Betty y descubrir que todos están ahí! ¡Tal vez incluso dentro!”
Wren decidió cooperar. “Toda la actividad, al parecer, se centró en el sector de popa, cerca de los cuarteles. No hay razón para pensar que se moverán de ahí.”

Christie miró dubitativamente al doctor.
Entonces, Ripley habló. “No se moverán.”
Había tanta certeza en su voz que Christie le creyó. La tripulación la estaba mirando, todavía nerviosos por lo que era y por quien era ella.
“Están reproduciéndose,” les dijo Ripley con aquel tono gélido suyo. “Tienen los cuerpos de nuevos huéspedes para usar. Si envían a alguien a explorar, será… aquí. Donde… está la carne.”

Si envían a alguien, pensó asombrado Christie. Como si fueran personas que pueden pensar, planear pero quizá, sí puedan hacerlo.
“La carne” dijo Call con disgusto. “Jesús.”
Christie quería saber más. No le preocupaban los términos. “Se están reproduciendo. ¿Cuánto tiempo les toma eso?” No se molestó en preguntarle a Wren. Podía reconocer una fuente confiable cuando la veía.
“Horas,” dijo Ripley.
“O menos,” añadió Wren. Todos lo miraron. “El proceso se ha acelerado. Tiene que ver con…” miró a Ripley acusatoriamente. “…con las células clonadas.”
La expresión de ella se retrajo aún más.
De acuerdo. Ahora lo sabemos. “Mientras más rápido salgamos de aquí, mejor.” Decidió Christie.

Johner le habló directamente. “Bien pues, si queremos hacer un tiempo decente, sugiero que dejemos al tullido.” Apuntó con el pulgar en dirección a Vriess, luego miró al hombre y sonrió desvergonzadamente. “Sin ofender.”

Vriess le devolvió la misma amarga sonrisa y le mostró el dedo medio. “No me ofendo.”
Antes que Christie pudiera decir a Johner que se fuera al carajo, Hillard se adelantó. Había estado arisca, lamentándose por Elgyn, y parecía culpar tanto a Call como a Ripley. A Christie le preocupaba que, en algún momento, su depresión llegara a ser una tremenda carga. Mantenía la cabeza en alto ahora, y algo de su temple pareció aflorar.

“No dejaremos a nadie,” ordenó firmemente, “ni siquiera a tí, Johner.” Su voz era firme, si bien baja y triste. Nadie se atrevió a contrariarla.
Christie se volvió hacia Distephano. “¿Cuál es la mejor ruta?”
Él pensó por un momento. “Los ascensores. Llevan directamente de la cima del complejo, hasta el área de ingeniería, que está abajo. Sin paradas. Pero si vamos por el pozo de la cabina, encontraremos un túnel de acceso a mantenimiento que corre sobre la plataforma del nivel uno. Nos llevará directamente a la cubierta.”
Christie asintió. “Suena razonable. ¿Cómo llegamos ahí?”
Distephano señaló. “Por este corredor, después triangularemos y cortaremos camino por los laboratorios, servirá de atajo para llegar a los ascensores.”
“Bien.” Dijo Christie. “Hagámoslo”
Vriess se movió súbitamente, comenzando a quitar y sacar partes de su silla. Sus armas. Las ensambló rápidamente, eficientemente. Clic, clic, clic. Un verdadero arsenal quedó a la vista. Christie tuvo que sonreír.
Vriess notó la mirada sorprendida de su compañero. “Nunca revisaron la silla.”
Distephano miró, atónito.
“Call,” dijo Vriess secamente. Ella levantó la vista y él le ofreció una pequeña pero mortífera arma que se ajustaba perfectamente a su talla.
“¿Cómo es que a ella le das arma?” se quejó Johner.
Christie lo ignoró. “Si ya estáis listos, vamos… andando. Iremos por parejas.”
Al comenzar la marcha, la voz inflexible y átona de Ripley dijo simplemente, “Nos movemos.”
“¿Qué?” preguntó Christie, confundido.
“La nave se mueve,” confirmó Ripley. “Puedo sentirlo.”

¿Puede sentirlo? Pensó Christie, asombrado.
Wren agitó la cabeza. “La nave tiene motores muy estables. Incluso si nos moviésemos, no hay manera en que pueda sentirlo.”
Ella lo miró, y él se movió para poner a alguien más entre los dos.
Antes que Christie pudiese ordenar sus pensamientos, Call miró pensativamente y ratificó, “Tiene razón.”
“La nave ha estado moviéndose desde el ataque,” insistió Ripley, haciendo que Wren bajara la vista.
Todos los ojos se volvieron hacia él. Comenzó a sudar, y finalmente admitió, “Es… eh…un procedimiento de rutina. Creo.”
Distephano asintió, y se veía preocupado. “Es verdad. Si la nave sufre algún daño severo, se desvía automáticamente de vuelta a la base.”
Call apretó la mandíbula y se volvió hacia Wren. “¿Habían planeado informarnos eso?”
Él se apartó, aún más nervioso, luego se justificó.
“Lo olvidé.”
Sí, ¿quién coño va a creer eso? Se preguntó Christie enfadado.
“¿Qué hay en la base?” quiso saber Hillard.
Suavemente, Wren respondió. “La Tierra.”
Call ahora estaba furiosa, casi fuera de control. “¡Oh por Dios! Usted… ¡maldito bastardo!”
Johner se veía realmente disgustado. “¿La Tierra? No quiero ir a esa pocilga”
Call lo estaba perdiendo, gritaba a Wren. “Si esas cosas llegan a la Tierra, será… significará -”
“El final,” terminó Ripley en su lugar, sonando totalmente despreocupada.
Call agitó la cabeza, como si no pudiera aceptarlo.
“¡Debemos volar la nave!”
“No vamos a volar ninguna nave,” le dijo Christie, “Vamos a largarnos de aquí.” Se volvió hacia Distephano. “¿Cuánto falta para que lleguemos a la Tierra?”
El soldado estaba frente a una consola, solicitando información y viendo la pantalla. “Tres horas. Casi.”
Call se volvía ahora hacia Christie, percatándose que debía convencerlo. “¿Es que no lo entiendes? Esta cosa aterrizará en medio de una base densamente poblada. Nadie tendrá ni la más remota idea de lo que se avecina. ¡Estaremos desenrollando la alfombra roja para el final de nuestra especie!”
Hillard irrumpió el argumento. “Ese no es nuestro problema.”
“Call,” le dijo Christie firmemente, “No vas a volar esta nave. No mientras aún estemos en ella. Una vez que salgamos de toda esta mierda, podrás hacer lo que te plazca.” Se volvió hacia el clon. “Te llamas Ripley ¿verdad? ¿Te importaría encabezar la marcha?”
Ella asintió, y se adelantó, y nuevamente todos reiniciaron la marcha.
Ahora, Christie iba atrás. Frente a él, podía oír que Johner todavía farfullaba. “La Tierra, hombre… ¡vaya mierda!”

En realidad, pensó Johner, ahora que había tomado unos momentos para pensar en ello, había peores cosas que acabar en la Tierra. Sí, ¡Como acabar como Elgyn! Tembló, intentando apartar de su mente la terrorífica cosa insectil, que venía a por ellos.
Mientras caminaban de estancia en estancia, con Ripley encabezando la marcha, Johner tuvo que admitir su creciente admiración por esa alta mujer. Debía tener hielo en las venas, por el modo en que había enfrentado a aquella cosa sin algo más que un cadáver aún tibio entre ambos. Cierto, era un clon, pero mierda, incluso los clones tenían sentimientos.
Llegaron a otra intersección, y Ripley se detuvo, permaneciendo quieta. Johner se acercó, con cada nervio alerta. Finalmente ella dijo, “Despejado.”
Johner se acercó aún más y topó su mirada. “¿Has enfrentado antes estas cosas?” preguntó tímidamente.
Ella estaba concentrada en su tarea. “Sí” respondió secamente.

Al no obtener mayor respuesta, Johner la presionó. “¡Cielos, hombre!… y… pues… ¿qué hiciste?”
Su respuesta fue paralizante. “Morirme”
Se adelantó, y Johner se quedó algo rezagado, atónito. Mirando de costado a Distephano, murmuró, “Eso no era exactamente lo que quería escuchar.”
El soldado únicamente agitó la cabeza, sonrió, y palmeó a Johner en el hombro. Caminaron un poco más, hasta que Distephano lo palmeó, indicándole una puerta.
“Por aquí,” dijo el soldado al grupo. “Cortaremos por aquí.” Se quedó en el quicio, permitiéndoles entrar.
Era uno de los laboratorios. Por primera vez, notó Johner, Ripley mostraba alguna reacción, mirando un gran tubo con la palabra “Incubadora” impresa en él. ¿Hogar dulce hogar ¿eh? Adivinó Johner.
Ella congeló su expresión nuevamente y continuó avanzando, siguiendo al soldado.
Después, doblaron en una esquina y Johner divisó algo más. Todos los demás lo hicieron, también, tensándose al hacerlo, en el mismo momento que el resto de ellos. En el fondo de la habitación, las sombras se agrandaron, la estructura de la habitación había cambiado. La escasa luz titilaba, desvelando figuras grotescas en la oscuridad. Los pisos, los muros, el techo la habitación entera había sido alterada. Reconstruida. Habían estado aquí, habían hecho de este su hogar por un tiempo. Rediseñando este espacio humano a su antojo. Era completamente Alien, como ninguna otra cosa que Johner hubiese visto jamás. Los muros ya no eran lisos, sino texturizados casi como el interior de una cavidad, incluso con espaciadas costillas, o huesos, conectados por oscuras membranas. Y sobre los muros
Johner se quedó paralizado, percatándose que los demás también lo hacían, apostados con sus armas listas. Ripley se quedó petrificada como una estatua, sin moverse, sin respirar.
Sobre los muros había cuerpos paralizados de gente, pegados ahí, como moscas en papel matamoscas. Adheridos firmemente con bandas de apariencia elástica de membranas que los mantenían firmemente sujetos. Johner observó, con interminable horror, a la figura que estaba más cerca de él.

Detrás de Johner, Distephano encontró el control de las luces, y lo activó, haciendo que el hombre de la cicatriz pegara un brinco. Una pequeña leyenda, de pronto iluminó al hombre muerto que colgaba más cerca de él. Era un investigador, todavía con su bata blanca, el nombre “Kinloch” bordado en su bolsillo. Su cara era una máscara de agonía, eternamente contorsionada en un último rictus, sus ojos estaban muy abiertos. Su bata blanca estaba empapada con su propia sangre. Parecía como si algo hubiera detonado en su interior, explotando hasta reventar su pecho. O quizá había mascado su curso hasta salir de él, pensó Johner, enfermo. Los pulmones de Kinloch y sus entrañas, eran perfectamente visibles.
Distephano movió la luz, registrando los otros cuerpos adheridos al muro. Todos estaban igual que Kinloch. Todos muertos. Todos con la misma horrible herida. Debían ser personas que trabajaban aquí, en este laboratorio. Divisó algunos nombres en batas de laboratorio Williamson, Sprague, Fontaine… no sería tan horrible, se dijo Johner a sí mismo, si al menos no tuvieran nombres a la vista. Si fueran anónimos.
La mayor parte del grupo reaccionó con gemidos y jadeos, e incluso Johner, que pensaba que ya lo había visto todo muchas veces, tuvo que desviar la mirada. Sabía que si lograba sobrevivir a esta odisea, aquella sería la escena que jamás podría olvidar.
Ripley solo miró los cadáveres, claramente desinteresada, como si aquello hubiese sido algo que presenciase tantas veces, que se había vuelto demasiado común para registrarlo.
Johner divisó un crio-tubo con alguien que aún estaba en su interior. Ese es uno de los durmientes que robamos y entregamos. Se movió hacia él, vio que la cubierta estaba parcialmente abierta. La abrió completamente. Había una mujer en su interior. Su pecho había explotado también. Su cara estaba contraída por el dolor.

“¡Debo estar soñando!” murmuró, pero esta vez, no habría un despertar.
Para su sorpresa, Johner se encontró cara a cara con su propia culpabilidad. Tú la entregaste aquí para esto. Tú la secuestraste, como a los otros y no preguntaste nunca nada. Solo tomar el dinero y correr. Y estás por enfrentar tu propia destrucción. Mira su rostro. Y los rostros de todos los demás en ese muro. Ahí vas a estar tú. Y pensabas que eras feo antes. A Johner lo inundó súbitamente una incontrolable necesidad de vomitar. Respiró constantemente, volviendo la espalda al sarcófago, y remitió la urgencia.

Repentinamente, Christie se hallaba a su lado, ofreciéndole un silente consuelo. Johner lo agradeció; agradeció la presencia del hombre. “Sigamos la marcha,” dijo Christie quedamente. Johner asintió, forzándose a continuar.
Avanzaron por el laboratorio, encontrándolo lleno de evidencias de la ocupación de los Aliens. Sus pies se posaban, a menudo, en manchas de sangre, o resbalaban con grumos de tejido humano desparramado.
Llegaron a otra área oscurecida y se movieron aún más lentamente. Una parpadeante luz de neón actuaba como un estroboscopio, esparciendo luz y sombras de forma intermitente sobre el paisaje de pesadilla del destruido y alterado laboratorio. A su lado, Vriess elevó su arma, enderezándose en la silla para dar golpecitos a la intermitente luz, pero aquello la hizo titilar aún más.
Había tanto equipo ahí, tanta sustancia, el lugar era una abundancia de escondrijos y resquicios, todo iluminado intermitentemente entre luz y sombra. Era para poner los pelos de punta.

Ripley estaba de nuevo en la punta, mientras examinaban los alrededores, lentamente y avanzando todo el tiempo. Johner registró algo, aguzó la vista. Una de esas cosas negras con sus tubos exteriores podría pasar como parte del escenario aquí. Johner miró fijamente entre los espacios de luz de la titilante bombilla. Tubos, equipo, escritorios, escondrijos, tubos, un rostro, más tubos. Johner parpadeó, ¿era aquello un rostro escondido entre el equipo? Ripley lo notó primero, retrocediendo para echar un vistazo, y Johner y Christie lo vieron después. La luz parpadeó nuevamente. Ahí estaba. Un rostro, un pálido y aterrado rostro, los ojos muy abiertos y en pánico.
Súbitamente, el cuerpo al que pertenecía el rostro emergió de su escondrijo. El hombre sostenía algo largo en sus manos, como un tubo. Gritando, se lanzó a la carga contra el objetivo más cercano Ripley- y blandió. Ella no estaba preparada para eso, y por primera vez, fue tomada por sorpresa, y recibió el fuerte golpe, cayendo al suelo.
Instantáneamente, Christie llegó a su lado, bloqueando un segundo impacto.
Johner se giró, apuntando, y gritó, “¡ARROJALO! ¡ARROJALO, MALDICION!” estaba tan alterado, que eso era todo lo que podía hacer para evitar disparar al agresor. Bombeaba adrenalina profusamente.
Los otros ya estaban imitándole, igualmente alterados.
Christie, que aún protegía a la convaleciente Ripley, gritó, “!Tranquilizáos!, ¡Todos!”
El hombre se replegó en su escondrijo, todo encogido y pequeño. Milagrosamente, las luces de neón súbitamente se estabilizaron.
Instantáneamente, todos se quedaron muy quietos, el grupo entero mantenía sus armas apuntando al hombre escondido. Ripley sacudió la cabeza, como si un fuerte golpe como aquel se quitara con una simple sacudida. Se incorporó.

“¡Arroja la vara hombre!” gritó Christie a la titubeante figura. El extraño temblaba incontrolablemente. “¡Házlo!”
El hombre los miró a todos con ojos enormes, evidenciando el terror más puro. “¡Alejáos!” ordenó, pero su voz temblaba demasiado como para tomarlo en serio. El ataque obviamente había consumido cada pizca de coraje que el hombre había podido reunir. El tubo que sostenía chocó contra el suelo. Miró en derredor, balbuceó, de rostro en rostro, preguntando al fin débilmente “¿Qué está pasando?” Lenta y temerosamente, salió de su escondite.
Johner pudo ver el nombre de “Purvis” bordado en su sobretodo. Maldición. Otro de los durmientes que trajimos.
Christie avanzó, todavía tenso, todavía alerta. “Purvis, lo que pasa es que nos largamos de esta nave fantasma.”
Purvis parpadeó, clara y totalmente confundido. Sudaba copiosamente, irradiando el olor del miedo en oleadas. “¿Qué nave?” preguntó. “¿Dónde estoy?” Estaba dormido de camino a Xarem, para trabajar en la refinería de níquel…”

Christie y Johner intercambiaron una mirada, y tuvieron que desviar la vista. Incluso Wren estaba deseando encontrarse en cualquier otro lugar.
Purvis continuó. “¡Desperté… no entiendo… entonces… entonces… vi algo… horrible… que me sofocaba…!” Parecía que estaba a punto de romper en sollozos.
Call se adelantó, se hizo cargo, y por vez primera, Johner se sintió agradecido. “Mire,” le dijo a Purvis, “usted viene con nosotros, es muy peligroso que permanezca aquí.”
Johner y Christie intercambiaron una mirada, luego ambos asintieron. Johner suponía que le debían al menos eso por haberlo secuestrado, aunque ninguno de ellos había imaginado que terminaría como alimento para Alien.
Repentinamente, Ripley se posó a un lado de Purvis. Él respingó y se apartó, pero todo lo que ella hizo fue… ¿olfatearlo? Johner podía oler al tipo desde un metro y medio de distancia, y ciertamente no estaba usando perfume.
“Dejádlo,” dijo Ripley, tan fríamente como de costumbre.
Call le rebatió. “¡Jódete! No vamos a dejar a nadie.”
La expresión de Ripley no cambió. “Tiene uno dentro. Puedo olerlo”
Purvis comenzó a temblar. Parecía que el hombre estaba al borde de un colapso total. ¿Dentro de mí? ¿Qué tengo dentro?”
Johner se estremeció, sintiendo como si un millón de hormigas marchando sobre él. Todos tenían dientes acerados. Se volvió hacia Christie. “Mierda, no quiero que una de esas cosas nazca cerca de mi trasero.”
Vriess se adelantó en su silla a un costado de ellos. “Es un gran riesgo.”
Call estaba lista para refutar todo argumento. “No podemos solamente dejarlo.”
Diablos, ¿es que nunca se cansa? Se preguntaba Johner fatigado.
Vriess intentó razonar con ella. Buena idea, pensó Johner, pues al parecer él era el único que podía hacerlo.
“Creía que habías venido aquí a evitar que se escaparan.”
Ella pareció abatirse con sus palabras. Se volvió hacia Wren. “¿Es que no existe un proceso? ¿No se puede detener?”
Christie sacudió la cabeza. “¡No hay tiempo para eso!”
Wren no miró a Purvis. “No podría hacerlo aquí. El laboratorio está destruido.”
Christie le habló suavemente a Call. “Yo podría liquidarlo. Sin dolor. Por la nuca. Quizá sería lo mejor.”
El viejo blanducho, pensó Johner, mirando al enorme hombre.
Call sacudió la cabeza disgustada. “Debe haber otra manera. ¿Si lo congelamos…?”
Purvis miraba de uno a otro, su pánico iba en aumento. Bajó la vista hacia su propio pecho. “¿Qué coño tengo dentro?”
Todos los ojos se posaron sobre él, y Johner se percató que todos estaban avergonzados, incluso Distephano. Todos eran culpables por ello, todos ellos.
Wren finalmente dijo en voz baja. “Un parásito. Un elemento extraño que…”
Ripley se adelanto, claramente impaciente de toda esa mierda. “Hay un monstruo metido en su pecho,” declaró. Justo en su cara, a centímetros de ella. “Estos tipos” señaló con el pulgar a los tripulantes del Betty “secuestraron su nave y vendieron su tubo criogénico a este… humano.” Señaló a Wren con un movimiento de cabeza. “Y él metió un Alien dentro de su pecho. Y en unas cuantas horas, saldrá reventando su caja torácica y usted morirá... ¿Alguna pregunta?”
Oh, ahí tenéis a una perra fría como el hielo, pensó Johner admirado.
Purvis, con los ojos muy abiertos, solo pudo balbucear, ¿Quién…? ¿Quién es usted?”
Todavía mirándole directamente a los ojos, dijo sin parpadear, “Soy la madre del monstruo.” Después se volvió a echar esa mirada electrizante suya a Wren hasta que lo hizo estremecer.
Ripley comenzó a avanzar hacia la salida, de vuelta a la punta. Ya había terminado con este asunto.
Entendiendo claramente la indirecta en la frialdad de las palabras de Ripley, Call se adelantó a Johner, tomando a Purvis por el brazo, anunció abruptamente, “él viene con nosotros. Podemos congelarlo en el Betty, y el doctor se lo podrá quitar después.”
Todos miraron a Wren. Él asintió. “De acuerdo.”
Johner parpadeó. No podía creer que iban a proceder con esto, así como así. Miró atónito a la pequeña mujer. “¿Desde cuándo tienes jodida autoridad aquí?”
Ella le devolvió una mirada desvergonzada. “Desde que noté que naciste sin pelotas.”
Antes que Johner pudiera argumentar algo más, Vriess se interpuso entre ellos. “Tranquilos, gente.”
Christie se movió hacia Purvis y lo dirigió para que siguieran a Ripley. “Venga con nosotros. Podría incluso sobrevivir. Pero si se me pone difícil, le advierto que no lo voy a tolerar.”
Farfullando por todo aquel desastre, Johner siguió al grupo, que avanzaba por el laboratorio.
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