AURORA BITZINE - Junio 2003 - nº 11  
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CAMISETAS AURORA Número 10, Mayo de 2003
 
 
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Relatos CI-FI: Suicida Temporal
Por Franco Arcadia.


El sonido del teléfono me sobresaltó, forzándome a realizar una brusca maniobra con el volante. Atendí y escuché la lúgubre voz de un joven que, al preguntar solemnemente por la señora Ángela Reinoso, alertó mis nervios en forma inmediata. Le dije que me aguardara un instante. La ansiedad me carcomía mientras buscaba un lugar donde estacionar. Como música de fondo, los bocinazos de los demás automovilistas me aturdían aún más.


Franco Arcadia

Cuando escuché que quería confirmar si yo era la hija del "señor Sebastián Reinoso", un presentimiento oprimió mi pecho con fuerza. Luego, como una catarata de piedras, una por una, sus palabras fueron cayendo sobre mí. Tomé nota de la dirección del local y le pregunté cuánto tiempo llevaba en ese estado. Observé el reloj del auto para comprobar que todavía quedaban unos minutos para intentar algo. Una vez que corté la comunicación, aceleré al máximo tratando de llegar al cyber sin perder ni un precioso segundo extra.


Mientras el auto literalmente volaba sobre el asfalto de la avenida Santa Fe, mi memoria rastreaba los datos del artículo que había leído tiempo atrás sobre ese tipo de casos. Recordaba, con seguridad, que sólo había 30 minutos para tratar de anular el suicidio temporal, pero todavía ignoraba cómo mi padre había conseguido ese moderno aparato de venta ilegal. Tampoco sabía qué motivos lo habían llevado tomar una decisión así, y por el mayor plazo posible, que, si mal no recordaba, era de diez años.


A medida que esquivé autos y semáforos a toda velocidad, traté, con todas mis fuerzas, de evitar que la angustia que pugnaba por adueñarse de mí, disfrazada de imágenes de mi padre, lograra desviar mi concentración cuando aún quedaban esperanzas. Maldije una y otra vez esos nefastos inventos tecnológicos, capaces de brindar toda clase de aberraciones. Pero, como defensa, intenté aferrarme a la ilusión de que él no le hubiese colocado clave de bloqueo al aparato para poder anularlo fácilmente. Siendo una abogada veterana, sabía que el empleado del cyber no podía intentarlo sin quedar involucrado en una causa penal.


Si había cargado bien la dirección en el mapa del auto, en ese instante me encontraba a pocas cuadras de Bulnes y Arenales, donde estaba el lugar. Realmente no sé, ni siquiera, si llegué a estacionar. Poco me importaba. Cuando traspasé el portón de acceso, el empleado me señaló la cabina número cuatro del sector "Reservado - XXX". Un sinfín de compartimentos de vidrios polarizados me confundió por un instante. En esos segundos interminables, destrabé la puerta y recibí, horrorizada, el impacto del cuerpo de mi padre que yacía aún con el maldito aparato conectado a su muñeca.


Mientras, el joven, nervioso por la cantidad de curiosos que se comenzaban a amontonar, me dijo que no había visto nada llamativo en ese anciano canoso que, como tantos otros, le había pedido un turno de media hora en ese sector. Cuando pude comenzar a recuperarme de la terrible impresión, miré la pantalla para confirmar que restaban tan sólo seis minutos para que el proceso fuera irreversible. El número diez que titilaba sin cesar en la pantalla, mostraba la cantidad de años que, si para entonces su delicada salud sobrevivía, iba a tener que esperar para volver a escuchar sus sabios consejos o para compartir las caminatas de domingo por el parque que, después de lo de mamá, paliaban nuestra coincidente soledad.


Cuando, apurada, intenté la cancelación, el sistema me alertó que estaba protegido por contraseña y que solamente tres intentos estaban permitidos sin desencadenar consecuencias fatales definitivas. Tratando de ayudar, el empleado se acercó para decirme que tal vez me serviría revisar el último sitio de Internet al que había ingresado antes de activar el aparato. Accedí, en busca de algún dato útil, pero con amarga sorpresa observé, incrédula, que se trataba de un artículo periodístico que involucraba a mi padre en una estafa a un banco. En ese momento comprendí, con rabia y tristeza, por qué lo había visto tan preocupado en esos últimos días, a la vez que tomaba conciencia de la certeza que debía tener antes de ingresar cualquier clave.


Pronto, la señal de la impiadosa cuenta regresiva en pantalla me impulsó a escribir su nombre en el teclado. Al terminar de presionar la última letra de "Sebastián", mis dedos temblorosos se acercaron a la tecla Enter, recibiendo como toda respuesta un frío cartel de "Contraseña Incorrecta".


Desesperada, mientras sentía el murmullo de curiosos a mi alrededor, combinado con el implacable reloj de la pantalla, clavarse como una aguja letal en mi corazón, atiné a pensar que tal vez la clave tenía que ver con mamá. Por lo tanto, introduje la fecha de su casamiento, que había ocurrido más de medio siglo atrás, pero que creía recordar con exactitud. Pareció que la computadora vaciló un instante, pero mis ilusiones se hicieron trizas rápidamente al ver que había malgastado el segundo intento.


Ya sin margen para otro error y con menos de dos minutos de esperanza, las lágrimas se agolpaban en mis ojos mientras, en un vertiginoso debate contrarreloj, dudaba entre lo egoísta y culpable que me sentiría si volvía a fallar y, por otro lado, cómo sobrevivir esos diez años resignada sin su compañía, sin su palabra de aliento que nunca me había faltado en mis cincuenta años de vida y, lo más triste, sin haber agotado hasta el último intento.


Confundida, busqué la decisión aferrando las todavía tibias manos de mi padre, cuando descubrí en una de ellas una pequeña nota arrugada en su interior. En ella decía "Perdoname. No tengo coraje para matarme. Pero me engañaron y tampoco quiero verme obligado a vivir mi vejez en la cárcel. Pase lo que pase, en mi corazón siempre vas a ser mi Chiqui. Papá".


Mi llanto reprimido ya no pudo contenerse, y me abracé con fuerza a su cuerpo, mientras repetía que nunca iba a dejar de ser su "Chiqui". La voz metalizada de la computadora que anunciaba los diez segundos finales me encontró con los ojos intensamente cerrados junto a su pecho mientras, llamativamente, mi mente seguía escuchando el cariñoso apodo en la voz de mi padre.


Súbitamente, un impulso me abalanzó sobre el teclado: ingresé "Chiqui" como clave y pulsé la tecla Enter, justo sobre el sonido final…


El canto matinal de los pájaros que revolotean alrededor de mi banco, casi despertándome, me hacen ver, entre el reflejo del domingo soleado, quien viene allá a lo lejos.


F I N
23/04/2003
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