Call y Christie
se reunieron con el grupo justo cuando estaban por entrar a la
estancia comedor recreativa.
Vriess sonrió
a la mujer desde su silla. ¿Habéis terminado, chicos?
Ambos
asintieron mientras Christie decía, Descargamos y
entregamos. Todos y cada uno de ellos. Imagino que nuestro
glorioso líder aún está con el General ¿Cierto?
¿Quién,
Elgyn? preguntó Hillard casualmente. Supongo que
sí.
Se dirigió a
Vriess. Ya fuiste de compras?
¿Con el
estómago vacío? Inquirió el hombre sentado. Debes
estar bromeando. Cuando terminemos aquí en este restaurante
de cuatro estrellas, iré a revisar las bodegas. Un hombre
debe tener sus prioridades.
El grupo
bromeaba al moverse al interior de las puertas abiertas. El lugar
era enorme, pensó Call, especialmente comparado con los
pequeños confines del Betty. Era capaz de alojar a todos
los soldados para comer, de una sentada, si era necesario.
Incluso, el espacio estaba acondicionado para poder usarse en
juegos de equipo, o atletismo. Había también un aro de
baloncesto montado en el fondo cerca de un ordenado equipo de
boxeo y aparatos de ejercicios.
Ya iban tarde
para la cena, y la única persona en el lugar, era una solitaria
mujer jugando con un balón en la zona del aro. Era alta,
esbelta, con cabello castaño ondulado y hasta los hombros. Call
asumió que podía ser una soldado o una investigadora en su día
de descanso.
Los otros
también estaban mirando el área. Entonces, Johner vio a la
extraña mujer y murmuró, Oh, oh.
Involuntariamente,
Call se puso tensa.
Johner sonrió
y dijo, Tenías razón sobre eso, Vriess. Un hombre debe
tener sus prioridades. Deambuló hacia la mujer, varios de
los otros se quedaron a una distancia prudente. Call no estaba
segura si aquello era dinámica de grupo, o una forma de
mantenerse fuera de problemas. Ella dudaba que cualquier persona
trabajando a bordo del Auriga, fuese un blanco fácil para
el grotesco Johner.
Descaradamente,
Johner se acercó por detrás de la mujer. Puso sus manos sobre
sus hombros y preguntó en lo que aparentaba ser un tono
seductor, ¿qué tal un mano a mano?
Call se
preguntaba hasta qué punto llegaría Johner con aquella
ridícula noción de romance. No podía creer que alguna vez
hubiera conseguido un culo en su vida, mucho menos
uno gratis.
La mujer
volvió la cabeza ligeramente, solo para hacerle saber que lo
había visto. Su expresión no era precisamente una bienvenida.
Se volvió nuevamente, como para despacharlo, y siguió jugando
con el balón.
Anda,
¿qué dices? la presionó Johner, frotando su nariz contra
el cabello de la mujer, inhalando su esencia.
Call la
escuchó claramente. ¡Aléjate de mí! La
advertencia era firme, pero había una nota de resignación en
ella.
Lo
lamentarás, dijo ella simplemente. No había nada de
timidez en su voz.
Johner se
apretó contra ella, frotándose contra su trasero. Call sintió
que su rabia volvía. Él se acercó al largo cuello de la mujer,
murmurando. Entonces, ¿me vas a lastimar? Creo que tal vez
lo disfrutaría. Sus pequeños e insípidos ojos se
angostaron, y su torcida sonrisa resultaba odiosa, pero todo en
Johner resultaba odioso.
La mujer
volvió su cabeza. La parodia de sonrisa que le esbozó, fue
igualmente horrible.
De forma
distante, Call se percató que ninguno de ellos se había movido
hacia las mesas del comedor, que todos estaban ahí de pie,
expectantes, aguardando problemas. Al parecer, esto no era algo
nuevo en Johner. Inconscientemente, Call se vio a sí misma
moviéndose hacia la mujer, intentando ayudarla. Sabía que los
compañeros no lo aprobarían, pero
Vriess le tiró
de la camisa, se volvió hacia él y lo vio negar ligeramente con
la cabeza. No te entrometas, Call, podía oírle decir.
Se volvió
nuevamente hacia Johner y la mujer, y se preguntó si serviría
de algo llamar a Johner para comer con ellos, y lo distraería lo
suficiente como para
Sin previo
aviso, la mujer estalló, estampando un codo en el estómago de
Johner, sacándole el aire. Call sorprendida, vio que mientras lo
hacía, continuaba jugueteando con la bola en la otra mano. El
hombre se elevó por los aires, luego chocó contra el pulido
suelo y resbaló.
La tripulación
del Betty estaba asombrada, no de que la mujer hubiera
golpeado a Johner, sino por la sorprendente fuerza con que lo
había hecho. Call parpadeó mientras Johner continuaba
resbalando hasta detenerse en una suerte de pedestal para sacos
de boxeo que le golpeó y lo derribó.
Antes que Call
pudiera registrar lo que había visto, Hillard profirió un grito
de rabia y saltó sobre la mujer. Ella se giró sobre los talones
y fácilmente, la arrojó a un lado.
Call estaba
atónita por la sorpresa la piloto era una ruda y mortal
combatiente, pero la otra mujer la había arrojado como si fuera
una niña.
Hillard se
estrelló contra el suelo, con su propio impulso usado en su
contra. Después, la mujer tomó el balón y lo arrojó, cayendo
en el vientre de Hillard sin apenas una pausa. Le sacó el aire
de tal modo, que la dejó jadeando.
Los oscuros y
enormes músculos de Christie se tensaron. Tomó un pedestal de
los sacos de boxeo y lo estampo en la cabeza de la mujer, por el
lado de la base, con toda la fuerza que tenía el hombre. Call
incrédula, se quedó atónita al ver que la mujer recibía el
golpe sin siquiera una mueca, como un boxeador. Nada se mostraba
en su expresión, excepto un pequeño hilo de sangre que
resbalaba por su nariz.
Christie estaba
igualmente atónito, y lo blandió nuevamente, más fuerte, de
ser posible. Una vez más, la mujer recibió el golpe, lo
absorbió, y permaneció en su sitio. Con un rugido, Christie
embistió otra vez. En esta ocasión, la mujer lo detuvo,
aferrando el pedestal, deteniéndolo a medio camino. Con poco
esfuerzo, arrebató el objeto de las manos de Christie -¡De
Christie! advirtió Call impresionada y lo arrojó
a un lado.
Entonces se
lanzó sobre él como un animal salvaje. Enterrando una mano en
su cabello, aferró su mandíbula con la otra, mientras él
luchaba fieramente por empujarla. Él comenzó a gritar,
manoteando, embistiendo, haciendo lo posible por dislocarla,
mientras ella intentaba romper su mandíbula, era un cuadro
espantoso.
Call comenzó a
moverse para ayudar a Christie, cuando Vriess tiró de su camisa.
¡No te acerques! ordenó. Ella dudó, pero
obedeció.
De pronto,
Johner se puso de pie. Corrió hasta los dos combatientes y
estampó un fuerte puñetazo al riñón desprotegido de la mujer.
La cabeza de la
mujer giró, su cara se retorció de rabia, no de dolor.
Arrojó a Christie, reconsiderando, y éste se colapsó, como una
muñeca. Inesperadamente, la mujer cayó también, de rodillas,
con una mano culebreando. Con un solo movimiento coordinado,
atenazó la entrepierna de Johner con la misma fuerza
constrictora que había usado en la mandíbula de Christie.
Johner gritó, con un sonido agudo de agonía. Al caer de
rodillas, la extraña mujer le golpeó el vientre, doblegándolo
totalmente.
En medio de
todo este desastre, y de los gemidos y gritos de la tripulación
herida, de pronto destacó la voz de un hombre, clara y firme.
¡RIPLEY!
Call se volvió
hacia la voz, y vio a cuatro soldados, portando armas, que
apuntaban justo hacia ellos no, no hacia ellos, hacia la
mujer. Entre ellos había dos hombres vestidos con batas de
laboratorio, uno ligeramente más atrás del otro. Reconoció al
primero. Le había entregado la carga a ese. El nombre de Wren
estaba bordado sobre el bolsillo de su bata. Un poco más atrás
de él, había un hombre, su nombre era Gediman
según el bordado de su bata. Gediman parecía muy crispado, pero
Wren se veía frío. Era fácil adivinar quién estaba al mando.
La mujer a la
que había llamado Wren levantó la cabeza lentamente, su
expresión se había relajado, desapasionada, como si no acabara,
apenas, de fregar el suelo con ellos un grupo que se
enorgullecía de ser uno de los más rudos entre los rudos.
Call se volvió
a mirar atentamente a la mujer. ¿Habían dicho Ripley?
Call parpadeó, incrédula. ¿Ripley?
Todo había
terminado. Los tripulantes del Betty comenzaron a
retroceder. Christie se puso de pie, pesadamente, y se llevó los
brazos a la espalda, como para rendirse, Call supo que podía ser
todo menos eso. Hillard consiguió ponerse de pie. Pero Ripley
todavía aferraba la camisa de Johner como si no deseara soltar a
su presa, no ahora que la había derribado.
No
hagamos una escena, dijo Wren tranquilamente, como si le
hablara a un niño. Como si no hubiesen hecho ya una escena, y
una escena verdaderamente horrenda. Como si no existieran los
cuatro soldados entrenados y armados apuntando a una solitaria
mujer. Como si el sujeto tuviera verdaderamente, algún control
sobre ella.
Sorprendentemente,
Ripley soltó al hombre, y se alejó de él. Se alejó de todos,
sin mostrar consideraciones con ninguno, salvo con ella misma.
Movió su cabeza hacia el arrodillado Johner y dijo casualmente.
Apesta.
Como si aquello
fuera una explicación plausible para todo lo que había
ocurrido, Wren asintió.
Johner
finalmente consiguió inhalar suficiente aire para hablar.
¿Qué coño
eres tú? Casi estaba sollozando de dolor.
Ripley se
volvió hacia él, lo miró satisfecha, y luego se volvió a
mirar de reojo al resto. Sin decir una palabra, se limpió la
sangre que escurría por sobre sus labios y la arrojó de un
capirotazo. Era tan insignificante para ella como todos los
demás. La tripulación del Betty, los soldados, sus
armas, Wren, Gediman Call vio la salpicadura de sangre
aterrizar en el suelo. Olvidada.
Como si de
pronto se hubiera aburrido demasiado con todo aquel cuadro como
para continuar, Ripley tomó nuevamente la bola de baloncesto del
suelo, caminó con ella, a punto de irse, la arrojó de espaldas
a una distancia mínima de 35 metros, y se dispuso a irse. Todos
en la habitación la vieron atravesar el aro justo por el centro.
Wren dio su
aprobación a los soldados, que bajaron las armas. Ella oyó a
Gediman decir, hay algo depredador en ella, ¿verdad?
La admira
por eso, advirtió Call.
Gediman
todavía estaba nervioso como un gato. Se movió torpemente y
murmuró, Bueno el tipo en verdad apesta.
Los dos
investigadores y los soldados salieron del lugar, dejando a la
tripulación del Betty la tarea de recoger a sus dañados
compañeros. Call ayudó llevar a Christie a una banca, y Hillard
tendió una mano a Johner para levantarse. Sabía que ninguno de
ellos tenía mucho apetito ahora.
Como una idea
tardía, Call se volvió hacia las puertas por las que había
salido Ripley. Cuando lo hizo, no pudo evitar mirar la mancha de
sangre en el suelo, donde la había arrojado Ripley.
Una pequeña
estela de humo se elevaba de la mancha. Bajo ella, el suelo
burbujeaba.
Al oscurecer en
el Auriga, los miembros de ambas naves encontraron
diversas formas de entretenerse de manera segura.
En la
privacidad de la habitación que se les había asignado, Hillard
yacía desnuda boca abajo en su litera, su expresión era
dichosa. Profería leves jadeos de satisfacción, se dejaba
llevar por las sensaciones que la estremecían. Le dolía el
cuerpo por el altercado en el comedor, pero éste se estaba
desvaneciendo. Se lo merecía. Pretendía disfrutar cada segundo.
Sonrió por
sobre su hombro hacia el hombre que le daba tan íntimo placer.
Elgyn le
devolvió la sonrisa, masajeando los cansados y doloridos pies de
su amante.
En la
privacidad de su habitación, el General Pérez enceraba
concienzudamente sus botas él mismo, de acuerdo a las normas,
derritiendo metódicamente la cera con un láser manual,
aplicando una pequeña capa sobre la superficie de piel, y luego
restregándola manualmente hasta hacerla brillar como un espejo.
Era una tarea simple que le permitía mantener las manos ocupadas
y la mente relajada. Y también le permitía reflexionar sobre el
futuro de su proyecto.
Abajo, en los
almacenes de suministros, Vriess rodaba su silla a lo largo de
amplios corredores de estantes llenos, de cabo a rabo, con
refacciones pulcramente ordenadas y etiquetadas. Miles de partes.
Quizá millones de ellas. Estaba en el cielo de los mecánicos. Y
todo era nuevo, nuevo, ¡nuevo! Perfecto, de tecnología
avanzada, excelente material. Solo lo mejor para el General
Pérez.
Los brazos de
Vriess ya estaban llenos de cables, laminas de circuitos,
componentes. Se estiró ante un estante de con cajas diodos, casi
cayó, luego reconsideró. Tomó una caja, estaba por marcharse
cuando lo pensó otra vez. Miró culpablemente en derredor, y
tomó una segunda caja.
En la sala de
estar de una serie de cuartos comunicados, Christie, Call y
Johner estaban tumbados frente a una pantalla de video,
pasándose de uno a otro el termo de Johner con cerveza casera.
Tras el revuelo de aquella tarde, ninguno de ellos tenía
demasiado que decir. Call estaba sorprendida de que ninguno
de los dos hombres ni Hillard, parecían resentidos porque ella
no se había involucrado, pero sabían que era la nueva chica
después de todo, y era pequeña. Vriess se había mantenido al
margen también, y sólo un tonto lo consideraría a él
indefenso.
Johner,
Christie y Hillard, junto con Vriess y Elgyn habían estado
juntos por más tiempo. Vriess no hablaba mucho al respecto, pero
alguna vez había indicado, que todos ellos habían sido
mercenarios, hacía tiempo antes que Vriess quedara
paralítico.
En la pantalla,
brillaba para la audiencia, un ultra moderno revólver de metal
negro y cromo, y a su lado, era desplegada la información sobre
las especificaciones del arma. La pistola era tan sofisticada,
pensó Call, que podía quizá cargarse automáticamente. Podrá
ser suya, prometía el anunciador, por un monto de créditos por
lo menos igual, al necesario para comprar una nave espacial
antigua.
Johner le pasó
el termo sin quitar los ojos de la pantalla. Ella lo agitó y
vertió un poco más de aquella cerveza letal en su vaso.
Cada uno,
tenía su forma de relajarse.
En el área
restringida, Gediman trabajaba solo. Caminó por el interior del
puerto de observación móvil, que le permitiría tranquilamente
observar el progreso de los primeros Aliens desarrollados. No se
permitiría pensar en los durmientes de los tubos criogénicos y
los constrictores de rostro pegados a ellos. No se permitiría
pensar en sus gritos al emerger los embriones. Aquel no era su
trabajo. Él era un científico en una misión, y su trabajo,
aquí y ahora, era observar el desarrollo de los Aliens que ya
habían nacido.
Era terrible no
contar con mayor información histórica. Gediman consideraba una
tragedia científica que no pudieran volver al planeta LV-426,
donde los Aliens habían sido descubiertos originalmente por la
tripulación del Nostromo. ¡La cantidad de información
que debía haber ahí! Pero la desviada nave, con su bizarra
carga de miles de huevos, había sido destruida cuando el reactor
nuclear de un procesador de atmósfera dañado había explotado,
dejando únicamente desperdicios radiactivos y un cráter de
diecinueve mega hectáreas de amplitud. El LV-426 nunca volvería
a ser habitable.
Ripley había
escapado a la destrucción del LV-426 con otras pocas personas,
pero había terminado en Friorina 161 cuando su nave falló. Solo
un guerrero Alien había emergido ahí, esperando a la Reina que
Ripley, sin saber, albergaba. Pero aquel guerrero había sido
destruido, y Ripley se había suicidado para asegurarse que la
Reina dentro de ella nunca emergiera.
Aquel pudo
haber sido el final del contacto humano con los Aliens, pese a
todos los intentos, tanto de científicos militares como de
corporaciones privadas, para descubrir que no había ni una sola
clave sobre el planeta de origen de los Aliens, a pesar de los
cientos de mundos explorados que existían. El secreto de los
organismos perfectos, había muerto en el holocausto del LV-426,
hasta el descubrimiento de las muestras de sangre y tejido de
Ripley en Fiorina 161.
Aquello había
sido hacía veinticinco años. Las muestras originales proveyeron
poca información, y casi habían sido destruidas un par de
veces. En cualquier caso, hacía diez años, el científico
militar Mason Wren, había visto el potencial ahí, y de alguna
manera, se las arregló para convencer a gente importante, en el
rubro de Desarrollo de Armas, sobre las posibilidades. Había
sido su proyecto desde entonces. Pero solo en los últimos dos
años, había tenido completo un grupo de científicos que
compartían su visión. Entonces, todos ellos se mudaron al Auriga.
Fue entonces cuando, súbitamente, les fue otorgado todo
lo necesario para poner en marcha el proyecto. Fue entonces
cuando las células clonadas de las muestras comenzaron a
sobrevivir y crecer.
Y ahora estaban
aquí. De cara a la aplicación práctica de todo aquel
estudio científico. Todavía había mucho que aprender.
Pacientemente, observó los monitores, las lecturas electrónicas
y a los propios especimenes.
Gediman no
podía negar el asombro del grupo de investigación, en cuanto a
la rapidez con que algunos de los embriones habían salido,
estallando los pechos de sus indefensos huéspedes, eso sin
contar el increíblemente veloz desarrollo embrionario. Wren no
podía asegurar si el crecimiento era acelerado por producto del
trabajo que habían hecho, o si éste era una variación natural.
Los registros previos, indicaban poco sobre los intervalos de
tiempo necesarios, y el tamaño de la muestra era demasiado
pequeño para mostrar normas o tendencias. Desde luego, todavía
estaban a la espera de la mayoría de los embriones
Movió el
puerto de observación a lo largo de su pista, deteniéndose al
llegar a una jaula en particular. Manipulando los controles,
movió la cabina justo hasta acoplarla con la de la clara ventana
de la jaula.
En su interior,
pudo ver dos Aliens de tamaño casi adulto que parecían estar
hibernando. Estaban acurrucados sobre el suelo, curvados para
verse lo más pequeños posible y totalmente quietos. De pronto,
un tercer Alien emergió de entre las sombras, avanzando hacia la
ventana.
Gediman saltó
involuntariamente, totalmente ignorante de la criatura, hasta que
esta simplemente apareció. Surgió amenazadoramente ante él,
oscura, enorme, malévola y totalmente Alien. La bizarra y
alargada cabeza, la enorme cola, las manos con seis dedos, el
esqueleto externo revestido en silicona, los monstruosos tubos
dorsales. La bestia se quedó inmóvil.
Así que, me
estas observando ¿eh? Se preguntó el científico. Para
Gediman, era una sensación escalofriante ser observado por un
depredador tan grande un depredador sin ojos aparentes. Pero
puedes ver perfectamente, ¿verdad? Con los sensores especiales
que tienes en esa cabeza tuya, para el calor, la vibración, el
sonido, la esencia, el movimiento trescientos sesenta
grados de total percepción mucho más aguda que la vista o el
oído hasta hoy conocidos. Una criatura sorprendente.
Vio de nuevo el
crio-tubo que tenía al hombre llamado Purvis. Había presenciado
el terror puro en la cara de Purvis cuando el huevo se abrió
ante él. Vio el ataque del constrictor y la desesperada lucha de
Purvis
Parpadeó,
intentando apartar la imagen. Purvis todavía tenía su embrión.
Aparentemente, el hombre se hallaba en el borde de una baja
función de la tiroides, no lo suficiente para ser tratada, solo
lo justo para hacer más lento el desarrollo de su embrión que
el de los otros
Olvídalo.
Sólo porque viste su nombre. Olvídate de ello. Tenías que
pasar por eso para llegar a esto. Y ahora, los tienes. Esto es
sólo el principio.
El Alien que lo
observaba se acercó cautelosamente, hacia la ventana. Como
atraído por él, Gediman también se acerco a su lado del
puerto. Lentamente, los delgados labios del Alien se replegaron,
mostrando sus dientes color de cromo. Abrió su enorme boca,
deslizó su lengua rígida lentamente, como para persuadir a
Gediman. La lengua tenía sus propios dientes, y el borde de la
misma goteaba mucosa clara.
Gediman se
olvidó de Purvis, se olvidó de los constrictores, y se quedó
extasiado, ante la visión, de aquello que nadie antes había
visto sin morir. Se percató que estaba sonriendo. ¿Es que
me estás sacando la lengua o sólo estás feliz de verme?
Murmuró.
Distraído,
colocó una mano contra el puerto, para apoyarse, luego puso su
nariz contra el transparente material - diseñado especialmente,
y fuerte como el acero que todavía llamaban cristal,
su frente y una mejilla estaban aplastadas contra la ventana,
como un chiquillo que quisiera ver mejor.
Sin
advertencia, la lengua del Alien se disparó como un látigo y
golpeó el cristal justo a la altura de su ojo. Gediman brincó
hacia atrás, con el corazón acelerado y sus manos súbitamente
temblorosas. Sin apartar la vista de la criatura, se movió hacia
la consola central.
Hora de
la primera lección, cachorrito, le dijo Gediman, y
estrelló su mano sobre un infalible y gran botón rojo.
Instantáneamente,
jets de nitrógeno rociaron al Alien, creando nubes de vapor de
nitrógeno al contacto con el aire. El monstruo gritó
frenéticamente, retrocediendo hacia el centro de la jaula,
tropezando con sus dormidos compañeros, despertándolos,
aterrorizándolos. Todos se unieron al estridente griterío.
Gediman soltó el botón.
El guerrero que
había sido rociado, giró su obscena cabeza hacia Gediman, su
enorme cola de escorpión se azotaba salvajemente. Los otros dos
se echaron hacia atrás, visiblemente inseguros de lo que
ocurría. El primer Alien se movió hacia el puerto nuevamente,
pero Gediman alcanzó el botón rojo, deteniéndose justo por
encima de este.
El monstruo
quedó inmóvil. Gediman, también.
Desde una
distancia, el Alien extendió su lengua amenazadoramente, pero no
hizo más intentos de avanzar hacia la ventana.
Gediman
asintió, aprobando. Así que aprendes rápido ¿eh?
tomó su bloc de notas, satisfecho.
El Gran
Guerrero se estremeció en el pequeño, extraño lugar, su rabia
infinita. ¡Esa pequeña, suave presa me lastimó, me
quemó! Azotó su cola enfurecido, mientras observaba
a la presa manipular sus objetos, desarrollar funciones que
el guerrero solo podía sospechar. El guerrero miró fijamente el
peligroso cojinete rojo al alcance del pequeño ser. Leyó la
palabra infalible escrita a un lado, y ¡Advertencia!
¡Jets de Nitrógeno! Observó a la pequeña criatura
el nombre de Gediman impreso en ella
mientras hacía aparecer palabras en un objeto que sostenía. La
presa irradiaba satisfacción, orgullo, cumplimiento, como si
hubiera llevado a cabo su verdadera función.
No es que al
guerrero le importara. Para él, la presa tenía solo una
verdadera función, la misma que cualquier otra especie. Agitó
su cola, extendió su lengua en advertencia. La atmósfera
silbaba a través de sus tubos dorsales. Él odiaba este medio
ambiente Alien, anhelando la humeante calidez del nido, la fuerza
y seguridad de su propia especie. Incluso con los otros dos
cerca, sufría la soledad de su propia individualidad. Era tiempo
de construir el nido. Tiempo de reunirse con otros guerreros y
servir a la Reina. Era por lo que vivía.
Observó a
la presa, aprendiendo casi todo sobre ella, que el guerrero
necesitara saber.
No podía
olerla todavía, pero podía oler a otros de su clase, su esencia
era traída a través del ligero aire. Ellos eran de sangre
caliente, respiraban oxígeno. Podía ver el color de sus
exhalaciones, incluso a través de la clara barrera. Podía ver
el color de su roja sangre a través de sus pálidas venas,
analizar su química. Podía calcular su peso, su masa muscular,
su habilidad para resistir. Podía saber cuán fuerte era, cuán
débil. Podía ver el color de sus emociones, ya fuese caliente o
frío, y si sentía dolor o miedo. Podía ver que temía al
guerrero pero no lo suficiente. Especialmente, no ahora,
que había probado que podía lastimar al guerrero. El Gediman
irradiaba el color del orgullo, del cumplimiento.
Recordaré
ese color cuando venga a por ti.
Y vendré
a por ti.
El cuerpo
del Gediman sería material de construcción para el nido. Una
vez asegurado ahí, el guerrero decidiría si serviría como
alimento para la Reina, o si era adecuado para albergar a sus
pequeños, o incluso si sirviese como alimento para los
pequeños. Él podría decidir, inclusive, si Gediman debía
albergar a los pequeños y también ser su
primer alimento.
Y puesto
que me has lastimado y te has complacido con ello, decidiré
hacer contigo lo que sea que te mantenga vivo durante más
tiempo.
El guerrero
observaría hasta que el orgullo del Gediman se desvaneciera, y
con él, toda emoción que hubiese tenido jamás, hasta que no
quedara nada más que miedo, un miedo absoluto, como el Gediman
nunca había conocido. El miedo hacía al huésped, era crítico
para ello. Hacía al organismo receptivo, abría los caminos para
los jóvenes, les permitía asentar raíces sólidas, crecer,
cambiar al huésped para llenar sus necesidades. El miedo era
crítico para eso. Y cuando los jóvenes hubieran dejado su
matriz Alien, entonces, la última explosión de miedo y dolor
suavizaba la carne del huésped, para alimentar a los pequeños
jóvenes.
El gran
guerrero agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y
planeaba y sentía a sus hermanos y a su Reina. Su reina, su
Madre, le envió su amor y aprobación. Eso ocurriría pronto. El
guerrero lo presenciaría. Y este pequeño humano, este Gediman,
sería el primero. La primer matriz. El primer alimento. Y
viviría para saberlo todo. El guerrero también presenciaría
eso.
La Reina
aprobó.
De vuelta en la
estancia, Call escuchaba las especulaciones sobre un puñal de
extraño diseño, y decidió que había tenido suficiente de
videos y alcohol. Diablos, las noches en el Betty eran
usualmente más interesantes que esto. Intentó ponerse de
pie, pero cayó de nuevo al asiento, como desbalanceada. Los dos
hombres charlaban cordialmente.
¡Cielos
Johner!, se quejó, rascándose la cabeza, ¿qué le
pones a esta mierda? ¿Ácido de batería? Contempló su
vaso vacío, intentando averiguar cómo había quedado así.
Sólo
para darle un toque de color, respondió Johner
defensivamente, y él y Christie rieron, chocando palmas.
Suficiente
para mí. Decidió y se levantó torpemente de la silla,
derribándola. Intentó silbar la tonadilla que habían
armonizado ella y Vriess aquel día, pero sonaba un poco aguda al
final.
Fuera de la
estancia, Call se giró. Una vez fuera de su vista, se enderezó,
perfectamente sobria. Mirando hacia ambos lados del corredor,
para asegurarse que estaba sola, caminó decididamente. Siguió
la ruta que había seleccionado previamente, y caminó hasta
llegar al área que estaba marcada como RESTRINGIDA.
De ahí en
adelante, lo sabía, cada puerta sería un obstáculo. Rebuscando
en sus bolsillos, sacó un aro de llaves maestras. Ensartadas en
él había una docena de micro cápsulas de rocío. La mayoría,
de su propia invención.
Miraba por
sobre su hombro, aguzando el oído, usando todos sus sentidos, y
asegurándose que seguía estando sola, inobservada, mientras
procedía a violar cerrojo tras cerrojo. Algunos de ellos
requerían una alimentación rápida de códigos, mas la correcta
combinación de químicos de rocío en los analizadores de
aliento. Algunos únicamente necesitaban ser rociados con la
cápsula correcta. Pero ninguno de ellos le resultaba inviolable.
Finalmente, la
última puerta se abrió silenciosamente ante ella, sólo lo
suficiente para permitirle deslizarse en su interior. Dudó
brevemente, luego entró en la celda y cerró la puerta tras
ella. Ninguna alarma todavía. Era evidente que no estaban
observando al ocupante de esta celda tan intensamente como lo
habían hecho antes.
El cubículo
era pequeño, oscuro, y por un momento Call pensó que no era la
celda correcta, esta estaba deshabitada. No había nada aquí
ni lavabo, ni dispensador de agua, ni baño, nada. Todo lo
que pudo ver fueron las definidas sombras que contrastaban con
las zonas brillantes, y dividían el pequeño lugar en áreas
separadas.
Luego, sus ojos
se ajustaron a la escasa luz y pudo distinguir una única
zapatilla de cara a ella, desde el oscuro fondo de la celda.
Miró nuevamente. La zapatilla estaba unida a una pierna que
parecía desvanecerse entre las oscuras sombras. El solitario
ocupante de la celda estaba acurrucado entre esas sombras,
astutamente, permanecía invisible a cualquiera que pudiese estar
observando desde arriba.
Escurriéndose
hacia la oscuridad, Call se desplazó silenciosamente hacia la
figura, luego se agazapó, dirigiéndose al mismo lugar donde
estaba la figura. No podía discernir la ensombrecida silueta
acurrucada, en posición fetal, a pesar de su proximidad.
Moviéndose en silencio, Call se arrastró hacia el lugar,
agradecida, por primera vez, de su pequeño y compacto cuerpo. La
oscuridad la envolvió completamente. Ahora, los dos cuerpos
estaban escondidos. Apenas se estaba tranquilizando, cuando una
silueta pasó por sobre su cabeza.
Era un guardia
haciendo su ronda sobre la celda, sus pies calzados en botas se
detuvieron momentáneamente sobre la mirilla en el techo de la
celda. Call contuvo el aliento.
Finalmente, se
fue. Call se volvió hacia la durmiente mujer, esperando que
registrara algo de la presencia invasora, pero la figura seguía
dormida. El castaño cabello oscurecía su rostro, su pecho
subía y bajaba, constante, regular. Humano. Los brazos de la
mujer estaban cruzados sobre su vientre, como si quisieran
resguardar algo ahí, sus atractivos rasgos parecían
intranquilos, como si tuviera pesadillas
Veniste
aquí a cumplir una misión, pensó Call, reprimiendo un
arrebato de lástima. Así que, házlo. Sólo porqueparece
-
Con el sigilo
de un asesino, Call extendió su mano derecha, y el escondido
estilete se deslizó en ella. Pulsando un botón, la hoja
emergió silenciosamente. La plateada hoja tenía casi treinta
centímetros de largo, con una aguda punta. Call siempre había
pensado que las armas de proyectil eran para cobardes. A ella le
gustaba trabajar de cerca y en silencio.
Se puso en
cuclillas, impulsó su mano hacia atrás en un movimiento, sin
titubeos.
Deja de
mirarla. Haz lo que viniste a hacer.
Tragó saliva.
Con un movimiento rápido apuñalaría en el corazón.
Limpiamente. Pulcramente. Ripley no se enteraría. Era lo más
generoso que podía hacer por ella.
De pronto, la
mujer se movió entre sueños. Call se quedó de piedra. La
cabeza de la mujer se volvió, exponiendo su larga garganta. Los
cintos entrecruzados de su jubón de cuero, se abrían un poco
sobre sus pechos y vientre. Su pálida piel podía verse incluso
entre las sombras.
Call movió la
punta del estilete y abrió un poco más. Parpadeó, mirando
atentamente una cicatriz. ¿Una cicatriz? ¡Una cicatriz!
¡No!
Suavemente, la
voz de la mujer preguntó en tono casual, ¿Y bien?
Call brincó,
resbalándose un poco. Estaba tan sorprendida, que casi arroja el
cuchillo.
¿Vas a
matarme, o qué? preguntó Ripley con su usual y monótona
voz.
Call apretó
las mandíbulas. No tiene caso, ¿o sí? con un giro
de la muñeca, el estilete se enfundó nuevamente, tan silencioso
como había emergido. Ya lo han sacado. ¡Cristo!
¿está aquí? ¿a bordo? Se sentía congelada,
intentando aceptar el hecho de que ya era demasiado tarde.
¡Demasiado
tarde!
Ripley sonreía
torvamente. ¿Te refieres a mi bebé?
Call sacudió
la cabeza, tomando conciencia de la realidad, de estar teniendo esta
conversación con esta mujer.
No lo
entiendo. Si lo han sacado, ¿por qué te mantienen con
vida?
Un leve
encogimiento de hombros. Son curiosos. Soy la última
novedad.
Call luchó
contra un creciente sentimiento de rabia e impotencia. No había
considerado llegar tarde. Luego se esforzó por calmarse.
Miró atentamente a la mujer que estaba a su lado, en el
confinado espacio de los límites sombríos. Silenciosamente,
extrajo el cuchillo nuevamente, pulsando el botón para soltar la
hoja, y lo mostró a Ripley.
Con voz amable,
Call le hizo un ofrecimiento. Puedo hacer que todo termine,
si quieres. El dolor esta pesadilla. Es todo lo que puedo
ofrecerte. Te mereces mucho más que eso.
La expresión
de Ripley varió, se hizo más consciente, y Call pudo ver la
indecible tristeza que la acometió. Sin responder, ella abrió
su mano, luego colocó la palma tranquilamente contra el filo de
la hoja.
¿Qué te
hace pensar que te permitiría hacer eso? murmuró.
Ripley
presionó su mano firmemente insertando en ella la punta de la
hoja y atravesándola completamente, hasta hacerla emerger en el
canto por casi veinte centímetros antes de detenerse.
Los ojos de
Call se abrieron al máximo, su boca también. Era la misma
expresión que había mostrado en la estancia comedor.
¿Quién eres tú? susurró, contemplando la mano
empalada, el delgado hilillo de sangre que salía de ella, y la
falta de emoción en el rostro de la mujer.
Con voz llana,
dijo simplemente, Ripley, Ellen. Teniente de Primera Clase.
Numero 5 1 5 6 1 7 0.
Call negó con
la cabeza. Ellen Ripley murió hace doscientos años.
Ese pequeño
dato pareció remover algo en la mujer; la sorpresa invadió su
rostro. Jaló su mano sacando el cuchillo, frunciendo levemente
el ceño ante el dolor, como si fuera algo sin importancia.
¿Qué
sabes acerca de eso? Intentó sonar ausente, pero un
floreciente interés se notaba en su voz.
He leído
a Morse, dijo Call suavemente. He leído todas las
historias prohibidas. Ellen Ripley dio su vida para protegernos
de la bestia. Tú no eres ella.
La mujer
llamada Ripley miró más allá de ella, hacia algún punto
distante que sólo ella podía ver. ¿No soy ella?
¿Entonces, quién soy?
Buena
pregunta. Call miró atónita cómo la hoja del cuchillo
burbujeaba y sacaba humo, derritiéndose justo ante sus ojos,
quedando únicamente un chamuscado muñón. Ahí estaba la
respuesta de Ripley. Le mostró el metal. Eres una cosa.
Un experimento, un clon. Te hicieron en un puto laboratorio
El torvo humor
volvió. Pero solamente Dios puede hacer un árbol.
Call sintió la
súbita necesidad de conectarse con con este simulacro,
esta sombra de Ripley. Y ahora te han sacado a la bestia.
Tristeza
nuevamente. Una pena profunda. Un inmenso dolor que Call solo
podía suponer. No del todo.
Call no
comprendió. ¿Qué?
Ripley la
miró, permitió el contacto a los ojos. Su mirada quemaba a
Call, abrasaba en su interior del mismo modo que lo hizo su
sangre ácida con el cuchillo. La mujer murmuró. Está en
mi cabeza. Detrás de mis ojos. Por primera vez, parecía
humana, vulnerable.
¡Entonces,
ayúdame! Si queda en ti algo de humana, ayúdame a detenerlos
antes que esto se suelte.
La desolación
de la mujer era infinita. Es demasiado tarde.
Por un momento,
Call entendió mal. ¿Demasiado tarde para mí?
Súbitamente se
sintió dolorosamente consciente que estaba agazapada en la
oscuridad, a centímetros de esta esta Call no sabía
cómo llamarla. Este depredador que podría matarla con una sola
mano, mucho más rápidamente de lo que ella pudiera reaccionar
para defenderse. Su cuchillo había resultado inútil
Cuando Ripley
se levantó y se dirigió hacia la cara de Call, ella respingó.
Ripley se quedó quieta por un momento, entonces movió otra vez
su mano. Ripley tocó la frente de Call, apartando un mechón de
cabellos. Fue un movimiento gentil y casi sensual. La forma en la
que una madre tocaría a su hijo, un poco de acicalamiento, un
poco de confort
Me he
acostumbrado a la idea, musitó Ripley, y Call se dio
cuenta de que se refería al monstruo que ella había dado a luz.
Que la criatura vivía. Que ella provocaría una nueva plaga.
Es inevitable.
Call se
aproximó, con gesto adusto. No mientras yo esté cerca.
Intentó no pensar en lo ridículo que sonaba aquello. Detestaba
su pequeña figura, su suave y aguda voz. No era la primera vez
que deseaba tener la talla de Christie.
No
saldrás viva de aquí, Dijo Ripley tristemente, como si
estuviese instruyendo a un niño testarudo.
Escuchando los
temblores en su propia voz, Call insistió, ¡Me importa un
carajo!
Ripley levantó
una ceja, sorprendida. ¿En serio?
Moviéndose
ágilmente, las manos de Ripley se lanzaron hacia delante,
aferrando la garganta de Call, y súbitamente no hubo aire.
Instantáneamente, Call aferró el mango del derretido cuchillo,
pero era inútil, se hallaba atrapada en los confines de aquel
pequeño espacio, entorpecida por su creciente terror.
Ripley estampó
la mano de la chica contra el suelo, inclinándose sobre ella.
Call debía luchar para defenderse, debía intentar aclarar su
mente. Los predadores ojos de la mujer brillaban frente a su
cara. Con infinita tristeza, Ripley ofreció Puedo hacer
que termine.
Call se oyó
lloriqueando, y supo que el terror absoluto era evidente en su
cara. Sus ojos suplicaron clemencia.
Tan
rápidamente como la había aferrado, Call fue súbitamente
soltada. Ripley se deslizó lejos de ella. Una vez más, se
acurrucó en la posición fetal, contra los muros, escondiéndose
tanto como pudiera, entre las sombras.
¿Qué estas
haciendo? ¿Por qué intentas esconderte? ¿Qué crees que
podrán querer de ti ahora? No importaba que no hubiera
mobiliario en la celda. De haberle dado un catre, se hubiera
acurrucado debajo, completamente fuera de la vista. ¿Será
alguna medida de seguridad el acurrucarse en este pequeño y
oscuro lugar? ¿Será un recuerdo de la infancia hace mucho
olvidado, y de hace cientos de años?
Vete,
Le ordenó Ripley, su voz era fría otra vez. Sal de aquí.
Te están buscando.
Nerviosa, Call
se alejó de ella, temiendo que pudiera cambiar de opinión,
comprendiendo que el salir viva o muerta de aquella habitación
dependía enteramente del capricho de la mujer. Gateó
alejándose de las sombras, sin poner cuidado en ser descubierta
por un guardia, e inhalando desesperadamente, se movía como un
cangrejo hacia la puerta.
Salió de la
celda, toda precaución ahora olvidada en su asustada huida. Al
dar dos pasos fuera de la celda, algo frío y metálico tocó su
cuello, pero antes de que pudiera volverse y defenderse, la
descarga la golpeó fuertemente, quemándole la piel,
electrocutando sus nervios, causando un estallido eléctrico por
su espina, por cada nervio
Gritó en una
ocasión, luego todo se oscureció.
Wren observó a
la menuda mujer, de oscuro cabello y derribada en el suelo, con
un gesto de satisfacción. Dos soldados la levantaron por los
brazos y la sostuvieron, pensó, ¿Quién te crees que eres
para interferir en una misión de investigación ultra secreta?
¿Creíste en verdad que podrías lograrlo?
Estaba tan
encolerizado, que agradecía la presencia de los soldados para
forzarse a mantener su profesionalismo. Cuando Call sacudió
torpemente la cabeza y comenzó a recuperar el conocimiento, Wren
le amenazó, ¡Creo que sabrá que lo que hizo fue, muy
imprudente!
Le preguntó al
soldado que estaba más cerca, ¿Dónde están sus
compañeros?
Hasta
donde sabemos, señor, todos ellos se encuentran en cuarteles
separados
Suene la
alarma, ordenó Wren. Los quiero a todos reunidos -
¡Ahora!
Ripley se
acurrucó entre su propia sombra y observó en la oscuridad,
procurando que las palabras de la joven mujer no la tocaran.
Estaba cansada, tan cansada pero no se atrevía a dormir.
No quiero
dormir, dijo una pequeña y suave voz en su cabeza. Tengo
sueños que dan miedo. ¿Quién había dicho eso?
Ripley no podía recordarlo, pero el recuerdo la apuñaló como
un cuchillo.
No podía
dormir se sentía como si la pudieran tocar mientras
dormía. Su mente estaba distraída cuando dormía, y los sintió
aflorar. Todos los monstruos, los monstruos verdaderos.
Moviéndose, respirando, bullendo - soñando, planeando,
aguardando
Se
estremeció.
Eran un
organismo perfecto, con una sola función verdadera. Y esa mujer,
esa pequeña y joven mujer, no lo entendía
Su
perfección estructural solo se compara con su hostilidad.
Ripley no
recordaba quién había dicho eso, o cuándo, pero lo recordaba
igualmente. La llenaba de una aplastante tristeza. El pensar en
el ferviente propósito idealista de la joven mujer, su
determinación, la deprimía aún más. Ripley pudo ver una
débil sombra de la mujer que ella había sido, en los ojos de
esa mujer. Que el destino y la mala suerte del universo la
habían creado.
¿Y qué me
ha hecho el destino ahora? Se preguntó tristemente. No lo
sabía. La habría hecho Ellen Ripley, como insistía su caótica
mente, o la habría hecho un traidor, un fraude, algo tan
grotesco como como
Prefiero
el término persona artificial.
Parpadeó,
observando a la marca que rápidamente cicatrizaba en su mano, lo
que había quedado del cuchillo de la mujer.
En la
quietud de ese momento, sus ojos se opacaron, su cuerpo se
curvó, y se deslizó hacia un estado de vigilia. Y entonces,
ahí estaba, esperándola detrás de sus ojos.
Su anhelo
por la humeante calidez del nido, la fuerza y seguridad de su
propia especie. Sola, sufría el aislamiento de su propia
individualidad. Solamente en sueños se podía reunir con ellos,
regocijarse con ellos. Era tiempo de construir el nido. Tiempo de
reunirse con otros guerreros y servir a la Reina. Era por lo que
vivía.
La guerrera
agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y planeaba y
sentía a su Reina. Y su Reina le envió su amor y aprobación a
la guerrera. Eso ocurriría pronto. La Reina lo presenciaría y
la guerrera lo haría ocurrir. Y esta concha que era humana, esta
Ripley, sería la madre de todos ellos. La primer matriz. La
primer guerrera. Y ella viviría para saberlo todo, para
compartir la gloria con ellos. La Reina lo presenciaría, pues
Ripley era la base de la colmena. El nutriente del nido. El
cimiento de la nueva generación.
Ripley se
retorcía indefensa en sueños, emitiendo leves sonidos de
protesta y dolor. La Reina compartió sus sueños, y aprobó.