b>I.- Las Calles de Delhi
Año de Nuestro Señor 1.318.
Al anochecer, cuando el sol se ocultaba detrás de las casas de Delhi, la ciudad parecía adquirir una nueva vida bajo la luz de las linternas. Miles de individuos, constituidos mayoritariamente por hindúes y musulmanes, recorrían las calles vivaces y abigarradas. El germano descendió por una callejuela estrecha, esquivando los carromatos arrastrados por bueyes, dirigiéndose a la parte inferior del bazar. Su figura enlutada, de amplios hombros y cintura estrecha, llamaba la atención entre la multitud vestida con túnicas de brillantes tonalidades. En su rostro pálido, tostado por el sol, destellaban dos ojos grises de expresión severa; pocos hombres hubieran podido resistir la frialdad de aquella mirada sin bajar la vista. Stark contempló a los mendigos apostados en las esquinas, que alzaban platos y tazas sucias, implorando una limosna que jamás recibirían. Para bien o para mal, siempre existiría diferencia de clases en todas partes; los pobres agonizaban a los pies de los palacios de los poderosos sin que éstos hicieran nada por evitarlo. Todo tipo de olores llenaron sus vías olfativas: frutas, carne, cuerpos sin lavar, pescados, perfumes, verduras, bestias; formando una amalgama no exenta de cierto atractivo. En los portales de las viviendas, sentadas en la posición de loto, mujeres ofrecían sus mercancías a los transeúntes: cebollas, pepinos, naranjas, habichuelas, remolachas, pimientos, limones; con rostros tranquilos y meditabundos. A pesar del estruendo de las voces y las aglomeraciones incesantes, al germano le tranquilizaban las costumbres y modales de aquellas gentes; éstas no tenían nada en común con las ciudades musulmanas que había visitado durante los últimos años. Aunque ambas razas hubieran convivido desde hacia dos siglos, la sensibilidad de sus habitantes era completamente distinta. Los árabes solían ser individuos fanáticos, duros de roer como los inmensos desiertos que se extendían desde el Ganges hasta el Mar Negro. En cambio, los hindúes tenían un concepto de la vida mucho más tranquilo, no eran violentos ni rastreros; preferían dedicarse a sus propios quehaceres sin entrometerse en los asuntos de los demás.
El germano sorteó a unas vacas, ignorando los olores de una cena temprana que escapaban de una casa de humilde aspecto. Se sentía atraído por las jóvenes que caminaban a su alrededor, éstas eran excitantes y misteriosas, destilaban una sensualidad que en Europa se consideraría blasfema. Sus interminables viajes a través de las tierras de Asia le habían enseñado que sus compatriotas eran individuos ridículos y reprimidos, no existía comparación alguna con las civilizaciones orientales; las mujeres cristianas carecían de cualquier atisbo de belleza. Meditabundo, pensó que la influencia de la religión católica había arruinado occidente, convirtiendo a sus habitantes en esclavos de una Iglesia envilecida por su propio peso; corderos que acatarían cualquier orden con los ojos cerrados sin plantearse en ningún instante el porqué de sus actos. A pesar de que la India siempre había sido un pueblo oprimido por monarcas despiadados y corruptos, que los esclavizaban con leyes radicales y altos impuestos, sus habitantes disfrutaban del presente con una intensidad digna de respeto. El hombre era el único ser de la creación capaz de sobrevivir a los peores tormentos sin perder las esperanzas de continuar despierto.
Gracias a los beneficios de su última aventura, Stark llevaba seis meses viviendo en la ciudad sin la necesidad de ganarse el sustento. Por primera vez en más de una década, no había tenido la necesidad de escapar a cualquier parte, intentando huir del pasado que tanto lo atormentaba. Durante aquel tiempo había vuelto a recuperar sus viejas costumbres, leía y estudiaba a diario, alimentando su espíritu. En el fondo, aunque le costara admitirlo, continuaba siendo un hombre que disfrutaba con el conocimiento; cultivarse lo auxiliaba a recuperar aquella parte de su alma que había perdido. Las lecturas habían abierto puertas que creía cerradas para siempre, estaba cansado de vagar por el mundo, sin encontrar una cura que aliviara el dolor y la angustia que lo carcomían diariamente. Como podía comprobar, la búsqueda de lo imposible no había aniquilado su capacidad de aprendizaje; su mente retenía los idiomas que había estado estudiando con una facilidad pasmosa. Una sonrisa triste le cruzó los labios: parecía que, a pesar de los horrores que había soportado durante sus andanzas, nunca dejaría de ser un individuo con profundas aspiraciones morales y filosóficas. ¿Hasta qué punto el extermino de la Orden de los Caballeros de Dios había cambiado su visión de la realidad?
—Puede que aún continúe siendo un iluso —murmuró—, y quiera creer que podré encontrar la paz algún día…
Los vagabundeos lo habían convertido en un bloque de acero, estaba acostumbrado al aislamiento, por ello hablaba consigo mismo con frecuencia; era la única manera de hacerse compañía para no perder la razón. Wolfgang se encogió de hombros y apartó aquellas cuestiones de su cabeza: no quería plantearse los dilemas que lo acosaban. Merecía un descanso, recuperar fuerzas para continuar adelante, o de lo contrario, el destino inmisericorde que lo había conducido tan lejos de su hogar, lo sepultaría con su peso. Como de costumbre, a pesar de que era un hombre relativamente rico, prefería la compañía de las personas más pobres de la ciudad. Cualquier otro hubiera alquilado una villa o un pequeño palacio para vivir a todo trapo, luciendo su dinero y comiendo los mejores manjares, pero el antiguo caballero templario continuaba siendo un asceta; creía que la pobreza y la humildad eran ideales para mantenerse incorrupto. El placer y la falta de moralidad depravaban a sus iguales, convirtiéndolos en individuos despreciables, indignos de acceder al Reino del Señor. Los monarcas europeos eran el mejor ejemplo: no tenía constancia que ninguna dinastía gobernara pensando en las necesidades de sus súbditos.
Aunque Stark había logrado adaptarse al ritmo de vida de aquellas gentes, disfrutaba siendo un individuo anónimo; apenas había entablado relaciones íntimas con nadie durante meses. Por desgracia, aunque la fortuna le sonreía por primera vez desde que podía recordar, oscuras pesadillas continuaban asediando sus noches, impidiéndole valorar el presente con la plenitud que éste merecía. Nunca sería libre del dolor que cercaba su conciencia, llevaba demasiados años alimentándose del aborrecimiento y del rencor para sobrevivir donde otros se hubieran suicidado; la idea de cambiar le resultaba un sueño inconcebible. Aunque quisiera ser de otra forma; pensar de forma positiva, jamás podría escapar de sí mismo. Una parte de su personalidad, aquella que lo había mantenido con vida hasta la fecha, era lóbrega y conflictiva como las criptas del Abismo. Al germano nunca le había agradado torturarse, era una opción indigna de su persona, propia de los ermitaños que se pudrían en oscuras grutas sin nombre, ofreciendo sus penalidades al Todopoderoso como pruebas de fe. Los acontecimientos lo habían convertido en lo que era, ni más ni menos; si la Orden del Temple no hubiese sido exterminada, estaba seguro de que hubiera vivido aquellos años en paz. Envejecer, tal como imaginó durante su juventud, no fue un camino de aceptación y sabiduría. Si pudiera retroceder en el tiempo, cambiaría los hechos sin dudarlo un instante, ahorrándose el malestar y la angustia que acarreaba sobre los hombros desde hacía más de una década.
Súbitamente, unos niños cubiertos de harapos se abrieron paso entre la multitud, corriendo hacia la parte alta de la avenida rodeada de chabolas. Detrás de ellos, tres soldados de la guardia, armados con lanzas y espadas curvas, intentaban darles alcance. Los muchachos rieron sonoramente y se burlaron de los hombres que pretendían atraparlos, haciendo gestos despectivos. Las maldiciones de uno de los guardias se alzaron sobre el rumor de la muchedumbre:
—¡Corred todo lo que queráis, pequeños bastardos! —rugió—. ¡Tarde o temprano os capturaremos!
Uno de los críos escupió al suelo.
—¡Tendréis que bajar la barriga para alcanzarme, cerdo seboso!
Sin poder evitarlo, al contemplar el espectáculo, Stark estalló en una sonora carcajada. Frenéticos, los soldados pasaron a su lado, lanzándole miradas venenosas; los niños habían desaparecido por un callejón sin dejar rastro. De buen humor, el germano se detuvo para inhalar una bocanada de aire; hacía meses que no reía de un modo tan espontáneo y natural; quizá las viejas heridas cicatrizaban sin que fuera consecuente de ello. La atmósfera había cambiado ante la presencia de la guardia, miradas de rencor y juramentos en voz baja afloraron por doquier; los hombres del emir Qutb-ud-din Mubarak Shah eran tan odiados como temidos por el pueblo. Wolfgang olvidó el incidente y cruzó la calle: quería regresar a la pequeña habitación que había alquilado. Después del paseo, una cena frugal y unas horas de lectura, serían el colofón perfecto de una jornada inmejorable. Con grandes zancadas, atravesó una pequeña plaza y sorteó a unas gallinas que correteaban por el lugar, agitando las alas de vistosas plumas. La luna se alzó en el horizonte, iluminando las viviendas destartaladas, construidas de cualquier manera, que se dibujaban durante kilómetros. Stark dobló a la derecha, atajando por una calle lateral poco concurrida. Entonces, un espasmo le erizó los pelos de la nuca; alguien lo observaba desde los rincones en sombras. Con la rapidez de una cobra, se volvió hacia atrás, buscando involuntariamente una espada en su cadera. El germano emitió un juramento: había cometido el error de salir desarmado a la calle. Molesto por bajar la guardia, escudriñó el pasadizo a oscuras, buscando rastros de vida humana. Al parecer todo había sido producto de su imaginación.
—No es posible —susurró—. Estoy seguro de que me siguen…
Rígido, guardó silencio y aguzó los oídos, intentando descubrir algo que se saliera de lo común. Aparte del bullicio del bazar que acababa de dejar atrás, y del sonido de su propia respiración, nada confirmaba sus peores sospechas. Stark retomó el rumbo, aparentando indiferencia, con los nervios a flor de piel. Mientras avanzaba hacia el sur, captó el murmullo de unos pies calzados con sandalias; su sexto sentido de soldado había vuelto a advertirle de un peligro inminente. Unas siluetas envueltas en túnicas negras comenzaron a cercar al antiguo caballero templario, amparadas por las tinieblas de la noche. Gracias a su instinto de luchador, éste había descubierto a los individuos que pretendían atacarle; probablemente serían ladrones que pensaban que habían dado con una presa fácil. El germano no hizo gesto alguno de ser consciente de que lo estaban siguiendo, debía agredir por sorpresa a sus rivales, abrir un hueco entre las filas adversarias para poder escapar de allí. Un silencio ominoso llenó la calle desierta: ninguno de los vecinos acudiría en su auxilio cuando los encapuchados lo abordaran. Apretando los puños, Stark decidió tomar la iniciativa, aprovechar los escasos minutos de ventaja de los que disponía. Los ladrones, acostumbrados a asaltar a gordos y blandos occidentales que no eran capaces de empuñar un arma y menos luchar por su pellejo, ignoraban a la clase de hombre que pretendían desvalijar. En aquel instante, cuando la trampa estaba a punto de cerrarse, las nubes ocultaron la luna llena. De un salto, se escondió debajo de unas escaleras, fundiéndose con la penumbra como un espectro. Sorprendidos, los enmascarados se detuvieron, intentando encontrarle en la oscuridad. Al percibir que habían sido burlados, salieron de las sombras, sin molestarse en ocultar su presencia. El que parecía el jefe del grupo ladró:
—¡Encontradlo! —ordenó a sus hombres—. ¡No puede haber ido muy lejos!
Un encapuchado pasó a escasos pies del germano, apretando la pañoleta amarilla que llevaba en la diestra, ignorante del peligro que lo acechaba entre las tinieblas. Stark extendió los brazos y le apretó el cuello con todas sus fuerzas, arrastrándolo brutalmente a su escondrijo. El ladrón forcejeó, desesperado, al sentir como unos dedos de acero le estrujaban la garganta. Wolfgang lo aplastó contra la pared: si el resto descubría su posición acabarían con él enseguida. Su enemigo se dispuso a utilizar un cuchillo, pero la presa que le arrebataba el oxígeno de los pulmones lo obligó a soltarlo; chispas azules y amarillas bailaron delante de sus ojos. Stark ignoró las uñas que le arañaban la cara y rechinó los dientes; el cuello del enmascarado se quebró como una rama podrida. Con una mueca de asco, soltó el cadáver y agarró el arma tirada en el suelo. La hoja curva, de veinte centímetros de longitud, se adaptó a su mano sin problemas. Wolfgang abandonó el hueco de las escaleras y atravesó la calle. Según sus cálculos, aún quedaban siete rivales con vida; suficientes para terminar con su persona si conseguían rodearlo. Stark se pegó a la pared de un edificio y avanzó con prudencia; aquellos pecadores podían estar en cualquier parte. De una rápida carrera, escudado por los claroscuros de la noche, llegó al otro extremo de la vivienda. Sudando, se inmovilizó al escuchar unos pasos; alguien iba a doblar la esquina en pocos segundos. El cuchillo trazó un arco resplandeciente y separó la cabeza del cuerpo del encapuchado. Éste se desplomó de bruces soltando un torrente púrpura por la herida abierta. Un grito enloquecido rompió la quietud de la noche:
—¡Atrapadlo, hermanos! ¡Quiero la cabeza del extranjero!
Media docena de figuras embozadas corrieron desde todos los rincones de la calle. Stark brincó por encima del hombre que había eliminado y efectuó una carrera hacia el otro extremo de la misma. Un enemigo se interpuso ante su camino con el arma extendida, listo para atravesarlo, pero el antiguo caballero templario esquivó el ataque de refilón, hundiéndole el cuchillo en el vientre. El ladrón aulló de dolor y se llevó las manos al estómago abierto; la hoja le había llegado hasta la columna vertebral. El germano lo rechazó de un codazo; tenía a un enmascarado encima. En el último momento, logró levantar el arma y detener la embestida; el cuchillo había estado cerca de rebanarle el gaznate. Acto seguido contraatacó, el entrechocar de las armas levantó un estruendo metálico a lo largo de toda la calle, llenando la penumbra de chispas ardientes. Stark golpeó con la cruz del arma el rostro de su adversario. El encapuchado lanzó un grito y reculó escupiendo sangre y dientes por la boca. El germano alzó el brazo con la intención de rematarlo, pero dos ladrones se abalanzaron sobre él, obligándolo a trazar una madeja protectora en torno a su fisonomía. Encajando las mandíbulas, con los ojos convertidos en rendijas aceradas, opuso resistencia a sus enemigos. Cuchillos afilados buscaron su cuerpo; el sonido de las respiraciones se fundió con la cacofonía del metal; sombras encapuchadas avanzaron y retrocedieron; ojos siniestros lo observaron llenos de odio; sombras homicidas lo asediaron desde todos los ángulos posibles. Wolfgang detuvo la tormenta de acero lo mejor que pudo, defendiéndose con la tenacidad de un lobo acorralado, sin ceder un milímetro ante los individuos que pretendían matarle. Un encapuchado se derrumbó con el cráneo abierto como un melón maduro ante sus pies. Los asaltantes titubearon: aquel hombre parecía el mismo Shivá en persona.
—¿Ya os habéis cansado? —rió con arrogancia—. ¡La juerga sólo acaba de empezar!
Entonces, a través de los cuerpos en movimiento, reconoció al jefe de los ladrones. Éste estaba situado al final de la calle, a una distancia prudencial, lejos de su alcance. El antiguo caballero templario deseó atravesar el corazón de aquel cobarde: odiaba a los hombres que se refugiaban tras sus subalternos como ratas. Un dolor inesperado y punzante le golpeó el cuello. La vista se le nubló y los brazos se le convirtieron en agua. Los asaltantes, al descubrir que perdía fuerzas a una velocidad meteórica, bajaron las armas y se apartaron de la trayectoria de su acero. Pese a la bruma opaca que le enturbiaba los ojos, descubrió que el líder de los enmascarados llevaba una larga cerbatana en la mano. Stark se arrancó el dardo de un tirón; la punta metálica estaba cubierta de un líquido oscuro y repugnante. Exhausto, trastabilló y se derrumbó sobre unas rodillas que se negaban a sostenerle. La tenebrosidad que invadía sus sentidos se convirtió en un manto imposible de rasgar. Antes de perder el conocimiento, con el último atisbo de lucidez que le restaba, comprendió que había sido envenenado…
II.- Hierro y Fuego
Aturdido, el germano abrió los párpados, sintiendo como la cabeza le daba vueltas. Después de una eternidad sin sustancia, flotando entre los límites de la inconsciencia, volver al presente le resultó una experiencia avasalladora. Agotado, se revolvió sobre el duro suelo de piedra, envuelto en tinieblas amenazantes. Lentamente, fue recuperando la lucidez. Un regusto amargo se le pegaba al paladar y tenía los miembros pesados; nunca hubiese creído que un narcótico pudiera dejarlo fuera de combate tan fácilmente. Aunque la negrura no le permitía ver nada, el tacto metálico que le envolvía las muñecas era inconfundible: alguien lo había sujeto con pesados grilletes de hierro. Furioso, se incorporó a duras penas, lleno de un odio visceral. Cuando sus pies vacilantes lograron mantener la estabilidad, dio unos pasos, extendiendo las manos en la penumbra. Tal como esperaba, una cadena cortó sus movimientos en seco; una mosca atrapada en una telaraña no hubiese estado en peores circunstancias. Stark tanteó los eslabones y comprobó que lo unían a una argolla incrustada en la pared. Al descubrir lo desesperado de su situación, el silencio adquirió un matiz lóbrego: aquellos que lo habían atacado no dejaban ningún detalle al azar. Una frialdad inhumana se apoderó del antiguo caballero templario: debía descubrir la forma de salir de allí o perecer en el intento. Decidido, estiró la cadena para probar la longitud de la misma: un metro y medio, aproximadamente, lo separaba de la libertad. A oscuras, palpó el suelo y los muros que lo aprisionaban, buscando sin éxito algún objeto que le sirviera para defenderse. El hedor inmundo que enrarecía lo que, probablemente era un calabozo, apestaba a humedad, sangre seca, sudor y excrementos humanos. Wolfgang arrugó la nariz y reprimió un escalofrío. ¿Qué clase de horrendas torturas se habrían perpetrado en aquel infame lugar? La quietud aplastante lo rodeó como un sudario: parecía que, nada ni nadie, lo acechaba en la penumbra. A pesar de ser prisionero de unos oponentes invisibles y desconocidos, no experimentó ningún temor; había sufrido demasiado durante los últimos años como para que la idea de morir le preocupara. El germano sostuvo las cadenas y tiró de ellas: necesitaría un milagro para romperlas. No tenía otro remedio que esperar y que fuera lo que Dios quisiese. Abatido, se sentó con la espalda apoyada en la pared; reservaría sus energías para cuando tuviera que utilizarlas.
Horas más tarde despertó listo para entrar en combate. El rumor de pisadas le llegó desde algún lugar y una rendija de luz se filtró a la altura de sus pies. Stark apretujó los grilletes preparado para enfrentarse a lo desconocido. Una puerta se abrió hacia la derecha, mostrando a varias figuras embozadas provistas de antorchas. La luz rebotó contra los muros obligándolo a entornar los párpados. En silencio, cuatro hombres pasaron al interior de la celda; los dos últimos portaban un brasero lleno de hierros al rojo vivo. Un espasmo de nerviosismo le recorrió el cuerpo: sus hermanos templarios habían sido torturados de aquella forma años atrás. El germano reprimió las emociones que amenazaban con escapar de su autocontrol: no permitiría que aquellos individuos lo vieran flaquear. Uno de ellos se adelantó unos pasos y se quitó la capucha. La cara morena y barbuda, recorrida por una desagradable cicatriz, era cruel y maligna. ¿Por qué aquella figura le resultaba tan familiar? Éste no se anduvo con preámbulos.
—Volvemos a encontrarnos, extranjero.
Stark fue brusco:
—¿Quién demonios sois? —inquirió—. ¿De qué me conocéis?
El musulmán esbozó una sonrisa aciaga.
—No me recordáis, ¿verdad?
Wolfgang se mostró despectivo.
—¿Acaso debería hacerlo?
Su interlocutor decidió darle una explicación:
—Hace medio año pertenecía a una hueste que asaltaba a las caravanas incautas que cruzan el desierto —dijo—. Hasan me ordenó que os vigilara en la entrada del Desfiladero de los Muertos. Después de que desaparecierais en aquel lugar maldito, al amanecer, regresamos al campamento para reunirnos con nuestros hermanos. Cual sería mi sorpresa al descubrir que habíais logrado escapar de vuestro destino…
Stark lo interrumpió:
—Pensaba que todos habíais muerto —replicó—. Los mercaderes me dijeron que habían acabado con los centinelas rezagados. ¿Tenéis siete vidas como un gato?
Al musulmán no le molestó su sarcasmo.
—Los mercaderes se equivocaron. —Señaló la cicatriz que le cruzaba el rostro—. Hace falta algo más que una estocada para acabar conmigo.
—Eso tiene fácil solución —gruñó el germano—. ¿Qué diablos queréis de mí?
—Hacéis muchas preguntas para ser un hombre que está a punto de morir, extranjero.
Stark ignoró su frase:
—Creo que Hasan comentó algo parecido —puntualizó—. Los buitres se dieron un festín con sus despojos.
El antiguo esclavista enrojeció de rabia.
—Si por mí fuera os hubiese cortado el cuello en aquel callejón —farfulló—. ¡No tentéis vuestra suerte!
—Tanta generosidad me abruma —dijo Stark—. ¿Se debe a algún motivo en especial?
El musulmán abrió la boca para responder, pero uno de los enmascarados tomó la palabra, cortándolo en seco.
—Perdéis el tiempo con el infiel, Nazim —rezongó—. Preguntadle dónde esconde el oro y acabemos con esto. ¡Teníais que haberlo envenenado cuando le disparasteis con vuestra cerbatana!
El odio inflamó las venas del germano.
—¿Oro? —coreó—. ¿Acaso tengo aspecto de ser un hombre acaudalado?
—¡Lleváis mucho tiempo viviendo en Delhi! —restalló Nazim—. Nuestros espías me hablaron de un occidental que visitaba la biblioteca y los bazares a diario. ¡Estoy seguro de que los líderes de la caravana os pagaron generosamente después de que condujerais a mis hermanos a la perdición!
Stark lanzó una risotada siniestra.
—¿Hermanos? —dijo burlonamente—. ¡Venderíais a vuestra madre, si la hubierais conocido, por un plato de lentejas!
El musulmán le abofeteó el rostro brutalmente.
—¡Hablad! —gritó—. ¡O juro por Alá que conoceréis el tormento del fuego!
Wolfgang se limpió los labios ensangrentados con el dorso de la mano.
—¡Perro! —masculló—. ¿Esto es todo lo que sabéis hacer?
Nazim levantó la mano, dispuesto a propinarle un segundo golpe, pero la mirada gélida del antiguo caballero templario detuvo su movimiento; no había olvidado lo letal que éste podía llegar a ser.
—¡Veo que no habéis cambiado! —escupió—. ¡El dolor os hará entrar en razón!
Sin miramientos, tres encapuchados se abalanzaron sobre él, sosteniéndolo con manos de hierro. Stark se revolvió como un animal arrinconado, pero los hombres que lo agarraban lo tenían bien sujeto. El musulmán se aproximó al brasero y sacó uno de los hierros; la punta blanqueada por el calor despedía un hilillo de humo. El contacto del metal ardiente le abrasó el esternón; un hedor de tela y carne quemada inundó el calabozo. El germano rechinó las mandíbulas y soportó el dolor en silencio; nadie, excepto un Caballero de Dios, hubiera podido hacer cara un suplicio como aquel. Asombrado, Nazim lo observó con una especie de temor reverencial. ¿De qué estaba hecho el extranjero? La rabia le nubló la vista de color escarlata.
—¡Maldito chacal! —aulló—. ¡Lamentaréis haber nacido!
El hierro le laceró las carnes por segunda vez, pero Stark repitió la proeza, aguantando el sufrimiento a duras penas. Furioso, el musulmán repitió la operación hasta dejarlo semiinconsciente; jamás había contemplado nada igual. Con el rostro cubierto de sudor y los miembros quemados, el germano le espetó con todo el desprecio que pudo reunir:
—Sois un cobarde… ¡Dadme una espada y enfrentaros a mí… en un combate limpio!
Nazim soltó una carcajada.
—¡Eso es lo que vos quisierais!
Los hombres que sostenían a Stark lo miraron con desprecio: el antiguo esclavista los estaba utilizando para cumplir su venganza; ninguno de ellos hubiera permitido un insulto como aquél. Éste, al percibir el helado escrutinio, barbotó irritado:
—¿Qué os sucede? ¿No haréis caso a las palabras del extranjero? ¡Parece que estáis de su parte!
Ninguno comentó nada al respecto. En aquel momento una silueta apareció en la puerta. Ésta dijo secamente:
—Dejad lo que estáis haciendo y venid conmigo.
El musulmán echaba espuma de rabia por la boca.
—¿Para qué? —preguntó—. ¡Llevo esperando mucho tiempo para rendirle cuentas al infiel!
—Humayun quiere saber porqué ha perdido a cuatro hombres —apostilló—. Con suerte, si vuestra explicación le satisface, sólo os partirá por la mitad entre dos palmeras.
Los encapuchados se revolvieron, incómodos, sin atreverse a replicar. Los ojos de Nazim brillaron llenos de odio.
—De acuerdo. —Colocó el hierro en el brasero y se dirigió a Stark venenosamente—. Esto aún no ha terminado.
Wolfgang susurró:
—Os estaré esperando…
Los enmascarados lo soltaron. El germano se derrumbó de bruces, víctima de atroces sufrimientos, encogiéndose en posición fetal. Sus enemigos salieron de la celda dando un portazo. Al encontrarse solo, vomitó copiosamente, esparciendo el contenido de sus entrañas sobre el suelo. A pesar de que no era la primera vez que pasaba por un castigo semejante, la experiencia le resultaba espantosa; Jaques de Molay tuvo que ser un individuo excepcional para soportar las torturas de los Dominicos durante los años que estuvo encerrado en prisión. Sin ser consciente de ello, recordó los métodos que el Santo Oficio utilizaba para interrogar a sus víctimas: el potro, que estiraba los miembros y los descoyuntaba; el aplastacabezas, destinado a comprimir y aplastar los huesos del cráneo; las jaulas colgantes, donde tantos infelices habían perecido de hambre y de sed; la doncella de hierro; el ataúd metálico lleno de clavos que servía para mutilar y matar con una perversión inconcebible; el garrote, aparato con un punzón de hierro que rompía las vértebras cervicales y la tráquea de los interrogados; la rueda, instrumento propio de su país, donde ataban a los condenados y les partían todos los huesos del cuerpo a garrotazos; la sierra; que tantos campesinos rebeldes y mujeres acusadas de brujas habían probado antes de morir divididos en dos; la cuna de Judas; pirámide utilizada para empalar a aquellos que no querían confesar sus supuestos pecados; la cigüeña, presa de hierro que servía para inmovilizar a las víctimas y producirles un gran tormento físico; el péndulo, sistema para dislocar los brazos de los acusados antes de someterlos a posteriores suplicios; las calzas; cepos que a los que recurrían para destrozar los huesos de los tobillos a martillazos… Detestaba a la Santa Inquisición con toda su alma, antes incluso, de que se volvieran contra la Orden. Los sacerdotes, que apestaban a sudor rancio e incienso, nunca fueron individuos de fiar. Tal como había descubierto, la única manera de sobrevivir era ser fiel a uno mismo, olvidar las enseñanzas y prohibiciones de la Iglesia. Europa necesitaba una buena purga que limpiara toda la porquería que amontonaba en su seno. Las clases sociales, desde el rey más poderoso hasta el pueblerino más humilde, estaban igual de corrompidas. Por ello había huido hacia el este, lejos del pasado y de los remordimientos; le había resultado duro dejar atrás las costumbres que las circunstancias le enseñaron a aborrecer.
Stark apartó aquellas negras imágenes de su mente mientras luchaba por incorporarse. En más de una ocasión, durante el transcurso de sus viajes por Europa, había visto los hábitos del Santo Oficio en las plazas de los pueblos. El ser humano había sido el peor error que el Todopoderoso había creado, éste era cruel y enfermizo, capaz de realizar las atrocidades más abyectas. Ninguno comprendía las Santas Escrituras; el mensaje de Jesucristo, hijo del Señor, había sido pervertido por la misma Iglesia que pretendía adorarlo. El Nuevo Testamento hablaba de la paz y del amor, de saber perdonar y poner la otra mejilla, no de perseguir a cristianos inocentes con la excusa de que eran herejes. El germano logró ponerse en pie y agarró la argolla para mantener la estabilidad. Las quemaduras le dolían como si el mismísimo Satanás hubiera derramado azufre infernal sobre su físico. Con la respiración agitada, se arrancó los restos del jubón para comprobar el alcance de las terribles lesiones; pedazos de lana quedaron pegados a su piel en las zonas más afectadas. Gracias a la exigua iluminación del brasero, cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, distinguió los jirones tumefactos y ennegrecidos de su epidermis. Dado que era un experto en combate, que había sufrido cortes y heridas a lo largo de su existencia, supo que las quemaduras le habían destruido los nervios. Aquello representaba una bendición; el dolor no tardaría en desaparecer. Tendría que ser extremadamente cuidadoso en su futura recuperación si deseaba que la piel volviera a regenerarse. Poco a poco, en lo que le pareció un tiempo infinito, las punzadas empezaron a remitir. La sed de venganza lo inundó con un fuego sombrío y avasallador: aquellos bastardos no volverían a tocarlo nunca más. Nuevamente, volvió a sostener las cadenas entre sus fuertes manos; sólo tenía una oportunidad antes de que los encapuchados regresaran. El odio y el dolor le insuflaron una fuerza sobrehumana: la argolla osciló en la pared, víctima del helado empuje que lo obligaba a aferrarse a la vida por motivos que no alcanzaba a comprender. Con el rostro enrojecido, apoyó ambos pies en el muro, haciendo palanca con toda su anatomía. Los músculos se le tensaron hasta un límite intolerable, protestando por el esfuerzo que les exigía. Las venas se le marcaron en las sienes y algo pareció desgarrarse en su interior. Wolfgang salió despedido hacia atrás y aterrizó en el suelo bruscamente. La argolla, acompañada por la corta cadena, le pasó por encima y rebotó contra las baldosas situadas a su espalda. Volvía a ser un hombre libre. Por suerte, los ladrones, acostumbrados a atrapar a débiles orientales, subestimaron sus capacidades. Extenuado, elevó los ojos al techo de la celda y entonó una plegaria de agradecimiento al Altísimo:
—Christi Fílii tui Incarnatiónen cognóvimus, per passiónem ejus ad crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur —susurró al borde de las lágrimas—. Per eúndem Christum Dóminum nostrum. Amen.
III.- Los Sirvientes de Kali
Hechos una furia, dos enmascarados cruzaron un corredor a oscuras en dirección al calabozo. Uno de ellos masculló:
—Nazim es un completo idiota —dijo—. Siempre tenemos que realizar el trabajo sucio por él.
Su acompañante le dio la razón:
—Hemos perdido a buenos hermanos por culpa del extranjero —apostilló—. ¡Deberíamos asarlo a fuego lento en vez de llevarlo ante la Presencia!
—¡Ni que fuéramos los criados de ese maldito musulmán!
—¿Visteis la cara que puso cuando entró en los aposentos de Humayun?
Su compañero asintió.
—¡Humayun debería arrancarle los dientes uno a uno!
Rápidamente, descendieron por una empinada pendiente y doblaron a la izquierda. Al llegar a la puerta, aquel que había hablado primero levantó una pesada tranca de hierro y pasó al interior. El resplandor de la antorcha le mostró que la celda estaba vacía. Un grito de alarma surgió de su garganta:
—¡El infiel ha esca…!
Aquella fue su última exclamación. Como un lobo rabioso, Stark salió de detrás de la puerta y se abalanzó sobre él utilizando la cadena como arma. La argolla trazó un semicírculo sibilante hacia su cabeza. El enmascarado se desplomó muerto antes de tocar el suelo; la violencia del golpe le había fracturado el cráneo. Acto seguido, antes de que el otro pudiera recuperarse de la sorpresa, le pasó la cadena por el cuello y lo arrastró al interior del calabozo. Su adversario pataleó violentamente, retorciéndose entre los brazos del germano, con una energía nacida de la desesperación. La lucha en tinieblas los hizo tropezar contra el brasero; éste cayó de lado, desparramando su ardiente contenido sobre las baldosas de piedra. Ambos perdieron el equilibrio y se desplomaron a escasos centímetros de los carbones enrojecidos. Stark, encima del cuerpo del encapuchado, le agarró la cabeza y la hundió entre los tizones. Un alarido inhumano escapó de su antagonista: éste había descubierto lo horrible que podía ser la dureza del fuego en sus propias carnes. Su rival se contorsionó como una serpiente, chillando, pero el germano lo tenía bien sujeto; disfrutaba con la espantosa agonía de aquel hombre. Cuando el ladrón dejó de moverse, se puso en pie con el rostro perlado de sudor, ignorando la pestilencia de la carne abrasada que surgía del cadáver. Sin transición, registró los bolsillos de los cuerpos inertes, buscando la llave de los grilletes. El antiguo caballero templario esbozó una sonrisa carente de amargura: Dios continuaba de su lado. Las cadenas rebotaron contra suelo con un sonido metálico. Stark se congratuló con su suerte; si sus enemigos hubieran llegado un minuto antes no hubiese tenido la oportunidad de enfrentarse a ellos. Pasando por alto el dolor de las muñecas en carne viva, desnudó al primer individuo que había aniquilado y se puso sus vestiduras. Después, se apoderó de un sable y un puñal, se los colocó en la cintura, y echó un vistazo al exterior de la celda. Un pasillo negro como el infierno se perdía a ambos lados: nadie había escuchado el fragor del combate ni los gritos de los muertos.
El germano agarró una tea tirada sobre las baldosas y cerró la puerta al salir. De inmediato, avanzó por el camino que creía que los ladrones habían recorrido, buscando la manera de escapar. Silencioso, recorrió el túnel con la mano cerca del pomo de la espada, esperando darse de bruces con algún adversario en cualquier momento. Aunque no supiera dónde se encontraba ni el número de enmascarados que podían acecharle en las sombras, prefería morir lejos de la celda donde había estado confinado durante las últimas horas. Nazim era su principal objetivo; no descansaría en paz hasta despanzurrarlo como a un puerco. Las paredes, corroídas por el paso de los siglos, apestaban a humedad. Stark se preguntó quienes podían haber edificado aquellos pasadizos subterráneos. La India era una tierra antigua, sus misterios se perdían en los albores de la historia, extraña como las pérfidas gentes que habitaban en el subsuelo. Mientras caminaba, alcanzó a vislumbrar una serie de puertas talladas en roca viva. No tenía tiempo de investigar si se trataban de calabozos o no, bastante tenía con intentar huir de aquel maligno lugar; si algún infeliz había sido encerrado tendría que arreglárselas por su cuenta. El germano llegó a un cruce de caminos iluminado por lámparas de cobre. Ambos corredores, cada uno en dirección opuesta al otro, le resultaron igual de peligrosos. Un viento gélido recorrió el túnel situado a su espalda y le agitó los pliegues de la túnica; la sensación de que algo deforme se arrastraba en las tinieblas lo obligó a elegir. Raudo, tomó el pasillo de la derecha, aumentando la velocidad de sus cansadas piernas. Stark veía rostros demoniacos, de mandíbulas puntiagudas y garras afiladas, en cada rincón. Irritado, hizo caso omiso de las supersticiones que le carcomían el alma y entornó los ojos; una luz difusa aparecía al final de túnel. Con el corazón golpeándole el pecho, apretó la antorcha y soltó un suspiro de alivio; quería salir al exterior cuanto antes. Con cuidado, se dirigió hacia su objetivo, dejando la negrura ominosa detrás. Conforme ganaba terreno, el camino se ampliaba hacia ambos lados, para desembocar en una galería sin adornos sostenida por columnas de piedra. El antiguo caballero templario se detuvo y estudió su entorno con suspicacia; hasta ahora lo había tenido demasiado fácil. Al fondo, desde un pasillo, le llegó el rumor de una especie de cántico religioso. Involuntariamente, un estremecimiento le puso la carne de gallina; aquello apestaba a brujería por todas partes. Imágenes de misas negras y sacrificios impíos le pasaron por la cabeza; tenía que averiguar que diablos estaba pasando allí. En aquel momento la tea chisporroteó y se apagó. Molesto, el germano se desembarazó de ella arrojándola en la penumbra donde nadie pudiera verla.
Tenso, traspasó la galería de un extremo a otro, vigilando cada paso que daba. Al llegar a la entrada del corredor, distinguió la rítmica candencia de tambores junto a las voces. Con un esfuerzo supremo de voluntad apartó la zurda de la espada: no pasaría desapercibido con un arma en la mano; la discreción era fundamental si quería escapar de una pieza. Lentamente, recorrió el pasadizo, a la vez que el cántico aumentaba por momentos. Una vasta sala, idéntica a la anterior en todos los aspectos, se abrió ante sus ojos. Un centenar de figuras sombrías y encapuchadas, provistas de antorchas, oraban a un blasfemo ídolo de bronce. Stark ahogó los violentos latidos que amenazaban con quebrarle las costillas. Sin desearlo, estudió la inmensa estatua negra, con una fascinación que no pudo resultarle menos que turbadora. Había reconocido la imagen de Kali, esposa de Shivá, diosa de la muerte de los hindúes. Paralizado por la maldad que emanaba del ídolo, contempló los rasgos brutales; la faldilla de brazos humanos; el collar de cráneos que le rodeaba el cuello; los cuatro brazos, el primero sostenía un sable de hoja curva, el segundo una cabeza cercenada, los dos últimos, que estaban vacíos, parecían animar a los ladrones a que la adorasen; la lengua retorcida y pagana que escapaba de los labios circundados por dientes en punta; los rubíes rojos engastados en las cuencas oculares… El germano se santiguó: hacia años que no veía una escena tan depravada. Por fortuna, los enmascarados daban la espalda al túnel; si hubieran estado de frente lo hubiesen descubierto. Entonces, una luz de discernimiento iluminó su mente: había sido capturado por los Thugs; ladrones que asaltaban a los viajeros y los estrangulaban para robarlos; seres hipócritas que no dudaban en matar después de haberse ganado la confianza de sus víctimas; sirvientes de la tenebrosa deidad que lo observaba desde un altar de piedra maciza. Stark no daba crédito a lo que veía: siempre había supuesto que aquel culto depravado era una burda patraña de los comerciantes que atravesaban el desierto. Temblando, regresó por donde había venido; no podía arriesgarse a cruzar la galería llena de oponentes. A mitad de camino, descubrió a un enmascarado avanzando hacia él. El antiguo caballero templario inclinó la cabeza para que su antagonista no pudiese verle la cara oculta por las sombras de la capucha. Al pasar a su derecha, viendo que el hombre no mostraba ninguna clase de sospecha, continuó adelante y lo pasó de largo. Velozmente, sacó el cuchillo del cinturón y lo golpeó en la nuca con el pomo. El ladrón se desplomó como un saco, medio inconsciente, ante la violencia del impacto. Stark lo agarró por un tobillo y lo arrastró hacia la primera cámara, rezando por no encontrarse a nadie por el camino. Ocultándose detrás de una columna, le arrancó la capucha y lo abofeteó hasta hacerlo despertar. El muchacho, que apenas alcanzaría las catorce primaveras, lanzó un gimoteo y abrió los párpados. La imagen ceñuda del germano lo hizo estremecer de terror.
—Como os atreváis a gritar os rebanaré el pescuezo —gruñó mientras le apoyaba la hoja del puñal en la garganta—. ¿Dónde están los aposentos de Humayun?
El jovenzuelo apenas podía hablar del miedo que sentía.
—Al final del pasillo —murmuró—. No me hagáis da…
—¿Qué pasillo? —Stark cortó su súplica golpeándolo secamente con el dorso de la mano—. ¡Este lugar parece un panel de abejas!
—Está en la galería norte —balbució—. Al lado de las celdas…
El germano lo obligó a ponerse en pie y le clavó el cuchillo en la espalda.
—Conducidme hasta allí —ordenó ásperamente—. Como intentéis engañarme juro que os enviaré al Infierno. ¿Comprendido?
—Como… deseéis…
Mientras recorrían el pasadizo que conectaba con el cruce de caminos, Stark pensó que estaba cometiendo una locura; debería alcanzar la salida de las catacumbas, no buscar al antiguo esclavista para cumplir su venganza. Al recordar la cara barbuda y maligna de su adversario, una llamarada carmesí le encendió los nervios: había ciertas deudas por las que valía la pena perecer. Tal como había imaginado, la zona de los calabozos era la menos frecuentada por los estranguladores, de lo contrario, lo hubiesen atrapado desde hacía rato. Los ladrones estaban demasiado ocupados rezando a su degenerada diosa, tenía terreno libre por el momento, oportunidad que no pensaba desaprovechar. Antes de lo que esperaba, llegaron delante de un arco con forma de herradura cubierto por una cortina de seda. El joven señaló la entrada con un índice tembloroso:
—Dejadme libre —susurró—. He cumplido mi pala…
El germano le hundió la punta del puñal hasta hacerle brotar la sangre.
—No me fío de vos —dijo—. Quiero verlo con mis propios ojos.
A empujones, lo obligó a franquear el tapiz, utilizándolo como escudo. Al pasar dentro del diminuto cuarto, percibió un vago olor a incienso y hierbas aromáticas; al parecer a Humayun no le agradaban los efluvios de las criptas. Stark apretó la garganta del muchacho para impedir que diera la alarma y se aproximó a la segunda cortina. Una voz colérica le llegó a los oídos por encima del cantico de la multitud:
—¿Dónde está el extranjero? —gruñó—. ¡Llevamos esperándolo hace largo rato!
Nazim replicó:
—No lo sé, señor —dijo—. Los hombres que enviasteis ya deberían haber regresado.
El germano apartó un resquicio del tapiz y contempló el interior de la estancia. A diferencia de las celdas sucias y los túneles cubiertos de polvo del exterior, la habitación destilaba opulencia por los cuatro costados: paredes y suelos de mármol blanco, ricos tapices y alfombras de terciopelo, cojines mullidos y pieles de tigre y elefante, incensarios de plata y figuras de oro. La visión de tanta riqueza lo hizo estremecer de rabia. ¿Cuántos hombres inocentes habrían sido asesinados para conseguir aquel botín? Ni siquiera el mismo emir de Delhi tendría unos aposentos tan suntuosos como aquellos. Inconscientemente, recordó las habitaciones del Gran Maestre de Paris, secas y espartanas, en la Sede que el Temple había construido en Francia. De Molay nunca hubiese aceptado vivir en un entorno tan lujoso. Debían sentirse muy seguros de sí mismos para no molestarse en apostar un centinela en la entrada.
En el centro de la estancia, vestido con una hermosa túnica ribeteada con hilos de marfil, un individuo sentado en un diván de satén observaba a sus subordinados soltando chispas por los ojos. Stark, al estudiar sus rasgos lascivos y disolutos, supo sin lugar a dudas que se encontraba frente al líder de los Thugs. Las otras dos figuras, encogidas y amedrentadas, pertenecían al antiguo esclavista y al hindú que había visitado el calabozo. Una sonrisa sangrienta se dibujó en sus labios: el Creador había dispuesto a los corderos para el sacrificio. La Presencia se dirigió a Nazim:
—Antes me hablasteis de una caravana —refunfuñó—. ¿Qué garantías tenéis de que sea fácil de asaltar?
El musulmán respondió con seguridad:
—He infiltrado a una docena de hermanos entre ellos —explicó—. Con un poco de suerte, si las cosas no se tuercen, los estrangularán antes de que salga el sol.
El jefe de los Thugs no estaba convencido.
—¿Estáis seguro? —inquirió—. ¡La última vez que dijisteis lo mismo sólo conseguimos pieles de armiño llenas de pulgas!
Nazim se retorció las manos.
—Os prometo que no os fallaré —dijo—. Me he cerciorado en persona que la información de los espías es verídica.
Humayun agitó la mano llena de anillos despectivamente:
—Espero por vuestro propio bien que sea ver… —se interrumpió repentinamente—. ¿Qué ha sido eso?
El antiguo caballero templario reprimió una blasfemia: aquel chacal tenía un oído fino. Con desconfianza, el individuo situado a la izquierda del musulmán desenvainó la cimitarra, aproximándose a la cortina donde se ocultaba. Rápidamente, Stark propinó un brusco empellón al muchacho y lo hizo franquear el tapiz. Sorprendido, el encapuchado actuó por instinto y le hundió el arma en el vientre. El joven emitió un grito ahogado al sentir como la hoja le perforaba las entrañas. Como un trueno, antes de que la espada terminara su siniestro recorrido, emergió detrás de su víctima con el sable empuñado. El ladrón abrió los ojos como platos, intentando sacar la cimitarra del cuerpo del chico, pero el embate del germano fue mucho más rápido, abriéndole el cráneo hasta los dientes. Obnubilado por la sed de sangre, sorteó los cadáveres, abalanzándose sobre el antiguo esclavista. Aterrado, éste reculó a trompicones, intentando desenfundar el arma que le colgaba en la cadera. Stark no le dio la menor oportunidad: la espada atravesó tela, carne y hueso, cortándole el brazo de cuajo. Nazim soltó un horrendo aullido a la vez que el miembro caía al suelo. Un chorro escarlata manó de la arteria seccionada, empapando los muebles y los tapices de sangre. El germano rió como un poseso.
—¡Hijo de zorra! —escupió—. ¡Sin vuestros camaradas no sois tan valiente!
El musulmán dio unos pasos hacia atrás, desangrándose, incapaz de detener la espantosa hemorragia. Stark volvió a hundir el sable en su anatomía: el golpe le abrió el vientre de un extremo a otro y lo arrojó por encima del balcón emplazado al fondo de la estancia. Nazim lanzó un grito póstumo y aterrizó con un crujido de huesos rotos. El germano asomó la cabeza por encima de la barandilla: el antiguo esclavista había pasado a mejor vida ante los pies de Kali. Un centenar de individuos cesaron sus plegarias y aullaron al unísono al descubrirlo:
—¡Infiel! ¡Ha matado a uno de los nuestros! ¡Acabad con él hermanos!
Los enmascarados soltaron las antorchas y corrieron hacia el corredor que accedía a la cámara. Stark salió del balcón y buscó a Humayun con la punta de la espada; en el frenesí del combate había olvidado a su enemigo por completo. El líder de los ladrones había desaparecido por una puerta abierta. Colérico, olvidó a los hombres que venían hacia los aposentos dispuestos a acabar con él; merecía morir en la hoguera por ser tan estúpido. El germano franqueó la puerta y subió los escalones de dos en dos, ascendiendo por unas empinadas escaleras, bañado por una luz incierta que caía desde alguna parte. El pasadizo era de una sola dirección: la Presencia no podía estar demasiado lejos. Recurriendo a las últimas reservas de energía que le quedaban, ignoró el malestar de las quemaduras y la tirantez de sus miembros. Una llama fanática le ardía en los ojos como el fuego que el Todopoderoso utilizó para destruir Sodoma y Gomorra: su antagonista no volvería a ordenar que asesinaran a nadie si podía evitarlo. Delante, a una distancia imprecisa, distinguió la túnica del hombre que pretendía cazar.
—¡Al fin os he encontrado! —bramó—. ¡No podréis huir de mí durante mucho tiempo!
El líder de los Thugs, al descubrir que el antiguo caballero templario ganaba terreno por segundos, lanzó un chillido asustado sin dejar de correr. Éste apretó el puño del sable, saboreando por anticipado la sangre de su oponente; nada lo complacía más que castigar a los inicuos. La irradiación se acrecentó mientras llegaba al final del túnel. Humayun abrió una trampilla de madera contrachapada con placas de cobre y desapareció de su vista. El germano maldijo entre dientes y logró detenerla antes de que lo dejara atrapado en el corredor. Abajo, a muchos pies de distancia, los enmascarados descubrieron el pasadizo y empezaron a subir por él, entre insultos y maldiciones. Al salir al exterior, el aire puro y vivificante de la noche le golpeó la cara; una delicia después de tantas horas encerrado entre túneles infectos. Stark cerró la trampilla y recorrió una casucha a oscuras: un ventanal le mostró la visión de las estrellas recortadas en el firmamento. Su enemigo avanzaba por una calle vacía rodeada de chabolas silenciosas, buscando un lugar seguro donde refugiarse, pidiendo auxilio a grandes voces. A través del rabillo del ojo, contempló la sombra funesta del germano, que se precipitaba sobre él como un demonio salido de las leyendas de la antigüedad. La espada lo embistió por la espalda y le asomó por el pecho. Escupiendo sangre, la Presencia se desplomó de frente, arañando el polvo seco del camino, retorciéndose en muda agonía. Stark sacó el arma y volvió al moribundo de una patada; a Humayun apenas le restaban unos instantes de vida.
—No me habéis vencido —rió con la boca teñida de escarlata—. Mis siervos os perseguirán hasta el fin del mundo…
Wolfgang le escupió en el rostro.
—¡Me da igual! —rugió—. ¡Morí hace mucho tiempo!
El antiguo caballero templario alzó el sable y le cortó la cabeza: el cráneo salió rodando y se detuvo bajo el fulgor apagado de los astros. Stark se limpió la transpiración que le perlaba el rostro con el envés de la mano: finalmente había obtenido su venganza. Exterminar a traición a un enemigo desarmado no le preocupaba en absoluto: aquel perro había obtenido lo que merecía.
Desde la cabaña, le llegó el golpear del metal contra la madera; los encapuchados estaban a punto de localizarlo. El germano enfundó la hoja ensangrentada y corrió hacia una casa más pequeña que las demás. De un salto, se agarró al parapeto y ascendió a pulso, guareciéndose en el tejado de la misma. Antes de que terminara de ocultarse entre las sombras, una horda frenética emergió a la calle, chillando y blasfemando. Al descubrir el cadáver tirado en el camino, el grupo enloqueció de rabia; promesas de muerte y torturas innombrables se alzaron en la quietud de la madrugada. El antiguo caballero templario cerró los ojos y se relajó por primera vez en muchas horas. Sus rivales empezaron a registrar las viviendas y las calles, buscándolo, dispuestos a acabar con él. Entonces, en su precario refugio, intuyó que su estancia en la India había terminado. Nunca podría volver a recorrer sus avenidas en paz, sin que una mano lo acechara en las sombras con la intención de clavarle un cuchillo en la espalda; las vueltas del destino no cesaban de obligarlo a huir hacia el este. Cuando los Thugs desaparecieron en la penumbra, entre un corro de exclamaciones y juramentos, Stark se puso en pie y se dispuso a regresar a la pensión para recuperar sus escasas posesiones materiales. Khanbaliq lo esperaba en un futuro próximo.
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