El viaje a través de la jungla resultaba un suplicio, el nombre que le daban, Infierno Verde, era el más apropiado para describirla. Árboles retorcidos de nudosas raíces se hundían entre jirones de lianas babosas; lujuriosas cortinas que se confundían con los helechos y las ramas atestadas de hojas.
Por escasas horas, la luz del sol conseguía filtrarse entre la muralla verde, luego reinaban las sombras, acompañadas por sonidos de miles de criaturas que no existían durante el día. Cada una representaba un peligro mortal. Enormes felinos famélicos, reptiles acuáticos de quijadas deformes, boas con cuerpos tan anchos como un torso humano o insectos cuya ponzoña aniquilaba en segundos.
Hacia dos semanas que Sálvat, el Nómada intentaba cruzar la espesura vegetal montado en su leal compañera, la moto robot Sandy. Los sensores de su montura le advertían de cualquier amenaza. Por otro lado, las ametralladoras frontales y los lanza misiles laterales mantenían la munición lista para cualquier eventualidad, la escopeta y el cuchillo de caza, colgaban en fundas del asiento por si acaso.
La selva del planeta Arena era un obstáculo agotador. Sandy recurría a su rayo láser para abrir caminos entre la fosca. El calor y la humedad no afectaban a su motor atómico. En una ocasión, Sálvat estuvo afiebrado una semana debido al ataque de unos insectos con forma de cápsulas negras llamados tábanos, lo habían picado sin compasión durante cuatro noches; llegó a pensar que la picazón no acabaría jamás. Quemó excrementos de grandes roedores acuáticos para ahuyentarlos, pero no tuvo ningún éxito. Peor aún, más de una vez estuvo a punto de ser mordido por una serpiente enroscada en esas deyecciones, la piel del ofidio se mimetizaba a la perfección.
La ruta de Sálvat continuaba hacia el norte, debía soportar la lujuriosa selva un par de meses antes de alcanzar las playas que conformaban la frontera del Distrito Medio. Para él, un hombre criado en el desierto, el verde había resultado una asombrosa novedad, pero ya estaba hartándose.
Antes que las sombras se extendiesen, preparó el campamento para dormir, sacó la carpa de una maleta de Sandy y mientras la armaba pensó que aquella exuberancia vegetal tenía algo positivo. La telepatía agobiaba la existencia del Nómada desde que tenía memoria; pasar un día completo sin escuchar pensamientos quejosos, lamentos y frustraciones de otras personas le daba una paz que pocas veces había experimentado. Cerró la carpa y se acomodó en el lecho, Sandy hacía la guardia todas las noches, no dejaba acercase ni siquiera al más pequeño roedor. El Nómada respiró hondo y se durmió un minuto después.
Los rumores de llanto lo despertaron cuando aún faltaban horas para el amanecer. Salió de la carpa semidesnudo, con el mal humor del sueño interrumpido dibujado en el semblante.
—¿De donde vienen esos gemidos, Sandy? —preguntó a la moto.
—Mis sensores no detectan otra cosa que grillos y el croar de las ranas. —respondió la moto con su voz femenina.
Sálvat frunció el ceño y maldijo entre dientes. Lo que percibía no lo hacía con los oídos, era su mente captando los sollozos de alguien. Prestó atención y descubrió que se trataba de niños, parecía una docena de pequeños desconsolados.
Giró sobre sí mismo intentando orientarse, hasta que los llantos le llegaron nítidos.
Hacia el noroeste, descubrió.
Embaló todo con premura y montó en Sandy, indicándole la dirección que debía tomar. A su paso, las formas de los árboles en la oscuridad nocturna, provocaban en su imaginación, una variada horda de gigantes retorcidos, Sálvat veía abalanzarse en su camino ogros encorvados e irritados duendes que sabía, sólo existían en su cabeza.
De repente los gemidos se hicieron presentes, esta vez Sandy también los percibía. En un pequeño claro de la selva había una diminuta aldea, las casas de troncos y paja estaban hechas pedazos. Había rastros de violencia en todos lados: sangre, cadáveres y flechas clavadas en árboles. Un grupo de niños semidesnudos lloraban abrazados, eran de una raza desconocida para Sálvat, tenían piel cobriza y cuerpos elásticos, pero de baja estatura. El color del cabello era imposible de conocer pues todos estaban rapados hasta las cejas, incluyendo a las niñas. Su única indumentaria era un taparrabos confeccionado con hojas alargadas. Contó once, seis niños y cinco niñas, la mayor no llegaba a los doce años.
Cuando vieron al Nómada, los chicos enmudecieron. El viajero les ofreció agua y una de las niñas aceptó. Agradeció en un idioma extraño y luego prorrumpió en un discurso que Sálvat entendió a medias.
—¿Conoces esta lengua, Sandy? —preguntó a su moto.
—Es un dialecto nuevo, pero tiene raíces de una vieja jerga de los habitantes de esta zona —informó la moto valiéndose de sus archivos—, no hay datos sobre esta gente, los informes indican que después del holocausto climático retrocedieron a un estado de barbarie.
Sálvat no se consideraba civilizado por lo que hizo caso omiso a los datos de la moto-robot. Tras varios intentos de entablar un diálogo, por medio de señas y palabras comunes logró una especie de conversación con la mayor de las chicas.
—Se llevaron a nuestros mayores, a la Torre de Sangre. —dijo la niña.
—¿Esclavistas? —indagó el Nómada.
—No, los acólitos del Dios Mutilado, el Antropófago.
—¡Caníbales! ¿Se los llevaron para comerlos?
—Si —dijo ella ahogando sollozos—, pero reservarán a la mayoría para el Dios Mutilado, el suele devorar más de diez hombres por día.
El viajero sabía que la selva ocultaba horrores sin nombre pero no había imaginado uno semejante.
—¿Has visto a ese Dios Mutilado? —preguntó Sálvat entornando los ojos.
—No, pero mis tíos lo vieron el verano pasado. Convirtió a la tribu del río en antropófagos como él, ahora está en guerra con la tribu de N’gola, al este de aquí, pero quién lidera sus fuerzas es un negro gigante con mano de hierro llamado Fener, un caníbal que sólo se alimenta de mujeres.
Sálvat suspiró, ya había oído suficiente para saber que más adelante le aguardaba un peligro que lo superaba. No podía abandonarlos sin antes asegurarse de que pudiesen sobrevivir, y a la vez estaba seguro de que le sería imposible rescatar a sus padres. Maldijo en silencio la bajeza de algunos seres humanos. Lo primero que hizo fue conseguir comida para los niños, Sandy era una diestra cazadora. Las chicas cocinaron las vizcachas e iguanas que la moto atrapó. Sálvat entendía que no podía dar un rodeo a esa Torre de Sangre sin estudiar el camino. Dio instrucciones a Sandy para que aguardase con los pequeños en un escondite, lejos de la aldea atacada. Cargó la escopeta y la enfundó en la vaina que colgaba en su espalda.
—Quédate con ellos, Sandy —dijo a la moto—. Iré a investigar a esos caníbales, tal vez no se metan con nosotros, pero si no vuelvo mañana, ve a buscarme —el Nómada pensó un momento y dijo a continuación: —. Si no vuelvo, aniquila a todos los caníbales.
—Entendido, Sálvat.
El Nómada podía caerles de sorpresa con Sandy y matar a una buena cantidad, pero no acabaría con toda una aldea que quizás contara con armas pesadas. Prefería llegar como un viajero de paso, un solitario que no quería problemas.
Avanzó ocultándose en la vegetación. Horas después, descubrió un sendero. Señas del paso del hombre fueron evidentes a su escrutinio, plantas rotas y suciedad. Encontró rastros de sangre, llevaban muchos prisioneros heridos.
Poco antes del crepúsculo, contempló desde un camino empinado, la entrada a una ciudad con casas bajas, hechas de rocas blancas unidas por cemento. Allí, el camino se abría en numerosas callejuelas, un tosco boulevard abandonado terminaba al pie de la obscena Torre de Sangre. La construcción se alzaba entre las copas de los árboles como un monolito rojo oscuro. Sálvat se encaramó a un viejo árbol para ver la actividad de aquel aislado sitio. Interrumpiendo el camino de la selva había un portal donde dos guardias vigilaban, armados con machetes.
Tal vez eso sea lo mejor que tengan como armamento, pensó. Intentaba decidirse entre bajar hasta ellos o continuar escondido cuando la copa del árbol se llenó de monos negros del tamaño de perros, con las cabezas coronadas por una espesa melena. El Nómada contó veinte, comenzaron a gritar agitando las ramas con furia. El viajero se afirmó con brazos y piernas para no caerse. Podía sentir el aliento de uno de los animales sobre su cara, los colmillos medían cinco centímetros, de pronto ocurrió algo asombroso, los monos comenzaron a defecar y a tomar sus heces con las manos para arrojárselas entre ellos. La suciedad llenó el árbol y el olor castigó el olfato de Sálvat. De improviso uno de los inmundos proyectiles le impactó en el pecho y perdió el asidero. Mientras caía tomó conciencia de que su escondite había sido muy mala idea. Apenas golpeó contra el suelo se incorporó con la escopeta lista, pero en lugar de hallar a los guardias corriendo a su encuentro con las armas desenvainadas, estos estallaron en carcajadas. Sálvat se acercó con la escopeta a un lado, les llevaba un par de cabezas a ambos, aunque para un hombre tan alto como él eso no era de extrañar.
—Los árboles son de los macacos —dijo uno de los guardias entre risas—, los hombres vivimos en casas.
El otro guardia rió hasta toser festejando el comentario. Pero había algo en esos hombres de piernas arqueadas y tez cobriza, parecían drogados. Apenas pensaban en cosas como comer, estar parados ahí o hacer sus necesidades.
—¿Hay algún sitio donde pueda comer y descansar? —preguntó Sálvat.
—¿Comer? —dijeron sonrientes—. En el boulevard. Ambos dieron un paso al costado, dejando a la vista la calle en bajada y más allá el boulevard.
Sálvat avanzó por la calzada. Se quitó la remera sucia con las deyecciones de los monos y así, desnudo de la cintura para arriba, caminó entre las casas blancas. Había mucha gente deambulando, todos parecían zombies, no hablaban entre ellos, como si estuvieran hipnotizados. Los canteros en mitad de la calle estaban descuidados, la mayoría usurpados por hierbas malas o yuyos como los llamaban ahí. Cada cinco metros se erguían unas palmeras raquíticas con dos o tres hojas amarillentas. No tardó mucho en llegar al centro del poblado. La Torre de Sangre tenía quince metros de altura. Una gran escalera descendía desde la terraza hasta la avenida y dos escaleras secundarias se distinguían en las paredes laterales. Entonces descubrió, en la vereda opuesta, un camión cuyo acoplado era una jaula de hierro. Llevaba unos cincuenta prisioneros hacinados, sucios de sangre seca y sus propias heces. Varios esclavistas los fustigaban con látigos, eran del mismo tipo racial de los niños que había encontrado, pero también había muchos de piel negra. Desde la torre llegaban las estrofas de una oscura canción, una que había oído años antes, entre los MP7 de un siniestro enemigo.
Maldito por el chamán
su hechizo vudú tiene mi alma
Mi extremidades adormece
No puedo controlar mi propio pensamiento
Ahora son suyos, su maldad me consume
—¡Debe irse ya! —oyó a sus espaldas.
—¿Qué? —preguntó al ver a la anciana desdentada que le hablaba, parecía un pergamino vestido con harapos.
—Aún no repararon en usted —dijo la vieja—, están muy ocupados con la nueva ofrenda. ¡Aléjese si quiere vivir!
—Venga conmigo. —dijo el Nómada tomándola de la muñeca.
—¡No! El Dios Mutilado escarba en mi cabeza —gimoteó la mujer arrugando la cara como si resistiera un invisible tormento—, nos hace comer carne humana.
Una sospecha se apoderó del viajero, años atrás había conocido a un ser que se alimentaba de las penas y la muerte. Peleó contra él dominado por la furia y el salvajismo. Al vencerlo había terminado con sus delirios de conquista
—¿Cómo está mutilado ese dios? —dijo Sálvat con vehemencia, la cara de la vieja se llenó de temor, pero igual balbuceó:
—Tiene el rostro cruzado por cicatrices y fue castrado por un demonio, un demonio del desierto.
Los brazos de Sálvat se pusieron como piel de gallina al oírla.
—No puede ser… —musitó.
Del otro lado de la calle se acercaba un grupo de hombres, eran los esclavistas precedidos por un negro tan alto como Sálvat, con las facciones ocultas por un yelmo de hierro. En la mano derecha tenía un muñón de acero con tres garfios que se cerraban como una garra, la musculatura de ébano brillaba bajo el sol.
—¿Qué buscas aquí, extranjero? —gritó sin preámbulos. Sálvat estaba de espaldas, preparó la escopeta dispuesto a huir descargando todos los cartuchos, pero cuando apuntaba, la vieja saltó para interceptar el disparo, la resistencia a un mandato ajeno fue visible en la mueca de su rostro, el cuerpo desmenuzado voló hasta los pies del negro llamado Fener.
—¡Tú! —gruñó el esclavista del yelmo negro y alzó los brazos para dar un grito feroz. Desde todas las direcciones aparecieron aldeanos con aspecto de zombies, avanzaban como marionetas gobernadas a distancia y eso eran realmente, una mente poderosa violaba sus voluntades, la mente del enemigo que Sálvat había derrotado años atrás, pues él lo había castrado y desfigurado. También conocía al negro que se le abalanzaba, al que le había desmenuzado la mano con un martillo. Al verse rodeado disparó contra los esclavos mentales, pero más y más se sumaron para capturarlo, los golpes llegaban desde todas direcciones, patadas, rasguños y mordiscos. La escopeta le fue arrebatada mientras lo arrastraban por la avenida murmurando: Hereje, Hereje.
Todo el poblado repetía la palabra, igual que una letanía sin final. La Torre de Sangre tenía escalones ennegrecidos por el líquido regado en la piedra día a día. Lo empujaron, golpeándolo a cada paso. El ascenso le pareció interminable, la marea de aldeanos lo arrojó en la terraza, donde Fener y sus hombres continuaron la golpiza. Cuando dejó de moverse, lo izaron para ubicarlo frente al gigante negro, el rostro de Sálvat era una gran hinchazón sanguinolenta.
—Debiste matarme, Sálvat. Nada podrá evitar el horror que te espera. —terminó de decir esto y alzó el puño de acero para precipitarlo en la frente del Nómada.
Al despertar se encontró encadenado a una argolla de la pared. La sangre del rostro se había secado y formaba un pegote oscuro en su cabellera, sentía la boca del doble del tamaño normal.
—¡Well! ¡Sálvatgos, el Nómada! —escuchó en tono burlón.
El recién llegado avanzó nervioso. Era un hombre muy delgado, vestido con pantalones, chaleco y botas de cuero. Bajo la melena blanca, el rostro era insoportable a la mirada, tenía tantas cicatrices que eran imposibles de contar. Un ojo le pestañeaba continuamente, con un tic nervioso.
Se arrodilló para ver el semblante del prisionero.
—Sálvat, Sálvat, Sálvat… —repitió con sus pensamientos en otro lugar, años atrás— ¿Recuerdas lo hermoso que era yo? ¿Se lembra? —Sálvat quiso replicar, pero la mandíbula le latía de dolor. —Iba a tener el mayor power. Exterminé a casi todos los nómadas del Sahra, pero desbarataste todo. —la voz del captor se transformó en un gruñido cargado de odio.
En muchas ocasiones, Sálvat había imaginado un encuentro con aquel monstruo telépata llamado Sagitario, esperaba que hubiese muerto después de su lucha en las afueras de la ciudad pozo. Tenía mil razones para liquidarlo, pero quería que sintiera en carne propia los flagelos que había infringido a sus amigos. Le cortó la cara hasta dejarla irreconocible, grabándole una “S” en la frente, que por pura coincidencia era la inicial del nombre de ambos. Aquel sanguinario nómada también había violado y castrado a todos los jefes amigos de Sálvat, por esa razón le rebanó los testículos, dejando que se desangrase. Sin embargo no murió, pues estaba allí parado frente a él.
—No te maté para que sufrieras, Sagitario —rugió Sálvat a pesar del dolor—. Lo que vives no es nada comparado al genocidio que hiciste, maldito hijo de puta. —Sagitario chasqueó los dedos y dos fornidos esbirros molieron a palos al prisionero.
—Yo conozco las reglas, Sálvatgos. Sé de la maldición que acarrea matar a brujos como tú o yo. —dijo Sagitario con los dientes apretados—, pero eso no te ahorrara pain. Padecerás y gozaré viéndolo, luego ordenaré que te cocinen y degustaré tus sesos.
Sin que dejaran de pegarle fue conducido hasta la plaza donde terminaba el derruido boulevard. Había dos enormes maderos formando una “x”, lo ataron a ellos, extendiendo sus brazos y piernas. Fener tomó un taladro eléctrico y perforó las palmas de las manos del Nómada, el ruido de los huesos convirtiéndose en astillas fue espeluznante, entre los festejos de aquellos hombres. Aseguraron sus manos con gruesos tornillos. La fiebre no tardó en aparecer igual que unas irrefrenables nauseas. Le dolía respirar. Algunos niños se entretuvieron lanzándole frutas podridas, escupiéndole e incluso orinándolo.
Sálvat se esforzó por continuar vivo hasta que Sandy viniese, aunque la fuerza lo estaba abandonando.
Llegó la noche y los tendones del prisionero comenzaron a desgarrarse. Desde la terraza, Sagitario no había dejado de observarlo, ordenando mentalmente a sus esclavos que le lanzaran piedras. Fener caminaba nervioso a pocos pasos, enfado por la indecisión del otro caníbal para matarlo.
—Esto es inútil, Sagitario —protestó—. Mátalo de una vez, ya.
—Lo hicimos sufrir. Ahora está tan aturdido que no puede sentir ningún flagelo. —dijo Sagitario y giró el rostro deformado hacia el negro que ocultaba las facciones con el yelmo de latón, odiaba que cuestionaran sus decisiones— ¿Ya te olvidaste del pozo de donde te saqué, Carbonoche?
Las venas se hincharon en los bíceps del enmascarado
—¡Te he dicho mil veces que no te dirijas a mí con ese nombre! — gritó, haciendo que el otro riera entre dientes.
—Si no fuera por mí, no tendrías voluntad. Tienes independencia de mi mente por una circunstancia imprevista.
Sagitario recordó cuando era nómada, cinco años atrás. Uno de los eriquis del Gran Erg. Todo estaba saliendo según sus planes. Utilizaba sus poderes mentales para doblegar la voluntad de amigos y enemigos. Devoraba la vitalidad de cualquiera para hacerse más y más fuerte. Hasta que apareció Sálvat, conocerlo lo enfureció pues Sagitario no soportaba la competencia. En esa época tenía como esclavos mentales a otros nómadas, entre ellos Carbonoche, un forzudo que apenas hablaba. La resistencia de Sálvat fue tenaz, sólo consiguió reducirlo ganando su confianza y traicionándolo, después vendió las vidas de la mayoría de los clanes y mandó a castrar a los capitanes del Nómada. Pero Sálvat lo buscó para vengarse, fue cuando destrozó a martillazos la mano de Carbonoche. Con él fue más sanguinario, desfiguró su rostro y lo castró, dejándolo abandonado a su suerte; Sagitario no creía en la suerte, sabía que si no recibía atención médica enseguida, moriría. No podía mantenerse consciente mucho tiempo y tuvo una idea.
Como esclavo mental, Carbonoche era poco menos que un lelo, cuando Sagitario se desmayara, el negro lo imitaría. Usando toda la energía que le restaba envió un torrente de ideas a la mente de su marioneta humana, dotándolo de personalidad para que cumpliese la misión que le grabó a fuego: Salvarle la vida.
Cuando despertó estaba en un hospital de Fosa Fallac, en una sala llena de accidentados. Carbonoche se mantenía de pie, junto a su cama, el brazo derecho terminaba en un muñón vendado. Antes lucia la cabeza coronada de rastas, pero se había rapado y la mirada no tenía nada de perdida, una vivacidad nueva brillaba en sus ojos.
Cuando salieron de allí, Sagitario no pudo esclavizarlo otra vez, la mente del negro era un muro inquebrantable. Tal vez, razonó el telépata, era consecuencia de haberle transferido parte de su personalidad.
Con el tiempo, Carbonoche comenzó a manifestar rasgos propios y extraños como el uso de la máscara. Los garfios los confeccionó él mismo y el nombre Fener lo tomó de un viejo cartel oxidado, apenas legible, que rezaba Ferretería General. Realmente, la cordura del negro no estaba nada bien.
Sin embargo, pensó Sagitario, a veces complace tener un interlocutor.
—Quiero que muera —dijo el caníbal dios con calma—, no lo dudes, Fener. Pero no nos conviene mancharnos con su sangre.
—¿Por la maldición? —Rió guturalmente el otro—. ¿Podemos estar más malditos? Rotos y perdidos en esta inmunda jungla, obligados a alimentarnos de gente.
Este loco a veces dice cosas con sentido, caviló Sagitario.
—Hay algo que no entiendo —comentó en voz alta— A pesar de las torturas y la debilidad de su cuerpo, conserva la esperanza.
-—¿En qué está pensando? —dijo Fener.
—En su estado casi no puede pensar —explicó el jefe—, es una sensación. Está aguardando…
—¡No vino solo! —descubrió el negro riendo como si se tratase de un acertijo.
—Me es difícil creerlo —Sagitario miró al firmamento—. Hoy no habrá luna, me iré a la cama ¿Vienes?
Antes no necesitaba preguntar, sabía que el otro había cambiado el nombre pero no sus costumbres.
—Ya voy. —aseguró Fener.
Un hilo de vida se resistía a ceder en el organismo del viajero. Un par de veces en su vida había separado el espíritu del cuerpo durante el sueño, nunca voluntariamente. Ahora tenía miedo de quedar separado para siempre. Las marionetas de Sagitario caminaban con torpeza, girando a su alrededor. Con la fiebre asándole la cabeza, los veía como rojos demonios corriendo sin parar. La sed le quemaba la garganta, la tentación de desvanecerse se presentaba en cada uno de sus pensamientos, pero eso sería como autorizar a la muerte para que lo llevase.
Como una letanía repitió en su mente entumecida nombres de dioses, Ángeles y orixas que había conocido u oído, maldiciéndolos a todos.
Unas horas más y Sandy estará aquí, pensó antes de perder el conocimiento.
Veinte figuras de ébano rodearon la aldea. Desde una calle diagonal veían la plaza marchita donde culminaba el boulevard y al fondo la torre de sangre. Los guardias fueron reducidos con certeros golpes de cuchillo y sus cuerpos ocultados entre los matorrales.
Todos iban armados con machetes, lanzas y algunas ametralladoras. Continuaron agazapados, escondiéndose en la sombra de las casuchas. El hombre oscuro que los comandaba escupió al ver la escalera negra de sangre, entonces reparó en el hombre de melena rubia crucificado, la escasa luz apenas permitía distinguirlo de las maderas. Con señas envió un grupo hacia la calle principal, mientras él seguía con el resto, en cuclillas contra las chozas níveas.
Como felinos cayeron sobre los aldeanos sin voluntad. Cortando gargantas o apuñalando corazones, tenían que obrar con precisión y rapidez para llegar al dios mutilado y matarlo en su lecho.
El jefe atacante dejó la tarea de rescatar al crucificado como ultima opción, piso el primer escalón de la Torre con ansias de homicidas cuando un poderoso reflector iluminó el boulevard.
La alerta estalló en la aldea. En la terraza de la torre aparecieron Sagitario, Fener y sus guerreros.
Todos gritaron con odio descargando sus balas mientras buscaban donde parapetarse, pero el estruendo de dos poderosas ametralladoras acalló a todas las armas.
Tres luces se enfocaron en Sálvat cuando Sandy llegó al pie de la torre. Con semejante iluminación, el negro que lideraba a los atacantes reconoció al hombre torturado.
—¡Sálvat! —exclamó.
—¿Conoce a mi dueño? —indagó Sandy, la voz de la moto erizó los cabellos de los negros.
El jefe envió a dos hombres para liberar al nómada mientras Sandy los cubría con sus balas. Arriba, Sagitario y los suyos se cubrían detrás de los muros.
Extraer los tornillos fue imposible para los hombres. Sandy uso su rayo láser para cortar las gruesas cabezas.
—Voy a aniquilar a esos caníbales —dijo la moto mientras graduaba la inclinación de sus lanza misiles.
—¡Espera! —dijo el negro mientras liberaba al Nómada—. Sálvat está muriendo!
—Estoy cumpliendo sus órdenes. —dijo Sandy.
—En mi aldea podré curarlo, pero no llegaremos a pie, solo tú puedes llevarlo a tiempo.
El cerebro computador optó por la solución más lógica.
Colocaron a Sálvat en el asiento, el negro montó el porta equipaje e indicó a Sandy que dirección tomar, sus hombres corrieron hacia las sombras de la espesura.
El trayecto hubiese significado un laberinto infranqueable para cualquiera, pero los sensores y la visión nocturna de Sandy eran herramientas muy útiles en esas circunstancias.
Veintiocho minutos después ingresaban a una aldea rodeada por una empalizada, apostados cada tres metros había vigías con rifles automáticos. No usaban esas armas en las incursiones, preferían dejarlas para proteger el poblado. Mediante poleas, izaron un gran portal de troncos y sin perder tiempo, llevaron al herido hasta una casa blanca, entre las chozas. Un cartel encima de la entrada, rezaba “pronto socorro”.
Sálvat continuaba desmayado cuando lo acomodaron en una camilla. Había varios negros con batas verdes, que meneaban la cabeza al ver las manos hinchadas como si fueran dos enormes tortugas.
Uno de ellos gritos:
—Dejen pasar, ahí llega el viejo.
Un anciano vestido de blanco con muchos collares de cuentas multicolores, inspeccionó al herido. En el oscuro rostro, repleto de surcos solo se distinguían los ojos y las piezas de una dentadura completa.
Hablando un dialecto desconocido despidió a todos los presentes. Sandy estaba allí y no se movió.
—¡Fuera, máquina! —gesticuló el medico brujo.
—No iré a ninguna parte. No utilizo combustibles fósiles —declaró la moto-robot—, así que no debes temer ninguna contaminación.
El negro miró los cañones de las ametralladoras frontales y decidió no discutir.
Sálvat sintió que caía entre vaporosas nubes. Oía a los negros debatir a gritos que harían con él. Quería intervenir, pero su voz no producía sonido alguno, tampoco lograba moverse. En un momento vio al anciano esgrimiendo una brillante sierra. Toda su desesperación era un grito mudo, inaudible.
Los negros asentían ante las palabras del médico. Cuando comenzó a amputarle las manos, sintió la mayor impotencia de toda su vida. Varias enfermeras se apresuraban para contener con trapos la sangre de los muñones. En el paroxismo de frustración vio a un joven negro llevándose las manos en una canasta.
El agobio de la situación la hundió en la inconciencia, otra vez.
El trinar de unos gorriones lo trajo a la realidad. Con la visión aún nublada por el sueño volvieron a él las imágenes de sus manos cercenadas. Cerró los ojos con pesadumbre y sintió que lo observaban, se atrevió a mirar y descubrió a Sandy en la sala, el guerrero negro estaba con ella.
—¡Buen día, Sálvat! —saludó el hombre.
—¿Buen día? Para ti —musitó el Nómada—, que tienes manos.
El negro se mostró sorprendido y retiró la sabana que cubría los brazos del nómada.
—Tú también las tienes, Puma.
Sálvat contempló sus manos, ahí estaban con cicatrices apenas perceptibles, movió los dedos para salir de su incredulidad.
—Tuve una horrenda pesadilla. —dijo.
—Íbamos a cortarlas —explicó el jefe guerrero—, pero esta moto nos lo dejó bien en claro: si lo hacíamos nos mataba aquí mismo. Lo cierto es que tienes una capacidad regenerativa única, tus huesos se reconstruyeron y las heridas cicatrizaron a una velocidad asombrosa. Las enfermeras se asustaron, aunque siguieron cuidándote.
Sálvat sabía que tenía buena cicatrización, muchas veces tuvo que curarse heridas importantes, pero la regeneración de los huesos era algo nuevo, había mucho que no sabía de sí mismo y era la razón que lo llevó a atravesar esa jungla para buscar respuestas. Entonces se percató de algo, sentía lagunas en su memoria y preguntó:
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Te rescatamos hace un mes. Estuviste delirando la mitad de ese tiempo. Te suministramos drogas pero tu organismo reacciona de manera muy diferente a ellas
Sálvat sonrió a su moto.
—Gracias, Sandy.
—Nunca más ¿Queda claro? —dijo Sandy—. Jamás volverá a adelantarse solo hacia el peligro.
De repente, Sálvat descubrió que conocía al guerrero, a pesar de la cara pintada de azul y blanco.
—¿Eres Molmo?
—Así es blanquito —rió el negro mostrando los dientes —cuando éramos esclavos de los mutantes les hicimos pagar por ello. —Molmo y Sálvat habían compartido el cautiverio de una raza de mutantes del desierto. Al principio no habían congeniado, pero cuando arreglaron sus asuntos no dejaron a ningún mutante en pie.
—Ahora hay que hacerle pagar a ese caníbal. —gruñó Sálvat.
—Dicen que enloqueció de furia cuando te sacamos. Estamos albergando a muchas otras tribus aquí en N’gola. Al parecer, los acólitos de la Torre preparan una ofrenda especial, un banquete de cien víctimas para todo su sequito.
Sálvat cerró el puño ante sí, jurando que esta vez ni Fener, ni Sagitario saldrían vivos.
En la Torre de Sangre, Sagitario consumía sus neuronas ideando planes para recibirlo, oyó el estruendo metálico de Fener subiendo por la escalera.
—Traje una docena de niños, es lo único que pude obtener —dijo exhalando con fuerza en la terraza, eran los mismos chicos que Sálvat había encontrado abandonados en la espesura—. Ya hay más de un centenar de personas en las jaulas ¿Qué esperas para el sacrificio?
—Alimenta a tus hombres, Fener —murmuró el delgado caníbal—. Deben estar fuertes para cuando venga.
—¡El Nómada murió! Nadie puede sobrevivir con esas heridas.
—¡No seas, asshole! Níger ignorante ¿Yo morí acaso, con las lesiones que me ocasionó? Él es de mi clase, sé que está vivo. ¿Por qué no regresó esa moto artillada?
—Porqué no recibió más órdenes, por eso.
—Debe estar en N’gola, esos macacos lo están ayudando. Debemos esperarlos aquí. Prepararé la cena y mañana a la tarde sacrificaré a nuestros prisioneros para aumentar mis poderes, entonces no importará cuantos amigos tenga Sálvat.
Cerca, había dos parrillas con torsos y extremidades humanas a medio asar.
En una enorme olla, bullían varias clases de tubérculos en abundante agua.
—El agua ya está lista. —dijo Fener
—Si, es para el estofado, esos niños entrarán si los trozamos. Lástima que no haya tiempo para macerarlos, pero con un buen hervor estarán para chuparse los dedos.
—Voy a matarlos, ahora. —dijo Fener tomando un machete.
—¡No! —exclamó Sagitario—. Usa el garrote, tardarás más en acabarlos y yo oiré desde aquí los lamentos, sus alaridos de pánico ¡Ah, que deliciosa música! —suspiró.
—¿Cuántas armas tienen los caníbales, Molmo? —dijo Sálvat. Estaba en una choza con una treintena de guerreros del Infierno Verde. Su confianza en Molmo no era producto del rescate. Las penurias compartidas en las cavernas del sur, para entretener a una loca reina mutante los habían convertido en buenos amigos. Romper los cráneos de sus opresores, espalda contra espalda, era un recuerdo que compartían entre risas. Molmo había vivido siempre en la selva, fue durante un viaje de comercio que los mutantes lo atraparon. Ahora era uno de los miembros más importante de N’Gola. Gracias a su conocimiento en combate no habían sufrido tantas bajas como la gente esclavizada por Sagitario. Sálvat se enteró por Molmo que eran extranjeros del noroeste, huyendo de una guerra entre tribus que casi los diezma, su mala fortuna los había llevado hasta el influjo mental de Sagitario. De pronto recordó a los niños que había encontrado y el corazón se le encogió al pensar que estarían a merced de Fener y sus bandoleros.
—Estimo que en la torre hay rifles y pistolas para cada uno de los bandidos que rodean a Fener —comentó Molmo—, esos que no controla mentalmente el dios mutilado.
—¡No lo llames, así! No es ningún dios, es un hijo de puta que puede controlar la mente de alguna gente y nada más. Las mutilaciones que tiene, se las causé yo.
Un murmullo se originó entre los presentes, Sálvat pensó que había hablado de más. Aquella gente convivía con supersticiones y fomentar una nueva no les resultaba difícil. En adición la restauración antinatural de sus manos era el comentario en todas las chozas de la tribu, muchos opinaban que era un brujo, o peor, un demonio extranjero. El Nómada sólo pensaba que alguien tenía la culpa de que fuera tan diferente y que un día le haría pagar por eso.
—No sé si es un dios o no —añadió Molmo—, pero cuando mata gente, la selva se conmueve, los animales huyen. Lo he visto batirse con las manos desnudas contra guerreros armados y vencerlos.
—Puede ser un truco —lo interrumpió el viajero.
—No —negó el viejo médico brujo—, lo hemos visto aparecerse en la aldea riendo como un demente para desaparecer dejando cadáveres a su paso. Dice mi nieto que un día se lanzó desde la Torre de Sangre y planeó hasta el suelo.
Sálvat calló y siguió escuchando más anécdotas como aquella. No iba a burlarse porque había aprendido que la magia se vuelve real donde creen en ella. Además, Sagitario pudo haber sido el rey del distrito sur si él no lo hubiese impedido.
—Sandy ya no tiene toda su munición —informó— le quedan alrededor de cien balas y sólo cuatro misiles. Podemos lanzarlos contra la Torre de Sangre, pero Sagitario podría escapar en la confusión.
—¿Y qué quieres hacer?
—Matarlo con las manos, es la única forma de estar seguro, Sandy estará alerta para evitar que huya. Creo que el mejor momento será cuando empiece su macabra ceremonia, los prisioneros pueden ayudarnos cuando nos vean aparecer.
—Faltan cuatro horas para el crepúsculo —dijo Molmo olfateando el aire—. Tenemos que estar listos para salir en dos horas.
Los nativos de N’gola eran muy organizados, como descubrió el Nómada al verlos armando el equipo de combate. En ese lado del mundo las armas de fuego eran tesoros exóticos, se valían de lanzas, machetes o flechas normalmente. Cada uno se vistió para la guerra, pintándose con franjas rojas, negras y blancas por todo el cuerpo. Dos mujeres insistieron tanto, que Sálvat se dejó pintar también.
El medico brujo danzaba alrededor de una hoguera, lanzando huesos al fuego. Verlo invocar a sus dioses conmovió los recuerdos del viajero. Cuando de niño fue poseído por el espíritu del brujo del que ansiaba vengarse. A consecuencia de ello podía leer la mente y hacer otros trucos paranormales que muchas veces no servían de nada.
Molmo se aproximó con dos machetes colgando del cinto.
— ¿Por qué no les envías una maldición a los caníbales, así se facilitan las cosas? —dijo.
Sálvat sonrió.
—No funciona así. —explicó— Una maldición toma un tiempo en manifestarse y sólo afecta a la gente escéptica o miedosa. A Sagitario no le llagaría nunca, sabe tomar recaudos.
—Nuestro brujo está preparando sortilegios de protección.
—Eso ayudará, los espíritus de esta selva nos harán invisibles —asintió el Nómada—, al menos hasta que estemos cerca de la torre.
—Te sigo, Puma —declaró el negro—, lo que mejor sé hacer es pelear.
—¿Eres el jefe de esta gente?
—En parte —respondió Molmo y miró al médico brujo—. Él tiene mucha influencia en la gente.
—Quizá debas formar otra tribu, lejos.
—Conozco esta jungla, amigo y todas las aldeas son iguales. Acabemos con ese Sagitario para vivir en paz.
Las mujeres aparecieron para despedir a sus hombres, había desolación en los rostros, muchos estaban convencidos de que no regresarían, pero estaban decididos y los poderosos capitanes que tenían les daban esperanza.
Sandy encabezó la marcha con las luces apagadas y el rumor sutil de sus ruedas al avanzar, los nativos estaban seguros de que un espíritu poseía a la moto, algunos hasta le rezaban. En los manillares y sobre el portaequipaje los negros habían colgado ofrendas para calmar al espíritu.
La luz de la tarde se había convertido en una débil penumbra verdosa al inicio del crepúsculo. El estruendo de tambores proveniente de la Torre de Sangre a medio kilómetro, eran un signo de que los ritos daban comienzo.
Mientras caminaba, Sálvat descubrió que el salvajismo de aquel infierno verde lo había transformado en un animal primitivo, igual a los treinta guerreros que lo acompañaban. En ese momento, con el gran cuchillo de caza en la diestra no pensaba en otra cosa que la inminente batalla, nada más latía en su corazón.
Diez prisioneros se debatían para liberar sus brazos de las cadenas que los retenían en la terraza de la torre. Sagitario caminó frente a ellos riendo, sin ningún aviso los abrió en canal, sacándoles las vísceras para arrojarlas a los esclavos mentales, obligándolos a comerlas. En un rincón, Fener se subía el yelmo para comer los senos hervidos de una adolescente. Los esbirros del dios mutilado patearon a los cadáveres, precipitándolos por la escalera de piedra. Otra decena de victimas fue presentada a Sagitario que los asesinó sin dejar de reír. Con cada corte de la daga, sentía su poder aumentar. Con mandatos síquicos obligó a dos niñas desnudas a acercársele, mientras se abría dos grandes heridas a sí mismo con la daga, ellas se inclinaron para lamer la sangre que bullía. La música atronaba en los parlantes:
Your wild vibrations
Got me shooting from the hip
Crazed and insatiable let rip
And eat me alive
Eat me alive
Eat me alive
Aunque no los localizaba, Sagitario percibía a los guerreros de N’gola cerca y quería apresurar los sacrificios para demostrarles que era un dios. La sangre bañó las baldosas precipitándose como un manantial carmesí.
El caníbal abrió en canal a otros diez desdichados. Comía vorazmente los corazones, ahogándose con el espeso plasma. Eructó contemplando las primeras estrellas y dirigió su atención hacia abajo, a los límites de la aldea.
—Ya están aquí. —murmuró.
Hizo señas a Fener, que se acercó con treinta hombres armados con pistolas y escopetas. Eran bandoleros, criminales de baja estofa, expulsados de las ciudades, fugados de sus propias tierras. Individuos que no rechazaron comer carne humana con tal de poder hacer realidad sus inmundas bajezas. Ahora se preparaban para matar. Desde la torre, verían sin dificultad a los hombres de N’gola apenas se presentasen, sería como un pelotón de fusilamiento. Pero los guerreros no se mostraron.
—¿Estás seguro de que están ahí? —indagó Fener a su jefe.
—¡Shhh! —lo reprendió Sagitario con un brillo insano en sus ojos—. Prepárate, Fener. Muchos van a morir.
De repente se escuchó el motor de Sandy rugiendo, dando vueltas en torno al pueblo. Algunos bandidos abrieron fuego contra la negra espesura, allí donde el follaje vibraba. Entonces desde la aldea comenzaron los disparos. Los hombres de N’gola tenían diez rifles y un par de ametralladoras. Acribillaron la torre, agotando hasta la última munición. Desde la terraza respondieron con detonaciones, estallidos que produjeron ecos en la selva y dejaron el aire espeso de humo y olor a pólvora. El tronar de los disparos fue acallándose a medida que se terminaba la munición. Varios secuaces de Fener se desplomaron desde lo alto, a ellos tampoco les quedaban balas, pero tenían machetes.
Hubo un breve interludio, en el que ninguna arma de fuego pudo ser usada, entonces los guerreros pintados comenzaron a avanzar por las callejuelas, entre las casas blancas. El temor se apoderó de los bandoleros, los que venían no eran una partida de rebeldes como las que acostumbraban enfrentar. Había veinte negros sobrevivientes con impulsos asesinos hacia ellos. Confundiéndose con los salvajes estaba Sálvat, el Nómada, el mismo brillo mortal avivaba sus ojos marrones. La fetidez a pólvora picaba en las narices mientras en ambos bandos los nervios hacían temblar brazos y piernas.
Sagitario deglutió parte de un cerebro a medio cocinar y dijo a Fener.
—Me retiraré al balcón trasero, el que da a la jungla. Desde allí lanzaré mi poder. Lo demás corre por cuenta de tus músculos.
—Haz tu parte que yo les quitaré las vidas. —replicó el negro enmascarado.
El hombre del rostro lleno de cicatrices salió por un balcón invisible desde el boulevard, era una terraza circular de diez metros de diámetro con almenas bajas. Se sentó en un trono de piedra ubicado en el centro, dejó la cabeza sostenida en las manos, los ojos abiertos con expresión extraviada.
Abajo, todos los aldeanos zombies atacaron a dentelladas a los hombres de N’gola.
Molmo y Sálvat los apartaron con golpes de puños, pero las marionetas estaban tan encarnizadas que debieron usar sus filos. El machete del jefe guerrero se agitaba en fintas más veloces que la vista, abriendo heridas o cercenando cuerpos. El nómada arremetía con su cuchillo, esquivando mordidas y arañazos.
Poco a poco, se acercaron a la escalera manchada. El sonido de los metales hundiéndose en la carne y de los pies chapoteando en los charcos de sangre era el único rumor en la terrible noche. Los esclavos mentales habían matado y heridos a varios guerreros. Fener los miraba y dijo a los bandoleros:
—A los que suban, los descuartizaremos.
Sálvat contempló que la mitad de los hombres de N’gola ya no estaba en pie. Las marionetas a pesar de ser muy torpes, los triplicaban, cuando terminaron de exterminarlos, el grupo se había reducido a doce individuos. El viajero dio un paso para subir cuando un trueno azotó las alturas, acompañado de un rugiente viento, el polvo lastimó sus ojos.
—¡Esto es brujería! —gritó Molmo para hacerse oír entre la batahola.
—¡Ese perro convoca a una tormenta! —exclamo el Nómada—, lo he visto hacerlo antes, pero no le servirá de nada.
Las palmeras de boulevard fueron arrancadas por minúsculos tornados, los techos de paja se deshicieron. Todos buscaron asidero. Sálvat, Molmo y los guerreros que estaban próximos a la torre corrieron hasta la base de piedra, encontrando reparo contra la súbita tempestad, pero otros sufrieron accidentes mortales, arrojados decenas de metros en el aire o aplastados por árboles arrancados de cuajo.
Del mismo modo en que comenzó el insólito fenómeno, se terminó. Y sólo quedaron cinco de ellos para combatir contra los caníbales. Sin mediar palabra, subieron la macabra serie de peldaños. En la terraza, el choque de los grupos fue bestial. No hubo insultos ni amenazas, sólo gritos de ira y dolor. Jadeos entre salpicaduras de líquido rojo y pegajoso en el suelo.
Los machetes golpeaban sin cesar, lacerando repetidamente las mismas heridas. Los luchadores tenían sus cuerpos plagados de cortes y manchados con sangre propia y ajena. Molmo partió a un enemigo a la mitad, su arma quedó trabada entre las vértebras de la victima y poco faltó para que le hundieran un machete en el cuello, pero resbaló en los coágulos del piso, dejando la finta atacante sin efecto. Aprovechando el envión, liberó el arma para enterrarla en la ingle de su oponente. Al ver la bestialidad del negro, tres de los bandoleros de Sagitario arrojaron las armas para huir por una de las escaleras laterales. No llegaron muy lejos pues los aguardaba Sandy que uso una bala en la cabeza de cada uno.
Fener esperaba inmóvil en el centro de la sala de sacrificios, rodeado de parrillas, ollas humeantes y un enorme horno en la pared. Molmo fue hacia él con otro guerrero, el único sobreviviente de los nativos de N’gola. Entonces repararon en Sálvat. Cubierto de sangre, el pelo endurecido por el liquido y el pecho subiendo y bajando mientras sostenía el puñal goteante. Con una mirada, el Nómada les ordenó que no interviniesen. Los negros entendieron aquel código de guerreros y se apartaron.
Lanzando un grito primitivo, Sálvat y Fener, se arrojaron uno contra el otro. El Nómada saltó para patear el peto de hierro, su desventaja era que no podía golpear el rostro del negro, protegido por el yelmo. A la vez que los golpes de la prótesis con garfios, equivalían a mazazos. La hoja del puñal se partió contra el casco. Los magníficos reflejos del viajero lo salvaron de un gancho derecho de hierro. Ambos se trenzaban en forcejeos animales donde las manos, enrojecidas y ardientes por la ira, resbalaban en copioso sudor. Gruñían y golpeaban buscando matar al adversario. Sálvat catapultó una serie de puñetazos a los riñones de Fener que se dobló de martirio, pero a la mitad del movimiento dirigió un cabezazo al nómada, aturdiéndolo por unos segundos. Un instante después, el puño artificial de Fener arremetió contra el estomago de Sálvat. El golpe le quitó el aire provocándole una ceguera momentánea, sus piernas se movieron torpemente en un intento de apartarse. Se vio sacudido por una serie enloquecida de golpes, hasta que una patada lo impulso contra la pared del fondo, cuando se incorporaba vio a Fener avanzar entre las enormes ollas de estofado humano. Espero a que el negro se hallase a pocos pasos y se lanzó sobre él tomando carrera. Valiéndose de toda su fuerza levantó al negro para meterlo de cabeza en el macabro caldo. Al recibir el cuerpo, el cuenco cayó de costado derramando el contenido. Fener se incorporó aullando de dolor por las quemaduras. Sálvat se armó con un fémur sin carne para partirlo entre los omóplatos del enemigo. Enloquecido, el negro intentó hacerle frente, pero el nómada fue más rápido. Anticipándose lo arrastró dentro del candente horno. Fener golpeó sobre las brasas luchando por incorporarse y su yelmo se trabó en el boquete de la chimenea. Sintiendo el metal de su armadura dominado por el calor, gritó. El ronco aullido formó ecos en el tiraje. Entonces se sacudió con demencia, haciendo pedazos la mampostería. Quedó libre pero ya su piel se desprendía destruida. Sus ojos se habían derretido dentro del yelmo, el olor de la carne chamuscada era nauseabundo. El negro daba gritos escalofriantes mientras intentaba sacarse el casco pero la carne de los dedos se desprendió dejando ver los huesos de las falanges.
Molmo y el otro guerrero se apartaron de su camino al verlo correr enloquecido hacia la escalera. Fener trastabilló y rodó hacia abajo, rebotando en los escalones, partiéndose el cuello y la columna con un sonido siniestro. Llegó sin vida a las baldosas del suelo.
Los guerreros de N’Gola corrieron para asistir a Sálvat, que apenas podía mantenerse en pie. Con las manos temblorosas por los nervios, el Nómada le quitó el machete a su amigo.
—¡Déjame ayudarte, Puma! —pidió Molmo—, estás hecho una miseria.
—No, amigo —dijo Sálvat—. Me corresponde matar a Sagitario, así debe ser. Además, no tendrías ninguna posibilidad contra sus poderes mentales.
El viajero caminó arrastrando una pierna, sintiendo todo su ser abatido, pero con el espíritu vibrante de vigor, él también podía tomar energía de la muerte, detestaba hacerlo, pero era el único recurso que le quedaba si pretendía ganarle al antropófago. Apartó el cortinaje que daba al balcón, una fina llovizna formó un velo tenue en la terraza. Sagitario estaba tieso, ensimismado en su existencia, si percibió a Sálvat no dio muestra alguna de haberlo hecho.
El Nómada se limpió las manos en las cortinas para que el pomo del machete no resbalase. Entonces el dios mutilado volvió el rostro hacia él. Sálvat descubrió que el tic nervioso y varias cicatrices habían desaparecido.
—Así es, Sálvatgos —advirtió Sagitario—, es otra muestra de mi poder. También cuelga algo entre mis piernas, aunque todavía es un triste remedo de lo que me sacaste.
—Aquí termina, Sagitario. Voy a matarte —sentenció Sálvat
—Intentarás hacerlo, que es diferente. —le dio la espalda para contemplar la selva bajo la lluvia—. Yo no pedí nacer así. ¿Recuerdas cuando me preguntaste sobre mi origen? ¿Cuándo condujimos nuestras motos en el Desierto Grande? —no esperó respuesta para decir—. Soy un experimento, hermano. Mi madre ingirió drogas a cambio de dinero cuando estaba encinta. Me crié en un laboratorio, en mi primer año de vida descubrí que podía hablar con mi mamá sin producir sonidos, entonces huimos. Pero la gente nos temía. Incendiaron nuestra casa y la mataron a palazos. Yo escapé para caer prisionero de unos pordioseros que me violaron sin cesar, sólo tenía cinco años y fue desde ese momento que aprendí a dominar a otras mentes. De más está decirte que los maté, que los hice sufrir por todo lo que me hicieron —calló un minuto mientras el mentón le temblaba— ¡No sé porqué soy así! ¡Soy un monstruo y quiero vivir!
Sálvat no entendía la razón de que le contase aquello, como la primera vez que lo viera, sintió cierta afinidad con su historia, pero nada justificaba las muertes, ni la crueldad de su salvajismo, sopesó el arma y dio dos pasos hacia él.
—Es una isla ¿Sabes? —continuó Sagitario sin huir—. Allí es donde encontrarás el orfanato y el laboratorio.
—¿Qué? —balbuceó Sálvat, en los recuerdos nebulosos de su infancia había un laboratorio y luego un orfanato. ¿Sagitario estaba hablando de sí mismo o de él?
—Experimentaron con otros niños en esa isla, la única del planeta Arena. —Concluyó el caníbal mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
El Nómada alzó el machete, esta vez el antropófago eludió el golpe con agilidad corriendo hacia las almenas, sonrió balanceándose en el borde la terraza, Sálvat afirmó sus pies para no resbalar por la llovizna. Siguió lanzando fintas que el otro evitaba con cabriolas. Entonces optó por darle un planazo y de esa manera impactó la frente del caníbal con un ruido seco que lo derribó, golpeando el suelo de piedra. Teniéndolo a su merced intentó ensartarlo, pero erró otra vez, la hoja se partió en el piso. Era verdad eso de que los brujos eran difíciles de matar, se dijo y arrojó la empuñadura a un lado para darle puñetazos. Golpeó el rostro del dios mutilado, pero este comenzó a reír en respuesta. Sálvat sintió que no podía continuar golpeándolo cuando el otro pidió clemencia levantando una mano, con la boca ensangrentada alcanzó a decirle:
—¿Viste esos pájaros? —Sagitario señaló a unas aves de picos amarillos tan grandes como sus cuerpos de plumaje negro—. Tucanes les dicen. Yo puedo volar como ellos.
Al terminar la frase, dio un empujón a Sálvat apartándolo y saltó al vacío abriendo los brazos. Era tan delgado que por un segundo pareció que planeaba, pero al instante siguiente se inclinó en picada para precipitarse de cabeza en una caída de quince metros hacia la enmarañada espesura verde.
Limpiar de cadáveres la aldea caníbal fue un trabajo arduo y repugnante. Sandy ayudó a quemar los cadáveres con su lanzallamas.
Dos guerreros de N’gola buscaban el cuerpo de Sagitario en la jungla. Molmo pensaba que un yaguareté o algún yacaré habían dado cuenta del caníbal, pero Sálvat pensaba que algún día podría volver a encontrarlo.
La moto-robot cargó dos misiles y apuntó a la base de la Torre de Sangre. Con el primer impacto, cayó una cuarta parte de la construcción, pero con la segunda detonación no quedó piedra sobre piedra.
—Nuestro médico brujo estará semanas quemando estiércol para purificar este lugar. —comentó Molmo.
En N’gola hacían eso para ahuyentar insectos. También usaban orina de buey para lavar los enseres domésticos, por esa razón Sálvat sentía sabor a orina a cada cosa que comía o bebía allí.
—No te vendría mal un tractor o maquinaria agrícola aquí —dijo el nómada, observando la aldea hecha ruinas después de la batalla—, tu pueblo no pasaría hambre.
—Lo dices porque viviste en esas ciudades llenas de neón, pero seguro que no te gustaría que convirtiesen en campos sembrados tu desierto. Esa Torre de Sangre fue construida por Sagitario y sus marionetas queriendo traer la civilización a mi selva. No Sálvat, amigo, creo no es buena idea erigir otras torres por ahora.
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