Baltag miró hacia abajo. La garganta rocosa y gris, salpicada de blanco nevado, se hundía entre las sombras. El viento cortante levantó su melena castaña y aulló contra sus oídos. Si sus pies resbalaban de la estrecha cornisa o sus dedos perdían asidero, caería y se estrellaría contra las piedras, como un bulto de carne, hasta llegar al lejano fondo. A pesar del frío, sudaba bajo el chaleco de cuero y el taparrabos de piel de oso, sujeto a la cintura por un grueso cinto. En los pies calzaba durísimas botas dorgai. De la cadera pendía un gran cuchillo envainado. A sus catorce años ya poseía un cuerpo alto y recio, delgado, aunque de potentes músculos.
Sus ojos grises escrutaron la fachada de la montaña. Se le entrecortó el aliento al descubrir a los enemigos: eran cinco, dorgai como él. Guerreros adultos del Clan del Lobo Azul, enemigos del Clan del Viento, al que Baltag pertenecía. Vestían pellizas y calzones de piel y chalecos, petos y botas de cuero. Sus armas eran espadas largas y hachas de amplia hoja. Trepaban por la misma pared que él escalaba. Baltag era su presa.
Conocía al líder: Eslar, un tipo alto y nervudo de barba dorada y ojos azules. Había matado a muchos hombres, tanto en tierra como en expediciones marítimas. Sonreía malignamente. Le mostró a Baltag la cabeza cortada de Nior. Los ojos del muchacho se empañaron. Nior y él habían sido amigos, casi hermanos. Juntos habían cazado y perseguido a las chicas, cometido excesos con la cerveza y luchado en tercas peleas.
Aquella misma madrugada, Baltag y Nior habían estado cazando conejos cuando los de Eslar les atacaron. Cada muchacho huyó en una dirección distinta, para así dividir a sus perseguidores. Baltag eligió los picos y Nior los bosques. Al mediodía, Baltag creía haberlos despistado, pero pronto los reencontró: los dos que le siguieran a él y los tres que buscaran a su amigo. Traían la cabeza de Nior clavada en una pica y bramaban canciones triunfales. Baltag se internó más y más en terreno escarpado, hasta comenzar la escalada de la montaña. Sus enemigos le siguieron, implacables.
Baltag se tragó el sollozo y apretó los dientes. No podía permitirse actuar como un niño. Su vida estaba en juego.
—Te mataré, Eslar —juró, gruñendo por lo bajo.
Buscó nuevos asideros y continuó el ascenso. Sentía los muslos y los brazos doloridos. Los dedos le sangraban. El viento trataba de arrancarlo de la cornisa y estrellarlo contra los picos. No se rendiría.
De pronto, no halló más apoyos ni oquedades. Por encima de su cabeza descubrió una gran cornisa picuda. Estiró el brazo y no lo alcanzó. Flexionó las piernas, arqueó la espalda. Sintió el pánico en la garganta, pero saltó, con todas sus fuerzas. Sus dedos aferraron el saliente, mas una esquirla le abrió el canto de la mano izquierda. La sangre salpicó su frente. Pasando por encima del dolor, se izó a fuerza de espalda y brazo y logró subir el pecho sobre la cornisa. Una ráfaga salvaje casi lo arrojó al abismo, pero resistió, apretándose contra la roca.
Ante sí tenía una empinada cuesta cubierta de nieve, que daba pie a otra fachada, un talud gigantesco cuya cima negruzca parecía tocar el sol. Era la cúspide de la montaña. Una vez allá arriba, no podría seguir huyendo. Aún no había matado a ningún hombre. Hoy, tendría que hacer frente a cinco guerreros, más duros y más fuertes que él, en las altas cumbres.
Mas la bestia acorralada lucha con el doble de energía. Ya corría a dos y cuatro patas, hundiéndose hasta las rodillas en la nieve. Escuchó chillidos lejanos. Miró hacia el cielo y descubrió un águila contra las nubes. Las que habitaban los picos dorgai eran majestuosas, en tamaño y belleza. Y muy fieras. El muchacho tenía un nuevo enemigo.
Continuó subiendo. La nieve crujía bajo sus pies. Cada jadeo dejaba escapar una nubecilla de vapor helado. Oyó los gritos de los hombres. Al volverse, vio al primero surgir por el borde del abismo. Aparecieron más tras él. Baltag se apresuró.
El quinteto ya trotaba sobre la nieve, como una jauría de lobos tras el gamo herido. El más adelantado, un gigantón de cabellos de fuego y ojos azules, casi podía alcanzar a Baltag con su espada. Lanzó un tajo y el metal rozó el chaleco de cuero.
—¡No escaparás, cachorro! —bramó, riendo burlonamente.
De pronto, Baltag se volvió. En un solo movimiento desenvainó su cuchillo y lo hundió en el desprevenido perseguidor. El rostro se abrió desde una sien a la otra. Sangraba por el puente nasal y las cuencas oculares. El guerrero aulló de dolor y lanzó un golpe de revés. Baltag lo esquivó.
—¡Mis ojos! —gritó el herido—¡Me ha dejado ciego!
Loco de terror, las manos en el rostro rojizo, retrocedió y tropezó. Volvió a levantarse, pero cayó rodando nieve abajo, provocando un pequeño alud. Su descenso terminó cerca del abismo. Se levantó y siguió andando, sin ver nada.
—¡No te muevas, Dormo! —gritó Eslar.
—¡No puedo ver! —sollozó el aludido.
Sus pies tocaban el pétreo borde. Su cuerpo se recortaba contra el paisaje de cumbres blancuzcas y neblinosas. Dio un paso atrás y cayó hacia la muerte. Su grito persistió hasta el primer choque. Después rebotó dos veces más, en silencio.
Baltag siguió corriendo, hundiéndose más y más en la nieve. Sus enemigos ya no reían. Ahora estaban llenos de negro y ardiente odio.
El muchacho llegó al talud. No tenía tiempo de planear la escalada, así que apoyó el pie en el primer saliente que vio y comenzó a subir. Cuando miró hacia abajo, Eslar y los suyos ya le seguían, como gigantescas arañas. Sólo uno continuaba aún en la nieve. Era el más corpulento y menos ágil. Resoplaba a causa del agotamiento. Restalló aquel chillido y el orondo guerrero miró hacia arriba. Sus ojos se desorbitaron de puro horror. Una sombra enorme le cubría el cuerpo. Los gritos se tornaron más agudos. El gran águila bajaba en picado. Su presa trató de lanzar un tajo con la espada, pero el gigantesco pájaro, grande como un caballo, hundió sus garras en su cuello y su abdomen. El animal aleteó poderosamente y voló, cargado con el cuerpo humano.
Baltag vio al gran pájaro subir hasta la cumbre. Aún estupefacto, logró preguntarse por qué aquel ser no huía de ellos: las águilas evitaban en lo posible a los hombres, pues tales las consideraban codiciados trofeos.
No tenía tiempo para divagar: continuó subiendo aunque los muslos le ardían, como atravesados por agujas, y los dedos sufrían horribles calambres.
De pronto, no halló más oquedades ni salientes. Tras una grieta, el talud ascendía liso hasta la cumbre. Empezó a rodearlo, moviéndose hacia la derecha y, a veces, hacia abajo. Tras una esquina afilada encontró un surco en la roca, una chimenea natural que llegaba hasta la misma cumbre. Se introdujo en ella. No encontró tampoco apoyos en la hendidura, mas el ancho le permitía encajar el cuerpo entre la espalda y los pies. El ascenso resultaba penoso y agotador: debía subir una pierna, luego la otra, apoyar las botas contra la piedra y arrastrar el tronco hacia arriba.
Abajo, cada guerrero del trío avanzaba de igual manera, embutido en la angostura.
Entonces todos se inmovilizaron, expectantes. Volvían a oírse los agudos chillidos. El águila regresaba. Su cuerpo se introdujo por la chimenea, aleteando para sostenerse en el aire.
—¡No! —gritó el último de los de Eslar.
Las garras del animal arañaban su cuerpo, su voz le rompía los tímpanos.
—¡Mátalo, Koll! —gritó su compañero inmediatamente superior.
—¡No puedo sacar el arma! —contestó Koll.
Tenía la espada colgada a la espalda, con la empuñadura entre un omoplato y la roca.
Una garra le abrió el muslo, haciendo saltar la sangre. El hombre aulló. El águila tiró de él, hasta sacarlo del hueco. Le vieron desaparecer, tapada por la fachada rocosa. Su presa gritaba y gritaba. Pronto calló.
—¿Qué haremos ahora, Eslar? —preguntó el que precediera al desaparecido—. ¡Ese monstruo nos va a matar!
—¡Sigue subiendo, Bornark! —fue la cruda respuesta. Eslar clavó sus azules ojos en Baltag. Gruñó por lo bajo:—Quiero su cabeza. La tendré.
Baltag se fijó en un gran mazacote de roca que surgía por la pared interior de la chimenea. Era grande como una testa de toro. Podría sentarse en él durante un instante, proporcionando descanso a sus piernas torturadas. Tal esperanza de alivio lo impulsó con renovadas fuerzas.
Llegó a la gran piedra y se subió encima. Sonó un crujido ominoso. El mazo rocoso mostraba una larga grieta en su lomo, cerca de la pared. Consternado, comprendió que no podría apoyarse más en él. Miró a sus perseguidores. Temblando de excitación, desenvainó el cuchillo y comenzó a hundirlo en la grieta, a golpes secos y contundentes, empujando el mazacote con su brazo libre.
Eslar desorbitó sus ojos. En la estrecha cornisa no podría esquivar ese proyectil. Tampoco alcanzaría al muchacho a tiempo para evitar que lo dejara caer sobre su testa. Logró soltar el hacha del cinto y golpeó con él repetidamente en el muro interior de la chimenea.
—¿Qué haces, Eslar? —preguntó Bornark.
—¡Abrir una grieta, imbécil! ¡El chico nos va lanzar una piedra!
Bornark iba a decir algo cuando sonó un crujido. Eslar metió los dedos en la improvisada hendidura y quedó colgado de ella, con el cuerpo pegado a la pared. El mazacote le rozó la espalda en su caída. Bornark vio venir algo sólido y oscuro y alzó una mano protectora. La piedra le aplastó la nariz y la boca. El hombre cayó por la chimenea de cabeza, rompiéndosela contra el fondo.
Eslar guardó el hacha, apoyó los pies y la espalda y reanudó la subida, mirando a su futura víctima.
Baltag llegó al final de la gran grieta. No podía estirar del todo las piernas, pero, tras instantes de pura agonía, logró escalar varios salientes menores y acceder a la cumbre, una explanada rocosa e irregular salpicada de grandes piedras. El viento agitó su melena y el muchacho entrecerró los ojos, extasiado. Se sentía en el techo del mundo. Avanzó por entre los enormes cantos. Dos de ellos se tocaban, albergando una covacha. Dentro había un nido de ramas y hierba seca. Tres suaves cabezas ciegas abrieron sus picos y piaron. Eran aguiluchos, aún recubiertos de blanco plumón. Se quejaban, hambrientos. Ahora comprendía Baltag por qué aquella gran águila, su madre, no huyó de los hombres, ensañándose por contra con ellos. Quería defender a sus hijos. Cerca del nido yacían los dos cadáveres humanos. Si no se alejaba de allí, también Baltag se convertiría en cena para los aguiluchos.
Al volverse descubrió a Eslar, en pie, frente a él. Empuñaba el hacha, mellada a causa de los golpes en la roca. Baltag desenfundó su cuchillo, partido en la mitad de la hoja.
—No puedes seguir huyendo —dijo Eslar—. Enfréntate a mí y muere.
Baltag sintió pánico. De pronto, endureció el mentón. El niño desapareció y surgió el hombre. Clavó su mirada en Eslar y avanzó hacia él, agarrando con fuerza el cuchillo.
Volvieron a oírse los agudos chillidos. Las crías del nido piaron mas alto. El águila bajaba, sus alas desplegadas contra el sol cegador. Caía hacia Eslar, quien sonrió, aferrando a dos manos su hacha. El animal trató de atraparlo, mas su presa se echó a un lado y lanzó un tajo. Saltaron la sangre y las plumas. El águila gritó, dolorida. Retrocedió, a saltos y pequeños vuelos, hasta el nido. Tenía la pata herida pegada al cuerpo. Extendía las alas, protegiendo a sus hijos,
—¡Ya la mataré después! —gritó Eslar. Señaló a Baltag—. ¡Primero tú!
Anduvieron uno hacia el otro. El hacha zumbó, pero Baltag esquivó el golpe. Su cuchillo rajó un muslo. La rodilla de Eslar salió disparada hacia arriba y abrió un pómulo. El chico trastabilló, mareado. Pero se echó a un lado y el hacha sólo cortó aire. Baltag subió a una gran piedra. La hoja enemiga se estrelló en ella, abriéndose un grueso mordisco en su filo. Eslar trepó y Baltag se alejó varios pasos. De pronto lanzó el cuchillo, que se hundió hasta las guardas en el hombro derecho del rival. Eslar gritó. Baltag saltó hacia él, le agarró la cabeza y le asestó fieros cabezazos en el rostro. La dura testa abrió labios y encías y partió el tabique nasal. El muchacho jadeaba como una bestia. Disparó su puño derecho en un golpe demoledor que hundió la nuez de Eslar, quien boqueó y cayó de espaldas. Baltag le arrebató el hacha, la alzó a dos manos, desorbitando los ojos, y partió la cabeza enemiga en dos. Se levantó, alzó el hacha asesina y emitió un grito de batalla que restalló sobre las nubes y los picos.
Era el primer hombre que mataba.
Miró al águila herida y reculó el brazo, dispuesto a lanzar el hacha. Todos le admirarían cuando llegara a la aldea con tan preciado trofeo. El animal no se apartó. Sus crías piaban, asomando las suaves cabezas por entre las patas. Su madre gritaba con fuerza, alzaba orgullosamente el bello pico y clavaba en el hombre una mirada majestuosa. Desplegó las grandes alas. No abandonaría a sus hijos.
Baltag bajó el hacha. Aquel ser era demasiado glorioso. No podía matarlo.
—Fortalécete con esos cadáveres de ahí —le dijo al animal, como si pudiera entender sus palabras—. Cura tu herida. Lucha. ¡Y vuela libre!
Ató el hacha al cinto y echó a andar hacia la chimenea de piedra. Bajar hasta el pie de la montaña seria una dura tarea. Pero, se dijo, él lo iba a conseguir. Comenzó a descender, escuchando aún los agudos gritos del gran águila.
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