El delta del Río Anular era una zona pantanosa atestada de insectos. En alguna época, había existido un gran puente para cruzarlo, el mismo era una continuación de la R- Sesenta y seis, que bordeaba la costa del océano Templado, eludiendo los limites occidentales del Infierno Verde. Así se llamaba la selva impenetrable del planeta Arena.
Las ruinas del puente se asomaban entre raíces podridas y totoras. No había forma de salvar ese obstáculo.
Sálvat estuvo horas pensando, buscando con su moto robot, Sandy, algún pasaje. Venía del sur, desde un sitio lleno de estadios con el ridículo nombre de Metallica City, donde se practicaban toda clase de deportes extremos. Estuvo un par de días viendo como gran cantidad de locos suicidas atravesaban llamas y chocaban con sus autos. Hasta que le ofrecieron participar y abandonó el lugar.
Seis días atrás, franqueaba la frontera del Distrito Sur, en cuyo desierto había pasado la mayor parte de la vida. Su rumbo lo obligaba a cruzar el Distrito Medio y todas las personas le habían advertido sobre la jungla: “No debes internarte en el Infierno Verde, moran allí criaturas perversas e inhumanas que se alimentan de personas”
La experiencia le decía que todo rumor tiene un origen real, y no sentía la menor curiosidad de corroborar aquél. Por eso siempre llevaba la escopeta preparada y las armas de la moto robot cargadas. Guió a Sandy bordeando el río Anular.
Tal vez hay otro acceso en el inicio del delta, pensó.
Sabía que los convoyes que transportaban petróleo a los países del norte utilizaban una autopista en buenas condiciones, pero no permitían el paso a nadie que no fuera de la compañía petrolera.
Ya caía el crepúsculo y la línea verde de espesura, en la otra orilla, se convirtió en una pared negra que lo separaba de un mundo misterioso. Las estrellas, lucían apagadas; antes de que el sensor meteorológico de Sandy lo anunciara supo que se avecinaba una tormenta, era su capacidad de adelantarse a los sucesos. Y no era la única que tenía, su telepatía le obligaba a estar lejos del mundo de los pensamientos para tener paz; esa selva que todos temían podía ser un paraíso para él.
La moto robot encendió las luces para evitar los marjales, desviándose obligadamente hacia el meridiano. Sálvat se asombró por la cantidad de luciérnagas, parecían las dueñas de la ribera. Llegaron a una sección abierta, con escasos arbustos, retorcidos por las inundaciones. Eran sauces formando un círculo en la fronda. Los ojos del Nómada advirtieron algo que le erizó los cabellos: No hacía mucho, en ese sitio se había levantado un campamento.
Eso no era lo que le escamaba, pues no temía a ningún ser humano, pero cuando vio un par de bidones de gasolina con el logo de Progreña, deseó estar en cualquier otra parte.
—Sandy, apaga las luces. —ordenó apeándose para examinar las huellas, prefería hacerlo a oscuras, aunque los ojos eléctricos lo detectarían igual. Las circulares pisadas de las bastidas robóticas se distinguían perfectamente. Eran robots blindados, alquilados en algunas ciudades para exterminar a los habitantes de las zonas descampadas. Medían seis metros de alto y Sálvat había visto como exterminaban comunidades enteras sin discriminar a mujeres o niños, siempre pensaba que un día descubriría como destruirlos y no dejaría ninguno. Calculó que esa patrulla contaba con tres Matadolores, el nombre que le daban los nómadas.
—¿Las detectas, amiga? —preguntó a la moto, mientras la montaba.
—Están lejos de mis sensores, pero es lógico pensar que se desplazaron a una zona de terreno firme —dijo Sandy con su femenina y sensual voz—, esas máquinas tienen motores que necesitan agua para la refrigeración.
—Entonces nos apartaremos del río, dando un gran rodeo —dijo el hombre, al tiempo que giraba el manillar hacía la izquierda. No tardó en descubrir que el río Anular describía una curva que lo apartaba demasiado de la ruta septentrional, un desvío que lo retrasaría semanas.
La tormenta se abatió sobre el mundo a medianoche, conducir bajo el lacerante aguacero le rompía los nervios, así que cedió a Sandy el manejo. Se arrebujó en la capa, aterido de frío, maldiciendo la mala fortuna, al puente derruido, a la lluvia y a las máquinas asesinas de Progreña. Su humor empeoró cuando no avistaron ningún reparo, alrededor se extendía un campo de pastos duros, una alfombra gris y lodosa, iluminada a intervalos por los relámpagos.
Sin otra opción, continuaron.
Unos pueblos atrás, Sálvat, había cargado archivos con mapas en el disco rígido de Sandy. Eran planos acompañados con breves descripciones que se actualizaban constantemente por usuarios en la red, pero el Nómada nunca se conectaba con la computadora de la moto, un instinto indescifrable se lo impedía.
—Muéstrame todos los mapas que tengas de este sitio, Sandy. —pidió.
La pantalla del tablero se iluminó. No había muchos mapas, sólo un par y eran casi idénticos. Al parecer, ningún conocedor de la zona era aficionado a internet. Siguiendo los meandros del río Anular, descubrió un bosque llamado Luh, sin ninguna otra referencia. El nombre no le sonaba a nada, estaba muy alejado del camino que había planeado. El soto se asentaba en las laderas de una cordillera sin nombre que contenía el lago donde, decían, se originaba el río. Nadie lo sabía a ciencia cierta, en ese momento pasó sus dedos por la pantalla y se abrió una pequeña ventana con una simple leyenda: Advertencia, aquí hay fantasmas.
La cita le hizo sonreír, un insomne usuario lo habría colocado allí. A veces, imaginaba que la ciencia descubriría como detectar a la enorme población de criaturas que comparten el mundo con los humanos. Seres que solían ser tomados como dioses, ángeles o demonios. Esos duendes no eran mejores que los hombres a su entender, pero tenían la ventaja de moverse por lugares inaccesibles para la gente. Sin embargo eran salvajes, esclavos de la naturaleza. Por eso se reía cuando se referían a ellos como sobrenaturales. La denominación era inadecuada, porque su comportamiento estaba atado a las leyes del universo, contrario a lo que hacía la humanidad. No obstante sabía que la ciencia, a pesar de todos los males que acarreaba su uso negligente, iluminaría el futuro.
Sandy aceleró, para acortar la distancia con el bosque de Luh y la lluvia arreció, pero cuando dos latigazos plateados hicieron aparecer los primeros árboles, Sálvat rió con ganas. Se adentraron en una oquedad, entre troncos escorzados y gruesas raíces enredadas, donde la negrura era espesa y la tormenta apenas un rumor contenido en las enmarañadas copas. Sandy aumentó la potencia de sus faros, pero poco se distinguía entre los troncos. Para el Nómada era algo nuevo, jamás había visto una cantidad semejante de vegetación, acostumbrado a los oasis, estar frente a árboles tan viejos lo impresionó. Algunas gotas dispersas recordaban que la tormenta continuaba fuera. El viajero sacó algunas vituallas del portaequipaje para alimentarse, mientras lo hacía descubrió un orondo árbol, con raíces tan gruesas como su torso y ramas que se extendían más allá de la vista, un ser que podía tener un siglo de vida, según había leído. Era un testigo del holocausto ecológico y la caída del hombre. Lo tentaba, porque Sálvat usaba un truco para recuperar fuerzas en las ocasiones que se veía privado de sueño o descanso. Lo llamaba robar energía, solía hacerlo desde niño y muchas veces inconscientemente. Se trataba de estar cerca de una persona y tomar su vitalidad, el resultado era que la víctima se sentía agotada, con mucho sueño y nunca se daba cuenta que le había ocurrido. Luego aprendió a hacerlo con animales y árboles. Con estos últimos el vigor que obtenía era incomparable, sin ningún residuo. Pues con los humanos también se tomaba la angustia y la amargura. El sólo hecho de fantasear con beber la energía de aquel árbol, bastó para que se tendiese entre sus raíces. La vitalidad fluyó como un torrente en su organismo, desde las profundidades, donde la gran raíz sorbía agua y minerales. Y la historia del viejo árbol lo embargó, no como algo traducible, apenas la sensación de la quietud añeja en el corazón de aquel pacifico ser.
Iba a incorporarse cuando los sintió, arriba, en las ramas más altas. Eran como sombras fugaces volando entre las hojas. Corrió junto a Sandy para brincar sobre el asiento y desenfundar su escopeta. Ante ese gesto, la moto reaccionó activando sus ametralladoras frontales.
—¿Qué ocurre, Sálvat? — dijo con su sensual voz.
—No sé que son ¿No los detectas?
—No percibo nada.
El Nómada pensó que quienes los rodeaban podían ser invisibles a la electrónica de Sandy. Sombras fugaces se escapaban por el rabillo de sus ojos. No tenía intenciones de regresar a la tormenta.
—¿Puedes acelerar en esta floresta, amiga?
—Mi guía láser está creando un registro, tengo dos caminos despejados, pero no puedo saber que hay más allá de doscientos metros.
—Con eso me basta, alejémonos de aquí, Sandy.
La moto dio un brinco y se internó en las curvas del bosque, el colchón de hojas se elevó alrededor cubriéndolo todo. Al instante, las sombras se abalanzaron sobre Sálvat, tocándolo con dedos helados. Sin embargo, la moto no conseguía dejarlos atrás, se desplazaban entre las ramas con notable soltura. Sus formas se hicieron más definidas al aproximarse, eran humanoides, delgados, vistiendo una especie de gasas harapientas y reían. Podía escuchar sus carcajadas burlonas sin sonido —¡Estaba oyéndolos telepáticamente!—. Siguiendo el pasillo de troncos y enramados, apareció un claro circundado por encinas. Extrañamente el cielo se veía despejado en ese lugar, las sombras se formaron alrededor, meciéndose como espigas, el brillo de los ojos lo atravesaba. Sálvat no dudó y abrió fuego.
—¡Acribíllalos, Sandy! —No sabía que eran, pero estaba seguro de su hostilidad. Las balas tronaron en el bosque, pero las sombras las eludieron, las carcajadas se incrementaron y empezaron a cercarlos. El nómada se vio perdido con la escopeta totalmente inútil.
—Sandy —dijo—, si caigo, ve por ayuda. Huye, es la única alternativa.
Una figura se adelantó, los faros de la moto definieron el contorno de una mujer. Muy delgada, de rostro afilado y piel de marfil. La larga cabellera negra se confundía con los harapos oscuros. Movía los labios murmurando en silencio, La boca roja torciéndose en una sonrisa.
Sálvat cargó la escopeta y le disparó al rostro. Inefablemente la mujer desapareció para reaparecer a su lado tomándolo del cuello. La presión lo ahogó, pero logró gemir:
—Vete, Sandy…
Se sintió arrancado del asiento, toda su fuerza era nada contra la poderosa garra que lo aferraba, Su espalda golpeó el suelo cuando vio precipitarse a las sombras. Antes de desvanecerse, creyó oír el motor de Sandy, acelerando.
Cuando recuperó la conciencia, lo llevaban en andas. Avanzaban velozmente por un camino enlosado. Columnas de piedra, cubiertas por gruesas capas de musgo aparecían ruinosas, convertidas en alimento de la hiedra. Cruzaron salones polvorientos y pasajes subterráneos, no había ninguna luz, al parecer aquellos seres no la necesitaban. Al final llegaron a una cámara circular, a varios metros bajo el suelo. Una deformada losa de piedra fue apartada, descubriendo una oquedad. Allí fue lanzado sin miramientos y antes de pudiese incorporarse, volvieron la losa a su posición original. Sálvat empujó con fuerza, pero ni siquiera se movió.
Después de estudiar el lugar se dio cuenta que la única manera de salir era a través de esa entrada. Se sentó para pensar, esperaba que Sandy hubiese conseguido alejarse, no conocía esa parte del mundo y le intrigaba el poder de aquellas criaturas, pero sintió alivio de que lo mantuviesen con vida.
¿Con qué propósito?, pensó.
La respuesta no se hizo esperar, la mujer de marfil corrió la losa con facilidad, para quedar encerrada a solas con él. Su presencia lo embriagó. Reconoció en el acto, ordenes telepáticas, aquella criatura se desnudó con evidentes intenciones sexuales. Sálvat no era la clase de personas que se dejaban usar.
—¡Vete de aquí, bruja! —gritó—. No lo tendrás fácil.
—Tampoco es ese mi deseo —sonrió ella, revelando que conocía el idioma—. Gozaré mucho con vuestra resistencia, todos os sometéis, más tarde o más temprano.
La criatura saltó para caerle encima, los esfuerzos del Nómada fueron estériles. Lo privó de la ropa, arrojándolo al suelo como un muñeco. La mujer se le subió a horcajadas. Sin explicación, la respuesta sexual de Sálvat fue inmediata ante la tibieza del contacto con el sexo de la criatura. Los movimientos eran histéricos, arrebatados, sin miramientos para el cuerpo del Nómada. Envuelta en sudor helado, ella se conmovió con fuertes estertores y desde la profundidad de su interior nació un gemido que se convirtió en ronquido para terminar en un grito. Las paredes de roca lo devolvieron amplificado. Sálvat no consiguió mover un solo músculo, apenas podía respirar. Ella se acuclilló a su lado.
—Os vi a la entrada del bosque —dijo—, contemplé lo que le hicisteis al árbol. Eso me intrigó. No sé como lo aprendisteis, pero cuando acabe con vos lo sabré. Beberé hasta la última gota de vuestra vitalidad, sois delicioso y debéis saber que nunca saldréis de aquí.
Recorrió con las manos el cuerpo abatido de Sálvat y sin aguardar más se sentó sobre él, reiniciando el rito sexual otra vez.
Los días siguientes, las visitas de la mórbida anfitriona fueron de la misma intensidad. Sálvat no entendía como, a pesar de su terrible agotamiento físico, su sexo respondía a las demandas de la mujer. Supuso que podría ser una especie de telekinesia. En ningún momento le ofrecieron alimento, pero siempre tenía un hilo de vida para copular. Se sintió perdido, a ese ritmo el corazón le fallaría. Ya desde el primer encuentro intentó sondear la mente de su captora, sin embargo se encontró con un muro insuperable, no podía leerle la mente.
Escuchó que retiraban la losa y ella entraba otra vez, el andar sinuoso de su formas enloquecerían a cualquier mortal. Gateó hasta él, con su roja sonrisa carente de piedad.
—¿Ya estáis dispuesto a ceder? —ronroneó ella—. Casi todos sucumben locos de pasión a esta altura. Les gusta entrar en mí, dándome energía, una muerte llena de placer. ¿Queréis eso?
—Si pudiese… —jadeó Sálvat apenas—, te llevaría a patadas por todo el maldito bosque.
Ella se envaró, de cuclillas a su lado. Estaba desnuda, en las sombras, el ebúrneo cuerpo parecía resplandecer y el cabello brillaba con tonos azulados.
—También habéis intentado entrar en mi cabeza —dijo—. ¿Qué clase de mortal sois?
—Me llamo Sálvat.
—¿Sálvat? —Repitió ella con desdén—. Un nombre salvaje, Yo soy Dybora Shapplina, este es mi territorio.
—No les gustan las visitas…
Dybora no captó la ironía.
—Algunos ilusos como vos vienen y me encanta consumiros. Aceptad vuestro destino, viajero. Ya estáis muerto, si sois inteligente lo disfrutareis. —Sin perder tiempo, Dybora se subió a él, dándole la espalda. Tomando el sexo masculino y usándolo como si fuera un juguete.
Cuando vio caer a Sálvat, Sandy aceleró a máxima velocidad, se alejó hacia el interior del oscuro bosque, eludiendo troncos y accidentes del terreno. No detectó a los enemigos que su amo enfrentó, pero nunca dudaba en obedecer. Tenía que buscar ayuda. Los árboles se cerraban creando muros compactos, sin poder evitarlo, la moto robot se vio obligada a continuar un camino trazado antiguamente, lleno de torceduras, atravesando vados y túneles de roca.
La segunda noche, desde que dejara a su amo, apareció en su rumbo una colina desnuda, cubierta por una alfombra verde de suave hierba. Mientras ascendía por la ladera, pudo detectar que la cima estaba llena de figuras grises y blancas, la noche sin luna les daba la apariencia de ser parte de un sueño. Eran estatuas, supuso Sandy, pues tenían formas humanas, pero no registraba nada, ni calor o movimiento. Casi un centenar de figuras estáticas, de pie. Los sensores de la moto estudiaron la figura más próxima, una mujer alta con una enorme trenza cayéndole por la espalda. Todo en ella era blanco. Sandy usó un flash y tomó dos fotos. En ese instante, descubrió que los ojos de la estatua se movían para posarse directamente en ella.
El Nómada jadeó con cansancio, mientras Dybora se agitaba convulsivamente. La extraña mujer entregaba cada milímetro de sus sentidos al éxtasis. Con el cuerpo húmedo y brilloso, arqueó la columna, exhalando resuellos de placer que estremecían la piel de Sálvat. El corazón del prisionero comenzó a fibrilar, anunciando la muerte, pero Dybora no cejaba. Acercó el rostro para inundarlo con su aliento, los ojos vueltos hacia atrás y de repente se congeló.
Con un movimiento brusco y odio dominando sus facciones, apartó a Sálvat. Este cayó en el duro suelo con su corazón tratando de recuperar el ritmo.
La mujer, se vistió con sus gasas y murmuró entre dientes:
—¡Maldita, ramera!
Dybora apartó la losa, sin olvidar cerrar la cueva y corrió escaleras arriba. Su furia se notaba en cada paso, comprimía los puños, lanzando maldiciones ininteligibles. Cerca de la entrada había un estanque que brillaba en un verde oscuro. Allí se zambulló para mermar su rabia. Al salir, en el otro extremo, subió con un andar moderado los escalones. En la entrada de su ruinoso cubil estaba la moto del prisionero, a la que no dedicó ni una mirada, toda su atención fue para la mujer que la acompañaba, una belleza rubia de insondables ojos azules; parecía la antitesis de ella.
—¡Salve, Dybora! Ha pasado mucho tiempo… —saludó la dama de cabellos de oro.
—¿No esperareis una bienvenida, no? ¿Qué diablos queréis? —rugió la otra.
—El prisionero, libéralo. —aunque expresada con suavidad la frase no dejaba de ser una orden.
—Si bien sois hija de las estrellas, este sigue siendo mi territorio, Candys Lamildan. —replicó la mujer de oscuro.
—Aún…Pronto tendremos una Luna Violeta y se decidirá —expresó Candys adelantándose—. Devolved la libertad al mortal, no me obliguéis a romper el protocolo.
Dybora parecía querer golpear algo. Posó sus ojos en la otra y dijo.
—¿De protocolo habláis? ¿No jurasteis jamás despertar, a menos que un ser puro de corazón os lo pidiese?
Candys sonrió y posó una mano sobre Sandy, a modo de respuesta.
La otra mujer apretó los labios, meneando la cabeza.
—Liberado será —respondió—, pero yo no me apartaré de las formas. Regresad a vuestro lugar. Si él debe conoceros que sea por sus propios medios.
—Sea. —fue la única respuesta de Candys, antes de alejarse con la moto robot.
El rumor de la losa al ser retirada, despertó a Sálvat, que se alegró de continuar vivo. Todo estaba en penumbras. Aguardó que Dybora entrase a matarlo de una buena vez, pero nunca apareció. Se vistió, atento a cualquier sonido o movimiento más allá de la entrada. Buscó otras mentes con su telepatía sin resultado, pero no confió en esa habilidad, sabiendo que su captora podía bloquearlo. Salió a la sala circular y luego ascendió por la escalera de roca, sospechando de una trampa. Su corazón estaba débil, le era imposible apresurarse sin sentir un dolor agudo en el pecho. Cuando encontró el estanque verde pudo vislumbrar la salida, más allá de las columnas. Continuó, con el dolor subiéndole por la garganta; tenía el brazo y la pierna izquierda adormecidos, como exhaustos de un esfuerzo que jamás realizaron.
¡Maldición! Estoy enfermo.
Las sienes le estallaban cuando atravesó el portal de la entrada, el aire del exterior lo reanimó, aunque la garganta no dejaba de latirle. Resbaló en el musgo y cayó rodando hasta el lindero del bosque. Cuando se incorporó, sus ojos captaron un resplandor lechoso entre las ramas, la única prueba de que el sol seguía existiendo. Sentía que sólo le quedaba un halito de vida, ni siquiera podía gritar para pedir auxilio.
Pero igual avanzó.
Tropezando con raíces y recibiendo rasguños de hojas y ramas. El bosque de Luh, le recordaba más a una caverna tortuosa. Aquel laberinto sin salida le crispaba los nervios. El bisbiseo de un manantial fue el único punto de referencia que siguió, cuando lo oyó claramente, el suelo desapareció bajo sus pies y se desplomó por un súbito barranco. Unas coníferas jóvenes frenaron su caída hasta que sintió la frescura de un arroyo en el rostro. Entonces escuchó la risa, una mano suave le acarició el rostro y toda dolencia desapareció. Se apoyó en un codo para ver quién le ayudaba.
El rostro estaba en sombras, con el sol brillando detrás. Los cabellos de oro de Candys no deslumbraban tanto como la jovial sonrisa que le dedicaba.
—Hola, Sálvat —saludó con una voz sincera—. No dudé que llegaríais, Sandy os ha elogiado bastante.
—¿Mi moto está bien? —Quería saber eso antes de continuar hablando.
—Claro, ella me aviso de vuestra captura. Pronto la veréis, primero tenéis que reponer fuerzas, las necesitareis.
Sálvat no preguntó para qué, se sentó mejor, para verla. Era hermosa, de una manera diferente a todas las mujeres que había conocido. Tenía la sencillez de una niña y la madurez de una dama. Para un hombre que llevaba viajando largo tiempo sin ver a otro ser humano, una hermosura así despertaría el más simple deseo, pero había algo en Candys que la colocaba a años luz del alcance de cualquiera. La blancura de la piel, se le antojaba suave y a la vez lejana, como algo ajeno.
—No eres humana. —dijo el Nómada pensando en voz alta. Candys se echó a reír sonoramente inclinando la cabeza, dejando que los bucles formaran una cascada en su espalda.
—Acertáis a medias, soy mitad humana, soy yeilina —Candys se incorporó, invitándolo a hacer lo mismo—. Tendréis respuestas, a muchos más interrogantes de los que imagináis —agregó enigmática—, pero antes venid a mi casa.
La casa de Candys era parecida a un auditorio con cúpula y columnas, rodeado de jardines. Frente a la entrada, una fuente bullía, ella bebió y se sentó en una de las dos únicas sillas que formaban el mobiliario. Antes de que Sálvat hablase, dijo:
—Dybora, también es de raza yeilin y ambas estuvimos aquí, antes del ocaso de vuestra civilización —el Nómada intentó acotar algo, pero ella lo detuvo con un ademán para continuar—. En los albores de la historia humana, los dioses coexistían con nuestros antepasados en este planeta. No os habló de seres con nuestro aspecto, esclavos de sus pasiones, me refiero a pensamientos creadores para los cuales esas cosas no tienen significado. Para instruir a los humanos, vinieron los Extrin, también conocidos como Primordiales; no se sabe si de nuestro propio futuro o de otra dimensión. De la unión de esta raza con la humana, nacieron los yeilines —ella dejó que Sálvat asimilase la idea, antes de seguir—. Y por cierto, vivimos hasta que algo destruya nuestro cuerpo, un accidente o el asesinato, pero como descubriréis, no es muy sencillo que eso ocurra. Cuando el holocausto se avecinaba, los yeils se fueron con sus padres Extrin; sólo algunos, como Dybora y yo, decidimos quedarnos.
—¿Por qué? —la pregunta de Sálvat fue instantánea.
—Porque nos enamoramos de esta tierra, pensamos que podíamos restaurar el daño ecológico y devolverle el encanto que tuvo, pero nuestros logros siempre eran inferiores a la contaminación que crecía día a día.
—Dybora parece haber olvidado todo eso…—sonrió Sálvat con ironía.
—Eso fue después y aquí el relato se os pondrá interesante. Pero ahora os toca hablar, contad un poco vuestra historia.
—Pues… —Sálvat trató de ordenar sus ideas, nunca antes se había visto en la necesidad de hablar de si mismo. Más bien estaba acostumbrado a ocultar su pasado y eludir todo comentario al respecto—. Me crié en orfanatos, sin saber quienes fueron mis padres. A los doce años fui capturado por los nómadas del Desierto Grande y me transformé en uno de ellos. Poco después de cumplir veinte años, descubrí que un espíritu vivía en mi interior. Me daba ciertos poderes, como leer la mente y ver el futuro, pero también me obligaba a realizar las bajezas más inmundas que puedas imaginar. Unos espiritualistas del sur me ayudaron a extirparlo de mi cuerpo, estoy convencido de que ahora vive en otra persona y quiero encontrarlo para darle su merecido.
—¿Y descubristeis el nombre de ese espíritu?
El viajero se preguntó si podía confiar en esa mujer que decía tener siglos de edad, pero también sabía que estaba libre debido a su intervención.
—Se llama Dimán.
—¡Ytenve! —Dijo ella incorporándose, era la primera vez que la veía perder la compostura—. Habéis corroborado mi sospecha.
—¿Lo conoces?
—Es el nombre de quien provocó el hundimiento de la civilización, un manipulador que retorció a tantos hombres como pudo para lograr su meta y no es ningún espíritu, es un brujo que ha aprendido muchos trucos en este tiempo —el rostro de Sálvat expresaba perplejidad—, su plan es consumir la vida y abrir un canal hacía otra dimensión para que sus demonios vaguen libremente en este mundo. Pero sin acólitos, es menos que nada —Candys se paralizó como intentando reproducir en su mente acontecimientos del antiguo pasado—. Durante el periodo de paz, después de la revuelta de mi pueblo, perdonamos a Dimán y lo dejamos ir libremente a todos los países, fue nuestro gran error. Nos enemistó con nuestros vecinos, sembrando desconfianza y la guerra se extendió por todo el planeta, todas las alianzas se rompieron; peleábamos hermanos contra hermanos. Yo misma lideré algunos ataques, sin embargo la peor parte la llevaron los humanos: ellos usaron armas de destrucción masiva y terribles venenos químicos. Dimán se ocultó y liberó una peste que contaminó el aire, matando casi la totalidad de la población. Los yeilines nos rendimos.
La mujer apoyó la espalda en una columna, el recuerdo oprimía su corazón.
—Nuestros padres, los Primordiales, vinieron para llevarnos. Fue entonces que me negué a abandonar este planeta, tenía la esperanza de recuperar la gloria de antaño, o al menos hacer algo por los pocos humanos que quedaban. Dybora se unió a mi grupo, aunque su propósito no era el mismo. Los Extrin se fueron, advirtiéndome que el destino del mundo me apresaría y que siempre estaría a tiempo para llamarlos.
—¿Qué pasó con Dybora? —Indagó Sálvat.
—Sí, eso aconteció poco después —La yeilina volvió a sentarse para mirar el rostro de su invitado—. Los humanos sobrevivientes no se parecían en nada a los que conocíamos, eran salvajes, apenas hablaban y se alimentaban de sus congéneres. Tomaron desprevenidos a muchos yeils y los mataron. Nos vimos obligados a ocultarnos, así encontramos el bosque de Luh y el lago Anular, en las cumbres de cal. Guié a los míos hacia el este y allí cree el Pequeño Bosque.
—¿Creaste?
—Sí —sonrió ella—. Dispongo de buenas herramientas para ello, también para levantar una ciudad.
—Me encantaría verlas.
—En su momento, dejadme terminar de contarte sobre Dybora
—Claro. —asintió el Nómada.
—Creció en ella un profundo odio hacia los humanos y los yeilines que se marcharon. La tierra se secaba, sufríamos hambre y sed. Muchas veces le pedí que cruzara las montañas hacia el Pequeño Bosque, pero ella prefería mantenerse en Luh. Transcurrió un siglo, donde cada una se dedicó a su territorio. Fue en ese periodo que arribo a Luh un viajero con noticias de asentamientos humanos. Notó que Dybora y su gente desfallecían de hambre, entonces les enseñó un truco para recuperar fuerzas.
—Robar energía. —acotó Sálvat, ella sólo lo miró, asintiendo.
—No puedes imaginar como es un yeil famélico que no ha probado bocado en décadas. Dybora salió a cazar y con los suyos devoró poblaciones enteras, parecía que nada podía saciarlos. Y no se contentaban con dejarlos exhaustos, los absorbían hasta secarlos. Cuando acabaron con todos sus vecinos, retornaron a sus casas y transformaron el pasaje por el bosque en una maldición para todos los viajeros.
—¿Y él que les enseñó eso?
—No volvieron a verlo, tarde descubrieron que fue Dimán en persona quién los retorció. Cuando me enteré, fui con los míos a la ciudad de Luh, la encontré abandonada, casi tragada por el bosque. Dybora nos salió al encuentro llena de furia. Hubo lucha y en cada bando quedamos con más caídos que sobrevivientes. Decidí parlamentar con ella, fuimos solas al lago Anular, en las montañas.
Hay ahí, una profunda quebrada llena de amatistas. Esa noche era plenilunio. Entre los farallones nos iluminaba una enorme esfera violeta.
—Si continuamos así, nos extinguiremos, Dybora. —comencé yo y ella replicó:
—¿Qué importa eso? Estamos muertos desde el mismo maldito instante en que decidimos quedarnos en este planeta.
—¿Es por eso que os degradáis? —rugí—. Siempre está la esperanza.
—La maldición del planeta nos ha contaminado, es mejor aceptarlo que vivir en una fantasía.
—Esas son palabras de Dimán —aclaré y miré a la luna, en ese momento me pareció llena de magia, como un signo donde Ytenve me recordaba que nunca es tarde—. No podemos continuar así —repetí—. Quizá tengáis razón y toda alma pura haya desaparecido, sólo el tiempo lo decidirá.
—¿Qué queréis decir?
—Hagamos un juramento, aquí, bajo la Luna Violeta, un pacto de no agresión. Me hibernaré con los míos y así quedaré hasta que una alma pura me invoque.
—¿Y yo?
—Os mantendréis en Luh, libre mientras duermo. Será un tiempo para meditar.
—Me encanta la idea.
—Pero si alguien me despierta, arreglaremos nuestras diferencias, cuando vuelva la Luna Violeta.
Luego nos separamos, ella contenta, convencida de que jamás volvería verme, pero yo creo en los signos y sabía que algún día me despertarían.
—Entonces —cerró los puños el Nómada—, habrá un enfrentamiento. —Sabía que los yeils se valían de imágenes telepáticas para engañar, así habían hecho con él, era la razón de que Sandy no los viese en la entrada del bosque.
—Sí, pero faltan dos días para la Luna Violeta —comentó Candys—. Me encantaría disfrutar de vuestra compañía durante ese tiempo, si no os molesta.
Sálvat vio aquella diosa de cabello rubio y se mordió el labio inferior, diciendo que sí, con la cabeza.
Más tarde llegaron otros yeils, todos eran hermosos como Candys, de facciones perfectas. El Nómada estimó que eso sería fruto de manipulaciones genéticas o de la herencia por parte de los Primordiales. Trajeron una mesa de madera blanca y dispusieron una suculenta cena. Lo invitaron, pero percibió miradas recelosas de un grupo de yeilines, cuatro varones y una mujer. Tomaba las vituallas, cuando Candys se ubicó a su lado.
—¿Tenían naves para viajar a otros planetas y aquí necesitan de los brazos para correr este mesón? ¿Un mesón de madera? —sonrió Sálvat con curiosidad. Uno de los yeils desconfiados lo escuchó y se adelantó a la respuesta de Candys.
—Es porque amamos el equilibrio ecológico, algo que un animal salvaje como vos jamás comprenderá —El rostro perfecto, con ojos de cielo, del yeilin lucía incongruente con la rudeza de las palabras, sacudió su cabellera de oro con desprecio. Candys los miró, el Nómada entendió que les hablaba usando la telepatía, porque no percibió ningún sonido. El grupo de yeils que estaba molesto se incorporó para alejarse, pero el que había hablado, protestó:
—Este no es un ser inocente Candys, tiene las manos manchadas de sangre, ha maldecido gente y quién sabe que más es capaz de hacer.
—¿Quién fue escogido para tomar las decisiones de los yeils? —Candys habló con suavidad, pero sus ojos azules parecían arder—. ¿Yurglen o Candys?
—Vos tenéis la sabiduría. —musitó el yeil llamado Yurglen y se marchó.
Candys sirvió un plato de legumbres para el Nómada, los otros yeils de la mesa le preguntaron sobre el mundo. Sálvat respondió lo que pudo, sólo conocía el Distrito Sur, del norte y de la selva tenía nociones por los informativos de internet, y desconfiaba de su veracidad.
Luego bebieron con alegría, haciendo que el viajero olvidase el peso de las angustias del mundo.
Cuando las nubes se tiñeron de lila y el sol se ocultaba entre los picos de las montañas de cal, Candys lo tomó de la mano, apartándolo hacía el borde del bosque, donde la ladera ascendía. Se detuvo, volviéndose para mirarlo directo a los ojos, era la única mujer que podía hacerlo, Sálvat medía dos metros exactos.
—Me gusta tu mente. —dijo ella.
—A Yurglen parece que no.
—Yurglen tuvo malas experiencias con otros de vuestra especie, una herida que no desea cerrar, pero deberá hacerlo —pestañó ella restándole importancia—. Seguidme, deseo mostraros algo.
Dieron dos pasos y en ese momento, Sálvat descubrió la entrada a una caverna, estaba seguro de que no esta allí, minutos antes, pero ya comenzaba acostumbrarse a ese tipo de cosas en aquel lugar. Candys se internó en el túnel de roca, las paredes eran de piedras traslucidas, de tinte violáceo, algunas brillaban con su propia luz, alumbrando la estancia. Luego se abría a una bóveda de muros cincelados con columnas llenas de grabados, en el centro, resplandecía una mesa rodeada de baúles con objetos de cristal.
La yeilina permaneció contemplando aquellas piezas que despedían destellos de todos los colores, Sálvat las estudió, había copas, collares, brazaletes, coronas, todo de cristal. Aunque también había dagas, arcos, flechas, escudos y espadas. Entonces descubrió una vitrina que contenía una pistola, el cristal brillaba con tonos azulados.
—¿Y eso? —preguntó, pero Candys le dio una respuesta general.
—Es Cristal Viviente, un material de otro mundo. Indestructible y empático con aquel que lo use, confiere gran poder. Los primordiales piensan que es una forma de vida.
—Parecen objetos, digo, tienen formas de cosas que usamos diariamente y de armas.
—Esas formas se las dimos nosotros —aclaró ella—, un escultor de Cristal debe utilizar su mente, ninguna mano, ni cincel tocó estas piezas para darles forma. A mi parecer son creaciones de seres más avanzados de lo que podemos imaginar. Como robots, pues actúan siguiendo principios inquebrantables, obedecen, pero tienen personalidad propia.
—¿Has utilizado alguno?
—Por supuesto, con el Cristal pude crear el bosque y la ciudad.
—¿Y esa pistola? —dijo Sálvat ya sin poder contener su curiosidad.
Candys la retiró de la vitrina y la sostuvo entre las manos. Sálvat contempló los detalles del arma.
—¿Quién la hizo? —dijo mientras pensaba en empuñarla.
—¿A quién le importa eso? —Sonrió Candys—. Tomadla.
El Nómada la esgrimió, probando la mira y el peso. Casi no podía notar la diferencia con su mano, como si el Cristal fuese parte de su extremidad.
—¡Vamos a probarla! —invitó la mujer yeil extendiendo la mano para que él le devolviese la pistola.
Salieron, las primeras estrellas hacían acto de presencia. Ascendieron por el barranco, torciendo hasta llegar a una cuña del bosque, en el norte. Allí la pendiente era menos aguzada, continuando la sucesión de árboles en dirección a Luh. Como estaban en una zona elevada, podían contemplar con facilidad los senderos entre los troncos. Candys se detuvo colocando una mano en el pecho del Nómada.
—Mirad eso. —murmuró a su oído.
No necesitó concentrarse mucho, ahí, entre los árboles, avanzaba un Matadolores, un blindado con patas articuladas, lleno de cañones, lanzamisiles y ametralladoras, la torre artillada giraba a seis metros del suelo. Un círculo rojo en el frente, indicaba su ojo eléctrico, sondeando el área.
—¿Qué es? —dijo Candys.
—Una máquina para matar gente que no vive en ciudades, las fabrican en un país del norte llamado Progreña —Sálvat gruñó de frustración—. Nunca pude encontrar una debilidad para destruirlos, sólo nos queda huir.
—No esta vez. —sonrió ella. Descendieron unos metros para valerse del reparo de los árboles. El Matadolores avanza con estruendo, dañando todo a su paso, cuando quedó al descubierto, entre dos enormes robles, Candys se asomó, con el arma apuntándole. Hubo un destello silencioso, Sálvat contempló dos poderosas estrellas plateadas impactando debajo del tronco del blindado, justo sobre el eje que unía las patas mecánicas. El Matadolores se inclinó y el propio peso quebró la unión con la unidad motriz. Todo el cuerpo cayó, dejando las patas inútiles e inmóviles delante.
—He ahí su punto frágil, la coyuntura con las patas, en la parte posterior —dijo Candys con expresión de triunfo—. Ahora el ojo eléctrico sólo ve el cielo, no puede apuntar las armas y las patas ya no reciben órdenes.
Se acercaron a paso lento hasta la máquina que intentaba en vano incorporarse. Candys volvió a disparar, dando de lleno en el cuerpo del Matadolores, destruyendo su CPU, dejándola inmóvil.
—Necesito esa arma, Candys. —arguyó el Nómada y ella estalló en una risa argentina al ver la ansiedad en el rostro del viajero. Sin contestarle se encaramó en la máquina caída, moviéndose divertida, en puntas de pie sobre el armatoste.
—Hay una ley que nadie hasta ahora ha podido ignorar —habló ella conteniendo la risa—: Todo tiene un precio, Sálvat, el Nómada —sostuvo el arma ante sí—. Esta pistola de Cristal has de ganarla y confío en que lo lograreis.
Caminaron bajo las copas de los árboles varias horas. El Nómada le habló sobre su propósito de hallar a Dimán y matarlo. También el de descubrir sus orígenes, de donde venía.
—La curiosidad es algo muy difícil de controlar —comentó ella—, muchos te aconsejarán que lo dejes, que vivas sin pensar en ello. Pero pocos lo consiguen —dirigió la mirada al lindero del bosque, donde la vegetación se volvía salvaje—. En esta selva llamada Infierno verde sólo hay brutalidad, pero encontrarás amigos y enemigos. Más allá, encontrarás tu origen y al brujo, aunque es posible que no te guste saber la verdad.
—¿Sabes algo que yo ignore?
—No es eso —se excusó Candys—. Se trata de los signos bien interpretados. El universo siempre insiste en mantener un orden, a pesar del caos constante. Debe haber una razón para que todo esto se os mantenga en la oscuridad.
—¿Qué puede ser?
—¡No lo sé! Siempre hay algo por encima nuestro, por más alto que subáis.
—Debe haber una cima. —masculló Sálvat.
—¿Sí? ¿Habéis subido tan alto? ¿O conocéis a alguien que lo haya hecho? Aunque alcancéis la estrella más alta, descubriréis que hay otra sobre vos —ella notó desaliento en el viajero y le acarició la mejilla—. No sufráis, es hora de descansar. Mañana sólo os dedicareis a pensar en nada.
—¿Y cómo me ganaré la pistola?
Ella sonrió con los ojos, enigmática.
—Lo sabréis durante la Luna Violeta.
El día siguiente lo pasó junto a Sandy, Candys no apareció, en su lugar llegó un yeil de cabello castaño llamado Leglard, con el que habló de caza, pesca y agricultura. Sálvat le preguntó sobre la Luna Violeta, pero Leglard se limitó a decir que no era quién para explicarle, que no conocía los detalles y que ambos lo presenciarían la próxima noche.
El grupo liderado por Yurglen apareció hacia la tarde, Leglard se interpuso cuando los vio dirigirse en línea recta hacia el viajero, que en ese momento limpiaba a Sandy.
—Vuestra presencia provoca desarmonía aquí —dijo Yurglen por sobre el hombro de Leglard, dirigiéndose a Sálvat—. Y no podéis iros, no dejaremos que informéis a otros salvajes sobre nuestro hogar.
Sálvat apartó a Leglard para hablar cara a cara con los yeilines que no lo querían.
—No es culpa mía que Candys me hablé —dijo el Nómada—, tal vez la desarmonía ya estaba dentro de ustedes y me usan para justificarla.
—¿Qué podéis saber? De todos modos, pronto dejareis de ser una preocupación, después de la Luna Violeta todo volverá a estar como antes. —Yurglen se retiró con los suyos, dejando que su frase flotase en el aire como una amenaza. Sálvat se encogió de hombros y trató de no pensar, como le había sugerido la soberana de ese lugar.
El nuevo día comenzó, los yeils iban de un lado a otro preparando vehículos a energía solar. Lucían atuendos de cuero, con plaquines de oro y plata. Al verlos, Sálvat no podía disimular la sensación de maravilla que le causaban. Las yeilinas se veía hermosas con extraños tocados y trajes artesanales, ninguna prenda era igual a otra. Aunque había toda clase de colores, prevalecían el azul, el negro y el blanco. Todos se dirigieron hacia las cumbres de cal. Candys apareció vestida de azul, con el cabello sujeto por una fina corona de oro. Parecía resplandecer. Pidió que Sandy los acompañase y tomándolo de la mano iniciaron el ascenso.
La caminata fue lenta, Sálvat ofreció a la yeilina montar la moto. Ella le sonrió con los ojos y aceptó, sentándose con las rodillas juntas, mientras el Nómada caminaba a su lado. Sin embargo no cruzaron palabras. Sálvat se regodeó mirando el paisaje, cipreses oscuros y un camino de lajas con canteros llenos de flores, En todo momento los acompañó el trinar de avecillas, incluso cuando el sol se escondió. La noche llegó cuando avistaban la cumbre, una explanada circundada por montañas de rocas semitransparentes. En el centro brillaba como un espejo el lago Anular, la superficie quebrada en el centro por un islote. Había ruinas de un mausoleo ahí, por la arquitectura eran muy antiguas. Los yeils se formaron hombro con hombro siguiendo la forma de la orilla, Sálvat se ubicó s la izquierda de Candys, con la moto a su lado. Nadie hablaba cuando una enorme luna llena se ubicó entre dos farallones de amatistas erosionados por el río Anular que bajaba hacia el bosque, los rayos lunares se filtraron entre las piedras creando un manto violeta que inundó la cima. En la orilla opuesta, aparecieron los yeilines del crepúsculo, la gente de Dybora; dispersos, proyectando largas sombras sobre las losas. Ambos grupos caminaron despacio hasta hallarse frente a frente en la orilla teñida de violeta.
Al reconocer a Sálvat, Dybora le dedicó una sonrisa malévola que se borró cuando Candys dijo:
—Hoy es la Luna Violeta, bajo ella hicimos nuestro pacto. Acordamos que los yeilines no pueden tener dos líderes, decidiremos quién será.
—Mi campeón está impaciente —expresó Dybora al tiempo que una criatura horrorosa, mitad gelatina, mitad vapor tomaba consistencia entre los yeils del crepúsculo— ¿Dónde está vuestro paladín?
El Nómada miró estupefacto al engendro, la figura era humanoide pero imprecisa y con deformidades. Tenía un brazo demasiado pequeño y el otro enorme, con músculos entrelazados, las piernas no se le habían desarrollado del todo y apoyaba su existencia en las nudosas rodillas, arrastrando colgajos de piel y carne. Todo en él, el torso y el rostro, era incongruente. Bajo el resplandor violáceo no podía identificar su color, entre verde y azul a juzgar por lo oscuro de su apariencia.
De repente, Sálvat sintió una alarma tronando en su mente. ¿Qué había dicho Dybora sobre un paladín?
—Él enfrentará a vuestro monstruo. —dijo Candys señalándolo, la sonrisa de la yeilina no lo consoló, todas las miradas se centraron en él.
—“Por eso estáis aquí”. —Dijo la mujer de cabello dorado con la mente
—¿Puedo usar algún arma? —En ningún momento pensó Sálvat en negarse, se sentía en deuda con Candys, aunque de no ser así también lo habría hecho. Experimentaba una relación difícil de definir con ella, había amor claro, pero no era el tipo de emoción que había sentido por otras mujeres, la consideraba camaradería con dosis de picardía por una obvia atracción que no disimulaban— ¿Algo como la pistola de cristal?
Candys lo miró ceñuda.
—Claro que no, amigo. Usad vuestra inteligencia, es la mejor arma de que disponéis.
Dybora se adelantó molesta al verlos conversar.
—Sé que podéis escoger a cualquiera para representaros, pero elegir a un animal humano es denigrante. —protestó la yeilina oscura.
—Pues declaro a Sálvat hijo adoptivo de los yeils. —dijo Candys, hubo murmullos de protesta en el grupo de Yurglen.
—Algunos entre vuestra gente no parecen estar de acuerdo con vos. —se burló Dybora.
—Mucho en Sálvat es un misterio, pero creo que por sus venas corre sangre yeilina. ¿Acaso no lee la mente? ¿O no puede renovar su vigor tomándolo de otra criatura?
Esta vez, Dybora frunció el ceño, no creía en las coincidencias y sabía que Candys Lamildan no diría algo por el estilo sin estar convencida.
Sálvat, se mentalizó para pelear, mientras los yeils se abrían en círculo dejando espacio para los combatientes. El Nómada ordenó a su moto robot que no interviniese. Cuando ningún otro podía oírlos, Candys se acercó.
—Te enfrentarás a un Egregor. —le informó.
—¿Qué es eso? —dijo Sálvat sin entender.
—Son los pensamientos de odio, ira y envidia de todos los yeils del crepúsculo. Lo que pensamos no se disuelve, tiene su propia existencia, manteniendo una relación con el ser que le dio origen. Con los años esas formas van tomando consistencia, son como excrementos que se agrupan con toda la maldad de sus creadores. Dybora tiene un campeón que reúne lo peor de todo su grupo, será como si os enfrentaseis a todos ellos.
—¿Sólo eso? —dijo con ironía Sálvat, pensando que ya había perdido.
—Vos podréis —afirmó Candys—. Esa cosa existe sólo por pensamientos podridos, recordadlo.
El Nómada y el Egregor quedaron en el centro, la luna iluminaba de lila la escena. Sin más preámbulos, el monstruo rugió abalanzándose, Sálvat apenas esquivó el puño deforme que se abatió sobre la piedra. La criatura era torpe y no luchaba con astucia, sin embargo, con apenas un golpe podía romper los huesos del humano. Aprovechando que se mantenía inclinado, el Nómada aporreó con ambos puños las vértebras que sobresalían en la espina de su contrincante, sintiendo la textura gomosa. Tuvo tiempo de propinar otros golpes ante la lentitud del Egregor y descargó los puñetazos con furia, pero no tuvieron ningún efecto. El otro se volvió impactando el antebrazo en sus costillas, Sálvat voló a cinco metros cayendo con dureza en el suelo rocoso con dos costillas rotas. Antes de poder incorporarse, el Egregor estuvo sobre él. Podía golpearlo, pero al parecer, al monstruo no se le había ocurrido, gritaba y gimoteaba mientras le aferraba los brazos, apretándole la carne, el dolor era tremendo, aquellas garras gomosas se hundían en sus músculos, Sálvat gritó ante el flagelo y usó las piernas, golpeándolo con toda la fuerza de que era capaz. Consiguió apartarlo y entonces se percató de que el tamaño de su adversario, había cambiado. Antes tenía casi su estatura, pero ahora le llevaba dos cabezas. También el brazo diminuto se veía más robusto. No pudo seguir pensando cuando el Egregor lo sacudió con sus manazas para lanzarlo varios metros en otra dirección. Rodó por las piedras hasta la orilla del lago. El monstruo gritó de furia avanzando. Sálvat se incorporó con agilidad y sintió un agudo dolor en el costado mientras se hundía hasta las pantorrillas en el agua, el monstruo pareció dudar, como si temiese tocar el agua. El Nómada sospechó que otro peligro podía cernirse en el lago, pero descartó la idea enseguida, su adversario era muy cobarde y eso era todo. El ser espantoso se acercó con paso torpe, dándole tiempo para razonar que ocurría. Recordó las palabras de Candys:
Los pensamientos de furia alimentaban a ese ser, y él estaba deseando matarlo.
¿Qué ocurrirá si pienso lo contrario?, se preguntó.
La criatura ya medía tres metros de altura y sus bíceps parecían ramas de ombú, con histeria dio un puñetazo al costado del Nómada rompiéndole tres costillas más, el viajero quedó de rodillas al borde el lago, imposibilitado de moverse. Al notar hilos de sangre cayendo de su boca, entendió que estaba herido de gravedad. La fuerza no contaba en ese duelo. No sabía si tenía tiempo, pero empezó a contar sus respiraciones para entrar en un estado de armonía tal como había aprendido.
Valiéndose del control de su mente, Sálvat cambió la opinión que tenía del Egregor y sus creadores. Los vio como seres desdichados y dignos de lástima. Se incorporó tomando aire, anulando el dolor por el momento. A unos cinco metros, el Egregor lo miró confundido sin decidirse a continuar el combate. El Nómada deseó paz para la criatura y al instante notó como el cuerpo se le achicaba. Sin miedo, comenzó a aproximarse al monstruo, este se sentó respirando con pausa, los ojos mirando a Sálvat con incertidumbre. Perdió consistencia en forma gradual y antes de que el viajero llegase hasta él, había desaparecido.
Gritos de algarabía se alzaron en el grupo de Candys, algunos yeilines rodearon al Nómada para ovacionarlo. Pero la reina de todos batió las palmas llamándoles la atención y callaron.
Dybora se ubicó cabizbaja frente a ella.
—Ya no hay más que disertar sobre vuestro juramento —dijo Candys—. El bosque de Luh es ahora parte del Pequeño Bosque, todo un mismo reino. Pero hay otro asunto que demanda compensación.
Esas palabras fueron inesperadas, Dybora la miró sorprendida, ya sentía suficiente humillación por haber perdido.
—Dañasteis y humillasteis a Sálvat, por eso estáis en deuda con él por partida doble. Si os necesita y solicita vuestra ayuda, os la daréis en dos oportunidades, luego seréis libre y nada deberéis.
—Sea. —afirmó Dybora.
—¡A Yurglen y su grupo! —anunció Candys con firmeza, los yeils nombrados se presentaron ante ella—. Vosotros tenéis mucho para aprender. Despreciasteis a Sálvat desde lo profundo de vuestros corazones y las leyes del universo os atan a compartir su destino hasta que la armonía prevalezca entre ambos. ¡Estáis avisados!
El Nómada creyó concluida la reunión, pero apenas terminó la reina de decir esas palabras, se oyeron instrumentos de cuerda y de viento, una banda colmó de música el lago. Todos participaron del festejo, tanto ganadores como perdedores. Dos yeils se acercaron a Sálvat y lo subieron a una camilla para curarlo, la medicina yeil es rápida, pero se admiraron de la capacidad de regenerarse que tenían las células del Nómada y pensaron que en realidad parecía un yeilin. El viajero dejó que lo vendaran, para su sorpresa el dolor desapareció y hasta pudo incorporarse. Otros yeils trajeron mesas, sillas y un gran banquete se sirvió para todos los presentes. La comida fue deliciosa y la bebida llenó de calor a todos. Pasó el tiempo sin notarse, como siempre que se está en compañía de yeilines. La música tenía efectos curativos y hacía olvidar cualquier angustia, el viajero escuchó con atención y hasta puedo entender la canción.
Hay muros construidos entre nosotros,
Kilómetros nos separan,
Sin embargo, nuestros corazones,
comparten el mismo sueño...
Los sentimientos se fortalecen,
Simplemente debemos seguir,
en nuestro mundo mágico...
Candys invitó con la mirada a Sálvat para alejarse del resto, llegaron hasta la orilla elevada, donde el río caía formando destellos plateados. Bajo aquella luz, la mujer parecía más hermosa y misteriosa.
—Lo supiste desde el principio ¿Verdad? —dijo el Nómada—. Que me enfrentaría con ese Egregor.
—Sabía que ganaríais —aseguró Candys sin mirarlo—. Os aguarda un largo camino, la selva es un sitio salvaje; aunque sabéis controlar vuestra mente, es fácil retornar a nuestro lado primitivo en ambientes como ese.
—Estoy al tanto, pero debo encontrar a Dimán y saber de donde salí. Oye ¿Me gané la pistola de cristal?
—Sí —sonrió ella—, pero no os la llevareis ahora. Os estará esperando a vuestro regreso.
—Esperarás para saber que descubro y como vuelvo.
—Debéis controlar vuestro temperamento. Yurglen se dio cuenta de que maldijisteis un pueblo y eso siempre tiene consecuencias, os aconsejo que no volváis a hacerlo.
—No lo haré. —replicó el Nómada con vergüenza.
—Bien —asintió ella y se volvió, dejando su rostro a contraluz, los ojos azules brillaban—. Podéis quedaros un tiempo, hasta curar vuestras heridas.
—¡Qué propuesta más tentadora! Aunque creo que lo nuestro nunca funcionaría.
Candys rió como una niña.
—Ya está funcionando, sé lo que pensáis y preferís mi amistad a la pasión efímera. Sabéis sobre inmortalidad, Sálvat.
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