I.- Los Despojos de la Guerra
Terminada la terrible batalla, miles de cuerpos, retorcidos y ensangrentados, se descomponían bajo la luz menguante del sol. El cielo, oscurecido por las primeras sombras de la noche, estaba cubierto de cuervos; bestias voraces que cobraban su siniestro botín entre los cadáveres que se extendían hasta donde la vista podía alcanzar. Rostros manchados de pólvora y suciedad, con las órbitas arrancadas y las facciones cubiertas de heridas, elevaban sus súplicas a un Señor que jamás los escucharía. La guerra era, sin duda alguna, la peor calamidad que azotaba a los hombres desde que éstos habían puesto los pies sobre la faz de la tierra.
La niebla descendió, cubriendo con su masa rojiza el páramo lleno de material bélico inutilizado, cráteres fuliginosos, pequeños incendios, caballos agonizantes, pabellones desgarrados, y moribundos a los que les faltaba poco para estirar la pata. A trompicones, una poderosa figura se incorporó entre los muertos, echó un vistazo alrededor y se frotó el cuello en carne viva: Stark parecía ser el único superviviente en un mar de despojos humanos.
—¡Menuda carnicería! —murmuró—. El Diablo debe de estar frotándose de las manos de gusto…
Después de abandonar Gera, el Emperador Bonaparte había cruzado con sus tropas la meseta de Apolda y las montañas de Landgrafenberg y Windknollen, hasta vislumbrar el campamento adversario comandado por el Príncipe Friedrich Hohenlohe. Como buen estratega, decidió esperar por el grueso de sus regimientos antes de atacar a los ejércitos prusianos-sajones que tenían la desfachatez de desafiarle. Molesto, ordenó a la servidumbre que levantara su suntuoso pabellón y tomó unas copas de vino mientras escuchaba las novedades de los mariscales:
—¡Necesito más hombres! —bramó Napoleón—. ¡Como no tenga unas cuantas divisiones antes del amanecer rodarán cabezas!
Sus subordinados palidecieron: todos sabían como las gastaba el corso cuando no era obedecido.
—¡Se están sorteando papeletas para un Consejo de Guerra! —continuó a cajas destempladas—. Y ustedes, caballeros… ¡Son los primeros de la lista!
Por fortuna para los mariscales, aquella misma noche, llegaron tres divisiones al campo de batalla. Aquellos individuos pudieron dormir tranquilos al saber que no iban a pasar por un pelotón de fusilamiento; Bonaparte se caracterizaba por ser un hombre de palabra. Al amanecer, todo estaba listo para el combate: los artilleros prepararon los cañones, la infantería afiló las bayonetas, y los húsares ensillaron los caballos: el enemigo lamentaría haber opuesto resistencia. Al otro extremo de la explanada, los prusianos-sajones se santiguaron al ver las tropas armadas contra las que tendrían que enfrentarse: los franceses habían logrado reunir a cien mil hombres para aplastarlos; casi el doble de sus propias fuerzas.
Con los músculos doloridos, Konrad observó el rostro del hombretón que había estado a punto de matarlo: aquel necio fue un hueso duro de roer. Durante el combate a las afueras de Vierzenheiligen, había terminado librando una ruda pelea, cuerpo a cuerpo, contra un soldado que lo doblaba en estatura. Stark se abalanzó sobre su oponente con el mosquete por delante, perforándole el esternón de parte a parte. Colérico, al borde de la muerte, el franchute ignoró la bayoneta que lo había traspasado y le apretó la garganta con ambas manos, queriéndoselo llevar por delante antes de llegar al Infierno. El sajón pataleó, desesperadamente, al sentir los gruesos dedos de su rival alrededor del gaznate. Lo último que recordaba, aparte de los disparos y los gritos de sus compañeros, fue que pensó que había llegado su hora. Stark sacudió la cabeza para aclarar la memoria: nunca había perdido el conocimiento estando sobrio; aquella experiencia era una novedad para él.
—¡Maldito hijo de perra! —masculló mientras escupía sobre el cadáver—. ¡Un poco más y no lo cuento!
A pesar de la bruma y la oscuridad, los primeros asedios se libraron entre Lützeroda y Closewitz, en una orgía de sangre difícil de describir. Veinte mil soldados franceses, comandados por el mariscal Lannes, no tuvieron muchas dificultades en aplastar a los hombres del conde de Tauentzien. A la misma vez, a unos cuantos kilómetros de allí, los prusianos-sajones lucharon contra las unidades que estaban bajo el mando del mariscal Soult, siendo igualmente derrotadas por la superioridad enemiga. Desesperado, al comprobar que sus compañías estaban siendo barridas como agua sucia por las tropas napoleónicas, el general Holtzendorf decidió retroceder antes de que le cortaran el pescuezo:
—¡Retirada! —rugió—. ¡Tenemos que alcanzar Vierzenheiligen!
A duras penas, perseguidos por los franceses, los soldados recularon como alma que lleva el Diablo, sin molestarse en socorrer a los heridos en ningún momento. Al mediodía, el príncipe Hohenlohe, viendo que el patio no estaba a su favor, terminó desplegando a sus unidades. La artillería, caballería e infantería de ambos bandos, se lanzaron unas sobre otras, aullando y maldiciendo, dispuestas a llevarse por delante a todos los adversarios que pudieran. La batalla, sobre las ruinas humeantes de Vierzenheiligen, fue tan espantosa como ardua; ninguno de aquellos valerosos soldados permitiría que el enemigo saboreara las mieles de la victoria. Tal como suele suceder en la guerra, los generales que dirigían el conflicto luchaban con los ojos cerrados, sin tener la menor idea de cómo organizar a los individuos que habían enviado a morir, con una canción patriótica en los labios. Los dragones y coraceros sajones, pese a las circunstancias adversas, consiguieron poner a Bonaparte contra las cuerdas. Desde la colina de Dornberg, a salvo de las detonaciones y los disparos, Napoleón se limpió el sudor de la frente con un pañuelo de seda y oteó con el catalejo, que lo acompañaba hasta en la sopa, el campo de batalla.
—¡Maldita sea! —ladró—. ¡Venceré a esos bribones aunque sea lo último que haga!
Exhausto, Konrad comprobó que no tenía heridas graves y palpó el pomo del estoque que colgaba en su cadera: parecía que todo estaba en su sitio. Con la boca seca, observó a sus antiguos compañeros, buscando a alguno que pudiera explicarle lo que había sucedido mientras estuvo inconsciente; necesitaría a un cura para hacerlos volver del Reino de los Cielos. Pragmático, obvió a los hombres con los que había convivido durante las últimas semanas y se dispuso a buscar una manera de salir de allí; de nada le serviría llorar la muerte de aquellos valientes. La compasión era una pérdida de tiempo: mejor que le hubiera tocado a los demás, antes que a él.
Mala suerte, camaradas—pensó cínicamente—. Pondré una vela en la iglesia cada domingo por vosotros.
Unas horas más tarde, el Emperador había conseguido recuperar el terreno perdido gracias a sus fanáticos hombres, los cuales habían arrasado a las agotadas tropas prusiano-sajonas. Los franceses, enardecidos por las órdenes de sus comandantes, bombardearon el pueblo hasta destruir cualquier atisbo de resistencia y avanzaron en dirección a Issersted, secundados por nuevas tropas de refresco. Hohenlohe, al ver que todo estaba perdido, tuvo un atisbo de lucidez e hizo retroceder a sus batallones hacia Weimar en busca de refugio; era consciente de que una retirada a tiempo evitaría más muertes inútiles.
—Hemos mordido el polvo —suspiró—. Dios nos ha abandonado…
Cuando el general Rüschel se reunió con el Príncipe Hohenlohe, en las cercanías de Kapellendorf, la caballería oponente estaba sobre sus cabezas. Ambos individuos agotados intercambiaron unas pocas palabras:
—Los franceses no tardarán en llegar —dijo Friedrich Hohenlohe apesumbrado—. ¿Se le ocurre algún plan?
Rüschel arrugó el ceño con amargura.
—Rezar, alteza —musitó—. Nunca podremos vencer a Bonaparte.
Al encontrarse entre la espada y la pared, el general Rüschel perdió el control de sus actos, llevando a sus tropas a la perdición; ni un cadete hubiera dado unas órdenes tan ridículas como las que surgieron de su boca. En media hora escasa, el pueblo fue reducido por los imparables escuadrones franceses, que se alzaron sobre los ilusos que pretendieron plantarles cara. Los sajones que no habían perecido bajo la embestida adversaria, en un alarde de bravura digna de las mejores alabanzas, intentaron levantar las últimas barricadas en Umpferstedt para impedir lo inevitable, pero Weimar estaba a merced del enemigo. Francia había ganado por enésima vez.
—Austria tiene poco que hacer —sonrió Napoleón a la vez que uno de sus criados le servía una copa—. Dentro de poco Europa será mía…
El sajón se inclinó sobre un cadáver y le quitó la pistola que aferraba entre los dedos inertes: aquel pobre diablo no volvería a necesitarla. Cautelosamente, sorteó a los muertos que se consumían sobre el fango removido, procurando no ensuciarse las botas más de lo que estaban. En rededor, a lo largo de la calle cubierta de cráteres, viviendas destrozadas por el impacto de los cañonazos ardían, soltando espesas humaredas hacia el cielo teñido de cenizas en suspensión. Mientras caminaba hacia el sur, Stark se preguntó si los ejércitos de Bonaparte habrían conquistado aquel territorio. De ser así, tendría que caminar muchas horas para encontrar una jarra de cerveza donde ahogar el amargo sabor de la batalla.
II.- El Destino de los Vencidos
Después de media hora, Stark alcanzó campo abierto, procurando pasar inadvertido en la medida de lo posible; si los franceses lo encontraban, no dudarían en colgarlo del primer árbol del camino. Una fría llovizna lo obligó a subirse el cuello de la casaca y a enterrar las manos en el interior de los bolsillos; hubiera dado cualquier cosa por una chimenea caliente y un buen vaso de brandy. A su derecha, en una hendidura del terreno, dentro de un estanque, sobresalían media docena de cadáveres destrozados por las explosiones. Un poco más adelante, al doblar el sendero, se encontró con un prusiano clavado en las ramas de un olmo; aquel infeliz no había necesitado alas para volar como un pájaro. Con cierto sarcasmo, inclinó la cabeza delante del muerto y apretó el paso; la visión de las tripas que descendían hasta el suelo no era un espectáculo agradable de ver. Los franceses no se habían molestado en tomar prisioneros, cientos de heridos, muertos a golpes de culata o cosidos a bayonetazos, eran la mejor prueba de que las tropas de Bonaparte no concedían cuartel. El sajón ascendió una pequeña colina y estudió su entorno con una mirada desconfiada: acabaría con cualquier franchute que se atreviera a interponérsele en el camino. Una ráfaga de viento recorrió el campo de batalla y tremoló los pliegues del capote que envolvía su físico. Los efluvios de los cuerpos inertes se confundían con el olor de la tierra mojada, formando una amalgama desagradable que apestaba a derrota. Arrugando la nariz, Konrad continuó dejando atrás el pueblo, guiándose por la estela del río Saale que había tomado como brújula para no perder el rumbo. A su alrededor, poco quedaba de los campos verdes que el día anterior eran mecidos por la brisa: los océanos de sangre humana derramados corromperían aquella tierra durante años. Stark encontró a un grupo de individuos con las manos atadas a la espalda; éstos habían sido ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Conociendo a sus compatriotas, probablemente perecerían con el himno nacional en los labios; San Pedro se iba a llevar una sorpresa cuando se los encontrara cantando en las puertas del Paraíso.
—Lástima que Napoleón no se encuentre entre ellos —rezongó—. Ese enano dictador y egocéntrico no merece otra cosa que doce balas en el cuerpo…
Visto lo visto, los franceses no tendrían muchas dificultades para alcanzar Berlín en unas cuantas semanas; aquellos ejércitos eran la última posibilidad de detener el imparable avance de las tropas napoleónicas. Konrad sacudió la cabeza y olvidó el destino que esperaba al resto del país: cuanto antes llegase a una nación civilizada, lejos del retumbar de los tambores y el avance de los regimientos, mejor que mejor. Un rugido le atravesó el estómago como una puñalada, recordándole que no comía desde la jornada anterior, si es que al rancho insípido que le habían servido en el cuartel se le podía denominar alimento. Stark se acercó a una batería de campaña, con la esperanza de encontrar alguna cosa que llevarse a la boca; un simple mendrugo de pan le hubiera bastado para mantener el tipo. Desgraciadamente, sus adversarios se le habían adelantando; no quedaba nada del carro de provisiones de aquel regimiento en particular. Haciendo de tripas corazón, recorrió con la mirada los cuerpos tirados en el fango, reconociendo dos o tres caras que le resultaron familiares. Al comprobar los uniformes de los muertos, una mueca macabra cruzó sus rasgos: los soldados del 5º Cuerpo de la Grande Armée, comandados por el mariscal Jean Lannes, habían eliminado al batallón con el que había partido hacia la batalla. El sajón sintió una maligna alegría al comprobar que aquellos estudiantes, carne de cañón de la Academia Militar, no habían logrado sobrevivir al bautismo de fuego. Interiormente, recordó las frases patrióticas y la exultación demostrada por los novatos, que creían que la guerra era un desfile, mientras tomaban posiciones de combate. De hecho, si la vista no le engañaba, a unos metros de distancia, yacía la crème de la crème que tanto se había mofado de los mercenarios libres que Federico Guillermo III de Prusia contrató como avanzadilla, tachándolos de individuos más interesados por el dinero que por el destino de la nación, entre otras cosas peores.
En aquel instante, un gemido salió entre los cadáveres, obligándolo a levantar la guardia. Konrad desenfundó la pistola y, con el dedo en el gatillo, se aproximó a un prusiano que yacía boca arriba con las manos alrededor del estómago teñido de carmesí.
—Agua… —gimió el soldado agonizante—. Agua…
Stark se inclinó sobre el herido sin perderlo de vista en ningún momento: no sería la primera vez que un moribundo disparara en su agonía contra un compañero al confundirlo por enemigo.
—Tiene la panza abierta, compadre —dijo con sequedad—. Si le diera agua no tardaría en reventar.
El herido entornó los ojos bañados de sangre.
—¿Konrad? —inquirió débilmente—. ¿Es usted?
Al escuchar su propio nombre, el sajón no tardó en identificar al joven teniente: las vueltas del destino no cesaban de sorprenderlo.
—Efectivamente, Carlos —sonrió con sorna—. Veo que ya no se muestra tan arrogante como antaño. La fortuna de su familia no ha podido protegerlo de una cuchillada francesa, ¿eh?
El individuo que expiraba delante de sus ojos, un niño rico que se había enrolado en el ejército para seguir los pasos de su padre, le había caído gordo desde el momento en que lo había conocido. Sus modales, arrogantes y cargados de despecho, lo habían metido en más de una trifulca con los soldados durante las últimas semanas en los cuarteles de Jena. Por suerte, Dios le daba a cada uno lo que merecía; aquel idiota no volvería a molestar a nadie con sus estupideces. Una bandera con los colores de Austria, rota y manchada de pólvora, ondeaba sobre la cabeza de ambos individuos. Stark estaba por encima del bien y del mal, era un superviviente por naturaleza, los nacionalismos le importaban bien poco. Nada lo conmovía, excepto claro está, una bolsa de oro o una botella de vino; la vida le había enseñado a valorar las posesiones más simples. Que los poetas y los filósofos se encargaran en alimentar sus almas con bellas palabras que no servían para nada. La realidad, tal como había aprendido durante sus correrías por todos los rincones del mundo, estaba circunscrita al momento inmediato. El pasado o el futuro eran conceptos que siempre le producirían dolor de cabeza. ¡Ni el mismísimo Satanás le arrebataría lo bailado aunque quisiera hacerlo!
Carlos apenas logró escuchar su mordaz aseveración.
—Hemos perdido el combate, ¿verdad?
Konrad se apartó del moribundo: no quería malgastar saliva ni desperdiciar el tiempo que podría utilizar para huir de allí. Como siempre había dicho, prefería la compañía de los ladrones y las furcias, antes que tratar con oficiales podridos por el reglamento.
—Buena suerte, amigo —terció—. Espero que los historiadores lo encumbren como a un héroe cuando le encuentren desangrado en el Campo del Honor.
El prusiano le aferró la manga con una mano temblorosa.
—Por el amor de Cristo —suplicó con la cara bañada por las lágrimas—. No me deje aquí, Konrad…
Stark se soltó bruscamente.
—¡Váyase el Infierno! —gruñó—. ¡No movería un dedo por usted aunque me fuera la vida en ello!
El teniente no estaba en condiciones de mostrarse orgulloso: había aprendido el precio de la humildad de la peor manera posible.
—Le pagaré lo que sea —sollozó—. Le juro que mi padre lo recompensará…
El sajón le quitó los gruesos anillos de oro y le vació el contenido de los bolsillos: necesitaría capital en efectivo para pagarse las copas si encontraba alguna taberna decente.
—Métase el dinero de su viejo donde le quepa. —Levantó la petaca de plata del moribundo y se echó un trago al coleto—. Ya tengo todo lo que necesito de usted.
El sol se desvanecía en el horizonte, detrás de las montañas distantes, bañando con su masa las colinas aniquiladas por el paso de los ejércitos. Stark observó las nubes negras que se arrastraban por la bóveda celeste punteada por las primeras estrellas; necesitaba un lugar seguro donde pasar la noche o se helaría de frío. Dando media vuelta, guardó el pistolón en el cinto, se sacudió el polvo del capote, y abandonó el lugar sin mirar atrás. Mientras se alejaba, Carlos lo maldijo con sus últimas fuerzas; nadie le había enseñado lo cruel que la guerra podía llegar a ser.
—¡Puerco! —aulló—. ¡Qué el Señor lo condene por toda la eternidad!
Konrad fue burlón:
—Hasta nunca, compadre.
III.- Los Ladrones de Cadáveres
Cuando los gritos del teniente desaparecieron entre la niebla, el sajón alcanzó un barranco que se perdía en la oscuridad. Indeciso, se detuvo al amparo de la negrura; sabía que arriesgaba demasiado metiéndose en aquel camino sin una linterna. Al comprobar que no tenía demasiadas opciones, decidió retroceder y desandar sus propios pasos: cualquier precaución era poca ante la posibilidad de romperse una pierna. Diez minutos más tarde, atravesaba un regimiento abatido por los cañones franceses, intentando no tropezar con los caballos que yacían despanzurrados sobre el terreno abierto por la metralla. De repente, a sus oídos, llegó el sonido de unos cascos golpeando la tierra. Stark se arrojó de bruces al suelo, tenso como una navaja de afeitar, escudriñando los haces que entorpecían su visión. Un sudor helado se deslizó por su espalda y le puso la carne de gallina: si una patrulla de rastreadores lo encontraba sería hombre muerto. Durante unos segundos interminables, esperó con el cuerpo hundido entre los cadáveres, fingiendo estar tan muerto como los despojos que lo circundaban. Un sinfín de moscas levantó el vuelo y se posó encima del sajón. Éste encajó las poderosas mandíbulas y pasó por alto las picaduras de los insectos: los jinetes estaban sobre su posición. Un caballo surgió entre la bruma y pasó tan cerca de su lado, que hubiera podido extender la mano y tocarle las patas. Involuntariamente, se aplastó contra la hierba y cerró los ojos: como una herradura le golpease la cabeza le abriría el cráneo. Seis o siete individuos lo sobrepasaron, silenciosos como espectros, sin que pudiera distinguir los uniformes que vestían. Alguien ladró unas órdenes en prusiano y el pequeño grupo se detuvo con lentitud. Konrad continuó inmóvil, no quería desvelar su presencia de no ser imprescindible hacerlo; en circunstancias como aquella, mal armado y en terreno baldío, acabarían con él en pocos minutos. La niebla se elevó durante un corto espacio de tiempo. Los hombres vestidos con harapos de toda índole, de aspecto bestial y miserable, provistos de espadas y hachas de leñador, no le gustaron en absoluto. El que parecía el jefe tomó la palabra:
—¡Daros prisa, perros! —masculló—. ¡Si los franceses nos pillan nos darán una somanta de palos!
Rápidamente, pasaron a la acción, desvalijando a los cada-veres con movimientos expertos. Stark sacó un largo cuchi-llo de la bota, presto para defenderse; si lo descubrían le cortarían el cuello para impedir que los denunciase. Uno de los ladrones, que tenía los rasgos tan sebosos y prominentes como los de sapo, se aproximó a él sin intuir el peligro que corría. Konrad no efectuó movimiento alguno que pudiera delatarle: si aquella bola de grasa se atrevía a rozarlo se lo llevaría por delante. El gordinflón se arrodilló con dificultad delante de un húsar y le abrió la boca buscando dientes de oro. Satisfecho, agarró las tenazas que llevaba en la diestra, arrancó un incisivo de un tirón, y lo guardó en un saquillo que le colgaba del cinto.
Ven aquí, pequeño, pensó el sajón. Voy a darte una sorpre-sa que no olvidarás en lo poco que te quede de vida.
El ladrón continuó realizando su siniestra tarea, ajeno a los penetrantes ojos que lo estudiaban desde las sombras sin perderse uno de sus gestos: de haber sabido lo que le esperaba no habría estado tan tranquilo. En ese momento, al pasar a la derecha de Stark, éste se incorporó de un salto y le tapó la boca con la mano, hundiéndole el arma en el corazón hasta la empuñadura. Todo fue tan rápido que el ratero no tuvo la ocasión de gritar. Con un gemido quejumbroso, se derrumbó sobre las rodillas fláccidas, víctima de espasmos incontrolables. De inmediato, Konrad limpió la hoja en la camisa del cadáver y se ocultó detrás de unos cañones; sabía que el resto del grupo no tardaría en encontrar a su compañero. Expectante, comprobó el estado de los falconetes, siguiendo con el rabillo del ojo las acciones de los demás. Una expresión maliciosa cruzó los rasgos del sajón: uno de los cañones estaba cargado hasta los topes. Su mente fraguó un plan sobre la marcha: si lograba alcanzar los caballos, solucionaría sus problemas sin dificultades. Stark sacó una cerilla del bolsillo: no era la primera vez que sus hábitos de fumador le servían para algo. Una voz ronca rompió el silencio sepulcral que cubría el campo de batalla:
—¡Adolf! —profirió el líder del grupo—. ¿Dónde diablos te has metido?
Los muertos no pudieron responderle.
—¡Maldita sea! —continuó, furioso, echando espuma por la boca—. ¡No es momento para bromas!
Konrad esbozó una sonrisa sarcástica: más de un ratero iba a tener problemas cuando descubrieran el cadáver.
—¡Buscadlo y traédmelo de una pieza! —ordenó—. ¡Le enseñaré que conmigo no se juega!
Minutos más tarde, uno de los ladrones lanzó una exclamación de sorpresa y desenfundó la espada nerviosamente:
—¡Lo he encontrado! —chilló—. ¡Adolf está muerto!
El jefe de los rateros corrió hacia el muerto.
—¡No me lo puedo creer! —tronó—. ¡Es imposible!
Asustados, los rateros circundaron al cadáver, echando miradas frenéticas a sus alrededor; todos creían que aquello era obra de Satanás.
—Se lo han cargado delante de nuestras narices —susurró uno de ellos—. ¡Larguémonos de aquí o el Diablo acabará con nosotros también!
—¡Tonterías! —gruñó el líder—. ¡Tiene que haber una explicación razonable!
Konrad encendió la cerilla y prendió la mecha del falconete. El estruendo del cañón retumbó en la noche temprana y la bala aterrizó sobre el grupo, convirtiéndolo en una pulpa sanguinolenta. Los gritos de dolor y de agonía de los ladrones fueron música para sus oídos. Con un aullido salvaje, aferró un arma en cada mano y atravesó la cortina de humo que flotaba en el aire, cargando contra los escasos supervivientes. El sajón apretó el gatillo de la pistola y desparramó los sesos del jefe de la banda por los suelos. Lastimados y cubiertos por las entrañas de sus compañeros, los hombres que quedaban en pie poco pudieron hacer ante el tempestuoso ataque de la aparición que los atacaba desde la niebla. Stark levantó el estoque y le hundió el cráneo al primer ratero que encontró ante su camino. Como una exhalación, desclavó el arma e introdujo la punta en el cuello de segundo hombre; éste cayó de rodillas escupiendo sangre por la boca. Enervado por la sed del combate, buscó más objetivos donde descargar su furia, pero los ladrones ya no constituían ninguna amenaza. Konrad enfundó el acero y sonrió como un lobo: no podía negar que se congratulaba con su propia astucia. Morir en la flor de la vida, cuando le quedaban tantas experiencias por delante, le parecía una tomadura de pelo. Por ello, entre otros motivos, desconfiaba profundamente de sus semejantes. El Estado y la Iglesia eran poderosos instrumentos en manos de individuos mezquinos y corruptos. La influencia de ambos organismos era tan grande, que convertían a cualquier cristiano en un borrego sin criterio propio, que iría a dejarse matar por los franceses con una sonrisa en la cara. El sajón escupió al suelo: ¡Que le dieran por saco a los curas y a los gobernantes! Aquellos rufianes ahora mismo estarían en la seguridad de las iglesias y de sus palacios, bien alimentados y con un techo sobre la cabeza, no en una campiña atestada de cadáveres donde engordaban los cuervos y las moscas.
Cuando la luna llena estuvo en lo alto del cielo, Stark subió a uno de los corceles de los hombres que había asesinado, sin molestarse en mirar la imagen sobrecogedora del terreno baldío. Cualquier otro se hubiera santiguado y orado una plegaria al Altísimo, pero después de todos los horrores que había contemplado desde que estalló la guerra y las locuras que había hecho durante su existencia, al sajón poco o nada podía conmoverlo. Con las alforjas de la montura llenas de suministros, un mosquete colgado por un lado de la silla, y los pistolones cargados de pólvora, estaba en mejor situación que al principio de la tarde. En un alarde de conciencia impropio de su persona, Konrad había desechado el botín de los rateros; robar a sus propios cámaradas muertos le parecía una falta de respeto hacia la causa que los había conducido hasta allí. Aunque no estuviera de acuerdo con el nacionalismo y el deseo de aplastar a Bonaparte de los soldados con los que había luchado pocas horas antes, no dejaba de admirar el arrojo y la valía que habían demostrado durante la jornada; aquellos valientes merecían ser recordados en los libros de historia de tiempos venideros. Stark se ajustó el chacó sobre la cabeza y clavó los tacones en los ijares del animal: le quedaba mucha distancia por recorrer, hasta llegar a un enclave civilizado, y la madrugada prometía ser muy larga...
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