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Relato Fantástico: Caballero del Honor
¿Dónde reside el Honor? ¿En la intención o en los actos en si mismos? ¿Se otorga o se gana? ¿Se tiene o se consigue?
Por Francisco Javier Illán Vivas

Relato Fantástico - Caballero del Honor Uno
Quietud. Una quietud desbordante de vida Una vida rebosante, que colmaba la tranquilidad, la nirvana en la que estaba sumido el bosque. Había vida en cualquier rincón, bajo cualquiera de las hojas de árboles que ya eran viejos cuando el mundo, que seguía un ciclo interminable, nacía.
Quietud, inmovilidad, letargo, sosiego, inacción, hasta el aire se había detenido para crear un aura imposible de romper. Nada, absolutamente nada, podría romper aquella inmovilidad derramante de vida.
¿Nada?
Por un instante la nirvana se quebró, estalló en mil pedazos, el aire se agitó nervioso, trayendo sonidos metálicos, retumbar de cascos de caballo.
Pronto se descubrió el origen del horrísono.
Un hombre, armado guerrero, ordenado caballero, cuya tarjeta de visita era el ruido metálico de su armadura ante cada paso del caballo, brioso corcel, musculoso alazán, un rocín como pocos antes irrumpieron, majestuosamente, en el bosque.
Tanto caballero como caballo marchaban tras una misión irrenunciable: rescatar a la dama prisionera.
La armadura hacía sudar al guerrero, y sudaba en abundancia, y en estos momentos agradecía la sombra que proyectaban los árboles, cuyas ramas se interponían entre él y el dorado sol del firmamento.
No era una armadura vulgar la que protegía cada parte del cuerpo del hombre, sino que debía pertenecer a algún pudiente noble de lejanos reinos.
El dorado casco parecía construido en oro puro, la gola metálica que protegía el cuello del hombre, el decorado peto con dibujos alusivos al guerrero que lo vestía, donde se representaban las altas colinas de su país y el color azul y verde que ondeaba al viento en el pendón del caballero, sujetado en el extremo de la lanza. El faldón, los guardabrazos estriados y reforzados en los extremos, junto a las coderas y los guanteletes. El sin par ristre, la cuja rallada en ribetes dorados, las rodilleras, las canilleras y hasta las grebas daban un semblante al guerrero que le sería imposible pasar desapercibido en cualquier lugar, aunque a su alrededor cien caballeros más se encontrasen.
Cabalgaba con la lanza apoyada en el estribo, junto a su pie derecho, sujetándola por su mitad, con el brazo derecho totalmente extendido, relajado, marcialmente tranquilo, con la vista adelante, en pro de su misión.
El brazo izquierdo se escondía tras un escudo del mejor metal que se conocía, aún virgen en lid alguna, pero pronto debería enfrentarse a terribles enemigos y proteger a su dueño de los golpes contrarios.
La espada se sujetaba a su espalda, metida en una vaina de curtido cuero, rodeando el cinto el peto de la armadura desde el hombro izquierdo a la cadera derecha. Otra espada reposaba sujeta al cinturón de la armadura, sobre su cadera izquierda y, junto al mango de ésta, el de una daga asomaba, sujetándose a la espalda de la armadura.
Todas aquellas armas estaban prestas para conocer el placer de la batalla, el fragor de la lucha, chocando en singulares combates. Igual que el hacha sujeta junto al cuello de un corcel sin igual en los contornos.
Colgando del arzón trasero de la silla y, descansando a cada lado del caballo, una vaina para el arco y la aljaba repleta de certeras y briosas flechas.

Dos.
Dos días antes, el mismo guerrero y Caballero del Honor llegó a la ciudad fronteriza de Zarmá, situada entre los belicosos reinos del Norte y del Sur, gobernados por hermanos que se odiaban aún más que hubiesen podido odiarse antagónicos enemigos, pues a sus disputas personales unían las de sus respectivas consortes, auténticas artífices de la separación del Reino Central en los dos actuales, a la muerte del primer rey y fundador.
Era Zarmá una ciudad de paso obligado para aquellos que deseaban encontrar civilización en su camino y, a la vez, pagar derechos de paso al déspota Marqués que dominaba los territorios fronterizos.

Relato Fantástico - Caballero del Honor Un vasto territorio dominado con bota de hierro por el Marqués de Maou, que exigía derecho de paso a todas las caravanas que se dirigían a uno u otro de los reinos y la ciudad, convertida en aduana, prosperó rápidamente.
No importaba al Caballero quien gobernase aquellos territorios, su misión en este mundo era peregrinar en busca de la injusticia y combatirla. Era Caballero del Honor, luchador incansable por resolver entuertos, por hacer que la justicia prevaleciese sobre el mal y los abusos. Y encontró la injusticia en una conversación escuchada en la posada a la que entró a reposar sus huesos, mientras cambiaban las herraduras de su caballo.
― ... era ella la única que podía traer paz a los dos hermanos... y se dice que el Marqués de Maou luchó cobardemente contra el séquito de la princesa, formado por tan sólo tres hombres. Tras dar muerte con su ejército a los acompañantes de la princesa, sus hombres se la llevaron al castillo, donde está encerrada en una celda. Se dice que pidió rescate al Rey del Norte y que éste...
No pudo seguir escuchando aquella conversación que le había delatado el lugar donde se encontraba la vil injusticia. Se levantó y volvió a la herrería, donde encontró al herrero aún ocupado en su tarea.
Le ordenó que se apresurase y preguntó por una armería, pues si quería enfrentarse a grandes enemigos debía vestir una armadura nueva.
― ¿Y como no, Señor? En la misma plaza del lugar encontraréis la armería más famosa de todo el condado.
Así lo hizo. Encontró una armadura como no hubo antes ninguna igual, que el armero había fabricado para regalarse al Marqués, pero las monedas del desconocido le hicieron cambiar de opinión, ¡ya tendría tiempo de hacer otra parecida para el Marqués!
El Caballero se probó los hierros y pareció que el armero los hubiese construido especialmente para él. Pagó, con magnanimidad, dejando su armadura y sujetó las dos espadas a sus respectivos lugares. También compró nuevas flechas para evitar quedarse privado de tan valiosa arma cuando las fuerzas flaquean.
Nuevamente en la herrería, preguntó por el castillo del Marqués de Maou.
― A dos días, siguiendo el camino del norte y abandonándolo al llegar al bosque.
Armado, preparado para una batalla que requería todo su esfuerzo, abandonó la ciudad. Sus colores ondeaban al viento en la punta de su lanza.

Tres.
Nació en la ciudad portuaria de Kursha y desde su niñez fue educado en el manejo de la espada. Llegó a dominarla aún mejor que sus propios profesores, convirtiéndose en un alumno adelantado, venciéndoles en el transcurso de breves años. A los dieciséis participó en algún que otro torneo de ciudades cercanas, pero sin relevante importancia.

Relato Fantástico - Caballero del Honor Fue a los dieciocho años cuando vistió la armadura blanca para participar en el torneo de la capital, donde se daban cita los mejores caballeros de los reinos cercanos y donde estaría el Conde Perciv, el más grande Caballero del Honor de todo el reino.
Su armadura blanca hacía saber que era un novato, pero en la lucha demostró que sabía manejar la espada y la lanza mejor que muchos otros caballeros curtidos en lejanas batallas y cientos de torneos.
Tras varias embestidas, sólo los más fuertes iban seleccionándose y, entre ellos, el caballero de la armadura blanca. Muchos cayeron antes de poder escoger adversario, pero el caballero blanco seguía sobre su caballo, rompiendo la resistencia de adversarios que debieron venderle.
Veinte caballeros quedaban ya. Era el momento en que podía escoger adversario y, sin dudarlo, el caballero blanco avanzó hacia el Conde Perciv y tocó el escudo de éste con la punta de su lanza. Fue un momento vibrante, un silencio recorrió el palco donde se encontraban el Rey y los otros nobles:
― ¡El Conde, el más grande, ha sido retado por un caballero novato y desconocido!
Nunca antes el Conde fue vencido y era el favorito del Rey para ganar aquel torneo, como tantos otros años lo había ganado.
Con una sonrisa irónica el Conde se colocó el casco y bajó la visera, después pidió una lanza a su escudero.
La embestida fue terrible, ambos caballeros dieron con sus armaduras en el suelo, en un ruido ensordecedor, acompañado de una exclamación general:
― ¡El Conde ha sido desmontado!
No sería el último infortunio que el Conde conocería aquella fatal jornada para sus colores. En la lucha con la espada el caballero blanco sorprendió a todos por su destreza en el combate, repelió los primeros ataques del Conde y pronto fue quien llevó la iniciativa de la lid. Atacó con un ardor desconocido, superando la capacidad defensiva del Conde, que pudo ver como la hoja de aquella espada indomable entró entre el casco y el peto de su armadura, rompiéndole el cuello.
― ¡El Conde ha sido vencido!
El caballero blanco no volvió a luchar hasta el final, pues los otros caballeros lo evitaban como a la misma muerte. Pero al final uno sólo debería permanecer en pie y el reto sería inevitable, como de hecho lo fue. El segundo caballero del reino, el Barón de Casmal aceptó el reto del caballero blanco, quien acabó con su adversario con la misma fatalidad con la que acabó con el Conde.
Aquel día fue nombrado Caballero del Honor del Reino. Ahora nadie se interponía entre él y la gloria.

Cuatro.

Desde aquel inolvidable día, su fama se extendió por todo el reino, venció en cuatrocientos veinte combates singulares. El Rey le dio el título de noble y le colocó a su derecha, aunque es justo precisar que cuantos se interpusieron en su camino habían dado con sus huesos en el suelo.
Finalmente consiguió permiso del Rey para viajar por lejanos reinos donde fuese necesaria su intervención para luchar contra el mal y la injusticia y donde pudiese encontrar nuevos adversarios que diesen fama y honor a su nombre.
Y había llegado el momento en que su fama llegase al cenit: rescataría a la princesa de las garras del Marqués de Maou, aunque tuviese que pasar por encima de cien ejércitos.
Ante las puertas del Castillo recordó su misión. Causa tan nombre como aquella que iba a realizar no requería mesura en el esfuerzo a realizar. Vio las torres y las almenas, las puertas levadizas subidas, impidiendo la entrada al castillo.
― ¡Ah, del castillo, bajad el puente!
― ¿Quién grita?― le respondieron.
― ¡Soy el Barón Faxvillám de la Cueva! ¡Pido permiso para hablar con el señor de la fortaleza!
Dudaron un momento arriba, pero la fama del Barón de la Cueva era conocida en todos los reinos. Bajaron la puerta y fue conducido a presencia del Marqués de Maou, a quien exigió la devolución de la princesa sin tardanza de tiempo.
― ¿La princesa? ¿Acaso estáis loco, Barón?― y se echó a reír el infame Marqués.
No pudiendo soportar tamaña afrenta, partió la cabeza del Marqués con su acero y salió desaforado de la estancia, dispuesto a encontrar la celda donde estaba la cautiva.

Relato Fantástico - Caballero del Honor Breves instantes después se conocía en el castillo el asesinato del Marqués y se cerraron las puertas para evitar que el asesino y traidor Barón escapase. ¿Escapar él cuando estaba tan cerca del honor y la gloria? La guardia del Marqués registró todo el castillo, buscando al cobarde asesino de su señor, desarmado cuando le recibió.
Pronto comprobaron, para su fatalidad, que ese adjetivo no era aplicable al Barón. No dudó en enfrentarse a los veinte soldados que le hicieron frente, y aunque su capitán, Marígomez de Zarmá, les dirigió bien en la lucha, pronto conocieron el sabor de su espada, que rompió brazos y piernas, cabezas y armaduras. Era invencible, una máquina de matar. Rompiendo la resistencia de los adversarios que se le enfrentaron en pasillos, estancias, escaleras y torres, pudo por fin ascender las escaleras de la torre principal, donde debía estar la regia prisionera.
A sus espaldas, un interminable charco de sangre. No quedaba en el castillo hombre armado capaz de luchar. había irrumpido como el huracán, devastando cuanto encontraba a su paso. El Barón, la más perfecta máquina de guerra a la que nadie podía interponerse entre él y el honor, la gloria, la fama eterna por su valentía al ser el único hombre que osó entrar en el Castillo de Maou para rescatar a la princesa.
Ella pondría paz nuevamente entre los reinos.
Ante la puerta de la celda se quitó el casco de la cabeza y olvidó el cansancio. Su armadura, golpeada y abollada, aún competía en luminosidad con el propio sol del firmamento. Ahora cogería a la princesa entre sus brazos y la sacaría del castillo, llevándola antes sus hermanos los Reyes, quienes harían que su nombre fuese conocido en todo el reino. Y él, que la amaba desde que escuchó hablar de ella, vería su vida recompensada. Porque no había escatimado esfuerzo alguno.
Rompió la cerradura y entró en la estancia. No tuvo tiempo para más. Un golpe le sumió en la inconsciencia que a la muerte precede, pues la vida se le escapaba por la descalabradura.
A su espalda, una anciana de huesudo cuerpo carcajeó.
Lo que nunca supo el Barón Faxvillám de la Cueva es que la conversación que su soberbia le impidió escuchar en Zarmá, hacía referencia a una leyenda que se contaba de un hecho ocurrido sesenta años antes. Que el Marqués, padre del que mató el Barón, raptó a la princesa y que el Rey intentó rescatarla una y otra vez, por ello murió de pena, y que sus hermanos lucharon por rescatarla y ello fue motivo de la separación de los reinos. Y que la princesa enloqueció.
Y la princesa fue encarcelada en la mazmorra, donde vivió su locura hasta que el poderoso Caballero del Honor la rescató, dejándola como reina de una fortaleza de cadáveres.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de julio del 2009