Caminé por el bosque de Tara una noche veraniega
Y vi, entre los silenciosos cielos plagados de estrellas,
Surgir una esbelta luna en una plateada bruma envuelta,
Y sobre la colina suspendida como si aterrada estuviera.
Ardiendo, retiré su velo y arranqué su ceñidor:
Al instante todo su brillo estuvo en mis ojos;
Entonces se fue, veloz como un pájaro níveo voló,
Y bajé la colina con una opalina luz.
Y fui consciente en seguida, tan pronto como llegué,
Que por todas partes todo extraño y nuevo era;
De un lado a otro gente extraña a mí alrededor vino,
Y cuando tembloroso mi propio nombre pronuncié
Apartaron se, mas un hombre dijo: “Él murió
En el Boque de Tara, hace cien años”.
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