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Relato Fantástico: La Caja Maldita
Quiero ser tu miseria
Quiero ser el mundo que temes
Quiero ser el Cristo que muere
Sobre fuegos de infamia
¿Puedes verlo?
¿No puedes sentirlo?

Hasta que llame la Oscuridad

(Until you call on the Dark de Glenn Danzig)
Por MC Carper

Relato Fantástico - La Caja Maldita El viajero miró la brújula para orientarse. La camioneta tenía el tanque de combustible casi vacío y estaba usando el último bidón de agua para beber. Su mujer y el pequeño Dani dormían en los asientos traseros. Dejaba atrás las ciudades, en realidad huía de sus tratos con estafadores, deudas impagas y de policías que deseaban meterlo en la cárcel. Observó el camino solitario y se alegró, no había peligro de que lo hallaran en ese lugar. Era la frontera del Distrito Sur, mejor conocida como El Páramo, una porción vacía del mapa, atravesada por una línea que indicaba la posición de la ruta sesenta y seis, el único camino directo hacia el norte. Aunque eso no alentaba mucho al viajero, de no hallar una estación para repostar tendría que levantar una vivienda en ese yermo.
Caía el ocaso cuando su mujer preparó algo de comer con la grasa y la harina que les quedaba. Entonces vio algo que lo entusiasmó: Un resplandor al borde de la carretera. Dirigió la camioneta sin dudar para encontrar una desvencijada casa rodante, las llantas del vehículo estaban deshechas y dos faros iluminaban la zona. Ahí, distinguieron a un anciano revolviendo un aromático guiso.
El viajero se apeó de la camioneta, saludó amistosamente mientras avanzaba y el viejo le retribuyó con una sonrisa. A medida que se acercaba, distinguió un pueblo en ruinas, entre las sombras circundantes. Se detuvo, esforzando la vista para cerciorarse de que sus ojos no lo engañaban.
—Todo se vino abajo —habló el viejo—. Todos los días se derrumba una pared, creo que antes del solsticio no habrá más que polvo.
—¿Un tornado? —preguntó el viajero para continuar la conversación.
—No, mi amigo. Ojalá hubiese sido eso —el anciano rió entre dientes de manera desagradable—. Fue una Maldición, provocada por la insensatez y la avaricia de sus pobladores. Nada que sus negros corazones no desearan para el resto de la gente.
—Es terrible —dijo el viajero intentando cambiar de tema—. Necesitamos combustible y agua. ¿Hay alguna cisterna o depósito aquí?
—No queda nada, amigo. Puedo ofrecerle algunas reservas que tengo, pero mi consejo es que vuelva por donde vino. No sé como se manifiesta una maldición, ni el alcance que pueda tener, este sitio es una tumba.
—¿Qué ocurrió?
—Siéntese y le contaré —el viejo probó la cocción de su guiso llevándose la cuchara a la boca—. Humm, no es mucho, pero lo compartiré con su familia.
—Se lo agradezco. —el recién llegado hizo señas a su mujer para que se acercara con el niño a comer.
—Bien, déjeme contarle la historia —repitió el viejo y el viajero asintió probando a su vez la comida—. Empezó el día que llegó el brujo, claro que no tenía aspecto de tal, pero hay tantas cosas que desconocemos… Los jefes de este pueblo eran ignorantes también y pagaron caro por ello.

Fue un viajero como tú —continuó el anciano—, perseguido por las famélicas jaurías del sur. Había matado muchos perros con su moto artillada, antes de dejarlos atrás. Después de un largo recorrido por las planicies yermas de la Pradera de los Aullidos se hallaba exhausto de calor y sequedad. Su nombre era Sálvat, uno de esos nómadas del desierto que viajaba montando su moto robot, Sandy. Ella era su interlocutora durante las largas travesías pues poseía un vocalizador, así hablaban los dos por horas; el hombre con voz afónica de cansancio y la moto con una sensual voz femenina. Hacía varias semanas que no se topaban con otra alma humana, las provisiones se habían agotado y ambos necesitaban agua.
Ante ellos estaba la R sesenta y seis, la conocida ruta que une los tres Distritos del continente, de norte a sur. Totalmente destruida en este tramo, el departamento de mantenimiento no tiene personal en la zona je, je. —el anciano rió con el ruido de un eructo para proseguir—. Es un páramo, peor que el Desierto Grande. Sin embargo, algunas almas condenadas vivían aquí. Él lo supo cuando el torrente caótico de pensamientos golpeó su mente, como siempre que llegaba a una zona poblada; su capacidad natural para percibir los sentimientos, esperanzas y angustias dentro de las personas lo asaltó, sólo era una de las cualidades por las que recibió el mote de brujo.
Ya sabe, los seres humanos se centran en su propio pesar, cavilando todo el tiempo en como realizar sueños y hundiéndose en la pena de sus frustraciones. Todos desean cosas y la mayoría no posee ningún escrúpulo para conseguirlas. Conocer eso, sin espacio para la duda, era el talento de Sálvat y su maldición. La percepción no le hacía fácil las cosas cuando sólo oía mentiras saliendo por las bocas, todos daban por sentado que era imposible que alguien supiera que pensaban. El lugar más secreto, lo llaman algunos, pero él sonrió con amargura dispuesto a afrontar la aventura que tenía por delante.
Estaba huyendo de un odiado enemigo, un poderoso espectro que lo había esclavizado por años. En un horrendo duelo consiguió deshacerse de él, pero aún temía que volviese a esclavizarlo y por esa razón, no pasaba mucho tiempo bajo un mismo techo, era un Nómada errando por el planeta Arena.
Condujo hasta la entrada de un extraño pueblo con un edificio de seis pisos en el centro. No figuraba en los mapas, ni en ninguna de las conversaciones que el Nómada había oído pues hacía tiempo que no integraba los Clanes, pero era aceptado como viajero solitario. Llamó su atención que todas las casas estuviesen dispuestas en radios desde el edificio central. Muy desvencijadas, la mayoría con cuartos sin terminar o techos a medias emplazados, escasas tiendas mugrientas servían de comercios. Apenas avistó a uno de los habitantes se dio cuenta que los forasteros no eran frecuentes, los saludos eran esquivos. Al parecer, deseaban ser amables, pero se movían como si cada una de sus acciones fuera cuestionada.
Había miedo en el aire.

Relato Fantástico - La Caja Maldita —¿Adquiriremos agua? —rumió Sandy, su moto robot, desde la consola entre los manillares.
—Estoy en eso. –replicó el Nómada.
Notó que en los aleros y columnas del lugar había cámaras, todo ahí era monitoreado desde algún sitio. Se acercó a una mujer madura que lo atendió con una sonrisa dibujada mientras le alcanzaba un bidón de agua. Mientras llenaba el tanque de Sandy, descubrió que había una gran cantidad de vigiladores. Muchos uniformes grises con letras impresas en la espalda: Asistencia Permanente, se leía en idioma mundial.
—Gracias —dijo el Nómada dando a la mujer dos liebres como pago—. ¿Puedes decirme como se llama este lugar?
—Es un Pueblo Administrativo, fue creado por dos entidades financieras de Progreña. En el ámbito bursátil es muy conocido.
—Entendí la mitad de lo que dijiste, pero aún no me has dicho el nombre de este sitio.
—¡Oh! Sí. La Caja. Es un lugar agradable, ya verá. No hay mejor en kilómetros a la redonda. La Dirección acepta servicios de todo tipo, una persona joven como usted tiene muchas posibilidades de pertenecer al grupo.
—No he visto mucha alegría en la calle. —los ojos de Sálvat sonrieron con suspicacia.
—Es que ingresó en este sector. Aquí se la pasan quejándose, son gente de mierda. Chismosos y alcahuetes abundan. —en ese momento otra mujer pasaba por la calle y la que hablaba desvió la mirada simulando empaquetar algo.
—¿Y que hace usted aquí?
—Estoy asignada a este sector.
Sálvat no quiso saber más y montó en la moto para dirigirse al Edificio Central. Años atrás había trabajado en un matadero de reses clonadas, no tuvo éxito en adaptarse, amaba mucho su libertad.
Ante la gran entrada enrejada, dos guardias le pidieron identificarse.
—Me llamo Sálvat. —dijo.
—Muy bien, señor. En el quinto piso lo atenderán.
El Nómada se apeó murmurando: —Sandy, quédate aquí a vigilar. —la moto obedeció, su programación estaba concebida para responder a los parámetros de voz de Sálvat.
En apariencia, el edificio mostraba mampostería moderna, pero un escrutinio más profundo revelaba que estaba construido sobre las ruinas de otro. El ascensor se detuvo a medio camino, para recomenzar la subida con un ominoso ruido de roces metálicos que rompía los nervios. Lo atendieron en una oficina muy hacinada de colores tristes. Allí, un hombre grueso con barba afeitada y modales afectados lo recibió.
—Buen día. Mi nombre es Brecha, soy el jefe del personal.
Sálvat dio un apretón a la mano extendida y al instante se sintió asqueado. Su capacidad para leer los pensamientos se estaba volviendo intolerante en ese lugar. Aquel tipo era libidinoso, no hacía más de veinte minutos que se había masturbado viendo imágenes de su computadora. Se sentó intentando ignorar aquello.
—Ya estoy aquí —dijo el Nómada—. Necesito provisiones y algunos repuestos para mi moto y algo me dice que no van a regalármelo.
—Tiene toda la razón. También debe saber que aquí usamos el trueque sólo para los alimentos y el agua, pero puede trabajar y ganar muchísimo más que en otra empresa. Tenemos beneficios sociales como cobertura médica, sindicato empresarial y jubilación.
Brecha describió el lugar como una gran institución donde operaban importantes señores de los que Sálvat jamás había oído hablar, la verborragia lo hizo bostezar. Necesitaba cambiar las amortiguaciones de Sandy para proseguir el viaje, también quería renovarle la pintura; si podía conseguir eso con el empleo, se sacrificaría. No podía ser demasiado malo.
Lo asignaron al Directorio. La tarea era demasiado simple: mantener el lugar aseado, encender y apagar las computadoras y montar los equipos de proyección para las videoconferencias. Sin embargo, su mente no podía detener el torrente de pensamientos. En ese lugar la gente estaba obsesionada con la opinión de los demás y en demostrar que estaban unos por encima de los otros.
Se presentó a Guerchu, una mujer ajada por los años que trataba de vivir sin comer debido a enormes complejos de vejez y gordura, siempre usaba zapatos con altos tacos para disimular la estatura. Mientras le hablaba sobre las tareas a realizar, no lo miró una sola vez, interrumpiéndose para atender llamadas personales. Estar en su presencia era intoxicante, el torrente de pensamientos que emanaba era tan caótico como una avalancha. En los breves diez minutos, Sálvat contó siete veces las campanillas del comunicador, la dejó con sus problemas para comenzar las labores.
Así conoció a su compañero de tareas, Bartolo, un hombre que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Medía un metro cincuenta y tenía una gran barriga. Su mirada, como casi todas las que había visto, era esquiva, unos ojillos remarcados de profusas ojeras que brillaban con un celeste acuoso. El tipo de mirada que Sálvat había conocido en personas traicioneras y viles, aunque no le preocupó demasiado, no pensaba lidiar mucho tiempo en aquel lugar y menos con los complejos de aquel tipejo. Los pensamientos de envidia estallaron apenas vio al Nómada, tan notoriamente que le transfiguraron el rostro, al querer disimularlo, sonrió de una manera que afeó aún más su cara. Bartolo hablaba todo el tiempo de riquezas y grandes logros que nunca podía demostrar. Su voz chillona, típica en las personas con enanismo, narraba aventuras extramatrimoniales que nunca había vivido. Además trataba de impresionar a Sálvat diciéndole que era un hombre duro que no derrochaba tiempo en discusiones y arreglaba todo con los puños. El Nómada sólo lo miró con una sonrisa de suficiencia, la actitud de Bartolo no le afectó, pero con el correr de las semanas supo que el pequeñajo dedicaba horas para calumniarlo y era un incordio, un hijo de puta ocupado en desear el mal a todo el mundo, muy ruin. Sin embargo, su mano se frenaba cuando el enano ponía por delante a su familia: Sus hijos llenos de tumores cerebrales. Mismos que habían heredado de él, pues Bartolo decía tener una formación en el cerebro que descontrolaba su provisión de prolactina, alegaba que esto había hecho crecer sus pezones e incluso generar lactosa. También le provocaba terribles jaquecas que devenían en ataques de mucha violencia. Algo que resultaba poco probable, pues el enano vivía con miedo a todo. En pocas palabras, el patético tipo le daba lástima.
En general podía conversar con el resto de los empleados. Siempre tratando de esquivar los chismes, tarea nada fácil donde la afición natural era el intercambio de secretos y la cordialidad falsa. En todas las conversaciones terminaba envuelto en alguna crítica devastadora contra alguien que no se hallaba presente. Bartolo era blanco de comentarios jocosos, consecuencia de sus mentiras. Algunas famosas en La Caja como la de haber saltado entre los colores del Arco Iris o de joven tener el abdomen marcado por doce abdominales.

Relato Fantástico - La Caja Maldita Los tan mencionados “Señores” que ostentaban la más alta jerarquía del lugar, no eran más que seres humanos comunes y corrientes. En sus viajes, Sálvat había conocido gente mucho más interesante, con mayores valores. Como estaba en el Directorio, se cruzaba con ellos todos los días. Ninguno llegaba a agradarle, eran seres enfermos de codicia, su beneficio se basaba en las desgracias de otros. Cuando había un desastre, se apresuraban a comprar acciones por precios ridículos, influyendo en los valores. Vivían apresurados con dos o tres celulares al oído, observando pantallas llenas de números, como si al detenerse corrieran riesgo sus vidas.
Todos tenían dolencias cardiacas, pasaban los días consumiendo cócteles de pastillas y enviando a los cadetes con recetas médicas falsas para las farmacias con mayores descuentos. Su rutina era idéntica a la de los empleados, horarios y ocupación los ataban de igual manera, la única diferencia era que podían tomar decisiones sobre los trabajadores de La Caja. Todo el personal demostraba tener esto bien claro pues mostraban una marcada sumisión; los hombres se inclinaban repitiendo muchas veces: ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! Mirarlos revolvía las tripas del Nómada, podía entender que necesitaran los Bonos Multiuso de la empresa, pero el precio le resultaba excesivo.
Para pasar desapercibido, Sálvat se acostumbró a utilizar la formalidad del “Sí, señor”, aunque una vez por ocasión y secamente.
Los directores eran personas designadas desde otros lugares. Decían venir de Progreña, el fastuoso país norteño, pero Sálvat sabía que mentían. Había un par con acento fallaciano y la mayoría hablaba como los habitantes de las ciudades costeras del sur. Lo cierto era que no vivían en los barrios del lugar, todos los días se marchaban en autos custodiados hacia sus hogares. Sintiendo curiosidad, Sálvat pidió pasar su día de franco en la salida oriental, el lugar por donde partían los automóviles, pero no se lo permitieron. Aquello le molestó. Apestaba, nunca le gustaron las gentes llenas de secretos.
Llegó el día de pago, fue bastante dinero, más de lo que había estimado. Desde luego, asaltando caravanas y usando su inteligencia había ganado más, pero en aquel páramo no estaba mal. Además, no había otra cosa para hacer.
Los días pasaban rápidamente en el Edificio. La Caja parecía contener dentro las existencias de todos, la rutina cotidiana siendo simple y en apariencia agradable, lo agotaba. Siempre había rumores de despidos, el miedo a perder el empleo era general. Todos temían que una llamada del libidinoso jefe del personal cayera subrepticiamente, en el momento más inesperado y eso era extremadamente contagioso.
Fue a visitar a Sandy en la cochera para empleados, la moto lucía pintura y amortiguadores nuevos.
— ¿No te cansas de contar esos bonos una y otra vez? —protestó Sandy con el fotorreceptor frontal fijo en Sálvat.
—Estoy pensando que con doscientos más podríamos comprar una batería de repuesto y ropa nueva para el camino…
—¿Nos quedaremos otro mes? Creí que deseabas continuar el viaje cuanto antes.
—Ha sido demasiado fácil, unas semanas más no nos matarán.

El nuevo día comenzó, como era habitual, con las protestas histéricas de Bartolo. El pequeñajo se la pasaba gruñendo por la limpieza, el orden y la falta de profesionalidad de Sálvat. Creía realmente que no estaba a la altura de un cadete profesional, así se llamaba a sí mismo, pero cuando el Nómada lo indagaba, bajaba la cabeza como un cobarde, cambiando de tema. Era gracioso para él, eso del cadete profesional, sonaba a mucama profesional o cartero y mozo profesional, Bartolo realmente estaba loco. Todos los días lo encontraba sentado frente a Guerchu para enmudecer cuando él se acercaba, no necesitaba de su habilidad síquica para adivinar que tramaban algo. Y en más de una ocasión lo escuchó pensando sobre él: —¡Ojalá te mueras, hijo de puta! —No era muy tranquilizador que un compañero de trabajo pensara así.
Guerchu era muy hábil con la falsedad; sonreía y adulaba a los directores cuando en realidad los odiaba tildándolos de hijos de puta, siempre que no pudieran oírla. Se beneficiaba con los antagonismos entre ellos. Korsmglia era un director que tenía una conocida oposición de Chisyng y Trakkor, temas políticos internos y personales creaban un campo de batalla de diplomacia y traiciones encubiertas. Guerchu, como secretaria de todos, conocía sus negocios. Entonces llevaba chismes de una punta a la otra, aparentando lealtad a quien estuviese presente, en cada caso se quejaba tildando de difícil al ausente.
En una ocasión, Sálvat hizo un gran descubrimiento: Guerchu mantenía relaciones sexuales con uno de ellos, el más joven de sólo cuarenta y cuatro años. No muy destacable en personalidad, pero Guerchu no se cansaba de afirmar que era el más acaudalado. Todos los que conocían al marido, sentían lástima por él, un tipo enfermo de trabajo que sólo vivía para contar dinero. El sueldo de Guerchu se depositaba en una cuenta separada, nunca lo gastaba, guardándolo en una caja de seguridad a la que iba para mirarlo y tocarlo todos los meses, como una vieja bruja ante sus ídolos. Y en verdad, se creía bruja, leyendo a escondidas libros baratos sobre hechicería para amas de casa.
Todo eso le hacía sonreír, ante la estupidez de las personas que querían aparentar más de lo que eran. En eso, Bartolo y Guerchu eran iguales. Como también en pensar todo el tiempo respecto a los demás: —A esta mierda la voy a destruir, o te voy a hacer echar, basura. —Era intoxicante esa oleada de pensamientos.
Si bien Trakkor y Chisyng no resultaban personas muy demostrativas, tenían sus buenos momentos. Se enfrascaban en sus asuntos, pero demostraban cierta camaradería. Había otros, como Torreón que era una persona absolutamente atrapada en su mezquindad. Contaba las lapiceras y usaba las hojas hasta el último renglón, era el único que no permitía que encendiesen su computadora. En los pasillos se rumoreaba que usaba el papel higiénico de ambos lados para no desperdiciar nada. Aunque la persona menos frontal del lugar era el presidente Garvin, un hombre bajo y rollizo de mirada oscura que caminaba como si estuvieran persiguiéndolo, con la cabeza casi encajada entre los hombros. Tenía una enferma afición por los animales de carrera, a los que dedicaba más tiempo que al trabajo. La marca de la muerte estaba en su rostro, era algo que Sálvat había aprendido hacía poco, arrugas oscuras en la cara de las personas a las que no les quedaba mucho tiempo en este mundo. Como todos, alegaba poseer profundas creencias en el dios oficial, un devoto que no tenía ningún impedimento en destruir los medios de existencia de todos los empleados de La Caja. Sálvat sonreía ante esa ironía. A la vez, omitía hablar de sus creencias. En un lugar donde todos asistían a la iglesia del primer piso para confesarse, no era prudente comentar que, para él, allí reinaba la hipocresía; y esa fue la primera señal de que las cosas no estaban en su lugar. Tenía un presentimiento malo que no podía identificar, como algo maquinándose a sus espaldas.
En los periodos de descanso, mataba el tiempo en una casa pequeña, justo en el límite del pueblo. Más allá de la cerca que rodeaba el perímetro, podía observar el Páramo. Releía un pequeño libro del profeta Barnaseo que le servia para recordar lo que había aprendido sobre sí mismo, aquellas peculiaridades por las que había ganado el mote de Demonio del Desierto o Brujo de la Arena, un secreto que en ese lugar no sería aceptado por nadie. Mientras así pensaba, se sintió observado. Fuera, al otro lado de la ventana, alguien estaba parado, mirando en su dirección. Salió de inmediato para ver de quién se trataba y su sorpresa fue enorme.
El ser que menos esperaba encontrar, se hallaba allí.
No lo supo por la forma, sino por la esencia que emanaba. La presencia era antropomorfa, oscura y vaga, como una sombra.

Relato Fantástico - La Caja Maldita —¿Qué haces aquí, espectro? —Gruñó el Nómada.
Se trataba del mismo antiguo demonio que, años atrás, se había instalado en su cuerpo. Algunos sabios lo conocían con el nombre de Dimán, Sálvat sospechaba que aquel espíritu tenía una existencia física de carne y hueso a la que ansiaba hallar. Sabía concientemente que contaba con la fuerza espiritual para rechazarlo, pero la cuestión real era: ¿Qué estaba haciendo en aquel sitio?
—En realidad ¿Qué haces tú, aquí? —replicó el ente. Era obvio que su talento para leerle los pensamientos continuaba intacto y la pregunta necesitaba un análisis—. Así es, mi Cántaro —asintió el demonio—. Siempre terminas acercándote a mis dominios. Tu destino es encontrarme y vienes directo a mí.
—No va a gustarte lo que haré cuando te encuentre.
La imagen desapareció debilitada por la energía de Sálvat. El Nómada se acostó sin dejar de hacer lo necesario para proteger la casa de influencias extrañas, viejos ritos aprendidos de diferentes maestros. La experiencia le decía que la energía de los espíritus actuaba por empatía.
Los iguales se atraen, pensó.
Algo estaba relacionado con el malvado espectro, hacía ya tres años que no se manifestaba ante él. Su humor no fue el mismo desde ese momento.

Comenzar otra semana laboral no varió en nada la rutina. Bartolo rezongaba acalorado de que así no podía seguir, quejándose con todas las personas que encontraba. Claro que nunca mencionaba que estafaba a la empresa anotando horas extras inventadas e intercambiando chismes con la secretaria. Guerchu había cambiado de amante, seguramente alguien que pagaba mejor y los directores hacían lo mismo que venían haciendo desde que tenían memoria: enriquecerse con las penurias de otros.
Y lo recibió el oleaje de pensamientos habitual, una rutina que se repetía cada vez que llegaba saludándolos uno a uno: Guerchu apenas dándose cuenta del beso en la mejilla, su auxiliar lanzando un torrente de maldiciones cuando se le aproximaba, para ella, Sálvat era un bruto que no conocía de perfumes de calidad, siempre gruñía en pensamientos: ¡Este negro no se baña hace días! Pero era sólo su imaginación pues el Nómada cuidaba la higiene como cualquier habitante del desierto. La secretaria del Gerente general lo recibía con una sonrisa al tiempo que pensaba: “Ojalá no se quedé a hablarme, no tengo ganas de escuchar pelotudeces”. Siendo que nunca, en ningún momento, habían cruzado más de tres palabras. Y por último el pensamiento cotidiano y preferido de Bartolo: Ojalá te mueras, hijo de puta.
A mitad de la semana, el pequeñajo mentiroso se accidentó, quebrándose los tobillos a causa del sobrepeso. Sálvat tuvo que reemplazarlo, trabajando por jornada doble. Hacer esto lo mantenía agotado. No quería estarlo porque veía mentiras en todos los pensamientos. La ausencia del enano gordinflón le dio cierta paz, pues no tenía que escuchar sus delirios de grandeza.
En las últimas horas de la jornada, encendía la radio para escuchar música. El edificio estaba casi vacío y podía subir hasta un volumen agradable. A veces, las letras de las canciones parecían referirse a los momentos de su vida:

Cubierto en pecado y empapado con culpa
Generando dinero del fango y la mugre
Paseando tu barriga en torres de marfil
Invirtiendo nuestras vidas en tus planes y tus poderes
Tienes que verlos - se rápido o estarás muerto.
Ojos de serpiente en el cielo - el ladrón en tu cabeza
¡Sé rápido!... o estarás muerto.


Así vivían en la Caja, apresurados por temor a morir, pero la pesadumbre del ambiente seguía latente. Todos los intentos para purificar su entorno eran infructíferos, mientras el miedo reinaba en los pasillos y las oficinas. Todos ocultaban sus emociones y afectos, la amistad no existía porque nadie tenía valor para sentirla. La premisa era conservar el empleo, lo demás no merecía ninguna atención. Tal vez un puñado de personas conservaba aún los valores de la humanidad, pero eran escasos.
En sus momentos privados se reveló ante él una verdad oculta: El viejo demonio se alimentaba de todos los habitantes de La Caja, eran sus esclavos y en consecuencia, él también lo era. No sabía porqué, pero no le resultaba fácil abandonar el lugar. Toda la presión que sufría no tendría recompensa si se marchaba por propia voluntad.
Decidió ganar lo suficiente para equipar a Sandy, compraría lo necesario para la siguiente etapa de su viaje y se iría. Había realizado los cálculos con Sandy, con dos meses más tendría lo suficiente.
Sólo dos meses.
El Demonio no tenía poder sobre él, lo sentía en sus venas. No obstante, no podía afirmar lo mismo de las demás personas de La Caja. Ahora cobraban sentido real la cantidad de guardias de seguridad y las cámaras de video en cada ángulo y pasillo, incluso en el ascensor. Mantener ese miedo latente era esencial para causar bajas vibraciones de energía en los habitantes, era como un dulce para aquel viejo demonio que adquiría de su poder del miedo y el odio. Decidió continuar al margen de los chismes y dedicarse a cumplir las tareas de su contrato. Cada día, alguien gestaba un nuevo temor. Generalmente era Guerchu trayendo alguna confidencia oída a medias sobre planes de los directores para despedir personal. Esa era su manía, oír por detrás de las puertas y comentarlo telefónicamente a quien pudiese. En su mayoría, otras secretarias con su misma antigüedad en la empresa.
Transcurridas tres semanas, el enano Bartolo regresó. Su actuación de convaleciente era muy exagerada, pero convencía con eficacia los directores. Eran demasiado estúpidos para darse cuenta del timo.
Su odio y envidia hacia Sálvat ya eran incontenibles, el rostro amargado se le había llenado de arrugas. No había nada que el Nómada pudiera hacer, lo había intentado todo para congraciarse con él, pero el pequeñajo le deseaba lo peor. No tomó su antagonismo en cuenta. Sabía que el odio enfermaba y lo veía en la expresión envejecida del otro; decidió tomarse una semana libre para descansar un poco de La Caja.
En esos días, aprovechó para adquirir lo que necesitaba. Consiguió un cuchillo de supervivencia con muchos accesorios que incluían lanza bengalas en la empuñadora. En la misma armería vio una escopeta con sistema de corredera de la que se enamoró, con algo más de dinero la compraría y se marcharía.
Tomó la calle de regreso a su casa cuando descubrió, caminado a su lado, al demonio.
—Pronto abandonaré tu deprimida aldea, espectro. —le dijo.
—Sigues subestimando mi poder, Sálvat. No me interesan tus posesiones, es tu esencia lo que te niegas a usar. Sabes que no eres humano, pero insistes en mezclarte con ellos.
—Al mundo lo rigen esta clase de humanos.
—No. Estos son peones de peones en un juego que no conocen, son esclavos de sí mismos que ya no sienten nada por el prójimo, es la calaña que mantiene a este mundo al borde de la extinción. Se aíslan acumulando símbolos que no significan nada, son como parásitos devorándose entre ellos.
—¿Y me adviertes? ¿Tú que buscas exterminarnos? No confiaré en tus mentiras.
—Aún tengo mis planes. Sé que buscas destruirme, pero nunca conseguirás ese cometido. Por eso tendrás que pulir tus habilidades, todavía no puedes evitar que me presente ante ti. Sólo usando los poderes con que naciste podrás alcanzar tus propósitos. Estos seres no son nada, son viles y traicioneros. Nadie los extrañará cuando desaparezcan, pero son capaces de hacer mucho daño gratuito. Pronto lo comprobarás en tu propia persona. Entonces deberás hacer tu elección, la última de todas. ¿Continuarás por este camino o tomarás las riendas para dar el paso que te convertirá para siempre en uno de nuestra especie?
—Nunca seré de los tuyos, espectro. Ni siquiera lo fui cuando morabas en mi interior.
—No mencioné que fueras de los míos, dije de nuestra especie. —concluyó el demonio para desaparecer. Sálvat descubrió que estaba en el medio de la calle, cobijó sus manos en los bolsillos y caminó despacio hacia la casa.

Relato Fantástico - La Caja Maldita Cuando se reincorporó a su labor, percibió al instante que todos sus compañeros le ocultaban algo. Las miradas eran incómodas, inclusive las de los directores. Bartolo lo recibió diciéndole que en su ausencia habían surgido discusiones acerca de su manera de trabajar, por sus diferencias con Sálvat había presentado la renuncia, pero los directivos le rogaron que se quedara, que preferían despedir al Nómada antes de perderlo a él como empleado.
Aquello le provocó risa, su traición era tan evidente como su cobardía. Había esperado que estuviera ausente para exponer sus problemas. Podía ver claramente como había llorado ante los directores exhibiendo certificados médicos de los hijos, resonancias magnéticas y documentos de otros empleos, pero el timorato no lo habría conseguido sin auxilio; Guerchu había apoyado cada una de sus palabras.
No tenían motivos para actuar de ese modo, Sálvat nunca les había hecho nada, pero entendía que los iguales se reconocen y el único diferente ahí, era él. Todos estaban enterados y ninguno le había advertido, no pudieron mirarle a los ojos cuando lo llamaron para anunciarle la baja de la empresa.
¡Qué piara de cobardes!, pensó.
No le molestaba el hecho, si no la actitud, nadie había sentido una pizca de camaradería, ni se había conmovido porque lo dejarán sin trabajo, injustamente. Preferían la vergüenza y el olvido antes de intervenir con una simple palabra de consuelo. Sintió deseos de hacerlos reaccionar, demostrarles que en el mundo había cosas más importantes que temer, mas no todos eran depositarios de su desprecio. Había gente, entre los empleados de La Caja, que aún no habían perdido sus principios, a ellos no los maldeciría.
No podía salir de su asombro cuando le pagaron. Era mucho, lo justo según sus leyes, sin embargo más de lo que necesitaba para continuar. Saludó a todos, muchos devolvieron el saludo tímidamente y los más allegados a él, lo ignoraron abiertamente. Su sumisión y cobardía eran despreciables.
Ahí estaban los autores de la decadencia humana, viviendo en el temor y justificando las injusticias. No eran amigos de nadie, su existencia era una mueca fingida; una Mentira convertida en Verdad porque todos la repetían.
Al abandonar el edificio pensó que Sandy era mejor persona que ellos. Se quedó un par de minutos en la vereda apabullado con la situación. Unos guardias se acercaron para pedirle que se fuera, no podía continuar ahí por órdenes superiores. Se rió con ganas. No eran malos, hacían su trabajo y detectó que a uno de ellos no le gustaba hacerlo. Caminó despacio tratando de ordenar sus pensamientos, incómodo por la bajeza de esas personas.
No había perdido nada en realidad. Mejor que eso, estaba forrado de dinero, pero no dejaba de crecer en él, la idea de un escarmiento para aquellos miserables. No sería nada violento, no desperdiciaría municiones contra esos desdichados que tenían dos puntos débiles bien marcados: La imagen y el dinero.

Estaba empacando cuando el espectro hizo aparición.
—Te humillaron un poco ¿No? —dijo al hacerse visible.
—Siguiendo tus malditos planes, por supuesto.
—Yo no intervine. Fue la voluntad de Bartolo y Guerchu mezclada con la necedad ciega de sus jefes, quienes tienen todo el mérito. Ellos me hacen fuerte, toda la basura que emiten sus mentes me mantiene activo.
—Me lo dices para que haga algo. Ahorrate tus estupideces, ya no me importa —gruñó y razonó—: Para mentirme convincentemente debes decir un poco de verdad —meditó en voz alta con el odio invadiéndolo—. ¿Estos te hacen fuerte? No me sentiré culpable por lo que le pase a esta Caja, es una serpiente que necesita revolcarse en sus propios anillos —lo miró con intensidad—, pero no caeré en tus artimañas, otra vez.
El demonio se disolvió sin replicar.

Sálvat cargó el equipaje en Sandy, la moto robot gruñó satisfecha de volver a la ruta. Se alejó lentamente, hasta que aquel sitio de existencias miserables se convirtió en una sombra sobre el horizonte.
Entonces el Nómada se apeó, esperó a la medianoche, cuando los espectros son más fuertes y anhelan servir a quien los invoca. Hizo un círculo en el suelo bajo las estrellas, lo llenó de símbolos y encendió cirios. Repitió en voz alta los nombres que maldecía, manifestando en ese mismo momento el efecto que pronunciaba. Una a una, las presencias de seres ultraterrenos se materializaron, inclinándose obedientes para recibir las órdenes de quién los convocaba. Sálvat llenó de intención sus demandas, extendiendo el brazo, lanzando su poder.
Mientras lo hacía, las imágenes de la maldición se sucedían en su mente. Toda la vida alrededor se secó, las mujeres quedaron estériles y los corazones se debilitaron. Los tumores se ramificaron en aquellos que lo odiaban y los alimentos se hicieron incomibles, pero tuvo un atisbo de las personas que no eran egoístas ni malvadas. Había una cantidad de gente que no merecía esa suerte. Concentró sus pensamientos en ellos deseándoles el bien, sus espíritus acólitos lo secundaron obedientes.
Al instante, la figura negra de Dimán se hizo presente.
—¿Qué haces? —rugió el Demonio—. ¿Qué es esa muestra de debilidad?
—Justicia, espectro. No habrá compasión para los que no la dan, pero a estos, no los atormentarás más con tus esbirros.
—No tienes ni una pizca de humanidad… —replicó el ser desapareciendo en la oscuridad. El Nómada lanzó una carcajada, realmente alegre. Había vencido por partida doble, a los desdichados esclavos de La Caja y al viejo espectro.
Desde ahí podía sentir los lamentos, volvía a ser Sálvat, el errante, en busca de su destino.

El viejo apartó el plato vacío y miró al viajero, dando casi por concluida su narración.
—Este lugar, La Caja, está maldito, nunca consiguió reponerse. Dicen que atrae a todos aquellos que merecen la maldición. Los pocos que continuaron trabajando estaban tan infectados por la mugre de sus almas que no sabían vivir de otra forma. Aunque se engañaban a sí mismos diciéndose que eran privilegiados de pertenecer a este sitio.
El Nómada lo dejó atrás, era la primera vez que no se llevaba un grato recuerdo de alguien. Sólo sonrió palpando la bolsa de dinero y observando las mejoras en Sandy. Desde luego, no había dejado pasar la oportunidad de comprar la escopeta de corredera y varias cajas de cartuchos. Su campera nueva aún olía a cuero cuando se subió las solapas. Así, continuó a máxima velocidad hacia el norte, siguiendo siempre la R Sesenta y seis y nunca regresó a este lugar.
—¿Hablas de años atrás, verdad? —indagó el viajero mientras su mujer le tironeaba del brazo—. Esta desolación debió tomar mucho tiempo para manifestarse.
—¿Qué importa eso? La gente buena se fue antes de que todo se viniese abajo. Ustedes harían bien en retirarse, los huesos de muchos viajeros han quedado para llenar las tumbas de estas ruinas.
—¿Qué demonios intentas, viejo? —el viajero hizo ademán de retirarse, molesto porqué el anciano atemorizaba a su familia. Ya la noche había caído, tenía agua y combustible para continuar. Sin embargo, el viajero quería sacarse una duda: —Toda tu historia es muy pintoresca, pero… ¿Quién diablos eres tú? Permaneces aquí como si la maldición no te afectara.
El anciano se puso de pie, revelando una contextura elástica y señorial. Sonrió con otra voz y dijo: —Soy Dimán, iluso viajero. Ha pasado de la medianoche y los espectros comienzan a andar; ya no hay salida de este lugar baldío. Disponte a compartir la suerte de los malditos.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de mayo del 2009