I.- LOS HOMBRES DE LAS ARENAS
Año de Nuestro Señor 1.317.
El desierto interminable, rielado por el calor del medio día, era un océano ignoto que se extendía hasta el infinito. Con decisión, el antiguo caballero templario empuñó la espada y abandonó la caravana, dispuesto a enfrentarse a la muerte una vez más. El sol centelleó sobre sus sombrías vestiduras impropias para el clima implacable de las arenas; jubón y pantalones oscuros, caperuza de malla, y botas de cuero hasta las rodillas. En su rostro, pálido y circunspecto, manchado de polvo, destacaban dos gélidos ojos grises, encuadrados por un cabello rubio albino cortado a cepillo. A lo lejos, recortadas contra el horizonte, una treintena de siluetas montadas a caballo avanzaban en su dirección. A pesar de la distancia, Stark distinguió el brillo de las espadas y las alabardas; aquellos hombres, esclavistas por su apariencia, sacrificarían a los débiles y capturarían a los fuertes, para venderlos en los mercados de carne humana de Delhi.
El germano separó las piernas y apretó el pomo del acero, dispuesto a vender su piel lo más cara posible. La carrera de los corceles levantó una espesa polvacera en el aire tórrido. La bóveda celeste, de un resplandeciente color azulado, estaba vacía de nubes que lo protegieran de los haces abrasadores que caían desde lo alto. Atrás, a veinte metros de distancia, los miembros de la caravana se refugiaban en los carromatos, orando a sus dioses, con los ojos dilatados por el terror. Tanto hombres como mujeres, los cuales vestían túnicas vaporosas y sandalias de piel, eran comerciantes sin experiencia en las armas. La escolta de protección que los mercaderes habían contratado en Aracosia, al descubrir que la caravana iba a ser atacada, había huido escasos minutos antes. Wolfgang lanzó una maldición con los dientes encajados.
—¡Perros! —gruñó—. ¡Espero que ardáis en el Infierno por vuestra infamia!
Como de costumbre, los seres humanos mostraban su verdadero temple cuando surgían problemas, las promesas y los pactos formulados en momentos de paz, poco contaban cuando peligraban sus cabezas. Instintivamente, contempló las expresiones asustadas de los dueños de la caravana: ninguno le serviría de auxilio cuando comenzara la batalla. Stark torció los labios en una mueca despectiva: detestaba a las personas que el destino le había obligado a defender. Durante un momento, estuvo tentado en subir a su montura e imitar a los guardaespaldas, pero su honor inquebrantable, propio de los Caballeros de Dios, le impidió realizar aquella acción. Prefería perecer antes que dar la espalda al enemigo: su conciencia jamás le perdonaría obrar como un cobarde.
Durante la travesía de varios meses de duración por los desiertos interminables que formaban aquellas tierras, los comerciantes le habían contado la sangrienta historia de la India. Un siglo antes, Muhammad de Ghor, había invadido y conquistado las ciudades más importantes del país, creando un bastión para la expansión musulmana en aquella zona de Asia Central. Decenios más tarde, Shams ud din Iltu-mish, antiguo tratante de esclavos, estableció un reino turco en Delhi. Gracias a ello, los sultanes que lo precedieron llegaron a las tierras lejanas de Bengala y Deccan, utilizando la espada y el fuego para someter a los habitantes que se atrevieron a ofrecer resistencia. Desde entonces, los sultanatos lucharon por mantener el poder, librando una serie de espantosas luchas internas, que derribaron a la antigua dinastía Slave por tierra. Ala-ud-Din, segundo gobernante de la dinastía Khilji, había fallecido el año pasado. Su sucesor, Qutb-ud-din Mubarak Shah, después de cegar a su hermano para conseguir el trono, liberó a los miles de presos encarcelados por su progenitor, y abolió los altos impuestos que sumían en la ruina a los campesinos. Aunque no aprobara la manera de conseguir el poder por parte del joven emir, el germano sentía respeto y admiración por sus actos: pocos monarcas se atreverían a obrar de una forma tan desinteresada; a la mayoría sólo le preocupaba mantener sus riquezas y posición al precio que fuera. El motivo fundamental que lo había obligado a abandonar el Viejo Continente hacía dos años, fue que estaba hastiado de las intrigas de las cortes europeas. Irónicamente, pese a haber recorrido millares de kilómetros hacia el este, volvía a encontrarse cara a cara con los mismos problemas; parecía que todas las razas, por distintas que fueran sus culturas y credos religiosos, eran tuteladas de, una u otra forma, por la mano de Satanás.
Durante un momento, pensó que estaba completamente loco; se encontraba en clara desventaja numérica, y los esclavistas no dudarían en acabar con su persona. Indiferente, el antiguo caballero templario se encogió de hombros: prefería morir empuñando un arma antes que ser exterminado como una res. Al ser consciente del destino que le esperaba, una sonrisa lúgubre, carente de todo humor, cruzó sus facciones; confiaría su suerte a la clemencia del Todopoderoso.
Stark efectuó una pequeña oración mientras apretaba las cinchas del escudo y el pomo del mandoble.
—Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix —susurró—. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
La plegaria tranquilizó los violentos latidos de su corazón. Aunque había lidiado cientos de veces contra seres humanos y engendros de origen sobrenatural, una sensación de nerviosismo lo invadía, templando sus nervios a flor de piel. Al apartar las sombrías reflexiones que inundaban su mente, Wolfgang se transformó en un bloque de acero, frío y letal como la misma muerte. La determinación cubrió sus rasgos, proporcionándole un aspecto fúnebre e imponente, digno de cualquier fanático del Santo Oficio. Las dudas y las inquietudes que atesoraba desde hacía semanas desaparecieron: la guerra convertía a los hombres rectos en máquinas de matar. Una exclamación sonó a su espalda:
—¡Habéis perdido el juicio! —dijo el líder de la caravana—. ¡Debemos escapar!
El germano lanzó un escupitajo despectivo sobre la arena.
—Intentadlo —propuso sin volver la cabeza—. Os arrancaran la piel a tiras antes de lo que imagináis. ¡Armaros y pelead por los vuestros!
El mercader, un individuo de espesa barba negra y pronunciado abdomen, cuyas muñecas estaban cubiertas por pulseras de plata, se frotó las manos nerviosamente.
—¡Ni por todo el oro del mundo! —chilló—. ¡Soy un comerciante, no un guerrero como vos!
Stark fue hosco:
—Pues pereced como una rata —rezongó—. Vuestras mercancías y alhajas no os servirán para salvar el pescuezo.
El antiguo caballero templario ignoró las exclamaciones de los miembros de la caravana. Enfrente, las siluetas enlutadas de los esclavistas aumentaban de tamaño, sombrías y amenazadoras como el Averno. Entrecerró los párpados y percibió los rostros huesudos bajo las capuchas, las manos nudosas que sostenían cimitarras, lanzas, mazas y arcos de hueso, y las ropas sucias que ondeaban al viento. Sin aminorar de velocidad, el jinete que iba en cabeza colocó una flecha en la cuerda del arco: el proyectil atravesó el aire, pasó por encima del germano y perforó el esternón del líder de los mercaderes. Éste emitió un aullido ahogado y escupió un borbotón escarlata por la boca, derrumbándose con los brazos abiertos. Wolfgang rió con sorna.
—¡Veis cómo tenía razón! —masculló—. ¡Coged las malditas espadas de una vez!
Una docena de saetas volaron en su dirección. El germano levantó el escudo y acusó el impacto: tres astiles vibraron sobre las planchas metálicas que revestían su precaria protección. Gritos y maldiciones escaparon de sus compañeros; una mujer de mediana edad se desplomó con la garganta traspasada de parte a parte. Antes de que pudiera reaccionar, una silueta se cernió sobre su anatomía con la cimitarra alzada, dispuesto a cercenarle la cabeza. Rápidamente, Stark brincó a la derecha, esquivando la hoja afilada y el embate del caballo, trazando un fulgurante arco que abrió el torso de su oponente. El jinete rugió y cayó de la montura, con un crujido de huesos rotos. Acto seguido, el antiguo caballero templario embistió al segundo esclavista del grupo. Los dientes amarillentos de su rival chirriaron, a la vez que lo apuntaba con la punta de su lanza. El germano desvió el arma con el escudo y enterró la espada en las ingles del encapuchado. Como una exhalación, retiró el mandoble y sorteó las cimitarras de los esclavistas, pasando a una actitud defensiva. Una alabarda descendió y rompió los eslabones de la cota de malla, arrancándole un respingo de dolor. Con una mirada enloquecida, Wolfgang contraatacó, partiendo el asta de la lanza en dos. El jinete blasfemó en su propio idioma, y buscó la empuñadura del largo cuchillo curvo que colgaba en su costado. El acero del antiguo caballero templario fulguró en dirección ascendente y le taladró el corazón. Una voz cortante se impuso al golpear de las armas, la pesada respiración de los corceles, y las súplicas desesperadas de los comerciantes:
—¡Matadlo! —ordenó furiosamente—. ¡Terminad con el extranjero, hijos de mala madre!
Con la adrenalina abrasándole las venas, el germano obvió el dolor lacerante de la herida recién abierta, buscando con la vista al hombre que había hablado. Los jinetes formaron un corro a su alrededor, atentos y recelosos, con las armas por delante, ocultando al desconocido. Entre injurias, Wolfgang avanzó con el escudo en alto y la espada embadurnada de sangre, dispuesto a romper el círculo y a acabar con aquel individuo. Los supervivientes de la caravana levantaron los brazos y se rindieron, implorando clemencia con los ojos anegados de lágrimas. La deplorable escena inundó a Stark de rabia: merecían todos los tormentos que los esclavistas pudieran infringirles. El golpe de una cimitarra arrancó una lluvia de chispas a la parte superior del escudo. De inmediato, dio un paso hacia delante y cortó la cincha de la silla; el jinete se desplomó con un grito sorpresa y chocó contra el suelo enrojecido y pisoteado. El antiguo caballero templario agarró las bridas, subió a pulso sobre la montura y clavó los talones en los ijares cubiertos de sudor. Aterrorizado, el animal lanzó un relincho y saltó hacia delante, arrollando al esclavista tirado ante sus poderosas patas: el berrido moribundo del hombre se fundió con el sonido de sus propios huesos aplastados. Wolfgang aguantó el equilibrio lo mejor que pudo, tiró de las riendas y avanzó a gran velocidad hacia el desconocido. Los jinetes no tuvieron la ocasión de detener su carrera. Flechas homicidas silbaron cerca de sus oídos. En pocos segundos, estuvo encima de la figura encapuchada, que levantó el sable para protegerse del inminente ataque. Stark alcanzó a contemplar unas facciones morenas y repelentes coronadas por una barba en punta.
—¡Ayudadme, chacales! —acertó a chillar su rival—. ¡Quitádmelo de encima!
Ambas hojas chocaron con un espantoso chasquido metálico. El mandoble del germano rompió la cimitarra por la mitad y se hundió en el hombro de su enemigo, desgarrando carne, músculos y huesos hasta el esternón. El feroz embate arrojó el cadáver de espaldas, convertido en un guiñapo ensangrentado, con una expresión retorcida en la cara. Satisfecho, Wolfgang dio la media vuelta y alzó la hoja mellada sobre su cráneo; una mueca asesina llenaba sus rasgos empapados de sudor y sangre ajena.
—¡Venid, puercos! —vociferó—. ¡Os estoy esperando!
Los esclavistas que no estaban saqueando la caravana se volvieron en su dirección, aullando como lobos, dispuestos a vengar la muerte de su líder. Los caballos pisotearon las arenas ardientes teñidas de rojo y corrieron hacia el germano. Éste pasó por alto las punzadas de su costado herido y avanzó hacia sus oponentes, lanzando un rugido de guerra, enervado por la furia del combate. Al llegar a la altura del primer jinete, su espada chocó contra una cimitarra, lanzando centellas azules y blancas. Su adversario realizó una finta y golpeó la cara de Stark con el lado plano del arma. Una mirada de constelaciones estalló delante de los ojos del antiguo caballero templario. El brutal impacto le llenó la boca de sangre y lo derribó por tierra. Semiinconsciente, con los músculos doloridos y la cabeza a punto de estallarle, extendió la zurda hacia el mandoble perdido. El jinete descendió del animal de un salto y le propinó una patada en el vientre. Los dedos del germano arañaron el pomo del arma sin conseguir atraparla. Su antagonista apartó la espada con el pie y le clavó la punta de la cimitarra en la garganta.
—¡Quieto! —bramó—. ¡U os abriré el cuello de oreja a oreja!
Impotente, Wolfgang le lanzó una mirada venenosa y guardó silencio: mientras continuara con vida el resto carecía de importancia. Los esclavistas bajaron de sus monturas y lo circundaron con las armas desenvainadas; sus expresiones ceñudas presagiaban lo peor. Uno de ellos se dirigió al individuo que lo había derrotado:
—¡Debéis matarlo, Hasan! —gruñó—. ¡Este bastardo ha acabado con cinco de los nuestros!
Hasan soltó una carcajada desagradable.
—Todo a su tiempo —replicó con sequedad—. Primero deseo divertirme un poco.
Otro hombre intervino:
—Tenemos que irnos de aquí —terció—. La guardia real vigila esta zona constantemente. ¡Si nos encuentran nos colgarán en lo alto de una palmera!
Un clamor colectivo de protesta surgió del grupo:
—¡Callaos, perros! —rugió Hasan—. Haréis lo que yo diga, ¿entendido?
Reticentes, los hombres cesaron sus exclamaciones: todos sabían que debían respetarlo; las normas eran las normas.
—Soy vuestro jefe por derecho —puntualizó—, y debéis obedecer mis órdenes.
Los esclavistas asintieron con sequedad. Los códigos de conducta de las hermandades del desierto no dejaban lugar a dudas: el segundo tomaba el mando cuando perecía el líder. Nadie lloraría lágrimas amargas por el hombre que el antiguo caballero templario había aniquilado; para ellos era un mal recuerdo que sería devorado por los buitres en breve.
—Atad a los mercaderes y revisad los carros—continuó Hasan—. Partiremos antes de que se ponga el sol.
En lo alto, a contraluz, las primeras aves carroñeras daban vueltas en círculos con las alas extendidas, esperando la ocasión para llenar sus tripas. El desierto implacable no concedía piedad alguna: sólo sobrevivían aquellos que demostraban su entereza ante los elementos. Cientos de imperios habían caído en el pasado, sometidos por el poder de las arenas: los hombres que contaminaban la tierra con su presencia, poco significaban al lado de las dunas inmemoriales que se deslizaban más allá del horizonte.
Stark tomó la palabra:
—¿Qué diablos pensáis hacer conmigo?
Los ojos del esclavista brillaron perversamente.
—Ya lo veréis, extranjero. —Señaló a uno de sus hombres con el índice—. Cargadlo de cadenas y aseguraos de que no escape. ¡Lo llevaremos al Desfiladero de los Muertos!
Una corriente de miedo atravesó a sus enemigos. Los rostros despiadados y salvajes palidecieron. Un terror arcaico y ancestral cubría aquellas tierras con su manto tenebroso. Tanto, que incluso los propios esclavistas, individuos crueles y sanguinarios, lo temían con todas sus fuerzas.
Su subordinado sonrió al escuchar los planes del nuevo jefe y replicó:
—Dadlo por hecho, Hasan.
II.- LAS CRIATURAS DE LA OSCURIDAD
Tres días más tarde, al atardecer, la caravana llegó a la entrada del desfiladero. Agotado por el peso de las cadenas, Wolfgang levantó la vista y contempló las paredes rocosas bañadas por la niebla. Un silencio antinatural cubría el lugar hasta resultar agobiante. Las monturas pifiaron e intentaron retroceder, pero sus dueños sostuvieron las bridas con manos de hierro, apaciguándolas a duras penas. A través de los pesados jirones de bruma, Stark distinguió los bordes irreales de un camino que se adentraba en la oscuridad. A ambos lados, espolones de piedra erosionados por el paso de los milenios, se ensanchaban, gradualmente, para formar una garganta de ángulos cortantes. Una ráfaga de aire recorrió el valle y llegó hasta los jinetes, encegueciéndolos con sus afiladas partículas de arena. En el horizonte, detrás de las nubes plomizas, el sol esparcía una luz pálida y anaranjada que menguaba por momentos; en pocos minutos la luna y las estrellas invadirían la bóveda celeste. Hasan espoleó a su caballo y se aproximó al germano.
—Ya hemos llegado —dijo con sorna—. Espero que hayáis disfrutado del paseo, señor.
Stark lo observó con odio. Durante la travesía por el desierto, sus captores apenas le habían proporcionado comida o agua; el agotamiento estaba a punto de aniquilar su indómita resistencia, se mantenía en pie gracias al aborrecimiento que experimentaba hacia los esclavistas.
—Me gustaría veros en mi lugar —gruñó con los dientes apretados—. Estoy seguro de que no mostraríais tanta soberbia.
El líder del grupo esbozó una sonrisa maliciosa:
—Desgraciadamente para vos, nunca lo sabréis —acotó—. Dentro de poco habréis muerto.
El antiguo caballero templario le devolvió el gesto.
—Hombres mejores que vos pensaron lo mismo —respondió cáusticamente—, y ahora son pasto de los gusanos.
Hasan ignoró su comentario.
—Quitadle las cadenas —ordenó a sus secuaces—. ¡Veremos de qué pasta está hecho este bravucón!
De inmediato, dos individuos lo sostuvieron con brutalidad y soltaron los grilletes; las cadenas emitieron un sonido sordo al aterrizar en el suelo. Aliviado, el germano se frotó los miembros entumecidos por la falta de riego sanguíneo; tenía la piel de las muñecas ennegrecidas y en carne viva, tuvo que encajar las quijadas para resistir las punzadas de dolor que ascendían por sus brazos. Ante sus movimientos, los esclavistas que lo rodeaban alzaron las armas, desconfiados, ninguno había olvidado lo peligroso que Stark podía llegar a ser. A pocos metros de distancia, un jinete lo apuntaba con su arco; si efectuaba el menor movimiento sospechoso no dudaría en atravesarle con una flecha. El jefe de los esclavistas miró nerviosamente en derredor; el desfiladero no le agradaba en absoluto, oscuras leyendas corrían entre los nómadas que cruzaban el desierto sobre aquel lugar.
La voz de Hasan no sonó tan firme como hubiera deseado aparentar:
—Os contaré una historia extranjero —dijo—. Hace muchos años, después de la muerte de Mahoma, nuestro gran Profeta, el califa Umayyad de Damasco envió una expedición a Baluchistán con la intención de abrir nuevos horizontes comerciales. Evidentemente, la expedición liderada por Muha-mmad bin Qasim fue un fracaso absoluto; nunca consiguieron llegar más allá del norte de Multan. Según los cronistas, una tropa de guerreros insatisfechos abandonó a su jefe y partió en busca de botín. Durante meses, saquearon las caravanas que partían hacia Occidente y asaltaron los poblados de la zona con frenesí. Los aldeanos, asustados y ávidos de venganza, contrataron a un hechicero que vivía en las faldas de las montañas de Ghazni para que terminara con ellos. Conmovido por la desesperación de aquellas pobres gentes, éste convocó al demonio más bestial de los Infiernos; un ser informe y monstruoso, de enormes colmillos y garras afiladas como cuchillas, que destrozó a los ladrones en este lugar…
Wolfgang lo interrumpió con aspereza:
—¿Y a mí en que me atañe?
El esclavista prosiguió malhumorado:
—Desde entonces, los nómadas procuraron no volver a pasar por aquí. Las caravanas que partían desde Sindh y Lahore cambiaron de rumbo, hicieron un amplio rodeo de muchos kilómetros, y buscaron rutas alternativas para cruzar el desierto. Aquellos que desoyeron los consejos de los peregrinos y atajaron por el desfiladero, jamás volvieron a ver la luz del sol. Una antigua maldición inunda estas tierras, y vos, amigo mío, tendréis la oportunidad de comprobarla de primera mano.
Stark se encogió de hombros.
—¿Por qué tanta charla? —masculló—. ¿Acaso creéis que las habladurías de los nómadas pueden darme miedo?
Hasan fue cortante:
—Veo que vuestro valor es acorde a vuestra arrogancia.
El germano apretó los puños.
—¿Qué queréis que haga?
—Tenéis hasta el amanecer para llegar al oasis que hay al final de la garganta. Si no conseguís cruzarlo exterminaré a cuchillo a todos los comerciantes, ¿entendéis?
Wolfgang tembló de rabia.
—No me lo creo —barbotó—. ¿Vais a perder los beneficios que podréis conseguir en el mercado de esclavos de Delhi por ponerme a prueba?
El jefe del grupo se mostró indiferente.
—Hemos conseguido más de lo que esperábamos. Supongo que no tendréis ni idea del contenido de los carromatos, ¿verdad? Yo os lo diré: llevaban gemas, oro, marfil, pieles… ¡Suficientes para pagar el rescate de un sultán!
Stark estaba acorralado. Las vidas de los comerciantes dependían de sus actos. Aunque detestara la cobardía de aquellos individuos, no podía permitir que los esclavistas los aniquilaran a placer. Al ser consciente de la nueva responsabilidad que prendía sobre sus hombros soltó un suspiro: los caminos del Señor eran inescrutables.
—¿Y cómo puedo saber que cumpliréis vuestra palabra?
Hasan encogió los estrechos hombros.
—Ése no es mi problema, extranjero.
Los ojos del antiguo caballero templario eran dos pozos ardientes de resentimiento.
—La Santísima Virgen María, madre de Dios, y todos los Santos son testigos de mi promesa, Hasan.
El esclavista ignoró sus heladas palabras:
—Os recuerdo que no tenéis tiempo para amenazas. Tres de mis hombres vigilarán la entrada del desfiladero. Si os atrevéis a retroceder, os coserán a flechazos. ¿Hay trato o no hay trato?
Los nudillos de Stark se volvieron blancos por la presión de sus dedos: encontraría la manera de vengarse de aquellos hombres.
—De acuerdo.
Media hora más tarde, Wolfgang había dejado atrás las paredes angostas que formaban la entrada del desfiladero. La luna llena iluminó el camino que se adentraba en las tinieblas, proporcionando un aspecto sobrecogedor al lugar. El suelo arenoso, removido por huellas recientes, estaba cubierto de vegetación reseca y piedras sueltas. Con curiosidad, se inclinó y comprobó las marcas impresas sobre la arena: parecía que un grupo de jinetes, una docena a lo sumo, había pasado por allí hacía una jornada escasa. Renovadas esperanzas encendieron el alma del germano: puede que la historia que el esclavista le había contado fuera una patraña para asustar a los forasteros. Apretó el paso y pasó por alto los latidos de sufrimiento de su costado mal cicatrizado: suerte que la cota de malla había resistido el impacto de la lanza; la herida resultó ser menos grave de lo que imaginó en un principio. Delante, el sendero dibujaba una curva descendente, y desaparecía entre la niebla pastosa, presagiando horrores sin nombre y peligros que prometían acabar con cualquier cristiano.
Wolfgang se detuvo, con los cinco sentidos alertas, intentando percibir algún sonido. El desfiladero estaba en silencio, sólo escuchaba el rumor de la brisa sobre las rocas y el lento deslizar de los montículos de arena. Detrás de su figura, la bruma ocultó la vereda que había recorrido; las volutas, tenues y rojizas, apenas le permitían distinguir las huellas de sus propias botas. Un estremecimiento irracional recorrió sus nervios: intuía que algo terrible estaba a punto de sucederle. Instintivamente, su zurda descendió buscando su espada, pero se detuvo al recordar que estaba desarmado; los esclavistas no se habían molestado en devolverle sus armas. Furioso, continuó adelante con los músculos en tensión, listo para enfrentarse a lo desconocido.
Las nubes ocultaron las constelaciones distantes del firmamento. Una súbita negrura se apoderó del lugar, propagando un vacío estremecedor. La niebla y la oscuridad comenzaron a jugarle malas pasadas; creía distinguir rostros cadavéricos, espadas arruinadas y armaduras hendidas, entre las sombras que proyectaban las rocas. Indeciso, se frotó los párpados, borrando las imágenes de su campo visual; la escasez de descanso y de alimento exacerbaba su imaginación febril. Sin transición, fue consciente de la futilidad de todas sus esperanzas; nunca podría alcanzar la paz de espíritu. Una honda tristeza se apoderó de su ser; remordimientos de conciencia que creía olvidados, regresaron con una intensidad devoradora. El antiguo caballero templario sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas amargas; no había vuelto a ser el mismo, desde que sus hermanos fueron aniquilados por la Santa Inquisición. Aunque quisiera evitarlo, continuaba obrando como el día en que había sido investido con los hábitos del Temple, un cuarto de siglo antes; aferrándose a conceptos como la fe religiosa, la decencia y la justicia, para no perder la razón. Había renunciado a demasiadas cosas para permitirse ilusiones: le era imposible llenar el vacío que inundaba sus sueños. Stark rememoró el ocaso de la Orden, una década antes, la noche que Guillermo de Nogaret apresó al Maestre de París, Jaques de Molay. Al hacerlo, rechinó los dientes de rabia y culpabilidad; había sido incapaz de auxiliar a sus iguales. Rabioso consigo mismo, sacudió la cabeza y apartó aquellos recuerdos de su memoria: ahora salvar a los comerciantes era su prioridad principal; no tenía tiempo de atormentarse por los errores cometidos.
Lentamente, avanzó entre la bruma irrespirable, anhelando el contacto familiar y tranquilizador de una espada. Voces imprecisas llegaron a sus oídos: risas burlonas, llantos afligidos, lamentos de dolor, oraciones implorando piedad… Las palpitaciones de su corazón amenazaron con romperle las costillas. Un sudor helado se deslizó por sus miembros y le puso el vello de los brazos de punta: las primeras manifestaciones del horror, que sumían el desfiladero en un aura impenetrable, comenzaban a hacer acto de presencia. Sus pies chocaron contra algo; una caravela descarnada le sonrió burlonamente. Wolfgang ahogó una blasfemia y examinó su entorno: esqueletos medio enterrados en la arena, cubiertos por armaduras oxidadas y harapos desgarrados, yacían en todas las direcciones. Una sacudida involuntaria recorrió su fisonomía de la cabeza a los pies.
Al estudiar los despojos humanos con más detenimiento, descubrió que los cascos cilíndricos, las cotas de malla de delicada confección, los petos y espinilleras de hierro, y armas de toda índole; cimitarras, hachas, alabardas, mazas, cuchillos, y machetes, poseían, como mínimo, tres o cuatro siglos de antigüedad. Por algún extraño fenómeno natural, el clima árido del desierto había conservado las osamentas y pertrechos, impidiendo que los cadáveres se transformaran en polvo. El germano se inclinó y agarró una espada, probó su tamaño y resistencia, y prosiguió su camino. Por lo que podía deducir, los restos blanqueados por el sol y las estrellas, eran lo único que restaba de la tropa rebelde que había desertado del ejército de Muhammad bin Qasim. El esclavista no le había mentido.
Reconfortado por volver a empuñar un arma, Stark descendió una colina de polvo seco, lanzando miradas nerviosas a su alrededor. Poco a poco, el espejismo auditivo que había experimentado minutos antes se desvaneció; sus sentidos volvían a obedecerle. La niebla aumentó, obligándolo a respirar entrecortadamente; cada bocanada de aire le hundía puñales de escarcha en los pulmones. Un hedor inmundo flotaba en el aire, enrareciendo la atmósfera sobrecargada e inquietante del lugar. El antiguo caballero templario escupió la bilis que le había subido a la boca, y se llevó una mano a la nariz: había librado suficientes batallas, para saber que aquellos efluvios emanaban de cuerpos en descomposición. Al doblar un saliente, descubrió que sus sospechas no eran infundadas: una docena de cuerpos inertes, tirados en grotescas posturas, descansaban sobre la arena. Rígido, sorteó los cadáveres de los camellos, se aproximó a los caídos, y comprobó que tanto animales como hombres no habían sufrido ningún daño físico. ¿De qué diablos los conocía? Una luz de discernimiento llenó su mente; aquellos individuos eran los mismos que abandonaron la caravana ante la amenaza de los esclavistas. Stark esbozó una sonrisa cínica; el Todopoderoso había castigado la execrable acción de la escolta, con la muerte más horrible que podía concebir. Con una expresión de extrañeza, descubrió que los ojos abiertos de los muertos rezumaban un pavor infinito; sus corazones no pudieron resistir aquella prueba demencial. Los rasgos de la escolta estaban deformados por un terror primigenio, antinatural, que escapaba del entendimiento humano. Una vaga sensación de piedad se apoderó de él: aquellos hombres no merecían un final tan espeluznante.
Al sentir una presencia detrás de su espalda, se volvió con el arma preparada, dispuesto a entablar combate. La visión petrificó sus miembros y le arrancó una exclamación de los labios:
—¡Dios Todopoderoso! —imploró—. ¡Sálvame de esta locura!
Enfrente, una hilera de siluetas arcanas, ataviadas con cotas de malla y túnicas insustanciales, lo observaba desde el infinito. Los rostros sarmentosos, cubiertos por jirones de carne muerta, revelaban un sufrimiento eterno, inexorable. Utilizando toda su fuerza de voluntad, Wolfgang reprimió el deseo de desmayarse; el olvido no le proporcionaría escapatoria ante lo desesperado de su situación. Las voces de los muertos volvieron a hacer acto de presencia, desvelándole la condena que prendía sobre sus almas: el entrechocar de los aceros, los gritos de los heridos, el crepitar de las llamas, el crujido de los huesos fracturaros… Entre las filas incorpóreas, descubrió una serie de caras conocidas: sus fiel escudero, Constantin; Arnaldo, el jefe de la guardia de la Sede del Temple en Francia; Cornelio de Venecia, el italiano que conoció la última vez que estuvo en Jerusalén; Harald, el noruego que falleció entre sus brazos víctima del ataque del Kraken; la hija de Astaroth, la joven que había vendido su alma al Maligno para vengarse de los sacerdotes que pretendían inmolarla en la hoguera; Isabel la Negra, la druida que había amado en España años atrás; Bernard de París, William de Galloway y Fernando de Aragón, los caballeros que perecieron durante su desesperado intento de rescatar a de Molay; el capitán Pierre, el francés que lo había conducido hasta las lejanas costas de África; Hawa, la descendiente del mercader que contrató sus servicios en Bujará… Los demonios del pasado cobraron sustancia propia, obligándolo a dudar del presente; la visión de las personas que habían muerto, directa o indirectamente por su causa, estuvo cerca de arrebatarle la cordura. Circundado por cadáveres, bajo la irradiación de las constelaciones, con una cimitarra que resultaba completamente inútil en la zurda, el germano tuvo el deseo de rendirse por primera vez en su vida. El aura de malignidad que desprendían aquellas criaturas había derrotado su voluntad, otrora indestructible. Las piernas le flaquearon y se desplomó de rodillas, suplicando por su existencia con el rostro arrasado por los sollozos. En aquel momento, una pequeña parte de su alma que ningún hombre o demonio había logrado dominar jamás, tomó el control de sus actos. Temblando, con el pecho recorrido por dolorosas punzadas, levantó la cabeza y observó la sombra corrupta de la única mujer que le había importado.
—Isabel —dijo con voz trémula—. ¿Qué estáis haciendo aquí?
La aparición dio un paso hacia delante y lo señaló con un dedo acusador:
—Vos fuisteis el culpable —masculló con odio—. ¡No pude soportar que me abandonarais!
El miedo fue reemplazado por la culpa.
—Nunca quise haceros daño, mi señora —admitió—. Ignoraba que hubierais muerto.
La mirada del espectro ardió con fuegos infernales.
—Me suicidé después de que partierais de mi hogar.
Stark se llevó las manos a la cabeza, vencido por el autoaborrecimiento.
—Lo siento —confesó—. No esperaba que actuarais de esta forma…
—¿Lo sentís? —bramó—. Vuestras palabras son tan egoístas como vuestros actos. ¡Jamás os perdonaré!
Las palabras venenosas de la mujer hirieron su corazón como una puñalada. Su muerte velaría sus peores pesadillas hasta el fin de sus días; sería otra losa de mortificación sobre su conciencia sobrecargada. Al terminar su exabrupto, la figura fantasmal se desvaneció en el aire. El germano intentó llamarla, estrechar su cuerpo entre sus brazos, obtener la absolución, pero la charla había agotado las escasas reservas de energía con las que contaba. Una silueta imponente y monstruosa, de la cual emanaba un poder pretérito, se aproximó al antiguo caballero templario. Los bordes imprecisos de su contorno chispeaban con un diabólico fulgor plateado, eones de consternación y cólera emanaban de los rasgos leprosos; había pagado un precio inconmensurable por su crueldad. Wolfgang intentó escapar del espectro, pero sus miembros eran de plomo; no hubiera podido mover un dedo aunque hubiera querido. Hipnotizado, contempló las facciones huesudas, recorridas por asquerosos gusanos negros, que se detuvieron a unos centímetros de su cara.
Instintivamente, por alguna extraña premonición, supo que la criatura era capaz de leer sus pensamientos. Desesperado, intentó romper el terrible sondeo psíquico que profanaba su mente. La frente se le perló de transpiración y los músculos se le tensaron como cuerdas; no sucumbiría sin mostrar resistencia. Ambos lucharon durante unos segundos interminables. Stark sintió como unas garras intangibles le se hundían en el cerebro, amenazando con destruir su personalidad. Los rasgos del espectro se retorcieron en una mueca de rabia al encontrar una obstinación inesperada y acrecentó la presa. Los ojos rojos, fríos y atormentados, llamearon con un poder profano irresistible. El antiguo caballero templario lanzó un aullido demencial: sentía que le estaban arrebatando el alma del cuerpo. Una sonrisa malévola, vacía de cualquier emoción humana, cubrió las facciones del fantasma, al intuir próxima la victoria. La visión del germano se desdibujó, siendo suplantada por la del espectro, vislumbrando su propia cara sudorosa como si estuviera contemplándose en un espejo. Entonces, gracias al contacto impío que pretendía aniquilar su existencia, supo que aquellos seres vagaban entre la vida y la muerte sin encontrar el descanso eterno, condenados por la mano del Señor. Al ser aniquilados por las artes malignas del hechicero, sus espíritus habían quedado atados a la tierra, incapaces de acceder al Cielo o al Infierno. El desfiladero, donde residían desde hacía siglos, era un Purgatorio que jamás podrían abandonar hasta que hicieran méritos para encontrar la redención.
La voz del espectro inundó su ser con sus tenebrosos pliegues:
—Sois fuerte —reconoció—. Pero no podréis resistir mucho más tiempo.
Involuntariamente, Wolfgang respondió, sin ser consciente de sus propias palabras:
—¿Por qué deseáis matarme? —dijo—. Yo no os he causado ningún daño.
—Nosotros odiamos a todas las criaturas de carne y hueso. Odiamos sus mezquinos planes y ambiciones de grandeza. Odiamos su capacidad de apreciar el viento que recorre el desierto. Odiamos el don que poseen al lograr respirar. Odiamos que puedan contemplar el amanecer. Odiamos…
El fantasma continuó su monótono canto hasta que Stark lo cortó en seco:
—¡Callaos! —bramó—. ¡Vuestra cháchara me está volviendo loco!
—Vos estáis tan maldito como nosotros —rió con perversa exultación—. ¡Lleváis la huella de Lucifer en vuestra carne!
La revelación le hizo olvidar su funesto sino: ¿Qué clase de locura era aquella? ¿Cómo era posible que tuviera acceso a sus recuerdos y experiencias?
—¿Qué queréis decir? —inquirió con violencia.
La criatura fue burlona:
—Satanás os ha señalado de por vida —afirmó—. Sois uno de los pocos que lo han visto y continúan despiertos. ¿Acaso lo habéis olvidado?
—Dudo que pueda hacerlo algún día —barbotó al recordar su encuentro con el Maligno seis años antes—. Pero rechacé la oferta de servirlo. ¡Mi alma no ha sido mancillada por su mano inmunda!
—¡Os equivocáis! —zumbó el espectro—. Gracias a la Marca de Caín seguís vivo. De lo contrario… ¡Habría devorado vuestra esencia vital hace rato!
—¡No es cierto!
Stark sintió que la cabeza le daba vueltas… ¿Sería posible que las palabras del engendro fueran ciertas? Aquellos seres aborrecían a la raza humana porque nunca podrían volver a encontrar la paz de espíritu, por ello aniquilaban a todos los incautos que pasaban por aquel lugar; era su manera de vengarse de la maldición impuesta por sus pecados. Dentro de cada una de las criaturas ardía el deseo de encontrar el olvido; harían cualquier cosa por recuperar su antigua condición. Al comprender el horrible hado que soportaban, la misericordia lo invadió como un manto viscoso y perturbador; sus remordimientos no eran nada comparados con aquella espantosa carga.
El espectro chilló rabioso:
—¡Ahorraos vuestra compasión! —indicó—. ¡No la necesitamos para nada!
—¿Compasión? —Stark lanzó una carcajada cínica—. Como criatura de Satanás merecéis vuestro destino. Ninguno de vosotros alcanzará el descanso mientras no realice méritos suficientes como para alcanzar el Paraíso.
El fantasma se dispuso a acabar con su vida.
—Por ello debéis perecer —dijo—. Vuestra alma nos servirá de consuelo en las noches oscuras que se avecinan.
—No tengo miedo a la muerte —barbotó—. En el fondo me estaríais haciendo un favor.
—Os engañáis a vos mismo —instó—. De no ser así nunca hubierais luchado con tanto ahínco.
—¡Tonterías!
La criatura pareció sonreír:
—Quizá yo os conozca mejor que vos mismo…
El germano esbozó un plan desesperado: era la única manera de salir de allí con vida; los esclavistas debían ser erradicados de la faz de la tierra.
—¡Escuchadme! —exclamó—. ¡Yo puedo auxiliaros a redimir vuestros pecados!
El engendro lo observó con cierto interés.
—¿Cómo? —inquirió—. Muchos hombres dijeron lo mismo que vos y fracasaron. ¡Vuestra raza es hipócrita por naturaleza!
Wolfgang reunió toda la serenidad que pudo y añadió heladamente:
—Si me matáis no lo sabréis nunca.
Agotado, se desplomó de rodillas; el contacto gélido del espectro había mermado sus energías. A trompicones, volvió a incorporarse, utilizando la cimitarra para aguantar el equilibrio; el orgullo no le permitía humillarse delante de nadie, fuera humano o inhumano.
—¡Explicaros! —restalló el fantasma—. ¡Quiero oír vuestros argumentos!
Stark sonrió interiormente: había conseguido su objetivo. El barquero que atravesaba el río Estigio tendría que esperar por su persona.
III.- SANGRE Y ACERO
Cuando los primeros haces de sol empezaban a clarear la mañana, una pálida luminosidad se apoderó del desierto interminable, deslizándose sobre las dunas que formaban los bancos de arena. El viento cimbreó las palmeras del oasis y agitó las tiendas de los esclavistas, propagando una sensación helada. Dentro de su suntuoso pabellón, Hasan terminó una copa de vino y estiró las piernas sobre unos mullidos cojines: los tapices y pieles que lo circundaban, propiedad del antiguo jefe del grupo, habían pasado a pertenecerle sin dilaciones. Impaciente, se pasó una mano por la barbilla cerdosa y comprobó un reloj de arena colgado en el poste que levantaba la tienda: parecía que el extranjero no había logrado su objetivo. Una sonrisa presuntuosa le hendió los finos labios: derrotar la arrogancia de aquel demonio vestido de negro le causaba enorme placer; morir en aquel desfiladero maligno era el peor castigo que podía infligir a sus enemigos.
El esclavista se preguntó si las leyendas de la antigüedad serían ciertas: los rumores sobre los cruzados que lucharon por la libertad de la Tierra Santa estaban muy presentes en su cabeza; individuos duros e imbatibles como el acero, que se lanzaban sobre las cimitarras con una canción de guerra en los labios, portando la Cruz como insignia. Por fortuna, a pesar de haberlo intentado repetidas veces, aquellos hombres siempre terminaron perdiendo Jerusalén: su poder religioso y militar nunca les bastó para controlar las tierras inexpugnables bordeadas por el desierto. Con un escalofrío, apretó la túnica de pelo de camello sobre su delgada figura: ¿La temperatura había descendido o eran imaginaciones suyas? Desconfiado, empuñó su acero y salió al exterior de la tienda: intuía que algo no iba bien. El campamento, sumido en la negrura que precede al amanecer, estaba tranquilo. Dos hogueras brillaban en los extremos norte y sur del mismo, custodiadas por centinelas armados con lanzas y espadas de hojas curvas; cualquier precaución era poca estando en el territorio de Mubarak Shah. A su izquierda, cerca de las aguas cristalinas del oasis, estaban los carromatos que habían robado unos días antes; cada vez que pensaba en las riquezas que transportaban, la avaricia le encendía la sangre con un fuego rojo y abrasador. Encadenados, tirados en el suelo de cualquier manera, y tiritando de frío, los antiguos propietarios de la caravana intentaban conciliar el sueño; a pesar de las penalidades y la falta de alimento, aún continuaban con vida. Una sombra ocultó la luna y cubrió las arenas: ojos sombríos y furtivos lo observaron con maldad desde las sombras. Ahogando una blasfemia, el esclavista avanzó hacia un pabellón y llamó a uno de sus hombres con un quedo susurro:
—¡Abbas! —refunfuñó—. ¡Despertad, retoño de un buitre!
Una respuesta somnolienta llegó desde el interior envuelto en sombras:
—¿Qué sucede?
Hasan entró y lo obligó a ponerse en pie:
—Algo no va bien —explicó—. Reunid a cuatro o cinco granujas de confianza y registrad el campamento.
Su subordinado se frotó los ojos mientras metía una cimitarra dentro del cinturón: no se fiaba de las órdenes del esclavista.
—¿Habéis estado bebiendo? —inquirió suspicaz—. Ya sabéis lo que dijo el Profeta respecto a…
Hasan ignoró su aseveración:
—Cerrad la boca y obedeced mis órdenes —masculló—. O juro por Alá que os abriré en canal como si fuerais un cerdo cebado.
El individuo no hizo comentario alguno al escuchar su amenaza y se dirigió a la tienda más cercana. Nervioso, el jefe del grupo regresó a sus propios aposentos, mirando de un lado a otro, con la mano sobre la empuñadura de la espada que sobresalía en su cadera. Al entrar, una sombra se abalanzó sobre su cuerpo desde atrás y le tapó la boca: el contacto de una hoja afilada en la garganta silenció cualquier grito de advertencia que pudiera proferir. Temblando de pánico, el esclavista sintió como el sudor lo empapaba de la cabeza a los pies: jamás, en toda una vida de pillajes y crímenes, lo habían sorprendido de aquella manera. Wolfgang murmuró con los dientes apretados:
—Volvemos a encontrarnos, bastardo.
La sorpresa petrificó sus miembros y le convirtió la sangre en agua.
—Vos… —barbotó—. ¿Cómo diablos…?
Stark le apretó el acero contra el cuello.
—¡Callaos! —gruñó—. ¿Habéis hecho algún daño a los mercaderes?
Hasan fue sincero:
—No.
Acto seguido, el alemán le propinó un golpe detrás de la oreja con el pomo de la espada; el esclavista se desplomó de bruces en el suelo, al borde de la inconsciencia. Con el rostro convertido en una máscara de piedra, sorteó el cuerpo de su adversario y desparramó un brasero sobre las alfombras; llamas escarlatas se elevaron en el aire propagando el olor de la tela quemada. Antes de salir al exterior, se detuvo para propinar una patada al individuo postrado ante sus pies; Hasan soltó un gemido por la fuerza del golpe que estuvo apunto de quebrarle las costillas.
—Arde en el Infierno, necio.
Rápidamente, abandonó el pabellón y corrió hacia los caballos apostados en uno de los rincones del oasis. Un vigía lanzó un aullido de odio y se interpuso en su camino, levantando un cuchillo sobre su cabeza. Stark esquivó la acometida y le partió el cráneo hasta la mandíbula; su rival pereció en el acto con la cara convertida en un amasijo espantoso. Gritos y juramentos llenaron el alba. Los esclavistas empezaron a salir de las tiendas, armados hasta los dientes, listos para entablar combate con quien hiciera falta. Al reconocerlo, aquella jauría de lobos famélicos pareció enloquecer; ninguno estaba dispuesto a dejarlo salir del oasis con vida. El germano no prestó atención al fuego que se extendía por los pabellones cercanos. Una flecha le rozó el codo y se hundió en una palmera. Como una exhalación, soltó las bridas de un animal y subió de un salto sobre la grupa; que no estuviera ensillado era el menor de sus problemas en aquel instante. Entretanto, sus oponentes llegaban a su posición, deseosos de venganza, con las barbas llenas de baba. Wolfgang hundió los talones en los ijares del caballo y soltó una carcajada despectiva delante de las narices de sus antiguos captores.
—¡Sois todos unos puercos! —bramó—. ¡No servís ni para limpiar el estiércol de vuestras monturas, hienas del desierto!
Delirante, el animal cabrioleó sobre sus patas traseras y se lanzó a la fuga, arrollando a todos aquellos que encontraba en su camino. Una ristra de ardientes maldiciones lo acompañó hasta que hubo salvado los límites del campamento y se desvaneció en la penumbra.
A trompicones, con el rostro morado por el humo, Hasan emergió de la tienda, ávido de venganza.
—¡Ensillad los caballos, perros! —rugió—. ¡Quiero su cabeza!
Sus hombres, enervados por la sed de sangre, alcanzaron los animales, sin plantearse absolutamente nada. En aquellas tierras inhóspitas, cualquier acción era preferible a una espera; el germano les había dado una oportunidad de oro para saciar sus ansias de violencia. El jefe del grupo subió a su propia montura y ladró con voz ronca:
—¡A por él, perros!
Un corro de gritos feroces respondió a su exclamación:
—¡Sangre y fuego! ¡Las arenas se teñirán de sangre pagana! ¡Muerte a nuestro enemigo! ¡Que Shaitán se lleve al infiel!
Entre una humareda de humo, los esclavistas espolearon a los animales y siguieron la pista del antiguo caballero templario. Debido a la locura del momento, ninguno se preocupó por los pabellones que se consumían bajo las llamas, el destino de los prisioneros, o las riquezas que dejaban dentro de los carromatos: el primitivismo ancestral que dominaba los corazones de aquellos individuos, controlaba sus actos. Uno de los mercaderes se arrastró sobre la arena pisoteada por los caballos, y aferró el hacha que Stark arrojó delante de su cuerpo, antes de introducirse en la tienda del líder de los esclavistas: la libertad era un sueño, lejano pero alcanzable, que se perfilaba en el futuro cercano.
Envuelto en una bruma de odio, Hasan cabalgaba al frente de los esclavistas, enfebrecido por el deseo de desparramar las entrañas del germano a los cuatro vientos. Su orgullo —que no era escaso— había quedado mancillado por la encerrona de su enemigo. Suerte que sus hombres no habían visto la humillación que había sufrido, de lo contrario, le costaría mantener el liderazgo entre ellos; las leyes del desierto no incluían la debilidad, aquél que no demostrara ser duro como el acero, sucumbiría ante el empuje de los subordinados. La brisa matutina le lamió las facciones consumidas por la rabia: no descansaría hasta arrancarle los miembros al extranjero entre cuatro caballos. Había sido un estúpido subestimando las capacidades de su oponente: debió haberlo matado cuando tuvo la ocasión de hacerlo. Delante, a medio kilómetro de distancia, una sombra gris avanzaba a gran velocidad hacia los bordes cortantes del Desfiladero de los Muertos. Maldiciendo como un condenado, el esclavista despreció su fe en las oscuras leyendas que corrían sobre aquel lugar: ¡todo había resultado ser una patraña! Tres figuras familiares descendieron entre las dunas y se unieron al grupo: los hombres que había dejado en la entrada de la garganta habían dado señales de vida. Hassan se adelantó y se detuvo delante de ellos soltando chispas por los ojos.
—¡Hijos de perra! —rumió—. ¡Voy a arrancaros la piel a tiras!
El primero, un individuo que llevaba un turbante rojo, abrió los ojos como platos ante la cólera de su jefe.
—¿Qué demonios pasa? —inquirió, estupefacto—. ¿Dónde está la caravana? ¿Por qué habéis abandonado el campamento?
El esclavista refrenó sus ansias de abofetearlo y rezongó al límite del paroxismo:
—¡Habéis dejado escapar al extranjero!
Su subordinado meneó la cabeza negativamente:
—¡Imposible! —acotó—. Llevamos toda la noche vigilando la entrada de la garganta tal como nos ordenasteis.
Hassan no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos.
—¡No me lo puedo creer! —gruñó—. ¿No me estaréis engañando para salvar vuestra asquerosa piel, Nazim?
Éste se mostró ofendido:
—¡No!
El jefe del grupo tomó las riendas de la situación con presteza.
—Id al campamento y esperad a que volvamos —ordenó—. Como los carromatos hayan desaparecido lo pagaréis caro.
—Pero…
Hassan restalló como un látigo:
—¡Obedeced y no hagáis preguntas!
Sin mirar atrás, ignoró las expresiones confundidas del trío y alcanzó al resto de sus tropas; no tenía tiempo para estar dando explicaciones. La claridad aumentaba por momentos y el rastro del germano cada vez era más nítido: saboreaba anticipadamente las torturas que pensaba realizarle; la montura fatigada no podía llevarlo mucho más lejos. Media hora después, al llegar a la salida del desfiladero, los esclavistas frenaron a los animales, vencidos por un terror supersticioso imposible de reprimir. El líder de la banda los instigó a continuar adelante.
—¡Avanzad! —chilló—. ¿A qué estáis esperando?
Sus hombres apretaron los cuchillos sin atreverse a dar un solo paso.
—¡Cobardes! ¿No tendréis miedo a los cuentos que las viejas cuentan a sus nietos? ¡No existe ninguna amenaza!
Un individuo susurró:
—Las caravanas no se atreven a pasar por aquí, Hassan. ¡Algo de verdad tendrán las leyendas!
—¡Ya lo sé! —Tiró del bocado para apaciguar al animal—. Pero el extranjero ha vuelto a entrar. ¡Y lo cruzó antes sin sufrir ningún daño!
Los esclavistas no estaban del todo convencidos.
—¿Y qué pasa con los carromatos?
—He mandado a Fawwâz, Nazim y Omar para que los vigilen —explicó—. Los mercaderes están atados y a estas horas tendrán vigilancia. ¿Vais a permitir que el infiel se burle de nosotros otra vez?
Al escuchar que las riquezas estaban relativamente a salvo el grupo volvió a la carga:
—¡Nunca! —tronaron—. ¡Usaremos su pellejo para tapizar nuestras sillas! ¡Nuestros cuchillos le arrancarán la piel de los huesos!
Exultantes, pasaron entre las paredes rocosas, ajenos a los sentimientos de terror que habían experimentado anteriormente, siguiendo la marca de los cascos que el antiguo caballero templario había dejado sobre la arena. El camino se abrió hacia la derecha y mostró un pasillo natural envuelto en tinieblas, que descendía formando un ángulo recto. A toda velocidad, antes de que el valor les abandonara, Hasan fustigó a los esclavistas con promesas y amenazas; sus ojos brillaban enfebrecidos y las manos le temblaban por la expectación; un demonio de tiempos pretéritos hubiera tenido un aspecto similar a su persona. Sin saber porqué, aflojó la carrera y empezó a rezagarse: puede que las historias que corrían sobre el Desfiladero de los Muertos no tuvieran nada de fantasía. Sus hombres, al notar como la atmósfera diáfana del amanecer se transformaba en una masa agobiante que les impedía respirar con naturalidad, murmuraron entre ellos y buscaron las armas; el instinto les advertía de que la muerte planeaba sobre sus cabezas. Poco a poco, detuvieron las monturas y otearon su entorno, experimentando un terror pasmoso y visceral. Un jinete soltó una exclamación de pánico al descubrir un cadáver putrefacto a los pies del caballo:
—¡Que Alá nos proteja!
Una risotada maligna les puso la piel de gallina obligándolos a reagruparse como corderos. La voz cavernosa destilaba siglos de sufrimiento y miseria, pecados innombrables y noches eternas, desesperación y terrores inconcebibles. Uno de los esclavistas sufrió un desvanecimiento y aterrizó con un sordo impacto en el suelo: no había podido resistir la tensión como sus camaradas. El líder del grupo susurró con las pupilas dilatadas por el miedo:
—Salgamos de aquí…
Inesperadamente, como si hubiera surgido del aire, Stark apareció delante de ellos, montado en el animal que les había robado; nadie lo había visto llegar. Su figura, sombría y majestuosa, dominó la situación con su presencia, alzándose en la oscuridad creciente. Hasan acertó a tartamudear:
—¡Matadlo, hermanos!
Aunque hubieran querido, ninguno de sus secuaces fue capaz de empuñar los arcos: el terror implacable los convertía en estatuas de piedra. Aunque no supieran porqué, eran incapaces de mover un dedo para destruir al odioso adversario el cual había exterminado a media docena de sus camaradas. Una sonrisa despectiva cruzó los labios del germano: disfrutaba viendo a los esclavistas en aquel penoso estado; era lo mínimo que merecían por todas las fechorías que habían cometido.
—¿Qué os ha pasado? —rió—. ¿Os ha comido la lengua el gato?
En aquel momento, los fantasmas emergieron de la oscuridad, sembrando el caos entre los esclavistas. Los alaridos se mezclaron con el relinchar de los caballos. Cuerpos inertes se derrumbaron en el suelo entre horripilantes estertores, vencidos por la presencia arcana de las criaturas. Una oleada lóbrega, llena de odio preternatural, recorrió la garganta, aniquilando todo lo que encontraban en su paso. La banda no pudo defenderse del ataque sobrenatural de las criaturas, murieron con expresiones desencajadas, siendo conscientes de que les habían arrancado el alma, condenados al vagar el resto de la Eternidad, incapaces de hallar la paz. Asqueado por lo que contemplaba, Wolfgang no pudo saborear las mieles de la victoria: obrar de aquella manera para derrotar a sus oponentes, le causaba una profunda repulsión hacia sí mismo; lamentaba que la trampa que había planeado hubiera tenido éxito. Milagrosamente, Hasan consiguió escapar del círculo y cabalgó hacia su posición con una súplica en los labios, llorando como un niño.
—¡Matadme! —imploró—. ¡Quiero una muerte limpia!
Una parte cruel tomó el control de sus acciones: aquel bastardo había elegido su propio destino. Stark lo golpeó con todas sus fuerzas y lo derribó de la montura. El esclavista gateó por el suelo como una alimaña, estremecido por el terror, antes de que las figuras incorpóreas de los fantasmas lo rodearan. Hasan emitió un gorgoteo moribundo extendiendo los dedos crispados como garras hacia el cielo. Una mueca pavorosa llenó sus rasgos y pereció en el acto: había recibido el castigo que dispuso para el antiguo caballero templario; las cuentas estaban saldadas. Al finalizar la matanza —que apenas había durado unos minutos— todos los espectros desaparecieron, desvaneciéndose en el aire, libres de la maldición que los ataba a la tierra. A pesar del rechazo que le producían, Stark agradeció para sus adentros que hubieran encontrado el descanso; los viajeros volverían a ser libres de pasar por aquel lugar y no habría más muertes innecesarias. Las vueltas del destino no cesaban de atormentarlo, odiaba utilizar la brujería para cumplir sus objetivos, pero no había tenido otra opción; un pobre consuelo que no borraría de su conciencia el hecho de haber obrado como un blasfemo.
EPÍLOGO
Horas más tarde, después de abandonar la garganta atestada de cadáveres, el germano se encontró con los miembros de la caravana. Tanto hombres como mujeres, tenían un aspecto demacrado y ojeroso, y avanzaban a duras penas por la inmensidad del desierto. Wolfgang se detuvo delante del primer carromato; el animal resopló agotado por la dura cabalgada. Un individuo de mediana edad se adelantó al resto del grupo:
—Gracias por salvarnos, señor —dijo—. De no ser por vos esos perros nos hubieran dado de comer a los buitres.
Stark no dio importancia a sus palabras.
—Contadme lo que pasó después de que los esclavistas salieran en mi persecución.
—No hay gran cosa que contar —repuso—. Nos liberamos de las cadenas y pusimos rumbo al sur. Tres de esos canallas intentaron cortarnos el paso pero acabamos con ellos. Estaban seguros de que nos someteríamos como idiotas.
El antiguo caballero templario se mostró satisfecho: suerte que aquellos cobardes habían decidido plantar cara a sus enemigos.
—Necesito una montura de refresco, provisiones —ordenó secamente—, y una bolsa de oro para continuar mi viaje.
El mercader se volvió e hizo una señal a uno de sus compañeros para que cumpliera lo que había escuchado.
—¿Qué ha sido de los esclavistas? —inquirió—. ¿Habéis logrado terminar con ellos?
—Todos han muerto.
La expresión helada del germano no daba pie a hacer más preguntas: recelaba de su presencia manchada de sangre y con la ropa hecha jirones. Un hombre apareció con un caballo cargado con varias bolsas. Stark descendió del animal y revisó el contenido de las mismas: carne de cordero seca, dátiles, agua, mantas, y ropa limpia; suficiente para llegar a Delhi en una semana. El mercader le tendió un saquillo de cuero lleno de oro y gemas preciosas.
—¿Por qué no os quedáis con nosotros? Os necesitamos y lo sabéis. Sin vos hubiéramos estado perdidos…
Wolfgang lo interrumpió mientras se ponía una túnica para protegerse de los rayos del sol.
—Yo ya he cumplido con mi parte. —Subió al animal y agarró las riendas—. Puede que volvamos a encontrarnos.
Sin más preámbulos, se echó la capucha sobre los ojos y salió disparado como una flecha, levantando una nube de tierra; debía recorrer muchos kilómetros para olvidar los horrores que había presenciado. Como un demonio, franqueó las dunas en dirección al sol que se alzaba sobre las montañas lejanas: lágrimas amargas descendieron por sus pómulos sucios de polvo; sabía que nunca podría liberarse de las obsesiones del pasado.
—Maldito seas, Señor —gimió—. ¿Cuándo podré descansar en paz?
El cielo continuó en silencio: nadie podía ofrecerle una respuesta que le sirviera de consuelo. El destino inmisericorde lo arrastraba hacia un futuro que no se atrevía a plantearse: debía aceptarlo si quería continuar despierto; vivir con una carga moral sobre su espalda que lo aplastaría hasta el fin de sus días.
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