Un gran cementerio. La gente se arremolina para ver llegar a su tren y no se jactan de que todo está muerto. Un gato confiado observa desde la estación. Alguien lo llama y el gato cruza las vías. Pero es viejo y está sordo. El tren, su destino, lo arrolla y puedes ver sus tripas saltando sobre la vía alegremente, como chispas en un fuego fatuo. Los trozos quedan pegados a las ruedas, pero no importa. Caerán cuando el tren vuelva a tomar velocidad y los restos adheridos a la vía desaparecerán bajo la fina lluvia. Qué mas da, solo era un gato viejo y sordo.
Sin embargo, una niña lo observa y llora. Tampoco importa. Ella también se dirige como los demás al mismo destino terminal, sin objetivos, sin esperanza. Hoy tampoco salió el Sol. Alguien lo apagó y nadie parece darse cuenta, sumidos como están en sus mundos personales.
Pero yo lo tengo guardado y no quiero devolverlo hasta que únicamente quedemos tu y yo, porque lo demás vive bajo las lápidas de la estación. Incluso el reloj se ha parado. ¿Para qué marcar el tiempo, si éste se ha perdido? . No hay día ni noche, solo gris. Un color monótono que ya se había adueñado del paisaje en los rostros de los vagabundos, los sin nombre. La niña ha dejado de llorar. Ríe ante la llegada de su tren, quizás quede algo de color en su rostro, pero pronto desaparecerá.
Los buitres llegan como psicopompos. Traen recuerdos de otras personas grises que también esperaron aquí su final. Pero nadie les escucha. ¿Para qué?, todos rehuyen al dolor y así rechazan la alegría. Su vida, si es que puede llamarse así, es constante y el terror les impide cambiar eso.
Ha dejado de llover y con la última gota ha desaparecido el gato. Era su tren. Una gruesa mujer devora su último dulce. Pero ha llegado su tren y no quiere cogerlo, para así deleitarse con el último bocado. El tren se va, y se dispone a dar el mordisco final. ¡¡Qué asco!! Acaba de estallar y volverá a llover para hacer desaparecer sus restos. Lo siento por ella, no es el típico final de una película norteamericana. No creo que nadie quiera ahora darle un beso de despedida.
Ya van quedando pocos. Uno, dos, tres,... para qué contarlos. Tú no estás y eso es lo único que aquí tiene sentido. De algún modo sé que no vendrás, porque tal vez ya hayas tomado tu tren.
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