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Relato Fantástico: El Desafío de los Druidas (II)
Érase una vez en la Constelación de Sirio, un mundo gobernado por hechiceros y druidas; éstos, a la vez, guerreros y pontífices, sacerdotes y sabios…
Por Nefer Williams

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (II)

III
La Profecía Sagrada


El rey llegó por fin, recorriendo a grandes trancos el largo del vestíbulo en dirección al salón del trono, mientras sus sandalias de descanso marcaban un ritmo sonoro y dominante. Isacar esperaba en silencio, sentado sin atreverse a levantarse del sillón que amablemente le habían ofrecido, y lo observó avanzar. Vio los sacerdotes Yama, Asaf y Éster detrás de él. Esos tres hombres, respetados druidas, no podían dominar las decisiones de un hombretón como Jorhúram, su nobleza y templanza estaban fuera de toda duda.
Isacar se puso de pie, consternado y lacerado por el peso insoportable de la gran responsabilidad que había asumido al ordenar el regreso del Cáliz Ritual. Se tragó su dolor y los tres sacerdotes finalmente se detuvieron frente a él y lo saludaron. El rey levantó la vista y lo miró, y así permanecieron largo rato, en silencio, hasta que Jorhúram I se sentó en el trono.
El rey estaba al tanto de las actividades de todos sus subordinados, incluido el Consejo Druídico, como estaba al tanto de todo lo que ocurría a su alrededor. Sopesó la situación, reflexionó y finalmente decidió.
―Majestad… ―empezó a decir Isacar. Pero al oír su voz, el rey lanzó un alarido.
―¡Silencio! ―Se levantó del trono; cada movimiento de su cuerpo era una especie de ominoso presagio.
La Profecía… Ártemis… El Cáliz Ritual.
Había mucho en juego. Si no conseguían recuperar la Copa… todo Adhión acabaría lamentándolo.
Y también estaba la guerra… La maldita guerra.
―Nuestra lucha armada es con Gadeón y sus secuaces ―recordó el rey―, no podemos permitir que el Cáliz se interponga…
―Pero lo ha hecho majestad. Y lo peor de todo aún está por llegar.
El rey gruñó. Sabía muy bien a qué se refería Isacar, éste continuó hablando.
―La profecía que pesa sobre Ártemis. Supongo…
Jorhúram I no quería que le recordaran el peligro que corría su hijo, y cortó las palabras del sabio druida y, mientras daba un paso al frente, sacó la daga del cinto. En clara alusión a una futura venganza.
―Esto es lo que obtendrá el mal nacido, sea quién sea, que se atreva a poner las manos sobre mi hijo ―el rey levantó el arma―, éste es el poder de Absalón. Mi real justicia.
Al ver la daga en alto de Jorhúram, Isacar retrocedió uno paso, espantado de la ira que bullía en sus pupilas, y que centelleaban con un brillo desconocido y siniestro. La extracción guerrera del rey se ponía de manifiesto como siempre solía hacer en casos donde lo sacaban de quicio. Pero nunca como ahora.
―Calmad… Calmad. No debemos perder los nervios ―dijo el sacerdote Yuma, tratando de calmar la afilada tensión que se vivía en esos momentos. Pero dadas las circunstancias era más que imposible―. Es probable que quién la haya robado no sepa lo que hay en juego. Eso nos daría un poco de margen para tratar de dar con su paradero. Si realmente conoce el significado del Cáliz, su poder y el sacrificio que exige… Pues en ese caso, nos guste o no, debemos esperar a que esa persona haga el primer movimiento, que seguro lo hará y luego, nosotros actuar en consecuencia.
El rey envainó el arma, después se dio la vuelta y echó a caminar hacia el ventanal. Él no tenía dudas en cuanto al autor del acto delictivo.
―Todo esto es obra de Gadeón. Lo sé.
―Pues si es así, las cosas se van a complicar mucho. La hechicera que está con él… una tal Ónice, no tardará en descubrir lo que hay detrás de la Copa. No debemos olvidar que realmente es un objeto de poder y como tal puede servir al propósito de quién lo utiliza.
El rey seguía de pie inhiesto y firme.
―La Copa simboliza una dualidad básica entre el mundo real y el mundo espiritual. Pero en ella también existe otro mundo diferente, muy hermético, en el que se puede sobrepasar lo aparentemente real para descubrir lo que hay detrás ―murmuró Isacar―. Sólo un auténtico druida puede traspasar ese umbral, majestad. En caso de que Gadeón u Ónice consigan penetrar usando para ello cualquier medio nigromante, no podrán regresar. El espíritu del que habla la profecía es como una frontera de protección para evitar que el poder de la Copa sea utilizado para las malas artes.
Aquellas palabras eran demasiado para el rey quien, desesperado ante su propia incapacidad de resolver de inmediato el problema que les acuciaba, estalló en gritos.
―¿Estás seguro de lo que dices? ¿Acaso se te olvida que ese espíritu es mi hijo y que pueden usarlo a él para conseguir sus objetivos?
La expresión del rey Jorhúram era tan extraña, tan amenazadora, que Isacar se amedrentó y retrocedió, asustado.
―No, majestad.
―Bien, entonces ¿qué propones?
―Alejarlo de Gadeón, o quizá de Absalón.
―No es tan fácil. Vivimos su constante asedio ―declaró Jorhúram ―, y sus aves carroñeras vigilan los bosques y tienen espías por todas partes.
―Nuestros guerreros combaten en los bosques…
―Os equivocáis, Isacar ―respondió tajantemente el rey―. Mueren en los bosques. Estos últimos días las pérdidas humanas han sido cuantiosas.
El pontífice no ocultó su turbación.
Era totalmente cierto. Las fuerzas de Absalón estaban muy mermadas. El ejército de Gadeón, gracias a la unión de Yanuda y Excelghar, era notablemente superior. Esto provocaba que la balanza de la guerra se decantara a favor del lado enemigo. Y por el momento, era imposible que las cosas tomasen otro cariz. El robo de la Copa complicaba aún más las nefastas circunstancias que rodeaban la ciudad de Absalón.
El hechicero Gadeón estaba intratable. No se podía negociar la paz con él, pues lo que pedía era imposible entregarlo. Sólo a través de las armas podría conseguir derrotar Absalón y gobernar todo Adhión. Pero no lo iba a tener fácil: los guerreros druidas seguían luchando a capa y espada, y aunque las bajas eran muy numerosas, ellos no cejaban en su empeñó de batallar en los montes. Por el honor, mientras quedara un solo corazón latiendo seguirían haciéndoles frente.
La rendición no entraba en los planes de Jorhúram I, ni en todo el Consejo Druídico, ni en la población.
Llegarían al final, hasta la muerte.
Pero ahora es Ártemis quien más corre peligro. Y no es un peligro infundado, es real.
―No pienso permitir que algún descerebrado o loco de atar desangre a mi hijo para cumplir su sueño de inmortalidad. Aunque ese loco sea… ―Jorhúram dejó en suspenso sus últimas palabras. Pensar que era Gadeón el culpable del robo le removía las entrañas. Después de una pausa meditada, añadió―. Quién haya robado el Cáliz no cejará en su empeño de descubrir lo que hay detrás. El texto del vaticinio no esta oculto. El que busca, encuentra.
―Sí, sí. En eso estoy de acuerdo con vos, pero para relacionar al principe Ártemis con el Espíritu del bosque, se necesita algo más que libros ―repuso Isacar.
―No subestimes a Gadeón, Isacar. De todas formas, estoy convencido de que el palacio es el lugar más seguro para mi hijo. Y a ti, Isacar, te hago responsable de su protección.
El druida carraspeó antes de hablar.
―Una medida muy prudente, majestad.
―Desde luego.
Los tres sacerdotes druidas se cruzaron las miradas. Tenían diversas opiniones al respecto. Suponiendo que fuese Gadeón el flamante poseedor del Cáliz. Luego, estaba el delicado asunto de la guerra actual. Insistieron en alejar virtualmente al príncipe de Absalón.
―Es sólo una sugerencia, pero podríamos propagar el rumor de un inminente traslado del príncipe Ártemis a la residencia del norte ―repuso el sacerdote Éster, para él una bien planeada maniobra de despiste era el medio más efectivo para apartar la atención del hechicero sobre el príncipe, aunque eso supusiera enviar hombres cerca de las líneas fronterizas, actualmente muy masacradas por la guerra.
―¿A qué precio? ―preguntó Yama.
―A ninguno. Y si te refieres a vidas humanas, si se hacen las cosas bien, no tiene por qué morir nadie. Todos sabemos que el príncipe Ártemis seguirá en palacio, pero Gadeón no tiene por qué saberlo. Podemos utilizar un cebo y hacer que le acompañen custodios ―respondió Asaf, al tiempo que miraba de refilón a Jorhúram, éste le contemplaba con el semblante serio.
El cuervo del rey empezó a parlotear, bailando en su parque de juegos, aleteando y moviendo la cabeza arriba y abajo, insistentemente.
―Morir ―graznó el cuervo azabache, caminando de un extremo a otro del tronco—. Morir, morir, morir…
Nadie le prestó atención. Ya estaban acostumbrados a sus graznidos.
―Lo descubrirán de todos modos ―afirmó Isacar, muy convencido.
―¿Cómo? ―Asaf se tironeó de la blanca barba, con el ceño fruncido.
―Con magia nigromante, ¿cómo si no? ―declaró Yama, tomándole la palabra al pontífice―. Si es Gadeón el culpable, reunirá a gran parte de adeptos nigromantes a su causa, y a través del Oráculo de Ónice puede hallar la respuesta o quizá algo peor, majestad… ―miró al rey―. ¡Gothic!
―Puede ―dijo Jorhúram, ahora si más preocupado al mencionar Yama al Mal absoluto―. Y si realmente tiene nuestro Cáliz, puede encontrar ese algo que hará que Gothic y la Copa sólo respondan a sus designios.
―¿Algo?
―Un poder inexpugnable, que permanece desde hace años en estado latente, sellado por los dioses. Sólo su nombre evoca la peor de las pesadillas. Un poder que atormenta a la materia y al espíritu, despiadado, que se alimenta exclusivamente de… ―dejó, Jorhúram la frase en suspenso. Las cualidades de la maléfica entidad se enroscaron cual una serpiente en su cerebro, coreadas por una convulsión que nadie percibió. Sin embargo, añadió algo que puso los pelos de punta a Isacar―. El campo magnético de Gothic puede despertar de su letargo, y entonces, las consecuencias para Adhión podrían ser imprevistas y desastrosas.
Isacar no quería ni pensar en lo que acababa de decir el rey. Todo su cuerpo temblaba sólo con imaginarlo.
―En ese caso, no está de más enviar dos grupos de hombres con misiones concretas; uno, como espías, para vigilar a los nigromantes; y el otro, como señuelo, en el caso de que optemos por hacerles creer que traslademos al príncipe a un lugar seguro.
―No quiero arriesgar la vida de más hombres.
―Entonces no hay duda, majestad ―declaró Asaf―. Gadeón descubrirá que para lograr la inmortalidad debe beber la sangre de un sacrificado. Y todos sabemos quién debe ser ese sacrificado para que se cumpla el vaticinio.
―La profecía fue creada por nuestros ancestros para advertirnos del posible destino del Espíritu del bosque… Una profecía con dos caras, una positiva y otra negativa; la positiva, no debemos olvidarlo, pero dice que: «Unas gotas de su sangre mezcladas con agua permitirán curar cualquier enfermedad propia o de algún otro semejante... Excepto en casos terminales, dónde la muerte es el único camino» También existe otro punto donde se habla de realizar curaciones con la Copa, preparando en ella el ungüento con las hierbas necesarias para devolver la salud del enfermo. La negativa, no sólo es vil, sino que debemos evitar que se cumpla: «exige exclusivamente la muerte y ésta ha de sobrevenir bajo la afilada hoja de una daga ceremonial de plata. Tiene dos condiciones: la primera; debe ser clavada en el corazón del sacrificado; y la segunda condición para cumplirse la profecía, es que la sangre del Espíritu del bosque debe colmar el Cáliz Ritual sin derramarse ni una sola gota. Este vil acto proporcionará la inmortalidad a todo aquél que beba la sangre derramada en una sola acción…» ―declaró Jorhúram.
―El mal se vuelve siempre contra sí mismo ―afirmó Éster, muy seguro de sí mismo―. Si Gadeón cumple la profecía, el mal que anidará en sus entrañas lo devorará a su debido tiempo.
―Sí, pero para entonces, mi hijo habrá dejado de existir, porque nosotros, los druidas, no fuimos capaces de evitar que el Cáliz Ritual de nuestros ancestros cayera en malas manos. Ese es un posible destino y nuestro deber es evitar que se cumpla.
―¿Asumís el riesgo, majestad? ―preguntó Isacar.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (II) Los ventanales romboidales del salón dejaban pasar las primeras luces del alba, y se oían los pajarillos cantar. Jorhúram escuchaba la melodía con aire ausente. La duda se apoderó de él. Confiaba en que el hechicero jamás descubriese la profecía de su hijo, pero sabía que era extremadamente inteligente y que algo así no pasaría inadvertido. A estas alturas ya debe saber que la Copa Ritual sin la sangre del Espíritu no tiene más poder que el simbólico, otorgado, a través de las generaciones, por los druidas como tributo para las Ceremonias Sagradas.
El rey dio un paso adelante. En aquel momento, el cuervo voló hasta su hombro, y empezó a picotearle cariñosamente la oreja.
―No puedo asumirlo ―dijo finalmente, triste. Miró a Isacar―. No arriesgaré la vida de mis hombres, ni la de mi hijo. Si se diera el caso, yo personalmente desafiaré a Gadeón. Hemos de estar preparados para mostrar a las huestes rebeldes nuestro lado más oscuro. El problema que nos acucia en estos momentos, después de tantas muertes, es que algunos de nuestros bardos, pasados por necesidad a guerreros, están más verdes que la hierba en primavera. Sin embargo, no hay hombre que quiera aparecer cobarde ante sus compañeros, de manera que lucharán con valentía al principio, cuando todo sea cosa de cuernos de guerra y estandartes al viento. Pero si la batalla se pone fea, huirán. No hemos de olvidar que el primero que suelte su espada y eche a correr tendrá un millar de seguidores.
―¡Nuestro ejército no es cobarde! ―exclamó Éster.
―Nunca he afirmado tal cosa ―replicó Jorhúram, visiblemente irritado―. He dicho que algunos de ellos no sirven para guerrear y que por necesidad nos hemos visto obligados a reclutarles. Con esta perspectiva ante nuestros ojos, no puedo asumir el riesgo de perder a mi hijo. Lo siento. No lleváramos a cabo el plan de Éster.
De repente se hizo un silencio opresor. Al rato, el rey continuó, mirando especialmente al pontífice.
―Isacar, encárgate de que Gadeón no se acerque a mi hijo. Y no permitas que salga de palacio sin escolta, es más, prefiero que no salga. Nada más, eso es todo.
El venerable maestro asintió, conforme.
Los tres sacerdotes hubieran preferido plantarle cara al temible líder de los nigromantes. Pero no estaban las cosas como para alardear de ir sobrados. Jorhúram miró a Yama.
―No obstante, hemos de proteger a Absalón de una posible invasión. Hay que proteger las fronteras. Reúne a un centenar de hombres y envíalos a las orillas del río ―Señaló el puente que se divisaba a través de la ventana con un movimiento de sus dedos―. No quiero amagos de invasión ni sobresaltos inesperados, ¿entendido?
―¿Envío a los verdes?
El rey dudó un instante. Pero reaccionó rápido.
―Sí. Creo que será lo mejor.
A Yama no sólo le preocupaba la profecía, sino que la guerra estaba ganando terreno en su reticente mente. Los ejércitos de Yanuda y Excelghar estaban acaparando cada vez más territorios de Adhión y eso era un motivo más que suficiente para estar preocupado.
En cuanto a Gothic, eso era otro cantar.
―¿Y qué pasa con el poder que pueden adquirir los nigromantes? No debemos olvidar que en la cima de la Torre Negra está el mayor generador de energía que existe en todo el planeta… Si realmente tienen el Cáliz…
―Gothic es por naturaleza destructivo ―declaró Jorhúram, mientras visualizaba mentalmente el obelisco de titanio en cuyas paredes internas se hallaba el ente, despertarlo era un peligroso desafío―. Una vez activado poco podemos hacer, excepto combatirlo como sea. Y como has dicho antes que el mal siempre se vuelve sobre sí mismo… Confiemos en que eso ocurra.
―Sí, confiemos ―murmuró Isacar, cabizbajo.


IV
Incidente en el bosque


Ártemis seguía muy preocupado con el texto que tenía frente a sus ojos. Por más que lo intentaba, no conseguía descifrar la traducción de un milenario texto que su padre le había encargado como labor del día, y el sencillo enigma de Scalibur seguía siendo, igual que el texto, indescifrable. Bostezó y bien es sabido que la preocupación y el aburrimiento no son la mejor compañía.
El joven dejó la pluma en el tintero y se frotó los ojos. Estaba en su aposento, en una sala anexa la cual usaba en sus horas de estudio. Se tapó los párpados con la mano, confiando de que un breve descanso lo ayudaría. Pero no fue así. Cuando descubrió de nuevo su rostro y asió el grueso libro escrito en adhano, una lengua muerta que estaba obligado a saber al dedillo y con objeto de reemprender sus deberes, el texto que trataba de traducir siguió siendo indescifrable.
Severo consigo mismo y a sabiendas de que su padre le recriminaría por la falta de la traducción, se exhortó a concentrarse hasta que, al fin, las frases fueron tomando forma adquiriendo el sentido correcto en su lengua nativa, el lenguaje absano. Esta actividad requería todo su esfuerzo, si bien no podía evitar que su mente se distrajera en Scalibur. En cualquier caso, ese día, halló difícil la traducción. Le dolía la cabeza y necesitaba descansar, de lo contrario no podría continuar con sus deberes druidas, y éstos eran tan importantes como su formación monárquica.

Fue así, que al amanecer y sin que nadie en palacio se percatara, Ártemis se preparó una pequeña mochila de piel que contenía pescado ahumado, un poco de pan y queso, un puñado de higos y nueces, un pequeño odre con agua, y partió rumbo al bosque. Quería reflexionar sobre la paciencia, tal y como le había ordenado su maestro Isacar; y además, tenía que tratar de hallar la respuesta a la pregunta que desde hacía días rondaba por su cabeza.
¿Cuál es la palabra mágica que le permitirá extraer la espada Scalibur del fuego donde reposa?
A Ártemis no se le pasó por la cabeza en ningún momento, que posiblemente no era una palabra lo que debía buscar, sino un sentimiento. Isacar le había dado multitud de pistas, pero no las percibió. Y abrumado por esa circunstancia decidió irse a escondidas. Necesitaba estar solo.
Nadie lo vio salir del aposento. Nadie lo vio huir a través del jardín. No se llevó a su caballo Nenu ni a su fiel lobo Bran.
A parte de reflexionar, que podía hacerlo en los propios jardines del palacio, Ártemis sentía en su joven cuerpo la necesidad de hacer ejercicio, cosa que no siempre le era posible porque tenía siempre clavados a su espalda los ojos de algún astuto guardia que vigilaba todos sus movimientos; pero en esa mañana soleada y diáfana, sin ni siquiera brisa ni centinelas al acecho, no encontró otra cosa mejor que hacer que caminar y hacerlo, lejos. Eligió un sendero que nacía en las afueras de la ciudad y bordeaba el Gran Río, serpenteando por entre cañaverales que casi eran más altos que él y hierbas acuáticas de un verde brillante. Ártemis caminaba feliz, ajeno al peligro que últimamente frecuentaba el bosque, inconsciente quizá; pero era un adolescente como otro y en ocasiones, se le olvidaba que su país estaba sumido desde hacía años en la peor guerra de toda su historia. Caminaba sin pensar, rateado por las grandes sombras y con los ojos entreabiertos por el fuerte resplandor del sol.
Alrededor del mediodía, Ártemis, ya se encontraba prácticamente al borde del río, flanqueado a derecha e izquierda por crujientes papiros de hojas radicales, muy largas y cañas de dos metros, frente a él, se desplegaba el Gran Río y de un grupo de cabañas en la otra orilla. Se instaló debajo del tronco áspero de una joven palmera y sacó las provisiones de la mochila. La caminata le había despertado el apetito, así que comió con ganas, mientras por su cabeza desfilaba el recuerdo de sus primeros años de exilio obligado en el norte, junto a su familia. Al rato, se propuso hacer sus deberes de reflexión. Se recostó con las manos cruzadas sobre el estómago y, después de un rato, medio adormilado, se puso a contar las ramas de palmera con sus hojas pecioladas, partidas en muchas lacinias duras y correosas, suspendidas sobre su cabeza. Pronto se le cerraron los ojos. Tenía tiempo de sobra para echarse un sueñecito y estar de regreso al palacio antes de que oscureciera. Ártemis era consciente de que al regresar se las tendría que ver con su padre, que seguramente habría puesto el grito en el cielo al notar su ausencia. Creía estar preparado para la monumental bronca que le esperaba, porque el rey habrá ordenado a toda la guardia real ir en su busca.
Sin preocuparse, comenzó a dormitar.
De pronto, algo le golpeó el pecho con tanta fuerza que se encontró de pie, doblado en dos de dolor y jadeando para poder respirar. La opresión era cruel. Cayó de rodillas, temblando, los brazos rígidos y la mente convertida en un confuso remolino de sangre y color restallantes. ¿Qué había pasado…? Por un instante, presa de un absurdo acceso de pánico pensó que se trataba de su propia sangre. Pero un momento después, cuando la cabeza se le despejó y el dolor en el pecho cedió lo suficiente, descubrió que lo que tenía frente a los ojos era un pato muerto; ave palmípeda que tenía una mancha de color verde metálico en cada ala, mientras que el resto del plumaje era blanco, con matices cenicientos y su cabeza era una masa flácida de pulpa y sangre. Junto al plumífero había una lanza corta plateada cubierta de manchas oscuras. Instintivamente la tomó con dedos temblorosos y se puso de pie, todavía un poco aturdido. Volvió a mirar al pato y en ese momento se oyó un murmullo entre los pastos altos. Antes de tener tiempo de volverse, el pastizal se entreabrió y apareció un muchacho, no mucho mayor que él, con una mano apoyada en una lanza y otra sobre su cadera, de la que colgaba un cinto con una daga.
Era esbelto, espigado como el arma que tenía en la mano, y más alto que Ártemis. Ataviado con túnica negra, calzas de cuero y capa roja, larga hasta los pies. Tenía el mentón levantado; y sus ojos, enormes y azules lo fulminaron desde su rostro de lienzo dorado.
―Mi pato está a tus pies y mi lanza corta en tus manos. Sólo mis amigos nobles tienen el privilegio de aferrar esa arma. Suéltala.
Ártemis, sorprendido por la forma en que el joven se había dirigido a él, se miró a sí mismo. No iba vestido como un noble, ni siquiera como un príncipe, sino todo lo contrario… Parecía un sirviente, pero su porte era elegante. En sus escasas salidas sin escolta le gustaba ir de incógnito.
Amaba el silencio sobre su ilustre persona, porque le permitía actuar como un ser corriente.
El recién llegado continuó hablando, altivo.
―Y con respecto a mi pato, ¿qué te proponías hacer con él?
Ártemis no se mordió la lengua.
―Eso depende exclusivamente de ti ―replicó con tono solemne.
A esas palabras siguió un prolongado silencio. Luego, con voz serena, el joven recién llegado dijo:
―Levántate, campesino.
Al príncipe de Absalón no le gustó el trato que aquel perfecto desconocido le dispensaba, pero está vez se tragó la lengua. Se puso en pie y se restregó las rodillas. Y lo miró directamente a los ojos.
―Vuestro pato, amigo, se precipitó sobre mí como un relámpago del cielo ―aclaró Ártemis, mientras se tanteaba los rasguños que tenía en el pecho y pensaba en lo que iba a decirle a su padre.
―Yo no soy tu amigo, campesino. Ni siquiera te conozco ―replico el joven.
Ártemis le miró con sus profundos ojos azules, con cierto aire enojado. Se estaba haciendo tarde…
―Pues ya somos dos. Ahora si me disculpas, he de marcharme.
El príncipe recogió su mochila y rápidamente, giró veloz y desapareció entre las cañas. El joven trató de seguirle, pero confuso por la repentina huída, no pudo seguir su ritmo y acabó perdiéndole. ¡Ese muchacho era un lince corriendo!
Era Ethan, el único hijo de Gadeón, que al igual que hacía Ártemis, solía escaparse durante días de las fauces de su poderoso padre para respirar libertad, hacer lo que le venía en gana, frecuentar la taberna druida Tuatha y practicar su afición favorita: cazar patos en los pantanos de Absalón. Sin embargo, a los ojos de su padre, Ethan era un aprendiz de sicario que con tan solo diecinueve años ya era capaz de infundar el terror en donde hiciese falta. Lo que no sabía Gadeón, era que su hijo, en realidad, no tenía aptitudes para cometer crímenes, pues sólo era capaz de matar patos y escuchar durante horas y horas, las historias que contaban los estudiantes a druidas en la Taberna de Tuatha. Pero eso su padre… no podía descubrirlo.
No obstante, Gadeón no tenía dudas: su hijo, había heredado las aptitudes hechiceras de Dana, su madre, ésta murió justo al nacer Ethan. Fue Hija Venerable del Templo Druida de la Ciudad Perdida y había sido iniciada en las artes arcanas druidas por el sumo pontífice Isacar y la reina Evodia, suma sacerdotisa y madre de Ártemis, dos años antes de conocer al hechicero nigromante con el que se casaría poco después. Gadeón era muy consciente de que su hijo no tardaría en sacar a relucir sus genes druídicos.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (II) Y ese momento, en verdad lo temía.
El enfrentamiento entre ambos estaba predestinado. Era inevitable.

Lo vieron correr como una exhalación hacia el portal sur del palacio, así que cuando por fin traspasó la puerta de sus aposentos, encontró allí a la figura de su padre, solo y enojado, esperándole. En el aire flotaba una atmósfera ominosa. Ártemis intuyó la opresión reinante incluso antes de arrodillarse frente a Su Augusta Majestad para disculparse por su escapada al bosque y sentirse traspasado por su mirada glacial.
El rey iba vestido con sandalias y una túnica larga de lino blanco, adornada con el blasón real, éste reposaba bordado sobre su pecho con hilo de seda negro. Sobre sus hombros colgaba una toga granate. Sobre la cabeza portaba la tiara real, y sus cabellos estaban anudados en una larga trenza decorada con hilos de oro y rematada por un broche del mismo material en los extremos. No había desayunado ni comido y su aspecto era el de un hombre agotado por las preocupaciones. Como no le dijo que se levantara, Ártemis con un mechón de su cabello negro azabache ocultándole la frente, permaneció con la nariz pegada al suelo, tratando de recuperar el aliento perdido en la carrera. El rey empezó a caminar por el aposento.
―¿Dónde has estado?
―Realizando mis deberes, padre.
―¿De veras? ¿Durante las últimas siete horas?
―Sí, padre.
―¿Dónde?
―En los jardines.
―Mientes ―dijo él sin perder la calma―. ¿Sabes a cuántos guardias he tenido que movilizar por tu causa? Desde que notamos tu ausencia, los jardines han sido registrados una y otra vez, y no te hallaron allí. Tu maestro puede ser castigado, porque ahora tú eres su responsabilidad. ¡Contéstame! ―exclamó, ahora con voz más severa―. Soy tu padre, pero también soy el rey. Puedo hacer que te den unos buenos azotes, Ártemis. ¿Dónde estuviste?
El joven vio que los pies enfundados en sandalias de su padre se aproximaban y se detenían uno a cada lado de su cabeza. Lo incómodo de su posición y la opresión del pecho por el impacto del ave le estaban provocando un calambre en la nuca, pero permaneció inmóvil.
―De veras que estuve en los jardines, padre; sólo que me puse a caminar hacia el bosque, me desorienté y llegué hasta los pantanos.
La sandalia de cuero curtido que estaba junto a su oreja izquierda comenzó a dar leves golpes en el suelo.
―¿Los pantanos? ―gritó el rey, enfurecido―. ¿Y no te parece una imprudencia por tu parte, ir a una zona tan peligrosa sin la debida escolta?
―Deseaba reflexionar, padre. Y no puedo hacerlo aquí con tanto ojos clavados a mi espalda.
―¡No me digas!
De pronto Jorhúram se quedó inmóvil. Se alejó de él y tomó asiento en un sillón.
―Levántate, Ártemis, y ven aquí ―dijo con el timbre de voz más suave―. Hoy me has hecho pasar momentos de extrema preocupación, y he descargado mi cólera sobre los guardias y la servidumbre por igual, incluso, Isacar ha recibido algún que otro improperio de mi parte. ¿Cuándo aprenderás a ser prudente? ―Ártemis se levantó de un salto y cabizbajo, se acercó hasta su padre, éste contempló horrorizado las ropas ensangrentadas de su hijo―. ¿Qué te ha pasado?
―No es mía, padre ―respondió Ártemis, a la vez que miraba al rey―. Un pato que ha caído del cielo.
―¿Un pato?
―Sí, padre. Derribado por un alguien que conocí en el pantano.
Sobresaltado, Jorhúram estudió a fondo esos grandes ojos azules, serenos y profundos y observó en ellos cierto cambio. El rey era un guerrero druida dotado de una aguda percepción e intuyó que él no era el único que estaba preocupado, su hijo también parecía estarlo. Las circunstancias del robo del Cáliz Ritual señalaban en una dirección que le afectaba enormemente. Durante estos últimos años, con la guerra y sus nefastos efectos sobre Absalón, Jorhúram se había visto obligado a rechazar en más de una ocasión, las sutiles presiones de su Consejo Druídico para exiliarse de nuevo junto a su familia al norte. La primera vez que tomó esa decisión le resultó difícil y angustiosa. Pero ahora, tenía un gran problema, y éste no tenía relación con el exilio prudente, como lo llamaban los Iniciados pertenecientes al cuerpo Laico y los consejeros del ministerio, sino cómo decirle a su hijo toda la verdad sobre su esperado nacimiento, la profecía, su relación con el Cáliz… Casi deseaba no hacerlo. Pero la tortuosa maquinación nigromante que entrañaba, el grado en que posiblemente Gadeón intentaba manejar los hilos del destino de Ártemis y que podría poner en peligro a su hijo y a su futura dinastía, le obligaban a tener espías por todas partes, husmeando aquí y allá, y a hacer indagaciones en su círculo íntimo. No le gustaba actuar así, pero no tenía otra alternativa. Incluso su hija, la princesa Sakya, se veía afectada por las nuevas medidas de seguridad, situación que soportaba con total entereza.
Mentalmente se dirigió a esa figura oscura, que para él no era otro que Gadeón, que había robado el Cáliz y le advirtió: Te demostraré quién detenta el poder en todo Adhión. Yo soy Jorhúram I, el rey, y mis deseos son los deseos de mi pueblo. Pero ahora, Ártemis, su heredero, estaba a un paso de convertirse en el objetivo número uno de los nigromantes, y eso no le permitía respirar aliviado.
El príncipe Ártemis se había arrodillado frente a su padre, arrepentido por su proceder. Jorhúram puso sus dedos sobre la barbilla de su hijo y alzó su rostro.
―Muy bien ―dijo su padre, dando por terminado el asunto, pues sabía bien que no lograría sonsacarle nada más―. La reina y yo tenemos que hablar contigo de algo muy importante, pero ahora no es el mejor momento. Tu madre duerme en este instante, y te sugiero que hagas lo mismo; pareces muy cansado.
Ártemis aceptó sin replicar la decisión de su padre. Y mientras se levantaba del suelo, su padre golpeaba las manos para llamar a un sirviente, que apareció de inmediato; éste hizo una reverencia y esperó a que el rey hablase.
―Llévatelo a la cama y procura que se quede allí hasta mañana ―le ordenó Jorhúram―. Y no le quites los ojos de encima ni por un momento.
Ártemis se ruborizó al escuchar las severas palabras de su padre, que lo acompañarán a la cama no le hacía mucha gracia. ¡No era un bebé!
―Padre…
El rey levantó la mano, y el príncipe cerró la boca de inmediato, y aceptó sin reservas.
―Que duermas bien, hijo.
Ártemis hizo una mueca, al tiempo que dedicaba una profunda reverencia a su padre. Luego, echó a caminar acompañado de Lugh.


V
El silencio de Enoc


Ónice tenía mucho trabajo por delante. Las primeras consultas al Orbe Negro fueron infructuosas y ella, cada vez con menos tiempo para cumplir el mandato de Gadeón, empezaba a inquietarse. El Oráculo Nigromante seguía sin revelar la identidad del Espíritu del Bosque.
Por lo tanto, tendría que buscar por otros medios.
Y Enoc, era uno de ellos.
Ónice, a sabiendas de que el druida no diría ni una sola palabra, decidió probar suerte con medios más efectivos y persuasivos, como la flagelación con el látigo de eslabones afilados o la abrasión con el atizador incandescente, éste último medio lo utilizaban para tatuar a los esclavos con el símbolo nigromante: dos triángulos horizontales unidos entre sí a través de su vértice; ésta última solía dar muy buenos resultados en los presos. El pánico que sentían algunos infelices a la quema, provocaba su rendición con la consiguiente confesión jurada. Sus resultados solían ser instantáneos.
La hechicera sin distraerse en cavilaciones, ordenó a dos guardias que fueran a buscar al druida albino y lo llevaran a la cámara de las torturas. Una dependencia oscura que tenía sus muros embriagados con el metálico olor de la sangre y que estaba situada justo al lado del laboratorio. Era un lugar atemporal, iluminado sólo con las llamas de una antorcha que colgaba de una destartalada ménsula de hierro. Las losas de aquellas resquebrajadas paredes han sido testigos, durante años, de las terribles torturas a las que fueron sometidos los prisioneros que no se sometían a la voluntad de Gadeón. El suelo rocoso de la nauseabunda cámara mostraba rastros esparcidos y salpicaduras sanguinolentas, huellas de torturas infligidas en pos de una autoridad que deseaba imponer una supremacía que muchos, por miedo, han acabado aceptando; éstos consiguieron la libertad. El resto, aún se debate por sobrevivir en celdas apestosas, en total oscuridad y tomando alimento caducado día sí, día no.
Mientras esperaba, el Oráculo, pese a su letal oscuridad, brillaba con una intensidad pasmosa, iluminando con una mortecina luz azul la lúgubre estancia. La hechicera demasiado nerviosa para permanecer inactiva andaba de un lado a otro, apoyada en su larga vara. Golpeando el suelo de vez en cuando, tratando de despertar el letargo del Orbe.
De pronto, oyó pisadas. Dejó la vara, apoyada en la pared. Abrió la puerta y salió al pasillo. Allí estaba el druida albino con aspecto cadavérico, maniatado con cadenas y escoltado por dos corpulentos centinelas que lo amenazaban con sus afiladas lanzas. Él nada más verla, la fulminó con la mirada.
Ónice se echó a reír. No hubo cruce de palabras.
Enoc, sintiendo asco, le escupió en el rostro, dejando muy clara su posición. Ella gruñó por el atrevimiento, se limpió la cara con las manos.
―¡Entradlo en la cámara! ―gritó a los guardias.
Uno de los centinelas golpeó al druida en la espalda, para que avanzara.
―¡Camina! ―ordenó el otro, golpeándole en la cabeza.
Enoc echó a caminar, dando traspiés, con la cabeza aturdida por los golpes. Estaba a un mundo de distancia de su templo y era mejor guardar silencio y evitar temer lo inevitable. Pues las cosas estaban saliendo muy mal.
Ónice les siguió, sonriente por su triunfo. El guardia que portaba la lanza se adelantó para abrir la puerta de la cámara. El otro hombre volvió a sacudir al druida, éste se dobló y ella le obligó a enderezarse a la fuerza. Se oyó un chasquido sordo y se abrió la puerta.
En el interior, Enoc se sintió ingrávido, motivado por una extraña fuerza que no podía controlar. Una energía maligna que le corroía el alma. Era la primera vez que entraba en la oscura cámara, las anteriores torturas se las infligieron en una sala distinta. Todo era nuevo para él. Estaba claro que, esta vez, tratarían de hacerle hablar a toda costa. Tenía que ser fuerte y mantenerse inamovible ante el dolor, pero algo le decía que sería muy difícil de soportar. Aún así, estaba dispuesto a intentarlo.
A través del mortecino foco de luz anaranjada que emanaba de la antorcha se perfiló una lúgubre figura, armada con un arnés que se ceñía a su cintura, dejando ver una serie de artilugios, supuestamente de tortura, que pusieron los pelos de punta a Enoc.
La estampa era deprimente.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (II) El druida se quedó inmóvil, sin apartar la vista de aquel extraño hombre. Todo su cuerpo tembló al pensar que sería despojado de todo, incluso de la dignidad. Se estremeció al pensar en las tres condiciones que su maestro le había impuesto en una de sus enseñanzas y por las cuales un druida podía ser depuesto de su cargo: por llevar a cabo un asesinato, posiblemente lo matarían a él; por mentir, no tendría más solución que esta, pues era la única forma de guardar los secretos druídicos de los que era depositario. El peor crimen, desvelar un secreto. Y él, como custodio, tenía muchos…
De pronto la figura se alzó sobre él como un cuervo con las alas desplegadas. Sin palabras, Uruz, el verdugo de Ónice, levantó el tacón de su bota y asestó un fuerte golpe a Enoc en la boca. El joven albino emitió un alarido de dolor y escupió un par de dientes. La sangre comenzó a manar de su boca, mientras que el dolor de la mandíbula le dejaba más aturdido de lo que ya estaba.
Los dos guardias soltaron unas risitas. Ónice se situó al fondo de la cámara, aguardando su turno en silencio. Enoc encontró fuerzas cuando se creía no tenerlas y alzó la mirada para contemplar a aquel hombre que iba a torturarlo, dotado de una fuerza animal y con el rostro lleno de cicatrices. Su presencia era espantosa.
―Eres un gusano. Un maldito e insignificante druida ―susurró Uruz.
Ella se deleitaba con el dolor del joven.
―Quiero oírte suplicar piedad ―le gritó Uruz, con un odio irracional.
Enoc no respondió.
―… o te aplastaré con mi bota ―añadió.
Dicho estas palabras, el verdugo volvió a levantar el pie, enfundado en una regia bota de cuero y asestó una brutal patada a la nariz del druida. Enoc sintió una explosión de dolor y su vista se empañó de escarlata. Incapaz de mantenerse en pie, cayó de rodillas, gimiendo. El dolor era aplastante. Jadeó y la sangre chorreaba de su rostro como un manantial, salpicándole los brazos y el suelo.
Enoc, embotado, abrió y cerró los ojos. No veía estrellas, porque era incapaz de ver algo. Sólo imágenes difuminadas. Las brumas que azotaban su mente se hicieron más espesas.
―¿Qué es lo que sientes? ―preguntó Ónice desde el fondo.
Al no recibir respuesta, ella se enojó. Miró al verdugo y desde ese instante, éste ya sabía lo que tenía que hacer. Los golpes que le había propinado al druida en la boca y en la nariz no eran más que el entrante de una sangrienta comilona que se iba a zampar allí mismo. Un festín irresistible.
Mareado por el dolor, Enoc veía su final inminente. El sabor metálico de la sangre empalagaba su garganta como un postre dulce, pero asqueroso. Quería cerrar los ojos y hundirse en el abismo de la inconsciencia, pero una voz interior le obligaba a mantenerse despierto.
«Guarda silencio. Recuerda…»
Escuchaba la voz de su maestro Arthan en su mente, ayudándole a sobrevivir a aquella tortura.
―¿Sigues dispuesto a mantener el silencio? ―la voz de Ónice encerraba una severa amenaza.
Enoc no tenía fuerzas para responder, pero si las hubiera tenido igualmente habría insistido en su única arma segura, aunque le condujera directo a la tumba: el silencio.
―Entonces, quiero que sepas que la tortura no ha hecho más que empezar ―Ónice miró nuevamente a Uruz―. Vete preparando.
El verdugo asintió. Hacía rato que estaba preparado.
Los dos guardias, de un tirón, lo levantaron del suelo y lo arrastraron hasta el otro extremo de la estancia como si fuera un muñeco roto. El druida no hizo nada para evitarlo, no tenía fuerzas para forcejear; además cualquier intento por su parte, y su situación se hubiera vuelto más complicada de lo que ya era. No le convenía en absoluto.
Las carcajadas de los descerebrados guardias resonaron estridentes en su cabeza, humillándole y asfixiándole. Ónice levantó la mano y los dos hombres, dando un respingo, cerraron la boca. Uruz aguardó en silencio con los utensilios de trabajo, preparado.
―Habla ahora, Enoc. Aún estás a tiempo de evitar la tortura ―inquirió ella, amenazadora.
Al druida no le asustaba la tortura. El dolor le había insensibilizado hasta los pensamientos. Pero habló.
―No… no sé nada.
―¿Seguro? ―preguntó ella, incrédula.
―No sé nada ―insistió él.
―No te creo. ¡Un custodio que no sabe nada! ¡Qué curioso! Increíble.
Ónice guardó silencio unos instantes, mirando la hoz de hierro que colgaba incrustada en la viga, y finalmente hizo un ademán desdeñoso.
―Atadlo a la hoz ―ordenó a los guardias.
Los dos hombres destensaron la gruesa cadena de eslabones que oprimían las muñecas del druida, y luego elevaron y tensaron sus adormecidos brazos por encima de sus hombros; le inmovilizaron y, colgado, lo alzaron; sus pies no llegaban al suelo, éstos igualmente fueron encadenados a un pequeño gancho circular que había en el suelo. Enoc trató de resistirse, pero aquellos dos guardias parecían hechos de hierro. El verdugo dio unos pasos hasta él y con violencia, desgarró su andrajosa túnica de un zarpazo, dejando al druida desnudo de cintura para arriba.
―Te hemos dado la oportunidad de hablar. Ahora emplearemos un método que te aflojará la lengua.
Enoc se estremeció al oír aquellas palabras.
En una esquina, junto a una mesa, estaba la peana de hierro que portaba el brasero que prendían cada vez que tenían que marcar a un esclavo o torturar a un preso indomable y enmudecido. Uruz prendió los carbones preparados en el ceniciento plato de hierro interno, y a través de la acción del fuego, se puso rápidamente incandescente, ardiendo sin llama. El resplandor rojo y el calor que despedía el brasero se propagó por toda la estancia. El verdugo tomó el largo atizador que le ofreció Ónice, éste estaba rematado en su extremo con el símbolo nigromante rodeado por un círculo, a modo de plancha, como si fuera un sello para lacrar las misivas, sólo que abrasaba la carne, marcándola e identificándola con un signo inconfundible.
Uruz introdujo el atizador en el brasero y la plancha comenzó a teñirse de escarlata, al mismo tiempo una afilada columna de humo grisáceo emergió de las brasas y se expandió rápidamente por toda la cámara. El druida se tensó ante el tormento que le esperaba.
El sudor bañó su cuerpo. El olor a quemado se hizo insoportable.
Cuando Uruz extrajo el atizador del fuego, la plancha de hierro con el símbolo nigromante brillaba con una intensidad que contraía el corazón. Estaban a punto de lanzar a Enoc al abismo de un volcán. Y el druida empezó a temer por su templanza, por un momento llegó a pensar que no sería capaz de soportarlo.
Todo se complicó cuando el joven albino observó a Uruz sumido en un éxtasis salvaje. Iban a quemarle, a desgarrar su carne. Sin saber por qué no podía mantener la serenidad, Enoc, empezó a moverse y a cada movimiento las cadenas se tensaban más y más…
Y el dolor aumentaba proporcionalmente a la tensión.
El atizador se acercaba amenazadoramente a su cuerpo. Un segundo de silencio, y la voz de ultratumba de Uruz resonó en toda la estancia.
―¿Estás dispuesto a hablar?
Ónice tomó un taburete y acercándolo frente al druida, se sentó, dispuesta a no perderse el espectáculo.
―No sé nada. No recuerdo nada ―dijo él con voz queda.
―¿Ah, no? ―era la voz de la hechicera, que incrédula se removió en su asiento―. Métete esto en la cabeza, Enoc. Por tu propio bien, será mejor que hables o lo lamentarás.
―No puedo confesar lo que desconozco ―declaró con un hilo de voz.
―Te doy una última oportunidad, antes de que Uruz disfrute haciendo su trabajo ―continuó ella, ansiosa―; decidme quién es el Espíritu del bosque y seréis libre.
―Podéis matadme si queréis, pero no obtendréis una sola palabra de mi boca —respondió Enoc, mareado al respirar el olor a quemado.
En ese momento, Ónice le indicó a Uruz que iniciara la tortura. Ya había mostrado demasiada paciencia y era hora de pasar a la acción.
―Gusano, vamos a ver de qué materia estás hecho ―siseó Uruz, tal cual una serpiente. Removió el atizador y antes de que Enoc pudiera percatarse del rápido movimiento del verdugo, un vehemente y vivo dolor se apoderó de su lado izquierdo.
Gritó con todas sus fuerzas, sin poder contenerse.
La plancha incandescente estaba pegada a su piel, penetrando poco a poco en la carne. Se mordió los labios, tratando de aplacar los aullidos de lobo que insistían en salir a través de su garganta. El intenso dolor y el fuerte olor a carne chamuscada le provocó náuseas y acabó vomitando la mugrienta comida del día anterior. El rostro de Uruz se contrajo al ver la escena, pero siguió manteniendo la plancha, apretando cada vez más fuerte. La visión de Enoc se nubló por completo, a punto de perder el conocimiento. En ese instante, Ónice ordenó la retirada del atizador. Cuando la plancha se apartó de la piel ulcerada y abrasada, hilos de carne estaban adheridos al símbolo incandescente, goteando sangre.
Uruz aguardó, impaciente. Ónice deseaba seguir interrogándole.
Enoc lloraba de impotencia.
―No eres nada. Sólo basura ―siseó ella―. ¿Cuándo comprenderás que estás a mi merced?
El dolor que sentía Enoc era tan intenso que no pudo hablar. Temblaba sintiendo escalofríos por todo el cuerpo y su cabeza cayó hacia delante, apoyada la barbilla al pecho. El silencio fue una terrible sentencia que iba a cumplirse de inmediato.
Los dos guardias que observaban en silencio, estallaron en risitas. Ónice se volvió bruscamente hacia ellos, y una mirada bastó para cerrarles la boca de nuevo.
Uruz llevó de nuevo el atizador al fuego.
Ónice se levantó y agarró a Enoc por la cabellera albina. Miró a su vasallo.
―Esta vez quiero que abrases su mejilla ―ordenó.
El verdugo asintió satisfecho. La cara era una de las partes del cuerpo que más le gustaba quemar, pues los chillidos de los torturados solía escaparse más allá de la Torre Negra.
El humo se condensó en la cámara y Uruz esperó a que el atizador estuviera bien caliente. Una vez más lo puso en frente de Enoc y sin vacilar lo incrustó en la sudada mejilla izquierda. El druida se convulsionó por el dolor, pero no gritó. Siguió manteniendo ese silencio que sacaba de quicio a Ónice. Sólo un tímido gemido, antes de volver a sufrir otra severa convulsión que le hizo perder casi la conciencia. La plancha al rojo vivo seguía su camino imparable a través de la piel, penetrando en la profundidades de la epidermis, llegando a la carne roja y viva. Enoc apretó los dientes, tratando de luchar contra el dolor. Quería gritar para así aliviar en algo su sufrimiento, pero en esta ocasión algo se lo impedía. En ese estado de semiinconsciencia en el cual estaba sumido creyó ver la imagen de su maestro Arthan que aparecía entre el humo y se deslizaba hacia él para posar su mano benefactora sobre su rostro abrasado y ensangrentado. Mientras Uruz se demoraba en retirar el atizador de la carne, cuando lo hizo, el joven druida sufrió un espasmo, pero el chico parecía estar lejos de allí. Ónice se dio cuenta y puso rápidamente el remedio, conocía muy bien los trucos que utilizaban los druidas para salir indemnes de las confesiones exigidas. Los conocía muy bien.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (II) Un zarpazo repentino lo devolvió a la cruel realidad.
Ónice se había aproximado tanto al joven que hasta podía besarle en los labios, con brusquedad levantó su rostro tirando de los blancos cabellos. El símbolo nigromante estaba perfectamente grabado en su mejilla, una llaga sanguinolenta que jamás podrá eliminar. Un sello para toda la vida.
―Supongo que a estás alturas estaréis más predispuesto a colaborar ―masculló―, ¿no es así?
Los ojos rojizos y lacrimosos del joven se clavaron en la hechicera. Sus labios se despegaron, pero de su garganta no brotó ningún sonido articulado. El dolor lo estaba matando y sólo deseaba que todo acabara ya.
―¿Has perdido la voz? ―se mofó Uruz, a la vez que le golpeaba el costado llagado y abrasado con una lanza fría y afilada.
El dolor que sintió en ese momento le hizo estallar en lágrimas. Enoc, humillado, agachó la cabeza. No pensaba decirles nada, absolutamente nada. Era un custodio del Cáliz Druida, se llevaría el secreto de la profecía a la tumba. Durante años le habían entrenado para saber mantener el silencio y ahora daba sus frutos, aunque a costa de su vida, como no podía ser de otra forma. Sus pensamientos se difuminaban. Algo debió ver Ónice en el joven, pues ésta se ensombreció casi derrotada. Sin embargo, no pudo ocultar un pequeño destello de ira.
―Te obstinas en guardar silencio y ese no es el camino a seguir, Enoc ―dijo ella, sentándose de nuevo en el taburete.
―No entiendes nada, Ónice ―balbuceó, Enoc a punto de hundirse en las sombras y encontrando la manera de hablar a través del dolor―. Soy un druida, jamás desvelaré los secretos de mis antepasados.
Ónice no respondió de inmediato. Ahora comprendía… No conseguiría sonsacarle información bajo ningún medio. Pero seguía pensando que el druida podría ser valioso para Gadeón, por esta razón decidió poner punto y final a la tortura y seguir respetando su vida. En ese momento, Uruz empuñaba el atizador de nuevo, cuando ella con un simple gesto le indicó que dejará el utensilio de tortura en reposo. Devolverían a Enoc nuevamente a la celda, esperando a que fuese el propio Gadeón quién se pronunciara sobre él.
Con unas sonoras palmadas, la hechicera llamó a los dos guardias y les ordenó desencadenar al joven druida, éste finalmente había sucumbido ante una piadosa inconsciencia. Liberado de las cadenas que lo sujetaban a la hoz y agarrado por las axilas, Enoc fue arrastrado hasta la celda. Allí lo lanzaron contra el suelo como un despojo.
Ni un gemido, nada.

Cuando Ónice se quedó sola sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo. Había temido que llegara ese momento, pero era inevitable. Gadeón estaba en el umbral de la cámara. Su presencia mortificaba el ambiente.
―¿Y bien?
Ónice se dio la vuelta, bruscamente.
―No ha dado resultado. El druida permanece en sus trece ―respondió ella mientras pasaba por su lado y abandonaba la horrenda estancia.
Ambos se detuvieron ante el umbral del laboratorio.
―Esa no es la respuesta que quiero oír. Me consta que lo sabes.
―Lo… lo siento… ―Pero las palabras de Ónice no eran más que un susurro imperceptible. El temor había hecho mella incluso en su voz.
Gadeón esbozó una sonrisa amenazadora.
―Te doy un día de tiempo para que indagues en el Oráculo. Pasado ese tiempo, yo tomaré la decisión de descubrirlo con mis propios medios ―la señaló con el dedo índice, tocándole el hombro―, y tú ya no me servirás para nada.
Ónice estaba demasiada asustada para reaccionar, sabía muy bien a qué se refería el hechicero cuando hablaba de descubrirlo por sus propios medios. Se quedó inmóvil, contemplando como él se alejaba corredor abajo. Mientras tanto, la luz de la antorcha se fue filtrándose en su obturado cerebro.
En más de una ocasión, ella había temido que el hechicero la rechazara. Ahora era consciente de que estaba más cerca de tener un pie fuera de su vida como nunca antes lo había estado. Y no podía permitirlo.
Abrió la puerta de su laboratorio y entró tromba en su interior, dispuesta a llegar hasta el final. La estancia estaba negra como un pozo sin fondo. Necesitaba tener ojos de búho para ver en esa oscuridad, pero no tenía intención de prender una antorcha. Pues pensaba que le deslumbraría el cerebro y así, no conseguiría llegar hasta la respuesta. Incluso el Orbe Negro estaba misteriosamente apagado. Sin luz mortecina, sin ningún tipo de destellos que iluminaran su aura envolvente… Sin embargo, ese era su momento y no podía fracasar.
Ónice se arrodilló ante el Oráculo, dispuesta a suplicar si era necesario. Y empezó a pronunciar las palabras del ritual de invocación.
En el nombre de la Muerte yo te invoco, Oráculo Supremo de todos los nigromantes. Acude en respuesta a mi llamada. Te lo ruego, tu sierva que suplica tu ayuda.
La energía era la adecuada. La sintió penetrar en sus venas…
En respuesta a la petición de la hechicera, el Orbe Negro empezó a brillar con su típica luz azulada, iluminando tenuemente la estancia. El cristal de la esfera negra se volvió traslúcido y extrañas imágenes en tiempo real desfilaban superponiéndose unas a otras… Ónice alzó la mirada y ante ella se mostró la faz de un chiquillo. Un adolescente que le resultaba familiar.
La hechicera sacudió la cabeza.
―No puede ser… ―murmuró, incrédula.
En su mente surgió un pensamiento. Era el Oráculo.
«Mira las runas, esparcidas en el pentáculo… El libro Negro…»
―¿Por qué antes…? ―preguntó al Oráculo, pero no pudo acabar la pregunta, de pronto un pitido agudo resonó en su cerebro. Se llevó las manos a las sienes tratando de calmar la ira del Orbe, que enojado por la reticencia, la castigaba.
La voz del Oráculo retumbó en su cerebro, portentosa.
«El joven druida albino no ha pronunciado palabras. Su silencio ha sido firme, pero su mente era potencialmente esclarecedora. Ha luchado hasta que ha caído derrotado. A partir de ahí ha sido fácil explorar su mente… Te concedo la petición en tiempo real.»
―Ártemis… Pero si sólo es un niño.
«Un niño que puede llegar a tener mucho poder en el futuro, Ónice»
―No puede ser cierto…
«Mira las runas y te convencerás.»
El rostro de la hechicera reflejaba un inmenso alivio. Pero temía que fuese un error. Era difícil de creer que un chiquillo de dieciséis años ostentará un poder tan grande.
―No quiero dudar de ti, Oráculo Supremo de los nigromantes.
«Entonces hazlo…»
Ónice se levantó del suelo y se dirigió al fondo de la estancia. En el armario de madera guardaba la caja con las runas. La extrajo de un cajón y sin perder ni un segundo, las arrojó sobre el pentáculo que había grabado en el suelo. Tintinearon hasta detenerse por completo. Una de las runas había caído junto al borde, a un par de dedos de la punta superior.
Miró con los ojos desorbitados. La respuesta la tenía delante, por segunda vez en unos minutos. La voz del Oráculo retumbó de nuevo.
«¿Te convences ahora?»
―Sí… ―Ónice cogió la runa aislada, que le había confirmado la respuesta del Oráculo.
«La profecía es cierta y la hallarás en el Libro Negro, escrita en un lenguaje simbólico. Por eso os ha pasado desapercibida.»
―Los druidas desdeñan la escritura cuando se trata de su sabiduría sagrada y demás secretos inconfesables. ¿Por qué iban a dejarla escrita? ―Ónice acarició la runa, pensativa, pero al final fue a buscar el libro. Cuando lo tuvo en sus manos, lo contempló con un gesto de desconfianza.
«No fue un druida quién copió para la posteridad la profecía en un libro que no le correspondía, sino un antiguo nigromante que se hizo pasar por uno de ellos… El nigromante pensó que algún día, en el futuro, sería de utilidad para sus hermanos descendientes. Y no le faltó juicio.»
―Eso que dices no parece probable.
«Pues lo es»
Ónice empezó a pasar las hojas de pergamino del antiguo manuscrito, a cada segundo que pasaba, más ansiosa. Le faltaba iluminación y rápidamente prendió una antorcha, se situó al lado de la ménsula y siguió buscando en el libro. Las llamas se agitaron como pendones a lo largo de la pared rocosa.
«Busca símbolos…»
―¿Rúnicos?
«No… Símbolos rituales. Busca la leyenda, donde Scalibur y el Cáliz se unen y hallarás la profecía. Su nombre oculto es…»
Ónice interrumpió al Orbe, satisfecha consigo misma.
―¡¡Ártemis!!
«Un condenado mocoso…»
Las carcajadas de la hechicera llenaron la estancia. El Orbe dejó escapar un bufido que resonó en la mente de ella como un huracán.
―«… Haz que vuelen los megalitos, le había pedido el niño invisible con nombre de la Diosa Madre. Tan alto como el Honor está tu don… El dios y la diosa lo han bendecido; los Señores de las Atalayas le han reconocido; nosotros los druidas le damos la bienvenida. Por eso, oh, Templo de las Estrellas, brilla en paz sobre Absalón, cuyo nombre oculto es nombre de la Diosa Madre. Así sea.» ―Ónice leyó parte de la profecía, no sin esfuerzo. El lenguaje ritual de los antiguos druidas negros, que disfrazaron el significado real, no era su fuerte. La liturgia era mágica. Una magia druídica, no nigromante.
De repente, la atención del Orbe se desvió; había captado sonidos externos, y aunque parecían cercanos, estaban muy lejos. Ónice sintió el sutil cambio en el ambiente y se volvió; luego, segura de que no era nada por lo que preocuparse, siguió leyendo con fervor.
―No es más que un niño ―se decía ella―, un niño vulnerable.
«Algunos piensan que no es más que una leyenda, un cuento. Los ancestros druidas que vaticinaron la profecía existieron hace siglos. Pero pese al tiempo transcurrido, las palabras siguen siendo sagradas. Eso es lo que creen los druidas de nuestro tiempo. Y no están equivocados…» ―declaró finalmente el Orbe en la mente de la hechicera.
Después, los destellos del Oráculo se apagaron poco a poco, y otra vez se hizo el silencio. Ónice dejó el libro sobre la mesa de roble y de pronto, empezó a temblar violentamente; ¿por qué de repente hacía tanto frío?
Era una sensación funesta. Un extraño presagio que desterró de su mente con la misma rapidez que surgió.
«Gadeón lo tendrá difícil ―se dijo ella―. El palacio es una fortaleza, y está vigilado día y noche. Es un sueño inalcanzable. Una pesadilla»
Quizá fuera una pesadilla, pero no se trataba de un sueño inalcanzable.
Al otro lado de la puerta, más allá del laboratorio, en la encrucijada de sendas de la Torre, las pisadas de Gadeón despertaban ecos suaves, a medida que se adentraba más y más en la oscuridad de los corredores.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2008