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Relato Ciencia Ficción: Lienzos de Estática (I)
... intentase trascender su estructura física, con la que nunca podría llegar a reconciliarse, por aquella perfección gélida, inhumana en su actitud, dolorosamente sustentada y perfeccionada hasta el grado de lo insoportable.

William Burroughs
Por Álex Brito

Relato Ciencia Ficción - Lienzos de Estática (I) Flotando...
Los océanos de estática condensados en mi imaginación me hacen oscilar a la deriva. Ahora, intento empezar desde cero: necesito aislarme de las luces cromadas que llenan mis sueños, escapar de los lienzos virtuales que segmentan mi conciencia.
Es imposible que esta locura sea cierta: ¿Estoy atrapada dentro de mis pesadillas? ¿Estaré viviendo de una ilusión? Nada puede cambiar, las circunstancias que me atan al interior de mi mente son demasiado confusas, no me permiten sacar conclusiones satisfactorias.
Flotando...
Me pregunto si realmente he muerto. Creo que de una manera u otra, continuo viva. La calma que el olvido podría proporcionarme me ha sido negada. No desearía flotar en este limbo imaginario durante toda la eternidad sin encontrar un instante de reposo que consuele mis penas.
Mi cuerpo esta formado por pigmentos indistintos. Anhelo alcanzar la paz entre los dígitos orientales que bañan mi alma de metal. Trasladada, dentro de un universo de imágenes titilantes, no existen posibilidades de dar marcha atrás.
Flotando...
El tiempo se filtra entre mis dedos abiertos: arrastra los recuerdos atesorados en mi GPU, vacía mi mente sin remisión, quiebra mis expectaciones más íntimas. La esperanza que me mantenía despierta desapareció. No moriré antes de confirmar las respuestas que busco...
Nessa
Quisiera encontrar los sentimientos que los implantes cibernéticos me han arrancado durante los últimos años. Pese a mis deseos, la mala conciencia drena las escasas ilusiones que puedo albergar, impidiéndome aislarme de los remordimientos que velan mis noches. Me he vuelto más insensible, me preocupa no controlar mis actos, mi parte de máquina es imposible de ignorar. A veces, quisiera dejarme arrastrar por ese porcentaje de metal. Quizá de esta forma no sufriría, pero mi corazón me lo impide, por mucho que desee negarlo, soy más humano de lo que parezco. Me encuentro en la disyuntiva de aceptar mis errores, o cargar con su peso hasta que tarde o temprano, una nueva explosión me arrebate el resto de mi ser. No me es sencillo aceptarme: es el precio que tengo que pagar por todos los crímenes que he cometido. Detesto mi trabajo, odio los motivos que me impiden ser feliz conmigo mismo, y aborrezco la vida en general. Conocí cierta tranquilidad durante mi juventud: una cyborg me proporcionó el consuelo que necesitaba, pero me he quedado solo, no habrá una segunda oportunidad para mí. Debo cumplir una nueva misión. Mis superiores deben estar desesperados, hacía tiempo que no notaba tal grado de impaciencia en el comandante Aries. Últimamente he tenido unas pesadillas terribles, los remordimientos de conciencia me impiden descansar, por ello he aceptado esta asquerosa operación, aunque realizar el trabajo sucio de la Schneider me produzca náuseas...
Dorian Stara


1-BANGKOK

Impasible, Stark se introdujo dentro del río de cuerpos humanos, con una expresión inescrutable en el rostro. Los pliegues de la gabardina oscilaron sobre sus piernas, mientras se abría camino entre los miles de transeúntes que llenaban el mercado abarrotado. A través de las gafas de sol, contempló, asqueado, las tiendas fabricadas con tubos de aluminio: aborrecía la civilización. Instintivamente, soslayó a los orientales vestidos con ropas de llamativos colores y avanzó a contracorriente sin molestarse en mirar a nadie. Desde la bóveda celeste cubierta por la polución industrial, el sol abrasador caía como plomo fundido sobre su cabeza desnuda, haciendo que el sudor se deslizara por su anatomía de un metro noventa de altura. El alemán vestía como de costumbre: trinchera, camisa de kevlar, guantes de cuero, pantalones militares y botas de combate. Estaba mareado, llevaba varios días sin comer nada consistente, aparte de las bebidas energéticas y los estimulantes, su estómago no aceptaba otro tipo de sustancias. Rabioso, ignoró sus dilemas morales, no tenía tiempo para plantearse las mismas cuestiones de siempre.

Relato Ciencia Ficción - Lienzos de Estática (I) Dorian se encontraba en el interior del Templo Sukhothai, al amparo de las nueve torres que oscilaban difuminadas por el calor agobiante. Un Siva de piedra lo observó. Su figura, maciza y atemporal, descollaba sobre las numerosas casetas que llenaban el recinto: puestos de ropa de segunda mano, avanzadillas de biochips de baja calidad, museos vivientes de arte local, zocos de bestias manufacturadas, autoservicios de sushi, instrumentales de tatuajes luminosos, compra y venta de armas de segunda generación, y codificadores de ADN clandestinos. El Vat Mahathat sonreía, reinando a la humanidad, postrada bajo sus pies cruzados, con las manos de piedra unidas sobre el regazo. El Agente Ejecutor sorteó a un grupo de mineros y llegó al mondop donde podía encontrar a su objetivo. La construcción cúbica rematada por una estructura cónica resaltaba entre dos neones publicitarios de TDK. Aquel lugar sagrado se había transformado en una cloaca, no existía el respeto atávico del pasado, los vendedores que propagaban sus productos por altavoces se encargaban de arruinarlo a conciencia.

¿Qué pensarían los antepasados de esta escoria si levantaran la cabeza?, una sonrisa sardónica llenó sus labios. ¿Les complacería descubrir que los turistas compran sus reliquias religiosas como souvenirs?

Inconscientemente, recordó la escena donde Jesús expulsó a los mercaderes del templo: no vendría nada mal un Mesías que sacara la basura. Una joven se acercó al alemán. Sus caderas oscilaron, provocativas. Vestía una falda de piel sintética, vaporosa camisa transparente y plataformas de doble tacón. Esta pasó un dedo por su mejilla afeitada y susurró, melosa, acariciándolo con los ojos sesgados:
—¿Quieres pasar un buen rato?
Stark miró detrás de su hombro. Un chulo no le quitaba la vista de encima: cicatrices tribales cruzaban el rostro de color ébano como relámpagos blanquecinos en la pantalla de una consola:
—No tengo tiempo. —El olor a sudor de su piel le desagradó—. Quizá otro día.
Ella insistió:
—No te arrepentirás, guapo. —Levantó la tela atigrada y le mostró su pubis afeitado—. ¿Qué te parece?
—No, gracias. —Dorian la rodeó—. No eres mi tipo, muñeca.
La mujer lanzó una obscenidad en su idioma. El alemán no la escuchó, su atención estaba inmersa en los centinelas que cubrían la entrada del mondop. Decidió actuar directa-mente.
—Busco a Sadakago Shizue —comunicó al hombre situado a su derecha.
El enorme tailandés sacó una Smith & Wesson de la funda sobaquera y le apoyó el cañón debajo de la barbilla.
—¿Quieres que te vuele la cabeza, capullo?
Dorian no se molestó en contestar. Como una cobra, apartó el brazo del oriental y le partió el codo en mil pedazos. Antes de que el segundo hombre reaccionara, había hundido su arma en el chaleco manchado de grasa. El Agente Ejecutor amartilló la W-PPK que brillaba en su zurda.
—¿Dónde está Shizue?
El tailandés dudó. Con frialdad, el alemán le perforó el vientre de un balazo, sus entrañas salpicaron el mondop.
—No tientes mi paciencia, amigo. —Sostuvo por el cuello al superviviente—. ¿No has escuchado mi pregunta?
Volviéndose, descargó la pistola. El somalí de las cicatrices se derrumbó con la laringe traspasada. La fulana murió antes de tocar el suelo, tenía la cabeza abierta, el Bowie que llevaba en la mano rebotó contra el pavimento y levantó una nube de polvo. Nadie se dio por aludido, los curiosos agacharon la cabeza y aceleraron el paso.

Relato Ciencia Ficción - Lienzos de Estática (I) —¡Haré lo que digas, tío! —gritó el oriental—. ¿Quieres que te lleve hasta ella?
El tono de Stark fue helado:
—¿Tú qué crees?
Sobreponiéndose al dolor, el tailandés puso la palma de la mano contra la pared. Un haz púrpura se dibujó en el ladrillo. Una compuerta secreta se abrió hacia dentro y trajo el pesado olor del interior junto a una corriente de aire.
—Tú primero.
Una rampa se perdía en las tinieblas y horadaba la negrura amenazadora. Los ojos mecánicos de Stark no necesitaban luz. El pasillo cubierto por tapices se desvanecía en la penumbra y lo conducía hacia el peligro inminente. Su prisionero farfulló, asustado, mientras se apretaba el brazo.
—¡Déjame libre! —suplicó—. Me matarán si averiguan que te he traído hasta aquí.
—Aún no he terminado contigo. —El alemán le apretó el codo roto—. Llévame hasta Shizue sino quieres que les ahorre el trabajo.
Encajando los dientes, el tailandés caminó con pasos temblorosos. Desde las ranuras situadas en el techo abovedado, ráfagas de aire acondicionado bañaron los cuerpos de ambos hombres. Aliviado, Dorian relajó los hombros, detestaba la temperatura abrasadora del exterior. Hasta ahora, sus planes salían según lo previsto.

No bajes la guardia, reflexionó. Lo más difícil está por venir.

Unos gritos imprecisos llegaron a sus sentidos. Su objetivo estaba cerca, lo intuía perfectamente, los dedos le hormiguearon por la fiebre de la caza. Después de unos minutos de trayecto, el pasillo dobló a la izquierda y desembocó en un amplio hall. El bullicio ensordecedor de los espectadores que llenaban la estancia taladró sus tímpanos. Cientos de animadores rodeaban una mesa de rectangular donde una pareja luchaba atada al interior de la Red. Fluorescentes amarillentos iluminaban el mondop a oscuras. Las siluetas fantasmagóricas de los monitores fluctuaron como hologramas descoloridos. Stark sostuvo al tailandés por la nuca y entró en el círculo con la W-PPK empuñada. Un súbito silencio llenó el hall. Frenéticos, los orientales aferraron sus armas: no podían creer que un extranjero hubiera profanado el recinto. Una voz cortante de mujer se adelantó a los acontecimientos:
—¡No disparéis! —ordenó—. ¡Lo quiero vivo!
Expectante, el Agente Ejecutor estudió a la joven que había hablado. Shizue vestía un mono de cuero rojo sintético, botas negras con remaches de acero y gafas de sol de cristales semiopacos.
—Necesito tu colaboración, Shizue.
—¿Por qué tendría que ayudar a uno de los asesinos de la Schneider? —preguntó con desprecio.
—Si no lo haces, morirás. —Stark apuntó a la mujer—. Es tu única posibilidad de salir de aquí con vida.
Los hombres que lo rodeaban susurraron, indignados por su atrevimiento. La oriental lanzó una carcajada seca.
—Sólo eres uno —comentó—. ¿Cómo vas a acabar con todos nosotros?
Dorian sonrío, despreocupado:
—No estoy solo —puntualizó—. Mi unidad de Agentes Ejecutores se ha infiltrado entre tus tropas.
La japonesa no ocultó su escepticismo.
—¡Gilipolleces! —contestó—. ¿A quién pretendes engañar?
Más que una sonrisa, el gesto del alemán fue una mueca macabra:
—Mujer de poca fe. —Hizo un gesto, un oriental situado a su espalda levantó el arma y la mitad de los hombres del recinto lo secundaron—. ¿Me crees ahora?
La mujer se quedó helada, sin palabras, el precioso oxígeno desapareció de sus pulmones.
—Eres un sucio hijo de perra —murmuró, colérica—. Te sacaré los ojos con mis propias manos, ¡cabrón!
—¿Eso es lo que piensas? —Le voló la tapa de los sesos a su prisionero—. Yo que tú no estaría tan segura.
Un escalofrío de pánico recorrió a Shizue. Irritada, inquirió con la boca seca:
—¿Qué coño quieres?
—Información —explicó—. ¿Dónde está la Hermandad de la Mariposa?
La mujer meneó la cabeza.
—No sé de lo que me hablas.

Stark sabía que mentía. Shizue trabajaba para la Yakuza, sus enemigos estaban bajo su protección, el expediente del departamento no dejaba dudas al respecto. Tenía que bus-car una salida viable. El mondop estaba lleno de seres humanos. No quería ser culpable de un inútil derramamiento de sangre. Odiaba exterminar a sus iguales.

Relato Ciencia Ficción - Lienzos de Estática (I) —Te refrescaré la memoria: hace dos meses se rebeló un escuadrón de cyborgs Lambda-7 del Programa de Asesinos de la Schneider. Después de cometer un atentado en Los Ángeles, fueron a Tokio, donde continuaron ejerciendo actividades terroristas. ¿Dónde los has escondido?
La mujer tragó saliva.
—Te equivocas de persona —masculló—. ¿Qué esperas encontrar jodiéndome?
—Respuestas.
Ella no detectó el sarcasmo de Stark. Rabiosa, apretó los puños cubiertos por guantes de espuma plástica.
—Prefiero morir antes de desvelar mis secretos a un Agente Ejecutor. Los de tu clase son mierda, ¿lo sabías, gaijing?
Dorian ni se inmutó. Su porcentaje de máquina controló sus actos: estaba harto de esperar.
—Entonces, no tendré ningún problema en complacerte.
La detonación de la W-PPK lanzó a la oriental contra la pared con la rodilla fragmentada. Sus agentes dispararon con precisión y convirtieron a sus antagonistas en coladores. El caos se adueñó del mondop. El alemán saltó a la izquierda y abatió a un adversario de un tiro entre las cejas: su frente se abrió en dos. Un segundo más tarde, derribó a una mujer, metiéndole tres balas en el pecho, desde el hígado hasta el esternón. Stark le clavó el codo en la garganta a un nipón. De inmediato, utilizó su cuerpo como escudo y agotó el cargador sobre un nuevo trío de enemigos. Luego, soltó el cadáver atravesado, sacó la otra pistola y descargó una mareada de plomo contra un par de hombres que pretendían matarlo. Los orientales cayeron al suelo entre estertores. Sin compasión, el Agente Ejecutor pasó sobre sus figuras y buscó objetivos que eliminar. Todo había terminado, su escuadrón había dado buena cuenta de sus oponentes, sólo quedaban cadáveres en los suelos cubiertos por alfombras manchadas de sangre.
—Perfecto —murmuró, satisfecho—. Traedme a Shizue.
Un subordinado arrastró a la mujer por el brazo y la depositó a su costado. Dorian hundió la suela claveteada de la bota de combate sobre su rodilla.
—¿Dónde has ocultado a esas máquinas?
Un escupitajo llenó su rostro. El alemán se quitó las gafas manchadas de saliva y retorció, sádicamente, su pie contra la herida. La joven emitió un alarido:
—¡No sé nada! —Sus labios carnosos temblaron—. ¡Estás como una puta cabra!
Dorian se mostró razonable:
—Si hablas tendrás una muerte rápida —argumentó—. Mis superiores te harán pedazos.
Shizue gimió. El dolor de la rótula destrozada le impedía hablar.
—Supongo que no te importa. —Dorian hizo una señal a uno de los soldados—. Lleváosla, no quiero perder el tiempo con esta basura.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2008