Hace ocho mil años a un hombre maté;
Junto a un centelleante arroyo a esperarle me tumbé
Allí, en un verde y tranquilo valle montañés.
La blanca corriente gorgoteaba donde el junco crecía;
Las colinas cubiertas de azuladas brumas de ensueño estaban.
Vino por el sendero; con salvaje destreza
Como una serpiente mi lanza saltó para asesinar—
Como una asombrosa serpiente saltó y le ensartó.
Y mientras aun la ensoñadora bruma azulada cubría el cielo
Y la brisa portaba el murmullo del mar,
Un susurro me estremece donde al fin me tiendo
Bajo el ramaje de algún árbol de montaña;
Él vino, tenue neblina, el fantasma que no perecerá,
Y con dedo acusador me señala.
|