I. RAMA REGRESA A SU PATRIA
Al terminar la lucha con la victoria de Rama, éste mandó llamar al fiel Hanumana y le encomendó la misión de ir a rescatar a su esposa de la ciudad donde estaba prisionera.
–Ve –le dijo- y libera a mi esposa, si es que todavía vive. Dile que ya puede sentirse feliz, pues la terrible contienda ha dado fin con la muerte de mi enemigo, su raptor.
Marchó Hanumana dichoso a cumplir tal misión, pues todavía conservaba el recuerdo de las amables frases que le dirigiera la bella princesa de los ojos como flores de loto. Sin ninguna dificultad, muerto el caudillo de los raksas, consiguió llegar el valeroso simio a la ciudad de Lanka.
En el interior del palacio permanecía Sita sin saber el resultado de la lucha sostenida; pero su corazón presentía y confiaba en la victoria definitiva de su esposo.
Al ver a Hanumana y escuchar sus palabras de bienvenida y su grata nueva, la linda princesa se vistió con sus mejores galas y se adornó de valiosa joyas. Mandó Hanumana que le prepararan un palanquín de oloroso sándalo, adornado de ricas incrustaciones, y partieron hacia el campamento de Rama, ansiosa la bella princesa de Mitila de poder volver a ver a su esposo, que había conseguido vencer el poder diabólico de Ravana.
Durante todo el trayecto no cesó la joven de imaginar cuál sería el regocijo de su marido al verla ante sus ojos. Le parecía ver ya la expresiva mirada de amor que le dirigiría y sentir su dulce abrazo. Orgulloso debía estar de haber realizado la proeza de rescatar a su esposa del poder del temido genio y dar muerte a éste.
Y durante el corto tiempo de camino no cesó de alabar al asceta que la escogiera por esposa, pareciéndole más noble y majestuoso ahora que cuando estaba junto al trono de su padre, el rey de Ayodita.
Pero rostro de Rama era oscuro, sombrío. Una duda le atenazaba el alma y hacía asomar a sus ojos el brillo de las lágrimas contenidas. Asombrada Sita al ver que él no le dirigía frases afectuosas ni la estrechaba entre sus brazos, prorrumpió en amargo llanto, avergonzada del recibimiento que su esposo le ofrecía. Y así, fijando en los ojos del príncipe una mirada de ternura y de sorpresa, exclamó:
–¿Qué es lo que te apena, esposo mío, hasta el punto de que olvidas el recibimiento que debes a tu esposa, el amor que siempre nos ha unido, y me miras así, con tal dureza?
Impasible permaneció Rama ante esta humilde súplica; contrajéronse sus cejas y pronunció estas palabras, con insegura voz:
–En mi alma ha brotado una amarga planta: la desconfianza. He logrado lavar la ofensa que Ravana me infirió. El rey de los raksas ha muerto por mi mano y ya no volverá jamás a codiciarte. Mi honor está a salvo y tú eres libre; pero, dime, tú que llevas sangre real en tus venas: ¿crees posible que yo, descendiente de monarcas ilustres y poderosos, pueda volver a vivir con mi esposa dignamente, siendo así que ésta ha permanecido así que ésta ha permanecido largo tiempo bajo el techo de otro hombre, que era mi mortal enemigo? Por eso eres dueña de ir a donde desees. Escoge tú misma el lugar en que quieres vivir; pero no insistas en regresar a Ayodia conmigo. Entre los dos nada puede haber ya en común. Digámonos adiós, sin rencores ni odios.
Sintióse Sita desfallecer al escuchar tan terrible orden; pero, sobreponiéndose, con palabras que expresaban el profundo dolor de su corazón, habló así al príncipe dasarita:
–¡Amado esposo! Ni aun con el pensamiento cometí jamás la más mínima falta que pudiera empañar tu honor. Si tú, a quien acompañé en el destierro y con quien viví entre las cuatro paredes de una cabaña, compartiendo contigo los frutos de la selva; si tú, que me has amado, que conoces mi fidelidad, no puedes tener plena confianza en la virtudes de tu esposa, la más horrible desgracia se cierne sobre mí. Pero entonces, si tu corazón duda de mi fe, de mi lealtad hacia ti, ¿por qué vino tu emisario, a través de las olas del océano para salvarme? ¿Por qué has entablado tan espantosa lucha, en que han perecido a millares los simios y los hombres? ¿Por qué arriesgar tu vida por una mujer en la que no crees? ¡Como mujer amante y leal te he seguido desde el día de nuestra boda! ¡Y ahora lo echas todo en olvido por una adversidad! ¡Oh dioses! ¡Inútil es para una mujer llorar y suplicar cuando la sospecha enturbia su nombre!
Sita hizo una pequeña pausa para ver si Rama rectificaba lo que dijera; pero como éste mantenía fuertemente cerrados los labios y no reflejaban sus ojos ninguna vacilación, se dirigió entonces a Laksmana, a quien dijo:
–Escúchame tú, hijo de Dasarata, y si hubo un tiempo en que me amaste como a hermana, enciende para mí la pira funeraria. Cuando la sombra de una duda mancha el nombre de una mujer, solamente la muerte puede ofrecerle refugio. ¡Cuando el esposo, recto y justiciero, mira a la esposa con frialdad, con sospecha, la llama redentora lo borra todo y hace que sobreviva su honor aun cuando ella muera!
Laksmana, con el corazón palpitante, comprendiendo que no podía negarse a tan justo deseo, preparó la hoguera colocando en ella maderas olorosas. Y la bella hija de Janaka, tras de rogar a los dioses que habitan en los cielos y las estrellas, mirando en la dirección donde su esposo permanecía impasible, sin dejar traslucir la angustia de su corazón, dijo:
–¡Si mis palabras, pensamientos y hechos han sido siempre leales; si he cumplido fielmente mi deber y soy libre de todo pecado, que estas llamas, testigo de nuestras faltas y nuestras virtudes, sepa proteger mi fama!
Y después de enjugar las lágrimas que resbalaban por su rostro, blanco como los lirios del Punnaga, lanzóse Sita a la hoguera y desapareció entre las llamas.
Cuando todos los reunidos estaban consternados, viendo desaparecer entre las rojas llamas el bello cuerpo de Sita, vestida con rico traje de seda y adornada de relucientes joyas, sucedió un prodigio extraordinario. Los dioses, compadecidos de ver a una mujer tan fiel y leal arrojarse a las llamas, quisieron lograr la felicidad de los dos esposos, y para ello bajaron en sus alados carros hasta el lugar del sacrificio. Allí iban Kuvera, poseedor de todas las infinitas riquezas y tesoros que encierra el universo; Varuna, rey de reyes; Yama, el dios de la muerte, tenido por poderoso rey de las altas regiones celestiales; Siva, el dios de los tres ojos, el augusto e incomprensible creador del universo, y Brama, el que da vida a todo lo creado. A poca distancia, en una rica carroza de oro, venía el rey Dasarata, a quien había dejado libre la Muerte.
Entonces Brama el más poderoso de los dioses, el que encierra en sí toda la magnificencia del universo, se dirigió en estos términos al esposo de Sita, que permanecía ante él con la mirada fija en el suelo, en actitud de veneración:
–Noble Rama, príncipe dasarita cuya fuerza y virtud jamás se desmintieron, escucha mis palabras. ¿Cómo es posible que tú, que recibiste el aliento de los mismos dioses, te atrevas a dudar de la virtud de la princesa de Mitila, tu esposa, cual si fueses un hombre como los demás?
Ante las palabras de reprobación del dios irritado, Rama respondió:
–Yo soy un hombre igual a los demás. Mi padre es el rey Dasarata y me llamo Rama.
–Pero tú llevas en ti la esencia misma de la verdad y estás reservado, desde que viniste al mundo, para la lucha del Bien contra el Mal. Ahora que, muerto Ravana, el universo ha quedado libre de opresión, puedes regresar libremente al lugar de donde viniste. Pasados están ya los años de destierro.
En este instante el fuego, condensándose en un cuerpo, asió a la princesa por los pliegues de su riquísimo traje escarlata y la depositó en los brazos de Rama, mientras le decía:
–Recibe, Rama, a tu esposa sin mancilla, a la mujer que supo resistir las asechanzas que Ravana, espíritu infernal, le tendía por medio de raksas elocuentes. En medio de su pena y tristeza, de las tentaciones y de la separación, Sita se supo conservar siempre fiel al esposo ausente. En la selva lejana y solitaria, fiel a los juramentos y a la virtud, Sita solamente pensaba en ti. ¡Yo, que todo lo purifico, que descubro lo que está oculto, te garantizo que en tu esposa no hay nada que no sea puro y noble!
El rostro de Rama brilló resplandeció de alegría y su pecho se alzó a los latidos alborotados de su corazón dichos, mientras decía en alta voz:
–¡Si no dudé cuando la vi, en los días de su adolescencia, menos voy a dudar ahora, en que el dios del fuego es testimonio de su virtud y fidelidad! ¡Quiero que el ancho mundo sea testigo de la pureza de mi esposa! ¡Rama, príncipe dasarita, no abandonará a su mujer hasta que pierda la fama de justo!
Y con los ojos inundados de lágrimas Rama estrechó a Sita suavemente entre sus brazos, y ésta, generosa, escondió su rostro en el pecho del esposo amado.
Fue entonces cuando el rey Dasarata creyó llegado el instante de hablar. Y dirigiéndose a su hijo y su nuera les dijo:
–¡Rama, mi hijo primogénito, el más querido! Tú, que por obedecer a tu padre fuiste a vivir desterrado durante catorce años, sin otra compañía que la de tu esposa y tu hermano, llevando una existencia llena de privaciones, regresa a Ayodita, pues los años que te impuse como destierro para cumplir con mi promesa dada irreflexivamente a mi esposa Kaikei han sido cumplidos. Vuelve a Ayodita como heredero de mi trono, pues mi primogénito eres, y vive tal como corresponde a tu realeza. Éste es mi deseo más sincero. Ayuda a tus hermanos, ama a tu madre perdona a Kaikei, quien si obró así fue inducida por Mantara, su aya. ¡Reina con amor y justicia y los años de tu reinado serán recordados entre los hombres, hasta la consumación de los siglos, como años felices!
Acabando de decir esto Dasarata fue ascendiendo y desapareció de la vista de los allí reunidos.
Iban también a alejarse los inmortales, pero el primero entre ellos, Indra, quiso antes decir unas palabras al príncipe:
–Tanto yo como los demás dioses estamos satisfechos de tu comportamiento con la obediencia debida a tu padre y con la voluntad y temple que has demostrado en todo lo que hiciste para cumplir tu destino. Si hay algo que desees, pídelo y te complaceremos.
Estrechando entre sus brazos a su linda esposa, apenas respuesta de las emociones pasadas, Rama formuló su petición:
–¡Oh tú, que eres el soberano del universo! Si es tu voluntad concederme un deseo, yo te ruego que todos los simios que tan fielmente se han portado para conmigo y mi causa, que han luchado valerosamente por ti, y han muerto a millares sobre las llanuras de Lanka, con cuya ayuda pudimos conquistar la milenaria ciudad y destruir a los raksas, puedan volver a la vida. Haz también, ¡oh Indra poderoso!, que las regiones en donde habiten se vean siempre fertilizadas, brotando en ellas innúmeros árboles de sabrosos frutos, para que así no puedan jamás morir de hambre.
Enternecido Indra por aquella súplica desinteresada a favor de los que supieron ser leales, hizo caer sobre las llanuras en que se libraron las batallas una copiosa lluvia que, al mojar los cuerpos del os monos muertos, hizo que la vida volviera poco a poco a ellos. A medida que se iban recobrando, los simios acudían a arrodillarse ante Rama, acatándole como a dueño y señor de sus vidas.
Había llegado ya la hora del regreso a la ciudad patria. Rama, acompañado de su esposa Sita y de su hermano Laksmana, se puso en camino. Entretanto varios mensajeros habían partido, ligeros cual gacelas, en dirección a Ayodia, para notificar al hermano y al pueblo la nueva del triunfo obtenido por el ascético príncipe sobre el rey de los demonios.
Al saber tales nuevas Barata, el hermano leal y justiciero, estaba lleno de alegría.
Y de esta forma se expresó, con palabras en las que resaltaba el júbilo:
–Que nuestra bella ciudad sea engalanada como nunca jamás lo fue. En todas las torres y templos haced tremolar banderas y gallardetes. Las mujeres adornen sus casas, limpiándolas y llenándolas de flores que embalsamen el aire. Las calles sean regadas y sembradas de flores, y los altares de los templos se vean llenos de presentes y ofrendas valiosas. Los trovadores y recitadores de las antiguas crónicas sagradas, junto con las mujeres de melodiosas voces y los músicos más entendidos, entonen los dulces cánticos del amor. Las reinas y los cortesanos, adornados con sus vestidos más espléndidos y cargados de preciosas joyas, procurarán mostrarse lo más alegres posible. Los caudillos y belicosos guerreros formarán con sus tropas a lo largo del camino de Ayodita, hasta donde pueda llegarse con la vista, y que los santos brahmanes, todos vestidos de blanco, entonen los mantras sagrados y los antiguos himnos de victoria. ¡Que no haya nadie que, con su presencia o sus actos, deje de rendir homenaje a nuestro rey!
Enorme era la agitación de aquella ciudad al adornarse para recibir a su amado monarca. Grandiosos elefantes, cuyos arreos eran de oro, llevaban sobre sus lomos a guerreros y caudillos notables. Cruzándose con éstos, carrozas y carros entorpecían las calles, y las tropas marciales, con banderas desplegadas y tambores resonantes , marchaban en dirección al Sarayú.
En lujosas literas doradas las reinas y sus doncellas iban rodeadas de enorme escolta. Sacerdotes y brahmanes, caudillos y cortesanos, las seguían con guirnaldas y ánforas de agua olorosa.
Y en medio de sus ministros y heraldos Barata, el hermano fiel, llevaba en sus manos las sandalias de Rama. Iba vestido de blanco, y blancas también eran las guirnaldas que llevaba, así como la sombrilla y el enorme abanico de cola de yak.
He aquí que, montado en carroza alada, tirada por cisnes como la nieve, llegó Rama, y diez mil voces se elevaron al cielo entonando, con inmensa alegría, el nombre de su rey. Las mujeres con sus saludos amorosos, los niños con voces llenas de bullicio y travesura, los viejos con acentos temblorosos, nadie dejó de saludar a los que llegaban en la alada carroza. Desde la altura de su elefante blanco, Barata levantó sus ojos hacia Rama, Sita y Laksmana, procurando que su voz se alzara sobre las demás.
A una orden de Rama los maravillosos cisnes descendieron suavemente, dejando en tierra la carroza de divina belleza, toda llena de flores perfumadas.
Después de los saludos efusivos entre Barata y los recién llegados, tomando en sus manos las sandalias de Rama, Barata las colocó en los pies de su señor, mientras le decía con humilde acento:
–En tu ausencia, tus sandalias ocuparon el trono, como señal de tu realeza y soberanía. Leal a la confianza que me demostraste, ahora vengo yo a colocarlas en tus pies. Mi alegría y mi gozo son completos, pues ahora, tras los largos años en que permaneciste en el destierro, volverás a gobernar tu espacioso reino.
Rama abrazó al hermano que fue fiel a través del tiempo y la distancia y, después de saludar a su madre y cortesanos, partieron todos otra vez en dirección a palacio.
La alegría reinaba por doquier en Ayodia, la bella ciudad engalanada. Su príncipe amado, el hijo obediente y hermano leal, subía al trono, era consagrado rey, tras nueve años y cinco más de destierro, y batallas crueles. En todos los corazones de los habitantes el gozo entonaba hermosas canciones.
Llegado el príncipe a palacio, le hicieron sentar sobre el trono de su padre, y allí, Vasista y Gautama, Kaitiayana y Vamadeva, Jabalí y Vijaya, todos sabios y doctos en los viejos ritos, celebraron el acto de la coronación.
Rodeado de sacerdotes vedas que entonaban el himno del mantra sagrado, de vírgenes de negros ojos portadoras del agua lustral que purifica, de guerreros armados con armas antiguas y valiosas, Rama estaba sentado en el trono junto a su esposa. Su frente fu ungida con perfumes destilados de las flores más fragantes, y la corona de su padre fue puesta en sus sienes, así como el collar, signo de realeza.
Satrugna, con un quitasol blanco, hacía sombra al hermano predilecto. Vibisana y Sugriva agitaban sendos abanicos con cola de yak, blancos como la nieve, mientras gandanas celestiales ejecutaban dulces melodías que bailaban las apsaras, de pies de gacela.
Los dioses, deseosos de conceder algún don extraordinario a aquel héroe maravilloso, le obsequiaron guirnaldas de perlas y piedras preciosas.
Y cuentas las crónicas que, mientras duró el reinado de Rama, no hubo más que felicidad entre sus súbditos, pues no existió muerte prematura ni males epidémicos que alterasen la quietud y la paz. No había viudas doloridas ni madres angustiadas por la muerte de sus hijos; no había tampoco embusteros y engañadores que tentaran con sus mentiras. Todo el mundo amaba a su vecino y todo el pueblo amaba a su rey. Hasta la tierra era más generosa y fértil en sus cosechas. No ocurrieron inundaciones ni tempestades, vientos huracanados ni terremotos: todo era paz y alegría en el reino de Rama. Tanto puede la bondad para con el prójimo y el fiel cumplimiento del deber, que logra aquietar y apaciguar las fuerzas de la Naturaleza.
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