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Relato Fantástico: El Desafío de los Druidas (I)
Érase una vez en la Constelación de Sirio, un mundo gobernado por hechiceros y druidas; éstos, a la vez, guerreros y pontífices, sacerdotes y sabios…
Por Nefer Williams

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (I) Una ancestral aura sagrada de fuerza espiritual envuelve a los antiguos druidas.

Hace aproximadamente 10.000 años…
A una distancia de 8,6 años luz del planeta Tierra, se encuentra Adhión, un mundo de la Constelación de Sirio, donde la magia se respira en todos los rincones, ocultos y visibles. Un mundo en el cual conviven muchas razas diferentes, repartidas en su inmenso territorio triangular, con sus religiones y culturas. Entre ellos, la civilizada guerrera y druídica Absalón; la hermética y corrupta Excelghar, y la tenebrosa nigromante Yanuda, habitada por una legión de hechiceros y druidas negros que planean gobernar todo Adhión.
Durante años, en Adhión, todo era paz y armonía, Hasta que todo cambió y estalló la guerra… Gedeón, el Gran Hechicero Nigromante de Yanuda, decidió de la noche a la mañana que había llegado el momento de mostrar su verdadero rostro al resto de los territorios, pues tenía una ambición y era gobernar sobre todas las tierras de Adhión. Desde entonces en sus bosques reina la inseguridad y las trampas; convertidos en una severa advertencia para los extranjeros y profanos en el culto de la nigromancia, nadie se atreve a poner un pie en Yanuda, conocida por ser la tierra de los nigromantes.
Excelghar, ciudad corrupta donde las haya, para sobrevivir al asedio del cada vez más poderoso Gadeón, no dudó en unirse a los propósitos de Yanuda. El objetivo no era más que conseguir conquistar la Ciudad Perdida de Absalón; la mágica urbe, rodeada de frondosos bosques, ríos y arroyos, de los druidas, para así controlar Adhión y su Oráculo, en la Ciudad Perdida.
Cada día desde entonces ha acrecentado entre los habitantes de Absalón el temor a una inminente invasión. El advenimiento del Rey de Absalón colmó de esperanza a las castas druidas que vieron en él su salvación. El Rey Jorhúram de extracción guerrera, influido por el Supremo Consejo Druida, se vio obligado a exiliarse en el momento que estalló la guerra para asegurar el Legado Real, pero la situación de Adhión se había vuelto insostenible y decidió regresar a Absalón junto con algunos de sus devotos consejeros que partieron con él y su familia: la reina sacerdotisa Evodia y sus hijos, la Princesa Sakya y el Príncipe Heredero Ártemis, un niño; éste acompañado siempre por su Guía Espiritual Isacar, el venerable erudito pontífice de la Orden de los Hijos de la Luz Druida, que lo instruye desde los cuatro años de edad para ser su sucesor y a la vez, futuro Rey de los druidas.
Pero los planes del nigromante Gadeón no sólo incluían el control de todo Adhión, sino que su deseo más oculto era conseguir el Cáliz Ritual de los druidas y a través de la copa, convertirse en un ser inmortal.



Prólogo
Los Custodios del Cáliz Druida


Las tres lunas marmóreas con su peculiar formación triangular producían tenues claros en las espesuras, atravesando las ramas de los robles ennegrecidos.
El viento rugía gélido.
Pese a que era de noche, tres corceles negros, con sus respectivos jinetes, albinos y de cabellos largos, armados y ataviados con vestiduras blancas, se adentraron en las profundidades del bosque Yanuda. Cabalgaban a buen ritmo a través de un angosto sendero, plagado de árboles de hoja ancha, palmeras y enredaderas. Era un bosque extremadamente denso. Un bosque que, antes del estallido de la guerra, destacaba por su belleza, y que a la luz del día, resultaba maravillosa y peculiar. Pero al caer la noche, la oscuridad lo transformaba en un lugar siniestro. El sonido de los arroyos en su correr por el bosque iba acompañado por el sonido de las lechuzas. Eran corrientes ora apetecibles, ora impetuosas. A ambas orillas la vegetación era de color verde esmeralda que se mezclaban con el verde oscuro y el claro. Los jinetes cabalgaban, intranquilos, en alerta, atravesando zonas neblinosas cercadas con viejos árboles de más de treinta metros de altura. Los corceles sorteaban constantemente las enredaderas, epifitas y lianas, éstas crecían en el suelo, pero usaban los árboles como apoyo, creciendo directamente sobre las ramas y troncos. Los arbustos con sus ramas leñosas y gruesas, y los helechos con frondas pecioladas y rizomas carnosos se alzaban entre el sendero, éste serpenteaba locamente. Durante el día se podía observar una gran diversidad de vegetación, que en la noche quedaba oculta entre las sombras de la noche. Coníferas, bambúes, palmeras…
El primer jinete abría el camino y conocía muy bien el bosque. Era un guía que cabalgaba en la oscuridad con la misma precisión que en pleno día. Era alto y delgado y a su espalda, portaba un carcaj con flechas y una larga espada. La empuñadura de cuero negro curtido estaba tallada con inscripciones rúnicas.
El último jinete, de constitución robusta, cerraba el grupo y no portaba carcaj, ni flechas ni arco. Era un espadachín y a su espalda llevaba colgados dos largos mandobles cuyas empuñaduras estaban igualmente talladas con runas de protección.
Entre ambos, cabalgaba un jinete joven con grandes ojos rojizos, facciones suaves y cabello albino trenzado. La melena estaba engarzada en sus extremos por un aro de oro con grabaciones rúnicas. En su montura, justo en la cruz y bien agarrado, portaba un objeto muy valioso para el pueblo druida.


Custodiaban desde el Templo Oculto de los Hijos de la Luz Druida a la Ciudad Perdida del norte de Absalón, el sacro Cáliz Ritual. Un objeto de culto arcano, símbolo druida, al que se le atribuyen desde tiempos ancestrales asombrosas propiedades curativas y otros dones, como la tan ansiada inmortalidad. Un objeto sagrado que, después de largos años oculto en las profundidades de una cueva perdida en un templo igualmente perdido más allá de los desfiladeros Olimpos Rom, regresaba a su origen. Con los suyos. Con su pueblo.
Pero, para los profanos en el druidismo de Adhión y los pérfidos nigromantes, el Cáliz Ritual, era un símbolo de poder. La búsqueda perpetua de la inmortalidad tendría su fin y sus frutos podrían ser saboreados por aquel que lograra poseer la sagrada Copa. Y el ambicioso hechicero Gadeón no era menos en la búsqueda. Llevaba años tras ella, pues él, más que nadie, deseaba tenerla en su poder, y para conseguirla de una vez por todas, había movilizado a todos los malhechores y mercenarios de Yanuda y Excelghar, prometiéndoles una cuantiosa recompensa en oro si lograban encontrarla. Sin embargo, fue gracias a la ayuda de su malévola aliada, la pétrea y regía maga Ónice, (jamás un nombre había honrado tan fielmente a una persona como ese. La hechicera era como un camafeo, labrada y tallada en la propia piedra), sabía que el Cáliz estaba muy cerca, tan cerca que casi podía tocarlo con las manos.
Por fin los sabios druidas en cónclave, bajo el mando del sumo pontífice, autorizaron y levantaron el tupido velo que ocultaba el objeto más poderoso de cuantos han existido en Adhión. Dejando al descubierto, para beneficio de los perversos nigromantes, lo que debía haber permanecido escondido por toda la eternidad. Una profecía comenzaba así su carrera hasta el incierto destino final de todo un pueblo.
Gadeón le había dado vueltas y vueltas a su plan. Y mientras tenía en jaque a todo Adhión con su insensata guerra, una vez la Copa en su poder, se dedicaría a dar forma a su siguiente objetivo: destruir los cimientos de Absalón; y para conseguirlo, se había propuesto capturar al príncipe Ártemis, lo que supondría un brutal atentado contra los principios sinárquicos del rey Jerhúram I y su Consejo Druídico.
Los sacerdotes druidas eran conscientes del peligro que corría Adhión si la copa caía en malas manos. Y por este motivo habían tomado precauciones, instando a los custodios a cabalgar exclusivamente en la noche.
Y lo que en un principio era un plan meticuloso de transporte, al cabalgar por el inseguro bosque en el silencio de la oscuridad con la sola compañía de las aves nocturnas cuando nadie se atrevía a penetrar en sus dominios, acabaría por convertirse en un ardid mortal.
El mensaje era correcto: los custodios habían llegado al bosque.
Entre las espesuras neblinosas surgió una lúgubre figura, con el rostro cubierto por una capucha negra y de apariencia humana; apenas si se vislumbraban los ojos, pero a su alrededor se podía sentir su siniestra aura y su gélido aliento escarchaba las hierbas y maleza a su paso. Iba montada sobre un brioso caballo blanco y escoltada por diez mercenarios al servicio de Gadeón.
―Dispersaos entre los arbustos ―era la voz de Ónice que había sopesado las posibilidades de triunfo sobre los custodios.
Temiendo una emboscada, los jinetes obligaron a sus caballos a cabalgar más rápido. Pero no fue suficiente, repentinamente un grupo de jinetes surgió de entre los árboles y lanzaron contra ellos una bandada de flechas. Los corceles agudizaron las orejas, un siseo en el aire les provocó, tanto a ellos como a sus jinetes, un severo escalofrío, rechinaron y brincaron, asustados.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (I) Una mortífera flecha abatió al jinete que cabalgaba a la cola, que cayó desplomado de su montura a la tierra. El corcel huyó despavorido, escurriéndose entre las sombras, mientras que los otros dos jinetes, conscientes de lo ocurrido, y agazapados en sus monturas, no se detuvieron. Siguieron adelante sin reducir la velocidad. Sus vidas carecían de valor, lo único importante era el Cáliz.
En su desesperada huida, oyeron gritar a alguien:
―¡¡Matadlos!! ¡Qué no escapen!
De pronto, un gritó angustioso escapó del primer jinete, que no pudo hacer nada para evitar la embestida de una afiladísima flecha que fue directa a su espalda. El custodio aguantó unos instantes sobre la montura, antes de caer al suelo. El joven albino, al quedarse solo sintió el pánico crecer a su espalda. Él como portador del Cáliz Druida, tenía una responsabilidad para con su pueblo, pero con sus hermanos muertos no se veía capaz de cumplir con su cometido. Pues él sería el siguiente en morir.
Lo sabía con absoluta certeza.
Sin embargo, su destino era otro.
Cabalgaba veloz, sorteando flechas que parecían provenir de todos lados, cuando una trampa salió a su encuentro. Una especie de reja de madera con listones cilíndricos y puntas afiladas surgió bruscamente de la tierra y se levantó ante él, impidiéndole el paso. El joven custodio se vio obligado a dar un fuerte tirón a las riendas para frenar su caballo.
Cuando espoleaba para dar media vuelta y huir, se encontró frente a él a la hechicera Ónice acompañada de seis de sus vasallos.
―¿A dónde te crees que vas? ―la voz de la maga era fría como el hielo.
El joven estaba sin aliento, por el esfuerzo. Sus ojos rojizos se clavaron en la oscura dama, mientras su corcel brincaba y piafaba, sin estarse quieto ni un momento, olisqueando la muerte muy de cerca.
―Entrégame el Cáliz y te dejaré vivir ―siseó Ónice.
El custodio no se dejó amilanar por aquella mujer. No pensaba entregar el Cáliz, antes estaba dispuesto a morir. No tenía miedo.
―Por encima de mi cadáver ―dijo.
Ónice se echó a reír, y sus secuaces, con ella.
―Bien, jovencito. Si eso es lo que deseas, que así sea. ―Se volvió bruscamente hacia el hombre que tenía al lado―. ¡Encárgate de él!
El hombre, y otros dos más, enarbolaron sus espadas y lo rodearon, amenazándole y obligándole a bajar de la montura. El joven, en sus trece, no estaba dispuesto a ceder y sus ojos se clavaron por encima de sus atacantes tratando de encontrar una vía de escape, pero de pronto uno de los mercenarios, que había salido por detrás, le dio de lleno, en el hombro, con una gruesa maza. El joven, sin opciones, sintió que se partía en dos y cayó del caballo, aunque consciente.
Gimiendo, se arrastraba por la tierra con la mirada puesta en la cruz del caballo, aturdido por la herida y sangrando.
Se preguntaba por qué no lo habían matado como a sus hermanos, cuando repentinamente sintió un golpe en el costado: un hombre inmenso al que no había visto antes y quién, supuestamente, le había golpeado antes, le dio un puntapié y lo hizo rodar, colocándole de morros al suelo.
El custodio gemía presa de un dolor atroz, al tiempo que tendido boca abajo y con los brazos cruzados en la espalda, el hombre, que parecía frustrado por permitirle vivir, lo maniataba con una gruesa cuerda trenzada. En ese momento, la hechicera, que había estado hurgando en la alforja delantera de la montura, encontraba el Cáliz. Una preciosa y mística copa de alabastro, sin asideros, tallada con inscripciones rúnicas, indescifrables para los profanos, casi translúcida y de apariencia marmórea. Su base, en oro macizo, estaba labrada con ondas en espiral y símbolos sagrados formando un triskel. Ónice tomó la Copa entre sus manos y sin vacilar, la alzó ofreciéndola al cielo estrellado, pronunciando a su vez, unas extrañas palabras en lengua arcana. Después, presa de júbilo, estalló en siniestras carcajadas; éstas, estridentes, fueron la causa de un eco tan aterrador que hasta eclipsaron el sonido de las lechuzas.
El joven recibió un nuevo golpe, pero esta vez en la nuca y después de eso, sólo tuvo tiempo de ver aquel rostro de piedra y su siniestra sonrisa, antes de que la negrura cayera sobre él y lo transportara directamente a la nada.


Primera Parte

EL ORÁCULO DE ÓNICE
I

Noche de enseñanzas e infortunios


Una noche caminaba el Gran Maestro Isacar ―un excelso pontífice druida de cabellos blancos, largos y lacios como la seda, y cautivadores ojos grises―, junto a su discípulo por el frondoso jardín que rodeaba su casa. Mientras avanzaban entre columnas anilladas que miraban al cielo, el maestro, ataviado con una larga túnica ceremonial de grandes mangas bobas, ceñida a la cintura por un fajín escarlata y una toga de terciopelo roja, sobre los hombros, le iba revelando a su discípulo los misterios y secretos arcanos de la noche. De pronto el venerable maestro se detuvo y alzó su vista al cielo. El discípulo, sorprendido, se quedó observando en silencio a su maestro. Lentamente dirigió su vista hacia donde el venerable tenía enfocada su lánguida mirada, en estado de contemplación. Entonces divisó las tres excelsas lunas que, simbolizando una tríada argéntea, mostraban sus oscuras redondeces sólo iluminadas en su contorno por una fina luz marmórea. El discípulo acompañó al sabio en su contemplación. Pasados unos minutos el maestro con la vista firme en el cielo dijo:
―Observa estas maravillosas lunas, pues hoy es el sexto día de lunas nuevas y ellas, en esta hermosa noche, nos ayudarán en lo imposible.
Hizo una pausa y prosiguió.
―Recuerda siempre hijo mío que en este tiempo de reflexión podrás manifestar los deseos más profundos que provengan del corazón, no de la mente. Pídele con profundo respeto sus bendiciones y sus poderosas y benignas energías acompañarán tu deseo.
Luego de estas palabras el maestro con suavidad bajo su mirada y con la dulzura de la sabiduría miró a su discípulo. El joven pupilo miró con agradecimiento a su maestro ya que minutos antes de contemplar las lunas estaba meditando en un asunto que lo tenía preocupado y el maestro leyendo sus pensamientos le había dado una posible respuesta, pero aún así no era capaz de atar cabos. De todos modos, ambos sonrieron y con la paz de los que poseen la luz del amor continuaron su camino por el jardín en dirección al pequeño lago.
Allí, se sentaron en un banco de piedra, flanqueados por sendos sauces esmeraldas con ramas muy largas, flexibles y colgantes, junto a la fuente lacrimosa de Oisin, (representación del hijo de Finn Mac Cumaill ―un gran guerrero y mago instruido por las druidesas en los secretos de la naturaleza―, convertido en un cervatillo por un druida negro. Su nombre deriva de Os, que significa ciervo, y que aparece simbolizado en la fuente como manifestación de las fuerzas mágicas de las lunas).
―Lo primero que debes tener en cuenta hijo mío, como futuro rey y pontífice de nuestro ancestral pueblo, es cultivar un espíritu noble, una honestidad fuerte, una gran responsabilidad y por sobre todas las cosas un corazón puro y luminoso.
Por un momento, los pensamientos del discípulo se desviaron de la instrucción de su maestro. Isacar fijó la vista en su joven pupilo y con una voz bondadosa pero firme le dijo:
―Debes cultivar la paciencia, observar el espacio y atender las señales que te permitan cuidar con fervor el equilibrio de la naturaleza ya que formas parte de ella, y serás uno con la misma, así como nuestros ancestros lo fueron en los tiempos primigenios. ―Isacar comprobó que su discípulo seguía ausente. No le gustaba hacerlo, pero no tenía otra elección: chasqueó los dedos, para sacarlo de su abstracción…
El joven dio un respingo, sobresaltado por el brusco regreso a la realidad. Y se dio cuenta de su error.
―Te pido humildemente que me perdones, maestro.
Isacar suspiró por la ardua tarea de instruir a un discípulo agotado. Muy comprensible dada la cantidad de horas diarias dedicadas a una exhaustiva preparación política, militar y religiosa. Si al druida se le exigía un cultivo personal muy por encima del resto de los mortales, el futuro Rey y Pontífice, por su condición excepcional, debía ser el más preparado de entre los suyos. Y es que la dignidad de un rey era el pináculo de una larga carrera, con una jerarquía y una gradación estricta, al que normalmente no se accedía antes de unos veinte años de estudios de todo tipo, y la de su joven discípulo, como sucesor de su padre, el Rey Jorhúram I de Absalón, era una futura responsabilidad individual y colectiva.
Y en ocasiones no estaba de más, recordárselo.
―Ser un Pontífice druida es tener de forma perpetua un estado contemplativo mediante el cual poder guiar a los seres que soliciten nuestro consejo por cualquier causa sin interferir en sus decisiones. Ser un Rey, es adquirir una gran responsabilidad para con tu pueblo. Un Rey Druida está obligado a ser un hombre completo en su interior y en su exterior para liderar de forma digna a los suyos: cualquier tara física o espiritual le despojaría de su corona… Un mundo tan pendiente de lo mágico y lo metafísico como el nuestro no puede actuar de otra manera. No lo olvides.
El discípulo asintió, cabizbajo. Isacar prosiguió.
―Eres muy joven para tener preocupaciones ―el sabio podía ver claramente la inquietud que se reflejaba en aquel rostro juvenil que tenía a su lado―. Tú único deber ahora es asimilar mis enseñanzas.
―Lo sé, maestro.
―Pues si lo sabes, destierra esos pensamientos que enojan tu mente y no te permiten progresar.
El discípulo bajó los ojos azules.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (I) ―Desde que me exhortaste sobre la búsqueda del significado arcano de la espada sagrada, mi paz ya no es la misma, y poco a poco la ansiedad de resolver el enigma rúnico de Scalibur comienza a ser más fuerte que mi calma, maestro.
―Cada cosa a su tiempo, hijo mío ―dijo Isacar, tratando de calmar la impaciencia de su pupilo. Para él, el tema de Scalibur no era tan importante como para que él chico se sintiera tan tenso. El enigma formaba parte de una serie de ejercicios que tenían como misión agilizar la mente de los novicios. Pero estaba claro que, para su joven discípulo, el deseo de tener el arma en sus manos era superior a la necesidad imperiosa de hallar la respuesta a un problema de aparente sencillez, tal como encontrar la palabra mágica que le permitiría extraerla del fuego donde reposa. Aunque Isacar se sintió tentado a darle la respuesta que tanto ansiaba, finalmente optó por guardar silencio. El joven tendría que desvelar el enigma por si mismo, ese era el trato―. Será mejor que te vayas, es tarde y necesitas descansar para la reflexión de mañana.
―¿Qué reflexión me ordenáis, maestro?
―Sobre la paciencia y cómo cultivarla.
―Lo haré. Confiad en mí.
―Bien, ahora vete. ¡Que la luz del Amor Universal te guíe! ―terminó por decir Isacar.
El discípulo se puso de pie, seguido del maestro, dirigió una cálida sonrisa a su maestro y después de realizar un gesto arcano de despedida, partió.
El venerable Isacar se quedó inmóvil, observando como su precoz discípulo, al que nunca llamaba por su nombre ni le dedicaba reverencia en horas lectivas, se alejaba del jardín escoltado por dos guardias reales.
―Descansa, Ártemis…―murmuró―. Descansa.


Cuando el joven se hubo ido, Isacar penetró en el interior de su residencia, con la mente puesta en Ártemis, pensando era un buen chico, despistado y algo inquieto, pero dotado de un talento extraordinario. Unas dotes psíquicas que él, como maestro, tenía la obligación de cultivar y enseñarle a sacar todo el provecho. Y fue en ese momento que, atenazado por un presentimiento, alzó la mirada hacia el fondo del salón. El terror le recorrió como una llamarada cuando vio, a través de la arcada cubierta con una puerta de dos hojas de cristal tallado que invitaba al vestíbulo, a tres Iniciados druidas del Cuerpo Laico, ataviados con toga granate, que se dirigían al umbral de su casa.
Llegaron en plena oscuridad, segundos después de que el vigía vate del Templo hiciese sonar el cuerno de marfil para marcar la medianoche.
No esperaba a nadie.
Las argollas de bronce con forma de hoz que servían como asideros del portón resonaron en el interior de la casa como el tañido de una campana.
Un sirviente apareció con premura por el corredor de la izquierda, para cumplir con su trabajo: recibir a quien quiera que fuese en la residencia del venerable pontífice druida Isacar, éste que caminaba hacia el vestíbulo a paso lento, se apresuró a ocultar la ansiedad que le producía la presencia de los Laicos en su casa, pues casi nunca, éstos, eran portadores de buenas noticias. Eso le hizo pensar que algo malo había ocurrido. Y no quería ni siquiera imaginarlo.
Se abrieron las dos gruesas hojas de bronce con un ligero crujido y el sirviente amablemente se inclinó y les invitó a entrar. Los hombres hicieron una reverencia al tiempo que traspasaban el umbral.
―Honorables Iniciados… ―dijo.
Isacar los miró con expresión preocupada.
―Excelencia…
Se saludaron oportunamente y echaron a caminar en silencio hacia el estudio del pontífice. El sirviente cerró el portón y se retiró por donde había venido.
La estancia estaba tenuemente iluminada. A Isacar le gustaba tratar los asuntos delicados casi en penumbra. En esas condiciones de oscuridad solía encontrar sentido a la mayoría de los problemas que solían acuciarle; otros, sin embargo, los meditaba en profundidad en el Bosque Sagrado de Onghar, un lugar repleto menhires, encinos y robles de más de veinte metros de altura, árboles de grandes ramas tortuosas, hojas perennes, casi sentadas, trasovadas, lampiñas y de margen lobulado, flores de color verde amarillento y como fruto muy preciado, bellotas pedunculadas, amargas en el caso de los robles y dulces, en los encinos, de las que solían hacer sabrosos cocidos; y muérdago, planta parásita, medicinal y de uso ritual, siempre verde, que vive sobre los troncos y ramas de los árboles de la Ciudad Perdida; allí, a su refugio, se trasladaba cuando el problema le superaba y necesitaba reflexionar. Esa circunstancia le había valido la fama de hombre hermético y en cierto punto, excéntrico.
Sobre el escritorio de cristal, una pluma, un tintero y pergaminos vírgenes para uso y casos concretos, la mayoría oficiales. Pues él, como todos los sabios druidas, jamás usaba la escritura para trasmitir a sus discípulos las enseñanzas de sus ancestros. La instrucción arcana y la sapiencia sagrada eran trasmitidas de palabra. Sin embargo, para la comunicación entre las provincias, templos y poblados fortificados (recintos rodeados de obras defensivas que guardan cierta similitud con los castros iberos o prerromanos), se empleaban rollos de pergamino lacrados, como los usados para los edictos romanos, y en algunos casos, cuando la urgencia así lo requería, los halcones peregrinos se encargaban de llevar las misivas, ocultas en el interior de un diminuto tubo cilíndrico, a todos los rincones de Adhión.
Como era costumbre entre los altos druidas sirios y antes de encarar con buen juicio cualquier conversación, Isacar, se dirigió a una pequeña vitrina cerrada. Abrió la puerta acristalada y sacó una botella de cristal negro y cuatro copas de oro.
Esa noche no beberían el típico vino druida, sino un líquido especial. Isacar deseaba celebrar el infortunio que estaba a punto de caer sobre su cabeza. Lo sabía con certeza. Sus presentimientos siempre se cumplían.
―Un poco de este dulce caldo afrutado nos ayudará a despejarnos de la modorra nocturna ―dijo Isacar. Descorchó la botella, vertió un dedo de un líquido de brillante color zafiro en cada copa y amablemente las ofreció a los Iniciados Laicos―. Lo destilan en Excelghar, extrayéndolo de flores de un arbusto que sólo crece en los valles del desfiladero Gráinne y florece una vez cada diez años, y su nombre es impronunciable. Pero apuesto a que toda una casta de guerreros se emborracharía con un cuarto de botella.
Los tres iniciados esbozaron una sonrisa.
Cada uno tomó su copa y bebieron todo el contenido de un trago. El pontífice los miró sorprendido, el asunto que iban a tratar en plena noche era más delicado de lo que parecía y no quería hacer presunciones antes de tiempo, pues no le parecía oportuno actuar de manera precipitada. Luego, sumido en la reflexión, agarró la copa con manos temblorosas y se aferró a la realidad… Al contemplar el cristal tuvo un nuevo presentimiento, pero éste era peor que el anterior. Y como antes quería oír lo que habían venido a decirle los iniciados, desdeñó el pensamiento.
Isacar se retrepó en su sillón y por unos instantes, los devoró con los ojos como si se dispusiera a traspasar sus almas, mientras uno de ellos contemplaba hipnotizado una pequeña lámpara votiva que ardía constantemente en una mesa junto a la ventana romboidal.
―Sentaos por favor ―dijo con un ademán.
Isacar dirigió una aguda y fugaz mirada a los tres hombres más jóvenes que él; y uno de ellos, de cabellos castaños y rostro aguileño, palideció repentinamente al pensar en el grave asunto que les había llevado hasta la residencia del pontífice druida.
―Y bien, ¿qué tenéis que decirme?
Después de la pregunta de Isacar, uno de los Laicos a sabiendas de que iba a provocar una fuerte reacción en el superior druida y observando como éste comenzaba a arder de impaciencia, se retorció un poco el cuello de la túnica, temeroso.
―Los custodios fueron emboscados y…―declaró, precipitadamente, sin rodeos. Directo al grano.
―¿Cómo dices? ―interrumpió Isacar, sintiendo como le faltaba la respiración, a la vez que luchaba para normalizar el funcionamiento de sus pulmones.
El Laico sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva y explicó los detalles que conocía.
―Los han matado. Sus cuerpos fueron encontrados por unos campesinos cerca de la gran llanura. Ni rastro del Cáliz, excelencia.
Isacar se levantó de un brinco y se les acercó con parsimonia, como en estado de shock, sintiendo los pies insensibles por la gravedad de aquella noticia soltada de cuajo y clavada cruelmente en su corazón, como una estaca incandescente. En ese momento una puerta se abrió de golpe y Duwa, un aspirante a vate, locuaz y de pequeña estatura, entró como una exhalación.
―¡Excelencia, han asesinado a los custodios! ―La noticia había corrido como la pólvora y sus ecos llegaron hasta la Taberna Tuatha, donde Duwa había escuchado el rumor. Pero Isacar no le prestó atención y se quedó contemplando a su interlocutor Laico con expresión de absoluto terror y congoja.
―Tiene que ser un error ―Isacar sintió el aguijón del pánico―. Eso que dices es imposible…
Carraspeó.
El bardo miró fugazmente a los tres Laicos y guardó silencio, a la espera de que su maestro le concediera la palabra. Algo difícil porque se le habían adelantado y su noticia quedó eclipsada de repente.
―No hay error posible, excelencia ―dijo Enós que era quién ostentaba más grado―. Eran los cadáveres de Arioc y Eslí, sin lugar a dudas.
«Pero eran tres, ¿dónde está…?», Isacar interrumpió sus pensamientos y pasó directo a la pregunta.
―¿Enoc?
Enós, blanco como la cera, luchaba para controlar su aplomo. La respuesta no haría más que acrecentar la tensión de esos momentos.
―Supuestamente, él y el Cáliz, capturados.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (I) «Enoc, capturado… ¡Qué desastre!»
Isacar creyó morir en esos instantes. Guardó silencio, sumido en una profunda reflexión. Duwa, ni el resto de los presentes abrió la boca.
La regía estancia quedó sumida en un silencio tan profundo que se podía oír el ligero sonido de las aguas correr en el río que cruzaba Absalón en diagonal y las voces de los guardias reales que custodiaban la entrada al palacio.


Isacar, tras revisar mentalmente la situación, se dejó caer en el sillón, abatido. Permaneció unos segundos, con el entrecejo fruncido, al parecer, buscando una solución en lo más recóndito de sí mismo. Pasaron algunos instantes y finalmente levantó la testa, que hasta ese momento había permanecido hundida en la palma de su mano. Hizo un movimiento negativo con la cabeza y dirigió su mirada al ventanal desde el cual se vislumbraban los jardines, mientras los tres emisarios Laicos, esperaban exteriormente impávidos, contemplándolo en silencio, sin saber que decir, ni que hacer. Ellos habían cumplido con su cometido, que era informar al pontífice druida de la desaparición de un objeto de culto valioso; quizá no, por el material del que estaba hecho: alabastro; si no, más bien, por la espiritualidad que albergaba para todo el pueblo druida, amén de otras capacidades, pero éstas estaban sujetas a una profecía y pocos pensaban en ella. Isacar seguía inmóvil, con la mirada fija en los cristales de la arcada. Unas sombras se movían al otro lado de la ventana, eran sus fornidos guardias que paseaban de un lado a otro, como todas las noches: unas figuras negras tranquilizadoras.
Esa noche mágica, día sexto de nuevas lunas, era también la noche de los infortunios. Isacar se volvió y miró a Duwa y a los otros tres, la expresión de su rostro reflejaba la tensión que estaba soportando. No quería ni imaginar lo que podría ocurrir en Adhión si la sagrada Copa caía en malas manos.
Pero había algo peor. Algo terrible que le provocaba escalofríos. Había llegado el momento de comunicarle al rey la mala noticia.
La noche se presentaba muy larga…


II

Gritos en la Torre Negra


Parecía un menhir, levantada en la propia roca, pero era la siniestra y afilada torre del hechicero Gadeón. Las mohosas mazmorras de Yanuda. Un lugar dónde era muy fácil entrar, pero prácticamente imposible salir.
Los alaridos angustiosos de un preso harapiento y ensangrentado, tras haber sido brutalmente flagelado y entregado de nuevo a su celda, reverberaban como ecos fantasmagóricos resquebrajando el mortecino silencio.
Entre grito y grito doloroso había deseado la muerte en el bosque, junto a sus hermanos custodios, pero no le permitieron reunirse con ellos. Los nigromantes tenían otros planes para él.
Encerrado sin juicio, sin condena.
Era un druida, ese era su único delito.
Y otros, culpables o no, enmudecidos y torturados día si y día no, llevaban tanto tiempo encerrados entre aquellos muros de piedra negra que habían olvidado el color de su piel.
La oscuridad era perpetua y el aire olía a moho. Los pasillos serpenteaban entre cámaras y más cámaras. Una angosta escalera caracol de roca ruinada se alzaba hacia la cima con la única compañía de las antorchas que colgaban de ménsulas de hierro, encendidas, iluminando las sombras con su siniestra luz anaranjada. Las llamas bamboleaban hacia un lado y hacia el otro, alargándose y acortándose, alimentadas por una magia invisible, que pese a no palparse, podía sentirse. Dominando el cuerpo y el alma de los presos, allí encerrados.
En las celdas, la paja del suelo apestaba a mil olores distintos, a cada cual más horrendo y nauseabundo. No había ventanas ni lecho, ni siquiera un lugar donde hacer las necesidades. La puerta era de hierro negra, de un palmo de grosor. En el interior no se veía nada. La oscuridad era absoluta. Para los presos tanto darían que estuvieran ciegos.
O muertos.
―Ayudadme… ―suplicaba el joven harapiento al tiempo que apartaba la paja y tocaba las losas frías del suelo.
Las sienes le palpitaban por los golpes recibidos. Recordaba a sus hermanos druidas, caídos muertos en el bosque, bajo la mirada cero-grados de Ónice y se sumía en un lastimero llanto sin lágrimas.
La celda se encontraba en las profundidades de la Torre, bajo la superficie. Agazapado en el suelo, pensaba en las torturas sufridas y las que aún le esperaban. Ellos querían que desvelase los secretos que guardaba bajo llave en su mente, pero estaba dispuesto a guardar silencio. No temía a la muerte.
Se llevaría toda su sabiduría a la tumba.
El rostro de Ónice parecía flotar ante él, en la negrura absoluta de la celda, atosigándole. Recordaba su cabello, negro y su sonrisa helada como un iceberg.
Cada vez que pensaba en sus hermanos y en el Cáliz habría llorado de buena gana, pero no le salían lágrimas. Incluso en aquellos momentos, tan duros, era un druida, y estaba dispuesto a que la rabia y el dolor se congelaran en su interior.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. No había lunas. No había sol. No había luz para marcar las paredes. No había diferencia alguna si abría o cerraba los ojos. Al fin, siempre veía lo mismo: negrura. Sólo deseaba dormir, y no despertar; cuando dormía, soñaba con el Cáliz y sólo pensar en las consecuencias de esa importante pérdida le resultaba tan doloroso como un lecho de agujas incandescentes.
No oía más sonido que el de su respiración.
No había esperanzas para él.
Enoc, que así se llamaba el custodio que salvó la vida en el bosque por intercesión de Ónice, mientras portaba el Cáliz que le fue arrebatado, estaba adormilado cuando oyó un tintineo de cadenas de hierro en el exterior de la celda. Al principio pensó que lo había soñado. Cuando la puerta de hierro se abrió con un chirriante crujido, la luz repentina de una antorcha le cegó.
El centinela empujó una jarra de agua fresca hacia él. Enoc la cogió con ambas manos y bebió, ansioso. Era tanta las ansias que el agua se le derramó por las comisuras de la boca, mojándole.
―¿Cuánto tiempo vais a…? ―preguntó con voz débil.
―¡Silencio! Nada de hablar ―dijo el centinela al tiempo que le arrebataba la jarra de las manos.
Era un hombre escuálido, con mirada pérfida, que vestía cota de mallas y capa larga de piel negra.
―Por favor… ―dijo Enoc―. El Cáliz…
La puerta se cerró de golpe. Parpadeó mientras la luz anaranjada volvía a esfumarse, inclinó la cabeza sobre el pecho y se acurrucó en la paja.
Después no pudo establecer la diferencia entre estar dormido y despierto. Necesitaba tener la mente ocupada para mantenerse cuerdo. Recordar… cualquier cosa. Los recuerdos de largas horas en los bosques, aprendiendo los secretos de sus ancestros se le acercaban a hurtadillas en la oscuridad, auxiliándole.
Veía el verde intenso de la hierba, el correr de las aguas en el arroyo y husmeaba la vegetación. Era el día del solsticio Estival: el día de mayor desequilibrio lunar-nocturno. Se vio sentado al amparo de un viejo roble escuchando las enseñanzas de su viejo maestro Arthan, atento a todo cuanto le decía sobre la Tríscale, la espiral druida: una tríada, donde se reflejaba el comportamiento de la Constelación de Sirio y de todos los planetas que la componen; para los druidas, simbolizaba Adhión; en el blasón mágico se representaban también sus ciclos naturales. Pensó en el arte de la transmutación. Recordó las enseñanzas sobre aceites esenciales, sus ungüentos, las plantas curativas, como el muérdago sagrado y sus propiedades, y sobre las cosas que eran y al mismo tiempo no eran.
Oyó en su mente las palabras de su maestro… «Hay gran poder en el silencio». Cuando le instruyó sobre la importancia de saber guardar los secretos en uno mismo sin delatarse. También recordó todo cuanto le dijo sobre la tríada del equilibrio…
«Un druida debe, ver de todo, aprender de todo, y sufrir todo»
Le enseñó las cosas dignas de admirar: una piedra, una flor, un rayo del lejano sol… Los árboles. Le enseñó a interpretar la naturaleza. Los oráculos en los bosques. Los ritos mágicos celebrados junto a los menhires. Le enseñó a leer las runas. Las piedras sagradas…
Enoc vivía sus recuerdos como si formaran parte de un sueño cuando unas pisadas se detuvieron fuera, en el pasillo. Al principio pensó que el sonido formaba parte de su pensamiento; le pareció que había pasado mucho tiempo desde la última vez que le había visitado el centinela para traerle agua, pero no era así.
La puerta crujió y se abrió.
Enoc puso una mano en la mohosa pared y trató de incorporarse hacia la luz ígnea. El destello de la llama le hizo entrecerrar los ojos.
―Comida ―dijo el centinela, al tiempo que dejaba la bandeja en el suelo.
El guardia abandonó la celda y la oscuridad volvió con más negrura si cabe, pero no le importó en absoluto. Estaba hambriento y comería para calmar los retortijones de su estómago.
Por una razón que él desconocía, Ónice lo mantenía con vida y no le interesaba matarlo de hambre.

Relato Fantástico - El Desafío de los Druidas (I) Y así era. Ella creía que la vida de Enoc estaba ligada de algún modo al Cáliz y por esta razón, le interesaba mantenerlo con vida, aún siendo consciente de que él no confesaría bajo ninguna circunstancia. El custodio era un druida juramentado.
Cualquier intento de sonsacarle información estaba condenado al fracaso. Sin embargo, la hechicera pensaba que no estaba de más tenerle cerca, sobre todo ahora que Gadeón tenía en su poder el Cáliz, ya que podría darse el caso de que para descubrir los enigmas de la Copa Ritual o su consagración final, fuese necesario un ritual oficiado por un druida.
«Hablará. Tarde o temprano, lo hará», pensó Ónice sin apartar la vista del Orbe Negro, el oráculo de los nigromantes.
Vio las runas a través del cristal…
Las extrañas inscripciones rúnicas habían despertado su curiosidad y para eso, necesitaba encontrar el libro mágico correcto. Un tratado esotérico que le permitiese esclarecer una parte del misterio sellado que envolvía el Cáliz.
Llevaba varias horas confinada en el templo que el hechicero Gadeón creara hacía muchos años atrás. Él no mostraba su refugio a nadie, tan solo a su más leal maga, que pasó a ostentar el privilegio de convertirse en su regia sombra. Últimamente, el templo, es utilizado por Ónice como laboratorio para sus experimentos. Era un lugar siniestro que estaba al abrigo de curiosos novicios en las artes negras. Gadeón utilizó su poderosa magia para hurgar en las profundidades del castillo, y como una larva, cavó la roca, la moldeó en escaleras y puertas ocultas. Sin embargo, el nigromante, en el pasado, se vio obligado en más de una ocasión a sumir en hechizos a aprendices que osaron entrometerse en sus actividades. Incluso su hijo, el hermético Ethan de sangre druida por línea matriarcal, tiene vetada la entrada en el templo.
Descender a las cavernas del castillo, era adentrarse en un lugar tenebroso, lleno de trampas, con corredores sinuosos y muros ennegrecidos que comunicaban con las mohosas mazmorras de la Torre Negra. Los centinelas que penetraban en aquellos rincones de las tinieblas para realizar las guardias sentían una inexplicable asfixia. Al salir, todos recuperaban el aliento como si acabasen de escapar de un lugar en llamas. El templo se hallaba en la cámara más alejada y Ónice como su moradora había envuelto en un manto invisible el suelo como parte de su plan para evitar presencias no autorizadas.
Era tenaz y tras recitar unas fórmulas mágicas, Ónice con un libro esotérico en sus manos, salió de la estancia y oyó cómo la gruesa puerta de madera con remaches de hierro se cerraba a su espalda. Atravesó presurosa las otras dependencias de las cavernas. Tan precipitada era su marcha que incluso se perdió una vez tras tomar una revuelta equivocada en el laberinto de corredores, y que conducía directamente a las mazmorras. Rápidamente retrocedió y volvió a dar con el pasadizo que la llevaría hasta la dependencia que comunicaba con el castillo. Una vez allí, Ónice atravesó el largo corredor entre el susurrante murmullo de su túnica y el crepitar del fuego en las antorchas.


El hechicero Gadeón fijó su atención en el esotérico volumen de tapas de terciopelo rojo que Ónice le había dejado sobre el escritorio y sin apresurarse, comenzó a trazar símbolos nigromantes en el aire con sus manos enguantadas, recitando versículos ininteligibles para los profanos en nigromancia.
Un ritual necesario antes de leer el oscuro libro.
Mientras estaba absorta en sus propias cavilaciones con respecto a los enigmas que trataba de resolver, incluso con una sonrisa dibujada en sus labios, sintió sobre su piel el gélido fulgor esmeralda de los ojos del poderoso hechicero y tuvo que desviar la vista. Gadeón era un hombre in extremis persuasivo y gobernaba con una supremacía tan irrevocable como aterradora.
Le temían. Todos cuantos se tropezaban con el letal hechicero, incluso su propio hijo, se hacían a un lado presas del pánico, amedrentados por la iniquidad que se adivinaba, aunque invisible, bajo su negra capucha. Pero pese a todo, era un hombre de enorme atractivo. Alto y vigoroso. De facciones severas y cejas poco tupidas, su cabello negro enmarañado y sus ojos de un verde muy profundo… Las arrugas que cercaban su boca delataban una tenaz resistencia al dolor. No eran las facciones de un brujo maléfico. Ni siquiera eran los rasgos de un ser atormentado por su diabólica entrega diaria invocando a los muertos para sus artes nigromantes. Sus cuarenta años estaban en pleno apogeo y ni siquiera su rostro agotado tras largas noches de estudios arcanos, pero ahora relajado, gracias a la presencia de la mujer parecía indicar lo contrario, que era una buena persona, pero no. Todo era fachada, pura fachada. Una férrea mascara que ocultaba su corazón indomable, convertido a voluntad en un pedrusco de hielo. En eso no era muy diferente de Ónice. Ambos eran tal para cual.


Se sabía muy poco de los antiguos druidas; muchas de las extrañas propiedades del propio Cáliz permanecían ocultas para los nigromantes y para la gran mayoría de mortales, y Gadeón lo habría dado todo por descubrir el ancestral misterio. Sus profundidades. Sabía todo lo referente a la inmortalidad, pero desconocía si existía algún condicionante o alguna trampa que le impidiera llegar a alcanzar su propósito. Estaba seguro de que nada iba a ser fácil. Desconocía la clave que otorgaría el triunfo nigromante sobre Adhión. Y tenía que hallarla.
Pero el milenario libro rojo no daba la respuesta a la pregunta que ahora le turbaba. Sólo comentaba algo sobre beber la sangre del Espíritu del bosque. Se preguntó por qué razón aparecía ese concepto druídico en un libro de magia negra. Esa duda le provocaba hasta lo más recóndito de su mente. Tenía un talento innato para la hechicería y eso hacía que nada fuese un obstáculo, pero en este caso era diferente… Necesitaba encontrar la naturaleza de la fuerza que habitaba en el tributo druida.
Su creencia de que los druidas eran todopoderosos se había desvanecido cuando les declaró la guerra y descubrió que eran frágiles mortales, muy profundos espiritualmente, pero en definitiva débiles. Y ahora que conocía los poderes que el resto del mundo consideraba con pavor, encontraba que estos poderes brillaban por su ausencia. No les temía en absoluto.
Y la Copa de alabastro… Después de indagar en el libro, tomó una decisión.
La alta figura de Gadeón se levantó del sillón y avanzó despacio hacia Ónice, meditabunda. Ella estaba esperando a que él hablase. Finalmente, lo hizo.
―Hay algo…, algo que me preocupa.
Ónice no se movió. Y con la cabeza gacha, no habló ni alzó la mirada.
―… El Espíritu del bosque. ¿Quién es? ¿Un druida? ¿Un hechicero? ¿Un héroe?
―Quién sea, hombre o ente, está muerto ―dijo ella, finalmente.
Gadeón soltó una risa.
―No te confíes, Ónice ―dijo con frialdad―. Al fin y al cabo, alguien ligado al Cáliz, aunque sea un simple mortal, no deja de ser un elemento valioso. Un elemento que hemos de tener en nuestro poder.
―Indagaré en el oráculo, mi señor.
―Ónice ―dijo Gadeón―. Hace tiempo me juraste lealtad, y ya es hora de que demuestres hasta dónde llega esa fidelidad. ¿Estás dispuesta a descubrir quién hay detrás del Espíritu del bosque?
―Sí, mi señor.
―Una vez lo descubras, quiero que me lo traigas hasta mí. Quiero ese elemento, Ónice. Sea quién sea, lo quiero ver a mis pies.
Miró fijamente a la hechicera mientras pronunciaba estas palabras, pero el no hizo el menor gesto. Su rostro seguía siendo insondable, y su glacial mirada, perpetua, no traicionaba sus sentimientos. Pues no los tenía, ni siquiera para su hijo.
―No te fallaré, mi señor ―dijo con voz sensual, y añadió―. Cómo nunca lo he hecho.
Gadeón le dedicó una sonrisa sugerente, con cierto aire amenazante, y le susurró al oído:
―Tampoco te fallaré a ti.
Ónice no reaccionó ante esas palabras. Pero era muy consciente de su significado. Un error, significaría la muerte. Tener a Gadeón de aliado, era el mayor triunfo que un nigromante podría aspirar en toda su vida. Tenerlo en contra, era cerrar los ojos para jamás volver a abrirlos. La amenaza era sugerente, persuasiva, y hasta amorosa, pero había llegado hasta el fondo de su ser.
Gadeón ladeó la cabeza con la agilidad de un halcón, y sus negros cabellos acariciaron por un momento el rostro de la mujer. Ónice alzó la cabeza para mirar a su señor, pero no dijo nada. Él sonriendo ligeramente, salió de la estancia. Su larga capa negra dio un bandazo en el marco de la puerta. Y su embriagadora tenebrosidad permaneció en el aire unos segundos más.
Ella se estremeció. Sentía algo indescriptible por él. Odio, celos, impaciencia… amor. No lo sabía. Lo único que sabía con certeza era que debía estar por encima de las emociones si quería servirle bien. Sólo así tendría su ansiada recompensa: Gadeón, el hombre.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2008