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Ciclo Robert E. Howard: El León de Tiberias (I)
Un retrato cruel de una época salvaje y sanguinaria, donde la fe justificaba la masacre y el ansia de poder insuflaba el ardor guerrero
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (I) I
La batalla en los prados del Eufrates había terminado, pero no la carnicería. Tanto en ese campo sangriento, donde el Califa de Bagdad y sus aliados turcos habían roto la poderosa avalancha de Doubeys ibn Sadaka de Hilla, como en el desierto circundante, los cuerpos forrados de acero yacían como si una tormenta les hubiese arrastrado y amontonado. El gran canal, al que llamaban Nilo, que conectaba el Eufrates con el distante Tigris, se encontraba bloqueado por los cuerpos de los hombres de las diversas tribus, y los supervivientes jadeaban en su huida hacia los blancos muros de Hilla que brillaban en la distancia, más allá de las plácidas aguas del cercano río. Tras ellos, halcones acorazados, los selyúcidas, rajaban a los fugitivos desde sus sillas de montar. El resplandeciente sueño del emir árabe había acabado en una tormenta de sangre y acero, y sus espuelas salpicaban sangre mientras cabalgaba hacia el distante río.
Aún en ese momento, en un punto del sucio campo, la lucha se recrudecía y se arremolinaba donde el hijo favorito del emir, Achmet, un esbelto muchacho de diecisiete o dieciocho años, permanecía en pie junto a un aliado. Los jinetes cubiertos de cotas de malla se acercaban, golpeaban y retrocedían, rugiendo en su desconcertada furia ante el azote de la gran espada en las manos de ese hombre. La suya era una figura extraña e incongruente: su roja melena contrastaba con los negros mechones de cuantos le rodeaban, no menos de lo que su polvorienta cota lo hacía con los emplumados tocados y las plateadas corazas de los atacantes. Era alto y poderoso, con una dureza lobuna en sus miembros y figura que su malla no podía ocultar. Su oscuro semblante repleto de cicatrices era sombrío, sus ojos azules, fríos y duros como el azul acero forjado por los gnomos de las Rhineland para los héroes de los bosques del norte.
Pocas comodidades había habido en la vida de John Norwald. Hijo de una casa arruinada por la conquista normanda, este descendiente de thanes tan solo tenía recuerdos de chamizos con techos de zarza y la dura vida de los hombres de armas, alquilando sus servicios a nobles venidos a menos a los que odiaba. Nació en el norte de Inglaterra, en la antigua Danelagh, establecida hace tiempo por los vikingos. Su sangre no era ni sajona ni normanda, sino danesa, y la sombría fuerza inquebrantable del azulado norte estaba en él. Con cada golpe que la vida le daba, resurgía más fiero e implacable. No había encontrado una existencia más sencilla en su largo peregrinar por el este, en el que entró al servicio de Sir William de Montserrat, senescal de un castillo en la frontera más allá del Jordán.
A sus treinta años, John Norwald tan solo recordaba un hecho agradable, un único acto de caridad, por el que ahora se enfrentaba a toda una hueste, con una furia desesperada que convertía en incansables a sus brazos de hierro. Había sido durante la primera incursión de Achmet, en la que sus jinetes habían atrapado a de Montserrat junto a una avanzadilla. El chico no se había acobardado durante la lucha a espada, pero el cruel asesinato de enemigos caídos no era propio de él. Retorciéndose en el ensangrentado polvo, desfallecido y medio muerto, John Norwald había visto borrosamente como una cimitarra levantada era apartada por un esbelto brazo, y la cara del joven inclinándose sobre él, los oscuros ojos rebosantes de lágrimas de piedad.
Demasiado piadoso para su tiempo y su modo de vida, Achmet había ordenado a sus sorprendidos guerreros recoger al herido franco y llevarlo con ellos. Y durante las semanas que pasaron hasta que las heridas de Norwald sanaron, yació en la tienda de Achmet en un oasis de las tribus de Asad, cuidado por el propio hakim del muchacho. Cuando pudo montar de nuevo, Achmet le levó con él a Hilla. Doubeys ibn Sadaka siempre se tomaba con humor los caprichos de su hijo, y esta vez, murmurando para sí con cierto temor, le concedió a Norwald su vida. Y no lo lamentó cuando halló en el sombrío inglés un luchador tan valioso como tres de sus propios halcones.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (I) John Norwald no se sintió atado por ninguna lealtad hacia de Montserrat, que había huido de la emboscada dejándole en manos de los musulmanes, ni hacia la raza de cuyas manos solamente había recibido duros golpes toda su vida. Junto a los árabes encontró un ambiente acorde a su carácter y feroz naturaleza, y se había sumergido en la agitación de las enemistades del desierto, incursiones y guerras fronterizas como si hubiera nacido bajo el negro tejido de una tienda beduina en vez de en una cabaña del Yorkshire. Ahora, con el fracaso de la intentona de soberanía de ibn Sadaka sobre Bagdad, el inglés se encontró una vez más rodeado de vociferantes enemigos, enloquecidos por el fuerte olor a sangre. Alrededor suyo y de su joven compañero se arremolinaban los salvajes jinetes de Mosul; los acorazados halcones de Wasit y Basora, cuyo señor, Zenghi Imad ed din, había sometido ese día a ibn Sadaka y machacado sus brillantes ejércitos hasta reducirlos a migajas.
A pie, entre los cuerpos de sus guerreros, sus espaldas cubiertas por un muro de caballos y hombres muertos, Achmet y John Norwald rechazaban la avalancha. Un emir con una pluma de garza tiró de las riendas de su semental turcomano, aullando su grito de guerra, y sus soldados se arremolinaron tras él.
—¡Vuelve, chico; déjamelo a mí!— gruñó el inglés, ocultando a Achmet tras él. La afilada cimitarra arrancó azules chispas de su bacinete y su gran espada arrojó al seljuk de su silla. Aproximándose al jefe, el gigante franco azotó al aullante espadachín, que picó espuelas y se inclinó sobre su silla hasta cruzar sus hojas. El curvado sable resbaló sobre su escudo y su armadura, mientras que su larga espada atravesando protecciones, corazas y cascos, desgarrando la carne y destrozando huesos, arrojando cadáveres a sus pies enfundados en hierro.
En ese momento un rugido les hizo mirar rápidamente alrededor, encontrándose con que un alto y fornido jinete cabalgaba hacia ellos y sujetaba sus riendas frente al franco y su esbelto compañero. Por primera vez, John Norwald estuvo cara a cara con Zenghi esh Shami, Imad ed din, gobernador de Wasit y guardián de Basora, cuyos hombre llamaban el León de Tiberias, por sus hazañas en el asedio de Tiberias.
El inglés prestó atención a la enorme hechura del corcel, la presa de las poderosas manos sobre las riendas y el pomo de la espada, los ardientes ojos azules, destacando en las implacables facciones de su cara. Bajo la delgada línea de su oscuro bigote, sus gruesos labios sonrieron, pero era la despiadada sonrisa de una pantera cazando.
Zenghi habló y tras su poderosa voz se percibía un rastro de burla o un gigantesco júbilo que surgía provocador y asesino.
—¿Quiénes son estos paladines que permanecen entre sus enemigos como tigres en su guarida, y nadie es capaz de ir contra ellos? ¿Es Rustem aquel cuyo talón pisa el cuello de mis emires, o solo un renegado nazareno? ¡Y el otro, por Alá, sino estoy loco es el cachorro del lobo del desierto! ¿No eres tu Achmet ibn Doubeys?
Fue Achmet el que contestó, mientras Norwald se mantuvo en un ceñudo silencio, mirando al turco con los ojos entrecerrados y los dedos aferrando la ensangrentada empuñadura de su espada.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (I) —Así es, Zenghi esh Shami —respondió el joven orgullosamente—, y este es mi hermano de armas, John Norwald. Dile a tus lobos que vuelvan grupas, oh príncipe. Muchos han caído ya. Muchos más caerán antes de que sus aceros saboreen nuestro corazón.
Zenghi encogió sus gigantescos hombros, dominado por el sarcasmo diabólico que asoma en el corazón de todos los hijos del Asia profunda.
—Tirad vuestras armas, cachorro de lobo y franco. Juro por el honor de mi clan, que ninguna espada os tocará.
—No confío en él —gruño John Norwald—, déjale acercase un poco más y le llevaré al infierno con nosotros.
—No —respondió Achmet—. El príncipe mantiene su palabra. Baja tu espada, hermano mío. Hemos hecho todo lo que unos hombres podrían hacer. Mi padre, el emir, nos rescatará.
Tiró su cimitarra con un juvenil gesto de alivio y desenfado, y Norwald arrojó su espada a regañadientes.
—Hubiese preferido envainarla en su cuerpo— gruñó.
Achmet se volvió hacia el conquistador y alargó sus manos.
—Oh, Zenghi —comenzó, cuando el turco hizo un rápido gesto, y los dos prisioneros se encontraron ambos atados con las manos a la espalda con tiras de cuero que les cortaban las muñecas.
—No necesitas eso, príncipe —protestó Achmet—. Nos hemos puesto en tus manos. Ordena a tus hombres que nos dejen. No trataremos de escapar.
—¡Cállate, cachorro! —replicó Zenghi. Los ojos del turco aún danzaban con peligroso frenesí y en su cara se reflejaba un oscuro apasionamiento. Hizo a su caballo avanzar hasta acercarse más todavía. —Ninguna espada te tocará, joven perro— dijo deliberadamente. — Ésta fue mi promesa, y yo mantengo mis juramentos. Ninguna hoja se te acercará, aún así los buitres blanquearán tus huesos esta noche. El perro de tu señor se me ha escapado, pero tú no escaparás, y cuando le cuenten tu final, llorará con angustia.
Achmet, se revolvió a la presa de unos fuertes soldados, alzó la vista desistiendo, y respondió sin asomo de miedo.
—¿Entonces eres un incumplidor de juramentos, turco?
—No he roto ningún juramento —respondió el señor de Wasit—. Un látigo no es una espada.
Su mano se alzó, agarrando un terrible flagelo turcomano, con siete tiras de cuero crudo en cuyos extremos se sujetaban pedazos de plomo. Inclinándose desde su silla cuando golpeó, estrelló aquellos jirones de piel con puntas metálicas cruzando la cara del chico con una fuerza terrible. La sangre manó y uno de los ojos de Achmet casi se salió de su órbita. Sujetado y sin ayuda, el muchacho no podía evitar los golpes que Zenghi abatía sobre él. Pero ni un quejido salió de él, a pesar de que su rostro estaba ensangrentado, en carne viva, cadavérico y medio tuerto bajo los desgarradores golpes que trituraban la carne y astillaba sus huesos debajo. Solo al final un débil gemido como el de un animal salió de sus mutilados labios cuando perdió el conocimiento y se desplomó en brazos de sus captores.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (I) Sin un grito ni una palabra, John Norwald observó, mientras el corazón se le encogía en el pecho y se convertía en un trozo de hielo que nadie podría tocar, derretir o romper. Algo murió en su alma y en su lugar nació un elemental espíritu inconquistable como un fuego helado, y tan glacial como la escarcha.
La obra estaba hecha. La horrible mutilación que había sufrido el príncipe Achmet ibn Doubeys fue transformándole en un desecho moribundo, aunque una chispa de vida aún latía en sus torturados miembros. Sobre la mascara carmesí de su rostro se proyectó la sombra de las alas de los buitres que planeaban en el ocaso. Zenghi arrojó a un lado la goteante fusta y se volvió hacia el silencioso franco. Pero cuando se encontró con los ardientes ojos de su cautivo, la sonrisa se desvaneció de los labios del príncipe y las mofas murieron sin ser dichas. En aquellos fríos y terribles ojos el turco leyó un odio más allá de toda concepción común, un monstruoso, ardiente, casi tangible odio, surgido de la más profunda caverna del infierno, que no se enturbiaría por el tiempo o el sufrimiento.
El turco se agitó como azotado por un frío viento invisible. Entonces recuperó la compostura.
—Te doy la vida, infiel —dijo Zenghi— por mi juramento. Has visto parte de mi poder. Recuérdalo durante los largos y tristes años en que te remorderá mi piedad y aullarás pidiendo la muerte. Y sabe que al igual que te he derrotado, lo haré con la cristiandad. He llegado hasta Outremer y dejado sus castillos desolados; he cabalgado hacia el este con las cabezas de sus jefes rebotando en mi silla. Volveré de nuevo, pero no como un bandido, sino como un conquistador. Arrojaré sus huestes al mar. La tierra de los francos aullará por la muerte de sus reyes, y mis caballos hollarán las ciudadelas de los infieles; desde este campo escalaré las brillantes escaleras que conducen a un imperio.
—Sólo esto te diré, Zenghi, perro de Tiberias —respondió el franco con una voz que ni él mismo reconocía—: en un año, o diez, o veinte años, te encontraré y te haré pagar esta deuda.
—De esta forma habla el lobo atrapado al cazador —respondió Zenghi, y volviéndose hacia los mamelucos que sujetaban a Norwald, dijo: —Ponedle entre los prisioneros por los que no pagarán rescate. Llevadle hasta Basora y aseguraos de que es vendido como galeote. Es fuerte y puede que viva cuatro o cinco años.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2007