Cuenta una antigua leyenda que llegaría el día en el que los hombres se quedarían sin esperanza, imaginación y aspiraciones. El día en el que el mundo cambiaría y nadie intentaría nada nuevo. La humanidad se sumergiría en la monotonía y se perdería todo interés, creencias y voluntad de cambio.
El caos reinaría por doquier y las personas dormirían sumidas en la más profunda tristeza, pues nadie albergaría ilusión alguna y todo se creería hecho e imposible de mejorar.
Tan sólo quedaría una esperanza pues surgirían los únicos seres capaces de alterar el decadente y terminal curso de la vida y evitar un destino peor que la muerte física: la muerte interior.
Únicamente los Vendedores de Sueños tendrían ese poder.
La realidad del mundo había superado ya con creces a la ficción aunque lo cierto era que no había tiempo ni ganas de eso último. Todo parecía ya hecho. Todas las canciones inventadas, todas las películas rodadas, todos los cuadros pintados...
O quizás fuera tan sólo que las ideas habían sido agotadas o las mentes tan gastadas que no tenía importancia nada que no fuera el momento presente, el aquí y ahora.
¿A qué debían echar la culpa? ¿Guerras? ¿Destrucción masiva del medio ambiente? ¿Ruptura de los derechos humanos?
Todo ello era sólo un ejemplo de lo existente y algunos de los posibles culpables. Pero lo importante ya no era eso. Aquello ya no tenía importancia alguna porque se había transformado en lo habitual y no era considerado algo alarmante.
Todos conocían la existencia de esos males y todos se habían acostumbrado a ellos. La gente caminaba por la calle como auténticos muertos en vida. Se miraban pero no veían nada, se hablaban pero no oían nada. Nadie escuchaba más que a esa voz interior y falsamente tranquilizadora que les decía que todo iba bien mientras les iba consumiendo y ennegrecía sus corazones. Les hacía creer que su vida y su mundo eran normales.
Pero en algún lugar surgió un día un ser nuevo, o quizás siempre había estado allí aguardando su momento para salir, compartiendo el mundo con los otros en silencio, luchando por recuperar la voz que le había sido arrebatada e intentando alzarla tan alto que todos pudieran oírle y también escucharle.
Y el momento para el primer Vendedor de Sueños llegó.
¿Acaso sólo había uno? No, eran muchos realmente pero habían sido tan aplastados y enterrados por la intensa marea social que el salir les iba costando, no obstante lo lograrían.
¿A qué se dedicaban estos seres y por qué no les iba consumiendo lo mismo que a los demás?
Ellos se desplazaban por el mundo con unos fuertes zapatos gracias a los cuales podían llegar a cualquier lugar.
Los Vendedores de Sueños vivían de ellos mismos y de los otros. A decir verdad establecían una poderosa relación simbiótica con quienes se encontraban, dando y recibiendo la vida que otorgaban y convirtiendo a su vez en otros Vendedores a los que les ayudaban.
Sus mejores clientes eran los niños, cuanto más jóvenes mejor, quienes menos infectados habían sido por el mundo debido a su corta edad. Y también los más ancianos, los únicos que aun recordaban la vida.
Así los Vendedores de Sueños recorrían el mundo como antiguos trovadores, contaban historias, sueños y recogían a su vez lo que podían encontrar. Pero no eran sólo recopilaciones de sueños sino también de recuerdos. Éstos no los vendían si no eran suyos pero les ayudaban a crear. Si se encontraban con un mal recuerdo regalaban un nuevo sueño, una nueva esperanza y eliminaban el recuerdo viejo. Si se encontraban con un buen recuerdo lo añadían a un gran saco y lo apilaban junto a los demás, a buen recaudo, para tener constancia de que no todo había sido siempre igual y de que si continuaban caminando podrían recuperar mucho.
Pero no todo era fácil en la vida de los Soñadores.
A menudo solían encontrarse con una plaga que decía llamarte Realista. Su número era mucho mayor y eran los que más frente les hacían. Los Realistas intentaban descalzar a los Vendedores de Sueños y cuando lo lograban éstos pisaban el suelo y se dañaban los pies y eran muchas veces incapaces de volver a caminar.
Los demás Soñadores acudían a ayudarles pero los Realistas les agarraban de los pies y de las manos y colgaban sus zapatos en lo alto donde no pudieran recuperarlos. Cuando se aseguraban de que no los cogerían, los Realistas seguían su camino, descalzos, pues ellos ya no sentían y el suelo no les dañaba.
Sin embargo no podían alcanzar a los mejores clientes de los Vendedores de Sueños porque los niños no necesitaban zapatos, tenían alas, y no podían atraparles, y muchas veces eran ellos quienes lanzaban los zapatos a los Realistas.
Así los Vendedores de sueños seguían su recorrido por el mundo y escribían sus sueños para que si les cazaban éstos permanecieran.
Y también anotaban sus recuerdos aunque preferían tenerlos en su mente, pero lo hacían por miedo a olvidarlos. Anotaban sus encuentros con los niños y las historias que aquellos les contaban.
Anotaban en su memoria cosas como los besos, las canciones olvidadas y los sabores; y sobre todo tenían bien reflejado cómo era todo antes de perder su capacidad de volar y ser sepultados.
Junto a ese dibujo guardaban los sueños almacenados por quienes habían desaparecido en la gran avalancha...
Pero cada día el trabajo se iba volviendo mucho más difícil para los Vendedores de Sueños pues los niños, sus mayores y mejores colaboradores, se iban convirtiendo en parte de los Realistas a edades cada vez más tempranas y perdían sus alas muy pronto siendo capaces de volar durante un periodo de tiempo tan escaso que a menudo no recordaban haberlo hecho nunca, y muchas veces en realidad nunca llegaban a hacerlo.
El trabajo de los Vendedores consistía en conservar las alas de los niños guardándolas entre las hojas de los libros, bien prensadas, cuando éstos se marchaban a dormir, para luego volvérselas a colocar cuando despertaban.
Pero los hombres del mundo moderno, los hombres del mundo industrial, ayudantes ellos de los Realistas, robaban a menudo esos libros y los escondían dónde los niños no podían encontrarlos, y con ellos sus alas prensadas dentro.
Los Vendedores de sueños recogían cuantos podían recuperar y los agrupaban en grandes montones bien organizados en lugares donde muy pocos Realistas eran capaces de llegar pero al alcance de los niños para que, si aún las buscaban, pudieran encontrar las alas que habían perdido y, en caso de que hubieran cesado ya en su búsqueda, pudieran recordar que en un tiempo las tuvieron y quizás recuperarlas.
Aún así los niños eran distraídos mediante falsas ilusiones y sueños, falsas alas de cartón o de cera dadas por los hombres del mundo moderno que jamás podrían hacerles volar pero con las que se contentaban porque no conocían nada distinto.
Los nuevos niños no habían visto las auténticas alas y creían que aquello que tenían era lo mejor que podían obtener porque no necesitaban volar, no les interesaba y permanecían encerrados en sus casas enganchados a cualquier cosa que pudiera suplir su falta de imaginación y soñara por ellos, sin costarles ningún esfuerzo.
Los Vendedores de Sueños no podían luchar contra eso, sólo podían limitarse a seguir recorriendo el mundo intercambiando sus sueños con quien quisiera escucharlos y compartirlos.
Pero el enemigo era muy poderoso y si seguía acabando con sus mejores colaboradores lo tendrían todo perdido.
Los Vendedores tenían que convencer a los niños de que podían volar de verdad y ayudarles a encontrar los medios para ello. También tenían que indicar a los más jóvenes que no todo estaba hecho, que no todo estaba inventado y que aun eran capaces de crear y ayudarles a construir nuevas alas tanto para los niños como para el resto del mundo.
Ellos mismos podían luchar incluso contra los Realistas y ser mas fuertes que ellos para evitar perder sus zapatos y quedar irremediablemente unidos al suelo, aplastados por ellos y sin esperanza.
Debían saber que podían perder muchas cosas pero la capacidad de volar era algo que no podían arrebatarles. Eran capaces de mucho más de lo que creían y ellos también podían crear sueños sólo que no lo sabían.
Se equivocaban al pensar que aquello de lo que hablaban los Vendedores sólo era posible en sus mentes, pero por algo se empezaba. Una vez que creyeran en que tenían capacidad para inventar y soñar comprenderían que no era cierto que eso no pudiera hacerse real.
Simplemente deberían ver que aún había mucho por crear, mucho por cambiar y no dejarse vencer por una falta de inspiración. Tan sólo era necesario que escucharan a los Vendedores hablar sobre los tiempos pasados: todo no había surgido tal cual, todo no había sido siempre así. Y que a eso le añadieran sus propios sueños por locos que parecieran y trabajaran en ellos olvidándose de lo que dijeran los Realistas.
Pero poco a poco así irían recuperando las alas de los niños, y también los zapatos arrebatados, y poco a poco todo iría cambiando...a mejor, porque no podía ser de otra manera.
No se ha podido conocer el fin de esta leyenda porque nunca llegó a nuestras manos nada más que lo presente...
El joven dejó de leer el artículo encontrado en Internet, en una página hallada por error mientras buscaba información para un aburrido trabajo de literatura española que le habían mandado hacer. Se había puesto a leer aquello atraído por el comienzo pero la verdad era que no le había gustado en absoluto esa historia. ¿Cómo podía alguien haber inventado un cuento tan absurdo? Como si fuera posible algo de lo que decía...
Le parecía una mera exageración obra de algún escritor amargado sin nada mejor que hacer que perder el tiempo escribiendo. El muchacho cerró la página abandonándola en el olvido y puso al ordenador a imprimir algunas páginas que había encontrado para su trabajo.
Apagó la pantalla y salió del estudio, se fue al salón y encendió la televisión.
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