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Relato Fantástico: Los Cuatro Tronos (y IV)
De la guerra contra Itita, la rotura de la corona de Efftrand-Tored y la caída del ultimo trono
Por Luis Mairo Hernández Vera

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (y IV)
Admito a vosotros, que este es el libro más ansiado por mis versos. Itita era el reino más prospero de los cuatro, comparado solo con Arag-Utum.
De aquella cultura sé mucho, pues sus huellas germinaron a través del tiempo y se quedaron como un recuerdo hermoso. Mucho se escribió de la ciudad del Este, y de la resistencia que vivió en los tiempos del Canophulus, antes de la caída de la casa de los Tored, señores del Este y protectores de la sagrada corona de Efftrand, aquella que cayo del cielo. Según la leyenda aquella pieza de oro rematada con un zafiro de profundo azul, fue entregada como honor al pueblo más fiel a sus creencias por los dioses antiguos. Decían que mientras la corona estuviese puesta en la cabeza de los reyes de Itita, aquella ciudad nunca vería la ruina, ni la destrucción de su pueblo. Era pues la corona de Efftrand, el talismán que había generado la prosperidad del reino del Este, comparado solo con la de Arag-Utum.
Mucho se especulaba de aquella joya. Pero cierto era que desde que fue entregada en los orígenes del mundo por la gracia de los dioses al pueblo de Itita. Nunca aquel país había visto sequías ni ruinas, por el contrario sus conocimientos del mundo afloraron en todos los campos, llegándose a convertir en sabios eruditos y arquitectos, conocidos herreros y solicitados artesanos. Lo que les permitió avanzar en la ciencia y las artes, convirtiéndose en un pueblo prospero y pacifico, y por ende el más ansiado por Canophulus, quien sin pensar, estaría gestando con tal invasión la propia destrucción del imperio de Ígneos casi dos centurias más adelante.

Desde las torres altas del Este, aquellas que se asoman en una saliente de las últimas montañas de la cordillera de Asoreth, allí mismo donde inicia el estrecho del Este, única entrada al reino de Itita desde el interior del Mundo Conocido. Se advirtió el paso de un caballero de andar brioso, la estela de polvo de su andar se veía provenir de las praderas secas como un tornado magnifico que rompía con la planicie.
Era él, uno de los caballeros de la corte enviado por la majestad de los reyes en busca de los hechos del Norte hace ya varios días. Iba con prisa como si algo oscuro y siniestro lo viniese siguiendo, como si un temor extasiante le hostigara el alma. Muchos lo vieron mientras pasaba por las aldeas del reino hermoso de Itita, con su rostro pálido y sus ojos llenos de un cansancio que conmovía, como si el sueño hubiese huido de su cuerpo espantado por algo indescriptible.
El caballero llego por fin el puente sobre el río Itita. Vio con regocijo las sendas estatuas que servían de pilares para el majestuoso monumento que cortaba el brioso río. Eran hombres con cuerpo mitad hombre, mitad pez, barbas largas y dorso fornido, que sostenían con fuerza el piso del puente de dorada piedra, que terminaba en un nicho grande en las montañas donde se alzaban las tres terrazas en las que se asentaba la magnifica ciudad de Itita, hermosa, valiente, eterna. En la terraza más alta se alzaban las dos torres del castillo de fachada en piedra amarillenta que contrastaba con el negro de los abismos pronunciados de las montañas de la cordillera de Asoreth.
Ingresó por la puerta principal del reino, aquella que le dio la despedida días atrás cuando los reyes lo enviaron al Norte en busca de repuestas a las quejas de los pastores de las altas montañas, que bajaron el mismo día en que la tierra se meció, llenos de un miedo contagioso. Vinieron a prevenir a los reyes. Vinieron a narrar de una estela de humo que viajaba en el cielo, de una lluvia de truenos que trajo fuego a la ciudad lejana de Arag-Utum, de las historias de los pocos que huyeron del reino del Norte acerca de un señor oscuro que domaba al cielo con su voz y que destruyó con su hechicería a la ciudad del mar.
El caballero subió las tres terrazas para alcanzar el palacio hermoso de Itita. Allí los reyes lo esperaban ansiosos pues hacia dos noches se había visto fuego en el pueblo pagano de Kamicrogseum, como le decían los Ititenses.
Ingreso al salón de mármoles blancos y columnas verdosas. No hubo tiempo para la cortesía solo para las noticias que se desataban en el Norte. Todo aquello quedo plasmado por el escriba de Itita:
“Mis señores, he aquí a Sirelth, enviado por vuestras majestades al reino del Norte. Debéis preparaos majestades pues aquel país fue invadido por los brujos de la isla de Amorgorog-Sibat, aquellos que adoran a Ordurug de Sireug, enemigo de los antiguos dioses y del Mundo Conocido. Con magia perversa han dominado a Arag-Utum el pueblo grande del Norte, su palacio fue demolido por los truenos y doblegado a este pueblo con conjuros poderosos, ahora le sirven los ejércitos del Norte, los bastos, los fornidos. Una hueste de hombres con armaduras gruesas y negras ha asaltado tres de los cuatro reinos del Mundo Conocido. Sus almas claman sangre, su furia es desatada por las órdenes de Canophulus, el nuevo emperador, aquel que ha dominado el cielo y los reinos de la tierra. Aquel que construye una fortaleza en las faldas de la montaña Solitaria, una ciudad majestuosa que será capital de su imperio.
Él viene mis señores, fortalecido con los esclavos dominados en sus batallas contra los tronos libres. Su ira se sentirá en Itita, el último de los reinos independientes. Preparaos majestades pues la guerra contra el reino de las montañas llegará pronto de Kamicrogseum, trayendo la muerte y el cielo oscuro.”

Los reyes reflejaron una actitud inesperada, sus cuerpos se entiesaron como si la noticia hubiese convertido en piedra la fragilidad de la carne. Algo malo sucedía, lo sabía el rey Ermat digno descendiente de la casa de los Tored en cuya cabeza lucia radiante la corona de la unión.
Sus sueños lo habían prevenido, ellos le hablaron con la voz del misterio, tan profunda como el nicho en el que se sentaba la ciudad majestuosa. Veía las sombras de Sibat mecerse en barcos de velas negras que bajaban del cielo cargando un ejército imponente y tratando de invadir la estrella de las montañas, la luz que unía a los pueblos del Este, el zafiro de Efftrand, tan azul como el cielo de verano, y tan brillante como la estrella de la aurora y el ocaso. Eran ellos de quienes le prevenían los sueños de los últimos meses, eran ellos los ladrones, y ahora vendrían para culminar su labor, para matar el sueño de un mundo en paz. Era entonces el tiempo de la guerra, era entonces el tiempo de alzar las armas y luchar por Itita, la grande.
Frente a la roída puerta de Kamicrogseum, esa misma que los brujos de Sibat vencieron con el poder de la magia, empezaban a llegar los ejércitos de hombres dominados por el hechizo de Canophulus. Venían de las tierras de Arag-Utum en su mayoría, otros de la invadida Sisergath que ahora era tierra de agricultores y pescadores que servían al imperio para alimentar la horda de hombres del magno ejército del señor de Amorgorog-Sibat cuyo general, Canophulus, había creado y ahora dirigía desde la fortaleza expugnada de Kamicrogseum. Se contaban más de veinte mil, pero aquello era solo una parte del ejército, los más jóvenes, los más dominados por el emperador como le decían. Ellos partirían en la aurora en busca del estrecho del Este por donde llegarían a Itita en dos días, eso si no encontraban resistencia. Todo estaba planeado desde el principio, desde antes que arribaran los brujos negros al puerto de Arag-Utum aquella tarde de cielos negros.

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Canophulus vendría a fundar un imperio en nombre de su señor, pero había algo a lo que él temía, algo poderoso que lo inquietaba: la corona de Efftrand-Tored. Debía moverse con astucia para evitar que los primeros reinos del mundo conocido se unieran por la fuerza de la corona de la unión. Si aquello ocurría no habría mucho que hacer, pues ni con el poder de los brujos, ni con la magia de su vara de metal plateada podrían doblegar aquella fuerza. Fue por ello que atacó con rapidez, dominando a los pueblos con el miedo y la desesperanza, envolviéndolos con un control poderoso sobre sus mentes; poder que solo podría ser quebrado por la corona sagrada. Era esa la debilidad de su plan, el punto por el cual los logros obtenidos caerían con rapidez. Es por ello que su furia se derramará sobre el país de Itita. No descansará hasta que la corona sea quebrada en dos, rompiendo sus miedos y dándole una victoria casi eterna sobre la raza de los hombres de los primeros reinos. Y será el mismo Canophulus quien dirija la batalla, será él quien guíe a sus esclavos mentales hacia la batalla más grandiosa de los primeros tiempos, la más decisiva, la más concluyente de todas, la batalla por el cuarto trono, el más deseado por su ambición.
En Itita tropas enviadas por el rey se movían hacia el estrecho del Este formando el primer anillo de resistencia. En las aldeas la zozobra crecía mientras la desesperanza empezaba a invadir los corazones gentiles de los humildes aldeanos del reino maravilloso. Las bestias eran amarradas y los alimentos guardados con delicadeza, el agua era recogida con rapidez en los cantaros de arcilla, mientras los jóvenes cortaban maderos secos al sol. Parecía que un invierno inesperado hubiese sido llamado desde el Norte del Mundo Conocido, como si una bestia de los abismos oscuros de las tierras subterráneas hubiese escapado de su prisión y amenazara llegar a los valles fértiles de Itita.
Los soldados a su paso armado alertaban las razones del rey, y los jóvenes mozos y fuertes eran llevados con ellos y otros eran enviados a Itita en medio del llanto de sus padres y esposas, hermanos e hijos. La guerra del Norte ha llegado al reino hermoso de Itita, y no habrá nada más que esperar el desenlace lento de esta historia.
En la ciudad del río, la bella Itita, llegaban las reservas que estaban cuidando las fronteras en lo alto de las colinas de Asoreth desde donde se veía al mar del Norte y más allá. Las tropas que cercaban el borde del desierto que había al Este y que daban final a las tierras de Itita, fueron llamados de inmediato por el rey Ermat.
El segundo anillo fue ubicado cerca de la orilla opuesta del río Itita para proteger el puente que daba a la ciudad, allí en las pequeñas torrecillas que se habían erigido en los primeros años para resguardar la ciudad en sus primeros días. Fueron estas de nuevo habitadas por los diestros arqueros del reino. Los herreros forjaron las vírgenes espadas y las puntas de las flechas, nuevos escudos de hierro y acero, nuevas armaduras y cotas de malla para los aldeanos que venían a servir a su rey.
El aire se llenaba de un aroma suave que mecía las entrañas. Un perfume a muerte que viciaba los sentidos y hacia que los nervios se alterasen suavemente, como si un veneno silencioso matara las esperanzas en los frágiles cuerpos de los valientes soldados. Pronto las torres del estrecho se alzaron a la vista, mientras el sol de la tarde cubría las nubes de colores naranjas y púrpuras en medio de un cielo azulado tranquilo en donde el viento soplaba con un halito frío y místico. La piel se enervaba ante tal helaje, las armaduras no calentaban la carne trémula, y las aves de la tarde cantaban con agonía, como presintiendo lo peor. Y así las torres se llenaban del dorado fulgor de la luz de la tarde, la gloria de Itita se manifestaba de nuevo, y un orgullo, una débil señal de tranquilidad emergía de los corazones mancebos al ver tal hermosura frente a ellos, y entonces, el orgullo se volvió en lagrimas tenues, y las lagrimas calmaron las ansias, y las ansias se convirtieron en deseos de luchar, y el fuego emergió de los pechos henchidos por el aire frío, y la armaduras brillaron con lujo, con la fineza de sus detalles, con lo esplendoroso de sus formas en medio de la llanura del Estrecho del Este donde diez mil hombres esperaban fervorosos el encuentro con el enemigo del Norte.
Pero aquella noche seria larga. Solo el ejército de los astros se levantaba sobre las cabezas acorazadas de los Ititenses valerosos. Más aun el sueño no llego. Más aun el miedo no se fue. Más aun la esperanza no se canso de reclamar su papel en esta historia, y fue así, como en medio del fuego abrigador de las fogatas el tiempo paso, y antes del alba el grito esperado llegó rompiendo con la paz del nuevo día.
En las torres se divisó la marcha, una procesión de antorchas que rompían con la penumbra de la madrugada. Los pasos del animal se escuchaban más cercanos y sincronizados con miedosa armonía. Los hombres prepararon sus posiciones, unos expectantes, pues poco se veía, en tanto los demás observaban en las alturas como la mancha oscura se movía con lentitud, al igual que el alba en el cielo de azules y carmines.
Y el cielo se llenó del brillo ardiente del sol, la llanura de Itita se teñía de verdes y dorados, mientras que la luz reptaba lentamente acercándose a las montañas rocosas y estériles. Y muchos desearon que el sol no llegase a aquel lugar, pues la oscuridad se convirtió en hordas de hombres, y las hordas se volvieron incontables y parecían reproducirse con cada rayo que emergía victorioso en los picos duros de las montañas de Asoreth.
Y la mancha oscura tomaba formas misteriosas, como serpientes que rompían el valle con sus cuerpos escamosos y silbantes. Y las maquinas de la guerra se volvieron gigantes amenazantes con garras de hierro y cuerpos de madera. Y las pupilas se abrían con lentitud, mientras las miradas se llenaban de un desconsuelo conmovedor, y todos los rostros fueron uno solo, de dolor y de angustia, de miseria y de sollozo. Más aun, en las nervaduras zigzagueantes del corazón la sangre fluía, y con ella el amor a esa tierra que vieron desde sus días recordables, esa donde manaba el agua de las montañas y bañaba los verdes sembrados de verduras y frutales, esa donde corrieron de niños y amaron de hombres, esa que les dio madre y padre, esa misma que ahora debían no perder. Y entonces cuando los hechiceros levantaron sus varas con fulgor dorado, justo cuando el ruiseñor canto su melodía suave en los bosques internos, la batalla del estrecho del Este comenzó opacando todo canto, todo susurro del viento, toda exhalación del alma.
Unos venían del Norte, de Arag-Utum y sus aldeas, otros venían del Oeste del reino de la cúpula, Sisergath, y los más numerosos venían del sur, de la ciudad acorazada de Kamicrogseum. Cada legión era comandada por cuatro de los que visten de negro, y cuando la multitud confluyo con mística sincronía, los generales levantaron sus varas y la luz dorada que había visto caer a las capitales de los tronos libres se encendió esta vez en el reino de Itita, el más hermoso de los cuatro.
Las tropas Ititenses corrían en su encuentro, absortos por tanta multitud de guerreros, y bañados por la gloria de la victoria. Algo en sus ojos, algo en sus mentes humanas los movían con decisión, estaban ellos pues bendecidos por la corona de Efftrand-Tored, la de la unión de los pueblos fieles, era esa la fuerza que los movía, era esa la solidez de sus pasos, la mística energía de la corona poderosa. El enemigo se estremeció por unos instantes al ver tal expresión segura en los rostros sudorosos de las tropas Ititenses, pero Canophulus, escondido entre la negrura de sus tropas movía sus labios entonando los artilugios de la mente, esos que doblegaron a los hombres de los reinos conquistados por su poder. Y la batalla empezó, y el sonido inconfundible de las espadas trono con fuerza en el estrecho del Este.

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Y la sangre fluyó en la negrura de la tierra bendecida por la gracia de los supremos, y las armaduras hermosas de los Ititenses fueron rasgadas por las espadas ungidas con el veneno de las serpientes negras de Únela, y al tocar su sangre los condenaba a la segura muerte. Pero el ejército de Itita continuaba su lucha, como si sus cuerpos fuesen de piedra y no de carne, sus espadas penetraban la dura coraza de las armaduras inmundas del ejercito de Ordorug, y muchos cayeron a la izquierda y a la derecha, y muchos otros eran detenidos en su forcejear por las flechas silbantes que llovían desde las torres que flaqueaban el estrecho bañado por la luz hermosa del sol de la mañana. Y el elegido de Sibat observaba tal acto con ira, mientras sus versos crecían en poder, pues la fuerza de la corona era suprema.
Itita ganaba terreno, aunque la mancha blanca era más pequeña que la negrura del ejército de Ordorug, desde los altos cielos se veía aquella gota de agua rodeada por aceite quemado avanzando con seguridad, mientras los hechiceros de Amorgorog-Sibat trataban de oscurecer los cielos y llamar los truenos como en Arag-Utum. Pero allí los cielos eran sordos a su llamado y el sol brillaba con dorada luz que lastimaba los ojos malvados.
Entonces, se vio a lo lejos un hilo de plata emerger de la negrura, unas palabras siniestras flotaron en el aire llevadas por el viento a cada rincón del mundo. Y las catapultas soltaron su carga y el sonido horrible de la piedra mancillada se oyó en las alturas de las montañas, eran las Torres del Este cayendo en migajas como si fuesen de arena endeble y no de sólida roca, y con ella el sonido conmovedor de los muchos que caían sin esperanza contra el flanco filoso de las montañas inertes y tibias por el sol. Y las lanzas altas se interpusieron en el avance de los señores de Itita, los valientes de armaduras de plata eran estacados con miseria por las armas potentes del enemigo y luego rematados con flechas y espada, como si fuesen ellos la presa del cazador, como animales eran arrastrados y dejados allí, sin cabeza y sin brazos, como castigo de su osadía.
Y los ejércitos de Ordorug sintieron el poder del elegido. Y su odio creció como la luz del sol en el Este, y su mirada cambiaba y sus almas se perdían en el gusto abyecto del que mata, del que hace sufrir con su espada corrompida con veneno, la carne tibia de otro infeliz. Matar fue un gusto emergido del inconsciente, era un placer exquisito para aquellos seres perdidos entre artilugios y hechizos, y tal fue su libido de muerte, que arrasaron sin compasión con todo aquello fuese extraño a sus mentes, todo aquello que vistiese de diferente forma, todo aquello que amenazase su camino. Y es así como doce mil cayeron, muchos de Itita, y otro tanto de enemigos. Y fueron pocos los que huyeron para contar a su rey como los muertos habían sido empalados e izados como estandartes sin cabeza y sin manos por el gran ejército de los hechiceros de Amorgorog-Sibat.
Una orden secreta fue llevada a cada aldea por el rey. Pronto caravanas partían de cada pueblo en busca del extremo Este, allí donde poco se conoce, y poco se habla, pero lejos de la desgracia que venía a invadir el país.
El horror desatado en el estrecho del Este conmovió el alma noble del rey Ermat, no quería ver a su pueblo espetado en las aldeas formando bosques de macabra espesura. Sus miedos afloraban como en las noches anteriores, pero esta vez no en forma de sueños sombríos, si no de una realidad atroz que venia lentamente del Sureste. La segunda barrea sería comandada por él, allí junto con los mejores guerreros de las estepas y de las aldeas de todo el reino, allí con las armas de la guerra creadas por los sabios de Itita, y con la corona sagrada como su protectora, la batalla del río Itita llegaría, y nadie penetraría en la ciudad a usurpar el trono del Este.
He aquí que el día paso tranquilo en los cielos, y con temor en la tierra hermosa bañada de dorados colores, el ocaso llegaba con el aroma del humo que venia de las aldeas vacías. Los vigías del rey daban noticias desalentadoras, todo aquello que llamase fuego en aquellas aldeas de empedradas calles era encendido con las antorchas del enemigo, no hubo casa hermosa, ni cultivo, ni granja que escapase de la horda enfurecida que no encontró carne que desollar, ni cuerpos que estacar.
En la mañana llegarían, la masa incontable se mecía con rapidez en los valles fértiles de Itita, el rey replegaba sus fuerzas en la entrada a la ciudad, el puente de vigas sólidas era pues su fortaleza, la anchura de la construcción resistiría la batalla por Itita, los hermosos tritones tallados y levantados por los antiguos reyes que vieron por primera vez el sol en estas tierras, aquellos construyeron los pilotes del gran puente sobre el río Itita, la entrada triunfal a la ciudad enclavada en la gruta profunda en la montaña.
En los niveles más altos de la ciudadela se alistaban las catapultas y los arqueros, expectantes ante las órdenes del rey que trazaba con sus consejeros las estrategias de la guerra. Pero en la mente colmada de ataques y defensas de los Ititenses algo importante escapo de su vista de guerreros, algo que terminaría por acabar con sus intenciones de ganar.
En la noche eterna de fríos y estrellas de colores titilantes como impávidas flamas de vela mecidas por el viento, el mundo en Itita pareció pequeño, se sintió la soledad extraña, como si fuesen aquellos seres los únicos que viviesen en ese mundo de misterios y conflictos, como si la ciudadela de Itita fuese la única existencia del hombre sobre el Mundo Conocido. Si, estaban solos en medio de una guerra que pensaron nunca les tocaría batallar, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, esas preguntas se movían con repuestas inaceptadas, en medio de los fieles al señor Tored, el buen rey que había de regir la tierra de Itita por los últimos años de la primera civilización.
El latir del corazón se acelero en las calles empedradas cuando los rayos endebles de la mañana de cielo encapotado dejo ver el gran ejercito de Ordorug de Sireug, el llamado traidor de la comunidad de los sabios, aquel que lleno de codicia intento apoderarse del secreto del todo, las palabras que dieron origen a las montañas y a los ríos, a la lluvia y al sol. Desafió al sabio Efftrand quien lo venció en el abismo de Nurecart y fue despojado de su alma inmunda, la cual encerrada fue por el sabio Elf, el de blancas ropas, en los fuegos eternos de Sibat, donde nunca despertaría. Pero la sombra de Nurecart ha despertado, y ya no hay sabios en el mundo que defiendan a los pueblos libres de su amenaza. Por lo menos, eso era lo que en aquellos tiempos se creía.
Los cielos cubiertos estaban por la sombras de la lluvia, los rugidos de los truenos estremecían el alma de los Ititenses que temían un ataque pavoroso como el de Arag-Utum. Allí estaba frente a ellos el ejército oscuro, tan tumultuoso e imponente como el de Itita. La cantidad estaba levemente a favor de los brujos de Amorgorog–Sibat. Allí torretas y sendas catapultas tomaron posición dirigiendo sus blancos hacia ciudadela que se veía hermosa incrustada en la cordillera de Asoreth.
Un silbido irrumpió el silencio desesperante, una flecha de plateada punta rompía el aire con velocidad al mismo tiempo que los brujos levantaban con lentitud su varas altas de madera oscura. La firme flecha viajaba por el firmamento con vuelo perfecto clavándose con fuerza en el pecho tibio de un soldado ititense que guardaba las torres que flanqueaban la entrada al enorme puente sobre el río Itita. Pronto, una gota endeble de rojo color resbaló por la armadura de plateado brillo surcando las nervaduras perfectas de las talladas formas que adornaban el pectoral de hierro. El llanto del cuerpo adolorido caía a la tierra con rapidez al mismo tiempo que la primera gota de la lluvia, y fueron la gota de agua y la gota de sangre una sola, y al estrellarse contra el suelo seco y maltratado de la llanura un sonido estruendoso emergió de los brujos de Sibat, y sus varas brillaron con dorado fulgor al tiempo que el cuerpo muerto de joven arquero caía contra el suelo sólido. Y el rey Ermat colocase la corona de Efftrand-Tored y levantando la espada de acero dio el grito de batalla. La caballería iba en frente veloz como el viento que mecía la lluvia. Los brujos de Sibat corrieron a su encuentro mientras atrás, las sendas catapultas lanzaban sólidas rocas contra la ciudadela.

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El ejercito de Ordurug carecía de caballería, solo tenía una especie de lobos gigantes que montaban algunos soldados y que fueron en encuentro del ejercito de Itita. Pronto las tropas desenfundaron sus armas en busca de la masa oscura de hombres que formaban el ejército del señor de Amorgorog-Sibat.
Los hechiceros desenfundaron sus espadas en contra de la caballería enorme que se cernía sobre ellos, alistaron sus varas para usar las fuerzas oscuras, pero algo frenaba su carrera, una fuerza que se oponía a ellos con creciente potencia. Sus varas cesaron el fuego y volaron de sus manos como si huyesen de algún mal conocido. Aquello los asusto, sobre todo al ver que la caballería potente se lanzaba en ristre contra ellos. Y fue allí en ese momento de dudas cuando el segundo anillo de defensa fue desatado. Desde las ventanillas y azoteas de las torres de flanqueo se lanzó una lluvia imponente de flechas que se descargaron contra las tropas enemigas. En tanto que los brujos de Sibat continuaron su ataque con espadas como sombras cabalgando en medio del mar de jinetes que los atacaban sin suerte alguna.
La caballería arrasaba el frente del bloque del ejército negro, en tanto que los arqueros detenían a los arqueros enemigos que apuntaban contra las torres. Itita emergía como una fuerza poderosa que empezaba a vencer al enemigo del Norte. Los hombres venidos de las comarcas bajas del río Itita, empuñaban sus espadas con rabia y quebraban las gruesas armaduras como titanes dotados de una increíble potencia. El enemigo titubeaba a medida que la segunda defensa se levantaba en contra de ellos, similar a un animal furioso que ataca sin piedad a su débil presa.
Canophulus obraba sus hechizos, pero eran débiles, algo incomodaba sus artes de magia, algo poderoso qua ahogaba sus versos malditos, era el poder de la corona de la unión. Sus mente se llenaba de insoportables ruidos y de él emanaban palabras cada vez más fuertes y menos entendibles, las venas de sus manos se hincharon a medida que empuñaba con energía su vara de plata que brillaba débil en medio de sus tropas conmovidas por la fuerza del enemigo. El reino del Este ganaba la batalla de la llanura del río, esa que terminaba allí en el cañón forjado por la fuerza de la corriente de las aguas del río Itita, esa que solo era unida a las Asoreth por el puente magno de la ciudad.
Las catapultas cambiaron sus objetivos y atacaron las torres de defensa del puente que cayeron humedecidas por la lluvia enérgica que caía sobre aquel lugar. En tanto de la ciudadela salían disparadas más rocas en contra de las catapultas de los enemigos, destruyendo dos en varias descargas. El enemigo sintió una fortaleza en sus ánimos y avanzo aprovechando la caída de las torres de defensa, la entrada al puente estaba siendo tomada, pero las tropas comandadas por el rey que aguardaban en el puente desplegaron sus fuerzas. La corona de la unión entraba en la batalla acabando con el enemigo que se metía como insecto por cualquier rincón posible. Pero Itita resistía y ganaba la batalla en medio del vuelo peligroso de las rocas que estremecían los cimientos de la ciudad que se balanceaban con el ruido potente que viajaba por el canal como un eco apabullante.
El reino del Este ganaba la batalla, mientras las tropas del Norte sentían la ira del pueblo humillado hace días. Canophulus tomo la bestia negra con ojos de fuego que montaba, y atravesó la multitud levantando la vara de plata y desafiando la energía de la corona de Efftrand-Tored. Sus hechiceros llamaron con magia a sus varas, y siguiendo a su señor se abalanzaron sobre las tropas haciéndolas volar como si fuesen muñecos de trapo lanzados por el viento a la merced del destino. Pero la corona brillo en la cabeza del rey, pero solo los brujos y Canophulus vieron aquella luz hermosa, azulada, perfecta que brotaba de la corona de la unión. Y los brujos de Sibat, y su señor se sintieron débiles y frenaron su andar, atormentados por un dolor en sus almas insoportable.
Y aquello desalentaba el hechizo que dominaba las mentes de las tropas de Ordorug de Sireug, y los Ititenses arrasaban con más facilidad aquel desafío. El rey se llenaba de esperanza contagiante a medida que el enemigo cedía en su intención, a pesar que cada vez más se internaban en el puente sobre el río Itita, donde eran detenidos por las tropas reales y las flechas que venían de la ciudadela.
La batalla se extendía por todo el reino, sin el juicio del tiempo, sin la clemencia de la lluvia de centellantes rayos que los cobijaba. La victoria se veía cada vez más cercana, el enemigo era fuerte aun, pero su potencia caía con cada baja que tenían. Los pueblos del Este se mantenían unidos bajo el propósito del triunfo. Pero el elegido luchaba contra aquella fuerza, e invocando sus misterios se levanto de su aletargante dolor, tomo su vara del suelo fangoso y entonando los sortilegios de su oscuro señor anduvo entre los soldados como si estos le abriesen paso. Sus ojos pálidos miraban la luz del zafiro de la corona de Efftrand-Tored, le molestaba la vista, pero aun así la seguía como si fuese esta la única luz en medio de la oscuridad de la noche. Ermat, el buen rey observo el cabalgar amenazante del hechicero, sus vista se conmovió al ver aquella forma imponente que sostenía la vara de plata. Era como ver a la muerte misma dirigirse a él. Entonces, un frío, un paso amargo de saliva recorrió su garganta seca por la batalla, al tiempo que levantaba su espada bañada de sangre y con su caballo de ocre pelaje hizo frente a su amenaza con decisión. En el cielo las nubes se revolvían con rapidez, y Canophulus entono un sortilegio poderoso, y de las nubes broto un rayo enorme, al mismo tiempo que del interior de Sibat, una voz monstruosa replicaba los mismos versos de Canophulus, y fueron las voces un coro perfecto, y el cielo perturbado vomito su ira con rapidez. Y aquella llamarada del cielo, aquel dragón serpenteante de cuerpo de fuego, desquebrajó con perfecta medida la corona de Efftrand-Tored en dos partes, al igual que el cuerpo mortal del rey Ermat, el último de los reyes del primer reinado de Itita.

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (y IV)
Una onda de luz de color azul intenso emergió del zafiro precioso de la corona rota, aquello fue viento, fue fuego, fue poder disipado. La onda viajo con velocidad atravesando piedra y carne, Canophulus fue desprendido de su capucha mientras su rostro era encendido por la candente onda, mientras los hechiceros de Ordorug eran arrojados en todas direcciones como si tuviesen cuerpos livianos. El tiempo se detuvo mientras los cuerpos calcinados del enemigo volaban por la llanura fértil, mientras los soldados Ititenses cubrían sus ojos ante el esplendor azulino que cegó su vista. Pronto un remezón sacudió la tierra como un llanto de amargura, tan horrible, tan miserable que la lluvia fría se espanto ante tal horror. Después el viento que sopló con fuerza, se metía entre los poros de la desnuda piel como tratando de salvarse de aquel acto. Y después, el silencio, tan misterioso, tan frágil, este era un silencio de extraña forma, como si el mundo entero se hubiese perdido de la mente y de los sentidos, como si el mundo se hubiese desvanecido, como si aquel eco insoportable fuese el desgarramiento de la tierra misma quejándose de su miserable final, era aquel un silencio eterno, mezclado con el olor de la carne calcinada, putrefacta, un hedor mortecino que reclamaba su existencia en las delicadas fosas de la nariz.
Y lo ojos se abrieron lentamente y aquello que observaron ni en los libros más tristes se puede describir, tres cuartas partes del ejercito de Ordorug de Sireug yacían caídos, ardiendo como pequeñas hogueras moribundas en el suelo de Itita, pero aquello no fue lo que conmovió a los hombres de letras que hablaron de esta guerra. Fueron los ojos tristes, fueron las palabras conmovedoras de aquellos que yacían agonizantes y liberados de un hechizo que durmió sus mentes por quien sabe cuantos meses, y que ahora en medio de sus extrañes se veían allí tirados con las vísceras ardiendo en un campo chamuscado, con armadura y espada, como en un sueño de horrible realidad.
Canophulus, el elegido, el sin alma, se levantaba de su caída con el rostro en carne viva y un ojo perdido, levantó su vara con dificultad y entono los rezos de Sibat, aquellos oscuros y misteriosos, las palabras que dominan la mente, y entonces las tropas sobrevivientes se levantaron de su zozobra y emprendieron la batalla. Mientras los incorruptos soldados de Itita, no mancillados por el fuego del zafiro de Efftrand, se levantaron con más fuerzas que nunca, impulsados por una ira incontenible, al ver a su líder caído en dos partes en medio del colosal puente.
Y la batalla emergió en medio de la muerte, y los soldados de hermosas armaduras se levantaron como un eco en el abismo, y fue de nuevo el golpear de las espadas y el serpenteo de las flechas, y la victoria era del pueblo de Itita, el bendecido por los dioses. Pero aquello perturbó a Canophulus, quien calmó las aguas furiosas del río y lo convirtió en un suave correr de agua, mientras las flechas provenientes de las terrazas de la ciudad silbaban a su alredededor sin acertarle, como si fuesen movidas por una fuerza invisible antes de punzar su cuerpo.
Los brujos de Amorgorog-Sibat no se levantaron más, varas y esferas fueron rotas y sus ancianos cuerpos fueron liberados del mal que los consumía, la muerte fue su alto precio. Pero aquello no opacó a Canophulus, el elegido. Aun había algo que escondía su corrupta mente, algo que se develaba poco a poco, en el andar pausado de las barcas.
Y vieron desde las terrazas unos barcos de banderas negras serpentear el río calmado. Y los ojos se dilataron, y el sudor frío brotó de los poros sucios y sangrantes, al ver el símbolo del enemigo bellamente bordado en aquellas velas mugrientas. Entonces las flechas silbaron en aquella dirección, pero no penetraron coraza alguna, pues el poder de las varas de los ocho hechiceros que faltaban emergió en medio de las aguas dulces desviando la amenaza hacia lo duro de la roca del abismo.
Partieron del puerto de Arag-Utum hacia el Este en busca de los briosos vientos del Golfo de Itita que agitan con fuerza el mar del Norte, y su magia venció la furia del incontenible aire, y así se internaron por el río Itita que allí desemboca, y subieron contra la corriente impulsados por el viento de la magia, hasta llegar a Itita, la imponente.
Sus barcos tocaron el bajo puerto sobre el río, el punto frágil del reino libre. Y pronto los hombres más fuertes de todas las tropas desembarcaron con rapidez invadiendo la ciudadela, derribando las puertas con arietes y asaltando todo aquello que se moviese contra ellos. Las demás tropas fueron avisadas por el sonido del cuerno, y allí en medio del puente majestuoso, allí mismo donde Canophulus tomaba una de las dos partes de la corona rota de Effrand-Tored, la única que encontró, allí mismo se inicio el ultimo aliento de la batalla de Itita, la grande. Y los soldados de hermosas armaduras fueron atacados, con espadas y flechas venenosas, y con la magia perversa de los ocho hechiceros, y por la vara de plata de Canophulus quien caminaba con seguridad en medio de la batalla rumbo al trono de los reyes caídos, sosteniendo en una de sus manos la dorada mitad de la corona rota.
Itita perdió ante la fuerza brutal de aquel ejército, la corona de Tored les quito las fuerzas y débiles fueron, les quito el amparo y frágiles fueron. Algo más fuerte se movía en el corazón de su enemigo, un orgullo que movía los músculos potentes de los soldados de armaduras negras, aquellos que le abrían paso a su señor arrojando desde la altura del puente a los moribundos jóvenes Ititenses a merced del río calmo. Y fue así como el sol brillo en el ocaso del día, con un color rojo como la sangre que teñía la tierra de aquella zona del Mundo Conocido, aquella que vio florecer una sociedad hermosa que hoy era extinta por el poder de la oscuridad.
Canophulus se sentaba en el trono real bañado por la luz rojiza del ocaso, mientras se colocaba con ironía la mitad de la corona de Efftrand-Tored, aquella que había venido a vencer, aquella que se oponía contra los planes de su señor, aquella que ahora se veía cortada, débil, impotente. Y entonces los muchos soldados de Itita que aun se ponían en pie, se rindieron ante las tropas del Ordorug, entregando con ello sus años jóvenes a la esclavitud eterna.
Y fue así como la historia cuenta que cayó el último de los tronos libres del Mundo Conocido en la segunda era del tiempo. Por varios meses duro la búsqueda de las mujeres, niños y ancianos que huyeron, y la otra parte de la corona de Efftrand-Tored. Pero ninguno cayó bajo las manos de Canophulus, el elegido. Quien desconocía que al Este, un pueblo sediento atravesaba el desierto de Yipte en busca de las estepas, llevando consigo al descendiere de la casa de los Tored, aquel que de cuya sangre provendrá la liberación de los pueblos de Ígneos.

He aquí lo que afirma Eparitus, el llamado erudito del reino de Zorazath quien encontró los escritos antiguos y levanto estas palabras:
“Mirad ahora que aquellos que eran libres fueron esclavos, y con látigo y miseria levantaron la ciudad nueva, la llamada Ígneos, la capital del Imperio Oscuro. Aquella majestuosa que en cien años vio culminarse. Y un nuevo mundo se levanto cerca de la Montaña Solitaria, una ciudad de rocas grises y estériles, una ciudad de torres y callejuelas empedradas, una obra hermosa a pesar de sus dueños. La misma que vería caerse en las guerras de las tribus, aquellas gestadas por el señor de ropas blancas, el venido del Norte, el llamado Demberalf... Pero aquella es otra historia que otro buen sabio habrá de contar…”

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2007