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Relato Fantástico: Torken, Rey de los Muertos
Tras concluir la guerra entre ferdos y timerios, de la que Kordor –que significa “errante” en timerio– el Vagabundo ha participado junto a sus compañeros de armas timerios, pone rumbo al sur, a Ejonia, por un antiguo camino que atraviesa la cordillera de Valania. Una siniestra bruma cae sobre el aguerrido guerrero y no tarda en sentirse perdido.
Por Jose Javier Mínguez Sánchez

Relato Fantástico - Torken, Rey de los Muertos Comenzaba a perder el sentido del tiempo cuando un viento frío removió la espesa bruma que se cernía sobre las grises montañas. Creyó que se trataría de una corriente helada, de esas que discurren entre las nieves perpetuas, y se alegró de sentirla, porque entonces se acercaba al pico de la montaña. Pero largo tiempo pasó, y el pico jamás parecía llegar.
El cansancio le pesaba como si llevara una tonelada encima, pero no se resignó a parar, porque sabía que muy posiblemente se quedaría dormido para no volver a despertar. No debe de ser muy agradable morir congelado al caer la noche, o despertarse y descubrir que los hambrientos lobos de la montaña le despedazan a uno vivo.
Cada vez le costaba más respirar y sentía que la cota de malla debajo de las pieles le oprimía el pecho. Además el aire frío se había acentuado y mordía con ímpetu a pesar del abrigo. Comenzó a jadear y entre maldiciones cayó al suelo, exhausto, sin saber bien por qué. Profiriendo maldiciones por ser tan débil acabó por tumbarse boca arriba. El frío mortecino se le adhirió con más fuerza. Parecía como si cobrara vida y se le enroscase alrededor del cuerpo, impidiéndole moverse, clavándole al suelo.
De repente percibió que sobre él la bruma se arremolinaba y comenzaba a tomar forma, la forma de una calavera monstruosa y horrible que hubiera llenado de espanto a un hombre menos curtido, a un ser completamente civilizado y alejado de los inhóspitos lugares como aquél. El rostro tomó expresión y pronunció unas preguntas con voz de ultratumba, la voz más aterradora que el Vagabundo había escuchado en toda su vida.
- Di, mortal, ¿por qué osas entrar en mis dominios?
- ¡Por todos los dioses del Valle Sangriento! Qué clase de demonios eres.
- Aquí, en la gris montaña, quien hace las preguntas soy yo. Habla, mortal, antes de que decida matarte despedazando tu cuerpo con una roca mal afilada.
- Soy el Vagabundo, un gran guerrero, llamado Kordor por los timerios.
La expresión del rostro vaporoso se torció en una diabólica mueca de asco.
- Timerios, una raza débil, escupo sobre su pobre estirpe. Si amigo de ellos eres no mereces más que la muerte.
- Entonces intenta dármela. Si tan poderoso te crees toma la forma de un hombre, demonio, y enfréntate a mí con el acero empuñado.
La infernal cara cadavérica tomó primero la expresión de quien se ofende por la insolencia de un ser inferior, para después transformarse en un rostro que sonríe endiabladamente satisfecho, la pura expresión del mal, de la muerte y el sufrimiento.
- Que así sea entonces.- Dijo el ser compuesto de niebla.
La bruma se revolvió y se concentró en una negra figura sobre una ancha roca clavada al suelo y cubierta por la escarcha. La figura tomó aspecto de un hombre, pero no un hombre corriente; más de dos metros medía aquel guerrero, cubierto por una maltrecha y oxidada armadura teñida de negro y sangre seca. Un casco abollado y deslustrado, que antes debió de ser de un material parecido al bronce en aspecto, cubría la cabeza del combatiente. El Vagabundo, al mirar la cara bajo el casco provisto de cuernos, se llenó de asco –estaba ya demasiado curtido como para sentir espanto– al ver un rostro que apenas tenía carne sobre el hueso. Unos enormes colmillos se dejaban entrever entre la escasa y putrefacta carne que colgaba de la pálida calavera. Pero lo que más sorprendió al Vagabundo fueron los ojos; la mirada de un loco que ha visto muchas batallas, y que tan acostumbrado está a la sangre que no puede vivir sin derramarla, y a la vez era la mirada de unos ojos que parecían haber visto la muerte, que se alimenta del horror que produce un desesperado y horripilante final de la vida.
Ante aquella visión, el fornido y tuerto viajero cobró fuerzas e hizo un esfuerzo por levantarse, pero se dio cuenta que al estar quieto sobre el helado suelo la escarcha le había pegado a éste. El guerrero muerto, que empuñaba una enorme hacha cuya asta medía más de metro y medio, bajó de la roca con movimientos que resultaban antinaturales, demasiado lento parecía a la percepción, pero a cada paso que daba estaba más cerca de lo que aparentaba. Kordor sintió un gran desasosiego; si no conseguía levantarse, no podría defenderse del ataque del funesto y mellado acero del guerrero no muerto.
El diablo de la montaña alzó el hacha con lentitud, poniendo toda su dedicación en dejarla caer, lo que contrastaba con la desesperación por moverse de Kordor, a quien se le escapaba algún grito en su pugna por zafarse del suelo. La hoja, agrietada y roída por el paso del tiempo, comenzó a descender a gran velocidad, quebrando el gélido aire.
Al ver aproximarse el acero, en los ojos del Vagabundo se reflejó la propia muerte, y como si del más primario instinto se tratase, aquél que subyace bajo todos los demás y que los hombres civilizados tan atrofiado tienen, el aguerrido aventurero se desprendió del suelo con un quebrar de la fina capa de hielo que le uniera al suelo.
El hacha se hundió varios centímetros en la helada y negra tierra, dejando a su paso un chorro de sangre que manó del brazo de Kordor, quien al ponerse en pie ya empuñaba su mandoble en posición de combate. El cadavérico titán arrancó el hacha del suelo y la levantó como si de una fina rama se tratase. La volvió a echar hacia atrás y rasgó el aire en horizontal. Kordor se vio obligado a echarse atrás con premura, pero ágil como el viento cuando el fragor de la batalla lo rodeaba, vio una oportunidad y con la espada recta atacó. Sintió cómo la hoja penetraba en la coraza y quebraba huesos allí donde debiera estar la clavícula. La espada se hundió considerablemente.
La única reacción del gigante fue una malévola sonrisa. El asombro inundó el rostro de Kordor, quien por un momento permaneció inmóvil, hasta el momento preciso para apartarse y evitar otra estocada. Aguardó varios ataques más, eludiéndolos con eficacia aunque no sin dificultad y volvió a intentarlo. Esta vez había dado de lleno, nada podía sobrevivir a aquello. Nada humano. Parte del casco de un lado cayó al suelo cortado y la mitad de la mandíbula quedó desencajada por el fuerte golpe, pero la otra mitad todavía sonreía.

Relato Fantástico - Torken, Rey de los Muertos Desesperado, Kordor decidió huir, montaña arriba, acompañado por la luz de los relámpagos de la tormenta que llegaba del norte con frías lluvias y rugientes truenos y por una carcajada despiadada y diabólica que llenaba de horror, sin dejar sitio para más, el corazón del corpulento guerrero.
Y es que no se debe luchar contra quien no se puede vencer, al menos hasta encontrar la manera de hacerlo. Aunque ni siquiera le dio tiempo a formular este pensamiento, sabía por instinto lo que debía hacer. La bruma se hizo menos espesa, pero ahora era más sobrenatural aun, y los destellos de los relámpagos desvelaban las tinieblas que rodeaban el camino, y entre el estupor y la urgencia de sentirse perseguido por aquella risa infernal, veía formas espectrales moverse sobre la ladera, figuras fantasmales que iban a cuatro patas y cuyos ojos brillaban con fulgor carmesí sobre la agitada penumbra. Estas visiones se mezclaban en su cabeza, de manera irreal, con aullidos y ladridos de lobos de otro mundo, como sacados del más profundo de los infiernos.
Sintió que el pecho se le encogía y que la mente pedía que el cuerpo parara, pero su orgullo guerrero le dio nuevas fuerzas, venciendo al terror que poco a poco había ganado terreno a su voluntad. Él no había nacido para esperar la muerte por manos de otro acurrucado en el suelo, ni suplicando piedad. El día que muriera sabría que sería el momento, y aquél no era el día ni la forma para que Kordor el Vagabundo abandonara el mundo de los vivos. Ese día, hasta las parcas tendrían un mal día, después de probar su acero.
Recuperó la confianza e ignoró los sonidos y las visiones que le asaltaban. Decidió abandonar el camino y aventurarse por la ladera para alcanzar el pico lo antes posible. Cada músculo de su cuerpo rendía al máximo para alejarse de sus inhumanos perseguidores. A punto estuvo varias veces de resbalar sobre la empapada roca, pero siempre que un pie se le iba, el otro pisaba con más fuerza y recuperaba la compostura.
La lluvia se convirtió en granizo y después en nieve que caía como si quisiera derrumbar el suelo, frenéticamente. Sentía los rugidos de las bestias cada vez más cerca, como si estuvieran detrás de la nuca, pero no miró atrás en ningún momento por temor a lo que pudiera ver. De repente sintió cómo algo le golpeaba en el brazo izquierdo con violencia y le desgarraba piel y músculo, pero su constitución le permitió no parar. Pronto todo el brazo quedó cubierto de la sangre que manaba por la nueva herida, y las bestias que le perseguían, ante el olor de la sangre fresca y llena de vida recién derramada, parecieron enloquecer; sus rugidos y aullidos aumentaron de intensidad, y su marcha también.
Kordor podía sentir el aliento pestilente de los hocicos pegados a sus piernas, esperando que aflojara el paso, o un resbalón, para abalanzarse sobre él y despedazarlo vivo. La niebla se hizo más liviana y ante él apareció el pico de la montaña. Hizo el último esfuerzo y subió hasta una plana roca, larga y ancha. Se puso en un extremo de la misma, espada en mano, aguardando lo que detrás viniera.
Un enorme lobo negro subió a la roca, acompañado por la bruma. Su aspecto era terrorífico: los ojos inyectados en sangre, la espuma brotaba entre los afilados y amarillentos colmillos, el pelaje era pobre y la extrema delgadez del animal hacía imposible imaginarlo de otra forma que no fuera moribundo. Pero allí estaba plantado, rodeado de la bruma que comenzaba a tener presencia sobre la roca. Tras el lobo otros aparecieron, con el mismo aspecto amenazante que el primero.
Kordor se puso en posición de combate, esperando que las infernales bestias lupinas saltaran sobre él. Pero antes de que esto sucediera, habló a los demonios con forma de lobos:
- Aquí me tenéis, bestias infernales. Venid a por mí, atacadme y no huyáis, porque después de todo lo que me habéis hecho correr juro por Gankar que os perseguiré hasta los abismos de los que vinisteis para haceros trizas con mi espada.
Los lobos rugieron con más ferocidad como respuesta a la amenaza, y de improviso se retiraron y volvieron por donde habían venido, pero la niebla no desapareció. Sus aullidos se oyeron cada vez más débiles hasta ser un lejano sonido en la violenta tormenta que azotaba la imponente montaña.
La niebla se extendió rápidamente por la roca hasta casi cubrirla por completo, y entonces el Vagabundo vio de nuevo que la silueta negra iba tomando el aspecto del gigante guerrero. Pero esta vez había algo distinto en su enemigo que hizo retroceder a Kordor: los ojos eran dos fulgurantes y brillantes destellos rojos.

Relato Fantástico - Torken, Rey de los Muertos - Por más que corras, no puedes escapar al Señor Muerto de la Montaña, mortal.
Kordor frunció el entrecejo y arrugó la cara.
- En ese caso el Señor Muerto de la Montaña me acompañará a cruzar la Laguna Estigia.
El gigante putrefacto soltó una tronante risotada que se impuso sobre la tormenta. Kordor no esperó a que su adversario se preparase, atacó veloz como una flecha. Pero el titán, sobrehumanamente ágil, se protegió parando el golpe con el asta de su hacha. Los aceros al chocar desprendían cientos de chispas que iluminaban extrañamente a los dos guerreros, que en lo alto de la montaña parecían dos veloces sombras luchando a muerte.
Una última estocada hizo que se separan, de forma que cada uno acabó en una punta de la roca. Se dieron un respiro: Kordor porque estaba extenuado, su demoníaco adversario porque estaba hastiado y sorprendido de que un simple mortal presentara tanta batalla.
El Vagabundo observó a la criatura que tenía ante sí con el ojo que le quedaba, y al contemplar los dos brillantes rubíes bajo el yelmo el pecho se le volvió a llenar de terror. El demonio, sintiendo la debilidad del hombre, sonrió y su aspecto pareció tornarse más sobrenatural.
Kordor estaba empezando a aflojar los puños sobre la empuñadura, hipnotizado por el fulgor de aquella espectral mirada. A punto estuvo de arrojar la espada al suelo, pero una vez más las ansias de aferrarse a este mundo prevalecieron sobre todo lo demás. Sacudió la cabeza, agitándose su negra melena, y con un grito de batalla arremetió sobre el horrendo ser.
Éste pareció muy sorprendido de que el hombre escapara a sus tenebrosas artes, pero no por ello fue menos hábil en parar y devolver los ataques. Kordor no sentía nada, ni miedo, ni debilidad, ni siquiera el cansancio que sobre su cuerpo pesaba, tan sólo el fragor de la batalla, las ansias de combatir, la costumbre de ver el gris acero empapado en la sangre recién brotada. Perdió toda noción de su ser, del lugar donde se encontraba y de los motivos que conducen a los vivos; simplemente era un poderoso torbellino que intentaba asestar aquí y allá un golpe tras otro.
Las veces que su acero encontraba el putrefacto cuerpo la hoja se hundía y al cadavérico gigante no aparentaba afectarle. Pero Kordor no parecía darse cuenta de esto, y seguía atacando con el mismo ímpetu.
Golpe tras golpe la coraza de placas del fantasmagórico titán iba desmontándose, y los roídos huesos y la caída carne de debajo iban despedazándose. Al torso poco le faltaba por partirse cuando Kordor se agachó para eludir un hachazo que para otro hombre, más corriente y más civilizado, hubiera sido mortal. Giró sobre sus talones aún encogido y con su mandoble asestó un golpe en una rodilla del gigante. El hueso se quebró y la hoja separó la mitad de la pierna del resto del carcomido cuerpo.
El sorprendido gigante se tambaleó y comenzó a caer hacia atrás. Pero una de sus enormes garras asió y tiró con fuerza de la ropa del Vagabundo, quien sintió pánico al ver como le arrastraban al abismo. Ambas figuras se precipitaron al vacío en la violenta tormenta de nieve.
Aún le mantenía agarrado cuando se golpearon contra una escarpada pared. El golpe frenó la caída, pero siguieron resbalando. Kordor empuñaba la espada con una mano, y con la otra intentaba desesperadamente agarrarse a algún saliente rocoso, despellejándose los dedos en el intento.
Tuvo suerte y consiguió asirse a la roca, pero el pesado guerrero colgaba de sus ropajes, los cuales empezaban a desgarrarse al ceder por el peso. El Vagabundo contempló por última vez aquellos ojos rojos y brillantes, y acto seguido comenzó a golpear con la espada el cuerpo que del suyo colgaba, sin importarle donde alcanzaban los golpes. El cuerpo empezó a despedazarse por el hombro, y cuando a punto estaba de separar el brazo del torso el guerrero explotó en mil pedazos ardientes que rápidamente se convirtieron en ceniza, con la que el viento jugó caprichosamente junto a la nieve, instantes antes de desvanecerse.
Kordor alzó la vista a lo lejos, y en las nubes de la tormenta le pareció ver formarse un rostro inhumano que lo miraba con odio, mostrando unos terribles colmillos, que se iluminó por un par de relámpagos seguidos. Al llegar los truenos de aquellos relámpagos el rostro desapareció y el cielo volvía a ser el cúmulo de negras nubes tormentosas.
Un instante aguantó más agarrado a la pared antes de desfallecer. Se le nubló la vista y sintió que se precipitaba al vacío, golpeando a menudo en la resbaladiza roca, pero sin fuerzas ya para intentar aferrarse a ella de nuevo.
Algo se acercaba a gran velocidad bajo sus pies y justo antes de perder el conocimiento sintió varios golpes por todo el cuerpo.


Un olor, cálido y confortable llegó hasta él. Abrió los ojos poco a poco y ante sí vio un rostro con un abundante bigote rizado y pelo largo, que lo miraba expectante. Arrugó el entrecejo al sentir las heridas y contusiones que tenía por todo el cuerpo. Intentó incorporarse para sentarse en el lecho de paja sobre el que había dormido. Al moverse sin cuidado, las heridas, no cerradas del todo, le hicieron paralizarse de dolor y no pudo evitar soltar un gemido como quien siente un dolor del que no se acordaba.
- Cuidado –dijo el hombre de bigote que junto a él estaba sentado-. Tus heridas aún son recientes.
Frente a la cama y al otro lado de la pequeña cabaña había un anciano, con la cara arrugada y la piel seca. Su mirada desvelaba la sabiduría del que ha visto y ha vivido mucho.
El Vagabundo, lentamente, acabó de sentarse en la cama. Cogió el tazón que el hombre de bigote le ofrecía. Un caldo caliente recorrió su boca y la garganta, y al hacerlo se sintió reconfortado y despejado.

Relato Fantástico - Torken, Rey de los Muertos - ¿Cómo he llegado aquí? – Preguntó mientras se miraba los vendajes.
- Te encontramos sobre las ramas de un pino, en lo alto del bosque de esta cara de la montaña e imaginamos que caíste desde más alto –contestó el hombre de bigote-. Estabas muy grave y te trajimos aquí. Has dormido durante casi dos días.
Kordor el Vagabundo parecía desconcertado al comenzar a recordar la espantosa experiencia. Se debatía entre si lo que le había pasado era real o producto de una terrible pesadilla. El viejo, sin dejar de mirarlo, se inclinó hacia delante, como quien se está quieto a duras penas debido a la curiosidad.
- ¿Qué hacía en lo alto de la montaña? Me cuesta creer que no se despeñara y también que fuera capaz de recorrer el último paso del camino que cruza la cordillera de Valania, porque hizo eso, ¿no?
- Sí, vengo de Timeria y me dirijo al sur. Me dijeron que el camino más corto cruzaba las montañas, pero algo que no acabo de comprender me pasó al ascender esta maldita montaña por la otra cara.
- Ése es un lugar prohibido para los seres vivos -dijo el enigmático anciano-. Ése es el reino de Torken, Rey de los Muertos y Señor Tumulario de la Montaña.
- Padre, deje de contar viejas leyendas. Ésas son historias para meter miedo a los niños -. Recriminó el hombre de bigote al anciano.
- ¡De eso nada! Torken es tan real como la última piedra de esta montaña.
- Un guerrero muerto, un demonio con el aspecto de un hombre gigante. A eso me enfrenté y a una jauría de lobos tan infernales como él -. Dijo Kordor, dando otro trago a caldo.
- Yo no creo en esas viejas leyendas -. Dijo el más joven de los hombres.
- Pero las conoces tan bien como yo, y has oído al igual que yo los rugidos estremecedores que vienen de allí arriba, cuando sopla el viento o cuando hay tormenta. Y en la tormenta de hace tres noches no pudiste dormir como yo al escuchar esa horrible carcajada entre los truenos -. Dijo el viejo, con los ojos bien abiertos y cargando cada una de las palabras que decía con la mayor importancia. Entonces miró a Kordor-. Te enfrentaste a Torken y le venciste, eres un hombre bendecido por los dioses o un loco muy, muy afortunado.
- Se llame como se llame, ese demonio tuvo su escarmiento.
Sin hablar más, el Vagabundo dio por concluida la conversación. Se puso en pie y comenzó a vestirse poniéndose la despedazada cota de malla.
- ¿Pero se ha vuelto loco? –el hombre de bigote le miraba sorprendido-. No debe levantarse de la cama en un par de días más, las heridas son muy recientes.
- Agradezco que me salvaran la vida y me cuidaran, pero ahora debo marcharme –Kordor cogió de entre sus ropajes una bolsa de cuero y la vació en una mesa de madera; varias monedas de oro cayeron sobre la tabla-. Ya sé que no es mucho, pero es todo lo que tengo. Adiós.
Cargó con su pesado mandoble y salió de la cabaña. Los dos leñadores, padre e hijo, se quedaron en el umbral de la puerta, contemplando cómo el extranjero bajaba por la ladera dirección al sur.
Al día siguiente el leñador más joven bajó al cercano poblado. Al preguntarle si sabía algo del viajero que el día anterior había pasado por allí, contó la increíble historia, que cosechó admiración por parte de unos y escepticismo por parte de otros. A pesar de que muchos creían que la historia era invención del leñador, no tardó en viajar por toda Epimelia, la provincia ejonia a pies de la cordillera de Valania.
Mucho tiempo después la historia se convirtió en leyenda, y el misterioso viajero se decía que era un gran guerrero, de dos metros de altura y robusto como las rocas, que portaba en su armadura y sus armas las insignias de los grandes dioses y que hacía estremecerse a las criaturas del mal a su paso, un semidios que otorgó a los hombres la bendición de caminar entre ellos y librarles del gran mal de la montaña.
Pero el hombre real tan sólo cruzó el país de Ejonia para ir a Efistia, donde una nueva guerra se preparaba, cojeando y profiriendo maldiciones por el camino debido a las heridas.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2008