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Relato Fantástico: Emain Macha (y XII)
Una épica historia que transcurre en la verde isla de Ierne, donde los héroes han hecho de la guerra un modo de vida
Por Francisco Blanco

Relato Fantástico - Emain Macha (y XII) 35

La guerra había llegado a su fin. La batalla de Garach había sido la última escena en aquel teatro de sangre y muerte, donde los ulates habían deshecho el poder de los clanes connachta, incluyendo a aquellos clanes de las demás partes de la isla que se habían aliado con ellos. La autoridad de Conchobar como rey había salido reforzada después de su victoria en la llanura de Garach. El rey de Ulaid no solo se aseguraba la lealtad inquebrantable de sus jefes de clan, sino que se ganaba de nuevo el respeto de sus enemigos, que no dudarían en enviarle mensajeros para concertar los términos de la paz.
Erc fue el primero en hacerlo. El rey de Midhe había sido informado de las atrocidades que los ulates y los pictos habían cometido en el campamento de Maev, así que envió a unos mensajeros para evitar que los ulates hicieran lo mismo en sus tierras. La fortaleza de Tara estaba muy cerca del lugar de la batalla y los ulates podían poner sus codiciosos ojos en el fuerte con el objeto de saquear sus riquezas.
Sin embargo Conchobar no estaba dispuesto a malgastar más hombres en inútiles combates. Conchobar aceptó la propuesta de alianza que Erc le ofrecía, pero el rey de Ulaid quería que su nuevo aliado diera muestras de buena voluntad. Cuando los mensajeros le preguntaron en qué consistía el precio Conchobar les dijo que devastaría las tierras de los galióin a menos que le entregaran un tributo de quinientas cabezas de ganado. Erc se vio obligado a satisfacer las demandas de Conchobar y diez días después el rey de Midhe le entregó el tributo en el mismo sitio donde se había librado la batalla, en la llanura de Garach. El ejército ulate se retiró lentamente hacia el norte con el ganado obtenido y el botín que los guerreros habían conseguido despojando a los cadáveres y saqueando el interior de las tiendas del campamento connachta.
Bave no reaccionó cuando vio la cabeza de su padre clavada en una lanza ulate. Ni siquiera le reprochó a Cuchulain que hubiese enviado al Otro Mundo a su padre, pues cualquier vínculo de sangre que hubiera existido entre ella y Calatin había muerto muchos años atrás. No obstante era cierto lo que los druidas decían respecto a los lazos de sangre, ya que en la mirada de la vidente Cuchulain intuyó que se había abierto una pequeña herida que tardaría en cicatrizar.
Conchobar fue recibido como un héroe a su llegada a Emain Macha. La batalla de Garach le había ayudado a recuperar el prestigio que había perdido después del asesinato de sus medio hermanos y de los hijos de Usna. Los rumores sobre su incapacidad para reinar dejaron de oírse en todos los rincones y calles de tierras del fuerte. Nadie se atrevía ya a cuestionar la legitimidad de un rey que había detenido el avance de los connachta y frenado su invasión hacia el este. Los clanes de Connacht tardarían dos o tres generaciones, o quizá más, en recuperar su antiguo poder, y tendrían bastantes problemas para evitar que los ulates saquearan sus fronteras o que otros clanes, como los gaélicos, sometidos a la dinastía laigin de Maev, aprovecharan aquel momento de debilidad para rebelarse contra la reina y establecer su propio dominio en el país.
Cuchulain regresó con sus hombres a Dun Dealgan. Por primera vez en mucho tiempo el ulate se sentía cansado. El olor de la sangre y los gritos de agonía de las mujeres y de los heridos volvían a su mente una y otra vez, como si se tratara de un eco lejano y lastimero. Tan solo quería volver a casa y estrechar a Emer entre sus brazos, una vez más, antes de que el mundo se viniera abajo y él no pudiera hacer nada por impedirlo.
Emer esperaba su llegada desde hacía varios días. Unos mensajeros le habían anunciado que Cuchulain estaba en camino con sus guerreros y que no tardaría en poner pie en el fuerte, así que se precipitó hacia la puerta y se quedo esperando allí hasta que la primera línea de carros apareció en el horizonte. Emer salió a su encuentro, una pequeña figura iluminada por los rayos del ocaso que corría sin cesar hacia su marido. Al verla Laeg detuvo a los caballos. Cuchulain se bajó del carro y la abrazó como nunca lo había hecho, como si tuviera miedo de que ella pudiera desvanecerse.
— Oh, Cuchulain. Has vuelto. Por fin has vuelto – dijo ella, con un hilo de voz.
— Sí, Emer. He vuelto. Y esta vez no pienso separarme de ti.
Y se fundieron en un nuevo abrazo.



Aquel verano las cosechas no se perdieron, tal y como había sucedido en los años anteriores. El grano que se cosechó en los campos fue abundante y los almacenes se llenaron hasta los bordes. Esta bonanza fue interpretada por la gente de la tierra como una señal de que los dioses favorecían de nuevo a Conchobar, aunque el rey no compartía el mismo punto de vista de su gente.
Con la llegada del invierno la peste mitigó sus efectos por todo el reino de Ulaid. Los druidas decían que la maldición de Macha había desaparecido y afirmaban que la excelente cosecha que se había recogido en los campos era una clara evidencia de que la diosa volvería a concederles su favor. El invierno fue duro, pero había suficiente grano y carne en los almacenes para alimentar a todos los habitantes de los clanes ulates. Durante aquellos meses fríos y lluviosos Cuchulain se encerró en su fortaleza de Dun Dealgan, como si quisiera huir de sí mismo y sumirse en la oscuridad de la estación.
A veces, por las noches, Cuchulain hablaba en sueños. Entre frases inconexas y palabras sin sentido Emer le escuchaba mencionar el nombre de Ferdia, o le oía hablar de unas sombras que segaban con sus terribles espadas los cuerpos de guerreros aterrorizados por el miedo. Otras veces Cuchulain hablaba de una isla llena de nieblas, de playas de arena blanca y montañas de caliza donde los rayos iluminaban la noche con su luz, y luego se sumergía en un sueño inquieto, como una piedra pesada que es arrojada al fondo de un lago oscuro.
Poco a poco Emer le ayudó a dominar al lobo que clavaba sus afiladas garras en la mente de Cuchulain, aquella bestia de ojos ambarinos que le hacía enloquecer. Las dulces palabras de Emer, sus tiernas caricias y la intimidad de su cuerpo, al que Cuchulain conocía tan bien como el suyo propio, fueron como un bálsamo para el ulate, que empezó a darse cuenta de que su vida habría sido inútil sin la presencia de aquella mujer. Todo lo que Cuchulain había hecho a lo largo de los años, todo lo que había conseguido en la vida a costa de su propia sangre y de su propio esfuerzo habría carecido de sentido si Emer no hubiera estado con él a su lado. Quizás fuera aquel el único don que los dioses concedían a los hombres, y la vida se reducía únicamente a vivirla con un ser que pudiera caminar a su lado a través del extraño sendero que la confirmaba, compartiendo sus inquietudes y sus alegrías con aquella mujer.
Después del Samain Cathbad se presentó en Dun Dealgan. El druida deseaba pasar unos días en el fuerte para intercambiar impresiones con su nieto y comunicarle las últimas novedades que traía del sur.
Las noches se hicieron más agradables con la llegada del druida. Clíach y Suibne el Pelirrojo también se unieron a las interesantes conversaciones que todas las noches tuvieron lugar en el salón de Cuchulain. El bardo comenzaba las veladas cantando algunas estrofas del gran poema épico en el que estaba trabajando, pero al final se unía a la incesante charla de sus compañeros.
— He estado en el festival de Tara – dijo el druida. – Los reyes de Eiréann se han reunido en el salón de banquetes de Erc y han acordado la entrega de rehenes para garantizar los términos de la paz. Ojalá hubieras estado allí, Cuchulain. Tu primo Conall se habría sentido a gusto. Estaban todos tan borrachos que no paraban de abrazarse y de jurarse amistad eterna. Sin embargo estoy seguro de que al día siguiente muchos reyes se arrepintieron de las promesas y los acuerdos que habían jurado mantener la noche anterior.
— No dudarán en romperlos en cuanto se les presente la oportunidad de hacerlo – dijo Cuchulain. – Los celtas llevamos la guerra en la sangre.
— El tiempo de las grandes guerras se ha acabado, Cuchulain – repuso Cathbad. – El ejército de Maev ha sido destruido y su alianza se ha deshecho como nieve fundida. Los connachta tardarán varias generaciones en recuperar su antiguo número y su poder. Sus clanes se han debilitado mucho. Maev tendrá muchos problemas para mantener su hegemonía entre los jefes de los clanes vasallos, que esperaban conseguir riquezas y tierras en Ulaid. Los reyes y los caudillos responden con su cabeza de los fracasos cosechados en el campo de batalla. Tarde o temprano los gaélicos y los Fír Bolgs se rebelarán contra ella para repartirse los despojos que queden, como si fueran una manada de lobos hambrientos. Además, ahora que Calatin ha muerto ningún druida se atreverá a predicar la guerra sagrada contra los ulates – dijo Cathbad, sonriendo ligeramente al comprobar el efecto que sus palabras causaban en Cuchulain.
— No te preocupes, Cuchulain – prosiguió el druida. – Bave no te guarda ningún rencor por haber matado a su padre. Ya sabes que es difícil comprender a las mujeres, pero Bave no sentía ninguna clase de cariño por Calatin, así que puedes estar tranquilo. No niego que se haya sentido impresionada cuando vio la cabeza de Calatin clavada en una lanza delante de la tienda en la que tú dormías como si hubieras bebido toda la cerveza que había en el campamento, mientras tus hombres violaban a las mujeres de los connachta, pero es imposible que quiera vengarse de ti.
— No me arrepiento de haber matado a un adorador de Crom. Ni siquiera me importan las maldiciones que los dioses me puedan reservar en el Otro Mundo. Todavía no he podido olvidar los gritos de los niños y las mujeres, convertidos en antorchas humanas mientras el fuego lamía las jaulas de mimbre.
Todos recordaban el desagradable espectáculo que Calatin había dispensado enfrente de los muros de Emain Macha, pero solamente Cuchulain se había atrevido a expresarlo en voz alta.
De pronto Suibne se dirigió a Cathbad, después de haber posado su cuerno de hidromiel en el suelo.
— Si tus palabras resultan ciertas no habrá muchas oportunidades para blandir la espada en el futuro. Y un mercenario como yo necesita oro para poder comprar tierras y ganado. Quiero vivir una buena vejez y no podré conseguirlo sin el oro y la plata de los botines.
— Siempre puedes entrar al servicio de otro señor – le dijo Cuchulain, sin ningún asomo de reproche en su voz. – Aquí solo te puedo ofrecer un techo donde dormir, un cuenco de gachas calientes y la parte que te corresponde en los botines.
— No se trata de eso, Cuchulain – dijo Suibne. – Estoy agradecido de que me hayas acogido en tu casa cuando mis hombres y yo no éramos más que unos proscritos que robaban ganado, pero el problema es que suelo gastar todo el oro de mi bolsa en mujeres y cerveza.
— Entonces no puedo hacer nada por ti – le dijo Cuchulain. — Te recomendaría que buscaras una buena esposa para que controlara el oro que sale de tu bolsa, pero me temo que la vida de un mercenario es incompatible con una vida bajo techo con una mujer.
— Así es – sonrió el mercenario. – Por esa razón necesito mucho oro para convertirme en un señor de ganado y tener una clientela propia.
— Tendrás que vender tu espada a un alto precio, Suibne – le dijo Cuchulain. – El oro que buscas no lo encontrarás aquí.
— Lo encontraré en otras tierras. En la isla de Britania no faltarán señores a quienes servir. O en la Galia.
— Olvídate de la Galia – le espetó Cathbad. – La Galia está en poder de los romanos desde hace cincuenta años. La ley y el ejército romano son los dueños en el continente y a los nobles y guerreros celtas les está prohibido llevar armas a no ser que ingresen en el ejército.
— Entonces me alistaré en el ejército romano – dijo Suibne, como si no le importara aquel pequeño obstáculo en su camino.
El druida soltó una carcajada tan fuerte que el mercenario se sintió ofendido.
— Podrías hacerlo – le dijo Cathbad. – Pero te llevarías una gran desilusión. Tendrías que servir como auxiliar en la legión durante un periodo de veinticinco años, y si después de ese tiempo siguieras con vida te licenciarían y te entregarían unas tierras para que te pudrieras en ellas hasta el día de tu muerte.
—¿Veinticinco años? – preguntó Suibne con incredulidad. – No estoy dispuesto a esperar tanto tiempo para conseguir unas tierras y unas cuantas cabezas de ganado.
El mercenario de cabellos rojos bebió de su cuerno y guardó silencio. De repente se había quedado sin palabras y parecía querer buscarlas en el oscuro líquido de su cuerno.
—¿Has estado alguna vez en el continente? – le preguntó Clíach a Cathbad.
— No – le respondió el druida. – Pero el comerciante griego que conocí en Britania en mi juventud me habló de los países y de las gentes que viven allí. Eso fue hace mucho tiempo, claro está, pero los mercaderes galos que vienen a comerciar todos los años a las riberas del lago Derg me han proporcionado bastante información de lo que sucede en el continente, sobre todo en su propio país. Si mis piernas recuperaran el vigor de antaño no dudaría en viajar a los bosques de la Galia, o incluso hasta Roma.
Cathbad les contó lo que había escuchado de labios de los mercaderes galos que acudían a comerciar con sus productos a orillas del lago Derg. Roma era una pequeña ciudad del Lacio que había crecido poco a poco hasta convertirse en un gran imperio. En primer lugar los romanos habían extendido su dominio por toda la península italiana, y después sus legiones habían derrotado a la poderosa ciudad de Cartago, una metrópolis comercial situada en el norte de África. Más tarde, como un pulpo que extiende sus tentáculos en todas direcciones, las legiones romanas habían conquistado Grecia, la Galia, Egipto e Hispania. Aquella avidez de tierras había hecho aflorar una cantidad ingente de riquezas a Roma, riquezas que se habían gastado pródigamente en lujos de los patricios y senadores, en sobornos, en festines públicos y en diversiones sangrientas para mantener entretenida a la plebe. La férrea ley romana había impuesto la paz en los territorios bañados por las aguas del Mediterráneo, gracias a sus aguerridos y profesionales legionarios, creando un sistema de gobierno imperial basado en la prosperidad de las ciudades y del comercio.

Relato Fantástico - Emain Macha (y XII) — Yo también he hablado con los mercaderes – dijo Clíach. – Solían visitar el dun de Eochaid para vender sus mercancías y siempre exigían que se les pagara en oro. Eran amables y buenos conversadores, pero también eran codiciosos y egoístas. Los ojos les brillaban cuando veían el oro y estoy seguro de que engañaban a Eochaid en el precio de los artículos y en el peso de las balanzas.
— Gente de ciudad – se mofó Cathbad. –¿Os imagináis viviendo apiñados en edificios de ladrillo de varios pisos, separados por calles tan estrechas y sucias que uno apenas puede moverse en medio de esa fétida muchedumbre?
— Supongo que los mercaderes vivirán en casas más lujosas, apartados de la vorágine humana de las calles – dijo Cuchulain.
— No puedo imaginarme un estilo de vida más ajeno a nuestra propia naturaleza – comentó el druida. – Los celtas no estamos hechos para vivir en grandes ciudades. Esos romanos son unos arrogantes. ¿Con qué derecho se creen a imponer su ley a los demás pueblos que no comparten ni comprenden su estilo de vida?
— Nosotros tenemos nuestras propias costumbres – dijo Cuchulain. – Ninguna ley, ya sea dictada por los romanos o por cualquier otro pueblo tiene derecho a arrebatárnoslas.
—¿Cuánto tiempo puede durar eso? – preguntó Cathbad con ironía, como si estuviera hablando consigo mismo. – El mundo que conocemos se hace cada vez más pequeño. Nuestra isla está alejada de Roma y de su enfermiza ambición, pero tarde o temprano su influencia llegará hasta aquí, aunque afortunadamente ninguno de nosotros estará vivo para verlo.
— No tenemos nada que temer de los romanos, Cathbad – dijo Suibne. – No creo que sean rivales para nosotros.
— Si han podido vencer a los celtas de la Galia también podrían vencernos a nosotros – dijo el druida. – O a los celtas que viven en Britania. Pero no son sus legiones lo que más me preocupa, sino su perniciosa influencia. Los mercaderes me han dicho que los druidas no son bien vistos por los romanos, y creen que no pasará mucho tiempo antes de que la Orden sea proscrita en la Galia. Eres incapaz de comprender la situación, Suibne. Si los jóvenes no vienen a estudiar a los bosques lo harán en las escuelas de los romanos, donde aprenderán a vivir y a pensar como romanos, no como celtas. Y lo mismo puede decirse de los guerreros como tú, que solo podrían alistarse en las legiones romanas para demostrar su virilidad en la batalla. ¿Desearías que fuera ese el destino de tu pueblo?
—¿Y los mercaderes? ¿No están contentos de que la paz y la ley romana les permitan vender sus mercancías libremente? – le preguntó Suibne.
— Los mercaderes no son más que un hatajo de parásitos y piojos. Te chuparían la sangre si pudieran. Lo único que les importa es el dinero romano y el oro celta. Los mercaderes y los comerciantes engordan y se hacen ricos gracias a la paz romana, pero el precio lo pagan los nobles y sus guerreros, que se ven relegados a una posición inferior en esa nueva sociedad. ¡No sabes lo que dices, Suibne! – tronó Cathbad. – Es cierto que los celtas usamos a veces el oro como moneda de cambio, pero sabes tan bien como yo que el oro no se puede comer. Los celtas utilizamos el oro para embellecer nuestro cuerpo, o bien lo ofrendamos a los dioses, arrojándolo a los ríos y a los lagos. No puedo comprender el amor de los romanos por el oro. Nuestra única riqueza está en nuestro ganado. Nuestras vacas nos proporcionan carne, leche y piel. Unas cuantas cabezas de ganado es lo más preciado que un celta puede tener.
— Los celtas somos incapaces de vivir en paz – dijo Cuchulain. – La guerra es un deporte para nosotros.
— No para los romanos – dijo Cathbad. – Para ellos no es más que un negocio.
Cathbad refunfuñó, como si no quisiera seguir prolongando aquella conversación, pero Clíach, después de haber permanecido callado durante bastante tiempo se atrevió por fin a hablar.
— El futuro es como una canción que todavía duerme en las cuerdas de un arpa – dijo el bardo. – Nadie puede conocerlo hasta que su música llega a nuestros oídos.
— En mi opinión los druidas pensáis demasiado – agregó Suibne. – Yo prefiero actuar. Soy un guerrero y no me importa en absoluto tener que abandonar esta isla para hacerme un nombre y conseguir fama y riquezas. Cada uno debe forjarse su propio destino, amigos. Y el mío está lejos de aquí. No hay futuro para mí en Eiréann.



Suibne abandonó Dun Dealgan con la llegada de la primavera. Seis guerreros se fueron con él, después de que Cuchulain les hubiera desligado a ellos y a su jefe del juramento de fidelidad que habían prestado a su llegada a Murthemney. El mercenario de cabellos rojos se despidió de Cuchulain diciéndole que volvería a verle en Tir Nan Og, pues no esperaba que se encontraran de nuevo en la tierra que los viera nacer.
Una vez terminado el periodo de la siembra Cuchulain recibió la visita de un mensajero picto. Dryst quería que el ulate viajara a Duncrun para que celebrara con él la fiesta de Beltaine. Cuchulain accedió, pero durante el viaje hacia las tierras de los pictos no dejó de preguntarse el verdadero propósito que podía haber detrás de aquella invitación. Dryst era el rey de los clanes pictos que vivían al norte del lago Neagh, y había reforzado mucho su posición después de su participación en la victoriosa batalla de Garach. Sus poderosas falanges habían demostrado una eficacia terrible el verano pasado, cuando el ejército de Maev había invadido sin resultado alguno el territorio de Ulaid, mientras Erc y Mesgedra atacaban el reino por el sur. Aquel muro de escudos, lleno de guerreros tatuados con pinturas azules, había disuadido a Conchobar de enviar a su hijo Cuscrid para exigir el tributo que todos los años, al terminar la recogida de la cosecha, los clanes vasallos tenían que pagar al jefe del clan soberano.
Cuchulain dejó a su cuñado Rónán al mando de la fortaleza. Los tres hijos que Fial le había dado a Rónán se despidieron de su tío corriendo detrás de su carro hasta que sus pequeñas piernas se cansaron. En cierto modo sus sobrinos habían compensado la falta de hijos en su matrimonio, una carencia que el tiempo se había encargado también de mitigar en el corazón de Emer.
Un pequeño séquito acompañó a Cuchulain a Duncrun. Emer iba con su marido en su carro, mientras Laeg conducía otro vehículo acompañado por Clíach, que nunca había estado en las tierras de los pictos y deseaba visitar aquella inhóspita región.
Al llegar a la frontera se encontraron con un piquete de caballería compuesto por cinco jinetes. Los pictos escoltaron a Cuchulain y a los suyos hasta Duncrun. A la vista del fuerte Cuchulain recordó la cruenta batalla que había entablado con los guerreros de Dryst en aquel mismo lugar, delante de las puertas de Duncrun. A pesar de su evidente inferioridad numérica Cuchulain había logrado vencer a Dryst, a quien le había perdonado la vida después de su victoria, exigiéndole que le prestara juramento de obediencia. Cualquier otro jefe ulate – sobre todo Conchobar – no habría dudado en aprovechar aquella maravillosa oportunidad para cortarle la cabeza al jefe de los pictos, pero Cuchulain había actuado de manera diferente. Sin duda aquel acto de generosidad había despertado la admiración y el respeto que los pictos sentían por Cuchulain, un gesto que también había ayudado a Dryst a reforzar su posición como rey de Pictdom.
Dryst saludó a Cuchulain con su típico abrazo de oso. El picto alojó al ulate y a su esposa en una de las habitaciones de su casa. Laeg y Clíach pasaron la noche en una de las chozas que estaban reservadas a los huéspedes, entre los cuales se contaban los miembros que componían el séquito de los jefes de clan pictos que estaban sometidos a la autoridad de Dryst.
Al día siguiente Cuchulain fue testigo de la bulliciosa actividad que reinaba en el fuerte. La gente estaba muy ocupada con los preparativos del Beltaine. Cuchulain observó con atención las continuas ideas y venidas de los pictos, que entraban y salían constantemente de Duncrun. Los hombres llevaban a sus rebaños y a su ganado hacia una pequeña llanura que se extendía al este del fuerte, mientras las mujeres se encargaban de transportar en unos fardos los alimentos que su familia consumiría durante la ceremonia que tendría lugar en la llanura.
—¿No te parece extraño que Dryst te haya invitado a celebrar el Beltaine en su fortaleza? – le preguntó Emer a su marido.
— Ese es el motivo por el que estamos aquí, Emer. Vengo haciéndome esa pregunta desde que el mensajero de Dryst llegó a Dun Dealgan.
— Estoy segura de que Dryst quiere pedirte algo.
—¿Qué podría pedirme un rey como él? No tengo nada que ofrecerle.
— Algo que una espada jamás podría conseguir. No olvides que los pictos jamás quebrantan un juramento – le dijo Emer.


Al atardecer una gran muchedumbre se había reunido en la llanura. Los pictos habían amontonado varios grupos de haces de leña, dispersándolos por la llanura, pero no les prendieron fuego hasta que los druidas les indicaron que lo hicieran. Poco a poco el ganado y los rebaños empezaron a desfilar entre los fuegos para protegerlos contra las enfermedades y potenciar su fertilidad, una ceremonia que los pictos llevaron a cabo después de que los druidas hubieran realizado a lo largo del día varios rituales en los bosques con el fin de que los dioses bendijeran la siembra y propiciaran una fructífera cosecha a finales del verano.
Cuchulain contemplaba lo que sucedía en la llanura desde la ventana que se abría al este en el salón de banquetes de Dryst. Allí se habían congregado todos los jefes de clan pictos, acompañados por sus guerreros y clientes más importantes. A un lado de la mesa estaban sentados los rehenes que los jefes de los clanes le habían entregado a Dryst como prueba de su fidelidad. La presencia de aquellos rehenes en el banquete iluminó los rostros de los jefes de clan, pues entre ellos se encontraban algunos de sus seres más queridos, ya fueran parientes o amigos. Al verlos Cuchulain pensó que no todos los pictos tenían en tal alta estima su palabra como Dryst.
El rey de los pictos había dispuesto que sus invitados ulates se sentaran a su lado. Cuchulain estaba situado a su izquierda, y cerca de él se sentaban Emer, Laeg y Clíach, mientras que a la derecha del rey se hallaba sentado un druida de cabellos grises, vestido con la túnica blanca de la Orden. Cuchulain esperó pacientemente a que Dryst se decidiera a explicarle el motivo de su invitación, pero el picto eludió el tema hasta que los invitados empezaron a emborracharse y a fanfarronear de sus hazañas en el campo de batalla.
— Espero que te sientas como en tu propia casa, Cuchulain. Aunque supongo que a tu esposa nuestras costumbres le parecerán más rudas que las vuestras.
Dryst señaló con un ademán a sus jefes de clan, que habían agarrado por la cintura a las esclavas que servían en las mesas y abusaban de ellas sin ninguna clase de pudor, ya fuera encima de las mesas, sobre el suelo de juncos o contra las paredes de madera del salón. Emer miraba con desagrado el destino de aquellas pobres esclavas, cuyos gritos resonaban en el salón a pesar de las risas de los borrachos y los cánticos obscenos de los guerreros.
—¿Por qué me has llamado, Dryst? No creo que lo hayas hecho para ver como tus jefes de clan violan a las esclavas – le dijo Cuchulain.
— Siempre me ha gustado tu sinceridad – sonrió el picto. – Pero estás en lo cierto, Cuchulain. No te he llamado para que veas como se divierten los guerreros y sus señores con mis esclavas.
—¿Y bien?
— Necesito que me desligues del juramento que te hice hace dos años – dijo Dryst sin ambages.
Emer no se había equivocado. Cuchulain se acordó de las palabras que su esposa le había dicho por la mañana en la habitación. El ulate ni siquiera se sorprendió. No era la primera vez que Emer veía las cosas con mayor claridad y alcance que él.
—¿Por qué?
— Porque ahora soy el rey de los pictos y el único jefe que ha conseguido unir a todos los clanes bajo mi mano, y no es bueno que el rey de Pictdom esté atado por un juramento a un señor de los ulates – le dijo Dryst. – Los jefes de los clanes pensarían que soy débil e intentarían usurpar mi derecho a gobernar.

Relato Fantástico - Emain Macha (y XII) El orgullo celta. Aquel era el eterno problema entre las tribus y los clanes de sangre céltica. Ningún jefe estaba dispuesto a acatar la autoridad de un caudillo de su misma raza, ya que no reconocía a su igual el derecho de usurpar su libertad. Tan solo lo respetaba cuando era extranjero, porque entonces era vencido. Los celtas eran grandes amantes de la vida y su mente era incapaz de comprender la inmensa sed de poder que había impulsado a seres ambiciosos como Julio César a emprender la conquista de la Galia.
— Me pides demasiado, Dryst. Si te dispenso de tu juramento no habrá nada que te impida atacar a mi pueblo.
— No te negaré que odio a Conchobar y que me gustaría cortarle la cabeza, pero mis guerreros nunca invadirán vuestras fronteras mientras tú y yo sigamos siendo amigos – le recordó Dryst.
— No me hables de amistad – dijo Cuchulain, arrastrando las palabras como si le costara un gran esfuerzo hablar. El recuerdo de Ferdia todavía estaba muy presente en su memoria y se le hacía muy difícil olvidar la muerte de su hermano, causada por su propia mano.
— Está bien, Cuchulain – dijo Dryst. – Pero ¡por todos los dioses! ¡Dispénsame de este maldito juramento! A cambio te ofreceré rehenes como garantía de que los pictos no atacarán a los ulates.
— Tengo que pensármelo, Dryst – repuso Cuchulain con calma.
El ulate echó un vistazo a los invitados que estaban sentados en el suelo alrededor de las grandes mesas redondas. Al otro extremo del salón había un joven picto que le observaba fijamente. Cuchulain creyó reconocer algo familiar en su mirada, pero en ese momento Dryst prosiguió la conversación, desviando la atención de Cuchulain.
— No te lo había dicho, pero el invierno pasado Nachtan y Keryth murieron a causa de unas fiebres que contrajeron – dijo Dryst. Su rostro adquirió un tono sombrío, como si la muerte de los hijos de Deirdre y Naisi le afectara mucho. – Mis druidas no pudieron hacer nada por ellos.
— Lo siento, Dryst – se limitó a decir Cuchulain. – No sabía nada de su muerte.
— Todos los inviernos sucede lo mismo. La gente muere y eso es algo que ni siquiera los dioses pueden evitar, aunque supongo que tu tío Conchobar hizo un pacto con ellos para esquivarla. La peste de la diosa no pudo acabar con él.
— Pero sí que pudo hacerlo con muchos de nuestros guerreros y ganaderos – afirmó Cuchulain. – La peste y la guerra han causado enormes estragos entre los clanes ulates. Tardaremos bastantes años en recuperarnos.
— Maev ha dejado de ser un problema para vosotros – le dijo Dryst. – La batalla de Garach ha puesto fin a las ambiciones de los connachta, que no dudarán en enfrentarse unos con otros para hacerse con el poder. El fracaso de la reina en Garach los impulsará a hacerlo.
— No habríamos podido ganar esta guerra sin la ayuda de tus hombres – dijo Cuchulain, que prefirió omitir el desagradable recuerdo de aquella noche en la que las Sombras les habían ayudado a vencer en una colina sin nombre rodeada de pantanos y turberas. – Sé que puedo confiar en ti, Dryst, pero si ahora te dispensara de tu juramento tarde o temprano Conchobar se enteraría y entonces mi vida y la de mi gente correría peligro. No le temo a Conchobar, pero tengo que pensar en mi familia. Es lo único que tengo, Dryst.
— Comprendo tus motivos, Cuchulain – le dijo el rey de Pictdom. – No hablaremos más de este asunto. Mañana les diré a los jefes de los clanes que su rey sigue atado al juramento del ulate que le perdonó la vida en el campo de batalla. Les guste o no tendrán que aceptar mi decisión.


Dryst se reunió con sus jefes de clan poco después del mediodía. Las cenizas que quedaban en las hogueras del Beltaine aún humeaban cuando Cuchulain y Emer salieron de Duncrun para dar un paseo en el mismo lugar donde los pictos habían celebrado la noche anterior la gran fiesta que anunciaba la proximidad del verano. Clíach y Laeg seguían a sus señores a pocos pasos de distancia. El bardo quería visitar el bosque sagrado de los pictos antes de que Cuchulain decidiera regresar a Dun Dealgan. Era la primera vez que tenía la oportunidad de estar en aquellas tierras tan alejadas de su hogar natal, que se encontraba a orillas del Shannon, en el pequeño reino de Tuadmuma.
Después de pasear por la llanura Cuchulain y Emer regresaron a la fortaleza. Cuchulain apenas había hablado en toda la mañana. El ulate presentía que algo no marchaba bien. Una extraña sensación había revoloteado sobre él durante todo el día, como una ave de presa. Emer había percibido de inmediato su inquietud y sin decirle una sola palabra se había aferrado a su brazo y apoyado la cabeza sobre su hombro, buscando en los ojos grises de su marido aquella mirada que le era tan familiar y que añoraba tanto. Cuchulain se volvió hacia ella y le sonrió, pero los ojos grises del ulate no transmitieron ninguna emoción. Emer pensó que se trataba de la habitual melancolía celta, tan característica en el alma de aquel pueblo de sentimientos exaltados y fuertes pasiones, así que siguió aferrada al hombro de Cuchulain mientras caminaban en silencio hacia Duncrun.
Aquella noche Cuchulain y sus compañeros asistieron al banquete que Dryst había organizado en honor de su amigo ulate. Los jefes de los clanes también se hallaban presentes, pues Dryst quería honrar a Cuchulain delante de sus vasallos. Su intención era darles a entender que valoraba mucho su amistad, a pesar de que Cuchulain se había negado a liberarle del juramento de fidelidad.
— Agradezco tu gesto, Dryst – dijo Cuchulain. – Pero no creo que haya sido una buena idea que me invitaras a tu salón. Algunos jefes podrían sentirse heridos en su orgullo.
—¿Insinúas que los pictos somos más susceptibles que los ulates? – preguntó Dryst con una sonrisa. – Quítate esa idea de la cabeza, amigo. Este es mi salón y yo soy el rey de los pictos. Nadie se atrevería a desafiarme aquí.
— Por tus palabras deduzco que no estás muy seguro de la fidelidad de tus jefes.
— No puedo fiarme de ellos. Esta mañana les dije que seguiría manteniendo mi juramento y que no lo rompería bajo ninguna circunstancia, pero a algunos jefes de clan no les gustó lo que dije y se pusieron a protestar en voz alta – sentenció Dryst. – Quizás tengas razón, Cuchulain, cuando antes dijiste que no había mucha diferencia entre los pictos y los ulates.
A medida que la noche iba transcurriendo Cuchulain observó que una extraña agitación se iba cerniendo sobre los jefes de clan, que estaban sentados con sus séquitos en las mesas que se habían dispuesto en el pequeño salón de Dryst. Algunos jefes murmuraban entre ellos, lanzando miradas de soslayo al estrado donde Cuchulain estaba sentado con Emer y sus amigos. Al principio Cuchulain no le dio importancia a aquellos rumores y miradas que corrían de mesa en mesa, pero cuando un guerrero se levantó del suelo y desenvainó su espada apuntando hacia él supo que había juzgado mal la situación. Su intuición de guerrero le había estado advirtiendo de la cercanía de un peligro que se avecinaba lentamente sobre él, pero Cuchulain se había negado a hacerle caso.
Todo el mundo se quedó tan estupefacto por la osadía de aquel joven que ni siquiera los guardias que estaban apostados a la entrada se atrevieron a intervenir. Dryst estaba aturdido por el efecto del hidromiel y tardó un poco más en reaccionar.
—¿Qué haces, idiota? ¿Quién te crees que eres para desenvainar la espada y apuntarla hacia mí? ¿Te has vuelto loco?
— No es a ti a quien desafío, Dryst – dijo el guerrero picto. – Es al ulate que está sentado a tu diestra.
El joven avanzó hasta que su rostro se hizo visible a la luz de las hogueras. Era más bien alto, de hombros anchos y complexión recia. Sus ojos eran grises y su cabello era tan negro como el azabache. Cuchulain reconoció en él al joven que le había lanzado varias miradas de desafío la noche pasada, durante la fiesta de Beltaine.
—¿Cómo te atreves a desafiar a mi invitado y amigo? – rugió Dryst. –¿Quién eres? ¡Habla, rápido! O mandaré a mis guardias que te claven en el suelo con sus lanzas.
— Me llamo Connla. Soy el paladín de Crond – dijo el joven.
Al oír estas palabras Dryst montó en cólera. Crond siempre se había opuesto al juramento de Dryst, y había formado parte de los jefes que habían demostrado su descontento en la reunión que el rey había tenido con ellos aquella misma mañana, pero nunca se había atrevido a desafiar a su rey delante de todo el mundo.
—¡Que los dioses te maldigan, Crond! ¿Ahora te escondes detrás de tu paladín para retarme? ¡Te arrancaré las entrañas con mis propias manos! – gritó Dryst.
— No tiene nada que ver contigo, Dryst – dijo Crond, levantándose del suelo y mirando al rey sin pestañear. – Se trata del ulate. Si Cuchulain hubiera accedido a desligarte de tu juramento no me habría atrevido a actuar de este modo. Las leyes de nuestros padres no consienten que un rey de los pictos esté sometido a un caudillo de otra raza que no sea su rey. Puedes consultarlo con los druidas, si quieres. Ellos te dirán lo mismo que yo.
—¡No hace falta que hable con los druidas, idiota! ¡Yo también conozco las leyes y las costumbres de nuestros antepasados, pero un juramento es un juramento y no puedo quebrantarlo a la ligera! – gritó Dryst. –¡No olvides que estás en mi salón y en mi fortaleza! ¡Has infringido las leyes de la hospitalidad y pagarás por ello!
— No me importan las consecuencias. Confío en mi paladín – dijo Crond.
Dryst no sabía qué hacer. Sus jefes de clan habían conspirado contra él para tenderle una trampa. El rey de los pictos no podía impedir que su amigo arriesgara la vida en su propio salón de banquetes. Las costumbres de su pueblo le ataban con tanta fuerza como el juramento que había hecho ante Cuchulain y que no había querido romper.
El ulate había comprendido toda la situación desde el momento en que aquel joven picto se había levantado del suelo y desenvainado su espada contra él. La trama de Crond había sido bien urdida, pero en aquel momento nadie podía prever sus consecuencias. Una ciega cólera empezó a aullar poco a poco en la mente de Cuchulain, como una bruma roja que le impidiese ver con claridad. El lobo se agitó en su cubil y clavó sus afiladas zarpas en las entrañas de Cuchulain, mientras los ojos ambarinos de la bestia brillaban ferozmente en la oscuridad de su alma.
Emer se agarró con fuerza a su brazo, pero antes de que pudiera decirle algo a su marido este se levantó de su asiento con la espada desenvainada y miró a Dryst. El rey asintió con rostro serio y entonces Cuchulain bajó del estrado y se acercó a su rival. Al aproximarse a Connla el ulate comprobó que el picto era demasiado joven para ser un paladín. Connla no tenía más de dieciséis o diecisiete inviernos, a pesar de su pecho bien torneado y de sus anchos hombros. El picto le desafió con la mirada de sus ojos grises. Aquel joven parecía odiarle con toda su alma. Había algo en su mirada que le resultaba extrañamente familiar a Cuchulain, pero su recuerdo se le escapaba.
La espada de Connla silbó en el aire hasta chocar con la hoja de Cuchulain. El ulate percibió el odio del picto en cada uno de sus movimientos. Connla quería resolver el combate de manera rápida, como si tuviera prisa por terminarlo, y su hoja lanzaba peligrosas estocadas que podrían haber herido de muerte a un guerrero medio borracho o a uno que no dominara el arte de saber manejar una espada, pero Cuchulain apenas había bebido y sus reflejos se mantenían intactos, al igual que su intuición, que le decía que Connla no tenía la menor posibilidad de vencerle. Quizás Connla había conseguido convertirse en el paladín de Crond gracias a sus movimientos rápidos y a su agilidad física, que le habrían ayudado a vencer a guerreros más fuertes y pesados que él, hombres que preferían confiar en la fuerza bruta de sus mandobles, pero Cuchulain no era de aquellos guerreros que podían partir en dos a un buey con una sola estocada.
Connla tardó en darse cuenta de su error. El picto no podía competir con la experiencia de un hombre de armas como Cuchulain. No pasó mucho tiempo antes de que el ulate le abriera el vientre con su espada y derramara sus intestinos por el suelo de madera del salón. Connla cayó de rodillas. La vida se escapaba rápidamente de sus ojos grises, y sin embargo su mirada seguía destilando un odio irracional, un rencor que no se extinguió cuando sus párpados finalmente se cerraron.
Cuchulain no se sentía orgulloso de lo que había hecho. Era cierto que se había visto obligado a hacerlo, pero aquel joven muerto que yacía a sus pies no había tenido ninguna posibilidad contra él. Connla tenía el cuerpo de un hombre, pero solo era un muchacho y no había merecido morir así.
—¿Quién era este muchacho? – preguntó Cuchulain, dirigiéndose furioso hacia Crond.
El ulate era incapaz de olvidar la fulgurante mirada de Connla.
— No sé mucho de él – dijo Crond. – Hace un año entró a mi servicio y poco a poco se convirtió en el mejor espadachín de mi banda guerrera. Me dijo que venía de una isla situada al norte de Eiréann y que era el único hijo de una princesa guerrera ...
—¿La isla de la Bruma? – preguntó Cuchulain en voz baja.
— Sí – respondió Crond. – Nuestros parientes del norte viven allí desde hace muchas generaciones.

Relato Fantástico - Emain Macha (y XII) Un aullido infernal se elevó en el salón de Dryst. Era el grito de una bestia salvaje, de un animal herido de muerte. Era un grito desgarrador, un alarido que conmovió a todos los que lo escucharon, pues el que lo había proferido se había abalanzado sobre el cuerpo de Connla y había cogido su pálido rostro entre sus manos, como si quisiera estudiar atentamente sus facciones muertas.
Pero el dolor de Cuchulain no podía calmarse. Ni siquiera los dioses podían apagar el fuego de la locura que ardía en lo más hondo de su cerebro. El lobo que anidaba dentro de él rompió la cadena que lo había mantenido sujeto durante tanto tiempo y empezó a hacer añicos su alma, destrozándola, desgarrándola, haciéndola pedazos. Nadie pudo calmarle. Una neblina roja se había levantado entre él y los demás. Cuchulain abandonó el salón de Dryst a la carrera, como si las mismas Sombras del Annwn lo persiguieran, aquellas criaturas de ojos muertos y pálidos rostros, como su hijo Connla, que yacía muerto, asesinado por su propia espada. El hijo que había tenido con Aifa, aquel hijo que había abandonado, estaba muerto. Había matado a su mejor amigo, a Ferdia, su hermano de sangre. Había matado a su hijo, su único hijo. ¿Qué clase de monstruo era? ¿Qué era lo que había hecho para que los dioses se ensañaran con él de manera tan cruel y despiadada?
Nadie pudo detenerle. Su carro abandonó Duncrun en la oscuridad de la noche, atravesando las negras sombras de los bosques de hayas que se extendían al norte del fuerte. Cuchulain no bajó de su vehículo hasta que las ruedas de su carro pisaron las húmedas arenas de una playa, y entonces desenvainó su espada, la misma que acababa de enviar a su hijo a las remotas islas de los muertos, Tir Nan Og, y cargó contra las olas que venían a morir a las orillas de la playa, unas olas que no podían comprender su dolor, ajenas a los inútiles gritos y mandobles del ulate, y que solo querían seguir su curso natural, un camino que llevaban recorriendo desde la creación del mundo, antes de que el hombre hollase el suelo con su pie o surcase el mar en sus barcas de cuero, sin sentir y sin padecer el sufrimiento y la pérdida que eran tan comunes en el ser humano.




EPILOGO

Britania, año 61 E.C.


Carta de Clíach


¿Cómo te encuentras, viejo zorro? ¿Todavía no te has cansado de la vida ociosa de un guerrero que ha servido durante veinticinco años en las legiones del Emperador? No puedes quejarte, Suibne. Has conseguido todo lo que deseabas: un poco de tierra, una casa junto al mar, algo de oro y unas cuantas cabezas de ganado. Incluso has tenido una esposa, pero no me cabe la menor duda de que has derramado tu simiente en otras mujeres, sobre todo cuando eras más joven, y que seguirías haciéndolo con las esclavas si las fuerzas te lo permitieran.
Hace más de cuarenta años que no nos vemos, desde que regresaste con las victoriosas legiones que habían luchado en Germania contra Arminio, pero gracias a mis contactos con los mercaderes galos que vienen todos los años a comerciar a Britania nunca he tenido problemas para escribirte en perfectos caracteres griegos.
Supongo que estarás al corriente de las últimas noticias, aunque apenas puedas salir de casa. En tu última carta me decías que las piernas empiezan a fallarte y que ya no puedes sostenerte tú solo en pie. Ahora precisas de la ayuda de dos jóvenes esclavas para poder caminar, pero me niego a pensar que no te has enterado de lo que ha sucedido en la isla de Britania. Sí. Estoy completamente seguro de que lo sabes, viejo zorro, pero de todas formas te lo contaré.
La primavera pasada el gobernador romano de Britania, Suetonio Paulino, atacó por sorpresa la isla de Mona con sus legiones. En realidad fue una matanza. Todos los druidas que había allí fueron muertos a espada. Suetonio Paulino ordenó talar todos los árboles de la isla después de haber matado a todos los miembros de la Orden, a quienes consideraba los principales responsables de los continuos alzamientos de los britanos, motivo que le había impulsado a atacar la isla de Mona por sorpresa, durante la festividad de Beltaine.
Pero las cosas no quedaron ahí. Casi al mismo tiempo del ataque a la isla de Mona murió Prasugatus, el rey de la rica tribu de los icenos, quien se había aliado con los romanos para evitar que estos saquearan a su pueblo. Los romanos aprovecharon su muerte para despojar a los icenos de sus tierras y de sus posesiones, y también se apoderaron de los bienes de la casa del rey. Los oficiales romanos violaron a Boudicca, la mujer del rey, y a sus jóvenes hijas, y después las humillaron en público golpeándolas con varas de hierro. Ya puedes imaginarte lo que sucedió, Suibne. ¿O debería llamarte Claudio, el nombre romano que has adoptado?
No importa. Me he desviado del tema, algo muy común entre los viejos. ¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí. Hablaba de Boudicca. Bien. Tenías que haberla visto, Suibne. Una mujer formidable. Yo la vi cuando se puso al frente de un ejército de más de doscientos mil britanos, de pie sobre su carro, orgullosa y horrible como el rostro de la Morrigan. Durante unos instantes me recordó a Maev. ¿Te acuerdas de ella, Suibne? Quizá no. Han pasado muchísimos años.
Volvamos de nuevo a Boudicca. La reina de los icenos era alta y sus cabellos pelirrojos le llegaban hasta la cintura. Sus guerreros sanguinarios arrasaron las ciudades romanas de Camulodunum, Verulamium y Londinium. Seguí a Boudicca hasta Camulodunum. Allí los britanos arrasaron la ciudad y quemaron el templo. Las mujeres britanas mostraron más ferocidad que los hombres. Ningún colono romano sobrevivió. Ancianos, jóvenes, niños, mujeres. Había hombres crucificados en las calles y bebés que todavía mamaban del pecho de sus madres muertas. Boudicca siguió su camino hasta Londinium, pero yo ya había visto bastante y mi cuerpo no podía soportar por más tiempo el incesante traqueteo de las ruedas del carro, un vehículo que conducía un noble iceno que había accedido generosamente a llevarme. Te preguntarás qué hacía yo en las tierras de los icenos. O quizás no. Solo soy un viejo bardo que vive de su arpa, de sus canciones y de sus recuerdos, y no sirvo a ningún señor desde que llegué a esta isla.
¿Boudicca? Ah, sí. Me ocurre a veces. Suelo desviarme del tema principal. Cosas de los viejos. Perdóname, Suibne. Seguro que me comprendes.
Poco más puedo decirte de Boudicca. Una gran mujer, pero ni ella ni sus guerreros eran rivales para las legiones de Suetonio. Boudicca y sus hijas prefirieron envenenarse antes de caer en poder de los romanos. No es una buena forma de morir, aunque es preferible hacerlo así antes que tener que soportar los refinados tormentos que los romanos suelen emplear en estos casos.
Este invierno está siendo muy crudo. Por culpa de la guerra los campos no han sido sembrados y hay una gran hambruna en la isla. No creo que pueda soportarlo, Suibne. Mis fuerzas se debilitan y mis ojos se cierran con más frecuencia de lo que yo desearía. Por esta razón he decidido escribirte. Esta será la última carta que leerás, escrita de mi puño y letra. También te envío el último pergamino que acabo de escribir, un pergamino que, como los otros que has recibido, narra la historia de Cuchulain, mi antiguo señor y protector. Como verás no he tenido tiempo ni fuerzas para concluir la historia, pero lo haré en esta carta para que tus ojos no se cansen con la lectura. En realidad ya conoces el fin de la historia, pues yo mismo te lo he contado varias veces, pero tu memoria se ha hecho más frágil que la mía y probablemente necesitarás que te lo recuerde. La mía todavía se conserva ágil y rápida, pues cuando era joven mis maestros me obligaron a memorizar millares de versos, relativos a la historia de mi pueblo. Me pregunto qué diría Cathbad si supiera que he escrito la historia de su nieto en más de treinta pergaminos, ya que, como bien sabes, los druidas siempre se han negado a utilizar la escritura porque piensan que las palabras escritas destruyen la memoria, un precepto con el que nunca he estado de acuerdo. La historia de nuestra gente debería ser puesta por escrito en innumerables libros, como esos que utilizan los romanos en sus bibliotecas y que tú has visto en Roma, para que los hombres conozcan la verdad y sepan lo que ha ocurrido. La palabra escrita nos ayuda a recordar cuando la memoria se debilita o se ha perdido por completo. Esta es una verdad que me he visto obligado a reconocer con el paso del tiempo. Una verdad amarga.
Oh. He vuelto a hacerlo. No soy más que un viejo estúpido. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Cuchulain.
Mi antiguo señor y amigo se volvió loco cuando supo que había matado a su único hijo, aquel guerrero picto que yacía en el salón de Dryst con las entrañas esparcidas por el suelo. Desde aquella maldita noche Cuchulain se convirtió en un ser al que nadie pudo controlar, ni siquiera su esposa Emer. A veces se encerraba en Dun Dealgan y permanecía semanas enteras en su cuarto sin hablar con nadie, para luego abandonar aquel estado de aturdimiento y montar en su carro de guerra. A los pocos días regresaba con una considerable cosecha de cabezas en las ruedas de su carro, con una expresión de locura en sus ojos grises. Una vez no regresó. Su fiel auriga Laeg iba con él, así como aquella loba que siempre le acompañaba a todas partes. ¿Cómo se llamaba? Bueno. No importa. El hecho es que ni Cuchulain ni Laeg regresaron con vida. Una partida de guerreros eráinn, encabezada por Lewy, que disfrutaba con sus hombres de la hospitalidad de Erc en la fortaleza de Tara, salió a su encuentro para poner fin a sus incursiones en la frontera, cerca de Slieve Fuad. Una jabalina galióin acabó con Laeg. La espada de Lewy segó la cabeza de Cuchulain. El príncipe de Mumu llevó su cabeza a Tara como un glorioso trofeo, pero el preciado botín le costó la mano izquierda. Conall me dijo que había visto el cadáver de Cuchulain de pie, apoyado contra la piedra de un túmulo solitario, cerca del cuerpo de Laeg y de sus dos caballos, Gris y Sainglend, que habían sido hechos pedazos por las espadas eráinn. Conall y sus hombres se encargaron de vengar la muerte de mi señor cuando Lewy abandonó la fortaleza de Tara. El príncipe de Mumu cayó en una emboscada y su cabeza fue llevada a Emain Macha, donde Conall la dejó clavada en una lanza hasta que los cuervos mondaron por completo los huesos.
¿Qué más puedo decir? Todos están muertos. ¿O vivos? Quizás no haya mucha diferencia entre ambas cosas. No podía ser de otro modo. Sin embargo a todos los celtas nos gusta escuchar una buena historia alrededor del fuego, entre buenos amigos y fuerte hidromiel en los cuernos. Bueno. Los amigos han muerto y el hidromiel ya no sabe a nada, así que solo nos quedan las historias.
¿Te gustaría escuchar lo que les sucedió a los demás, a todos los grandes caudillos y reyes, jefes de clan, nobles guerreros y príncipes? ¿Por dónde puedo empezar? ¿Por los príncipes? ¿Por los reyes? ¿Por el caldero? Sí. De acuerdo. El caldero. El caldero de Dagda.
Lo enterraron. Eso es todo. Cathbad y Bave sepultaron aquel objeto en las turberas, lejos de cualquier atisbo de vida humana, y lo ocultaron allí para que nadie pudiera encontrarlo. Bave. He conocido a pocas mujeres como ella. Su carácter hosco y huraño, digno de un animal salvaje, siempre fue un obstáculo que se interpuso entre ella y los hombres. Sin embargo era una mujer inteligente y sensible, y aprendí a conocerla mejor durante las largas noches de invierno que compartimos juntos, hasta que nuestros caminos, como dos cursos que se desvían de un río principal, se separaron para seguir rumbos diferentes.
Conchobar, Fergus, Aillil, Maev. Los grandes reyes también están muertos. Conchobar y Maev compartieron el mismo fin: una piedra de honda les destrozó a ambos el cráneo. Fergus Mac Roy murió mientras se bañaba en un lago con Maev, atravesado por una lanza que Aillil se encargó de alojar en sus costillas. El rey de Connacht estaba harto de que todo el mundo quisiera montar a su mujer como si esta fuera una yegua en celo. El propio Aillil cayó en una frustrada incursión a por ganado en Ulaid. Los guerreros que saquearon su cadáver se pusieron luego a jugar con su cabeza, dándole patadas hasta que sus facciones se volvieron irreconocibles.
¿Y Dryst? ¡Por todos los dioses! Aquel picto tenía sangre de reyes en sus venas. Después de la muerte de Cuchulain el rey de los pictos ya no se sentía obligado a guardar ninguna clase de juramento, así que reunió a sus guerreros y depuso a Cuscrid del trono. Dryst arrojó su cadáver a las aves carroñeras y después se proclamó rey de Ulaid en Emain Macha.
Muertos. Sí. Están todos muertos. ¿Que ya lo he dicho? No importa. No hay nadie que los recuerde. Las tumbas contienen el recuerdo de los muertos si alguien se ha molestado en escribir sus nombres en caracteres oghámicos, pero, a fin de cuentas, ¿qué es la vida de un hombre en comparación con el inmenso y sinuoso río de la existencia? ¿Qué somos, más allá del recuerdo familiar, o de las canciones que solo pueden pagar los grandes señores y que rememoran las hazañas de los héroes?
No hay tumba para Cuchulain. Tampoco para Emer. Ella lo quiso así. Aquella extraordinaria mujer no le sobrevivió mucho tiempo. Murió de fiebres pocos años después. Su muerte me obligó a abandonar Dun Dealgan. Ya no había nada ni nadie que pudiera retenerme en Murthemney, ni siquiera Bave.
Me marché de Eiréann. Embarqué en una nave y puse pie en Inis Prydain, la isla de Britania. Volver a viajar fue como si me quitara poco a poco las prendas de vestir, hasta quedarme completamente desnudo. Y desnudo estaba. Vi muchas cosas y aprendí otras nuevas. Viajé por muchas tierras: Caledonia, Britania, la isla de Mona, la Galia ... pero jamás regresé a Eiréann, donde había nacido entre los gaélicos, en un pequeño clan de señores de ganado.
Cathbad tenía razón. A nadie le interesa escuchar la verdad. Es más. Estoy cansado de contar la verdad. Eso es algo que aprendí durante mis viajes. Al principio canté con elocuencia, acompañado por las cuerdas de mi arpa, narrando la historia de Cuchulain y de los nobles reyes y guerreros que lucharon gloriosamente en cada bando, pero en Eiréann nadie estaba interesado en escuchar la verdadera historia. Otros poetas se me habían adelantado y contaban la historia a su manera para agradar a sus señores. Tuve que cambiar mi historia para poder comer a la mesa de los señores y jefes de clan, estúpidos fanfarrones en su mayoría, que preferían que se les alabara en público por unas hazañas que jamás habían llevado a cabo en vez de escuchar la verdad de mis propios labios.
Es breve la vida. Todos luchamos por algo. Todos buscamos un camino que nos guíe a través del laberinto de la vida. Dioses, juramentos. ¿Para qué? El tiempo de los dioses ha pasado. Los héroes también. Nuestros dioses murieron en la isla de Mona, extinguidos por el acero romano y el fuego. Estamos solos. A solas con nosotros mismos, a solas con nuestros propios recuerdos, como niños que se han extraviado en un bosque y no pueden encontrar el camino de regreso.
Quizás sea mejor así.

Fin
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2008