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Ciclo Robert E. Howard: El Señor de Samarcanda (y VIII)
“Pero he soñado un sueño lúgubre,
Más allá del valle de Skye;
Vi un hombre muerto venciendo en una lucha,
Y creo que ese hombre era yo.”

Batalla de Otterbourne

Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (y VIII) Y en Ordushar el asedio se hacía interminable. Entre los helados vientos que serpenteaban bajando del paso y portando cegadora nieve, luchando contra las ráfagas, los achaparrados kalmiquios y los delgados viguros se esforzaban y sufrían y morían en una amarga angustia. Apostaron escalas frente a los muros y lucharon por trepar, y los defensores, sin el menor sufrimiento, les alancearon, arrojaron pedruscos que aplastaban a las figuras enmalladas como escarabajos, y empujaban las escaleras desde las murallas, llevando la muerte a los hombres de abajo. Ordushar era actualmente solo un fuerte de los mongoles jat, enclavada en un escarpado paso y flanqueada por altísimos riscos.
Los lobos de Donald rompieron el helado suelo con sus congeladas y ásperas manos que por poco podían llevar las picas, tratando de cavar una mina bajo los muros. Picoteaban hacia las torres mientras plomo fundido y pesadas jabalinas caían como una lluvia sobre ellos; clavaban las puntas de sus lanzas entre las piedras, arrancando pedazos de mampostería con sus manos desnudas. Con grandes dificultades habían construido improvisadas máquinas de asedio con árboles caídos y el cuero de sus arneses y pelo tejido de las crines y colas de sus caballos de guerra. Los arietes percutían en vano contra las masivas piedras, las balistas gruñían cuando lanzaban troncos de árboles y pedruscos contra las torres o por encima de las murallas. A lo largo de los parapetos los atacantes luchaban contra los defensores, hasta que sus manos sangrantes se congelaban sobre los astiles de las lanzas o las empuñaduras de las espadas, y la piel se resquebrajaba y caía en grande tiras. Y siempre, con su furia sobrehumana sobreponiéndose a su agonía, los defensores repelían el ataque.
Una torre de asalto fue construida y llevada hasta la muralla, y desde las almenas los hombres de Ordushar vertieron un pringoso torrente de nafta y le prendieron fuego y quemaron a todos los hombres que había sobre ella, cociéndolos en sus armaduras como escarabajos en una fogata. Nieve y aguanieve caían en cegadoras ráfagas, congelándolos bajo capas de hielo. Los que morían se congelaban quedándose tiesos allí donde caían, y los heridos morían en sus pieles de dormir. No había descanso, ni cesaba la agonía. Días y noches se mezclaban en un infierno de dolor. Los hombres de Donald, con lágrimas de sufrimiento congeladas en sus caras, se estrellaban frenéticamente contra las congeladas piedras de las murallas, luchando con las manos despellejadas, esgrimiendo armas rotas, y muriendo mientras maldecían a los dioses que los habían creado.
La miseria dentro de la ciudad no era menos, ya que allí no había más comida. Por la noche, los guerreros de Donald escuchaban el lamento de las gentes hambrientas por las calles. Al final, en su desesperación, los hombres de Ordushar cortaron las gargantas de sus mujeres y sus niños y salieron fuera, y los demacrados tártaros cayeron sobre ellos llorando con la locura de la cólera y la tragedia, y en la confusión de la batalla que enrojeció la helada nieva, retrocedieron a través de las puertas de la ciudad. Y la lucha se volvió repulsiva.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (y VIII) Donald usó la última madera de los alrededores para erigir otra torre de asalto más alta que los muros de la ciudad. Después de ésta, ya no había más madera para los fuegos. Él mismo permaneció en la pasarela más baja, que lo era incluso más que el resto de los parapetos. No se había preocupado de sí mismo. Día y noche había trabajado duro junto a sus hombres, sufriendo lo mismo que ellos sufrían. La torre fue empujada hasta la muralla bajo una lluvia de flechas que abatió a la mitad de los guerreros que no encontraron refugio tras el delgado bastión. Un primitivo cañón bramó desde las murallas, pero el torpe disparo silbó por encima de sus cabezas. La nafta y el fuego griego de los jat se había acabado. Bajo la mordedura de las cantarinas flechas el puente había caído.
Esgrimiendo su claymore, Donald avanzó sobre ellos. Las flechas se partían sobre su corselete y resbalaban por su yelmo. Mosquetes refulgieron y bramaron junto a su cara pero el avanzó sin ser herido. Delgados hombres con armadura con ojos como perros enloquecidos bulleron desde el parapeto, buscando sacar el puente para partirlo en dos. Contra ellos cargó Donald, con su claymore silbando. La gran hoja sajó sobre las cotas de malla, la carne y el hueso, y el grupo de guerreros cayó hecho trizas. Donald luchaba sobre el borde de la muralla cuando una pesada hacha partió su escudo, y el devolvió el golpe, partiendo la columna del portador del arma. El gaélico recobró su equilibrio, arrojando su partido escudo. Sus lobos se arremolinaban sobre el puente tras él, arrojando a los defensores desde los parapetos, o rajándolos. En el torbellino de la batalla, Donald golpeó, balanceando su pesada hoja. Pensó fugazmente en Zuleika, como un hombre en la locura de la batalla piensa en cosas irrelevantes, y fue como si el pensar en ella le hubiera herido fieramente bajo el corazón. Pero era una lanza que había atravesado su malla, y Donald devolvió el golpe salvajemente; la claymore se astilló en su mano y se inclinó sobre el parapeto, su cara estaba ligeramente desfigurada. A su alrededor bullía la marea de la matanza con la furia animal de sus guerreros, enloquecidos por las largas semanas de sufrimiento, y así llegó el final.



Capítulo 9

Mientras los rojos destellos de la luz
De las nubes que cuelgan, como banderas, encima,
Le apareció a mi medio cerrado ojo
La pompa de la monarquía.

POE: Tamerlán

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (y VIII) El gran visir llegó hasta Timur, que estaba sobre su trono en el palacio de Otrar: «Los supervivientes de los hombres enviados al paso de Ordushar han vuelto, mi señor. La ciudad sobre las montañas ya no existe. Trajeron al señor Donald sobre una litera, y ahora esta convaleciente».
Llevaron la litera a presencia de Timur, cansados, hombres de ojos apagados, con jirones de piel colgando y andrajos ensangrentados, con sus prendas y mallas destrozados. Arrojaron ante los pies del emir los dorados corseletes de escamas de los jefes, y los cofres de joyas y túnicas de seda y plata trenzada; el botín de Ordushar donde esos hombres habían pasado hambre entre riquezas. Y apostaron la litera ante Timur.
El emir miró la figura de Donald. El montañés estaba pálido, pero su siniestra cara no mostraba señal de dolor en su salvaje espíritu, y sus fríos ojos relucían sin apagarse.
«El camino a Cathai esta limpio», dijo Donald, hablando con dificultad. «Ordushar yace bajo humeantes ruinas. He cumplido vuestra última orden».
Timur asintió con la cabeza, y sus ojos parecían mirar fijamente a través y más allá del highlander. ¿Qué era ese hombre moribundo sobre una litera pare el emir, que había visto morir a tantos? Su mente estaba en el camino a Cathai y los reinos púrpura más allá. La jabalina se había astillado al fin, pero su golpe final había abierto el camino del imperio. Los oscuros ojos de Timur ardieron con extraña profundidad y brincaron sombras, como el viejo fuego que bullía en su sangre. ¡Conquista! Afuera los vientos aullaban, como si resonaran el rugido de los nakars, el entrechocar de los timbales, el profundo cántico de la victoria.
«Enviadme a Zuleika», murmuró el caído. Timur no replicó; apenas escuchaba, sentado perdido en tumultuosas visiones. Había olvidado ya a Zuleika y su destino. Qué era una muerte en el impresionante y terrible proyecto del imperio.
«¿Zuleika, dónde está Zuleika?», repitió el gaélico, moviéndose inquieto en su litera. Timur se sacudió ligeramente y levantó su cabeza, recordando.
«Tuve que mandarla a la muerte», respondió tranquilamente. «Fue necesario».
«¡Necesario!». Donald se esforzó por levantarse, sus ojos eran terribles, pero volvió a caer, balbuceando, y escupiendo una bocanada carmesí. «¡Maldito perro, ella era mía!»
«Tuya o de otro». Timur permanecía ausente, con su mente lejos. «¿Qué es una mujer dentro del plan de los destinos imperiales?»

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (y VIII) Como respuesta Donald extrajo una pistola de entre sus ropas y disparó al blanco. Timur comenzó a balancearse sobre su trono, y los cortesanos gritaron, paralizados de horror. A través del ligero humo vio como Donald caía muerto sobre su litera, con sus delgados labios congelados en una siniestra sonrisa. Timur se sentó encogido sobre su trono, con una mano apretando su pecho; a través de sus dedos la sangre manaba oscuramente. Con su mano libre llamó con un gesto a sus nobles.
«Suficiente; se ha acabado. A cada hombre le llega el final del camino. Haced que Pir Muhammad reine en mi lugar, y ayudadle a engrandecer las fronteras del imperio que he levantado con mis manos».
Un estallido de agonía retorció sus facciones. «¡Alá, éste será el final del imperio!». Era un fiero grito de angustia desde lo más íntimo de su alma. «¡Yo, que he pisoteado reinos y humillado sultanes, llegue a mi perdición por una puta llorosa y un caphar renegado!». Sus desconsolados jefes vieron sus enormes manos apretadas como el hierro, luchando contra la muerte con su inconquistable voluntad. El fatalismo de sus reconocidas creencias nunca se había asentado en su alma pagana; fue un luchador hasta su rojo final.
«No dejéis que mi gente sepa que Timur murió por la mano de un caphar», dijo con creciente dificultad. «No dejéis que las crónicas de las edades proclamen el nombre de un lobo que mató a un emperador. ¡Ah, Dios, que un pequeño trozo de polvo y metal pueda precipitar al Conquistador del Mundo a la oscuridad! ¡Anota, escribano, que este día, por la mano de ningún hombre, sino por la voluntad de Alá, murió Timur, sirviente de dios!»
Los jefes le rodearon en aturdido silencio, mientras el pálido escribano tomaba un pergamino y escribía con mano temblorosa. Los sombríos ojos de Timur estaban fijos en la silenciosa figura de Donald que parecía devolverle su fija mirada, así muerto sobre la litera con el rostro vuelto hacia el trono. Y antes de que cesara el rascar de la pluma, la leonina cabeza de Timur se había hundido sobre su inmenso pecho. Y sin el viento que aullara su réquiem, cayendo la nieve más y más arriba sobre los muros de Otrar, incluso las arenas del olvido cubrieron el desmenuzado imperio de Timur, el Último Conquistador, Señor del Mundo.



¿Por qué, si el alma puede desechar el polvo,
Y desnuda sobre el aire del cielo cabalga,
No sea una vergüenza— no sea una vergüenza para él
En este mutilado cadáver de arcilla para permanecer?
Divertido como una carpa donde toma su día de asueto
Un sultán para el reino de la muerte ha llegado
El sultán se laza, y el oscuro Ferrásh
Golpea, y se prepara para otro invitado

—Rubáiyát de Omar Khayyam


Fin.
Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de mayo del 2007