Las correas ciñen sus muñecas al poste, siente el rudo roce de la madera contra su espalda desnuda, la corteza araña su piel al igual que el temor lacera su corazón. La luz del sol comienza a amortiguarse en el fondo del valle, allí donde Surai, siendo niña, corrió y jugueteó entre grititos de alegría y sueños de vida.
Ahora ha llegado el momento de la consumación. Cuando reine la noche, su destino quedará sellado entre fauces y vísceras. Su vida habrá llegado al culmen. Siempre supo que este día le alcanzaría como la noche oculta el sol o la muerte arrebata el calor.
Ser hija de los designados implica dar la vida por el poblado, ése es su sino, su misión. Desde pequeña le explicaron cuál sería su papel, la tarea que el destino le tenía reservada para cuando la marca de la sangre asesinara su niñez.
El día anterior la roja flor había resbalado por sus muslos de arena pálida por primera vez, el anticipo de un futuro inminente. Hoy es noche sin luna, como si el astro no se atreviera a contemplar el drama que comenzará a desarrollarse en breve.
Los miembros de la aldea ya se han retirado. La han dejado sola y maniatada en la entrada del bosque, allá donde el sendero se convierte en maraña, donde las sombras golpean con fuerza el suelo. Sus padres nunca suben a los preparativos del sacrificio, les resulta demasiado doloroso, han perdido tantas sonrisas y abrazos que sus corazones lloran cada luna aunque no sea noche de ara. A pesar de que todos conocen y asumen su destino, el dolor no es menos intenso.
Pronto, la luz se ocultará asustada en las entrañas de la noche y el sacrificio tendrá lugar. La muerte de la muchacha servirá para que su aldea pueda subsistir.
El enfrentamiento contra los necrótropos pervive durante décadas, es una herida infecta que nunca llega a cicatrizar del todo. Siempre ha sido así y siempre lo será, Surai sabe que sólo hay una forma de evitar la extinción de su gente: sacrificarse por ellos, dar su vida para frenar al cruel enemigo.
En ocasiones mientras jugaba con los otros niños, allá en el valle, su padre reclamaba su presencia, y Surai con su dulce rostro de infancia desatada se acercaba a él sabiendo que iba a ser adoctrinada, que el hombre triste y orgulloso le iba a recordar una vez más cuál era su destino y cómo debería comportarse cuando llegara el momento. Se sentaba en el regazo del designado y escuchaba el pasado y el futuro una y otra vez.
Aceptó que nunca podría formar una familia, que el mañana no existía, que su vida acabaría ligada a un tronco en una explosión de dolor. Y asumió que la supervivencia de los demás dependía de su sacrificio y del de sus hermanas. Había presenciado la marcha de sus hermanas mayores, una a una: en cuanto la maldición de la sangre les salpicaba con su rastro las perdía en el bosque. Entre las ásperas mantas de lana en el camastro de su cabaña, lloraba por ellas pero también por sí misma porque sabía que tarde o temprano su propio cuerpo la condenaría a morir.
Y ahora ese momento ha llegado. El viento sopla con tristeza agitando los matojos, parece que intentaran huir. El sol es un viejo agonizante; la noche, una prostituta que lo cubre con obscenas caricias. Surai sabe que los necrótropos no están demasiado lejos, que muy pronto se acercarán y comenzará la danza de la sangre.
Movimiento entre la espesura, pies muertos avanzando hacia ella, gemidos densos escapando de gargantas resecas.
Algo muy semejante al miedo se retuerce en su interior. Y comienza. Recuerda las palabras de su padre. “Llámalos”. Surai cierra los ojos y expone su cuerpo desnudo a la noche recién llegada. De sus labios escapa algo que nace susurro y se torna reto. El alarido de la muchacha llama la atención de los necrótropos. Rígidos cuellos se giran buscando a su víctima, el grito confirma lo que su instinto les ha anunciado. Encaminan sus pasos hacia ella.
Los ecos de la llamada de la chica apenas llegan al valle, sólo unos pocos en el poblado captan las reverberaciones de la tragedia que se ha desatado; sus hermanas pequeñas lloran en silencio bajo las mantas. Los designados cruzan una triste mirada, la mujer, rasgada en su corazón, aparta la vista y acaricia con pesar su vientre, sabe que será niña, siempre son niñas.
Las siniestras figuras de los rivales rodean a la muchacha. Ante ellos la ofrenda, la víctima. Sienten que no puede escapar, que las correas la convierten en una presa fácil.
Surai los reta, los llama para que se acerquen y se consume el sacrificio.
Muy pronto esas garras purulentas la alcanzarán.
El dolor en las entrañas de la chica se convierte en un océano que la ahoga con oleaje desatado. Su verdadera naturaleza toma el poder con un relámpago de sangre. El grito de reto muta a un alarido de dolor.
Antes de que nadie la toque, su piel se abre en surcos carmesíes. Y el ser de su interior brota a la noche con pasos oleosos. Las correas estallan en un sonoro latigazo. La piel de Surai resbala despacio, como gotas de vapor. La auténtica hija de los designados surge libre a la vida: un ser salvaje, brutal, pletórico de fuerza y energía. El dolor se convierte en rugido.
Los necrótropos son lentos y estúpidos. Han caído en la misma trampa una y otra vez a lo largo de los años. No pueden evitar acercarse a lo que ellos consideran una víctima indefensa, nunca aprenden.
Temblores de nuevos músculos tensos como cuerdas de arcos, forcejeos de zarpas y fauces ardientes como teas de acero. La lucha es violenta e inhumana, la mayor parte de ellos refallece de forma rápida bajo el ataque del ser en el que se ha convertido Surai: el libertador de la tribu, su paladín descarnado.
Después, bañada en sangre muerta que se funde con sus vísceras, la criatura que fue Surai se adentra en el bosque, la caza primigenia debe continuar. Las espinas de los matojos no arañan su piel, la luna no brilla en el cielo, lloran sus hermanas en la oscura cabaña del valle.
Durante los próximos años perseguirá a los necrótropos, evitará que regresen a la aldea, que acaben con los que hasta hace poco fueron su familia y sus compañeros.
Y luego, cuando las heridas infligidas por garras muertas labren su coriácea piel en flecos desgarrados y la degeneración y la locura se apoderen para siempre de ella, acudirá de nuevo al poste atraída por el olor de la primera sangre de su hermana pequeña, una presa jugosa, una presa fácil. Y el ciclo de dolor continuará. Ese ha sido siempre el destino de las hijas de los designados, su sacrificio, su maldición.
Surai no reconoce a la que fuera su hermana cuando desgarra las entrañas del necrótropo que muere en sus brazos. Deja que sus tejidos resbalen por sus garras como guantes obscenos. Ruge a los cielos, algo en el fondo de su alma le dice que esa sangre es también suya. Aparta con ira la maleza perlándola de rojo oscuro y se pierde en las sombras en busca de una nueva víctima.
Pero el tiempo y la sangre se cobrarán su tributo, Surai fenecerá lentamente, mutará en un ser vacío y yermo, se tornará amenaza y carne desolada. Al igual que ocurre con todos las habitantes de la aldea cuando la muerte les arrastra al bosque.
Su hermana pequeña gime desconsolada en la cabaña, sabe que ella también morirá tres veces: cuando la criatura escape de su interior, cuando se convierta en necrótropo y cuando una de sus hermanas más jóvenes la libere, completando un círculo sin fin de dolor, sacrificio y transformación. Busca el consuelo de su madre, no encuentra su mirada, ve cómo la mujer se acaricia el vientre. Y la niña sabe con certeza a manos de quién morirá.
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