La niebla cubría los alrededores. Era blanca, espesa y mojaba, pero arrastraba algo con ella: el olor a sangre. Las cañas de bambú se agitaban con fuerza y pronto la tranquilidad del bosque de Las Almas Perdidas se vio interrumpida por fuertes gritos.
Un ejército de bestias, todas ellas protegidas por armaduras rojas y cascos portadores de dos cuernos, se iba abriendo paso, cortando con machetes las cañas que impedía su camino, preparando el terreno para la batalla. Su olor era desagradable, y su aspecto feroz. Su piel se veía ennegrecida, algunos iban cubiertos con dolorosas llagas rojas y otros tenían algunas partes de su cuerpo amputadas. Sus rostros estaban desfigurados, ninguno de ellos portaban nariz, sus orificios nasales quedaban al descubierto y sus bocas mostraban afiladas dentaduras.
Bajo las dos lunas del reino de *Washi se enfrentaban dos ejércitos: el de las Bestias, controlado por Ren, y el del Águila imperial, los valerosos hombres del emperador Yuki Gentaro. Iban protegidos por armaduras doradas, afiladas armas, y en el pecho el emblema del Emperador: un águila.
El emperador Gentaro se fue abriendo camino entre sus hombres, montado en *Ronin, su purasangre blanco, un animal que un día encontró abandonado, sin amo y por el cual decidió el nombre de Ronin. Sujetaba con firmeza el mástil, donde se ondeaba la bandera que representaba su imperio, y aguardó hasta ver a *Ren.
Su vestimenta estaba formada por un casco con forma de cabeza de águila dorada, el cual protegía su rostro, una armadura, también dorada, con un peto adornado con el relieve del ave. Un fino bigote caía por debajo de su nariz en forma aguileña, sus ojos, fríos, negros y rasgados, escudriñaban las sombras, a la espera de ver aparecer a Ren, pero la joven demonio se estaba haciendo de rogar. Entonces, entre las bestias, observó un mástil donde la bandera de los demonios, una estrella roja de cinco puntas, se ondeaba con majestuosidad, movida suavemente por la brisa nocturna.
Los demonios fueron dispersándose, dando paso a su señora. Cabalgaba sobre un pura sangre blanco. Era una mujer joven, bella, portadora de una larga cabellera morena. Sus ojos oscuros perfilados por una línea negra no mostraban sentimientos, y sus párpados, oscurecidos por una sombra roja, resultaban alarmantes. Dos pequeños cuernos retorcidos rompían en su pálida frente. Vestía un kimono azul, sin mangas, dejando al descubierto sus delgados y aparentemente débiles brazos, y caía unos centímetros por debajo de sus caderas. La composición lo terminaba un ancho cinturón blanco que ceñía la prenda a su esbelto cuerpo.
La joven bajó del caballo y el silencio reinó en los alrededores, las bestias dejaron de murmurar, y el Emperador bajó de su montura y se encontró frente a la joven. La prenda dejaba al descubierto unas formas sugerentes, sus ojos negros, sin un ápice de sentimiento, le atraían locamente. El escote de su gastado kimono azul dejaba al descubierto su blanca piel y unos exuberantes pechos. Sintió que la garganta se le secaba y al contemplar la sonrisa que dibujaban los sonrosados y carnosos labios de Ren supo que había sentido el ardiente deseo por ella. Dio unos pasos más, llegando a oler su fragancia a jazmín, y en la cercanía contempló la katana que caía sobre su cadera, quedando sorprendió ante tal hecho.*
-¿Y esa katana?¿La has robado?
Ren dibujó una sonrisa, alzó la vista, y miró fijamente a los profundos ojos negros del emperador.
-Hasta no hace mucho perteneció a Ueda Hideki.
Ueda Hideki había sido uno de sus más leales y serviciales samuráis, y no hace mucho había notado su falta. Para él no era otro hombre más a su servicio, le consideraba un gran amigo, y le haría pagar a Ren sus actos.
-Sabes que te mereces la muerte por ello.
-Disfruté mirándole a los ojos mientras le daba muerte, al igual que disfrutaré mirándote a ti cuando llegue tu hora, saboreando los últimos segundos de tu vida.
El Emperador apretó la mandíbula y la joven rió por su perdida de control.
-Tienes bajo tus ordenes un ejército de hombres. Aguardo ansiosa a tus lacayos. ¡Que demuestren qué son capaces de hacer con aquella que logró arrebatarle la Katana a uno de los mejores samuráis de Washi!
El Emperador masculló algo por lo bajo y ansió cerrar sus manos alrededor de la garganta de la joven, pero sabía que con ella no debía precipitarse.
*-Ren-chan, siempre es un placer el volver a verte.
-No puede decir lo mismo sobre vos, Yuki-sama.
-Ren-chan, hemos sido más que amigos, deja los formalismos para tus siervos, puedes llamarme por mi nombre.
La mirada de Ren se volvió más fría y por unos instantes deseó estrangular a aquel hombre que le miraba como si no fuera más que escoria. Sus palabras eran ciertas, no hacía mucho que habían compartido algo más que amistad, pero se vio cruelmente humillada al verse suplantada en su lecho por alguien de cuna noble. Ese día dejó atrás los buenos modales, su apariencia dulce y sus sentimientos. Recurrió a la brujería y las consecuencias las lucía con orgullo sobre su frente. El convertirse en demonio le había hecho dejar atrás los sentimientos, el dolor y la alegría, y ahora únicamente le importaba hacer sufrir al hombre que más daño le había causado. Por ello le arrebataría lo que más apreciaba: Su imperio.
-Si entregas tu imperio, tus hombres podrán volver con sus familias.
-¿Crees que voy a dejar mi imperio en manos de un demonio?- gritó, sintiéndose insultado por la proposición de la joven-. Estás muy equivocada si piensas que voy a entregarte las tierras por las que tanto he luchado.
-Es mejor entregar tu imperio a verlo destruido, desolado bajo mi mano, tus hombres muertos, y sus mujeres e hijas cruelmente violadas.
-Mis hombres son valerosos guerreros. No dejaremos que la escoria que se encuentra bajo tu mando destruya mi imperio.
-¡Que así sea! Recuerda que te ofrecí un trato mejor.
La joven se giró y se detuvo frente a sus bestias, quienes alzaron sus machetes y aguardaron hasta que vieron desaparecer al Emperador.
Ren esperó, desenfundó su katana, la cual emitió un largo silbido que incluso rompió entre los gritos de la bestia, y la alzó en señal de batalla. Los ojos negros de la mujer se tiñeron de un brillante rojo y dos fieros colmillos asomaron en sus encías mientras se adentraba en el fulgor de la batalla.
Corrió entre cañas de bambú, ensombrecida por la niebla, y de una estocada degolló a uno de los hombres. Giró sobre sí misma, se agachó e incrustó su afilada katana en el estómago de otro hombre, la giró, haciendo que la herida se agrandará y extrajo el arma con violencia. Saltó por encima del cuerpo y siguió corriendo entre cañas, asestando golpes a derecha e izquierda, manchando la blancura de su piel con la sangre de inocentes hombres, hasta irse abriendo paso hasta la pagoda, lugar donde aguardaba el Emperador. Cuatro guerreros armados la esperaban. Iban protegidos por armaduras, portaban afiladas espadas, y le doblaban en fuerza y altura. Ren extrajo de su cinturón una honda y comenzó a girarla a la vez que acortaba distancia con sus enemigos; finalmente la lanzó con fuerza. El arma se enredó en su garganta y una de las rocas golpeó al hombre en el rostro provocando que cayera inconsciente. Saltó y con su arma asestó un golpe bajo rompiendo la armadura del enemigo y atravesando su corazón. Se agachó, giró sobre sí misma y el hombre cayó al suelo donde lo decapitó sin dudarlo. Entonces, aguardó agachada, contemplando en la hoja de su espada todo cuanto ocurría, y esperó a que su enemigo se acercara por la espalda. No dudó en atravesar uno de sus costados sin girarse y al instante sintió la calidez de la sangre de su enemigo manchar sus ropajes. Enfundó su arma y contempló la batalla. Sus bestias mataban con violencia a los sicarios del Emperador, algunos se alimentaban de sus cuerpos, y otros se conformaban con despedazarlos.
Ren se fue abriendo paso entre los cuerpos hasta que el bambú se fue expandiendo y tuvo ante ella la visión de la pagoda donde se había resguardado el Emperador. Era octogonal, sus tejas estaban barnizadas en azul y la pintura de madera de los siguientes pisos era de un brillante rojo. La joven sabía que el hombre se ocultaba en la seguridad que le ofrecía la estructura, y sin importarle la protección que encontraría en su interior se dirigió a ella. Pero entonces, los gritos, el continuo tintineo de espadas, incluso el olor a sangre cesó, y la joven buscó en sus hombres la respuesta a aquel hecho. Todo estaba congelado, el tiempo se había parado y al mirar al suelo contempló la estrella roja de cinco púas que se formaba a sus pies.
-¡Maldita sea!- maldijo su suerte, sabiendo que alguien solicitaba su servicio.
La estrella terminó de formarse bajo sus pies y Ren desapareció sin dejar ningún rastro.
Adair cerró el libro de brujería y hechizos y aguardó a la espera de que el conjuro hubiera salido bien. Se encontraba en el interior de su humilde casa, en la aldea Kheislhar, en el reino de Airell. Su hogar era pobre, una pequeña casa de forma cuadrada, compuesta por dos habitaciones en el piso superior. La estancia estaba ocupada por una mesa y cuatro sillas, y el fuego en uno de los rincones; el cual, además de calentarlo, le ayudaba en la elaboración de su comida. Siempre había sentido predilección por la brujería, pero la devoción de su familia por la cristiandad le había obligado a permanecer alejado de ella. Nunca hubiera hecho uso de ella, pero el secuestro de su prometida, Cinnia, y su impotencia por no haber podido ayudarla, le habían hecho recurrir a las artes prohibidas.
Llevaba días encerrado en aquella pequeña aldea, sin atender al ganado, ni sus tierras. El párroco le había visitado en varias ocasiones y al ver la clase de libro que leía no dudó en marcar su casa con una cruz roja, símbolo de que estaba poseído por el demonio. Con un grito de rabia lanzó el libro al hogar que crepitaba al fondo de la casa y descargó su furia contra la pared del fondo hasta que sus manos comenzaron a sangrar.
-Es ua hcier is anne estepz- escuchó el joven tras él. Entonces se giró y contempló a la mujer que aguardaba de brazos cruzados a su espalda. Una estrella de cinco puntas se había formado bajo sus pies, dos cuernos negros y retorcidos sobresalían de su pálida frente, y por alguna razón que desconocía se sentía locamente atraído por ese cuerpo semidesnudo y sus almendrados ojos negros.
-No . . .no. . . No entiendo el idioma que habla.
Ren suspiró y tomó asiento en una silla frente a una mesa. Ésta se encontraba ocupada por una orza de pan mohoso y un trozo de queso. No le importó, los devoró con ansia y bebió todo el contiendo de la jarra que permanecía a su lado; y entonces volvió a mirar a quien había osado invocarla. No era más que un joven debilucho. Su cabello negro y lacio caía encrespado hasta sus hombros y algo de bello comenzaba a hacer aparición en su joven rostro. Sus ojos azules y tristes mostraban su inocencia, aunque también su ardiente deseo por ella. Vestía ropas oscuras, las cuales, caían holgadas sobre su endeble cuerpo, y una espada, de pésima calidad, enfundaba sobre su cadera. Ren suspiró y comprendió que aquel chico no entendía sus palabras, por lo cual, decidió hablar en un dialecto que él comprendiera
-Te decía que eso que has hecho es una estupidez. La estructura de tu casa no debe pagar tus frustraciones. Ahora, por favor, si eres tan amble, me gustaría que me trajeras algo con lo que poder asearme; me has invocado en el fulgor de una batalla y como puedes comprobar, no me encuentro presentable.
Adair asintió, se retiró de la habitación y volvió al cabo de un rato con una toalla blanca humedecida.
Ren limpió su rostro, sus brazos, y finalmente sus largas piernas cubiertas de sangre, sabiendo que la mirada del joven la seguía en todo momento.
-Ahora bien, dime por qué has osado llamarme.
-Mi prometida, Cinnia, fue secuestrada hace una semana por lord Asghord. Está encaprichada de ella y nos han llegado rumores que la someterá a su deseo mañana, al anochecer, y la convertirá en su esposa.
-Es una lastima.
-Cinnia es mi prometida- gritó con voz rota-. Haré lo que sea por ella, incluso invocarte, demonio.
-Me llamo Ren. Tu deseo es que rescate a tu prometida, pero dime, ¿por qué no lo has hecho tú?
-Un ejército protege el castillo de lord Asghord. No soy suficiente hombre para enfrentarme a ellos.
-Es evidente que no eres suficiente hombre y quizá tampoco seas el mejor de los maridos para Cinnia. Toda mujer necesita a su lado a un hombre fuerte y valeroso que la proteja, al parecer tú no eres ninguna de las dos cosas.
Las palabras del demonio hicieron mella en el joven y una fuerte punzada atravesó su corazón. Tenía razón, lo sabía, y a pesar de cuanto le dolía admitirlo debía hacerlo. Aún, y a pesar de haber trascurrido una semana, cada noche, nada más cerrar los ojos, revivía el momento en el que Cinnia había sido secuestrada.
Ambos se encontraban en el maizal que rodeaba toda la aldea, celebraban el que sólo quedaba una estación para contraer matrimonio y ambos se habían dejado llevar por el deseo. Sólo caricias, ya que era lo que deseaba Cinnia, pero los hombres de lord Asghord los encontraron. Le arrebataron su arma y con ello su hombría; uno de los hombres lo inmovilizó y contempló atónito cómo el señor que controlaba todas esas tierras acariciaba lascivamente los senos de su prometida y besaba su boca al tiempo que las lágrimas eran derramadas por los cristalinos ojos verdes de Cinnia.
Gritó y se libró de su encierro pero eso sólo enfureció a lord Asghord que atravesó su hombro derecho con su afilada espada. A continuación cayó al suelo, y allí le aporrearon como si fuera un saco de patatas, hasta que no pudo levantarse. Desde el suelo contempló el secuestro de Cinnia a lomos de un purasangre blanco y su grito de angustia.
-Sólo quiero rescatar a Cinnia. Suya será la decisión de si debe o no contraer matrimonio conmigo, pero debo liberarla de la tiranía del ser despreciable que la secuestró.
-Es tu deseo, pero has de saber que soy un demonio y como tal siempre pido algo a cambio. Puedo liberar a tu prometida, créeme, no tendré ningún problema para ello, pero debo saber si aceptas lo que te ofrezco.
-Sí, acepto. No importa lo que me pidas a cambio, te daré lo que pidas, mis tierras, mis caballos, incluso mi vida; pide y te lo concederé.
-¿Me darás lo que quieras, cualquier cosa que pida?
-Cualquier cosa que pidas.
-Tus palabras han sellado el pacto, te serán recordadas cuando cumpla la misión que me ha sido encargada. Ahora, debes mostrarme el lugar al que debo ir.
-¡Te acompañaré!
-Como gustes.
Adair hizo un gesto en dirección a la puerta. Los dos abandonaron la pequeña cabaña y al instante los gritos de terror inundaron la aldea al contemplar a la mujer. Las madres recogieron a sus niños despavoridos, a la vez que se santiguaban, y corrían aterradas al interior de sus casas buscando protección. El único que encontró valor para enfrentárseles fue el párroco, que protegido por una cruz, se dirigió a la joven a la vez que recitaba párrafos de la Biblia.
El espectáculo parecía divertir a Ren y, con seguridad, se dirigió al hombre. Sus ojos se volvieron de un rojo más intenso con cada uno de sus andares, y el hombre se vio incapaz de liberarse de esa mirada; sus colmillos se tornaron más sobresalientes y los incrustó con fuerza en su cuello ante el griterío de todo el pueblo.
El párroco cayó sangrando al suelo; era un hombre calvo y grueso, y su túnica marrón estaba impregnada en su propia sangre.
-¡Eres la hija de Satanás!
La chica le dedicó una sonrisa con toda su mandíbula llena de sangre y siguió al joven hasta el establo. Allí, cada uno de ellos, montó un caballo y abandonaron la aldea para adentrarse en el camino que separaba dos tercios del enorme maizal.
El silencio reinó entre los dos jóvenes, pero para Ren no era incómodo. Sabía que el joven no aceptaba su forma de actuar, pero quizá debería haber pensado en ello antes de haberla hecho llamar. Su único objetivo era cumplir con el deseo del joven, volver a su mundo, y hacer suyo el imperio del emperador Gentaro. Con ella gobernando, sus bestias y demonios, rondarían por Washi y todo hombre que osara levantarle la mano sería castigado y sucumbiría en sombras sus tierras.
Sus más ardientes deseos fueron interrumpidos por el joven y se vio en la obligación de prestar atención a sus palabras. Cuando escuchó hablar de lord Asghord pensó que no sería más que otro noble acostumbrado a tomar todo cuanto no le pertenecía, pero no era así, se encontraba ante un experimentado hechicero. Su castillo se encontraba ensombrecido por una espesa nube negra; grandes relámpagos caían alrededor de él. El aire era menos respirable; en él se podía sentir la magia y los terrenos que se esparcían frente a ella eran peligrosos, y escondían terribles secretos.
Ren bajó del caballo y lo mismo hizo el joven; los espolearon y cargando con sus armas caminaron por el sendero que les llevaba al interior del bosque que protegía los terrenos del hechicero. La niebla crecía en su interior, al igual que el silencio, y Ren permanecía expectante a todo cuanto ocurría. La afilada hoja de su katana se veía ensombrecida por las sombras del lugar, pero el reflejo de algo que se movía captó la atención del demonio y alzó la vista a tiempo de evitar que una arpía se lanzara sobre ella. Sus garras eran afiladas, al igual que sus colmillos, y sus alas le hacían ser más escurridiza. Su cabello, negro y encrespado caía hasta sus hombros, sobre una piel rugosa y oscura. La arpía gruñó mostrando todos sus dientes y Ren llevó la espada a su izquierda, sin dejar de mirar a la mujer, hasta que ésta se abalanzó sobre ella; pero su arma fue más rápida y la incrustó con facilidad en el pecho provocándole una herida mortal. Le gustaba disfrutar del dolor de la arpía, pero el fuerte grito del joven le rompió la diversión. Una de las arpía había incrustado sus garras en su hombro y cargaba con él, quizá para alimentar a otras más de su especie. Soltó una maldición y comenzó a correr a través del bosque sin perder el rastro de la arpía y al chico. Si éste moría, su deseo no podría ser cumplido, y ya que había sido invocada no pensaba volver a Washi sin ver saciada su sed.
La arpía volaba muy bajo, acariciando con sus zarpas las ramas de los árboles y por ello Ren subió la corteza del árbol y fue saltando de rama en rama, alcanzando con gran destreza a la mujer, hasta que acortó distancias. Entonces, de su cintura, extrajo otra honda, comenzó a girarla con fuerza y la lanzó contra la arpía. Éstas se enredaron en sus patas provocando que soltara al chico.
La joven demonio contempló a Adair precipitarse al interior de un precipicio y se maldijo por no haber medido sus movimientos con anterioridad. Con gran agilidad bajó del árbol y siguió el camino hasta encontrarse frente al acantilado, por el cual había visto caer al chico. Muy despacio se asomó, sintiendo una opresión en el pecho por su inminente fracaso, pero el joven no había perecido; unas lianas habían detenido su caída y en ese momento intentaba librarse de ellas y llegar hasta la superficie.
-¿Te vas a limitar a mirar o me ayudarás?- preguntó hoscamente Adair.
La risa de Ren inundó los alrededores y finalmente decidió ayudar al joven antes de que se despeñara por el acantilado. Le ofreció su mano y Adair, al tocar su piel notó un repentino calor que acometía su cuerpo y casi sin darse cuenta se encontró frente a ella. Su tacto con el suyo era ardiente, sólo unos centímetros le separaban de esos pequeños cuernos y sentía ser engullido por la negrura de esos almendrados ojos.
Ren se puso de puntillas, sabiendo que se iba a divertir mucho con el joven, y besó con ansia su cuello, estimulando sus sentidos hasta que su lengua se abrió paso en su boca y le besó con ardor; pero el murmullo de voces les interrumpió.
La muchedumbre de la aldea de Kheislhar caminaba furiosa por las recónditas tierras del bosque dispuesta a hacer quemar en la hoguera a la demonio.
-¡Ponte a salvo!- murmuró la joven.
-¡No les hagas daño!
-Chico, aquí no eres tú quien da las ordenes, soy yo -le recordó sin apartar la vista del camino, donde algunas antorchas se podían ver-. No voy a dejar que esa muchedumbre me queme viva. ¡Ponte a salvo! -ordenó.
Adair lo hizo, obedeció sin rechistar, y comenzó a buscar un lugar en el que esconderse. A unos metros encontró un puente que cruzaba el acantilado y corrió hacia él. Una vez resguardado del peligro contempló la magnitud del poder de Ren.
La muchedumbre, como Ren había supuesto, se encontraba liderada por el párroco, el cual no había tenido suficiente con el mordisco, sino que al parecer estaba decidido a cavar su propia tumba. Tras él se encontraban un centenar de hombres. Cargados con antorchas, otros estacas y algunos más con machetes. La demonio rió por la ignorancia del pueblo y a sus pies dejó caer su katana. Cerró los ojos y cruzó sus manos por delante de su pecho y decidió hacer uso de la magia que yacía en su interior.
-Ilusen, ilusen, haz ean ma sa campañanare.
Las palabras de la mujer resonaron claras y altas. El cielo se volvió más oscuro y cerrado, varios relámpagos cayeron sobre las manos cruzadas de la joven, donde se concentraron durante unos instantes, hasta que formó una gran bola y voló en dirección a la muchedumbre enfurecida.
Los aldeanos se protegieron al ver la descarga de energía dirigirse en dirección a ellos y esperaron sentir su calor, pero no ocurrió nada. Cuando abrieron los ojos todo seguía igual, salvo que la joven había desaparecido.
El párroco se giró, y tras él vio al menos a diez jóvenes y comenzó a golpearlos, sin saber, que en realidad, había sucumbido a la alucinación de la demonio, y todos se encontraban matándose entre ellos.
Ren caminaba por el puente, donde al final de éste esperaba un estupefacto Adair. El chico contemplaba atónito como sus vecinos se enfrentaban unos con otros, y finalmente siguió las ordenes de la mujer y volvieron a adentrarse en el bosque.
Con la caída de la noche hicieron una parada cerca de un embalse ensombrecido por enormes sauces. El silencio había reinado entre los dos jóvenes y Ren sabía el porqué. El chico se sentía culpable por la carnicería a la que había sumido a su aldea, pero quizá su joven amigo debía haber pensado en las consecuencias antes de invocarla.
-¡Has sido cruel!- rompió el silencio Adair.
-Soy un demonio- respondió ella. Se encontraba apoyada en la corteza del sauce, con las piernas extendidas, una por encima de la otra, haciendo que la tela del kimono se le elevará unos centímetros-. No pensarás que voy a ser misericordiosa; hace tiempo que olvidé su significado. Poco antes de que me llamaras me encontraba en medio de una cruenta batalla, había decapitado a hombres, los cuales luchaban por una causa justa, pero que gracias a la ambición de su señor se han visto obligados a verse enfrentados a mí y a mi ejército. No he sido yo quien ha condenado el pueblo a la muerte y a sus hijas y mujeres a ser mancilladas y cruelmente violadas.
-¡Eres mujer! -le recordó Adair- ¿Cómo puedes hablar de esa manera? No sientes lástima hacia las mujeres que sufrirán esa suerte a manos de tus hombres.
-Fue la ambición de su señor quien las ha condenado. Yo dialogué, le ofrecí un pacto que fue rechazado y sobre el tema de las mujeres... -la joven apartó la vista de las ramas que caían por encima de ella y la fijó en el joven. Les separaban unos metros, estaba sentado, con las piernas cruzadas y sus manos en el regazo. Su rostro mostraba su indignación por sus palabras pero su dulce mirada no dejaba de mirar sus desnudas piernas-. Sobre las mujeres. . -volvió a repetir y muy despacio caminó a cuatro patas hasta el joven y al detenerse frente a él pudo sentir su aliento-. Sólo siento lastima por aquellas que no conocen lo gratificante que es yacer con un hombre -confesó y lamió su cara con ansia.
Con una sonrisa abandonó el rellano y su figura fue tragada por la niebla.
Adair podía escuchar el murmullo del agua al deslizarse por el cuerpo de la mujer. Ardía en deseos por abandonar el rellano y contemplar su figura pero se obligó a pensar en Cinnia. Debía serle fiel y esperar hasta la próxima estación; la espera valdría la pena, se dijo, y se obligó en pensar en la joven. En su mirada, sus ojos cristalinos y verdes. Su cabello, que le caía en cascada de bucles castaños hasta su cintura. En la belleza de su rostro, blanco, prefecto, donde algunas sonrosadas pecas asomaban en sus mejillas, pero la imagen de su joven e inocente prometida fue tragada por el aspecto de la demonio. Con un grito de rabia abandonó el rellano y se guió por el sonido del agua hasta encontrar a la mujer bañándose en el embalse. Los rayos de las dos lunas bendecían su cuerpo, donde algunas gotas resbalaban por su piel. Desde la lejanía podía ver el perfil de uno de sus senos e incluso su oscura aureola. Sintió un repentino tirón en su entrepierna y al instante se vio engullido por la negrura de esos ojos negros. La demonio le sonreía descaradamente, se había girado y podía ver su hermosa figura al desnudo bañada por las lunas.
Ren salió del embalse y se detuvo a unos centímetros del chico; le empujó obligando a que se tumbara en el suelo y allí se puso a horcajadas sobre él. Besó sus labios, acarició y desnudó su cuerpo y comenzó a moverse rítmicamente hasta que el joven se vio sumergido por el clímax y la demonio rió por sus actos.
A la mañana siguiente la culpa hacía mella en Adair, no podía dejar de pensar en su prometida y en sus actos. Le había sido infiel. Había yacido con la joven, se había dejado seducir por sus encantos y lo que le hacía sentir peor era que no se arrepentía de ello. No podía olvidar las sensaciones que le había hecho sentir Ren, pero sabía que no podría volver a mirar a los ojos a Cinnia.
-Alegra esa cara -interrumpió Ren el silencio-. Lo de anoche no fue tan malo, o no para ti. Sé que al menos uno de los dos disfrutó.
Adair no hizo caso de las palabras de la diablesa y siguió adelante.
-Cinnia me odiaría.
-No tiene porqué saberlo. Escucha bien chico; piensa que lo de ayer te da más experiencia y podrás complacer a tu mujer mucho mejor. Además tu prometida no tiene porque enterarse, a no ser que tú se lo digas y piensa que quizá ella ya haya yacido con lord Asghord.
-¡Ella no es de esa clase de mujeres!
-Igual que tú ayer te viste sometido a mi poder de seducción también pudo haberlo hecho Cinnia. Una semana junto a un poderoso hechicero es mucho tiempo, quizá la joven no haya podido resistirse.
Sus palabras parecieron enfurecer al joven y siguió adelante dejando atrás a Ren quien no podía evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Su misión era cumplir con el deseo del joven pero admitía que disfrutaba destrozando el amor y la confianza que sentía por Cinnia. Rió y con un par de zancadas alcanzó al joven y siguieron su camino abandonando el bosque y acortando la distancia al castillo. Frente a ellos se erguían una extensa pradera. No presentaba ningún peligro pero por el trayecto encontraron huesos, algunos hombres agonizando y colgando de los mustios y secos árboles que crecían en aquellos parajes, jaulas, ocupadas en su interior por personas.
Adair quiso intervenir en su ayuda pero Ren se lo impidió y casi arrastró al joven por el trayecto hasta detenerse en un montículo donde pudieron contemplar la fortaleza del hechicero. Las piedras del castillo eran negras, sus cinco torres se encontraban repartidas de forma estratégica y, miradas desde el cielo, formaban una estrella de cinco puntas. Un acantilado los separaba del castillo y la puerta que daba a su entrada se encontraba recogida.
La pareja siguió avanzando por la pradera y en la cercanía pudieron observar los guardias del hechicero que esperaban su llegada.
-¡No quiero que te alejes de mí! -ordenó la demonio-. Lo último que quiero es que te maten y con ello no obtenga lo que quiero.
El joven se sintió herido por sus palabras, pero a pesar de ello no dijo nada y se resguardó tras unas rocas donde observó la batalla.
El ejército de hombres del hechicero desenfundó sus brillantes y pesadas espadas y corrieron hacia la mujer, quedándola rodeada en un circulo de guerreros.
La demonio no se inmutó por ello, sino que aguardó hasta que los soldados se abalanzaron sobre ella y giró sobre sí misma con su espada a la altura de la garganta. Algunos guerreros evitaron su golpe, otros no y la sangre cubrió el rostro de Ren. Siguió corriendo, seguida de los hombres y de pronto se detuvo e hizo frente a un hombre de gran altura y fortaleza extrema. Ambos aceros se estrellaron y los guerreros intercambiaron miradas. Ren saltó hacia atrás, agrandando distancias, y se giró a tiempo de detener la estocada de otro enemigo. Movió unos centímetros su pierna izquierda hacia atrás, tomó impulso y el joven e inexperto guerrero cayó al suelo donde el peso de su armadura le impidió moverse con agilidad y la espada de la mujer atravesó su garganta. Desincrustó su arma y echó a correr seguida de los hombres, aburrida ya de la persecución. A unos metros contempló una mole de piedras de varios metros de altura, y comenzó a escalarla con agilidad, llegando en un santiamén a su cima. Cuando se giró, sus ojos eran dos esferas rojas y un aura negra crecía alrededor suyo. Todos los hombres se detuvieron y sintieron el enorme poder de la demonio, pero ya era demasiado tarde para escapar de su furia. Una tormenta eléctrica comenzó a caer en la zona donde aguardaban los guerreros y, al instante, el lugar se encontró sumergido en un nauseabundo olor a carne chamuscada.
Los ojos de Ren volvieron a la normalidad y miró en dirección a la torre más alta del castillo, donde, a pesar de la lejanía, podía llegar a ver la sombra del hechicero. Finalmente bajó del montículo de piedras y volvió junto a Adair, quien cubría parte de su rostro con su mano.
-¡Continuemos!
El joven se limitó a seguir sus órdenes y los dos comenzaron a rodear todo el acantilado, buscando alguna forma de irrumpir en el castillo, pero la única puerta seguía cerrada a ellos.
Ren se sentía observada; sabía que el hechicero conocía su naturaleza y quizá quisiera algo de ella, pero por alguna razón que desconocía seguía sin poder entrar en su fortaleza.
La ansiedad crecía a cada momento en Adair, no hacía otra cosa que mirar al sol y ver cómo éste poco a poco, y según iba trascurriendo el tiempo, desaparecía dejando de bañar con su luz las praderas y con ello condenando a su prometida al matrimonio con el hechicero. Finalmente descargó su furia contra un enorme montículo de piedra negra que le superaba en altura y lleno de odio miró a la diablesa. Aguardaba a su espalda, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la más alta de las torres del castillo. Aquella mujer había asesinado a parte de su aldea, le había seducido con sus malas artes y se había visto engullido por la negrura de esos ojos, los cuales en ese momento estaban fijos en el castillo, en la torre más alta, lugar que sería ocupado por el hechicero. Una repentina ola de celos le recorrió al pensar que Ren fuera a seducir al hechicero al igual que hizo con él ayer noche, ardía en deseos por demostrarle como podía ser y entonces comprendió que la demonio le estaba cambiando. Hasta ahora nunca había actuado de esa manera, nunca había sentido odio o la rabia que le recorría y ésta ansiaba salir a flote; entonces recordó las palabras de la diablesa. A cambio de su petición ella le pediría algo cambio. Quizá ya se estuviera haciendo con esa parte de su ser, quizá estuviera corrompiendo su alma, la cual, hasta el momento, había permanecido pura e inocente, al igual que su cuerpo, que durante años había esperado con paciencia la edad para contraer matrimonio con Cinnia. Al volver a pensar en ella miró al castillo y sintió como si pudiera verla; no faltaba mucho para la medianoche y quizá las damas de lord Asghord ya estuvieran bañando su cuerpo, eligiendo sus prendas y preparándola para la ceremonia.
Al pensar en ello la furia explosionó en su interior y los puños de sus manos se cerraron con tanta brusquedad que se quejó levemente. Volvió a golpear el montículo de pared y entonces miró a Ren, su expresión era divertida; su boca dibujaba una mueca y parecía muy complacida por su actitud. La muy condenada la había engañado, poco a poco se iba apoderando de él y lo peor era que ni si quiera obtendría su deseo: salvar a Cinnia.
Con un par de zancadas se encontró frente a Ren, cerró sus manos en sus brazos y la acorraló contra el montículo de piedra sintiendo su pequeño cuerpo pegado al suyo.
-¡Maldita bruja! -maldijo. La presión sobre los brazos de Ren aumentaba por cada segundo que trascurría, pero eso no parecía importarle a la demonio; seguía impasible, con su sonrisa dibujada en su rostro y sus profundos ojos negros fijos en los suyos- ¿Qué me has hecho?
-Créeme, aún no te he hecho nada.
Las palabras de Ren le desconcertaron y ansió volver a sumergirse en la calidez de su cuerpo, sentir sus ardientes caricias y volver a contemplar la desnudez de su cuerpo. Incapaz de seguir ocultando su ardiente deseo despojó a la joven de su extraña vestimenta y los dos se dejaron llevar por la necesidad del momento, sin saber, que eran observados.
En la torre del castillo la imagen era reflejada en una esfera de cristal.
Lord Asghord era un hombre de mediana edad, protegido por una armadura negra y una fuerte constitución. Su cabello, rojo como el fuego, caía en suaves hondas hasta su espalda. Su rostro era curtido y se encontraba partido en dos mediante una cicatriz. Sus ojos negros estaban fijos en la joven pareja. Su plan había funcionado, la demonio había vuelto a seducir al joven, y miraba cada uno de sus movimientos al igual que la joven Cinnia. Estaba junto a él, vistiendo un gastado camisón blanco. Sus muñecas tenían marcas de haber estado amarradas, sus pies estaban descalzos, ensangrentados y después de la larga semana que llevaba encerrada en el castillo había llegado a olvidar el dolor que se sentía al ir sin zapatos. Su cabello caía lacio y sin vida. Su labio estaba partido, su rostro magullado y era surcado por las lágrimas al contemplar a Adair con la chica en una actitud tan íntima. Apartó la mirada y lord Asghord hizo desaparecer la visión. Se situó tras la joven, besó su garganta, la acarició con ansia, y por primera vez en días, la joven no puso ninguna resistencia; el ver al joven Adair yaciendo con la demonio la había destrozado.
Ren se cerraba su kimono alrededor de su cuerpo y volvió a mirar a la torre. El extraño aura que hacía unos instantes la rodeaba había desaparecido; no se sentía amenazada y sabía que había llegado el momento de reunirse con el hechicero.
Adair, y por indicación de Ren, volvieron atrás, a la entrada del castillo y poco a poco la puerta fue descendiendo dando paso a la entrada. La cruzaron sin demora, y allí les esperaba una joven sirvienta que les llevó hasta la última de las torres, y, tras hacer una leve inclinación de cabeza, se marchó.
Ren hizo a un lado a Adair y abrió la puerta con rapidez encontrándose frente al hechicero. La sala estaba vacía, sólo era ocupada por la bola de cristal y al fondo de la oscura cripta encontraron a Cinnia. Sus manos y tobillos estaban encadenados a la pared, su mirada parecía vacía y su cuerpo mostraba los estragos de la violencia a la cual el hombre la había sometido durante días.
Adair corrió hacia ella, sorprendido porque lord Asghord no se lo impidiera y libró de sus ataduras a la joven, la cual cayó inerte sobre sus brazos.
Ren desenfundó su espada y comenzó a caminar muy despacio alrededor del hombre, sin confiar en él, ni saber de sus intenciones.
-¡Un demonio! Me sorprende que Adair haya conseguido invocarte.
-Su deseo por verme era muy fuerte; atendí a su llamada.
-El chico no sabe que juega con fuego.
-Todo el que juega con demonios acaba quemándose, es un hecho que ha aceptado. ¿Por qué me has dejado entrar?
-Te quiero a mi lado. Tu belleza es inusual, y tu poder me atrae locamente.
-El último hombre que se sintió atraído por mí, ahora mismo se encuentra escondido en el interior de una pagoda, aguardando mi llegada, la cual, debido a otros asuntos, se está demorando -llevó su espada a su izquierda y miró fijamente al hombre- ¡ El juego ha terminado! Quiero ver cumplido mi deseo y eso no será así hasta que no te dé muerte.
Con un grito de rabia se lanzó contra el hombre y comenzó a moverse con una agilidad felina, a asestar golpes con violencia, ninguno de ellos mortal, sabiendo que había subestimado a su oponente. Los dos aceros se estrellaron con fuerza y el hechicero comenzó a caminar, obligando a Ren a retroceder, hasta que la acorraló contra la pared. Las dos armas dejaron de enfrentarse y de una estocada, el rápido hechicero, incrustó su arma en el hombro derecho de la demonio.
El grito de la chica resonó en toda la sala, la sangre comenzó a manchar sus ropas y el suelo, y la habitación se llenó de su olor. El hombre extrajo la espada con fuerza, provocando un agudo dolor al demonio, y saboreó la sangre en la espada ante la mirada de rabia de la mujer. El odio comenzó a crecer en ella, sus ojos se volvieron más rojos, sus iris fue absorbido y las carcajadas del hombre cesaron. El silencio reinó en toda la sala y un fuerte destello rojo la iluminó durante un instante y cuando éste se disipó toda la habitación estaba ocupada por diferentes Ren.
El hechicero, alarmado por el descomunal poder de la mujer, comenzó a golpear con su espada cada una de las visiones, pero por cada golpe que daba dos visiones más aparecían y la risa de la mujer se volvía más insistente. Gritó de rabia y comenzó a moverse por la habitación como un loco, golpeando cada una de las visiones, sin saber que Ren aguardaba oculta en uno de los rincones, esperando su oportunidad, y llegó cuando le dio la espalda. Abandonó su escondite y con su mortífera arma atravesó la nuca del hombre. Los gritos del hechicero desparecieron, también las visiones y finalmente el cuerpo sin vida de lord Asghord cayó desplomado.
Ren limpió la afilada punta de su arma y se dirigió a la pareja; seguían en el fondo de la habitación, mirando sorprendidos todo el espectáculo.
-¡Es hora de reclamar lo mío!
Adair se alejó de Cinnia, la dejó tambaleándose, y se detuvo ante la joven. Era el momento de entregarle su alma y sabía que valdría la pena; al menos había liberado a Cinnia de su encierro.
-Sé que es el momento de entregarte mi alma.
-¿Sabes Adair? Yo no soy como los demás demonios, hay algo que aprecio más que un alma: la sangre.
-¿Quieres mi sangre?
-En realidad quiero la sangre de lo que tú más quieras: Cinnia. Sellaste el pacto, es hora de que haga mío lo que se me prometió.
Adair quiso protestar, pero la mujer ya no estaba frente a él, y entonces escuchó el fuerte grito de Cinnia. Se giró y la encontró siendo mordida por el demonio, un hilo de su sangre se deslizaba por su garganta y sintió la sangre bullir en su interior al ver sufrir a su amada. Desenfundó su espada y con un grito corrió en dirección a la mujer pero entonces sintió un fuerte dolor en su costado. Miró en su dirección y se encontró con que Ren lo había atravesado con su katana.
-¡Zorra!- murmuró antes de caer al suelo, y desde ahí, contempló la muerte de Cinnia y más tarde sus ojos se cerraron para siempre.
Ren dejó caer el cuerpo sin vida de Cinnia y tras limpiarse la sangre que cubría su boca decidió que era el momento de volver a la guerra. Una estrella, de cinco puntas, y de un intenso color carmesí apareció bajo ella, y al instante volvía a encontrarse entre cañas de bambú.
El tiempo volvió a la normalidad, la batalla siguió su ritmo y ella irrumpió en la pagoda. Sin miramientos se dirigió al último piso, de forma pentagonal, donde aguardaba un samurai embutido en una armadura roja y cuando pensaba enfrentarse a él, sus hechos le sorprendieron. Había abierto las puertas que quedaban a su espalda y le daba paso al interior en el que esperaba el Emperador. Durante un instante su seguridad se vino abajo. El casco no protegía su rostro y podía ver sus rasgos, su cuerpo tampoco iba protegido por la armadura y no pudo evitar recordar cuando no hace mucho compartían cada noche algo más que palabras.
-¡Ren-chan!
El tono con el que se dirigió a ella la estremeció; sintió que todo cuanto le rodeaba había desaparecido y su espacio sólo volvía a formarlo él.
-¡Ven a mí!- pidió ofreciéndole la mano.
Ren obedeció, siguió su deseo, y fue hacia él. Tomó su mano, áspera debido al contacto de la espada, la cual, la devolvió al pasado y los recuerdos que con toda su ansia había intentado borrar.
-Mi pequeña demonio, ¿por qué haces esto? ¿Despecho quizá? Estoy seguro de que los dos podemos hacer desaparecer estos cuernos de tu preciosa frente y con ello acabar con esta absurda guerra.
-¡Gentaro-chan!- susurró casi oculta en su pecho.
-¡Dime preciosa!
-¿Qué harías si renunciara a mi control sobre las bestias?
-Te daré el trato que desde un principio te merecías. Vestirás las mejores galas, ocuparás mi palacio y mi lecho todas las noches- le comentó, mientras de su espalda, extraía un afilado cuchillo.
-¿Seré tu concubina?
- Sí, mi predilecta. Tendrás el mejor trato.
Ren se separó con fuerza, dio varios pasos hacia atrás y desde allí miró con odio al hombre. Fue entonces cuando deparó en el cuchillo y comprendió sus intenciones.
-¡Canalla!
-Ren-chan, sabes que no puedes ser emperatriz.
-Hace tiempo que dejé de ser Ren-chan para ti- gritó con violencia y agitó su espada con violencia.
El samurai se cruzó en su camino y Ren, furiosa por la traición del Emperador, cerró su mano derecha en un puño y el samurai cayó al suelo, agonizando y sangrando. Ren pasó por encima de él, acortando distancia con Gentaro.
El Emperador, al ver sus intenciones, corrió hacia su amasijo de ropas para recuperar su espada, pero la demonio fue más rápido y lo último que vio fue el brillo de la espada.
La cabeza de Gentaro Yuki, emperador de Washi, rodó por el suelo y Ren la tomó sin miramientos. Bajó cada uno de los pisos de la pagoda, y frente a un ejército de demonios y bestias que tenía sublevado a los hombres, mostró la cabeza del Emperador, en señal de victoria. A partir de entonces el reino de Washi sería gobernado por Ren y sus bestias.
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