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Relato Fantástico: Los Cuatro Tronos (III)
De la batalla de Kramicrogseum, la muerte del rey Siseron y la conquista del tercer trono
Por Luis Mairo Hernández Vera

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (III)
He aquí el tercer libro que he escrito en base a los códices que encontré en las cuevas de Imefún al Oeste de las ruinas de Kamicrogseum. La verdad no sé razón de quien haya podido haber escrito estos bellos libros, pero cierto es que fueron para mi provechosos.
Los códices están desgastados por el tiempo y los insectos, estos últimos han dañado seriamente gran parte de los dibujos y los manuscritos. Es por ello que parte de este libro contiene muchas de las narraciones de los ancianos que encontré en las aldeas cercanas a las cuevas de Imefún, que aunque disertantes, concuerdan en su mayoría con los eventos que hacen falta y trascienden en los códices. He tomado solo algunos de estos relatos, los más parecidos a las secuencias de los manuscritos, aunque debo afirmar a vosotros, señores míos; que tales historias carecen de mi confianza, más sin embargo son ricas en hechos y en trama, y es por ello que he decidido incluirlas antes que desaparezca como las paginas faltantes de estos códices.
Este es pues el tercero de los cuatro. El que narra la caída de la ciudad del Sur: Kamicrogseum, la capital de la alta muralla.

Al final de la tarde en la aldea más nórdica del país del Sur se vio cabalgar a un caballero Ititense. El enviado por la corona pregono una advertencia a este país tan alejado del mundo.
Los que lo oyeron quedaron atrapados en la zozobra de los inesperado, aquella misma que había afectado los oídos del pueblo del Oeste.
Un ejercito venia del Norte como una sombra que serpenteaba las praderas del valle del río Selir. Su paso es lento, pues su carga es alta, pero su convicción es aun más grande que su carga. Pronto rodearan la espesura del gran bosque y llegaran a la ciudad de la muralla alta. Y dicho esto el caballero partió con la promesa de que Itita enviaría ayuda al país del Sur, el más lejano de los tres.
Los rumores del caballero fueron confirmados por diez aldeanos que partieron rumbo a las montañas del Gran Bosque, y lo que allí vieron les aterro. En la frontera con el país del Oeste se advertía una gran mancha oscura que empezaba a rodear los lindes del Gran Bosque. Su marcha era constate y hacia rugir la tierra como si estuviese viva. En medio de aquella serpiente de hombres aglomerados se advertían cinco torretas bélicas acompañadas por sendas ruedas y haladas por lo que parecían animales fornidos. Y atrás de la marcha las catapultas, que a lo lejos, parecían cucharones gigantes que se movían lentamente.
Los aldeanos corrieron como nunca lo habían de hacer en sus vidas. En medio de su temor, la espesura del bosque se volvió mansa y despejada. La aldea estuvo cerca gracias a su osadía. Y una vez allí, alertaron a todo aquel que tenía oídos para la noticia, y ante tales verdades no hubo tiempo de lamentarse, ni de quejarse, ni de siquiera sorprenderse, pues solo hubo tiempo de huir al único lugar seguro y cercano: Kamicrogseum.
El país del Sur era el único que no poseía salida al mar, su economía dependía de las minas de oro que existían en las montañas cercanas. En la época dorada fue este un país rico, tan rico que se dio el lujo de edificar una muralla alta y gruesa que rodeara el castillo de la casa de los
Siseron, los señores del Sur.
Kamicrogseum, fue el epicentro de la bonanza de los primeros reyes del confín del Mundo
Conocido. La ciudad fue epicentro del comercio, pues fueron muchos los ricos que levantaron sus casas de piedra dorada en el interior de las murallas. Pero la bonanza del oro terminó, los yacimientos terminaron con su producción, y cada vez era más complicado encontrar las vetas del oro ansiado en las montañas, la casa de los Siseron decayó, y con ella el comercio y la opulencia. Lo único que quedo de aquella época de riqueza, fue la torre alta de un castillo a medio terminar, las casas de los que alguna vez vieron la fortuna, y que hoy solo son refugio de pobreza y desventura, y la muralla alta, el más hermoso tesoro de la casa de los señores del Sur.
Desde las atalayas se veía el desfile de aldeanos que venían de las cuatro aldeas del reino, que trataban con afán de ingresar a la ciudad. Todos traían en sus rostros los lamentos de los rumores que venían de todas partes. Muchos afirmaron que hacia pocos días se vio fuego cerca de la Torre Gris de Agion, las noticias de Sisergath eran cada vez más ciertas, y más aun se afirmaron cuando un grupo pequeño de fugitivos de la Isla Muerta llego a Kamicrogseum en busca de asilo entre las murallas.

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (III)
Al interior del castillo de estructuras a medio terminar, yacía sentado en el trono majestuoso el joven rey Siseron X. Escuchaba las noticias que traían sus habladores súbditos, quienes afirmaban que en la noche siguiente el ejercito del Norte estaría atacando Kamicrogseum.
Aquello preocupo severamente al joven rey quien no hacia muchos años había sentado su poder sobre el trono del reino. Su juventud no inspiraba más que lastima, pues ante la tensión de la guerra que se aproximaba, las únicas palabras que salían de su inexperta boca eran para alabar al bienaventurado caballero de Itita, aquel que traería ayuda. Afirmaba con seguridad convincente, que si el enviado de la casa del Este era rápido en sus promesas, la ayuda del pueblo bendecido estaría cruzando en aquel momento el estrecho del Este rumbo a Kamicrogseum, y si el buen tiempo y la buena marcha los protegían, llegarían a la ciudad poco después de que las hordas inmundas del señor del Norte empezaran a desatar la batalla.
<>, decía con una seguridad que convencía hasta el más desesperanzado. Sin embargo sus fieles consejeros sabían que tales servicios nunca llegarían. El país del Este, tan religioso, tan consagrado, tan poderoso en su fe. No ayudaría jamás a un país impío, que había renunciado a todo credo y a todo valor de esperanza a cambio del oro y las riquezas.
El rey Siseron X, no creyó en tales profecías, sin embargo, concedió la duda a las palabras de sus sabios señores, y siguiendo sus consejos ordenó preparar la ciudad para la guerra.
Los ejércitos estaban dotados de buen armamento, ya que en aquellas tierras era también abundante el hierro, el cual vendían con facilidad a Itita y Arag-Utum, donde vivían los grandes herreros.
Aunque el país del Sur no era bendecido con tales maestros, su herrería era buena y le permitía sostener un ejército preparado para cualquier evento. Pero la mejor arma con la que contaba la ciudad, era su muralla de roca sólida, alta y majestuosa, casi que impenetrable. Y era aquella arma lo que alentaba a muchos a buscar protección en la ciudad. Estaban seguros que el sur no caería, y que primero se rendirían los ejércitos del señor del Norte, antes que la muralla cayese.
Las caravanas de alimentos y barriles cargados con agua empezaron a recorrer las calles polvorientas rumbo a las sólidas paredes de los acopios construidos en las barbacanas de la ciudad, mientras que los soldados se ubicaban a lo largo de las terrazas de flanqueo de la muralla, la poterna de entrada y las dos torres de defensa con las que contaba la gran pared.
Expectantes ante cualquier cambio en el horizonte silueteado por las montañas del Gran
Bosque y la Montaña Blanca, en cuya cima las nieves cambiaban de un tono blanco marfileño a un naranja refulgente que anunciaba la llegada del ocaso, quizás el ultimo que verían en sus vidas, pues al Norte amenazaba una negrura espesa de nubes que viajaban con rapidez hacia la pradera de pastos verdes en la que estaba erguida la ciudad.
El joven rey se ocultaba bajo las cortinas de su propio miedo, caminaba los pasillos imaginando que todo aquello no era más que un mal sueño, una pesadilla oscura como el encapotado del cielo nocturno. Llegarían mañana en la noche, envueltos en escudos y torretas de guerra, llenos de odio, llenos de olor a muerte, poseídos por la fuerza del señor de los dos tronos. El buen rey meditaba, y entre más meditaba más se llenaba su corazón de dudas y ansiedad, no había llanto consolador, no había murmullos aliviantes, la hora llegaría, y el joven muchacho no quería estar allí cuando la batalla llegara, la cobardía fue su verdugo, y la esperanza el néctar aliviante de su jovial miedo.

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (III)
El sol de la mañana llego tardíamente, el cielo lucia diferente, envuelto entre densas nubes de grises y negros. Las aves no cantaron, solo el viento soplaba desde el Este con un aroma conocido solo, por los pocos que lograron escapar de Sisergath. Al Norte la niebla cubría el paso del enemigo, nada más que el blanco desolante y frío de la bruma se divisaba en el horizonte. Los soldados de la muralla estaban atentos, mientras otros trataban de calibrar las dos catapultas de defensa con las que contaban. La piedras eran subidas una a una por los hombres fuertes de la ciudad, mientras el joven rey observaba desde un ventanal como la ciudad se movía ansiosa por la batalla, tan segura de la victoria, tan tranquila y tan llena de la seca esperanza humana, y aquello lo aliviaba, auque en el fondo de su alma se libraba una guerra más poderosa, una guerra contra los fantasmas absurdos de su miedo, una guerra de la que poco hablaba, pero de la que muchos después hablarían.
El día pasaba como pasan las sombras de las aves cuando rompen la luz del sol al medio día, rápido y solo perceptible para algunos pocos. En lo alto, el globo de fuego no era más que un circulo perlado que trataba a tientas de asomarse entre la densidad de los nubarrones. La tarde llegó de sorpresa y poco a poco todo se empalidecía con desesperante rapidez, como el ultimo soplo de luz de la vela extinta. Todos buscaron refugio, incluso los soldados guardaron abrigo en lo más profundo de sus almas.
Un viento feroz soplo del Oeste llevándose la niebla que había impregnado el aire durante todo el día. Era como si la niebla misma temiera lo que ella misma había cubierto. El ejército del señor del Norte se hizo visible en forma de antorchas de dorado fulgor que invadía el horizonte, parecía que todas las estrellas del cielo hubiesen caído al mundo formadas en línea recta. El paso de las tropas retumbaba desde el suelo, el halar continuo de las bestias era evidente hasta para el más sordo de los hombres. Pronto todo estuvo formado. La muralla fue enfrentada con el ejército del Norte, las filas de miles de soldados se veían como vetas negras surcando el piso barroso de la explanada en donde se había construido la ciudad. Las torretas y las catapultas eran haladas por una especie de toros gigantes y peludos que nadie en el joven mundo conocido había visto antes, y que solo la magia perversa de los veinte brujos pudo haber concebido.
Delante de las tropas iban cuatro corceles encapuchados que sostenían un palo largo a especie de lanza pero sin punta filosa. Miraban hacia arriba en dirección a la poterna y a las torres de defensa. La puerta forrada con láminas de hierro era también su seducción, largo tiempo las observaron mientras las tropas se enfilaban con sus arcos y escudos. En lo alto se dio el aviso, la campana retumbo en los oídos de toda la ciudad: la guerra había llegado.
Los corceles encapuchados levantaron sus varas, y una luz de fulgor dorado irrumpió la oscuridad. Pronto en una chispa de lucidez se observo la gran horda que estaba lista para el ataque. Los corazones de los soldados de Kamicrogseum se detuvieron por un segundo ante tal revelación aterradora, solo el paso refulgente de las rocas ardientes lanzadas por el enemigo desde sus catapultas los sacó del letargo. De las torres de flaqueo volaron las piedras de la defensa, mientras desde la gran masa empezaban a proyectarse una lluvia de rocas incandescentes que pronto penetraron en la ciudad causando sendos incendios. Las catapultas enemigas lanzaban cada vez más rápido las bolas de fuego, el caos se apoderaba de la ciudad que encerrada trataba inútilmente de sofocar las llamas que parecían tener vida propia. Afuera, las flechas volaban en todas direcciones, y pronto la defensa de la muralla se debilitó. Las torretas de guerra irrumpieron la muralla alta, las escaleras dominaron la imponencia de la construcción, la invasión era inevitable, la mejor arma de la ciudad había sido dominada.
Las catapultas de la portena no resistieron el abate de las tropas del Norte, los soldados se arrinconaban rumbo a las murallas interiores del castillo real para proteger al rey que yacía en el interior tratando de convencerse que aquella batalla solo era un producto horrible de sus miedos profundos. Se tapaba los oídos con las manos fuertemente para evitar escuchar los estruendos de la batalla, y los quejidos dolorosos de aquellos que eran alcanzados por las llamas. Cerraba los ojos y entonaba con fuerza los poemas de las épocas de bonanza para tratar inútilmente de traer a su mente pasmada, los bellos días de la ciudad que ahora yacía en llamas. Mientras el joven rey se resignaba a sus sueños hermosos, el reino caía lentamente ante la acción de las llamas. Ahora la muralla de la cual tanto se vanagloriaban era una trampa que no les dejaba salida alguna, como una cárcel de muerte que los ahogaba lentamente y los condenaban al fracaso. Las tropas eran firmes, los soldados más fuertes luchaban contra la invasión que venia desde lo alto de la muralla, los arqueros ubicados en la barbacana disparaban contra todo aquel desconocido que se asomase en las alturas, también desde las torres de flanqueo, los sobrevivientes un tanto heridos luchaban para evitar la invasión del ejercito de Arag-Utum. Mientras que afuera los señores oscuros alzaban sus conjuros sobre la puerta sólida que protegía la ciudad en llamas, el punto más débil de la batalla, si la puerta era vencida también lo seria el ejército de Kamicrogseum.
Pero en el castillo de la torre solitaria una voz de batalla salía como un viento voraz que soplaba con furia. Pronto de la puerta principal de la torre real emergió un caballero con espada y armadura hermosa, era el rey. Muchos quedaron asombrados mientras el joven muchacho gritaba a viva voz «A la lucha soldados, por la victoria» La delgada figura de armadura plateada que apuntaba su espada hermosa hacia el cielo pasaba por las estrechas calles cabalgando el corcel real con gran agilidad. Su voz llena de juventud conmovía los corazones y los llenaba del ansia hermosa de luchar por lo que les pertenece.

Relato Fantástico - Los Cuatro Tronos (III)
El misterio quedaría en medio del silencio eterno de las paredes del castillo de Kamicrogseum, nadie comprenderá nunca que ocurrió en la mente del joven Siseron, solo recordaran aquel grito que lleno sus corazones del ansia fluyente de enfrentar la batalla. Todos, soldados y campesinos tomaron sus armas y siguieron a su jovial rey en busca de la ya, derruida puerta. Si, el último bastión de la ciudad caía desmoronado por los encantamientos perversos de los brujos de Sibat. El grito de la batalla se hizo realidad, las sombras entraron en medio de luces doradas que emanaban de sus largas varas. Un perfume a muerte rodeo toda la ciudad. El joven rey marchaba en su caballo y pasando en medio de sus súbditos se dirigió sin miedo y con seguridad de valiente, en busca de los encapuchados de varas largas. Su rostro denotaba una gran rabia, como si el espíritu de una bestia lo hubiese poseído. Su espada se levantaba como un cirio iluminado por la pálida luz de la madrugada fría que llegaba a aquellas tierras bañadas en sangre valiente. Nada detenía al rey y al ejército de soldados y campesinos que armados con espadas, cuchillos y sus hoces se levantaban con la misma furia de su rey, en contra de sus enemigos.
El joven rey Siseron ataco a los cuatro de Sibat, su ira era incontenible como una fiera en medio de la caza de su ansiada presa. El silbido de su espada rompiendo el aire se combinaba como una melodía perfecta con el golpe de los hombres contra los hombres. Sus ojos de león atravesaban la mirada de sus enemigos, quienes inmóviles veían como el joven caballero de armadura de acero golpeaba sus varas refulgentes con el brío filoso de su espada.
Pronto las flechas silbaron como pequeños zumbidos agobiantes, el cuerpo del joven atravesado era por la lluvia mortal. Pero aun así lucho contra su enemigo, logrando lo que hasta ahora nadie había logrado; romper la vara de uno de los brujos de Amorgorog-Sibat. Un chillido horrible emanó del encapuchado, un estrépito que repico en los oídos de cada uno de los que combatían. Un desconsuelo que solo aquellos que lo vivieron podrán recordarlo en sus mentes perdidas. El buen rey moría con dignidad en medio de un eco desesperante y abrumador. Siseron X, el más joven de la casa de los Siseron, el último en su dinastía, moría con la misma dignidad con la que sus antepasados surgieron como reyes del Sur en el naciente Mundo Conocido. Su cuerpo lleno de flechas fue finalmente decapitado por el brujo al cual había roto su preciada vara, aquél mismo que lleno de furia maltrato el ambiente con aquel grito de dolor. Y con la muerte del joven rey, murió también la ciudad de Kamicrogseum, aquella por la que muchos alentados por el hermoso cabalgar de su valiente rey, murieron con el alma del guerrero, como su rey, a quien la historia y solo la historia recordará en los códices de Imefún.
Nada se escribió del motivo que causo que el joven rey sacara su casta en medio de sus miedos.
Aquel será un secreto que guardado estará en la mente de su hacedor para siempre. El misterio de Siseron X perduro, más no su cuerpo, que fue desaparecido de la faz del mundo el mismo día en que Canophulus tomaba posesión del trono del Sur. Muy pocos vivirían para escribir sobre tal maniobra. Solo se sabe que fue breve, y que izó la bandera bordada con el Trialde en lo alto de la torre del castillo humeante de Kamicrogseum. Desde donde partiría con su ejército hacia el reino de Este, el más ansiado por él… Itita.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de mayo del 2007