El pequeño dirigible de Clara se cruzó con un grupo de ángeles que volaban hacia el Este. Los seres ignoraron a la aeronave y, batiendo sus alas luminosas, volaron mar adentro. Al poco, eran sólo unos puntos brillantes en el horizonte.
“Me queda poco tiempo” – pensó Clara.
Corrigió el rumbo del dirigible para evitar la siguiente ciudad costera. Las grandes ciudades abandonadas la ponían nerviosa. Ya antes de la Plaga, cuando no eran tumbas de hormigón y ladrillo, las odiaba.
Juan la esperaba en el claro. Le ayudó a amarrar el dirigible y a descargar los suministros.
– Traigo los repuestos para la radio –dijo Clara –. Entre los hombres del Norte aún hay quien se atreve a merodear por las ciudades en busca de tesoros. Pero cada vez son menos.
Juan asintió. En un tiempo él mismo había sido merodeador. Ya no. Un día sintió miles de miradas clavadas en su nuca en una ciudad muerta. Quizás fue la soledad o quizás los fantasmas. Nunca volvió para averiguarlo.
– Vi ángeles en la costa. La rueda de Ezequiel está cerca. Tengo que estar preparada.
– ¿Estás decidida? –La pregunta flotó en el aire por enésima vez en los últimos meses.
– Conoces la respuesta Juan, no podemos seguir viviendo así.
Diez años atrás la Plaga había exterminado al noventa por ciento de la población de la Tierra. Las tres cuartas partes de los supervivientes murieron en los dos años siguientes. Muchos se mataron entre ellos, otros enfermaron de tristeza y se dejaron morir. Los restos de la humanidad se agruparon en comunidades agrícolas y languidecieron.
Y un día llegaron los ángeles. Simplemente estaban ahí, observando desde el cielo. Tan tópicos en su etérea belleza luminosa y sus rostros inexpresivos que casi resultaba ridículo. Nunca dijeron una palabra, se limitaban a planear sobre los hombres y a dejarse admirar.
Por supuesto abundaron las revelaciones, menudearon los profetas e incluso los milagros de poca monta, como la curación rápida de un esguince. Siempre a personas solitarias y sin testigos. Miles de años de cultura religiosa hicieron el resto: la Plaga era el Apocalipsis y los ángeles preparaban la llegada del Señor para el Juicio Final. Nadie podía mirar al cielo, ver a los ángeles y pensar en que otra cosa podía ser.
Casi nadie.
Clara apartó el electrodo del cordón de soldadura y apagó el equipo. Se quitó la máscara de soldar y miró a Juan.
– No podemos dejar que esta mentira continúe –dijo poniéndose en pie.
– No sabes si es mentira, Clara.
– ¿Ángeles? ¿El día del Juicio Final? Eso son tonterías.
– ¿Y que son Clara? ¿Extraterrestres? ¿Elfos y hadas que reclaman su lugar en la Tierra?
– No lo sé –replicó Clara –. Por eso estoy construyendo el Beatrice.
Juan posó sus ojos en las paredes del taller. Estaban cubiertas de cientos de planos y cálculos. El Beatrice, la pequeña cabina presurizada que impulsada por un enorme globo de alta altitud y aire caliente, llevaría a Clara hasta los ocho o nueve mil metros de altura. Al encuentro de La rueda de Ezequiel.
Clavada con una chincheta, casi ahogada entre los planos, Juan miró la foto de un hombre joven y dos niños pequeños.
– Esto no va a devolvértelos –dijo arrepintiéndose al instante de sus palabras.
Pequeñas arrugas se formaron en los ojos de Clara. Durante un instante pareció empequeñecerse. Sólo un instante.
– No lo entiendes Juan –dijo cansada –. Nos están matando.
– Muy al contrario –replicó él –. Desde que llegaron la gente ha dejado de pelearse. Los bandidos prácticamente han desaparecido. La gente es mejor.
– ¡La gente tiene miedo de ser castigados por un dios enfadado! Estamos agonizando como especie. Esperando un juicio que nunca llegará. Hemos perdido la iniciativa, la esperanza. ¿Para qué mirar al futuro si no hay tal futuro? Apenas si nacen niños ya. Mejor estarnos quietecitos y ser buenos para no cabrear a esos buitres luminosos. Eso son lo que son, ¡buitres esperando a que el último humano sea carroña!
– ¿Y si no es mentira? –respondió Juan suavemente –. ¿Y si son lo que parecen?
Clara sonrió y señaló con un gesto la pequeña cabina presurizada.
– Entonces el espíritu de Beatrice, el amor de Dante, volverá al Paraíso. ¿Me ayudarás?
Juan contempló la pequeña figura de su amiga Clara. Las canas prematuras, las manos estropeadas tras meses de trabajo incansable en el globo, la mirada brillante. Suspiró. No podía competir con los fantasmas del pasado atrapados en una foto ajada, ni con el espíritu de la amada de un poeta.
– Siempre lo he hecho –. Dijo finalmente.
La rueda de Ezequiel no parecía una rueda. Se trataba de una formidable nube parecida a un yunque invertido. Una enorme nube de tormenta, pero, que a diferencia de las verdaderas, desplegaba su base a mucha más altura, a unos ocho mil metros. Sus formas, aunque similares a las de un clásico cúmulo—nimbo, despedían curiosos destellos irisados y una extraña solidez artificial que le conferían un aspecto aterrador. También era una de los varios cientos de nubes similares que viajaban a lo largo de la Tierra y en las que tantas veces se había visto aparecer y desaparecer a los ángeles.
Ahora se encontraba a pocos kilómetros de vertical de la aldea.
Varios hombres se afanaban con las últimas maniobras de despegue en la playa dirigidos por Juan. A este le había costado encontrar aldeanos dispuestos a colaborar en lo que muchos consideraban una blasfemia. Tuvo que hacer acopio de todo el carisma y el prestigio que había acumulado durante años como uno de los líderes de la aldea para vencer la reluctancia de los más atrevidos. Reclutó a cuatro.
El globo de Clara, el Beatrice, era impresionante. Mucho más que el pequeño dirigible publicitario que había recuperado para sus cortos viajes entre comunidades. Confeccionado con los restos de otros globos, tenía unos cuarenta metros de altura. Ahora se alzaba como una multicolor torre de aire caliente agitada por la suave brisa del mar. El eco en la cúpula del globo devolvía el ardiente rugido de los quemadores de propano. Clara revisaba por última vez la pequeña cabina esférica desde la que pilotaría la aeronave. Juan se acercó a ella.
– Parece que llegó la hora – dijo señalando la inmensa nube que se acercaba desde el océano –. Todavía estás a tiempo de olvidar esta locura.
Ella no dijo nada, sólo se acerco a él y se fundieron en un largo abrazo.
Contemplaron la lenta ascensión del Beatrice con el corazón encogido. Juan sabía que el control de Clara sobre el globo se limitaba prácticamente a variar su velocidad de ascensión, pero el tamaño de la Rueda de Ezequiel era tal que representaba un blanco fácil para una piloto experta como ella. Cuando la distancia se hizo mayor los hombres recurrieron a los binoculares. Juan vigilaba la ascensión con un pequeño telescopio. Finalmente el Beatrice se acercó a unos quinientos metros de la base de la nube.
Y entonces, ángeles, decenas de ángeles aparecieron por los bordes de la nube.
Juan nunca había visto tantos juntos. Planearon majestuosos al encuentro del globo y lo rodearon. Lo van a derribar, pensó desolado durante un momento. Pero los ángeles se limitaron a trazar luminosas espirales alrededor del Beatrice, acompañándolo en su ascensión. Era un espectáculo impresionante. El enorme globo, diminuto frente a la nube, escoltado por decenas de aquellos seres de luz. El miedo dio paso a la maravilla en el corazón de Juan.
La cúpula del globo alcanzó la nube y comenzó a sumergirse en ella lentamente. Al final la pequeña cabina fue engullida por la nube y los ángeles desaparecieron tras ella. Sólo quedó aquella enorme nube de tormenta flotando sobre el mar.
Lo consiguió. Clara consiguió su verdad.
Los hombres guardaron silencio durante unos minutos. Juan miró sus rostros. Había en ellos temor reverencial, si. Pero creyó atisbar en sus ojos el brillo. Aquel mismo brillo que iluminaba los ojos de Clara y que creía olvidado para el resto de los hombres. Uno de ellos se atrevió a hablar:
– ¿Creéis que… que volverá? –dijo en voz baja.
Juan apretó los dientes. Por primera vez en muchos años sintió que algo se agitaba en su interior. Algo perdido y que Clara y su Beatrice le habían devuelto.
– Volverá –respondió con decisión –. Y si no vuelve, iré a buscarla.
Al día siguiente comenzó la construcción del Dante.
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