LIBRO II
EL SEGUNDO TRONO
El libro del escriba de Sisergath
ADVERTENCIA
He aquí que en la isla de Geasia, la antes llamada Isla Muerta se han encontrado por mi merced los tres libros de Aztenamon el escriba de la ciudad de Sisergath, hoy llamada Acuff. El primer libro narra los años valientes de la ciudad del castillo del gran domo que fue construida cerca de las acantiladas costas de la península del Trébol, llamada así por la forma singular que apareció en los primeros mapas del Mundo Conocido. Habla también de lo limites de los reinos y de los dominios de la casa de Sisergath, los cuales incluían la Isla Muerta y el Golfo de Baz, mostrados aquí en un bello mapa, el único que sobrevivió a las guerras de Ígneos.
El segundo de los libros es el del comercio y la economía, cuenta los tratados de los mares y los caminos del comercio de pieles, tan famosos en el antiguo país del Oeste. Habla también de las riquezas del mar de Agion, de sus pescadores y los frutos del mar que eran llevados al interior en las caravanas de los comerciantes de la luna, llamados así, por que solo en las noches de estrellas brillantes viajaban.
Y el ultimo de los libros narra los eventos de la conquista de Sisergath por el señor del Norte. He leído las páginas frágiles de este libro y me han conmovido, es por ello que lo incluiré en este historial con sus versos tal y como fueron escritos, no he de tocar ni una letra, ni un símbolo, pues todo lo que allí escrito esta, es tan completo que no necesita retoque alguno.
He de escribir por orden de su majestad el rey Nicomedes, los eventos de la mañana. Me ha ordenado mi señor que narre todo cuanto ocurra en estos días, pues en el Norte se agitan los mares y se levantan grises humos. Un nuevo señor domina aquel país, pero de aquello poco se sabe, los rumores son muchos, pero las verdades son pocas.
En esta, la mañana del día veinticuatro del sexto ciclo de la luna, ha llegado un caballero extranjero portando noticias al rey Nicomedes. Su majestad lo ha de recibir en el salón del trono donde le acompaña su modesta corte. El hombre de alta estatura y porte principesco se presenta como Sirelth, y sus ropas son conocidas por este servidor. Sin dudarlo viene de Itita, lo sé por que todo su ropaje es de una belleza indescriptible para mí. Sé que en Itita las tejedoras pasan días y algunas veces años entrelazando las telas de las ropas de la corte, es por ello que las telas del Este son caras y poco apetecidas aquí en el humilde país del Oeste.
El hombre portador de noticias graves, fue enviado por los reyes de su país a espiar los lindes con el Norte e investigar lo que allí sucedía. Y tales eventos es de mi deber aquí consignarlos:
“…Allí en el Norte hay un señor de ropas negras dominado en los restos de la ciudad de Arag-Utum. Servido es por veinte encapuchados con varas que dominan los elementos. Los hombres han formado un gran ejército, yo los he visto partir ayer en la mañana. Tres compañías se mueven como los ríos de las montañas atravesando el gran valle que termina en la gran montaña. Vienen en conquista de los países libres en nombre de su señor de ropas negras. Todos portan el nuevo símbolo, el Trialde. Y todo aquello que posea ese signo será propiedad del señor de ropas negras. He venido ante el rey de Sisergath a prevenirle, pues esta ciudad es la más cercana a Arag-Utum. Debe armarse mi buen rey y proteger sus dominios pues el enemigo asecha con armas fuertes comandados por los veinte de Amorgorog-Sibat. Vienen por el valle, una compañía se ha dividido y ha partido rumbo a Sisergath, su avance es lento, pero su poder mortal. Mañana atravesaran el Istmo y ingresaran a la península con una sola meta: marcar esta tierra con el símbolo del nuevo rey del Norte…”
El hombre se retiró prometiendo que cabalgaría con rapidez hacia Itita para solicitarles a los reyes que envíen tropas al Oeste en ayuda de Sisergath, pues es de todos conocido que este no es un país de grandes ejércitos.
Aunque sus intenciones sean buenas sé que no es mucho lo que se pueda hacer. Itita esta lejos, tan lejos que tardaría cuatro días o más en llegar a la ciudad cualquier ayuda de ese país. Y aquello preocupa al rey, quien desconsolado pide consejo a los ancianos que le sirven. No hay otra alternativa más que enfrentar tal amenaza. Mañana llegaran las tropas y es mucho lo que hay que pensar y poco lo que se puede hacer.
En la tarde hubo un gran movimiento en la ciudad. Todo varón en edad de batalla fue llamado a defender el país. A mujeres, niños y ancianos se les pidió dejar sus casas y partir hacia la Isla
Muerta, allí en el refugio de Los Vientos, pasarían los días de la batalla. Poco a poco se retiraban los barcos del único puerto del país. La zozobra acompañaba a todos los que allí se embarcaban. Lo sé, por que he despedido en una de esas naves a mi madre y mis hermanos pequeños que felices se alegraban de pasear en el mar, ignorando los motivos de aquella travesía. Pero mi madre no gozaba de tal acto, pues en el fondo de su alma sabía que la ciudad de fachadas cubiertas de caliza, no seria igual cuando la volviese a pisar. Se fue con tristeza de dejarme aquí, en medio de esta desdicha, yo que fui tan valiente como mi padre muerto, ahora veía reflejado en su rostro marchito por los años, la misma desesperanza y el mismo temor que invadía mi alma.
Mi madre me abrazó, fue el ultimo suspiro de su cuerpo cansado lo que hizo que mis lagrimas dejaran los abismos de los ojos y se perdieran en el mar, allí donde nunca más regresaran a mi presencia. Ella no lloro, no quería que los niños se asustaran ni que la acosaran con preguntas de las que ni ella misma sabía las respuestas. Y así se fue, seria y calmada, aunque por dentro la consumiera todo lo malo que puede consumir el alma de los hombres.
Cuando el barco se perdió en el horizonte rumbo a la silueta grisácea de los picos lejanos de
Isla Muerta, yo retomé el camino hacia el castillo de la gran cúpula dorada. (La única bella obra de valor que tenía la ciudad). Mientras subía las escaleras que se levantan serpenteando el acantilado desde el puerto, me encontraba con las humildes familias que venían de las dos únicas comarcas del reino. Sus rostros mugrientos secos por el sol y el viento, no eran diferentes a los rostros de los demás viajeros. Todos parecían victimas de los mismos gestos resignados y tristes, pálidos y llenos de cansancio. Era la primera vez que en mi vida presenciaba tal evento, y aquello me desconsolaba, tanto, que al ver aquellas señas de desaliento, me veía a mi mismo proyectando tales formas desconcertantes en el ondulante hemisferio de mi rostro joven. Los ojos secos y rojizos en busca de una cara familiar que les proyectara una sonrisa, un saludo, un gesto que les devolvería por un instante, la alegría perdida en las advertencias del rey.
En el interior del castillo las cosas no eran muy distintas. Allí los grandes señores trazaban la defensa del país. No disimulaban su falta de experiencia, muchas veces fue dibujado en el mapa las rutas de los ejércitos del Norte, y muchas veces fue discutido el lugar más débil del reino, allí por donde la batalla seria perdida. Yo los observaba y anotaba todo cuanto me gritaban que escribiera, pero después corregían los planes y yo los volvía a corregir en las hojas amarillentas.
Pero después, al ver tal desperdicio de tinta, tome la decisión de no anotar más, así los señores me gritaran que lo hiciera.
Mi señor también discutía, nunca lo había visto tan preocupado por un asunto. Esta vez se dedicaba como un pintor a sus cuadros, al fino arte de la guerra, del cual nadie, ni siquiera él, conocía en ese salón. Tal vez si algún general de Itita hubiese venido seria más fácil, pues allí si que saben de estrategias, pues son ellos los grandes conquistadores de la época. Pero de Itita nadie llegaría, y debíamos de confiar en las ideas vagas de estos ancianos sabios en letras y números. Pues en esas mentes de cabellos blancos y poco pelo estaba la escondida la formula para derrotar a los ejércitos del señor del Norte, del que nadie sabe y del que muchos empezaban a temer.
Aquella noche fue larga como el suspiro de la eternidad en lo infinito del espacio. El plan fue hecho, el ataque seria en el istmo de la península, la única entrada a la ciudad. El viudo rey no durmió. Se la pasaba dando vueltas en sus aposentos. Miraba en dirección a Isla Muerta, quizás añorando la presencia de su hija única, la bella princesa Jasiria, la flor del otoño, la rosa del invierno, la dulce. La hija del rey serviría a la ciudad en caso de que la victoria fuese nuestra.
Pero también le preocupaba si la batalla se perdía, entonces, ¿Qué seria de ella?, solo las lagrimas atravesando el rostro marchito del rey contestaron mi pregunta. Al verlo pensé en mi madre y en mis pequeños hermanos, y también llore, y entre el llanto y la frialdad de la noche estrelladas, me quede dormido, soñando que todo era un sueño, imaginando que todo aquello era imaginado, sonriendo en medio del llanto de los que ya se han ido, y los que pronto se irán.
A la mañana, antes del asomo del alba por el Este, el rey llamo a sus tropas y le dio a esta presencia la misión más difícil <>. Después, hubo de hablarles a los más de tres mil hombres que salían en caballos hermosos rumbo a la península. Sus versos fueron de aliento en los tiempos amargos, varias sonrisas de esperanza flotaron en medio de la espesura de la tropa. Y así en medio de un grito de batalla, partimos con el frío del ocaso de cielo negro-azul, ellos rumbo a la batalla, y yo rumbo a la torre, armado con una espada de filo dudoso, los pergaminos, una pluma y tinta.
No niego que el camino fue largo, a pesar que ya era por mis ojos conocido. Pero esta vez no caminaba rumbo al interior en busca del gran bosque, ni a observar el mar brioso golpear las rocas de golfo de Sisergath. No, esta vez partía hacia la vieja torre de Agion, construida por los primeros reyes para vigilar el istmo. Allí en lo alto se podía ver parte de la cordillera de Asoreth, obstaculizada a la vista solo por la Montaña Blanca, desde donde se dice, se puede ver las cuatro ciudades.
Al llegar allí, el rey pidió los escritos hechos el día anterior sobre el mapa del Mundo Conocido. Explicó a los casi mil hombres que ya estaban allí el día anterior, el plan de batalla. Una vez asistí a su majestad, este me envió junto con los arqueros más hábiles rumbo a la torre. Y hacia allí fui, guiado por el ansia de lo imprevisto, temiendo un mal que no conocía, y que desearía nunca conocer. La torre de Agion no era tan alta como las de Arag-Utum, media esta desde la base hasta la corona unos 250 pies, y una base redonda de unos 54 pies de diámetro. Dentro había una escalera amplia para luchar con espada desde la cual se accedía a los cinco niveles y la azotea. Cada nivel tenía estrechas ventanas ojivales donde los arqueros se ubicarían para comandar el ataque. Pero mi puesto estaba en lo alto, allí en la corona de la torre, el último nivel desde donde podría verlo todo, protegido por los valerosos arqueros, y las altas almenas que culminaban la torre: mí puesto en esta batalla.
Al llegar allí miré hacia el Este la planicie limpia del istmo bañada por los débiles rayos de la aurora que se veía venir a lo lejos, atravesando la llanura estaba el río de las tres montañas, que desde allí parecía una gran serpiente ocre atravesando la pradera. Y más allá se veía cerca una masa que atravesaba con lentitud: era el ejército del señor del Norte. Pronto los arqueros gritaron a mi señor el rey, que al salir el sol estaría cerca, y en lo precoz de la mañana estarían frente a ellos. Yo los observaba lentamente, las antorchas se apagaban cada vez más rápido, y a medida que los rayos del sol bañaban la explanada se veía cada vez más lo basto de aquel ejército.
Cada vez más aquella hueste de hombres se asemejaba a un bosque de lanzas que caminaban a paso de marcha. Ya el suelo retumbaba y los cielos se cubrían con las nubes que arrastraban bajo sus cabezas la horda negra que venia del Nordeste. Adelante iban cuatro jinetes que sostenían en sus manos unas varas largas y delgadas, sus cabezas estaban encapuchadas y eran los únicos que no portaban armadura alguna.
Pronto el cielo se tornó de un gris intenso. El viento soplaba desde el Golfo de la Torre Gris hacia nosotros, el mar brioso retumbaba en las rocas cercanas a las acantiladas costas. El enemigo llego en el momento imaginado. Pero terror genero en todos al ver la masa uniforme y numerosa. Desde las alturas se observaba la diferencia: uno a tres. El ejercito del Norte casi que triplicaba al nuestro. El temor se sintió con fuerza en el rostro de los soldados de
Sisergath, pero mi señor los alentaba con el discurso de la esperanza, y aquello agito la masa de cascos apenachados que dispuestos estaban a morir por su pequeño país. En tanto el enemigo se organizaba con sus escudos negruscos solo iluminados por el símbolo del emperador del Norte. Los arcos se templaron mientras observaba con detalle las armas novedosas del enemigo, escudos altos, largas lanzas, y potentes arcos. Los encapuchados recorrían observando el terreno. A veces miraban al cielo como tentando el clima. Sus varas siempre alzadas como si fuesen sus espadas y sus escudos.
De pronto, se juntaron los cuatro jinetes, comentaron palabras que el fuerte viento se llevaba y las estrellaba en los acantilados de los dos golfos que flanqueaban el istmo, el de Sisergath y el de la Torre Gris. La amenaza tomo posición, de las varas emergió una luz de un color dorado extraño, y fue aquella la señal, y la batalla del Istmo de Sisergath iniciaba en lo precoz de la mañana.
Los hombres corrieron a su encuentro comandados por el rey. Las dos masas decididas se encontraron en medio del polvo y los sonidos de las espadas golpeándose las unas contra las otras. Pronto la sangre y los quejidos de dolor. Atrás los arqueros de la torre libraron su propia batalla con los similares enemigos. Pero la lluvia de flechas del adversario llegaron primero, y entonces, muchos de los que a mi lado estaban cayeron sin vida atravesados como acericos de sastre por decenas de flechas. Yo me protegí en la almena de roca sólida desde la que estaba observando. Pronto los demás que quedaban en pie cayeron, y a medida que caían eran reemplazados por otros que venían del interior de la torre, y fue así hasta que las flechas dejaron de silbar, y los arqueros de la torre se acabaron. En ese instante me asome, y deseé no haberlo hecho, pues lo que mis ojos veían fue aterrador. Pocos penachos luchaban aun en medio de la mancha negra. Entre ellos mi buen rey. El enemigo consumía las tropas como consumen las orugas las tiernas hojas de una planta. La esperanza decaía, al igual que los cuerpos sangrientos de los nuestros, al igual que sus cabezas en el suelo rojo del Istmo, al igual que las lágrimas de mis ojos que manchaban las letras curveadas por el pulso miedoso que se apoderó de mis manos.
El último que en pie quedo fue mi rey. Desde las alturas lo observe enfrentarse con sus últimas fuerzas a los encapuchados que blandían espadas gruesas mientras sostenían a la vez las altas varas. Mi buen rey caminaba con altura, como un caballero digno de su armadura, de su corte, de su majestad. Fue aquel el ultimo grito de batalla que se oyó en el aire; fuerte y agresivo. La última fuerza fue arrancada de su cuerpo al igual que su cabeza, al igual que mi alma al ver tal horror. No grité, ni lloré. Solo huí con silencio como el cobarde que soy. Conocía bien los caminos, y me escabullí del enemigo por detrás de la torre rumbo a los rocosos acantilados del
Golfo de la Torre Gris. Lo último que vi, fue la corona brillante de mi señor alzada por los encapuchados como el trofeo de su victoria. Después nada más, pues mi cuerpo resbalo por el abismo que yacía a mis pies, y allí en el frío mar de Agion fui arrastrado a costas seguras donde escribiría estos versos en las cuevas de las montañas del Humo, desde donde llegaron noticias de Sisergath por los pocos que habían logrado huir del enemigo en la Isla Muerta y que partían con esperanza rumbo a Kamicrogseum, la ciudad del Sur.
Los extraños afirmaron que al tercer día de la batalla del istmo de la península del Trébol, hubo de llegar a Sisergath el señor del Norte, Canophulus, a ocupar el segundo de los tronos conquistados.
Pregunté por mi madre y mis hermanos, pero su respuesta no fue agradable para mí. Pues me dijeron con tristezas que era probable que hubiesen sido llevados como los demás, al Norte como esclavos, para construir la nueva ciudad.
De mi madre y mis hermanos no supe más. Largos años pase escondido en las montañas y la vejes llegó a mi, y con ella la esperanza de la muerte.
Escribí estos mis últimos versos, del fuego del sur, y las noticias de la caída de Kamicrogseum, y desde allí sentí el rugido de la última batalla en Itita. Partí en medio de las sombras rumbo a Isla Muerta, a la protección de las ruinas de la fortaleza antigua. Aquel era un lugar seguro, pues en Isla Muerta no había nada de valor, y nada crecía allí más que los secos espinos y las tristezas pasadas. Allí he de morir, al amparo del recuerdo de mi madre y mis hermanos, con los que me encontraré en el descanso de la eternidad, donde no hay sufrimiento, sino el amor de todo lo creado, de todo lo soñado, de todo lo querido.
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