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Ciclo Robert E. Howard: El Señor de Samarcanda (VII)
¿No había sido dada la misma fiera herencia
De Roma a Cesar—que de éstos a mí?

POE: Tamerlán
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (VII)
Capítulo 7

Para comprender la relación de Donald MacDeesa con Timur, es necesario retroceder a ese día, seis años atrás, cuando en un palacio de cúpulas turquesas en Samarcanda el Emir planeó el derrocamiento del otomano.
Cuando otros hombres miraban unos días más adelante, Timur veía años; y cinco años pasaron antes de que estuviera preparado para moverse contra el turco, y dejar a Donald cabalgar hasta Brusa simulando una bien entrenada persecución. Cinco años de fieras luchas entre las nevadas montañas y los polvorientos desiertos, en los cuales Timur se movió como un mítico gigante, y si condujo a sus jefes con dureza, con más aún lo hizo con el montañés. Era como si estudiara a MacDeesa con los impersonales y crueles ojos de un científico, estrujando cada pizca de sus hazañas, buscando encontrar el límite de la resistencia y el valor de ese hombre, el punto de ruptura. Pero no pudo encontrarlo.
El gaélico era demasiado imprudente como para confiarle el mando de los ejércitos. Pero en escaramuzas e incursiones, en la toma de ciudades y en las cargas durante la batalla, en cualquier acción que requiera valor y arrojo, el highlander era invencible del todo. Era el típico luchador de las guerras europeas, donde las tácticas y la estrategia significaban poco frente a la ferocidad de la lucha mano a mano, y donde las batallas se decidían por la valentía de los campeones. Para engañar al turco, tan sólo había seguido las instrucciones dadas por Timur.
Había escaso apego ente el gaélico y el emir, para quien Donald no era más que un feroz bárbaro de los límites de las tierras de los francos. Timur nunca le concedió regalos ni honores a Donald, tal y como hacía con sus jefes musulmanes. Pero el siniestro gaélico desdeñaba esas baratijas, pareciendo obtener su único placer en la dura lucha y la bebida sin límite. Ignoraba la reverencia formal debida al emir por sus siervos, y durante sus borracheras osaba desafiar al sombrío tártaro bajo sus mismas barbas, mientras la gente contenía el aliento.
«Es un lobo que desato sobre mis enemigos», dijo Timur en una ocasión a sus señores.
«Es una hoja de dos filos que podría cortarte fácilmente», aventuró uno de ellos.
«No mientras la hoja esté continuamente golpeando a mis adversarios», respondió Timur.
Tras Angora, Timur le dio a Donald el mando de los kalmiquios, quienes acompañaron de vuelta a sus parientes hasta el Asia profunda, en un enjambre de inquietos y turbulentos viguros. Esta fue su recompensa: una enorme compañía de guerreros con el corazón ardiente y una gran capacidad para el trabajo duro y disciplinado. Pero Donald no hacía comentarios, trabajaba con sus asesinos en distintas formaciones de guerra, y experimentaba con varios tipos de sillas y armaduras, con mosquetes —que durante ese tiempo eran muy inferiores a los arcos tártaros—, y con los últimos tipos de armas de fuego, unas voluminosas pistolas de rueda que fueron usadas por los árabes una centuria antes de que hicieran su aparición en Europa.
Timur lanzó a Donald contra sus enemigos como un hombre lanza una jabalina, con poco cuidado de si el arma se rompe o no. Los jinetes del gaélico podían volver ensangrentados, sucios y heridos, sus armaduras hechas trizas, sus espadas melladas y sin filo, pero siempre con las cabezas de los enemigos de Timur oscilando en los altos arzones de sus enormes sillas de montar. Su salvajismo y la propia ferocidad de Donald y su fuerza sobrehumana, les llevó repetidamente a posiciones en apariencia sin esperanza. Y su vitalidad de fiera salvaje le permitía a Donald una y otra vez recuperarse de espantosas heridas, de lo que incluso los tártaros de músculos de hierro se maravillaban.

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Según pasaban los años, Donald, siempre distante y taciturno, se encerraba más y más en si mismo. Cuando no estaba involucrado en campañas, se sentaba solo en melancólico silencio por las tabernas, o acechaba peligrosamente por las calles, con la mano sobre su enorme espada, mientras la gente se apartaba cuidadosamente de su paso. Solo tenía un amigo, Ak Boga; pero su mayor interés estaba fuera, en la guerra y la carnicería. Durante una incursión en Persia, la delgada figura de una blanca joven había corrido gritando en el camino de su escuadrón mientras cargaban y sus hombres vieron como Donald se inclinó y la alzó hasta su silla con una de sus manazas. La chica era Zuleika, una bailarina persa.
Donald tenía una casa en Samarcanda, y un puñado de sirvientes, pero solamente esta chica. Ella era atractiva, sensual y vertiginosa. Adoraba a su señor a su manera, y le temía con un temor reverencial, pero no era de tener amores secretos con jóvenes soldados mientras MacDeesa estaba fuera guerreando. Como la mayoría de las mujeres persas de su casta, tenía capacidad para pequeñas intrigas y le faltaba habilidad para mantener su pequeña nariz fuera de los asuntos que no le concernían. Ella llegó a ser contadora de cuentos de Shadi Mulkh, la amante persa de Khalil, el débil nieto de Timur, y quien indirectamente cambiaría el destino del mundo. Ella era avariciosa, vana y una mentirosa redomada, pero sus manos eran tan suaves como copos de nieve mientras vendaba las heridas de espada y lanza del cuerpo de hierro de Donald. Él nunca la golpeó o la insultó, y a pesar de que nunca la acarició o la cortejó con dulces palabras como otros hombres habrían hecho, era bien sabido que la apreciaba por encima de todas sus posesiones u honores.
Timur se estaba haciendo viejo; había jugado con el mundo como un hombre juega sobre un tablero de ajedrez; usando reyes y ejércitos como peones. Cuando era un joven jefe sin riqueza ni poder, había derrocado a sus señores mongoles, sometiéndolos a su señorío. Tribu tras tribu, raza tras raza, reino tras reino, habían sido destrozados y moldeados a la medida de su emergente imperio, que se extendía desde el Gobi hasta el Mediterráneo, desde Moscú hasta Delhi: el más grandioso imperio que el mundo había conocido. Él había abierto las puertas del sur y el este, y a través de ellas fluían las riquezas de la tierra. Había salvado Europa de una invasión asiática, cuando frenó el auge del conquistador turco, cosa de la cual nunca había sido consciente o no le preocupaba. Había construido y destrozado ciudades. Había hecho florecer el desierto como un jardín, y había convertido fértiles tierras en eriales. Y las pirámides de calaveras que ordenaba habían crecido haciendo fluir las vidas como el agua de un río. Sus acorazados señores de la guerra eran engrandecidos sobre las multitudes y naciones sollozaban en vano bajo sus talones de acero, como llora una mujer perdida en las montañas por la noche.
Ahora miraba hacia el este, donde el imperio púrpura de Cathai soñaba a través de los siglos. Quizás, para la menguante vida que le restaba, era el viejo sueño de su raza que pedía una vuelta a casa; quizás recordaba los antiguos y heroicos khanes, sus ancestros, quienes habían cabalgado hacia el sur del bárbaro Gobi hasta los reinos púrpuras.

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«¿Qué provecho tiene esta guerra sin final, mi señor? Ya habéis subyugado más naciones que Genghis Khan o Alejandro. Descansad en paz sobre vuestras conquistas y completad el trabajo que habéis comenzado en Samarcanda. Construid más palacios majestuosos. Traed aquí a los filósofos, los artistas, los poetas del mundo».
Timur encogió sus masivos hombros.
«La filosofía y la poesía y la arquitectura son bastante buenas a su manera, pero son niebla y humo para conquistar; es en el rojo esplendor de la conquista donde todas esas cosas se basan».
El visir movió un peón de marfil, sacudiendo su vetusta cabeza.
«Mi señor, sois como dos hombres: uno construye y otro destruye».
«Quizás yo destruyo así que debo construir sobre las ruinas de mi destrucción», respondió el emir. «Nunca he buscado una razón para este asunto. Solo sé que soy un conquistador antes que un constructor y la conquista es la sangre que me da la vida».
«¿Pero por que razón derrocar esa gran mole enfermiza de Cathai?» protestó el visir. «Significará tan solo más matanza, con la que ya habéis enrojecido la tierra, más tragedia y miseria, con gentes indefensas cayendo como corderos bajo la espada».
Timur meneó su cabeza, medio ausente. «¿Qué son sus vidas? Morirán de cualquier manera, y su existencia está llena de miseria. Conduciré una escuadra de hierro al corazón de Tartaria. Con el Este conquistado, fortaleceré mi trono, y los reyes de mi dinastía gobernarán el mundo durante diez mil años. Todos los caminos del mundo se dirigirán hasta Samarcanda, y allí estará el esplendor de la maravilla y el misterio y la gloria del mundo: escuelas y bibliotecas y majestuosas mezquitas, cúpulas de mármol y torres de zafiro y minaretes de turquesas. ¡Pero primero debo cumplir con mi destino, y éste es la conquista!»
«Pero el invierno está cayendo», urgió el visir. «Al menos esperad hasta la primavera».
Timur sacudió su cabeza, sin decir nada. Sabía que estaba viejo; incluso su fisonomía de hierro mostraba signos de decadencia. Y a veces en sus sueños oía el canto de Aljai, la de los ojos negros, la prometida de su juventud, muerta hace más de cuarenta años. Así que desde de la ciudad azul se dirigía el mundo, y los hombres dejaban sus amores y sus charlas de vino, encordaban sus arcos, cogían sus arneses y tomaban de nuevo el viejo y desgastado camino de la conquista.
Timur y sus jefes llevaron con ellos muchas de sus esposas y sirvientes, ya que el Emir pretendía parar en Otrar, su ciudad fronteriza, y desde allí atacar Cathai cuando las nieves se deshicieran en la primavera. Cada uno de sus señores estaba llamado a cabalgar junto a él; la guerra se cobraba un gran peaje entre los halcones de Timur.
Como de costumbre Donald MacDeesa y sus turbulentos granujas lideraban el avance. El gaélico estaba encantado de volver al camino después de meses de holgazanear, pero trajo a Zuleika con él. Los años fueron volviendo más amargado al gigantesco montañés, un extranjero entre razas extrañas. Sus salvajes jinetes le veneraban a su salvaje manera, pero era un extranjero entre ellos, después de todo, y nunca podrían comprender sus pensamientos más íntimos. Ak Boga con sus ojos centelleantes y su jovial risa había sido lo más parecido a los hombres que Donald conoció en su juventud, pero Ak Boga había muerto, su gran corazón enmudeció para siempre por el golpe de una cimitarra árabe, y en su creciente soledad, Donald buscaba más y más solaz en la muchacha persa, de quien nunca comprendía su extraño y caprichoso corazón, pero era alguien que rellenaba de alguna manera el doloroso vacío de su alma. En la larga soledad de sus noches, sus manos buscaban su delgada figura con un turbio e inquieto anhelo sin forma que incluso ella podía sentir.

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Timur abandonó Samarcanda sumido en un extraño silencio a la cabeza de sus largas y relucientes columnas, pero la gente no estaba tan alegre como antiguamente. Con las cabezas inclinadas y los corazones repletos de emociones que no podían definir, miraban al último conquistador cabalgar hacia delante, y entonces volvían otra vez a sus pequeñas vidas y a sus banales y aburridas tareas, con una vaga e instintiva sensación de que algo terrible, espléndido e impresionante había salido de sus vidas para siempre.
Bajo el aguijonazo del creciente invierno se habían movido las huestes, no con la velocidad de otras veces cuando pasaban sobre las tierras como nubes de tormenta empujadas por el viento. Eran doscientos mil guerreros y portaban con ellos manadas de caballos de refresco, carromatos de suministros y grandes tiendas o pabellones.
Más allá de lo que las gentes llamaban las Puertas de Timur, la nieve caía, y entre la mordedura de la ventisca el ejército se esforzaba tenazmente. Al final resultó que ni siquiera los tártaros podían marchar en esas condiciones, y el príncipe Khalil fue a los cuarteles de invierno en ese extraño pueblo llamado la Ciudad de Piedra, pero Timur se zambulló entre sus propias tropas. La capa de hielo era de tres pies en el Syr cuando lo cruzaron, y en el país repleto de colinas que estaba más allá, el caminó se tornó incluso más implacable, y caballos y camellos se tambaleaban por los caminos, y los carromatos se sacudían y balanceaban. Pero la voluntad de Timur les conducía sombríamente hacia delante, y finalmente llegaron a una planicie y vieron las agujas de Otrar reluciendo tras los torbellinos de nieve.
Timur se instaló él mismo y sus nobles en el palacio, y sus guerreros agradecieron los cuarteles de invierno. Pero envió en busca de Donald MacDeesa.
«Ordushar está en nuestro camino», dijo Timur. «Toma dos mil hombres y arrasa esa ciudad para que nuestro camino hasta Cathai este limpio con la llegada de la primavera».
Cuando un hombre lanza una jabalina se preocupa algo por si se astilla al dar en el blanco. Timur no habría enviado a sus valiosos emires y elegido guerreros para ésta, la más loca misión que nunca había pedido incluso a Donald. Pero el gaélico no se preocupaba; él estaba más que dispuesto para embarcarse en cualquier aventura aunque le hubiera llevado hasta el más amargo y profundo sueño que royese más y más profundamente su corazón. A la edad de los cuarenta, la estructura y hierro de MacDeesa estaba intacta, su feroz valentía sin debilitar. Pero a veces, se sentía viejo en su corazón. Sus pensamientos volvían cada vez más y más sobre los negros y carmesíes patrones de su vida, con su violencia y sus traiciones y salvajismo; su trágica, perdida y cruda inutilidad. Dormía frugalmente y parecía escuchar voces medio olvidadas llorando en la noche. A veces parecían las agudas gaitas de las tierras altas resonando a través del aullido del viento.
Despertó a sus lobos, quienes se sorprendieron por la orden, pero obedecieron sin rechistar, y cabalgaron alejándose de Otrar bajo el rugido de una ventisca. Su suerte estaba maldita.
En el palacio de Otrar, Timur se recostaba en su diván examinando sus mapas y tablas, y escuchaba soporíferamente las eternas disputas entre las mujeres de su harén. Las intrigas y celos de los palacios de Samarcanda llegaron a la apartada Otrar. Ellas zumbaban a su alrededor, llevándole hasta la desesperación con sus insignificantes despechos. Como una estola de la edad sobre el emir de hierro, las mujeres trataban ansiosamente de que nombrara sucesor: su reina Sarai Mulkh Khanum, esposa de su fallecido hijo Jahangir, pedía por Khan Zade. Contra la petición de la reina para su hijo —y de Timur— estaba Shah Ruhk, quien se oponía a las intrigas a favor de Khan Zade y bogaba por su hijo, el príncipe Khalil, a quien la cortesana Shadi Mulkh envolvía con sus rosados dedos.
El emir había traído a Shadi Mulkh con él a Otrar, muy en contra de los deseos de Khalil. La inquietud del príncipe crecía en la lóbrega Ciudad de Piedra y lanzaba insinuaciones de discordia e insubordinación frente a Timur. Sarai Khanum fue hasta el emir, una demacrada y cansada mujer, que había envejecido entre guerras y dolor.
«La muchacha persa envía mensajes secretos al príncipe Khalil, incitándole a cometer un disparate», dijo la gran dama. «Estás lejos de Samarcanda. Khalil esta dispuesto a machar contra ti; siempre hay idiotas dispuestos a la revuelta, incluso contra el señor de señores».
«En otro tiempo», dijo Timur cansadamente, «la habría estrangulado. Pero Khalil en su insensatez podría alzarse contra mí, y una revuelta ahora, aunque podría sofocarla rápidamente, retrasaría mis planes. Que sea confinada y vigilada de cerca, de tal manera que no pueda enviar ningún mensaje más».
«Eso ya lo he hecho», replicó Sarai Khanum sombríamente, «pero ella es lista y conseguirá sacar los mensajes de palacio por medio de la chica persa de el caphar, el señor Donald».
«Trae a esa muchacha», ordenó Timur, dejando a un lado sus mapas con un suspiro.
Arrastraron a Zuleika ante el emir, quien la miraba sombríamente mientras ella se postraba a sus pies, y con un gesto cansino, selló su perdición, e inmediatamente la olvidó, como un rey olvida la mosca que cazó.
Se llevaron a rastras a la llorosa muchacha desde el salón imperial y la arrojaron de rodillas en una habitación sin ventanas y una puerta cerrada. Postrada de rodillas gimió frenéticamente llamando a Donald y suplicando clemencia, hasta que el terror congeló su voz en su tensa garganta, y a través de una niebla de horror vio la cruda figura medio desnuda y la cara como si fuera una máscara del lúgubre ejecutor avanzando, cuchillo en mano…
Zuleika nunca había sido valiente ni impresionante. Nunca había vivido con la divinidad de buscar su destino con coraje. Ella era cobarde, inmoral y estúpida. Pero incluso una mosca ama la vida, e incluso un gusano podría llorar bajo el talón que lo aplasta. Y quizás, en los sombríos e inescrutables libros del destino, incluso un emperador puede que no siempre mate insectos con impunidad.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de abril del 2007