Frank Miller tenía la Batalla de las Termópilas grabada a fuego en su mente desde que vió “El León de Esparta” (the 300 Spartans, 1962), una de las grandes influencias de su infancia. Años más tarde, cuando se consideró capacitado para ello, decidió dar su propia interpretación de aquel hecho histórico. La industria saludó su osadía con una salva de premios. En los Premios Eisner de 1999, arrasó con tres de los premios más importantes: Mejor Serie Limitada, Mejor Guionista/Dibujante y Mejor Color. En España, se llevó el Premio a la Mejor Obra Extranjera en el Salón del Cómic de Barcelona de ese mismo año.
Uno de los autores más influyentes del cómic internacional de la década de los 80 y un icono incontestable del cómic moderno, Miller cuenta entre sus innegable logros la revitalización y reinvención de dos de los personajes urbanos más emblemáticos de las dos grandes editoriales del star-system americano: Marvel y DC. Por una parte, Daredevil en su revolucionaria (para la época) serie regular primero y en varios proyectos especiales después, y Batman en las aclamadas miniseries “el Regreso del Señor de la Noche” y “Año Uno”. Tras dichos rotundos éxitos de crítica y ventas, durante los 90 pasó a dedicarse casi exclusivamente a obras de creación propia entre las que destacan la ya extensa serie de género negro Sin City, Ronin y el cómic épico de ambientación histórica que nos ocupa: 300.
"Frank Miller ha vuelto”. Mediante esta curiosa afirmación anunció en su momento Dark Horse el lanzamiento americano de 300, una miniserie de misterioso título que era esperada como agua de mayo por miles de seguidores. Pero Miller nunca se había ido. Su producción durante los años 90 había sido tan continuada como cuando alcanzó la cumbre durante la década anterior. Años de Sin City habían provocado una división en su público, entre seguidores incondicionales y lectores desinteresados en las correrías de los tipos duros y las mujeres (siempre) fatales de la Ciudad del Pecado. La aparición de 300 marcaría un gran toque de atención mediática hacia su figura, devolviendo al autor parte de la notoriedad, digamos, relegada. Miller abandona los sucios callejones de Sin City para explorar nuevos territorios, nada menos que una de “romanos”, todo un revival (si alguna vez ese género tuvo versión cómic) del Peplum cinematográfico.
El grato resultado fue una novela gráfica en toda regla, asombrosa, provocativa y polémica. Miller vuelve a colaborar con la colorista Lynn Varley (recordad que casi todo Sin City ha sido siempre 95% blanco y negro) para aportar una nueva dimensión a su obra. En pro de ese objetivo, el autor experimenta con nuevas técnicas narrativas, arriesgadísimas composiciones de página (ese plano subjetivo desde el interior del yelmo de Leónidas, digno del mismísimo Eisner) y una pasmosa concepción de la acción. Visualmente una verdadera maravilla.
Aunque parezca que no se puede percibir a simple vista por la sencillez del resultado, se aprecia la enorme labor de documentación previa realizada por el autor. La fiel recreación del atrezo, armas y demás detalles de la época es estimable, incluso la descripción de las tácticas de combate y batallas, que funcionan a la perfección sin necesidad de explicaciones ni exagerados textos de apoyo.
La consideración del colectivo espartano como una unidad (no como la suma de individuos), diversas controversias políticas reavivadas, discusiones sobre el rigor histórico de los datos, acusaciones de homofobia, apuntes sobre el maniqueísmo de la obra... Los extremos opuestos del escándalo y la admiración son las señales que indican que Frank Miller volvió a dar en la diana.
En palabras del autor:
«El León de Esparta era una película grandiosa para un chaval de cinco años; la historia de los espartanos y su sacrificio me impresionó para toda la vida. Así que se convirtió en el proyecto que siempre tenía en mente para el día en que estuviese preparado. Ni siquiera empecé a prepararme para hacerlo hasta que no hube visitado el campo de batalla en Grecia. Entonces empezó un intenso periodo de investigación, porque nunca había intentado nada parecido».
«Cuando vi El León de Esparta, lo que vi, más allá de ser un niño que veía todas esas capas rojas y esos chulísimos cascos corintios, fue mi primer contacto con una historia donde se planteaba la noción del sacrificio heroico. Hasta aquel momento para mí los héroes siempre habían sido gente que hacía lo que había que hacer y que recibía una medalla y una ovación. Nunca había visto una historia en la que alguien hiciera lo que había que hacer y le costara la vida».
«En 300 hay dos cosas que quiero dejar claras. Una es que siempre he encontrado fascinante cómo las sociedades libres dependen de sus dictaduras internas para protegerse. Es decir, cuando estamos en peligro no enviamos al Congreso de los Estados Unidos, enviamos a los marines, que están entrenados y jerarquizados como los habitantes de un estado totalitario. Pero son nuestra línea de defensa, los necesitamos. Es uno de los aspectos paradójicos de esta historia que me encantan, que los menos democráticos de los griegos estuvieran defendiendo la democracia».
«La otra tiene que ver con que últimamente se ha puesto de moda aplicar modelos de comportamiento civilizado moderno a las figuras históricas. Parece que lo único que se puede decir hoy en día de Thomas Jefferson es que tenía esclavos, y por lo tanto quedan defenestrados todos sus logros y su genialidad. Eso es muy injusto, porque fue su pensamiento, junto al de otros, el que condujo al fin de la esclavitud. (...) Así era como se hacían las cosas. Todos los griegos tenían esclavos. Faltaban miles de años para que reconocieran y acabaran con ese mal. Y Jefferson pudo ver su fin, pero no pudo conseguirlo. Así que hay muchas cosas que son repugnantes para nuestros ojos modernos que creo que no quitan ningún brillo a estos personajes antiguos».
«Me gusta sintetizar las cosas, y hay momentos de mis guiones que no me gustan demasiado porque me dejo llevar con la cháchara. 300 fue un maravilloso ejercicio de síntesis. Hay que tener en cuenta las exigencias de la historia, y además tampoco se puede hacer una historia de espartanos locuaces. Eran gente de pocas palabras».
Para muestra un botón, la reflexión que Leónidas medita sobre sus soldados, expresando tanto con tan pocas palabras, una frase aparentemente simple pero aterradora en toda su crudeza: «Preparados para morir. Creen que saben lo que eso significa».
La última edición en España (nada menos que la sexta desde su primera publicación) es en formato álbum de 96 páginas, en color, tapa dura, tamaño apaisado: 30,7x24cm (casi como dos comicbooks) con papel de buen gramaje. Su precio ronda los 15,50 €. Tambien esta disponible 300: the Art of the Film (febrero de 2007) de Tara DiLullo, formato álbum, 128 páginas a color, a un precio aproximado de 19€, que detalla el proceso de diseño de la película, centrándose en la fiel conversión de las viñetas del cómic al celuloide, plasmando la evolución de las imágenes clave de la obra en su camino desde el storyboard hasta la escena y el posterior trabajo detrás las cámaras del equipo cinematográfico.
El dia 9 de marzo en USA y el 23 en España, se estrenó en cines la adaptación de 300 a la pantalla grande. El film, producido por la Warner Bros, está dirigido por Zack Snyder, responsable de la excelente “Dawn Of the Dead” (Amanecer de los Muertos, 2004) y, si no se tuerce nada, de la esperadísima adaptación del Watchmen del tamden Alan Moore/Dave Gibbons. El reparto de la epopeya espartana está encabezado por Gerard Butler (El Fantasma de la Opera, El Imperio del Fuego, Beowulf & Grendel, Tomb Raider 2) en el papel de rey Leónidas y Lena Headey (la próxima Sarah Connor en la inminente serie de televisión sobre Terminator) como la reina Gorgo.
Snyder advirtió desde el principio que su intención fue siempre ofrecer una película entretenida antes que una recreación histórica. Los enfrentamientos están regidos por una coreografía digna de un ballet, en la que los espartanos saltan trazando piruetas en el aire a cámara lenta mientras machacan al enemigo persa, embozado en negro y oculto tras máscaras metálicas de mueca aterradora. Entre los descuartizamientos y huesos machacados, destacan los destellos de oro bruñido y capas granate sangre, trazas de quien lleva la voz cantante en la batalla, mostrando con absoluto detalle la carnicería de los combates cuerpo a cuerpo. El resultado es una combinación de la velocidad narrativa de Matrix y la textura satinada e irreal del Sin City de Robert Rodríguez.
En palabras del director:
«Con 300 quería hacer algo que no fuera sólo muy visual, sino que tuviera la misma actitud que la novela gráfica de Frank Miller. Quería dar al espectador la sensación de que no era una película, aunque estuviera hecha por gente que ama las películas».
«He querido hacer una película para mí. Siempre que veo una película como ésta me parece que todo acaba cuando se pone interesante. Siempre quiero un poco más que no me dan. Quiero subir un poco el volumen y que digas: ‘¡Qué es eso! ¡Estás alucinando! ¡Eso no lo hicieron de verdad!’. Incluso en las escenas de sexo; no es porno, pero está al límite».
300 “the Movie” ha ingresado más en su primer fin de semana que el resto de las diez películas más taquilleras de ese mismo periodo juntas, por lo que es bastante probable que superará sin problemas la recaudación de las otras dos grandes recreaciones épicas recientes: Troya de Wolfgang Petersen, que consiguió 133 millones de dólares en USA (sobre un presupuesto de más de 180), y Alejandro de Oliver Stone, con 34 millones de dólares sobre un presupuesto de 150.

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