El vigía continuaba oteando el horizonte, valiéndose de aquellas prodigiosas lentes obtenidas a resultas de la reciente captura de un soldado enemigo. Un instante después distinguió una luz intermitente, reflejo de la del sol, en lo alto del montículo situado en el este del valle. Aquella era la señal de alerta.
Inmediatamente se giró y vociferó:
—¡Eeeh, ya vienen! ¡Por el este!
El movimiento de personas en el valle fue más bien escaso. Todos estaban desde hacía tiempo en sus puestos, alerta, esperando la llegada de los artefactos del enemigo.
El rostro del vigía expresó una leve mueca de alivio, al observar la nueva señal emitida por sus compañeros del monte. —“Sólo es uno. Alabado sea Dios”.
No le dio tiempo a avisar a las tropas de aquella circunstancia. Ya se oía el demencial ruido, signo inequívoco de la cercanía del aparato enemigo. Debía esconderse para evitar ser visto, y despertar las sospechas de los que viajaban en la nave.
Escasos segundos después de acurrucarse en una oquedad del terreno, surgió el aparato volador y comenzó a cruzar el valle. El vigía siguió con la mirada el avance del fantástico artefacto, que conseguía surcar los cielos a gran velocidad, manteniendo las alas fijas, inmóviles. Pudo verificar la presencia de la cruz negra en los lomos de la nave. Justo entonces oyó el chillido de alerta.
Decenas de gigantescos pedruscos volaron impulsados por sendas catapultas, ejecutando una coordinada coreografía, con destino al cuerpo del aparato. El piloto del avión se apercibió del ataque, y cambió la dirección de vuelo, intentando evitar las rocas, pero no fue suficiente para lograr dicho objetivo. Ningún impacto resultó pleno, pero varios pedruscos chocaron parcialmente en diversos puntos del artefacto, logrando truncar su trayectoria, y descoyuntando alas y cola. El cuerpo central, ya sin control, comenzó a girar, perdiendo altura, y dirigiéndose hacia una pequeña zona arbolada. Una vez allí, los choques con ramas y troncos hicieron virar y voltear al aparato. Así, finalmente, cuando chocó contra el suelo, lo hizo a poca velocidad, apachurrándose casi todo el morro, pero quedando el compartimento del piloto no excesivamente afectado.
Gritos de júbilo, y loas a Santiago o a la virgen de Covadonga se escucharon por todo el valle. Los componentes del grupo de ataque salieron de sus escondites y corrieron hacia el bosque. En escasos minutos consiguieron extinguir los pequeños incendios que se habían originado en la zona. Varios hombres enfundados en armadura de combate se acercaron a la nave voladora. Comprobaron que el piloto, aunque herido y semiinconsciente, no sufría secuelas de extrema gravedad, que pudieran poner en peligro su vida. Entre varios lo extrajeron de la cabina, y lo portaron hasta el campamento principal.
Varias horas después, el piloto se había recuperado razonablemente, y ya era capaz de mantener una conversación con sus captores. El individuo hablaba un tipo de dialecto germánico desconocido. A pesar de ello, el soldado que dominaba dichas lenguas consiguió finalmente comprenderle más o menos. Así, el piloto capturado confirmó que ellos, su tropa, también habían aparecido súbitamente en aquel territorio, trasladados desde su patria hasta aquel misterioso lugar. El tipo constantemente proclamaba su lealtad a su jefe, un tal Adolf Hitler.
Cuando iban a comenzar a preguntarle acerca del aparato volador y su funcionamiento, se escucharon varios gritos casi al unísono. Pronto descubrieron cuál era la causa de la alarma. Un numeroso contingente enemigo se acercaba al campamento.
La intranquilidad y el desasosiego se generalizó entre los soldados. Las armas de que disponía aquel batallón de la cruz gamada eran mucho más eficaces y mortíferas que las que ellos poseían. Para empeorar el panorama aún más, por el cielo se acercaban nuevos artefactos voladores. No tenían escapatoria. Iban a ser vencidos.
—Carlos, Germán ya ha venido
—¡Que pase aquí, mama! ¡Estoy en el cuarto de la consola!
—No hace falta que lo avises – comentó la madre con tono algo desganado – Es dónde te pasas todo el día metido.
—¡Germán, ven! ¡Mira esto! — le gritó Carlos desde la mesa sobre la que reposaba la pantalla de 42 pulgadas — ¡Mira! He juntado en el mismo sitio a un ejército medieval y a otro de los nazis.
—Bah, pero eso no tiene gracia. Los alemanes se cargarán enseguida a los otros
—¡Que va, tío! Los medievales fabricaron mogollón de catapultas, y cuando pasó un avión alemán de reconocimiento, le atacaron con unos pedruscos súper—grandes, y lo derribaron.
—¡Qué dices! ¿En serio?
—Te lo juro. Lo tengo grabado.
—Puah ¡Qué pasada! Enséñamelo.
— Luego te lo enseño. Lo que pasa es que ahora las tropas de los nazis se han acercado a los otros, y los van a machacar enseguida. Y yo no quería perder este sector, que ya he perdido varios – su voz adoptó un tono de lamento —.
—¡Tío! ¡Genial! Me han chivado un truco buenísimo que te va a servir para este caso. Dale a “Ctrl”, “Alt” y “F8”.
—Seguro que no se me joribiará el sector ¿no?
—¡Que no, tío! ¡Que ya verás que es una pasada!
Carlos apretó las teclas
—¡Halaaaaa!
Los vigías regresaban aceleradamente, alertando de la inminente llegada de las tropas germánicas, y advirtiendo del increíble poder destructivo de sus armas.
Poco después el horizonte se plagó de figuras humanas uniformadas, que avanzaban con decisión hacia el campamento donde estaban los españoles. El siguiente movimiento que ejecutaron aquellos soldados fue el de elevar sus armas con forma de tubos apuntándoles.
“Esto es el fin” pensó el capitán de la tropa medieval
De repente, súbitamente, brutalmente, una descomunal masa de color gris oscuro se materializó entre los dos ejércitos, y un terrible rugido, como el de mil leones juntos, atronó el valle. La inesperada y bestial aparición tumbó a casi todos los miembros de la tropa. Un grito surgió las gargantas de los medievales.
—¡Dragón! ¡Un dragón!
También Carlos chilló.
—¡Un dinosaurio! ¡Qué pasadaaaaa! ¡Qué pedazo de dinosaurio!
El gigantesco tiranosaurio giraba continuamente la testa, mirando a un lado y a otro, encogiendo y estirando el cuello, mientras que bramaba tan estentóreamente que hasta al propio Carlos se le puso la carne de gallina, y se le atascó un grumo de saliva en la faringe.
—¡Huiiiiiid! ¡Por Santiago, huid! ¡No os quedéis parados! — vociferaba el capitán de la
tropa, mientras agarraba y arrastraba a algunos soldados que se habían quedado paralizados en el suelo, aterrorizados y lívidos, al tener a escasos metros a aquella mastodóntica e infernal criatura
Finalmente, por fortuna, el demoníaco ser decidió atacar primero a los soldados enemigos. Giró el cuerpo hacia estos, y agachó la cabeza, mientras abría las fauces al máximo. Un enorme abismo rojo oscuro, delimitado por dientes como brocas se abalanzó sobre los alemanes. Segundos después la bestia erguía la cabeza, con la boca medio cerrada, mientras un caleidoscopio de fragmentos de piernas, brazos y cuerpos se encajaba en los intersticios de la dentadura, o se iba derramando sobre el suelo.
Otros que habían abierto sus fauces eran Germán y Carlos, pero no las habían cerrado aún. No decían una sola palabra. En el cuarto no se oía más que el rugido que emitía el dinosaurio, mientras se daba el atracón de humanos. Los dos críos estaban alucinados.
Un instante después se pudo escuchar otro rugido, pero esta vez proveniente de la cocina.
—¡Carlos! ¿Es que no me has oído? ¡Qué ya está la merienda!
—Noooo – musitó el aludido — con lo guay que está ahora
—Venga, tío, que sino te va a castigar tu madre — rebatió Germán — Dale al Standby y volvemos después de la merienda.
—Vale… — susurró el otro que permanecía con la mirada fija en la bestia, que continuaba con el festín —.
El demoníaco monstruo parecía no haber saciado su gula, con los soldados enemigos que se había merendado, ya que giró su mole de cuerpo en dirección a donde se acurrucaba la tropa medieval. El bicho se quedó unos instantes mirando al pelotón de humanos, de donde solo surgían sonidos de lamentos y de letanías implorando perdón a Dios, y suplicando que los acogiera en su seno.
—¿Desea suspender? Confirme dándole de nuevo al Standby
Confirmado
—¡La barrera! ¡La barrera! ¡Alabado sea Dios!
Los humanos gritaron de júbilo, al comprobar que la testa del tiranosaurio chocaba ontra un muro invisible.
Desde que comenzaron a padecer aquella pesadilla, periódicamente se materializaba una barrera transparente, que los mantenía enclaustrados en una zona durante unas horas. Por primera vez, la invisible pared era bienvenida.
Algunos soldados besaban la barrera salvadora, mientras que otros se burlaban del monstruo, que seguía empeñado en traspasar el muro, a la vez que emitía furiosos bramidos expresando su contrariedad.
Otro grupo rezaba, alabando a la divina voluntad, que les había librado de ser devorados. Cerca de ellos, el capitán del destacamento observaba con gesto serio las evoluciones de la bestia, mientras esperaba a que llegaran todos los oficiales, convocados a una reunión para preparar la defensa frente al monstruo, cuando cayera la barrera. Su mente atestaba de dudas y preguntas. ¿Dónde estaban? ¿Por qué les habían llevado hasta allí? ¿Qué voluntad demoníaca había creado aquel macabro juego? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Cuáles eran las maquiavélicas intenciones que tenían los creadores de aquel mundo de pesadilla?
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