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Cuchulain no tuvo mucho tiempo para meditar en el significado de las palabras de la hilandera. Tampoco le parecía oportuno revelárselo a nadie, pues era un secreto que prefería mantener guardado para sí. Además durante los días siguientes Cuchulain se mantuvo muy ocupado supervisando los preparativos de la marcha y su mente pronto se olvidó de la hilandera. Ciento quince de sus guerreros estaban listos para partir hacia el sur – los veinte restantes se quedarían defendiendo el dun – así como los treinta carros de guerra y la docena de perros de caza que había sobrevivido con Crínóg a la batalla que había tenido lugar a las afueras de Duncrun.
Cathbad y Bave llegaron a Dun Dealgan antes de que los hombres de Cuchulain abandonaran el fuerte. El druida iba montado en su caballo pardo, mientras la adivina cabalgaba sobre los lomos de una hermosa yegua blanca. Los guerreros recibieron a Cathbad con entusiasmo, ya que Laeg se había encargado de contarles la verdadera historia de todo lo que había sucedido en la colina, lo que hizo que vieran en el druida a una especie de salvador que les ayudaría a vencer definitivamente a los connachta en las llanuras de Midhe.
— Conchobar está reuniendo a todos los clanes en el sur – dijo el druida. – Dentro de una semana habrán atravesado la frontera.
— Dryst no ha llegado aún – dijo Cuchulain, que no podía ocultarle a su abuelo que detestaba la idea de ponerse a las órdenes de Conchobar. Cathbad captó de inmediato el mensaje implícito en las palabras de su nieto, pero prefirió pasar por alto aquel comentario y siguió hablando.
— No podemos esperarle. Tendremos que partir sin él – le dijo el druida.
Cuchulain se vio obligado a reconocer la veracidad de las palabras de Cathbad y ordenó a regañadientes a sus hombres que se prepararan para marchar hacia la frontera. La banda guerrera se puso en movimiento y empezó a seguir la estela del pequeño contingente de carros que encabezaba la marcha. Las nubes se arremolinaban en el cielo, amenazando con descargar un torrente de agua, pero ni una sola gota de lluvia cayó durante todo el día.
Los guerreros tardaron dos días en llegar al campamento de Conchobar. Un océano de tiendas de pieles se levantaba frente a los muros de la empalizada del dun de Celtchar.
Aquella tarde el rey convocó en su tienda a todos sus señores y a los jefes de los clanes. Cathbad y Bave también estuvieron presentes, para sorpresa de Cuchulain, que pensaba que el druida no volvería a presentarse delante del rey después de lo que este había hecho con Deirdre y los hijos de Usna. Veinte jefes de clan se habían congregado en la tienda del rey, aparte de los guerreros de la Orden que estaban sentados en el suelo, cerca de Conchobar. Todos eran ulates, a excepción de cuatro jefes guerreros, que eran eráinn. Cuchulain saludó al rey con un gesto seco y se sentó al lado de Conall, que sonrió a su primo de manera amistosa.
Conchobar había cambiado mucho desde que había sufrido en sus propias carnes la maldición de la diosa. Su rostro parecía más viejo. Las arrugas que surcaban su frente, así como las pesadas bolsas que había en torno a sus ojos constituían las marcas visibles que la enfermedad había impreso en su fisonomía, como un sello que deja su huella en una tablilla de barro. Sin embargo la mirada del rey no había perdido nada de su antiguo orgullo, y Cuchulain pudo discernir a través de sus ojos que Conchobar seguía poseyendo el mismo espíritu rencoroso y vengativo que le había llevado a ordenar la muerte a sangre fría de sus medio hermanos y de sus sobrinos.
— Mañana levantaremos el campamento y partiremos hacia el sur – dijo Conchobar, paseando su mirada sobre los asistentes. – Tenemos que impedir que Maev vuelva a cruzar nuestras fronteras. Los exploradores me han dicho que la reina ha establecido su campamento cerca de Tara.
—¿Cuántos son? – quiso saber un jefe de clan.
— Ocho mil guerreros – dijo Conchobar –, pero he oído que Maev está intentando reunir a más hombres entre los clanes de Midhe y Laigen.
— No lo conseguirá – dijo Cathbad. Todas las miradas se volvieron hacia él, asombradas de oírle hablar con tanta seguridad.
—¿Cómo lo sabes? – le preguntó el rey con un bufido.
— Soy un druida ¿recuerdas? – le preguntó Cathbad con sarcasmo. – Y aún puedo ver cosas que los demás no pueden ver.
—¿Lo has visto en el caldero de Dagda? – dijo Cuscrid, sonriendo irónicamente, como si quisiera hacerse el gracioso delante de todos los jefes de clan para congraciarse con ellos. Sin embargo ninguno de ellos le devolvió la sonrisa, pues a diferencia de Cuscrid los jefes de los clanes respetaban la autoridad del druida. Celtchar agachó la cabeza, avergonzado. El guerrero gris había sido testigo del terrible poder del caldero, pero su orgullo le había impedido decir la verdad sobre lo que había visto.
Conchobar miró a su hijo como si se avergonzara de su estupidez. El rey suspiró. Sin el apoyo de los jefes de los clanes Cuscrid jamás llegaría a convertirse en rey de los ulates. Conchobar arrugó el ceño con disgusto. Le desagradaba la idea de que su linaje muriera con Cuscrid, ya que Forbay, su otro hijo, era demasiado joven para poder sucederle en el trono, y los ulates no se habían olvidado de la maldición que Cathbad había pronunciado contra su descendencia aquella sangrienta noche en el salón de la casa de la Rama Roja.
— No, Cuscrid – dijo Cathbad, conteniendo su cólera. – Pero puedes estar seguro de que el caldero ha tenido mucho que ver con el hecho de que Erc y Mesgedra se hayan negado a enviarle hombres a Maev.
— He oído extraños rumores de lo que sucedió en aquella colina – dijo Cuscrid –, pero me niego a creer en esos relatos de viejas que los guerreros se cuentan unos a otros para que las noches de vigilia no se hagan tan largas.
— Y yo me niego a escuchar estas estupideces – dijo Conchobar, mirando al druida. – Dentro de unos días sabremos si es verdad lo que dices. De todas maneras, aun sin la ayuda de Erc y Mesgedra, las fuerzas de Maev son muy superiores a las nuestras. Nuestro ejército está compuesto por cuatro mil quinientos hombres, aparte de los ciento cincuenta carros que están a nuestra disposición, pero Maev cuenta con ocho mil hombres y cerca de trescientos carros de guerra.
Cuchulain ni siquiera se molestó en decirle al rey que se había olvidado de contar a los pictos, pero pensó que no sería una buena idea hacérselo recordar. Conchobar odiaba a Dryst, a pesar de la inestimable ayuda que el picto le había proporcionado durante todo el verano. El rey no podía olvidar que su hijo Follamain había caído luchando contra él. O quizás se trataba simplemente de una excusa para justificar su odio y su temor, ya que Conchobar tenía motivos suficientes para temer el creciente poder que representaban los clanes pictos, reunidos bajo el liderazgo de un único rey.
— Estoy rodeado de idiotas – dijo Cathbad. El consejo de guerra había finalizado y el druida se había reunido con Bave y Clíach en la tienda de Cuchulain. – No creo que los dioses sigan apoyándonos por mucho tiempo. Cuando Conchobar inicie su viaje al otro mundo los clanes ulates se negarán a aceptar a Cuscrid como rey y se pondrán a luchar entre sí para hacerse con la realeza. ¿No has visto las miradas de desprecio que los jefes de clan le lanzaban a tu primo?
— Sí – dijo Cuchulain. – Durante el asedio de Emain Macha tuve que defenderle varias veces para que los jefes no se rebelaran contra él.
— Lo matarán – dijo Bave. – Ese es el destino de todos los herederos incapaces de asumir las responsabilidades del trono.
— No me cabe la menor duda – le apoyó Cathbad.
Antes del amanecer Dryst llegó con su ejército al campamento. El rey de los pictos había forzado la marcha para encontrarse con su amigo Cuchulain y poder ayudarle en el campo de batalla. No pocos ulates se alegraron de verle, pues con él venían cien arqueros, doscientos jinetes y cerca de dos mil guerreros. Conchobar ni siquiera se molestó en darle la bienvenida, pero Dryst pasó por alto el desprecio del rey y se puso a buscar por todo el campamento la tienda de Cuchulain.
— Jamás te perdonaría que hubieses comenzado el juego sin mí – dijo Dryst. –¿No te dije que acabaría viniendo con mis hombres?
— Dudo de tu sinceridad, Dryst – dijo Cuchulain, sonriéndole. – Lo único que no me perdonarías es no haber podido recibir tu parte del botín.
—¿Acaso dudas de mis buenas intenciones? – le preguntó Dryst entre carcajadas. – Estoy en deuda contigo, Cuchulain. Tus enemigos son los míos.
—¿Y su oro también?
Dryst estalló en una nueva carcajada y golpeó con su puño el hombro de su amigo.
— Por supuesto. Todos los jefes tienen derecho a participar en el botín que se adquiere después de una victoria. Y no hay nada que agrade tanto a un picto como despojar a los muertos de sus pertenencias y llevarse sus cabezas como trofeos.
Los pictos apenas tuvieron tiempo para descansar. Conchobar ordenó levantar el campamento antes del mediodía e hizo que el ejército atravesara la frontera y entrara en las tierras de Erc, el rey de Midhe. Ninguna banda guerrera les salió al encuentro, pero todos eran conscientes de que los exploradores de Maev vigilaban con atención cada uno de sus movimientos aunque no se hicieran visibles desde la lejanía. El ejército de Conchobar alcanzó la llanura de Garach al atardecer del tercer día. Los ulates plantaron sus tiendas para pasar la noche mientras los pictos prefirieron construir toscas cabañas de hojas y ramas o bien optaron por dormir al aire libre cerca del calor de las hogueras.
Al día siguiente los exploradores le comunicaron al rey que el ejército de Maev había asentado su campamento al otro lado de la llanura, a menos de cinco kilómetros del suyo. La reina de Connacht se había quedado sola. Tan solo Lewy y Fergus se mantenían a su lado. Los exploradores no habían visto en el campamento enemigo a nadie que exhibiera en los escudos la enseña de Erc o de Mesgedra. Esta noticia llenó de alegría a los ulates, que veían en aquel indicio una señal inequívoca de que los dioses habían abandonado a la orgullosa reina de Connacht.
Conchobar aprovechó aquella oportunidad para enviar a Cathbad y a Cuchulain como mensajeros al campamento de Maev. El rey de Ulaid estaba dispuesto a hacer las paces con Maev y a regresar con su ejército a Emain Macha bajo las siguientes condiciones: que los connachta le hicieran entrega de todas sus armas y que Maev y Aillil le pagaran una indemnización de guerra de tres mil cabezas de ganado.
Cuando Maev escuchó de labios del druida las exigencias de Conchobar se echó a reír de manera desdeñosa y luego se retiró a su tienda, dejando a los dos mensajeros en compañía de sus jefes. De aquel mensaje se deducía que el rey no quería llegar realmente a ningún acuerdo con los connachta. Conchobar se había limitado a exponer sus exigencias de tal modo que resultaran totalmente inaceptables para Maev, lo cual le serviría de excusa perfecta para aniquilar a su ejército. Desde su asombrosa recuperación el rey había vuelto a recobrar una parte de su antiguo valor y se sentía capaz de afrontar cualquier clase de desafío, sin importarle en absoluto las consecuencias que pudieran derivar de aquello. Se creía invencible, capaz de retar a los mismos dioses, y no obstante seguir con vida.
Poco antes de abandonar el campamento Fergus se dirigió hacia sus antiguos amigos y les pidió que se detuvieran.
—¿Es cierto que las Sombras os ayudaron a vencer a Erc y a Mesgedra? – les preguntó.
— Tan cierto como que te has convertido en el amante de Maev – dijo Cathbad con una sonrisa.
Fergus ignoró el comentario sarcástico del druida y se volvió hacia Cuchulain, que asintió con la cabeza sin decir ni una sola palabra. En cierto modo el ulate comprendía el odio que Fergus sentía hacia Conchobar, pero lo que Cuchulain no podía entender era que Fergus luchara al lado de los connachta para destruir a la gente de su propio clan, hombres que llevaban la misma sangre que él llevaba y que no habían participado con los guardias del rey en el asesinato de Deirdre y los hijos de Usna.
—¿De qué tienes miedo, Fergus? – le preguntó Cathbad. –¿Temes que vuelva a utilizar el caldero de nuevo?
— No te atreverías a hacerlo – dijo una voz a sus espaldas. Se trataba de Calatin, que había surgido de un grupo de tiendas que se levantaban en desorden cerca del límite del campamento. – Nadie puede controlar a las Sombras. ¿De qué os serviría vencer si dejas una puerta abierta a las criaturas del Annwn para que estas vuelvan a ejercer su antiguo señorío sobre la tierra?
— El tiempo de los dioses oscuros ha pasado, Calatin – dijo Cathbad con voz severa. – Ninguno de ellos, ni siquiera Crom, puede abandonar la sombría región que les sirve de morada, más allá del océano, donde el disco del sol se hunde diariamente en las aguas del mar. No olvides que el caldero está sujeto a la autoridad de Dagda, quien jamás consentiría que los Fomoré regresaran para imponer su cruel tiranía sobre los hombres.
— Tus dioses son débiles, druida – se mofó Calatin. – Si el caldero no hubiera caído en tus manos el destino de Ulaid habría sido muy diferente. ¿Dónde estaban tus dioses cuando se propagó la peste en Ulaid? ¿Crees que prestaron atención a vuestros ruegos y a vuestras súplicas de auxilio? ¿Acaso os ayudaron cuando Maev invadió vuestras tierras? No, Cathbad. Estaban demasiado ocupados en sus quehaceres como para escucharos. Os han abandonado. Vuestros dioses no son más que un panteón de muertos.
Cathbad sacudió la cabeza y volvió la espalda para marcharse, dando por terminada la conversación. Calatin miró fijamente a Cuchulain y le sonrió, y fue entonces cuando el ulate se prometió a sí mismo que tarde o temprano acabaría dándole muerte, sin importarle las maldiciones que conllevaba matar a un miembro de la Orden, pues mientras Calatin estuviese vivo seguiría animando a los clanes de Connacht a emprender la guerra sagrada contra los ulates.
— Volveremos a vernos, druida – dijo Cuchulain.
— No me dan miedo tus bravatas, perro. Nadie se atreve a amenazar al jefe druida de Connacht – dijo Calatin. – Eres demasiado orgulloso, ulate. Te crees mejor que nosotros porque adoramos a dioses diferentes y porque vivimos en una tierra que es tan ingrata como ellos, pero mi gente también tiene derecho a sobrevivir y solo la espada o la muerte podrán desistirnos de nuestro propósito. Que la Madre Tierra sea testigo de mis palabras, pues ella seguirá aquí cuando tú y yo no seamos más que cenizas y recuerdos.
— Que así sea, druida – le advirtió Cuchulain. – Pero no habrá paz entre tu pueblo y el mío mientras sigamos luchando por la misma tierra que pisamos.
Al día siguiente Conchobar ordenó a sus guerreros que levantaran el campamento y que se prepararan para la batalla. Los guerreros se agruparon en torno a sus jefes y avanzaron lentamente hacia el campamento de Maev. Los connachta ya habían previsto su llegada y se situaron a mitad de camino, dispuestos a frenar el avance del ejército ulate. Aquella mañana el amanecer había sido sombrío, pues una gran masa de nubes cubría el cielo hasta donde alcanzaba la vista. Era cuestión de poco tiempo que cayera un aguacero sobre la llanura de Garach.
Conchobar se había puesto al frente de los ciento cincuenta carros de guerra de su ejército, entre los que se contaban los treinta carros de Cuchulain, que exhibían en los cubos de las ruedas las mortíferas cuchillas que tanto atemorizaban a sus enemigos.
La lluvia comenzó a caer con fuerza poco antes de que los seis mil pictos y ulates se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo con las líneas connachta. Los trescientos carros de Maev se separaron del cuerpo principal de su ejército y se dirigieron al encuentro de los vehículos ulates. El tremendo choque delos carros se confundió con los relinchos agónicos de los caballos y los gritos de guerra de los hombres, que saltaron de las plataformas y se arrojaron espada en mano contra sus odiados enemigos. En un principio la superioridad numérica de los connachta superó a los ulates, pero de pronto surgieron de entre los carros un centenar de arqueros pictos, que dispararon sus flechas con mortífera puntería contra los aurigas enemigos y provocaron que una gran cantidad de carros se quedara sin conductor que los guiara. El caos aumentó cuando los jinetes pictos irrumpieron en el flanco izquierdo de los connachta, causando una gran carnicería y apoderándose de todos los vehículos que pudieron encontrar. Maev resistió con los suyos todo el tiempo que le fue posible, pero al final, obligada por las desastrosas pérdidas de su ejército de carros, y por el desarrollo de la batalla que tenía lugar en la llanura, tomó la decisión de retirarse con unos pocos seguidores hacia el oeste, en dirección al Shannon. Muchos vehículos connachta quedaron atascados en el lodo, pues la lluvia había convertido los campos en húmedos barrizales, frenando las ruedas de los carros e impidiendo la huida de sus desesperados ocupantes.
Mientras Conchobar y Cuscrid perseguían a Maev hasta la frontera Cuchulain se precipitó con sus treinta carros contra la retaguardia enemiga, que combatía con desesperado valor contra los infantes pictos y ulates a pesar de haber presenciado el desastre de los carros y la huida de los reyes de Connacht.
Los pictos se habían situado en el centro de la línea ulate. Sus falanges no tardaron en quebrar el centro de las filas enemigas, cuya posición había sido encomendada a los eráinn de Lewy. Las lanzas de los pictos penetraron sin encontrar apenas resistencia en los cuerpos de los eráinn, que no llevaban ninguna clase de armadura y solo vestían pieles de animales salvajes para protegerse, aparte de los escudos forrados de piel. Una vez que el centro hubo cedido a los embates de Dryst el ejército connachta se dividió en dos unidades más pequeñas. Los gaélicos y los laigin quedaron aislados en el flanco derecho, mientras los domnain decidieron resistir hasta el final en el lado izquierdo. Entonces la batalla se convirtió en una espantosa matanza. Los pictos exterminaron con sus lanzas a los eráinn mientras el resto del ejército ulate eliminaba a los guerreros connachta que se habían quedado aislados en los flancos. Los ulates masacraron sin piedad a sus ancestrales enemigos, dispuestos a vengar los saqueos y las violaciones que los connachta habían llevado a cabo en Ulaid durante el verano. No hubo tregua para los vencidos, ni clemencia para aquellos desdichados que arrojaban sus armas pidiendo que se les perdonara la vida. Solamente la lluvia impidió que los carros ulates exterminaran por completo a los guerreros de Maev, ya que la llanura de Garach estaba tan empapada de una espantosa mezcla de agua, barro, orines, excrementos y sangre que los carros se quedaron inmovilizados y no pudieron emprender la persecución de los que huían.
Cuchulain dejó que el lobo que moraba dentro de él desatara toda su furia y su odio hasta que finalmente su sed de sangre quedó saciada y la bruma roja que inundaba su cerebro se hubo desvanecido. Fue entonces cuando se sintió asqueado de sí mismo, harto de derramar sangre y de clavar su espada en los cuerpos de los fugitivos. De pronto se puso a pensar que no existía ninguna clase de heroísmo en aquella lodosa llanura, y que no había ningún honor en abrirle la espalda a los hombres que huían, o cortarles la cabeza a aquellos que pedían inútilmente misericordia. Cuchulain se sentía arrastrado por una ola de sentimientos contradictorios, dividido entre el implacable instinto de supervivencia, que exigía a toda costa la muerte de aquellos que en el futuro podrían saquear sus tierras, quemar su fortaleza y llevarse a su mujer como esclava, y entre lo absurdo e inútil que representaba para él la muerte de unos hombres que no podían defenderse y que habían arrojado sus armas al suelo esperando la clemencia del vencedor.
Después de la batalla los ulates y los pictos despojaron a los muertos de sus torques, brazaletes, joyas y armas, y por último privaron a los cadáveres de sus cabezas, que serían llevadas como trofeos por los vencedores. Los cuervos se encargaron del resto. Los ulates no tenían la intención de tomarse la molestia en dar sepultura a los que habían caído.
Los connachta no habían tenido tiempo para recoger el campamento. Las tiendas permanecían erguidas, como tristes sombras empapadas de lluvia. Cuchulain fue de los primeros en llegar al campamento enemigo, pero sus compañeros de armas no tardaron en hacer lo mismo, seguidos de cerca por los pictos, que no estaban dispuestos a consentir que los ulates se hicieran con la mayor parte del botín. Los viejos odios entre ambos pueblos se reavivaron ante la perspectiva del saqueo y al poco rato empezaron a estallar las peleas y las discusiones entre el ejército. Nadie estaba satisfecho con lo que tenía. Un tonel de vino galo, traído desde el continente, un collar de oro o unas cuentas de ámbar eran una excusa perfecta para que los guerreros se enzarzaran en una cruenta reyerta. Varios hombres murieron en aquellas refriegas, hasta que los jefes de los clanes intervinieron en las disputas y no dudaron en pasar a cuchillo a los culpables.
Sin embargo, para alegría de los guerreros, el campamento de Maev no estaba vacío. Algunos guerreros connachta se habían refugiado allí, pero los ulates no estaban con ánimos de perdonarle la vida a nadie y mataron a todos los que encontraron con vida. Los ulates rugieron como fieras salvajes cuando descubrieron a varios grupos de mujeres que se ocultaban en el interior de las tiendas, aterrorizadas por el resultado de la batalla y por el terrible destino que les esperaba. Algunas eran las esposas o las concubinas de los que habían muerto en la llanura, y sus hijos se pegaban a sus faldas con temor. Otras eran esclavas, pero no parecieron alegrarse de que los guerreros de Conchobar las hubieran liberado. Algunas de ellas pertenecían incluso a varios clanes ulates, pero a estos no les importó su origen. Todas ellas fueron violadas repetidas veces por los vencedores, que a aquellas alturas estaban borrachos con la cerveza y el hidromiel que habían encontrado en el campamento enemigo.
Cuchulain volvió la vista a un lado para no contemplar aquella orgía de sangre y violaciones. El ulate se sentía vacío y extraño. La sensación que había dominado su espíritu al comienzo de la batalla, haciéndole creer que era un protegido de los dioses, como si fuego líquido corriera con locura por sus venas, invulnerable a cualquier estocada, se había desvanecido como una piedra que se arroja al fondo del mar.
— Supongo que este es el verdadero rostro de la guerra – dijo una voz a espaldas de Cuchulain.
Era Clíach. El bardo se había adentrado en el campamento de Maev sin temor a que alguien pudiera hacerle daño. Su persona era sagrada y a ningún guerrero – incluso enemigo – se le habría pasado por la cabeza ponerle las manos encima.
— Así es – dijo Cuchulain. – Esto que ves aquí es una de sus múltiples caras. Los poetas que hablen de nuestras futuras hazañas en la llanura de Garach no dirán nada de las mujeres violadas ni de los prisioneros que suplicaron con desesperación que se les perdonara la vida.
— No podía ser de otro modo, señor – dijo el bardo.
Mientras los gritos de las mujeres seguían resonando en los oídos de Cuchulain, mezclados con los cánticos de los guerreros, que no paraban de beber de los toneles capturados en el campamento, Cuchulain y Laeg bajaron del carro y se pusieron a buscar una tienda para protegerse de la lluvia, pues muchas de ellas habían sido saqueadas y derribadas por sus compañeros, o bien estaban ocupadas por otros guerreros que disfrutaban de sus recién adquiridas posesiones y que no querían compartir el botín con nadie. Clíach acompañó a su amo hasta una tienda que sobresalía en el centro del campamento, pero antes de llegar a ella un anciano de larga barba trenzada apareció en el umbral, vestido con una túnica y una capucha negras y llevando una vara de serbal en su mano derecha. Todos se detuvieron al reconocer a Calatin, pero Cuchulain se adelantó a sus compañeros y se acercó al druida de forma amenazante.
Calatin observó que el ulate no había envainado todavía su espada. Ni siquiera parecía estar asustado por el hecho de que le hubieran sorprendido en plena huida. El jefe druida de Connacht esbozó una cruel sonrisa y miró a su alrededor.
— Habéis vencido, ulates, pero no penséis que con esta victoria habéis destruido el poder de los connachta. Nuestros clanes volverán a unirse y entonces acabaremos con vosotros.
— Tenemos una deuda pendiente – le dijo Cuchulain. – Te dije que si volvíamos a encontrarnos mi espada bebería tu sangre. Todavía puedo recordar los gritos de mi gente y el olor de su carne quemada ante los muros de Emain Macha.
— No puedes matarme – le amenazó Calatin. – Atraerías la desgracia sobre ti y sobre tus descendientes. Nadie puede matar a un druida y quedar exento de la cólera de los dioses.
—¿Crees que me importa la maldición de los dioses? – le preguntó Cuchulain en un súbito arranque de cólera. – No tengo hijos que lleven mi nombre. He matado a mi mejor amigo, a mi hermano de sangre, con quien había hecho un juramento ante los mismos dioses de amistad eterna, así que ahora no me importa desafiarlos. No tengo nada que perder, druida.
Calatin abrió la boca para responderle, pero lo último que vio fue el filo de la espada de Cuchulain cerniéndose sobre él. El ulate le separó la cabeza de los hombros y luego la dejó clavada en la punta de una lanza, a la entrada de la tienda. Los ojos desorbitados del druida miraban sin ver la intensa cortina de lluvia que caía sobre el campamento, como si fueran incapaces de sobreponerse a la sorpresa de su propia muerte.
Cuchulain entró en la tienda y se echó sobre el primer jergón que encontró. Al instante se quedó dormido, sin importarle que en el exterior sus compañeros degollaran a los últimos supervivientes y se pusieran a violar a las cautivas, cuyos gritos de agonía llegaron a él antes de que el ulate se sumergiera en un pesado sueño sin recuerdos.
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