LA GUERRA DE KISKINDA
Rama y el valeroso Laksmana cuando volvieron al lugar en donde habían dejado a Sita, sin hallarla, prorrumpieron en lamentaciones:
–¡Oh destino cruel el mío! –exclamaba el generoso príncipe-. ¡No contentos los dioses con verme condenado al destierro, me han enviado ahora esta desgracia! ¡Verme privado de mi compañera, cuya fidelidad había llegado hasta el extremo de preferir desterrarse conmigo a permanecer en medio de los agasajos de la corte de Ayodia!
–Vergüenza también para mí –respondía Laksmana-, que teniendo un arco y un carcaj lleno de flechas no quise obedecer las órdenes de mi hermano y abandoné a la mujer cuya guarda me había confiado, dejándome llear de un indiscreto temor. ¿Cómo la hallaremos ahora? ¡Es preciso que caiga sobre mi cabeza toda la culpa de esta desdicha!
Así caminaban por las selvas, lamentándose, Rama y Laksmana cuando oyeron ruido de pisadas por entre los matorrales más espesos. Temiendo verse sorprendidos por algún animal salvaje, se hicieron a un lado y escucharon atentamente, y entonces, en medio del silencio, una voz sonora y viril preguntó:
–¿Quién es el que así se lamenta con tan terribles imprecaciones? ¿Es noble o plebeyo? ¿Es brahmán o kshatria? Si ha cometido algún crimen, allá él con su dolor, y cumpla su castigo en lo que sea justo. Pero si es algún afligido o perseguido por injusta causa, hable a su Sugriva, príncipe de los vanars, y a su fiel compañero Hanumana, que también injustamente padecen.
Sintiéndose algo consolados, aun en medio de su aflicción, por haber encontrado tan inesperada compañía, Rama y Laksmana se dieron a conocer.
–¡Oh tú que tan generosamente te has nombrado a ti mismo! –dijo el príncipe a Sugriva-. Sabe que yo soy Rama, hijo de Dasarata, rey que fue de la ciudad de Ayodia y que ahora descansa en la paz de los dioses. Por mi voluntad y no por otra causa alguna cumplo destierro para no negar la real palabra de mi padre, dada a una reina caprichosa y cruel. He renunciado a todas las comodidades, a todos los honores a los que tenía derecho por mi estirpe, y dejado en posesión del trono a mi hermano para que gobierne en mi lugar durante los catorce años que debe durar mi retiro en la selva. Y éste es mi valiente y fiel Laksmana, que ha querido seguirme en mi infortunio. Pero al partir para el destierro me juzgué feliz sabiendo que deseaba acompañarme a él mi esposa Sita. ¡No pensaba que también los dioses iban a negarme su compañía, de un modo imprevisto y doloroso! Sita ha desaparecido misteriosamente, arrebatada en un carro de fuego por el pérfido Ravana, rey de los espíritus del mal. Ignoro a qué remoto lugar pueda haberla llevado; pero no dejaré de recorrer ninguno de los múltiples caminos de la tierra hasta dar con mi esposa. Eso es todo.
Sugriva, maravillado de la desdicha y de la generosidad de Rama, le contó a su vez su historia, que no desmerecía en desdichas de la suya propia. El hermano de Sugriva, el pérfido Bali, tirano de Kiskinda, le había arrebatado con perfidia a su esposa y a su reino, y después de desposeerle con astucia, le había proscrito, de tal manera que tuvo que huir, disfrazado, para salvar la vida, pues su cabeza había sido puesta a precio.
Aquella comunidad de infortunios encendió en el pecho de Rama una ardiente simpatía hacia el príncipe desterrado, y prometió ayudarle.
–Puedes regocijarte, señor, de haberme encontrado en tu camino –le dijo Rama-. Con mi apoyo no necesitas súbditos fieles, ni ejércitos, ni siquiera recurrir a la astucia. Poseo unas flechas mágicas, tales que nunca fallan el blanco. Si deseas que sea su aliado en la empresa de recuperar tu trono, no dejaré de prestarte mi brazo fuerte. Pero dime: ¿quién es ese valiente que te acompaña? Por su aspecto no se parece a los demás mortales, y diríase que es mudo.
Hablando con Sugriva los dos príncipes no se habían fijado hasta entonces en el extraño compañero que caminaba con él por las selvas. Pero Hanumana, dotado de oportunidad y de gran inteligencia, al oír que hablaban de él se dejó ver claramente por entre las espesas matas que medio le cubrían y apareció ante los ojos asombrado de Rama y Laksmana un enorme mono blanco, que por su estatura, igual a la de un hombre, y robustos miembros, prometía gran fuerza y agilidad. Y el príncipe de los monos Hanumana, mostrándose digno acompañante del rey a quien servía de escudero, saludó a los dos héroes con una profunda reverencia.
Hanumana estaba dotado de voz articulada, y poseía, además, muchas destrezas, unido todo ello a un valor indomable. Puestos de acuerdo los cuatro, Rama, Sugriva, Laksmana y Hanumana, prosiguieron su marcha por la selva y se encaminaron, corriendo muchas aventuras, al reino de Sugriva, donde imperaba, creyéndose muy seguro, el tirano usurpador Bali.
Mientras atravesaban los densos bosques, Hanumana, príncipe de los cuadrumarnos, reclutaba para que marchase en su seguimiento un inmenso ejército de monos, porque es tan grande el poder del hombre justo, que cuando Sugriva fue desterrado de su reino, a falta de hombres que apoyasen su causa, los mismos seres irracionales se ponían de su parte.
De esta manera, cierto día, al amanecer, en los tiempo en que faltaba un mes para que llegase la estación de las lluvias, los centinelas que montaban la guardia en las murallas de la ciudad de kiskinda vieron acercarse a lo lejos el más extraño ejército que nunca conocieron los siglos. A su cabeza marchaban tres caudillos hermosos como dioses y en su seguimiento iba un formidable ejército de simios, capitaneados por un majestuoso mono blanco, que se movía y los dirigía como un ser dotado de maravillosa inteligencia.
La batalla fue terrible. Los soldados que guardaban al tirano Bali, desconcertados por el inesperado ataque, de momento no acertaron a defenderse. Los habitantes de la ciudad, llamados a las armas, no se atrevían tampoco a luchar con todo su coraje contra aquel extraño ejército de monos, el prodigio más inesperado que recordasen haber visto. Infundíanles particular temor Hanumana, el mono blanco, y los dos guerreros desconocidos (Rama Y laksmana). En el tercero habían reconocido muchos ya a su antiguo rey Sugriva y sentían repugnancia en llevar las armas contra él.
Pero Bali quería defenderse a toda costa, y con terribles amenazas obligaba a los fieles súbditos de Sugriva a marchar contra su señor.
–¡Oh Gran Rey! –dijo Rama, después de luchar largo tiempo, con sus compañeros, para que prevaleciese la justa causa-. Me parece lo más acertado que tú o yo desafiemos todo este desastre. ¿Para qué sembrar inútilmente la muerte entre los inocentes? Preciosas son las vidas de tus fieles súbditos. ¡Ea! ¡Dirijámonos hacia el centro de la batalla y enfrentémonos con el culpable!
Los monos de Hanumana luchaban tan denodadamente que los dos héroes encontraron dificultad en abrirse paso hacia lo más denso de los enemigos. Pero al fin lo lograron y se encaminaron hacia el carro del tirano Bali, que estaba rodeado de los mejores guerreros de su guardia. Entonces Sugriva lanzó contra el usurpador su grito de desafío:
–¡Traidor Bali, opresor de mis fieles adictos! Yo, tu soberano legítimo, Sugriva, príncipe de los vanars, después de no haber encontrado fuerzas entre los hombres para apoyar la justicia de mi causa, refugiado en la selva, la he encontrado en el maravilloso pueblo de los simios, que me apoyan con todo su poder, conducidos por su rey Hanumana, defensor de los justo! ¡Traidor Bali! Yo te desafío en combate singular o junto con tus guerreros que te siguen en la traición; no importa acometáis uno a uno o todos juntos. Que los demás cesen en esta indigna matanza, y los dioses apoyen el buen derecho.
Bali, animado al ver que tenía que combatir contra un solo hombre, sintió una feroz alegría, deseando con impaciencia terminar aquella situación angustiosa. No había visto a Rama, y cuando el héroe compareció, armado con su terrible arco, junto a Sugriva, el usurpador se había lanzado ya al ataque, rodeado de los guerreros de su guardia. Pensaba dar buena cuenta del rey de los vanars.
Pero del pronto el silbido estridente de una flecha derribó al más aguerrido de sus hombres, que cabalgaba a su lado. E inmediatamente se oyó silbar otra, y los hombres de Bali caían como los árboles fulminados por la tormenta. De nada les valían sus cotas de malla ni sus escudos, tan espesos como las escamas de un dragón. El arco mágico de Rama, que no fallaba nunca el tiro, iba derribando uno tras otro a los enemigos de Sugriva, y el tirano se iba quedando solo frente al hombre a quien había ofendido. Por fin cayó el último de los guerreros, y entonces Rama apuntó su arco contra Bali.
Sugriva le daba voces diciéndole que se lo dejase a él, que le había desafiado para medir sus armas en singular combate. Pero Bali, sin esperar a que Rama y Sugriva se pusieran de acuerdo, volvlió grupas y emprendió una huida precipitada. Entonces Rama, seguido por el rey de los vanars y Hanumana, se lanzó en persecución del traidor. No tardó en acortar la distancia que le separaba de su caballo, a pesar de su frenética carrera, y disparándole la última de sus flechas le atravesó la espalda, y la punta, ensangrentada, asomó por el pecho. Bali cayó en el polvo lanzando un gran alarido y dejó de existir.
Imposible describir la gratitud y los agasajos de que fue objeto Rama en el reino de Kiskinda. A toda costa el rey Sugriva, que no cabía en sí de gozo, quería llevarle al interior de los muros de la gran ciudad para festejarle como se merecía. Pero el virtuoso príncipe rechazó el ofrecimiento, pues desde que pesaba sobre él la sentencia de destierro había jurado no volver a ninguna ciudad populosa ni franquear sus muros hasta que hubiesen transcurrido catorce años.
Rama se retiró a las montañas Nilgiri para esperar que pasase la estación de las lluvias, así, pues, a pesar de los ruegos de sus amigos y de los fieles vasallos del rey Sugriva.
Acabadas éstas, que por su ímpetu y abundancia imposibilitaban toda empresa bélica, Sugriva, para recompensar a Rama de la gran hazaña que había hecho para facilitarle recuperar el trono, reunió a su hombres, los temibles guerreros vanars, y envió emisarios que investigasen el paradero de la gentil Sita, recorriendo los cuatro puntos cardinales. Los exploradores del reino de Kiskinda se pusieron en marcha y recorrieron el contorno de la tierra, deseando ardientemente cada uno ser el privilegiado con el hallazgo de Sita, para ser agradable a su rey y señor. Pero buscaban en vano. El astuto demonio Ravana se había llevado a la joven más allá del océano inmenso, y ningún mortal podía cruzarlo a pie para alcanzar los inaccesibles dominios de raksa.
Faltaba, sin embargo, un valiente que se dedicase a la búsqueda de Sita con ánimo de no retroceder ante ningún obstáculo. Y éste fue Hanumana, el rey de los simios. Apartándose de los caminos que recorrían los demás se lanzó en dirección al sur, hacia el mar de Ceilán, cruzando antes inmensos desiertos y profundas selvas. Con la rapidez del viento, de quien era hijo, Hanumana llegó al estrecho que separa Ceilán de la península hindú, y después de atravesar, volando, pulsado por mágica fuerza, las aguas inmensas del océano, llegó a Ceilán, a la isla de color esmeralda, ceñida por el zafiro del mar. Allí, en la ciudad de Lanka, tenía su sede el terrible Ravana, y una vez en tierra penetró Hanumana en unos maravillosos jardines, donde estaba prisionera la dulce Sita.
Las hiedras trepadoras de aquel maravilloso jardín se abrazaban a los árboles; las flores de loto reflejadas en las lagunas embalsamaban el aire; pájaros de mil formas y colores animaban los árboles, y las flores parecían confundirse con ellos. Ardillas y otros mil animalitos graciosos corrían entre la espesura con incesantes retozos. Allí se podía ver la flor del sampaka, roja como la sangre, y los árboles del punaga y el saptaparna; los espléndidos karnikara y kinsuka resplandecían como la luz del día.
En medio de tanta alegría y hermosura, Hanumana pudo ver a la princesa. La reconoció en el acto por la gracia mayestática de su porte, aunque llevaba los vestidos toscos con que, voluntariamente, había marchado al destierro con su marido. Su rostro estaba pálido por el sufrimiento, la añoranza de Rama y los ayunos y largos desvelos, y en él se reflejaba la angustia que le roía el corazón. Sus negros cabellos, peinados en una sola trenza, caían hacia atrás; sus ojos estaban sin luz y su frente se inclinaba hacia el suelo, llena de pesadumbre.
Hanumana se fijó en algunos brazaletes que ostentaba, propios sólo de una persona real, signo de lealtad inmutable, y en sus pendientes de oro, regalo de Rama en otro tiempo. Y así, desde el follaje, Hanumana alzó su voz en una hermosa canción, y los valles de la ciudad de los raksas resonaron con la gloria de Rama.
–¡Oh bella princesa, hija de Janaka rey de Mitila, escucha mis palabras! Ante ti está un mensajero de Rama, tu noble esposo, quien, desesperado ante tu desaparición, ha recorrido los bosques y caminos en tu busca, sin hallar de ti la más leve huella hasta que un día, en lo mas profundo del Malia, se encontró con Sugriva, nuestro rey, quien le prometió ayuda, como así lo ha hecho al enviarme a ti con un mensaje. ¡Éste es! Mira este anillo en que está grabado el nombre de tu esposo y rey. Rama, el príncipe generoso y justiciero, te lo envía por mi mano para que sepas que siempre serás cara a su corazón. Nada temas, pues cercano está el día en que será librada de tu encierro. Al frente de poderosas tropas llega Rama, invencible, para rescatar a su adorada esposa del poder del cruel e impío Ravana. El recuerdo de Sita no abandonará a Rama ni durante el día agobiador ni durante la noche tenebrosa, hasta que con su venganza profunda y terrible pueda matar a Ravana y a su estirpe.
La princesa tomó el anillo con emoción marcada en su rostro y preguntó por su esposo y por su cuñado. Luego quiso saber cuántos días tendría aún que estar allí, vigilada siempre por fieros raksas, que la miraban de un modo amenazador. Y Hanumana, después de haber alentado a la princesa con afectuosas palabras, con intrépido valor volvió a atravesar las aguas del inmenso mar, llevando consigo una joya que le dio Sita para su esposo, desprendida de sus trenzas. Llegó el mono a la cima de Prasravana, en donde estaba Rama con su hermano, y lágrimas de dolor y rabia brotaron de los ojos del príncipe justiciero mientras tomaba en sus manos la prenda que le enviaba su esposa.
Ordenó al punto, con fiera decisión, que todas las tropas estuvieran preparadas, pues quería correr en pos de la libertad de su dulce esposa, que languidecía entre las paredes de la ciudad de Lanka.
ASAMBLEA DE GUERREROS
Ravana se desesperaba entretanto el escuchar las hazañas de Hanumana, quien no sólo había penetrado en la isla y encontrado a Sita en su florida cárcel, sino que había conseguido incendiar una gran parte de la ciudad antes de salir de ella. Reunido un consejo, todos los paladines se inclinaban hacia la guerra contra Rama, conocedores de lo que su rey deseaba, menos Vibisana, el hermano menor de Ravana, quien censuró a su hermano el que lanzase contra el justo príncipe sus tropas aguerridas, ya que éste no le había hecho mal alguno. Pero su voz fue ahogada por la de los consejeros más brutales. El segundo hermano de Ravana también se atrevió a alzar la voz para censurar la acción de su hermano mayor; pero, fiel sin condiciones, estaba decidido a luchar por su rey tanto si éste tenía razón como si no la tenía.
Vibisana fue expulsado de la corte de los raksas y se encaminó a encontrar a Rama en el campamento que los simios, con Sugriva a la cabeza, habían formado en el continente. Y allí habó de esta forma:
–Desde la nube rosácesa en que estoy sentado les dirijo la palabra, valerosos simios. ¡Escuchadme! Yo soy Vibisana, hermano menor de Ravana. Inútilmente intenté detener la furia de mi hermano e inútilmente también quise abrir sus ojos a la verdad para hacerle desistir de esta lucha que se avecina. Una y otra vez le rogué que permitiera a Sita volver al lado de su esposo, pero mis palabras no hicieron mella en él. ¡La muerte le empuja! Entonces decidí abadonarle. Anunciad a Rama mi presencia y decidle que vengo para ayudarle en la lucha inevitable.
Descendió Vibisana de la nube y juntamente con él millares de genios que le acompañaban, deseosos también de huir del mal. Sugriva los recibió con muestras de halago y los condujo a presencia de Rama, ante el cual Vibisana sintió su corazón lleno de gozo, y, dejando colgadas de un árbol las armas que traía, fue a prosternarse con sus compañeros a los pies de Rama.
Rama no consintió que Vibisana le besara los pies, sino que le alzó del suelo con aquella majestad que le caracterizaba, diciéndole:
–¡Sé bien venido!
Vibisana sintió su corazón rebosante de júbilo ante estas palabras y le dijo:
–¡Oh Rama! Tú, el más austero de los ascetas que habitan en las chozas de las montañas, el que cumple con más fidelidad la práctica de las maceraciones, tú serás quien me redima de mis malos hábitos. Vengo a ti en busca de refugio, para quedar libre de las alucinaciones perversas que vienen a tentarme. Dejando atrás la ciudad de Lanka, donde tengo mis riquezas y palacios, vengo a ofrecerme a ti con los poderosos servidores que me acompañan. Formaré alianza contigo y conduciré a tus ejércitos hasta guerreros y que caiga Lanka en tu poder.
Nada respondió Rama a estas palabras, pero Hanumana y Sugriva le respondieron:
–Los raksas bien supieron lo que hacían cuando se establecieron en Ceilán, pues ni los dioses más poderosos podrán jamás apoderarse de Lanka. Es preciso que construyamos un puente gigantesco que nos permita cruzar el mar, al que guardan millones de seres marinos que viven en lo más profundo del océano.
Para decidir la manera de cruzar aquella extensión de agua, fue celebrado un consejo. No se consiguió llegar a un acuerdo, y Rama, irritado, arrancó el arco de manos de Laksmana, lo encorvó para asegurar en él las flechas, y luego, con rápido movimiento, lanzó sus dardos en dirección al mar, con gesto de desafío.
No tardó éste en sentir la acometida del Ragava. Alzáronse las olas con terrible empuje, llegando en su altura a sobrepasar casi las montañas, a la par que de entre las olas surgieron gigantescos tiburones y monstruosos animales marinos. De repente, de entre las aguas emergió una figura cubierta con un resplandeciente traje talar, adornado de rojas flores y refulgentes diamantes, quien, acercándose a Rama, le dijo:
–¡Yo soy el Océano, oh Rama, intrépido príncipe dasarita! Prohíbo terminantemente que sobre mí se tienda ningún puente, que humillaría mi poderío, pero sí te autorizo a construir una calzada por la que puedas pasar tú y los monos que forman tu ejérito.
Apenas cesó de hablar, esfumóse la imagen del mar y los monstruos desaparecieron también. Sólo quedó la superficie azul y serena de las aguas, como una alfombra de lapislázuli.
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