CAMISETAS AURORA AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Relato Fantástico: El Portador de Goldoga
Cuenta la leyenda que Gadalond, el dios del firmamento, le entregó su espada a un bravo guerrero para que pudiera defender a los hombres de la furia de Dandalon. Pero aunque este combatió heroicamente, el arma no le aceptó como legitimo dueño. Y así, esta decidió emprender un viaje por entre los mundos y los planos buscando a un digno portador
Por Laura López Alfranca

Relato Fantástico - El Portador de Goldoga En el pequeño pueblo de Donwowaar se respiraba nerviosismo ante lo que se avecinaba. Muchos de sus habitantes, aun sabiendo que no era la hora, alzaban la vista hacia el cielo opaco verde manzana, por si veían la señal del final del estenio.
En aquel firmamento no había nubes y tampoco había soles, siquiera lunas, ¿para qué? Los agricultores no los necesitaban. Sabían que era de noche cuando apenas podían ver más lejos de sus narices y que era de día cuando ocurría lo contrario... por lo tanto, los astros eran innecesarios.
Lo único que marcaba el paso del tiempo era la Noche de la Triangulación. Una vez cada ciclo, el Dios del Cielo Gadalond, permitía salir a jugar a sus tres hijas mayores: Mistifen, Daraste y Humin. Cuando esto ocurría, el firmamento se teñía con un color verde azulado y las tres pequeñas estrellas brillaban en el cielo con pasmosa claridad.
El fin del estenio era también el último día en el que se recogía la cosecha, por lo que era la única noche que los trabajadores del campo podían festejar. Y aquella festividad iba a ser incluso más especial que otras veces, porque estaba brillando Lindri, la hija pequeña de Gadalond. Y cuando esto ocurría, el cielo se tornaba completamente azul, indicando que aquel iba a ser un estenio más productivo que otros... en verdad se decía que ocurriría algo especial que cambiaría aquel mundo, pero a los campesinos lo único que les interesaba era la cosecha y sobrevivir.

A la caída de la noche, cuando las cuatro estrellas brillaron en el firmamento formando un cuadrado perfecto, los campesinos se fueron a la Posada para seguir la tradición. Los únicos que no tenían la suerte de descansar aquella jornada, eran los camareros del local, que de tanta clientela que debían atender, eran incapaces siquiera de pensar en las quejas de su cuerpo.
Al entrar, los campesinos buscaban una mesa libre, pero no podían evitar detenerse para estudiar al anciano guerrero, que ocupaba la mesa más cercana a la chimenea. Casi todo su cuerpo estaba cubierto de una armadura sencilla, de color plateado y muy brillante en los lugares donde no había manchas de sangre violeta; llevaba los cabellos de su perilla y de su cabeza trenzados y los pocos mechones sueltos que tenía, los cogía y los enredaba por entre sus dedos para jugar con ellos. En sus manos lucían varios anillos con calaveras y extrañas garras metálicas; tenía los ojos oscuros, que miraban a todo aquel que se acercaba con una expresión bonachona y pícara. Pero lo que más llamaba la atención de su persona, era una espada que reposaba a su lado, que tenía cierta herrumbre rojiza y llena de pequeñas oquedades que silbaban, parecía que la espada hablara con su portador como si de una persona se tratara y este la respondía con susurros, en un idioma que los campesinos no podían comprender.
El hombre esperaba pacientemente a que comenzara la fiesta, observando con una gran sonrisa a aquellos que entraban al lugar. La gente guardó cierta distancia con él temiendo que fuera un loco, pero sin dejar de observarle fijamente.
Y cuando parecía que ya no podía llamar más la atención, el guerrero sacó una pequeña caja negra de la que colgaban dos pequeñas cuerdas del mismo color, que terminaban en algo plateado con forma redonda. Para sorpresa de todos se colocó los pequeños cordeles en los oídos para luego poner aquel ingenio en marcha... y de él surgieron gritos malignos que solo podían provenir del más horrible de los infiernos.

Relato Fantástico - El Portador de Goldoga ¿Quién era aquel peculiar guerrero que llevaba en sus dedos las cabezas y las garras de sus enemigos de metal? ¿Por qué tenía una caja que gritaba cosas tan horribles, aunque él los escuchara como cantos celestiales?
Pero entonces Fadeu, el comerciante, tuvo la respuesta al recordar los últimos rumores provenientes de la Ciudad. Y todos miraron con mayor intensidad al visitante: Era el portador de Goldoga, la espada del mismísimo dios Gadalond, la que fue forjada para derrotar a las hordas maligno dios Dandalon... el gran guerrero Cucufato, el de los Cojones Largos.

Al sentirse observado, el gran guerrero se quitó uno de los cordeles de sus orejas y se fijó en la congregación de nuevo, que esperaba expectante a que el hombre dijera algo.

—¿Ocurre algo?— Preguntó el hombre con una voz rasposa y todos cuchichearon entre sí. Tenía una voz profunda y autoritaria, la de un héroe— Espero que sea importante, me habéis cortado a mitad de Hail and kill— Pero aun así, nadie se atrevió a hablarle directamente durante unos instantes.
—Sois el portador de Goldoga— Murmuró Vaesit, la joven camarera de la posada, el farfulló un sí a desgana y todos exclamaron sorprendidos—, comprended nuestra sorpresa mi señor Cojones Largos, nunca hemos tenido un visitante tan importante como vos.
—Dios... ¿por qué tuve que decir lo de los cojones largos?— Se quejó el otro llevándose las manos a la cabeza.
—¿Os disgusta nuestro trato hacia vos?— Inquirió la chica preocupada, no deseaba ofenderle.
—Eh... sí, es demasiado formal— Se quejó el otro con una gran sonrisa—, podéis llamarme Oscar, es un buen tratamiento— Todos le miraron sin comprender, ¿qué significaba Oscar?—, es... un rango militar muy importante allá de donde vengo— Y todos exclamaron un perplejo ‘oh’ que reverberó por las paredes.
—¡Contadnos como es vuestro hogar!— Exclamó uno de los niños y todos le corearon felices por su ocurrencia. Era la noche del estenio, las historias eran una parte importante de ésta y seguramente un guerrero como él tendría grandes hazañas que contar.
—¿Queréis que os hable de Madrid?— Y ante aquel nombre todos volvieron a exclamar asombrados...
—¡Debe ser la capital de los doius!— Exclamó uno feliz ante su ocurrencia— ¡Seguro que tiene edificios de oro y plata!
—¡O puede que sea de los corehas! ¡Y que haya miles de ingenios voladores y otros aparatos misteriosos!— Afirmó un segundo.
—Perdonad...— Les interrumpió el guerrero perplejo— ¿estamos hablando de la misma ciudad?— Cuando todos asintieron, el suspiró exasperado— No... Madrid no es así, es el lugar más sucio, ruidoso y agobiante de todo el mundo... como la echo de menos— Añadió melancólico.
—¿Y por qué os fuisteis de allí?— Inquirió la joven camarera y todos le agradecieron en silencio el que intentara hacerle hablar.
—Bueno... eso es una historia digna de contar, si vosotros deseáis escucharla— Antes de que pudiera acabar al frase, toda la distancia que separaba al guerrero de su publico desapareció, haciendo que se pusiera nervioso ante aquellas personas—. Está bien, capté la directísima... todo comenzó una preciosa mañana en la que hice pellas en Física para irme a mirar tiendas con mis compañeros...

Relato Fantástico - El Portador de Goldoga Como todas las mañanas, la plaza de Callao estaba abarrotada de nerviosos transeúntes que iban de acá para allá centrados en sus asuntos o compras, mientras que los grandes y dispares edificios se erguían desafiando al cielo. Todos caminaban deprisa y evitaban observar al vecino... pero nadie podía evitar alzar la vista al pasar al lado de una mole oscura y larguirucha que caminaba a grandes zancadas. Cuando lo hacían, se encontraban con un chico más o menos joven, que llevaba un poco de maquillaje negro por los ojos y las uñas, de pelo castaño y largo, aunque algunos mechones los tenía teñidos de negro, y con las manos llenas de garras y anillos. La gente prefería mantenerse alejada de él temiendo que quisiera atracarles.
El chico los ignoró, ya estaba acostumbrado a que la gente le mirara con extrañeza por su indumentaria... y encima aquel día había tenido que maquillarse con cuatro potingues que había comprado en un todo a cien, por culpa de una maldita apuesta con los de su facultad. Ahora parecía uno de esos pijos que se hacían llamar góticos... tenía que vengarse de sus compañeros como fuera por aquella afrenta.

De pronto oyó como alguien le llamaba por su nombre y aquella voz le resultaba conocida. Buscó por todas partes a esa persona, hasta que sus ojos se posaron encima de una de las miles de papeleras abarrotadas de la ciudad y se encontró con la cosa que menos esperaba ver tirada entre la basura: una espada de empuñadura dorada y laboriosamente labrada. Pensó en ignorarla ya que creía que sería un juguete... pero la forma en que brillaba demostraba que aquel objeto no podía ser de plástico pintado.
Con un movimiento ágil, sacó el arma de entre la porquería y la estudió fascinado. Era enorme, refulgente, tenía pequeños agujeros por toda la hoja y le hablaba... Oscar ignoró los silbidos de esta y se acercó el arma a los ojos. Llevaba años deseando tener un arma, pero sus padres no querían algo tan peligroso rondando por la casa... y si les decía que se la había encontrado, le obligarían a entregarla a la policía. Suspiró apesadumbrado al darse cuenta de que debía llevarla a la comisaría que había cerca de las tiendas... pero no pudo evitar darle un pequeño golpe con la uña para comprobar lo bien que sonaba.
Entonces, mientras el sonido agudo y metálico se expandía, la tierra tembló consiguiendo que varios transeúntes cayeran al suelo. Los cristales de los edificios vibraron y muchos se precipitaron al suelo sobre los viandantes, al igual que los carteles de los cines; los neones de Schwepes, el Corte Ingles y la Fnac crujían furiosamente, la estructura metálica no estaba hecha para soportar tamaña sacudida.

—¡Un terremoto!— Gritó alguien, pero aquello era imposible, en la capital nunca había terremotos de aquella magnitud. Oscar buscó desesperado lo que había producido aquel movimiento y cuando vio que todos miraban al centro de la plaza, él se giró para toparse con unos enormes ojos granates que le miraban sonrientes. Era una criatura extraña, parecía una serpiente con enormes patas llenas de garras y una fila de huesos que le salían del cuerpo verde y escamoso. La cabeza era similar a un melón y con las mismas arrugas que este. El ser le sonreía mostrándole no menos que cuatro filas de dientes grises, muy brillantes que parecían terriblemente afilados.
—Al fin te encuentro maldito insecto— Dijo el ser que paseaba por en medio del trafico sin importarle que los coches chocaran contra él... ni siquiera parpadeó cuando un autobús de la línea setenta y cinco le impactó en toda la rodilla y todos los pasajeros salieron corriendo y gritando de su interior—, puede que esa maldita espada me despistara siete planos atrás— El chico intentó soltar el arma desesperado y asustado, esperando que así el ser comprendiera que él no tenía nada que ver, pero el arma estaba pegada y no deseaba soltarse—, pero ahora me ha conducido hasta ti, me encargaré de...— El chico no era estúpido, había visto miles de películas y leído otros tantos libros como para saber que no deseaba escuchar el monologo de aquel ser. Así que se dio al vuelta y comenzó a correr a través de toda la calle Preciados— ¡serás...! ¡Vuelve aquí maldito cobarde!

Relato Fantástico - El Portador de Goldoga La criatura le persiguió a través de toda la calzada mientras los demás transeúntes se apartaban asustados y se metían desesperados en los portales y las tiendas. Oscar nunca había sido de los más rápidos de su clase, pero al sentir el suelo retumbar a cada paso del monstruo, presupuso que debía ser más lento que él.
Oyó al animal aspirar profundamente y escupir algo que chocó contra una de las tiendas de ropa, haciendo que los cristales y los ladrillos empezaran a caer sobre él mientras la gente se cruzaba por su camino huyendo del edificio que se estaba derrumbando.
Y aunque sabía que no tenía que hacerlo, se giró un poco para comprobar por dónde estaba el ser, que se había parado y tomaba aire. Entonces su pie chocó contra una de las baldosas, que estaban levantadas a causa de las muchas obras de allí y tropezó, su cuerpo al llevar aquella postura se giró para recuperar su posición normal y la espada cortó el aire, anulando la viscosidad negra se que abalanzó contra él.

—Eres muy hábil, debo reconocerlo— Oscar no dijo nada mientras el ser le clavaba en el suelo con una de sus patas de elefante. Prefería que le creyera más peligroso de lo que en verdad era—, pero no lo suficiente— Y mientras su enemigo intentaba atacar, el chico comenzó a agitar desesperado el arma, con tal rapidez, que la criatura no se atrevía a acercarse a él, salvo con su lengua negra que latigueaba furiosamente—. ¡Esto no te servirá de nada!— Oscar le dio la razón y decidió arriesgarse, paró la espada y suspiró fingiendo sentirse agotado. Su enemigo no lo dudo ni un instante y se abalanzó contra el, al mismo tiempo que el chico alzaba su arma y apuntaba con ella a uno de los ojos del ser. Éste estalló en una riada de líquido violeta y mientras él aguantaba la respiración tanto como podía, sus ropas humeaban quemándose al igual que sus párpados, que estaban cerrados. Y al mismo tiempo, su adversario gritaba desesperado y le maldecía en una lengua desconocida para él.

Oía a la gente gritar, pero parecía que nadie se acercaba para sacarle de aquella marea corrosiva... tal vez fuera mejor así, si aquello le estaba dejando sin sentido, era mejor que nadie más se arriesgara.

De pronto sintió como el aire fresco inundaba sus pulmones y abrió los ojos a una inmensa claridad. No había nada más que luz, pero podía distinguir su figura y la espada que portaba.

—¿Dónde estamos?— Preguntó el chaval asustado, aquello seguro que no era Madrid.
—Bueno, es una historia muy larga— Afirmó la espada jovialmente—, espero que tengas mucho tiempo, porque lo vas a necesitar...

Relato Fantástico - El Portador de Goldoga La noche transcurría con lentitud mientras todos contaban sus historias, pero Vaesit era incapaz de escuchar ninguna de ellas, seguía meditando sobre lo que les había relatado el portador de Goldoga.
Había miles de lagunas en su relato, ¿por qué la espada de Gadalond le había escogido? ¿Para qué? Y lo más importante...

—¿Ocurre algo señorita?— Inquirió el anciano y ella le miró fijamente a los ojos— ¿Alguna pega?
—Sí, su historia está incompleta— Afirmó Vaesit sin tapujos, no creía que alguien que portara aquella espada fuera a hacerle daño.
—Lo está— Reconoció el otro sin darle importancia.
—No nos habéis explicado la verdadera misión que os otorgó el arma y tampoco por qué os escogió.
—Sería el más digno.
—Y la explicación que habéis dado de que la espada os habla es mentira— Afirmó la otra tajante.
—¿Mentira?
—Sí, mentira— Insistió la camarera con terquedad—. Cualquiera que se fijara en ella sabría que no es ella quien habla, si no que es el viento a través de sus agujeros el que os responde con sus silbidos. Si es que algún dios os habla a través del arma, no es a través del filo, si no que usa al viento como mensajero.
—Chica lista... muy lista— Le alabó el otro—, tu nombre era Vaesit, ¿no?— Ella asintió y se giró al oír a su patrón llamándola y corrió a atender a su trabajo.

La fiesta del estenio pasó y todos se fueron a sus casas a descansar. La joven camarera tuvo que quedarse a limpiar lo que otros habían ensuciado y se encontró abandonada a Goldoga. La chica tomó el arma y la miró con fijeza... ¿qué hacía aquí? ¿Dónde estaba su dueño? ¿Y por qué nadie la había cogido y se la había llevado?

—Buena mañana tengas Vaesit— Le habló el viento a través del arma—, me alegro de conocerte por fin, llevaba siglos buscándote.
—¿Buscándome?— Inquirió la otra— ¿Dónde está el señor Oscar?
—¿Él? Ha vuelto a su hogar justo antes de encontrarme, ha estado mucho tiempo fuera y ya era el momento de que recuperara su vida justo donde la dejó.
—¿A su hogar? ¿Ha dejado su misión inacabada?
—Bueno, la verdad es que no, la ha cumplido con creces... es una historia muy larga, espero que tengas mucho tiempo porque lo vamos a necesitar.

subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de julio del 2007