En realidad, nada tenía sentido. Llevábamos perdidos cuatro horas y la esperanza empezaba a escaparse de entre los dedos, de la misma manera que el oxígeno de los trajes se diluía en nuestro pecho.
Sentía como Argus me clavaba la mirada, pese a que la visera polarizada de su traje tan sólo reflejara mi figura como un extraño enano deformado. Habíamos reducido el consumo de casi todos los sistemas vitales y los pinchazos del frío eran cada vez más duros. Marte era tan condenadamente hostil y salvaje, que pronto nos engulliría como una bestia hambrienta de vida.
-¿Te encuentras bien?- preguntó Argus.
-Sí, es sólo que empiezo a sentir el hormigueo- mentí.
-Movámonos.
Separó la espalda de la enorme roca y se tambaleó por el golpe de viento. El sol empezaba a ocultarse, produciendo un fascinante juego de colores que iban del carmesí al violeta, desplegando los últimos rayos con pereza. Desde el sur, una lejana nube de polvo Nakawaga se desplazaba a gran velocidad hacia nosotros. Levantaba remolinos a su alrededor y estaba coronada por una capa rojiza y translúcida.
-Tenemos que llegar al Abismo de Coprates antes de que esa tormenta nos alcance- dijo. Levantó un brazo y dejó que los sensores del traje captaran las variables atmosféricas.
Sentí una enorme soledad y desazón, a la vez que el pecho me pesaba como si fuera plasma lo que respirase. Miré la tormenta, después a Argus, y supe que íbamos a morir. No había posibilidad de sobrevivir a aquello. Después de tantas expediciones habíamos alcanzado el final. Marte sería nuestra funesta tumba.
-Déjalo, Argus…- dejé que las manos me cayeran con pesadez contra los costados.
-¡De eso nada, chatarra! ¡Vamos!- y echó a andar a paso vivo.
Sonreí ante su eterno espíritu positivo y, con desesperanza, seguí sus pasos sobre la arena. Solía llamarme chatarra después del accidente del Valle Dao, era su cariñosa manera de calificarme como biomecánico. Se podría decir que, desde entonces, le debía la vida.
Los rígidos trajes y la carencia de oxígeno nos impedían correr; el esfuerzo de andar era ya un terrible suplicio, pero Argus persistía en seguir adelante. Nos desplazábamos cada vez más lentamente y no me sentía capaz de levantar la vista de los talones de Argus. Escuchaba sus resoplidos cada vez más furiosos a través del comunicador y sentí un estremecimiento. Teníamos el mismo ritmo respiratorio, pese a que nuestra complexión fuera completamente diferente. Mis pulmones eran bolsas de elastómeros y mis músculos polímeros sintéticos; sin embargo, padecíamos la misma fatiga. ¡Qué extraña y profunda era nuestra unión, y que terrorífica a la vez, pues nos estaba esperando el mismo inevitable destino!
El terreno era cada vez más agreste; las pequeñas y angulosas piedras aumentaban de tamaño gradualmente. De pronto, Argus se detuvo y apoyó una mano sobre una roca. Giró el cuello y detuvo la respiración. Cuando volví la vista, noté como tiraba de mi mochila de soporte vital.
-¡Corre!
La tormenta estaba peligrosamente cerca y el viento era cada vez más intenso. Jugaba un poco a nuestro favor, pues nos empujaba cada vez más hacia las estribaciones del Coprates. Sin embargo, el tono anaranjado del horizonte iba perdiendo intensidad y oscureciéndose tan deprisa que ya no podíamos distinguir nada a través de la polvorienta inmensidad.
Era incapaz de caminar y Argus tiraba de mí con fuerza, casi arrastrándome. Los pinchazos en las piernas eran cada vez más intensos, y ya sentía el resquebrajamiento de mis fibras. Entonces, un soplo disipó la nebulosa durante unos instantes, y vimos la cresta del Coprates. Era como si el suelo desapareciese repentinamente.
-¡Ya casi estamos, venga Ciro, ya casi…!
Argus jadeaba intermitentemente cuando las primeras piedras le golpearon por sorpresa. La nube nos envolvió mientras Argus caía de espaldas, con los brazos estirados intentando agarrar algo invisible. Fui hasta él con pesadez, sintiendo los impactos contra la mochila del traje junto a multitud de cortes en piernas y brazos. Era aterrador, como estar sumergido en una corriente infinita de fuerzas descontroladas; sin embargo, a la vez, intuí que me revelaba algo sobre mi identidad: mis nuevas fibras eran más resistentes que las humanas. Argus se incorporó lentamente y apoyó una mano sobre el suelo.
-¡Coge mi mano!
Extendí el brazo, pero él no siguió el movimiento. Siempre he deseado saber qué fue lo que dijo, incluso poder ver el movimiento de sus ojos, pero eso es algo que caerá en el olvido. A veces pienso que fue en aquel momento cuando Argus arrojó su filtro de personalidad comportándose tal y como era realmente, dejando atrás su carácter seguro y brillante, volviendo a sentir un miedo que siempre se niega a sí mismo.
Nos quedamos el uno frente al otro unos instantes y, de pronto, la energía de mi traje se desvaneció. Sentí un impacto bestial en la espalda y volé hacia el infinito.
Cuando desperté, estaba envuelto por una neblina inquietante. Argus estaba junto a mí, estirado sobre un suelo metálico y completamente desnudo. Intenté levantarme, pero me fallaron los músculos.
-Tranquilo, no lo intentes- dijo una voz femenina.
-¿Quién eres?- pregunté.
-Lida.
Debíamos haber cruzado al otro lado de la existencia, pues aquella Lida debía ser un ángel, le rodeaba un aura luminosa intensa y azulada.
-No puedo ver bien… ¿Dónde estoy?
-En el VO de rescate. Recibimos vuestra señal de emergencia, pero la tormenta nos impidió llegar antes. ¿Cómo te sientes?- advertí su rostro ovalado y distorsionado, cuando, de pronto, todo empezó a temblar.
-No siento nada… Sólo puedo mover los ojos… ¿Cómo está Argus?
-Está bien, mejor que tú- y desapareció.
No sentía, ni entendía. Era todo una profunda y terrible pesadilla. Recordaba un furioso y agitado centrifugado seguido del vacío de la nada. ¿Qué había ocurrido? Me sentía a salvo, pero tenía un incierto miedo a que en realidad hubiese muerto y todo fuera una transición a la otra vida.
Entonces, Argus se removió.
-¿Ciro?- preguntó con voz trémula.
-Estoy aquí…
Se calló unos instantes y percibí como se movía ligeramente. Cogió mi mano muerta con ligereza y me miró. Pude distinguir su borrosa sonrisa
-Estamos jodidos, muy jodidos.
-¿Qué ha pasado?
-Más tarde… -tosió, escupió sangre y volvió a tumbarse-. Me debes dos, chatarra –dijo con voz apagada.
Unas horas después, llegamos a la Estación Promethei. En el centro médico nos separaron y yo fui a parar a cuidados intensivos. Lo que vino después es otra horrible pesadilla de la que nunca podré liberarme y que algún día les contaré. Sin embargo, lo que sentí aquel día, perdido en el vacío, desmadejado como un muñeco de trapo, es algo que no le deseo a ningún biomecánico. Sí, he sobrevivido, pero me siento desdichado, porque es infinitamente más doloroso saberte cada vez eres menos humano, que aceptar la muerte.
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