Hacía una semana que llovía sin parar un solo instante, el agua se filtraba en las pequeñas cabañas que los caballeros de Koth habían construido en el bosque, cayendo sobre las armaduras plateadas, las espadas, mandobles y lanzas, ensuciando y oxidando juntas o filos. Una semana en el que el murmullo hosco y sordo de la lluvia no les había dejado avanzar hacia los claros rodeados de robles, a partir de los cuales sabían que la Cacería Salvaje se reunía tras cada ataque a los pueblos de la zona.
Los caminos estaban embarrados e impracticables. Los caballos resultaban inútiles en aquellas condiciones, ya que corrían el riesgo de romperse una pata con facilidad. De la Centuria que había llegado al bosque no quedaban más de veinte caballeros, cansados, heridos y sin más comida que algunos conejos malnutridos y verduras ofrecidas por campesinos. Durante las dos últimas noches habían escuchado el grito de la Banshee, el peor de los agüeros posibles. Bajo las densas ramas de los árboles y un cielo plomizo, quedaba poca esperanza.
Caëthar era el último oficial de la Centuria, ya no era un novicio y aquella campaña al Norte de Vermis estaba acabando con sus reservas de energía. Dos meses de batalla tras batalla sin asomo de avance o victoria completa. Las tropas de los espectros atacaban y retrocedían sin dejar nada atrás, ni sus muertos ni los de ellos. Se mesó la barba antes de salir de la cabaña donde trataba de dormir. Tenía que dar ejemplo a los hombres.
Era alto, una cabeza más que el resto de caballeros, y vestido con la armadura de placas parecía capaz de tumbar un árbol a fuerza de empellones. Sin embargo, con aquel maldito barro por todas partes le costaba hasta el simple hecho de avanzar. La mayor parte de la tropa esperaba bajo un grupo de árboles cuyas ramas entrelazadas proporcionaban un techo natural. El resto, como siempre, estaban de patrulla o guardia; no podían relajarse ni un solo momento: Los espectros rondaban sus posiciones día y noche.
—Moved el culo —dijo Caëthar al llegar junto a sus hombres—, no veo afilar espadas ni pulir armaduras. Recordad que un buen acero o un peto fuerte pueden ser la pequeña diferencia que os permita seguir con la cabeza sobre los hombros.
Un murmullo de quejas recorrió el bosque. Demasiado tiempo inactivos a la espera de alguna escaramuza o enfrentamiento. Caëthar lo sabía, pero en esas condiciones los espectros y sus embrujados tendrían la ventaja. Les verían llegar a distancia, lentos como eran en el bosque enfangado, y saltarían sobre ellos sin clemencia o piedad alguna. Era mejor mantenerlos ocupados.
—Bëthar, Fetheon, revisad el techado de las cabañas. Cae más agua dentro que fuera, nos van a salir ancas de rana como la cosa siga así.
Los dos hombres maldijeron por lo bajo. Caëthar lo dejó pasar, la situación era demasiado tensa como para apretarles, muchos estaban a punto de saltar. Ya había parado dos conatos de pelea, no quería que algo así volviera a suceder.
La lluvia redobló su fuerza. Parecía que Koth les hubiera abandonado.
Una de las patrullas volvió al campamento. Iban cubiertos con largas capas impermeables que pese a todo no podían evitar que acabaran calados por completo. Se presentaron frente a él con rapidez. Algo había pasado.
—Señor —uno de ellos se retiró la capucha. Era Veleon, de los más jóvenes, casi un novicio—, los espectros se dirigen hacia Fethagord. Hemos visto cómo los embrujados adelantaban filas desde los claros.
Fethagord era una aldea a un cuarto de jornada. Los espectros también habían sentido la punzada del hambre y por lo visto necesitaban nuevas víctimas. Ellos no se conformaban con conejos o comadrejas.
—¿Os vieron?
—No, señor. Nos mantuvimos a distancia y retiramos la posición antes que alguno de los Cazadores apareciera.
—Habéis hecho bien. ¡Tropa! —gritó con su fuerte vozarrón— ¡Armas en mano, preparados para la marcha!
—¿Espectros, señor? —preguntaron algunos con cierto entusiasmo.
—Espectros de la peor calaña. Rezadle a Koth y rogad su protección, pues esta noche lucharemos en el infierno.
El grito de batalla de los caballeros kothianos resonó sobre la tormenta.
Caëthar sabía que aquella era una de sus últimas oportunidades para acabar con la Cacería Salvaje; si lograban alcanzarles por sorpresa, mientras arrasaban el pueblo, tendrían el momento por el que había estado rogando. Miró a sus hombres, preocupado. De todos ellos sólo la mitad conocían las Palabras de Sangre, la única arma efectiva contra los Cazadores. Eran temibles. Se había enfrentado con ellos tres veces desde que empezara la guerra, tres ocasiones en las que apenas lograron hacerles frente. Siempre mandaban por delante a aquellos que mantenían esclavizados, los embrujados, para sembrar el terror y agotar a sus enemigos. Luego llegaban ellos, los siervos del Nigromante, hijos de las pesadillas y del dolor, hambrientos de almas y de carne humana.
Antes de abandonar el campamento rezó, rogó por su vida y por la de Kobold, que le esperaba lejos, en la vieja abadía. Se preguntó en que líos se habría metido su ahijado en su ausencia. Tenía tantas ganas de volver.
Envueltos en sus capas los caballeros se internaron en el bosque, cubiertos por el ruido de la tormenta y espoleados por la inminencia de la batalla. De repente ya no les costaba tanto avanzar, la sangre corría con fuerza por sus venas impulsándoles, Koth estaba con ellos, el símbolo de la luna les guiaba con fuerza entre raíces y hojarasca.
Caëthar avanzaba en vanguardia, junto a él sus sargentos, sus hermanos, expertos en el mandoble y la maza. Cubriendo los flancos y explorando el bosque a cada rato, los más jóvenes, de espadas largas y agilidad sin igual. Tras ellos seguían los lanceros, de brazos fuertes como robles y de valentía inquebrantable; cerrando el grupo, a más distancia, los heridos que todavía podían luchar formaban la última línea, preparados para empuñar las armas si era necesario. De todos ellos apenas un puñado eran veteranos, pero la guerra envejecía a los hombres más deprisa que los años.
Antes de lo que esperaban escucharon los aullidos de dolor y las letanías sin sentido propias de los embrujados, así como el asalto pestilente de su continua y lenta muerte. Caëthar dio el alto. Aquella no era más que la primera oleada, los verdaderos enemigos acudirían después. La tormenta arreció y el viento comenzó a soplar con fuerza inusitada, insectos gruesos de todo tipo, desde ciempiés a gusanos lechosos, salieron de entre el barro. Las gotas de lluvia cambiaron su color a un oscuro tono cobrizo.
El veterano caballero hizo el signo de Koth, no era la primera vez que veía algo así. Los Cazadores estaban cerca. Ordenó el despliegue, pronto notarían su presencia, les era tan desagradable como la suya para ellos. Armas en mano, esperaron la señal de sus exploradores.
—¡Flanco derecho! —resonó bajo la lluvia.
Como si de un solo hombre se tratara, los caballeros avanzaron entre la arboleda con sumo cuidado. Los insectos formaban un todo con el suelo, agarrándose a las armaduras y a los ropajes.
El primero de los cazadores apareció en la foresta, rodeado de un puñado de embrujados. Tenía aspecto de hombre, bajito y delgado, vestido con ropajes de arlequín o buhonero, el rostro cubierto por decenas de pequeños cortes que nunca dejaban de sangrar. Al cinto portaba un sinfín de cuchillos y dagas, todas de aspecto oxidado, llenas de tierra, como arrancadas de la tumba. Nada más ver a los caballeros lanzó un grito agudo, lleno de odio y maldiciones.
Antes de que pudieran avanzar hacia él los embrujados, de aspecto macilento, torpes y malditos ya para toda la eternidad, se interpusieron. Un relámpago explotó en el cielo seguido de un trueno interminable. El resto de los Cazadores había llegado.
Caëthar apretó con fuerza la empuñadura de las dos espadas que llevaba, larga en la diestra, corta para la siniestra. Las Palabras de Sangre comenzaron a formarse en su pensamiento. Era peor de lo que pensaba. Ather-Mep estaba allí.
Era el líder de los espectros, subordinado sólo a la voluntad del Nigromante. Decían que una vez tuvo cara, pero ahora sólo una máscara de carne deforme, con dos cruces hincadas a fuego como ojos, le cubría el rostro. Era alto, mucho más que Caëthar, y como arma siempre llevaba una guadaña de acero rojizo, templada con la sangre de cien nonatos. A su lado aparecieron Gaetha, La de las Muchas Desgracias, con su pelo de cadenas, eslabones malditos, y su ansia por los placeres de la carne muerta; tras ella, siempre en segunda fila, el Flatulento, un viejo monje pecador convertido en señor de insectos y gusanos venenosos.
La batalla comenzó antes de que los ecos del trueno desaparecieran, sustituidos por el choque de espadas y cadenas.
Los lanceros cargaron sobre los embrujados sin vacilar, dejando a Caëthar y al resto de hombres campo libre hacia los Cazadores. Estos no rehuyeron el encuentro, es más, empuñaron firmes sus armas, contentos de enfrentarse a los siervos de Koth.
El encuentro estaba escrito, Ather-Mep señaló con su guadaña a Caëthar, así como éste apuntó con su espada larga al jefe de los espectros. La lucha no iba a terminar con ninguno de los dos en pie.
El arma del Cazador trazó un arco bajo la lluvia, inflamando las gotas cobrizas en pequeñas llamas azules, buscando la cabeza del caballero. Éste paró el golpe cruzando las espadas sobre la hoja rojiza y empujando hacia el suelo con todas sus fuerzas. Antes de que pudiera aprovechar su ventaja, Ather-Mep ya volvía a levantar su guardia. Era rápido, mucho más que un ser humano. Un gorjeo repugnante salió de su pecho, era lo más parecido a una risa que podía emitir.
Caëthar lanzó un par de golpes, pero su contrincante dominaba la distancia a la perfección. Se movía por el barro sin apenas dificultad, todo lo contrario que el clérigo de Koth. Un nuevo ataque del espectro restalló hacia él, a duras penas logró desviar la guadaña que, con sólo tocar su armadura, hizo saltar parte de sus placas en un sonoro estallido. No hubo tregua. Otro golpe más le hizo perder la concentración, las Palabras no acudieron a su boca. Antes de que se diera cuenta lo tenía encima, la larga mortaja que vestía junto a él, sintiendo su olor putrefacto, su aliento de azufre. Trató de empujarle, pero fue inútil. Aquel ser le superaba en fuerza como ningún otro al que se hubiese enfrentado antes, forcejeó con rabia, pero fue él quien cayó al suelo de barro e insectos.
Ather-Mep se irguió como la mismísima muerte, guadaña en mano y dispuesto a lanzar el golpe definitivo. El arma bajó como un rayo. Caëthar levantó la espada larga en un último intento de detener el golpe. El filo cortó su mano derecha de un tajo limpio y sencillo. El gorjeo del espectro se incrementó, estaba disfrutando de aquella situación.
El dolor en el brazo del caballero se extendió por todo su cuerpo, sus nervios se tensaron como alambres al rojo. El golpe de la guadaña, sin embargo, había quemado su herida, restañándola con su calor demoníaco. El espectro se acercó y volvió a levantar su arma. No parecía dispuesto a alargar el juego mucho más. Caëthar levantó la vista, hundido de rodillas como estaba. Algo acudió a él. Fuerzas, fe, rabia, no sabía qué era. Pero las Palabras de Sangre acudieron a su boca, fluyendo como un río que se desborda, una tras otras, invocando el poder de Koth, canalizándolo a través de su cuerpo.
La guadaña inició su viaje funesto hendiendo el aire, dejando tras de sí una estela de fuego. Nunca llegó a su destino. De un movimiento preciso, Caëthar alcanzó al Cazador en la entrepierna con la espada corta, aquella que esgrimía con la siniestra. El acero normal no mataba a los de su raza, pero la hoja de la espada comenzó a brillar con el fulgor del rojo vivo. Ather-Mep lanzó un grito sin sonido, un espasmo de dolor inimaginable mientras el clérigo retorcía su arma entre sus piernas.
Mirar la espada se hizo tan insoportable como contemplar el sol con ojos desnudos. Caëthar sintió la presencia de su dios, de Koth, con él, allí, bajo la lluvia cobriza, aplacando el dolor, guiando su mano, trayendo tras la luz cegadora una agradable y dulce oscuridad.
El mundo volvió entre gritos de desesperación. Alguien le arrastraba por el bosque. Trató de levantarse, pero al revolverse notó un dolor punzante en su mano derecha. Uno de sus sargentos apareció para ayudarle.
—¡Caëthar! —gritó— ¿Puedes moverte? ¿Estás bien?
No supo qué contestar, estaba confundido. Volvió a tratar de levantarse. El dolor le acalambró el costado. Miró el muñón de su brazo. Lo recordó todo. Consiguió ponerse en pie con la ayuda del caballero.
—Hay que replegarse —dijo el sargento—, la Cacería se ha retirado de nuevo, pero ha tomado su lugar una horda de lobisomes. No podemos con ellos, señor.
Tenía razón. Después de una pelea con los Cazadores a saber cuántos de sus hombres seguían vivos o capaces de luchar en condiciones. Respiró con dificultad y comenzó a caminar junto al sargento.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Hemos perdido a cinco, tres veteranos.
—¿Y ellos?
—Hemos acabado con la mayor parte de sus embrujados. Fetheon ha acabado con el arlequín y yo he logrado herir al flatulento. Cuando has herido a su jefe han salido a toda velocidad, de vuelta al infierno que los escupió.
Aquel hideputa era más resistente de lo que pensaba. Caëthar maldijo haber desperdiciado aquella oportunidad, quizás la última para acabar con la Cacería. Miró el muñón ennegrecido de su brazo. Para él había acabado la guerra, como para muchos de sus hermanos antes, muertos o mutilados.
De vuelta al campamento reunió a los hombres que quedaban, incluso antes de curar su brazo. Apenas quince, todos heridos de mayor o menor capacidad. Ya no eran la poderosa Centuria que había liberado el Valle de Mirgham.
—Volvemos a la Abadía de Ogham —les comunicó—, nada queda en estos bosques para nosotros. Recorred el camino con la frente bien alta, pues hemos luchado con valentía y honor. Que vuestros actos honren a nuestros hermanos caídos, recordad siempre sus hazañas. Que Koth nos proteja.
—Así lo rogamos —contestaron.
Caëthar se derrumbó en su cabaña mientras Bethar conjuraba la curación para sus heridas. No tuvo éxito. Las heridas del Espectro rechazaban la bendición de Koth. Tendría que curarse por sí solo.
Al día siguiente iniciaron la vuelta.
Había dejado de llover, pero Caëthar todavía podía oír la lluvia como si fueran ecos de una lucha interminable.
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