Sálvat se sintió mareado por la pierna herida, la mancha de sangre entre los gemelos se había endurecido. Gisella, la nómada que huía con él, lo había vendado, antes de marcharse a inspeccionar la zona. Poco podía distinguir en la ventisca, ni siquiera estaba seguro de si era de día o de noche, tenía la lengua hinchada de sed. Según sus cálculos, las montañas del sur, los Montes Helados, no estarían lejos. Hacía dos semanas que las patrullas fallacianas les seguían el rastro para cobrar la recompensa que ofrecían por su cabeza y vengar el sabotaje a su planta de energía.
Él no era culpable de esos crímenes, pero no tenía medios para contradecir todas las pruebas en su contra.
¡Qué más da!
Estaba muy cansado del mundo y sus habitantes, de fingir. Pues Sálvat tenía que simular todo el tiempo que no sabía que ocupaba la mente de la gente; era telépata de nacimiento. Tenía, entre otras capacidades, un poderoso instinto para prevenir los accidentes, pero no le ayudaban a alcanzar sus metas, todo lo contrario. Leer los pensamientos era una molestia, una maldición. Muchas personas sentían rechazo hacia él, el amor y el odio siempre estaban listos para manifestarse; y odiar era muy fácil, porque la gente creía que lo mantenían en secreto, que nadie se enteraba.
Dejó de pensar para ocuparse de la herida. El vendaje en la pierna lucía ennegrecido, sucio. Sálvat había caído de su moto cuando huía y el estribo se había incrustado en la pantorrilla, errando al hueso de milagro. Allí tendido, contra una cambiante duna, se dijo que no tenía escapatoria.
Cuando la tormenta del desierto comenzó, tres días atrás, pensó que los fallacianos desistirían, pero se equivocó y para colmo, la arena se colaba en todos los sitios, en la boca siempre jugueteaban granos que rechinaban al masticarla, se hallaba en el cuello, en las axilas y entre las piernas.
Se sentía lastre y la ley de los nómadas era clara: cualquier herido debe ser abandonado si provoca demoras, pero si son perseguidos, debe morir para evitar su captura. Golpeó acompasadamente las vendas para apaciguar el escozor insoportable. Comenzó a quitarlas una por una. El hedor le asaltó la nariz, de haber tenido una daga se habría amputado la pierna. Arrancó con impaciencia los últimos pliegues. Unas cosillas gordas y blancuzcas cayeron adheridas a las vendas. No entendió de que se trataba en un primer momento, pero en el siguiente vistazo contempló con horror el movimiento de asquerosos gusanos entre las fibras musculares en carne viva. Rugió de odio por su destino y se apretó los gemelos para expulsar los parásitos del cuerpo. La carne se sentía blanda y fofa, poca vida quedaba en ella.
El viento ululaba, los sonidos se confundían con gemidos y susurros, en ese momento escuchó las palabras. Una frase que se repetía en su mente desde la noche anterior: Ve al sur, al sur…
No era la primera vez que experimentaba ese tipo de visiones. Siempre que hacía caso omiso de ellas, terminaba lamentándolo. Sin embargo, en esta ocasión era más tangible, como una presencia.
—Ve al sur, al sur… —las palabras sonaron más nítidas, frente a él, en la cortina de arena, se adivinaba una silueta.
—No puede ser… —murmuró dudando de su cordura, temiendo descubrir que era verdad lo que muchos pensaban de él: que era un demente.
Entonces percibió el sonido de la cuerda de un arco cuando se estira despacio. Alzó el rostro para hallar de pie ante él, a Gisella, su amiga nómada. La flecha apuntándole, estaba dispuesta en el tensado arco.
—¡Hazlo de una vez! —la animó—. Yo no dudaría.
Los ojos negros de la mujer encapuchada no se conmovieron. Las cejas rectas de obsidiana enmarcaban su mirada, pero en su interior se debatía entre deshacerse de su compañero o arriesgarse a llevarlo. Desde que lo conocía había oído murmuraciones en todos los clanes: Es un brujo, lleva un espíritu colgado, decían las viejas. Para ella era un amigo, el único hombre que nunca se había propasado, confundiendo la amistad con interés sexual. Siempre se dirigía a ella considerándola una igual, aunque siendo atento a su condición de mujer.
Las luces esquivas de unos faros dieron término a la tensión. Gisella se agachó junto a Sálvat.
—¿Fallacianos? —dijo.
—Sólo el odio y la ambición pudieron traerlos hasta aquí.
—Tenían mucho de ambos, Puma. —comentó ella llamándolo por su nombre nómada
Ocho luces travesaron las cortinas de arena. Los sorprendió el silencio de los motores, no eran vehículos de Fosa Fallac.
Gisella alistó su arco. Se oyó un silbido y ella gruñó quedamente cuando sintió un pinchazo en el hombro, el penacho de un dardo tranquilizante se agitaba entre la ropa, los efectos se notaron casi al instante. Otro dardo se clavó en el cuello de Sálvat. El Nómada sintió los ojos pesados, trató de resistir, pero no consiguió moverse. Apenas pudo distinguir varias personas de túnicas claras y extrañas capuchas cuando lo levantaban.
Despertó en una habitación muy iluminada de paredes blancas. Se veía amplia, pero el techo no era alto. Estaba desnudo en una cama muy grande, apenas cubierto por una sabana. El lecho contenía sobradamente su cuerpo de amplia espalda y dos metros de alto. Se descubrió limpio, sin rastros de arena. La herida sanada, sin dolor alguno.
Una puerta se abrió para dejar entrar a una mujer. Sus rasgos y cabellos eran perfectos, como los de una muñeca, Sálvat jamás había visto alguien así, quizá en las antiguas películas del preholocausto, dos siglos antes de su nacimiento. Ella le dedicó una sonrisa afectuosa, al tiempo que estudiaba unos monitores sobre el escaparate de la pared. Sálvat suspiró recordando porque huía. Volviendo a sentir que estaba maldito; por su maldita capacidad de ver conocer los pensamientos de las personas con sólo desearlo y generalmente sin siquiera proponérselo.
Ahora sabía que pasaba por la mente de la mujer. Miraba, sin ver, los datos sobre su salud, la atención estaba en el acto sexual que había tenido hacía media hora. Sus sentidos se poblaban de colores y humores, de forma muy nítida. Nunca antes había percibido algo así en otra persona. Era como si recordase cada detalle de cada sensación. De pronto se topó con sus ojos.
—¡Felicitaciones, cariño! Te has recuperado maravillosamente. —saludó. Su voz le llegó cargada de sensualidad. El perfume del cuerpo lo alcanzó con intensidad. De pronto se vio distraído por las curvas de las caderas, sacudió la cabeza para romper el embeleso. Aquello lo alertó. Sálvat tenía muchos interrogantes en su cabeza, pero si algo sabía era como reaccionaba y nunca antes se había distraído con los instintos básicos. No sabía cómo, pero nunca se precipitaba a causa de sus deseos sexuales. Algo había de anómalo en la atracción irracional que ella le despertaba. Además, la mente de la mujer era muy simple; sólo la ocupaban escenas de sexo, hambre o sed. No había más. Tan rápido como vino la atracción se borró para convertirse en rechazo; la mujer le dio asco.
—Tus hormonas fluctúan de manera atípica. —murmuró ella como para sus adentros.
—¿Dónde estoy? —inquirió Sálvat, ella estuvo a punto de responder, pero tres figuras aparecieron en el vano de la entrada. Dos hombres y una mujer de rasgos igualmente perfectos, sin arrugas y lozanos. Los cabellos de impresionantes peinados brillaban como recién lavados. Uno era blanco, de cabello rubio muy pálido. A su lado, un negro de la misma estatura de Sálvat y la mujer con piel sonrosada tenía cabellos castaños. Los tres eran altos y delgados, con músculos visibles.
—¡Bienvenido seas, Sálvat! —dijo el rubio—. Estás en ciudad Venus, un sitio para el descanso y… todo lo que necesites. Mi nombre es Xaier, señor de los Ieretiks. —en ningún momento dejó de sonreír.
—Agradezco que me hayas curado, pero me buscan. Tu ciudad no está segura… —comenzó a decir el Nómada y lo interrumpieron con un ademán.
—Hay un pasaje secreto bajo las montañas para llegar aquí. Tardarían años en dar con el. —explicó Xaier.
Sálvat no replicó, estudiándolos. Nunca había oído mencionar esa ciudad de Venus, ni a los Ieretiks.
—¿Quiénes son? ¿Dónde está Gisella?
—Todo a su tiempo, mi joven salvaje. Únete a nuestra cena y relájate. No hay preocupaciones aquí.
—Esa frase me preocupa.
Xaier sonrió mostrando dos hileras de dientes perfectos.
—Ella está disfrutando de su estadía. Nos pidió que dediquemos especial cuidado para atenderte —señaló a los que llegaron con él—. Mogoto y Alessandra, aquí presentes, pusieron sus conocimientos para salvarte las piernas.
Sálvat se incorporó. Un mareo lo molestó brevemente y colocó sus pies en el suelo, lo sintió frío. De pronto se dio cuenta de que estaba desnudo y los ojos de todos lo recorrían con algo más que curiosidad. Se sentó sobre el lecho haciendo caso omiso de las miradas.
—¿Y mi ropa? —dijo.
—Estaba muy infectada. La incineramos, pero nos sobran prendas para ofrecerte. —respondió el sonriente Xaier. Sálvat empezaba a odiarlo.
Le trajeron ropa muy extraña. Una especie de cuero sintético, de un verde desteñido en varios tonos, diluyéndose hasta el amarillo. El pantalón y el chaleco eran del mismo color, sin costuras sobre los hombros. La camisola era amplia, abierta y las mangas se fijaban detrás de los codos por largas muñequeras del mismo verde diluido. No tenían las tachas que él acostumbraba llevar. Lo único familiar fueron las zapatillas. Plataformas anchas y cierres de velcro, muy populares en las ciudades estado que rodeaban al Desierto Grande.
La primera mujer que viera, de nombre Maralua, le dio una inyección y el mareo desapareció.
—Eres un tipo muy extraño. —le dijo en un murmullo imperceptible.
—¡Qué! —urgió él.
—Tu sangre —contestó ella involuntariamente—. O negativo. Tuvimos que clonarla para tu recuperación.
—¡Bah! —no sabía por qué nada, de lo que pasaba, le caía bien.
Los Ieretiks lo escoltaron por largos y suntuosos pasillos. Se dio cuenta que la ciudad de Venus no era tal, sino una sucesión de enormes palacios enclavados en la ladera de la montaña. Lo condujeron por salones y patios interiores, usaban electricidad, Sálvat asumió que detrás de los pesados tapices se escondían pasillos de mantenimiento. Algunas ventanas espigadas dejaron ver el paisaje exterior, riscos teñidos de un blanco sucio extendiéndose hasta el horizonte. En ese instante de ensoñación, le pareció otro mundo ahí afuera; quizás debido a la afición por el rojo en toda la mampostería de la ciudad, en los cortinados y las alfombras. Carmesí, bermellón, morado y púrpuras se conjugaban alrededor. Había algo aún más perturbador en la decoración: todo tenía, o aludía, a formas sexuales. Así, las cortinas se plegaban como vaginas gigantes. Las columnas eran falos erigiéndose hacia las bóvedas de los techos. Adonde mirase era igual. Mirillas, ventanas, puertas, mesas, sillas, picaportes. En las paredes colgaban grabados en ébano y alpaca con escenas de coitos grupales. El estilo era realista y en ocasiones expresionista. Los otros no dedicaron una sola mirada a los dibujos, estaban atentos estudiando sus reacciones.
Llegaron, al fin, a un amplio salón comedor. Había allí unas cincuenta personas. Aunque el aire acondicionado rumoreaba en una esquina, el lugar estaba iluminado por velas, candelabros fálicos se erigían a donde posara los ojos.
Las personas que vio en ese lugar, también poseían facciones perfectas. Nadie era gordo, ni calvo, ni viejo. Estaban distribuidos en cuatro largas mesas de cedro. La mayoría usaba lencería erótica, parecía ser la moda de los habitantes.
Con asombro descubrió a Gisella, la nómada, a quién sólo conocía vestida y con capucha. Tenía tanto maquillaje facial como era posible usar y un sugerente traje de seda ajustado que no ocultaba nada de sus formas. Se dirigió resuelto hacia ella, cuando la tuvo en frente, exhaló: —Gisella… —en ese instante, una punzada de dolor le atravesó las sienes. Sus ojos de nublaron, apenas podía distinguir el rostro de su amiga, hablándole, pero no oía sus palabras. Xaier y el negro lo sostuvieron para que no se derrumbase.
—Son secuelas de los medicamentos que te suministramos —explicó el rubio líder—, siéntate y come, es tu primera noche con nosotros. —lo ubicaron en otra mesa, una que presidía Xaier.
Había sirvientes con máscaras de cuero sirviendo el espeso vino en las copas de plata cuando así se los indicaban, era perturbador contemplarlos, pues iban desnudos, exhibiendo las horrendas cicatrices de sus castraciones, eran eunucos.
—¡A la salud de Sálvat y Gisella! ¡Nuestros queridos salvajes del exterior!
En ese momento las miradas de los nómadas se cruzaron. Una ira contenida brilló en los ojos de ella.
Llegó la comida y Sálvat comió con fruición. Pensó que si el acceso a aquel antro era secreto, podrían quedarse allí hasta que los fallacianos perdieran el rastro, después de todo, los Ieretiks no parecían gente belicosa, le daban la impresión de ser unos pacifistas amanerados. A su alrededor oyó comentarios sobre el valor proteico, las calorías y otras cosas que le parecieron estúpidas. Dejó los tres pares de cubiertos a un lado y arrancó una pata de ave asada que humeaba frente a él. Algunos Ieretiks aplaudieron. Aquello no fue de su agrado, si continuaban tomándolo como un bufón, partiría con su amiga apenas terminaran de comer.
Al llegar los postres, pocos les prestaron atención. Se dio cuenta de que todos cruzaban miradas insinuantes entre ellos. Mogoto se puso de pie y acarició sin anuncios el cabello de una mujer sentada frente al nómada. Acto seguido se arrojaron al piso despojándose de la ropa. Desde donde estaba sólo veía la espalda del negro bajando y subiendo, perlándose de sudor; muchos otros hacían lo mismo. Buscó a Gisella y la encontró tomada del brazo de dos hombres. Sus ojos carecían de emoción, aunque no ofrecía resistencia mientras era conducida fuera del salón. Un segundo después desapareció de su vista, al torcer por un pasillo.
El aroma del sexo flotó en el aire, todos estaban copulando en parejas o grupos. Sondeaba sus mentes para tener una noción de que ocurría en esa ciudad, pero aquellos seres no pensaban en otra cosa que en sí mismos y sus placeres. Una mujer alta de ojos vibrantes le sonrió ampliamente, era rubia y delgada, un poco más baja que él. Otra mujer, más pequeña, de corta melenita negra y ojos rasgados se les unió.
—Permíteme conducirte a tus aposentos. —dijo la primera con la voz cargada de excitación. El tono que usó fue suave, para nada imperioso, sin embargo irresistible. Negarse a seguirla le pareció una rotunda necedad. La blancura de la piel en ambas se le antojó sabrosa. Quería volcarse encima de ella para probar la suavidad de la carne, saborearla y comerla.
Las dos lo tomaron de cada brazo, llevándolo. Todo alrededor se diluyó en un confuso borrón, creyó pisar nubes pues no percibía el piso. Cobró conciencia de que estaba tendido sobre una cama enorme. Sábanas de seda se hallaban a donde mirase creando lujuriosos pliegues. Las mujeres estaban desnudas sobre él. Sintió el calor de sus sexos y la humedad, todo acontecía en medio de un sueño. Sabía que no era dueño de sus actos, nada podía hacer, excepto permitirles que continuasen usando su cuerpo. Cinco veces, los estertores del orgasmo, sacudieron los brillosos físicos entre jadeos y expresiones obscenas.
Al final, el cansancio cerró sus agotados párpados; sentía sus músculos plácidos como si fueran etéreos. Se giró sobre un costado, inquieto por una presencia perturbadora. Las mujeres habían desaparecido. En ningún momento se había enterado de sus nombres, ahora eran menos que sombras.
Entre la neblina de sus ojos dormidos vio a un hombre sentado al borde de la cama, sonriéndole. Un ser de fina blancura y ojos de fuego aunque infinitamente helados. Largos cabellos negros tornasolados enmarcaban el rostro indefinido, como un vaho. Entonces cayó en un pesado sueño.
Al despertar se halló solo, entre espesas sombras aplastadas contra los rincones. Las colgaduras transparentes de la alcoba le conferían el aspecto de una enorme telaraña. Sintió hambre y nauseas al mismo tiempo. Ni un mero atisbo de placer pudo recordar, sólo degradación y bajeza. Quiso sentir ira, pero sus sensaciones estaban embotadas. Entonces empezó a sentirse verdaderamente mal. Aquel lugar daba miedo y buscó la salida apartando con brusquedad los cortinajes que pendían del techo. Dio con un hidromasaje lleno de agua revolviéndose. Había oído de ellos; nunca había visto uno, el agua era sumamente escasa en el Desierto Grande. Se zambulló en ella, quizá no volviese a tener una oportunidad igual. Resultó ser una maravilla, estaba sucio por el sexo de la noche y el lavado recuperó su buen ánimo. Cuando salió descubrió decenas de bocas en la pared, ventilando aire cálido para secarlo. Estaba molesto con la situación, no había conseguido resistirse a las intenciones de las mujeres en ningún momento y cuando trataba de descubrir como lo excitaron con apenas tocarlo, su mente de bloqueaba, no podía pensar sintiendo un punzante dolor de cabeza.
Se vistió.
Con un bufido, giró el picaporte fálico para abandonar la habitación. Salió a un pasillo. No tenia idea de la hora y parecía que los relojes no existían en la ciudad. No había dado cuatro pasos cuando oyó los gemidos de personas teniendo sexo. Parecía que todo el tiempo era así en ese lugar.
Deambuló por varios corredores, todos oscuros, de escasa iluminación. De una habitación partía el sonido de una canción que conocía, el volumen estaba alto, pero podía oír gritos de dolor.
Me gustas mucho, ahora, me gustas mejor
Caminando con tus chicas/gatitas en cuero y red
Observo tus ondas en el círculo
Símbolo de la Eternidad, perversa pussycat
Se alejó sin ganas de enterarse que estaban haciendo. Erró por horas, subiendo y bajando escaleras. En muchos sitios hubo de cuidarse para no pisar a desprevenidos grupos copulando. A su paso recibió miradas insinuantes y abiertas proposiciones, de hombres como de mujeres.
Quería sentarse y aclarar su mente, pero en todos lados estaban fornicando. Su instinto lo llevó detrás de un espeso cortinado. La tela era tan gruesa que apenas se podía mover, daba a un cuartillo oscuro. Había percibido telepáticamente a tres hombres, entre ellos a Mogoto. Una de las paredes era de cristal. Le indicaron que no hiciese ruido y se aproximó. Del otro lado había un jardín con columpios y una fuente llena de peces coloridos. Sálvat concluyó que no podían ser reales. Los peces que conocía carecían de colores, eran grises y pocas veces brillantes.
Correteando entre risas, aparecieron unas niñas de entre diez y doce años, ignorantes de ser observadas. Estaban desnudas completamente. El Nómada interrogó con la mirada al tipo más próximo. Mogoto se molestó y le hizo señas para que ambos se retiraran.
Ya fuera, el hombre se presentó.
—Hola, soy Mishel —dijo con voz de contralto. Su piel marfileña contrastaba con los ojos y el pelo oscuro—. Es un gusto conocerte, Sálvat.
—¿Qué hacían ahí? ¡Espiar a esas niñas!
—Son las Exóticas.
—¿Qué?
—Esas niñas jamás han visto a un hombre. Expertas nodrizas las educan evitando la relación macho/hembra en toda su educación. Cuando alcanzan la madurez sexual las entregan a uno de nosotros para poseerla.
—¡Eso es…! —dijo Sálvat asqueado—. Les provocará un trauma. El daño psicológico puede ser irreparable.
—Si. A veces lo es. Algunas enloquecen, otras se suicidan, pero el placer de tenerlas es inigualable. Hay niños, en otro jardín, educados igual.
Sálvat le lanzó una mirada que había encogido a muchos enemigos antes, el ieretik sólo sonrió amistoso.
—Te ves tenso —dijo—. Ahí tienes un ascensor. Sube al último piso, casi nadie va. Tienes una visión panorámica única.
El Nómada le dio la espalda y buscó la puerta. La tecnología de la ciudad era antigua, fusionada con adelantos modernos. Había conocido muchos lugares, Las Ciudades Estado que bordeaban las costas eran en su mayoría asentamientos construidos sobre despojos de otras; ruinas del holocausto climático y las epidemias. Por el contrario, esa ciudad de Venus no contaba con redes wi-fi, ni receptores satelitales, ni comercio con otros sitios y esas personas no tenían apariencia de cosechar o criar ganado. Había visto a eunucos esclavos, era evidente que tenían muchos conocimientos en clonación. Si había podido clonar su sangre podían clonar alimentos. En ese momento cayó en la cuenta de que no había visto una sola mujer embarazada. La llegada del ascensor al último piso cortó sus pensamientos.
Al salir, no le asombró ver a tres personas acopladas sobre el suelo. Se dijo que no era una buena señal acostumbrarse; debía salir de ahí cuanto antes, no obstante, por una inexplicable razón, terminaba distrayéndose con cualquier cosa. Pasó sobre ellos en dirección a una estrecha escalera. La subida era empinada, comunicaba con una especia de cúpula de doscientos metros de diámetro. Sobre su cabeza se entrelazaban hierros oxidados. La base de aquel ático era de planchas metálicas. No lucía muy aseado, había muchos objetos allí: Esculturas a medio terminar, atriles abandonados, viejos equipos de audio, mesas, sillas y muchos baúles. A todos los cubría el polvo. Más allá de un gran arco descubrió un balcón de vigas metálicas enrojecidas por el agua. Caminó hacia ahí y estaba por girar el picaporte, un torcido pene de cobre, cuando oyó un carraspeo cercano. Se volvió como una pantera lista para el ataque, la persona oculta se apresuró a decir:
—¡Disculpa, amigo!¡Debes ser Sálvat!
Era un tipo apergaminado, muy viejo. En sus manos surcadas de arrugas se distinguían manchas negras. Pocos dientes le quedaban, pero mucha vitalidad sobrevivía en su mirada acuosa. Al sonreír le recordó la raíz de un viejo árbol nudoso.
Sentado frente a un rudimentario telescopio, nada tenía de amenazante y Sálvat olvidó su hostilidad.
—¿Me conoces?
—Hace veinte años que no hay visitantes en este lugar —informó—. Hace veinte años llegué y me quedé.
—¿De dónde?
—Soy del norte. Más allá del Infierno Verde. De un lugar llamado Mazonia. Un país gobernado por mujeres.
—Nunca fui ahí.
—No. Eres un nómada. El desierto es grande, pero sólo ocupa el Distrito Sur del continente.
—¿Qué es este lugar? ¿Quiénes son estos tipos?
—No te gustan.
—Es que… todo esto no parece real.
—¿Tanto sexo? La cultura de los Ieretiks se basa en eso, pero el más indicado para narrarte la historia es Xaier. Sólo te diré que esta gente no es de nuestra época.
—¿Cómo dices? —Sálvat buscó un asiento. Aquello tenía un cariz fantástico que no estaba dispuesto a aceptar sin someterlo a análisis.
—Tienen una droga que custodian celosamente, con ella anulan el envejecimiento. Sus células se renuevan sin el deterioro natural. Son casi inmortales. Inmunes a enfermedades, pues han neutralizado todos los gérmenes patógenos conocidos. La única muerte natural aquí en décadas, fue a causa de un estúpido accidente.
—Su medicina debe ser buena en verdad, por lo que sé los virus se están adaptando todo el tiempo. Mutan para sobrevivir —comentó el Nómada pensativo—. ¿Dijiste muerte natural? ¿Qué otra clase de muertes hay?
—Pues… —el viejo palideció incómodo—. Hay un par de fiestas anuales donde se hacen rituales sadomasoquistas con alguno que otro sacrificio. La víctima se ofrece voluntariamente, nunca se obliga a nadie a participar.
—Adictos al sexo y sadomasoquistas… He visto demasiadas estupideces aquí, este sitio me provoca rechazo.
—Tienes mucho para experimentar en Venus. Te han honrado nombrándote uno de ellos, considérate afortunado.
—¡Es suficiente para mí! Buscaré a mi amiga y partiré de inmediato.
—¿Por qué crees que ella no huyó contigo apenas te recuperaste?
Sálvat dio dos pasos indagándolo con la mirada.
—Yo pensé muchas veces como tú —continuó el viejo—. Este lugar está embrujado, la única manera de salir es quitándose la vida.
El Nómada sopesó el comentario del viejo, pero no se arredró. El anciano era debilucho y parecía cobarde, él rompería ese hechizo si existía. Le dio la espalda y se retiró.
De regreso a los salones principales de la ciudad, la actividad sexual se había reducido. Los pocos Ieretiks que halló, estaban entregados al sueño o a la contemplación de su propia relajación post orgásmica, en ningún momento tuvo el más ligero atisbo de Gisella.
Un rumor de cuerdas y poleas atrajo su curiosidad, sonidos metálicos entre voces apagadas. Estaba seguro de que no eran máquinas de fábrica. Cruzó el portal para descubrir un gigantesco gimnasio. Alrededor de treinta personas estaban usando los aparatos de musculación. Descubrió a Xaier entre ellos, dándole la bienvenida con su inmejorable sonrisa.
—¡Sálvat, amigo! Puedes usar lo que quieras. Hay que mantenerse en buena forma.
El Nómada quiso gritarle, preguntarle por Gisella, pero incomprensiblemente sus intenciones se evadieron; lo único que logró decir, con un terrible esfuerzo de voluntad, fue:
—Xaier… tenemos que hablar…
—Tendrás todas las respuestas, lo prometo; pero no puedes desperdiciar este gimnasio.
—¡Xaier! —Las venas de su cuello parecieron a punto de estallar, un perforante dolor le partía cráneo—. Usaré tus aparatos y luego hablaremos, no lo pospondré un segundo más.
—Lo que digas, mi joven salvaje. —aseguró el líder Ieretik, con un ademán afeminado.
Sálvat comenzó a trabajar sus músculos y entre los presentes, no hubo quien no lo asistiese. Todos tenían conocimientos sobre físico culturismo y nutrición. Quería que el tiempo pasase rápido para despachar a los locos habitantes de ese lugar, pero cada vez que pensaba en ello, lo cubría el cansancio. Se sentía una marioneta, las palabras del viejo en el ático, sobre un hechizo, adquirían un nuevo sentido para él. Tras dos horas de intenso ejercicio se dirigió a las duchas. Desde luego, eran mixtas. Cuando se secaba ante una pared de vapor contempló asqueado a dos enormes hombres musculosos en plena relación homosexual, se apartó para no ser un espectador obligado y se vistió.
Xaier no le esperó en el gimnasio, tardó media hora para ubicarlo en unos de los comedores.
Una suntuosa merienda estaba servida para diez personas, pero nadie había allí más que el líder de los Ieretiks, ocupando el sitial; hizo señas al gigante de cabello color paja, invitándolo. Había un coro de personas desnudas que repetían extasiados un estribillo:
Y estoy tan vivo
Te digo, te digo
Es la dopamina
Que me eleva
La dopamina me conecta
Es la dopamina
Puedo confiar
La dopamina me refleja
Sálvat se sentó y tomó unas frutas.
—¿Quiénes somos? —prorrumpió Xaier divertido. El Nómada asintió con la boca llena—. Mi edad ya no se mide por años sino por siglos —dijo y Sálvat dejó de masticar—. Sí. Contemplé la gloria de este planeta y su precipitación al infierno. Antes de las pestes y el desequilibrio ecológico, antes de las grandes hambrunas y el florecimiento de las Ciudades Estado. Mucho antes de que tú nacieras.
“Cuando descubrimos lo que se avecinaba construimos estos palacios, aquí entre las cumbres. Sólo un retorcido pasaje bajo las raíces montañosas accede a la ciudad, cerrado por portales de roca imposibles de abrir desde afuera. Lo hicimos para protegernos de la barbarie que sería la humanidad o los restos de ella. Nuestras reservas eran muchas, pero no duraron para siempre. De algún modo macabro sabíamos que estábamos condenados. Esa fue la razón que nos hizo afrontar cada día como el último. Nos entregamos a todos los placeres de que podíamos disponer: Ricos manjares, ocio, arte y desde luego el sexo. Con este último descubrimos infinidad de alternativas. Intercambiamos parejas, experimentamos actos grupales, nos unimos entre personas de nuestro mismo sexo. Siempre concebíamos formas nuevas de excitación. Nuestra libido nos guiaba por desconocidos pasadizos de lujuria. Ya no nos importaba el final, ni el hambre o la sed. Sabíamos que habíamos descubierto la mejor forma de perecer y aunque te resulte ilógico éramos felices.”
—Aún no me explico como sobrevivieron aislados aquí.
—Ven —dijo Xaier apartando las escudillas. Tras ponerse de pie le indicó una escalera alfombrada, roja, por supuesto—. Me agrada caminar después de comer.
A medio camino hacia el lugar al que lo llevaba, descubrió aparatos de vigilancia sobre las columnas, las puertas disponían de fotocélulas y más de una tenía lectores de retina como cerradura. Se internaron por estancias instrumentadas para funciones definidas, departamentos de producción e investigación. Tan semejante a un laboratorio que le produjo un escalofrío, Sálvat odiaba los laboratorios y los sanatorios. Vio un par de personas con batas verdes. El aroma en el aire era el mismo de un hospital.
—Aquí generamos nuestra materia prima —se explayó el Ieretik—. Cultivamos en huertas hidropónicas y mantenemos granjas de animales clonados.
—¿Mantienen? —expresó Sálvat con una sonrisa de duda.
—Sí —aseguró el otro devolviéndole la sonrisa—, nuestros eunucos están para eso, producimos la cantidad necesaria.
—No entiendo.
—Muchos habitantes de ciudad Venus son producidos con ciertas carencias de enzimas, no nos agrada la vejez. Cuando dejan de ser jóvenes dejamos de suministrarles la enzima y mueren.
—Hmm.
—No nos juzgues tan mal. Lo hacemos para conservar el equilibrio de nuestra sociedad. Fue la polución y la explosión demográfica lo que causó la caída de la civilización.
—¿Conocían tanto de biotecnología? ¿Eran científicos?
—A eso iba. En los primeros años, cuando grandes epidemias asolaron el mundo y hordas de caníbales asaltaban a los débiles, llegó al pasaje secreto un extranjero. Le dimos cobijo y no tardó en deslumbrarnos con su sabiduría. Del mismo modo, él se vio encandilado por nuestras costumbres. Este nuevo Guía nos dio los conocimientos sobre clonación que usamos actualmente, era un experto en genética —le indicó una entrada que ambos traspusieron—. Como sabrás, las mujeres desfiguran mucho su cuerpo con la gestación y el doloroso parto. Gracias a nuestro Mentor solucionamos esa vicisitud —encendió las luces. El sitio mostraba enormes tanques de vidrio llenos de líquido, podían contemplarse cuerpos de mujeres sin piernas ni brazos, tampoco tenían rostro, solo una masa de carne amorfa sin ojos para contener el cerebro. Todas tenían los vientres abultados—. Estas son nuestras reproductoras. No son nada inteligentes, desde ya, sólo cumplen su cometido.
—¿Y después de concebir?
—Pues, las desconectamos.
—De aquí salen “las Exóticas”
—¡¿Ya las viste?! Sí. También tenemos niños.
—¿Niños? Entonces la población debe haber aumentado.
—No, en absoluto, como ya te explicaré. La ciudad puede ser habitada por cuatrocientas o quinientas personas. En estos momentos somos trescientos setenta y siete contándote a ti. Todos los años celebramos una orgía comunal. Todos pueden participar y no hay restricciones ni reglas; naturalmente se producen muertes. Es por eso que jamás estamos súper poblados. ¡No me mires así! Es como la selección natural.
—Claro. —atinó a replicar, Sálvat.
—También descubrimos drogas geriátricas, con ellas nos preservamos. Todos aquí nos suministramos las dosis precisas para no envejecer. La estética es muy importante. ¿No te sientes deprimido al ver que tu rostro cambia o tiene nuevas arrugas? Si el metabolismo cambia ya no podemos evitar tener una cintura abultada. El punto de apogeo físico de los seres humanos son los veinticinco años. A partir de ahí, comienza la decadencia. Muchos han intentado en vano evitar eso. “La vida fue creada para vivirse”, nos repetía el Mentor, gracias a él, los Ieretiks existiremos por siempre.
Nada es para siempre, pensó el Nómada.
—¿Dónde está ese Mentor, ahora?
—Se ha ido. Nos enseñó a fabricar la droga geriátrica y se marchó.
—Hay un viejo en la torre de este Castillo que no parece haberla tomado. —dijo Sálvat.
—¡Ah, el Astrónomo! Fue su propia decisión. Lo rescatamos de una tormenta. Adora contemplar los astros y hacer mapas astronómicos, respetamos sus decisiones.
—Excepto la de largarse de aquí. —dijo Sálvat y al instante se sintió mal consigo mismo, la misma sensación que uno experimenta al decir algo fuera de lugar. Intentó detener la vorágine de pensamientos. Algo estaba mal, pero no podía identificar qué—. Quiero partir cuantos antes —agregó—. Apenas localice a Gisella, lo haré.
—Tienes mi bendición. Nos reuniremos en la cena y haremos los preparativos para tu partida.
—Bien. —respondió el Nómada secamente. Se giró para no ver la sonrisa perenne del Ieretik, sintiéndose agobiado, con un terrible peso sobre los hombros. Un horrible dolor martillaba su cráneo. Buscó, con avidez, algún rincón umbrío. Un sitio donde cobijarse hecho un ovillo. No podía entender la influencia extraña que lo convertía en un cobarde. No había resistencia posible a esas sensaciones, el sortilegio del que hablaba Astrónomo era real, pero tenía que haber una explicación y una forma de neutralizarse.
Lo asaltaron las voces y risas exaltadas de unos niños correteando en el pasillo anexo. Cuando lo rodearon, sus piernas se doblaron y cayó de rodillas apretándose las sienes.
—¿Estás bien? —dijo una niña. Se encontró con sus ojos verdes, la cara pecosa y el cabello castaño. Apenas sobrepasaban su cintura, aunque al estar arrodillado, sus miradas estaban a la misma altura.
—Es sólo un mareo. —musitó. Ninguno de los niños corría ahora, todos lo miraban.
—¡Toma! —la niña le ofreció una botella de agua, bebió saboreando la frescura del contenido y de repente su malestar desapareció.
—Eres el salvaje ¿No? —preguntó la niña sin rodeos.
—Me llamo Sálvat —dijo serio—. ¿Y tú?
—Nadea ¿Vienes a la sala de juegos? ¡Ven! —invitó la pequeña.
—¡Si! ¡Ven! —acompañaron a coro el resto de los chicos.
Se dejó conducir, la energía de los niños le era contagiosa. El lugar tenía tiovivos, toboganes, canchas deportivas. Montones de cajas con pelotas y piezas de madera, no se veían computadoras ni juegos electrónicos. Todos le daban charla con los temas típicos de los niños, y él contaba anécdotas de sus aventuras. Sus palabras eran seguidas con atención casi religiosa. Así, recibió pellizcos, caricias y abrazos. Tanto cariño gratuito le hizo olvidar momentáneamente su deseo de irse.
Rememoró sin intención su propia infancia en el orfanato, en la Casa Grande. Un lugar donde había descubierto la amistad y la lealtad.
Envidió la inocencia y la esperanza de los chicos, entendiendo que los Ieretiks los criaban así por algún propósito especial. Además había algo peculiar; había criaturas y adultos. ¿Dónde estaban los adolescentes o los jóvenes? Su imaginación se ensombreció con las respuestas que formó su mente.
—¿Nos vemos mañana? —dijo la niña con ilusión en la voz—. Ninguno de los grandes juega con nosotros. —agregó.
—No puedo asegurarlo.
—Que duermas bien. —se despidió ella con una sonrisa.
Había oscurecido. Encontró el salón comedor repleto y tardó unos minutos antes de dar con un lugar para sentarse. No localizó a Gisella, pero supuso que estaría ahí. Comió y bebió. Las mismas escenas de sexo desenfrenado volvieron a repetirse como la noche anterior. Se dispuso a retirarse y un leve mareo dobló sus rodillas, tal vez efecto de la bebida. Sus ojos escudriñaron a los presentes buscando a su amiga; desilusionado, tomó el camino hacia su habitación
La encontró arreglada y perfumada, seguro obra de los clones eunucos. Iba a desplomarse sobre la blandura de la cama cuando descubrió que no estaba solo. La silueta a contraluz de una mujer de raza negra ocupaba el umbral del lavatorio. Iba vestida apenas con unos velos ingeniosamente anudados. Los gruesos labios le sonrieron sugerentes en una boca irresistible. Sin entenderlo, Sálvat, se descubrió plenamente excitado. Tenía mil razones para ignorar sus instintos, pero a ninguna escuchó. Atrapó la cintura de aquel cuerpo que se le ofrecía, se desnudaron casi de inmediato derrumbándose al suelo alfombrado. La boca húmeda le atrapó el sexo creando sensaciones estremecedoras. Era tal la compulsión de penetrar que no entendía otra cosa, comenzó a moverse con avidez.
Unos movimientos llamaron su atención, otra pareja había entrado a la alcoba; un hombre de pelo castaño y una mujer menuda de rizada melena roja, con una piel de blancura lechosa, tachonada de pecas.
Lo que sucedió luego se diluyó en su memoria, recordaba a la minúscula pelirroja dando brincos. También haber caído de la cama lastimándose un codo, o atando con rudeza un cinto de cuero en el cuello oscuro de la primera intrusa. Sintió manos recorriéndolo como un largo roce de cuerpos sin identificar. Cerró los ojos sólo para sentir. Nuevamente, una boca cálida y húmeda rodeaba su pene, tratando de hacerlo estallar. Un pie rozó su frente y abrió involuntariamente los ojos para descubrir al hombre de pelo castaño besándole. Con un grito mudo lo apartó, todo el cuerpo le temblaba, pero logró patearle la cara. La pelirroja se retiró riendo a carcajadas y la negra le dirigió una mirada sobradora. Al verla de pie, distinguió entre sus piernas un diminuto falo, inútil e incongruente, comparado con los enormes pechos de turgentes pezones.
El Nómada, con un respirar entrecortado, logró articular: — ¡Largo!
Por horas se restregó las pastillas de jabón en el hidromasaje. El vapor del agua caliente empañaba los espejos impidiendo ver su reflejo. De pronto se sintió observado desde el dormitorio, había alguien ahí, mirándolo. Una presencia tenue, definida en los contornos.
Sálvat salió del agua dirigiéndose a la persona.
El largo cabello negro, de la espigada figura, caía simétrico a los lados de las afiladas mejillas y los ojos oscuros, mansos.
—La mugre del alma no se lava con agua y jabón. —sonrió con sus finos labios.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —gruñó Sálvat poco convincente. Algo le decía que carecía de medios para intimidar a ese ser.
—Quien soy sería confuso para tu entendimiento, y lo que hago es sólo recuperar lo que es mío.
—¿Tuyo?
El ser volcó su rostro hacia un hombro. Por instante pareció disolverse, pero recuperó su consistencia.
—Verás, Sálvat. Necesito de tu colaboración. A su vez, tú me necesitas. Has estado desamparado, como un salvaje. Sabía que tus pasos te traerían aquí y entraríamos en contacto.
—No eres un ieretik…
—Para ellos puedo serlo, pero te aseguro que nadie, a excepción de ti, puede verme.
Sálvat se sentó en la cama mirando sus pies. Se giró hacia el centro de la habitación para descubrir que el ser seguía ahí, presente y a la vez irreal como el reflejo de un espejo.
—¿Cómo es posible eso? —murmuró el Nómada.
—Se abren canales en tu mente. Percepciones. Del mismo tipo que esa telepatía tosca que tienes.
—¿Puedes leer mi mente? —preguntó sabiendo la respuesta. Aquella era una amenaza nueva para él. Sus sentidos estaban en guardia y no iba a darse por vencido, entonces la sed de curiosidad se despertó, ávida de respuestas—. Puedo verte por algo que hay en este lugar —razonó—. ¿Qué puede ser?
—Ahora estás muy agotado —dijo el ser—. Tendrás tiempo para pensar, devolverme lo que es mío y cumplir tu destino. —luego se disolvió hasta desaparecer.
Cuando abrió los ojos, sintió deseos de salir corriendo. Huir, olvidando a su amiga Gisella que una vez le había salvado la vida. Se vistió con brusquedad. Al contemplarse en el espejo cayó en la cuenta de que estaba aterrorizado, el miedo se congelaba en sus venas, en el latir angustiado de su pecho y la respiración ahogada.
No era dueño de su vida.
En dos ocasiones había fracasado en el simple acto de irse.
Algo estaba muy mal ahí.
Salió a los pasillos con los pies descalzos, eludiendo a todos los Ieretiks a su paso. No dejaba de pensar en su amiga, sopesando la posibilidad de regresar a buscarla. Apenas encontró una ventana se asomó y respiró el aire del desierto, percibiendo la renovación en sus fosas nasales. Era como alimentarse de frescura. Sacó medio cuerpo y apoyó las plantas de los pies en el marco de la estrecha ventana. El viento exterior golpeó su espalda mientras hurgaba resquicios o hendiduras en la pared exterior. Desfiladeros de rocas puntiagudas rodeaban los palacios que formaban la ciudad, a veinte metros bajo sus pies. Hasta allí, el muro se precipitaba liso, con un revoque perfecto, pero no era una pared recta. Tenía una notable inclinación que se alargaba suavemente hasta el suelo, una superficie tan lisa que hacía dificultoso mantenerse en pie. Aspiró hondo y se arrojó por ella hacia las rocas.
Cayó rodando, hiriéndose brazos y piernas. Logró asirse de una arista de roca, a muchos metros bajo la pared de la ciudad. A su alrededor sólo había rocas grises, desmenuzadas, sin ninguna hebra de vida brotando entre ellas. Huir a través de escarpaduras semejantes era habitual para él y nada le costó llegar a un terreno llano. Saltó hasta una hondonada de suelo erosionado. La losa caliente lo obligó a caminar hasta alcanzar una grieta en el muro de roca. Desde ahí se deslizó por un pasaje en bajada hasta un estrecho corredor.
Montañas de rocas carcomidas se elevaban en los flancos del pasadizo. Volvió su mirada en dirección a la ciudad de los palacios, apenas podía distinguir los minaretes y los mástiles con banderas ondeando detrás del deformado terreno de piedra.
Delante, se abría una oscura y ominosa caverna. No tardó en reconocerla como el pasaje secreto, la entrada a la ciudad de Venus. Comenzó a poner distancia entre él y el hogar de los Ieretiks; sabía que ese camino estaba sellado.
Escaló la pared y una vez alcanzado el borde del risco se precipitó hacia el otro lado. A pocos pasos, distinguió un puente macizo que atravesaba el precipicio y comunicaba con el Gran Erg, la extensión de arena que él llamaba hogar. Eludir la caverna, el paso infranqueable, no había resultado difícil para un hábil escalador.
Entonces le cayó encima un agobio insoportable; una depresión angustiosa llena de culpa e inseguridad. Se dejó caer contra el muro, mirando sin ver la continuación de postes con luces que flanqueaban el puente.
Intentó esclarecer sus pensamientos, entender de donde venía ese pesar. No tenía sentido, era totalmente ajeno a su naturaleza. Poco a poco, descubrió que era posible que estuvieran jugando con su mente.
Una manipulación fina y precisa de sus emociones. Eso sería fácil pues todo dependería de excitar ciertas glándulas, inyectando sustancias en su organismo.
Y los Ieretiks habían aprendido a hacerlo con su mentor…
Eso había explicado Xaier: drogas geriátricas y un experto en genética, en química hormonal. Un especialista en clonación.
Todo eso explicaría mi incontrolable comportamiento ante las ofertas sexuales.
El odio creció en Sálvat junto con una ira demencial.
—Lo mismo siento yo. —escuchó una voz susurrándole al oído.
Distinguió al pie del puente la figura alta y delgada de su visitante personal.
—¿Qué haces aquí? —rugió perentorio, el Nómada.
—¿Aquí? Estoy en tu mente y ya jamás me apartaré. Estamos ligados tú y yo. Todas las respuestas están contenidas en tu sangre. Las conoces, pero prefieres olvidar.
—Me cansa tu parloteo confuso. ¿Qué eres? ¿Un espectro?
La extraña aparición sonrió. Bajo el ardiente sol era aún más incongruente que en las tinieblas de su alcoba.
—Me agrada ser reconocido —dijo—. Llámame como gustes, eso no es relevante. Tú no entiendes tu potencial, permíteme demostrarte cuánto puedes lograr…
—Se claro conmigo, espectro. —las palabras de Sálvat, apenas, se oyeron al invadirlo la rabia.
—¿No lo recuerdas? ¿Años atrás, en el orfanato? Pediste mi auxilio. Tu subconsciente, tan sincero, tan franco. Maté a quienes te fastidiaban, uno por uno, pero preferiste borrarlo de tus recuerdos. Hasta me borraste a mí; ambos sabíamos que no era el momento adecuado para tu realización.
—¿Qué? —el ceño fruncido del Nómada marcó una hendidura entre los ojos dando un cariz siniestro a sus facciones.
—Cerraste todas las puertas de tu mente. Algo loable, lo reconozco, aunque muy molesto. Pudiste mantenerte así unos años. Entonces volviste a solicitar mi ayuda en el desierto. El miedo es la clave. Con mi asistencia te convertiste en el Demonio de la Arena. Mi pequeño gran brujo, mi Cántaro.
—No puede ser cierto.
—Pues aquí estamos —continuó la imagen—. Tú y yo, hablando, claro que sólo tus ojos me ven.
—¿Por qué estás en mi mente?
—No soy fruto de la imaginación, te lo demostraré. —la figura desapareció para reaparecer en la entrada de la caverna, una decena de metros detrás. El rostro continuaba siendo pétreo, con una leve sonrisa dibujada apenas. Su apariencia era menos sólida, menos definida.
—Dos paneles corredizos de roca sellan la entrada y la salida de la ciudad —explicó el espectro—. Los controles del otro lado están protegidos por una contraseña, juntos podemos abrir esos portales.
—¿Cómo? —dudó el Nómada.
—Ya te lo dije —habló el espíritu, convincente—. Juntos, unidos. Sólo debemos imaginar que nos fusionamos, que nuestras mentes… se unen.
—¿Imaginar?
—Así de sencillo. Pruébalo. Lo has logrado antes, en otros niveles de conciencia.
Las palabras del ser daban vueltas en la cabeza de Sálvat, Había buscado respuestas toda su vida y nadie pudo jamás responderle. Lo común era cuestionar su salud mental, tanto en las ciudades como entre los nómadas. Pensó que del mismo modo que el viejo del ático, podía refugiarse en Venus, donde nadie lo había discriminado, quedándose a beber, comer o fornicar siempre, sin ningún esfuerzo, pero el Nómada amaba la libertad. Eso significaba quedarse o marcharse de un lugar cuando se le antojase. Ahora gozaba de esa libertad, pues el ser le pedía que pruebe fusionarse, estaba seguro de que si pudiese obligarlo, no lo exhortaría a hacerlo. Ya antes se habían unido, según el espectro, pero evidentemente sus mentes terminaban separándose. Correría el riesgo, era la única forma que se le presentaba para descubrir la verdad acerca de su naturaleza.
Sálvat formó la imagen en su mente. Fue como un velo descorriéndose hacia otros velos. Rojos, naranjas y azules. La piel se estremeció y descubrió la presencia del ser, muy familiar y conocida; calzando como un guante en su persona. Sus ojos vieron más allá de la roca; sus oídos oyeron sonidos nuevos, haciéndole sentir que había estado sordo toda la vida. Al otro lado de las paredes, percibió los controles de un panel lleno de botones. No supo si movió los dedos de la mano cuando el pesado muro se abrió, mostrando la negra garganta de la caverna y la luz del otro lado. Al mismo tiempo las luces del puente se encendieron en todo el recorrido, una señal que podía distinguirse a gran distancia.
—¿Eso lo hiciste tú, espíritu?
—¿Ya no distingues tus pensamientos de los míos? —escuchó en su mente. Iba a replicar con rudeza cuando sintió que el ente se apartaba, salía de él.
Lo buscó alrededor sin éxito, tenía la seguridad de que estaba cerca.
—¿Deseas que siga contigo? Ya viste lo que podemos hacer.
El Nómada contempló la caverna abierta y las luces.
—¿Para qué hicimos esto? —musitó.
—¡Qué pregunta innecesaria, vacua! ¿No está nuestra amiga ahí? ¿No quieres saber como te controlaban? ¿No deseas partir los dientes de Xaier de una patada? Si huyes, pensarán con razón que les temes, es justo motivo para hacerles pagar sus actos. La vida fue creada para vivirse. —Escuchó las palabras del espectro, reconociendo que eran sus propios pensamientos, las dos mentes eran una. Estudió sus manos tratando de comprobar si era dueño de sí mismo, la sensación era escalofriante porque a la vez, tenía la convicción de que si todo lo experimentaba era cierto, el resto del mundo lo consideraría loco, sin ningún remedio.
Impasible, con la oscuridad velando su mirada, emprendió el camino hacia la entrada.
Alessandra, Xaier y Mogoto, junto a otros Ieretiks, le dieron la bienvenida en uno de los salones. Estaban convencidos de que sus trucos mentales para retenerlo lo habían devuelto con ellos.
—Nos agrada tu retorno. —lo recibió Xaier, eternamente afable.
—¿Tienen vino? Estoy sediento. —pronunció el Nómada sin interés y al instante de beber, desconfió del contenido de la botella que le ofrecieron.
—Estás golpeado —reconoció Mogoto, mirando sus brazos—. ¿No quieres atención médica?
—Son sólo rasguños
—Ve a tu alcoba y descansa. —le sonrió Alessandra.
Él devolvió el gesto y siguió el camino más directo hacia sus aposentos. Al ingresar en el cuarto, descubrió una mujer recostada en la cama. Se previno de cualquier trampa al tiempo que descubría la identidad de la persona.
Era Gisella.
Su mirada de ojos negros estaba cargada, como neblinosa. Se acercó gateando.
—Tómame. —repetía en una letanía sin sentido. A su vez, Sálvat se sintió impelido a poseerla
Como antes, sin remedio, lo impulsaba una voluntad que no era la suya. Sintió el sabor de la piel y el contacto de sus besos desesperados, pero todo carecía de emoción, no había deseo; eran marionetas.
Cuando abrió los ojos, tras un largo y pesado sueño, la vio recostada sobre un lado, dándole la espalda. Una inmensa vergüenza lo cubrió. Gisella era su amiga, una Valiente del desierto con quién había luchado espalda con espalda y merecía su respeto. Tratarla como una esclava era una vergüenza que eliminaba la confianza, enturbiando la amistad.
La mujer movió los párpados, Sálvat no sabía que decir cuando ella se volvió de repente. Su forma de mirar, taladrante y amenazadora, era la misma de siempre. Lo que regocijó al Nómada.
—Debemos salir de aquí, Puma.
—Ya lo creo. —musitó él.
Gisella ignoró su tono contrito. Le cruzó por encima y una vez tras él, hurgó con sus dedos debajo de los cabellos que cubrían la espalda de su amigo, ni en delirios se trataba de un juego erótico, era algo absolutamente diferente.
—Sálvat. Mira mi nuca.
—¿Qué?
—No preguntes y hazlo ¡Maldita sea!
Hizo la lustrosa melena negra a un lado, dejando el cuello y la base del cráneo al descubierto. En la piel destacaban amoratados pinchazos. De inmediato, el Nómada buscó con las yemas de los dedos, las mismas señas en su cuello.
—Nos han estado violando. —Gruñó Gisella con la muerte impresa en cada sílaba—. Deseo cortarlos en pedacitos. Oír sus gritos suplicando…
—Deben predisponernos a la obediencia con las drogas, pero hay algo más. Ellos usan nuestros cuerpos para complacerse, como si cambiaran sus mentes con las nuestras.
—No me interesa saber como lo hacen, Puma.
—Tenemos que saber para poder dejar esta ciudad y hacerlos clamar por su miserable vida.
—Pero estamos solos.
—No tanto —replicó Sálvat, pensando en aprovechar los servicios del ser que sólo él podía ver—. ¿Tienes algún arma?
—Un cuchillo de plata, es pequeño y logré afilarle la punta.
—Ven conmigo.
Astrónomo dormitaba en un viejo sillón de la torre en forma de cúpula cuando los nómadas lo despertaron. Sintió temor al verlos.
—Mi amiga y yo nos largaremos de aquí. Debes decirme qué son estos Ieretiks. ¿Cuales son sus armas y sus debilidades? Si no lo haces te mataré con mis manos.
—Ahorra las amenazas. Tu resistencia a sus drogas y su influencia mental no tiene precedentes. Ellos sólo entienden de imagen, estética y penes o vaginas, no hay más. Todo lo hacen bajo esos conceptos. El pene, penetrador, indómito. Un visitante que no corre riesgos y sale incólume. La vagina, la casa cerrada, protegida, que anhela la visita y después sabe que no recuperará lo perdido bajo la sombra de un ominoso embarazo, todo disfrazando una invitación. Roja, cálida y húmeda… Aquí no existen las restricciones, el sexo se entiende como algo natural, es una cultura que ha descartado las diferencias…
—El cabo de mi cuchillo se verá precioso vibrando en tu pecho —rugió Gisella—. Acaba con las estupideces y dinos como eliminarlos.
—Eso intento —replicó el viejo, molesto—. La debilidad es su dependencia del sexo y la apariencia. Xaier ahora es hombre, pero hace un siglo era una mujer. El tedio lo motivó a cambiar de sexo.
—¿Cómo nos drogaron?
—Fue fácil, con la comida. También, algunos como Alessandra, tienen poderes hipnóticos muy fuertes. Se unen telepáticamente para obligarlos a hacer cosas y, de alguna manera morbosa, logran sentir a través de ustedes.
Los ojos de Sálvat se volvieron perspicaces cuando dijo:
—Ellos no dejan nada al azar ¿No te controlan?
—Yo no soy de su interés.
—Eres una boca más que alimentar ¿Qué función cumples? ¿Por qué no te eliminaron?
—Pues —tragó saliva—. Mis telescopios no sólo apuntan a las estrellas, yo les informó de viajeros perdidos en el camino.
—Tú nos viste —silabeó Gisella sopesando su cuchillo—. Por tu culpa nos recogieron.
—No tenía elección. Lo hice para seguir vivo. Ese día había una gran tormenta de arena; todos estaban aburridos y subieron aquí a hostigarme. No podía controlarlos. Apenas vi sus siluetas les avisé. Pensé que nunca podrían capturarlos, pero me equivoqué.
Sálvat lo aferró sin contemplaciones.
—Si quieres seguir vivo, tendrás que ayudarnos.
En la ciudad de Venus no existían los guardias, la seguridad se asentaba por entero en el pasaje secreto que ahora se hallaba abierto e iluminado. Los habitantes estaban dedicados a dormir y fornicar, en su rutina habitual.
Con Astrónomo como guía, llegaron a los laboratorios donde los Ieretiks elaboraban sus drogas, destruirlo sería imposible sin explosivos. El viejo les informó que había elementos inflamables y muchos sistemas contra incendio que se activarían y controlarían rápidamente la situación.
—¿Hay armas en algún sitio? —indagó Sálvat.
—Tienen pocas. Jamás me enteré donde.
—¿Cómo evitaremos su control mental? —rumió Gisella.
—No lo sé —dijo Sálvat pensativo—. Por el momento debes esconderte con Astrónomo en el último piso. Te recomiendo que tomes un calmante fuerte, algo que te impida acudir a su llamado telepático. Tal vez sin el suministro de sus drogas puedas resistirte, aunque no es seguro.
—¿Y tú?
—Buscaré la salida de este laberinto y nos iremos.
—¿Pueden llevarme con ustedes? —rogó el viejo. Sálvat lo miró y asintió con la cabeza.
Un segundo después de verlos alejarse de su vista escuchó la voz en su mente.
—¿Y ahora que hacemos, Mi Cántaro?
—¿Cómo dijiste, espectro? ¿Cántaro?
—Eres el recipiente que puede contener el elixir más preciado. Mi elixir. Déjame tomar el mando. Permíteme completarte. ¿No sientes que falta una parte de ti?
—¿Qué mierda es esta? No entiendo ni la mitad de lo que dices.
—Comienzan a despertar tus neuronas. Es un trámite simple, sin dolor. Además ¿De qué te asombras? Nunca pudiste integrarte en ningún lado. Todos tus intentos de pertenecer terminaron en nada. No hay amor, la vida es una perra traicionera y todos sus habitantes, seres humanos o no humanos no merecen ni un ápice de misericordia. Todo se reduce a sangre y lágrimas. Eso que corre por tus venas es el vehículo trasmisor de tu alma.
Sálvat se sentó en una mesa de laboratorio.
—No te refieres a la sangre… Células… hablas de ADN —murmuró el Nómada con suspicacia—. Tu lenguaje no es específico, tienes un aire antiguo…
—Eterno, es más preciso.
—Nada es para siempre, espíritu, ni siquiera tu ofrecimiento. Cuándo estás dentro mío nos compartimos.
—Tú no tienes demasiadas experiencias para mí.
—Cierto. Tú ganarás este físico, pero yo me meteré en tu mente. Recuerdo que eso ha ocurrido antes y comienzan a tener sentido muchas cosas. Mis percepciones, mis cambios de carácter ante las amenazas… Siempre estuviste presente, hablándome como si fueras mi propio pensamiento. Ahora te manifiestas como individuo…
—Siempre fui un individuo, era tu mente infantil la que no aceptaba la idea.
—¿Y después? ¿Puedo vivir sin que existas?
—Nunca ha sido así. Tu cuerpo puede destruirse, pero yo continuaré. He recorrido muchas vidas en este estado y tengo otras opciones, tú, mi Cántaro, ganarás en todos los sentidos teniendo un punto de vista que ningún humano ha tenido jamás.
—Y estaré completo, cumpliendo mi destino.
—Tal como lo dices.
Los pensamientos de Sálvat se dispararon desbocados ante las alternativas y el peligro, olía una trampa. Una charada que podía costarle el alma. Al mismo tiempo había percibido inseguridad en el ente, e incoherencias. Ya antes se habían compartido, pero sólo cuando el pánico o el odio lo dominaban. La criatura había nombrado puertas de percepción, el despertar de su mente. Si esas emociones formaban canales de apertura, otras tal vez las cerrarían. No obstante sabía que no podía fiarse de esas conjeturas. El espíritu lo dominaba cuando perdía el control de sus emociones. Ahora permanecería frío y calmo; esta vez, pedía su colaboración.
Deseó fumar o escuchar música a máximo volumen. Las paredes se cernían hacia él como una jaula viva. Un estómago viseral tragándolo y ahogándolo.
Caminó despreocupado hacia los salones comunes, descendiendo escaleras alfombradas bajo bóvedas sexuales. Ante él se abrían pasillos con cortinajes y espejos, muy estrechos. Tomó uno al azar. Estaba a mitad del camino cuando oyó un sollozo apagado. Alguien lloraba, agitando apenas los pesados tapices bermellón.
Hizo a un lado la tela con suavidad para hallar a Nadea, la niña del día anterior. Estaba desnuda, con hilos de sangre entre las piernas y la cara amoratada. Los párpados hinchados no le permitían abrir los ojos.
—Nadea…—la llamó el suavemente. La pequeña, en un acto reflejo, alzó un brazo para protegerse mientras arrastraba su cuerpo contra la pared. Sálvat intentó asirla, pero sólo consiguió que ella se viera presa de un temblor incontrolable. El grito de su mente era claro: ¡No, no, no…!
—¿Quién fue? —dijo Sálvat. De pronto en su mente aparecían imágenes de violación y tortura. Habían asaltado a las niñas mientras dormían, como bestias salvajes. A sus sentidos llegó claro el olor a sudor de Mogoto y el tono gutural de su voz.
Entonces deseó cortarlo en pedacitos. Sus nudillos se comprimieron llenando de fiereza los ojos marrones. Ahí agazapado, con los músculos en tensión, el gigante tenía un aire felino pleno de mortandad. Nadie en el mundo, en su sano juicio, hubiese soportado su presencia sin encogerse de miedo. Cuando se puso de pie, ya no fue un ser humano, volvía a ser el Demonio de la Arena. Respiró sintiendo calor en la garganta. Quería gritar, romper cosas, ver sangre corriendo.
El golpe le llegó por la espalda, de improviso, creando un telón azul de palpitantes estrellas doradas. Sintió al intruso calzarse en él, ganando sus células. La idea de resistirse se le antojó ridícula. Cayó de rodillas atajando el piso con las palmas abiertas. Nada de lo que lo rodeaba tenía sentido, oía sonidos que jamás había oído; lejos, pero absolutamente nítidos. Al descorrerse el velo de negrura vio más de lo que cualquier ojo humano antes. Se irguió lentamente, en las oscuras cuencas de sus ojos brillaba una voluntad antigua. Pareció más alto, sumamente amenazante. Algo de su antiguo yo se conservó, como la luz del sol colándose por una celdilla; la fusión se había realizado, dos mentes habitaban su cuerpo. Sentía el poder inconmensurable de la otra voluntad, al igual que sus pensamientos y su conciencia extendiéndose por el espacio, el tiempo y otras zonas que su pobre experiencia de vida no atisbaba a adivinar.
Miró sus manos y las movió. Estudió su cuerpo, el pecho bajando y subiendo con la respiración. Cada latido desparramando sangre y vigor a todas las células. La sonrisa que se dibujó en su rostro no era la habitual y a la vez era inconfundiblemente suya. Se volvió hacia la pequeña Nadea para decir.
—Ocúltate. Luego, busca a los otros chicos, saldremos de aquí.
El agua tibia de la ducha corría por el cuerpo de músculos perfectos de Mogoto. Tan abstraído estaba con el baño que no percibió a Sálvat hasta casi tenerlo encima. No necesitó mucho para ver la amenaza, lanzó dos puñetazos que erraron el blanco.
Sálvat fue mucho más rápido. Lo alzó y derribó fuera, hacia el piso del gimnasio. Mogoto resbaló hasta dar con la pared opuesta, se armó con unas mancuernas, pero el Nómada saltó, usando el puño como un martillo. Los huesos de la mandíbula del negro sonaron al quebrarse. El Nómada se preparó para continuar, aguardando un nuevo ataque del Ieretik, que nunca llegó. Para su sorpresa, el herido comenzó a gimotear por su rostro, las mejillas hechas un estropicio de lágrimas.
—¡Oh no! ¡Mi rostro! ¡Mi hermoso rostro! ¡Mira lo que le hiciste! ¡Oh, no! —lloraba.
Sálvat rió con gozo para descargarle puñetazos y patearlo hasta hartarse. Se dedicó a ello por más de media hora. Mogoto quedó destrozado en el piso, balbuceando inconsciente. Sálvat tomó una barra de hierro del gimnasio y sin miramientos, empaló al caído. Empujó despiadado, viendo el terrible sufrimiento que le provocaba. En ese instante un grito estridente casi le rompió los tímpanos.
Una docena de Ieretiks lo rodeaban, la voz síquica de Alessandra aún vibraba en su cerebro. Sin embargo, él se paró sin conmoverse.
—¿Cómo puedes, maldito? —exclamó ella, desesperada de furia. Había asesinado a muchas personas con esos gritos. Al verlo erguirse, sin demostrar dolor, los nervios la invadieron. Los otros atacaron con sus poderes mentales a Sálvat descubriendo su futilidad.
—¡Demonio! —gritó Xaier que llegaba desde otro salón. Al verlo, Sálvat sólo necesitó desearlo para que todas las puertas se bloqueasen aislándolos en esa parte del castillo. Las facultades de su compañero interior se manifestaban con facilidad.
El pánico se apoderó de todos. Lleno de horror, Xaier descubrió el cuerpo destrozado de Mogoto. Con los ojos casi salidos de sus órbitas miró al Nómada.
—No hacia falta esto, salvaje —gimió—. Te rescatamos y te curamos. ¿Es este el modo que tienes para expresar gratitud?
Sálvat rió de manera espectral, el espíritu incorporado en su cuerpo se sintió henchido de energía. Al parecer, el pánico y la desdicha lo alimentaban dándole fuerza.
—Apenas comienzo, lo único que puede detenerme es saber que mueren sufriendo como este perro que empalé —vaticinó el Nómada en pleno dominio de la situación—. Oigan.
Todos intentaron oír, guardaron silencio con atención. Lejanos, tenues, unos estallidos llegaron a sus oídos. De a poco, las detonaciones se multiplicaron en los alrededores.
—¿Qué es eso? —tembló Xaier.
—Aquellos que buscan la recompensa que ofrecen por mi cabeza. El odio los ha traído hasta aquí. —Dijo contundente Sálvat—. Son fallacianos, crueles asesinos a sueldo. Tu ciudad ha de ser un gran botín para ellos.
—¿Cómo han podido entrar?
—Les dejé unas señales fáciles de ubicar y abrí los portales. —con la última palabra llegó hasta ellos el fragor de armas de fuego, tan próximas que parecían proceder del otro lado de la pared.
—¡Muere! —chilló el rubio Xaier, rojo de ira, con un cuchillo alzado. Sálvat, tomándole la muñeca, se la retorció.
—¿Ya no ríes, Ieretik? —Remedó burlonamente el Nómada— Cuando los fallacianos te atrapen jugarán contigo como tú jugaste con los niños. Es lo que mereces, hijo de perra. —le dio un empujón y se alejó corriendo hacia el ático. Ningún Ieretik lo siguió, eran cobardes naturales, todos temblaban sin mostrar un solo signo de defenderse.
Irrefrenable, Sálvat, adquiría conciencia del incremento de sus capacidades. La percepción del cosmos dentro de su ser. Al mismo tiempo algo importante en él, moría, devorado por la ambición insaciable de su huésped. Era viejo, antiguo. En su memoria contenía imágenes de otros lugares, grandes batallas, muertes y cataclismos. Una enorme cascada de atrocidades y pecados. Era una suciedad que no podía negar porqué estaba en su propio corazón.
Sálvat saltaba por las escaleras cada tres escalones. Oía en su mente las imprecaciones de los fallacianos. No eran muchos, el desierto había cobrado su tributo habitual de vidas. Los sobrevivientes, famélicos y sin cordura, recorrían la ciudad matando, violando y saqueando como una jauría de hienas. Eran salvajes sedientos de sangre, hicieron pedazos a los Ieretiks que apenas defendían sus vidas. El Nómada percibía las imágenes, regocijándose.
Sabía cada cosa que hacían.
El espíritu que lo habitaba le transmitía ese conocimiento. En breves lapsos su visión se oscurecía como si anduviese en una caverna con podredumbres colgantes, llenas de hedor; un halito helado, sin resquicios de luz. A veces, en rápidos relámpagos, lo rodeaban llamas anaranjadas. Tan reales para él como invisibles para otra persona.
La voz de Gisella despejó esa pared de pesadillas. Había llegado al último piso, casi todos los niños estaban ahí. A pesar del temor, la pequeña Nadea había obedecido escondiéndose justo donde aguardaba su amiga. Dudó un instante si aquello era coincidencia o si su influencia mental había operado sobre la niña. Ya no importaba, se enfrentó amenazante al viejo Astrónomo.
—Muéstrame por donde salir. —ordenó.
—¡Déjame ir con ustedes!
—¡Date prisa! ¡No queda tiempo! —rugió con voz leonina, el Nómada.
Astrónomo bajó por una escalerilla de emergencia. Todos los imitaron. Eran cincuenta escalones sin descansos, por lo que fue una tortura para los niños. Varios minutos después alcanzaban el suelo. Daba a un cuartito minúsculo con una puerta de hierro sellada, el óxido formaba una gruesa cáscara colorada. Con un simple golpe, Sálvat la abrió. Vieron el exterior, en el muro sur del castillo.
Ladera abajo, comenzaba una calle erosionada, torciendo hacia el norte entre una pared de roca agujereada y un risco de cantos rodados. Con un gesto imperioso les indicó que lo siguieran. Cuando Astrónomo pasaba a su lado le estrelló un puñetazo en el pecho. El viejo cayó hecho un ovillo en el suelo pedregoso, el terrible dolor apenas le permitía hablar.
—¿Por qué? —jadeó sin aliento.
—No tengo ninguna lealtad contigo. Eras fiel a los Ieretiks ¿A cuántos viajeros desprevenidos delataste? Huelo en ti la traición. Llevas en tus manos la sangre de muchos inocentes. Huiste de las ciudades por sentirte discriminado, pero aquí no hiciste nada mejor. Vuelve con tus amos y muere con los habitantes de ciudad Venus.
El anciano no se movió, continuó ahí, acurrucado y llorando.
Los fallacianos cayeron sobre los Ieretiks sin piedad. Habían atravesado kilómetros de desierto para capturar a un nómada del cual habían perdido el rastro, muchos murieron en la persecución. Ahora estaban famélicos, sucios y agotados. Al ver la abundancia de alimentos, la blanca y delicada piel de los Ieretiks, el hambre los dominó. Los guerreros fallacianos tomaron entre sus velludos brazos a hombres y mujeres para violarlos, las rizadas barbas se conmovían entre carcajadas y gritos. Luego, dominados por la locura, incendiaron los salones.
La noche encontró a Sálvat, Gisella y los chicos lejos. Los fallacianos no habían podido seguirlos. Continuaron internándose en el Desierto Grande, en la protección de las dunas que les eran tan conocidas. Sin detenerse hasta poner una prudente distancia.
Sin embargo, el mundo para el Nómada ya no era el mismo. Se había tornado nebuloso. Lleno de cosas presentes, invisibles al resto del mundo. Rumores y suspiros que sólo él podía oír. La voz en su mente no cesaba nunca, al mismo tiempo que descubría secretos íntimos del espíritu. El más significativo era que tal vez no se tratara de un ser muerto, era posible que otro cuerpo reposara en alguna parte, aguardando el retorno del espectro.
Sin embargo, muchas cosas tomaban sentido al fin. Aquella voz que lo impulsaba hacia el sur no era otra que la del espectro. El ente había sido, también, el Mentor de los Ieretiks; el que les dio la droga geriátrica y desapareció.
Era una trampa que lo estaba esperando.
Y había caído.
Quiso gritar, pero su garganta se cerró. La mente del ser se imponía a la suya, era el precio de la siniestra fusión y cuando sus intentos de liberarse fueron inútiles, dejó de colaborar con su poseedor. Nada hizo por él mismo, olvidó asearse y alimentarse. Si no podía ser dueño de su cuerpo, no le facilitaría las cosas.
Gisella notó tempranamente el cambio. Una vez lo vio balbuceando unas estrofas que la alertaron.
Cuando me ves, parado a tu lado
Si te llamo, ruega para ocultarte
Me ofreces tu último aliento
Sonrisa de sangre, labios de muerte
Hacia abajo
Brilla estrella oscura
Sin luz, yo estoy
Prefería creer que estaba perdiendo la cordura, pero la mujer del desierto temía en secreto que el viejo mote de Demonio de la Arena, ocultase algo de verdad. Sabía que tenía pocas chances de vencerlo en un combate; y aún respetaba el recuerdo de la amistad entre ambos. Él los había sacado de aquel infierno de los Ieretiks, pero Sálvat era peligroso, lo escuchaba maldecir entre sueños. A veces los despertaba con un grito desgarrador y mirada desorbitada. Cuando intentaban ayudarlo, los apartaba con manotazos e insultos. No esperó a verse obligada a pelear, simplemente tomó a la mayoría de los niños y se alejó cuando él estaba hundido en un afiebrado sopor.
Su furia estremeció al desierto al descubrir que ella había desaparecido.
Nadea y un par de chicos se mantuvieron a su lado. A pesar del evidente cambio, tenían esperanzas de que se recuperase. Una noche, agobiado por la lujuria y el sadismo, violó a Nadea salvajemente bajo el maleficio de las estrellas.
Los chicos huyeron dejándolo solo. Desde lo profundo de su conciencia, se dijo que era lo mejor. Llegaría un momento en que su personalidad desaparecería por completo y sólo quedaría el demonio insaciable.
Moriría en algún hueco solitario cuando eso ocurriese, era la única forma que imaginaba para liberarse.
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