28
Rónán fue el encargado de dirigir la penosa tarea de enterrar a los muertos. Cerca de sesenta ulates habían caído en la batalla, aparte de los que estaban heridos, pero las bajas del ejército de Cuchulain no podían compararse con las que había sufrido Dryst. El jefe picto había perdido a más de doscientos guerreros, lo que significaba que había enterrado a la mitad de sus hombres bajo tierra. Sin embargo la derrota se suavizaba con el juramento de lealtad que Dryst había prometido mantener con Cuchulain, un juramento que le obligaba a someterse a la voluntad de un jefe guerrero y no a la de un rey o un jefe de clan, pero que por lo menos le permitía conservar su vida y la de sus guerreros.
Aquel acto de generosidad no pasó desapercibido entre los pictos, que a pesar de la derrota no perdieron la confianza en Dryst. Cuchulain quiso respetar los tres días de duelo que los habitantes de Duncrun guardaron por la pérdida de sus hijos, hermanos y esposos en la batalla, y no entró en la fortaleza hasta que el plazo finalizó. Esa misma noche Dryst invitó a Cuchulain y a sus hombres de mayor confianza a un banquete que tuvo lugar en el pequeño salón de la fortaleza. Allí bebieron juntos pictos y ulates, hombres que pocos días atrás se habían enfrentado entre sí con una ferocidad despiadada y que ahora brindaban y compartían asiento en la misma mesa como si nunca hubieran sido enemigos que desearan cortarse la garganta unos a otros.
Durante el banquete Cuchulain le pidió a Dryst su ayuda para atraerse la lealtad de los restantes jefes de clan que se habían resistido a aceptar la autoridad del picto. Dryst captó de inmediato las intenciones del ulate, que no eran otras que asegurarse un buen número de guerreros a través de la obediencia que estos guardaban a sus señores, pero esa obediencia solo sería posible si Dryst colaboraba en el asunto, ya fuera de manera diplomática o militar, aunque tanto Cuchulain como Dryst estaban de acuerdo en que era preferible lograr aquel objetivo sin derramar una sola gota más de sangre.
Les llevó todo el verano conseguir sus propósitos. Fueron necesarias varias escaramuzas, dos pequeñas batallas y la muerte de un importante jefe de clan que rivalizaba con Dryst para unir a todos los clanes pictos que vivían entre la costa norte de Eiréann y el lago Neagh. Algunos ulates murieron en aquellas refriegas, entre ellos Dínertach, el capitán de los kernes, que fue enterrado con sus armas en un valle desnudo de árboles. Fue una suerte que aquel verano no muriera ningún guerrero víctima de la peste, que azotaba las tierras situadas al oeste y al centro de Ulaid y que todavía no había extendido sus devastadores efectos en las partes más remotas del norte.
En Duncrun Cuchulain conoció a los hijos que Naisi había engendrado en el vientre de Deirdre, que apenas llegaban a los cinco años. La mayor se llamaba Keryth y era una niña que conservaba en sus ojos la mirada verde de su madre. Dryst los había adoptado y los criaba como si fueran sus propios hijos, aunque tanto Keryth como Nechtan, su hermano, eran dos criaturas silenciosas y retraídas que evitaban hablar con todo el mundo.
A mediados del otoño Cuchulain abandonó las tierras de Dryst y se dirigió hacia el sur. Su primo Conall había seguido el mismo camino un mes antes, después de haber quebrantado la resistencia de los últimos jefes rebeldes. Los pescadores del lago le dijeron que Owen y Briccriu habían vencido fácilmente a los eráinn, sometiéndolos al vasallaje de Conchobar. Sin embargo la noticia no sorprendió a nadie. Sin la ayuda de los pictos – sus aliados – los eráinn no estaban en condiciones de enfrentarse con posibilidades de victoria a los guerreros de Owen.
Aquel año las cosechas se perdieron por completo. Al parecer la ira de Macha se había extendido también a los campos. Las fuertes lluvias caídas durante la primavera y el verano anegaron la tierra, pudriendo las cosechas. Y por si fuera poco el ganado empezó a enfermar y a morir. El fantasma de la hambruna vagaría por todo el reino de Ulaid, recogiendo su tributo de seres humanos y bestias, sembrando el pánico y suscitando una lucha feroz por la supervivencia. Ni siquiera los más viejos recordaban haber sufrido una situación de semejante carestía, agravada por la peste – aunque en invierno sus efectos mortíferos remitieron – y por la guerra. Parecía que los dioses se complacían en destruir a todos los seres vivientes que la tierra de Ulaid soportaba bajo su peso, como si esta quisiera tragárselos, sepultándolos en sus entrañas de hierro.
Cuchulain contemplaba aquella agonía con rostro impasible. A veces creía que era otra persona la que veía todo a través de sus propios ojos. Sobrevivir era una cuestión vital, una manera de desatar los instintos primarios que anidaban en lo más hondo del espíritu humano, así que reunió a una pequeña partida de jinetes y salió con ellos de Dun Dealgan para realizar incursiones a por ganado en las tierras de Midhe. El hambre obligó a los ulates a repetir aquella clase de robos, especialmente en invierno, cuando nadie esperaba que le atacaran y le robaran sus bienes. Cuchulain y sus hombres se comportaron como una jauría de lobos hambrientos, atacando al anochecer y retirándose lo más rápido posible hacia el norte con el ganado sustraído.
A su regreso de una de aquellas expediciones Cuchulain recibió la visita inesperada de Bave. La vidente estaba vestida con la túnica blanca de la Orden, pero una capa de lana de color negro cubría sus hombros.
— He venido a pedirte un favor, Cuchulain. Necesito hablar a solas contigo – le dijo de manera misteriosa.
Bave había salido a su encuentro en la puerta de Dun Dealgan. Cuchulain se bajó de la grupa de Gris y ordenó a un sirviente que atendiera a su corcel, mientras los guerreros que le habían acompañado conducían a las reses que habían robado en el sur hacia los establos de la fortaleza.
— Podemos hablar en aquella arboleda – dijo Cuchulain, señalando un grupo de árboles que se levantaban a doscientos metros del fuerte. – Allí nadie nos escuchará.
Durante el camino Bave se mostró silenciosa y no dijo ni una sola palabra. Cuchulain se preguntaba qué clase de asunto le había traído a Dun Dealgan, pero no pudo satisfacer su curiosidad hasta que llegaron al primer grupo de árboles del robledal.
— He venido a recordarte el cumplimiento de tu promesa – dijo ella en un susurro.
—¿Qué promesa? – le preguntó Cuchulain con aire sorprendido. Estaba cansado, tenía los pies mojados y la ropa se le pegaba al cuerpo. Había estado fuera dos semanas, ocultándose en los pantanos para caer por sorpresa sobre una desprevenida aldea galióin. El ataque había sido un éxito, pero el ganado que se había conseguido apenas compensaba el esfuerzo realizado. Tan solo habían podido capturar un pequeño botín de ocho ovejas y quince vacas, tres de ellas enfermas.
—¡Con qué rapidez olvidáis los hombres vuestras palabras! – dijo Bave indignada. –¿Te has olvidado de la promesa que me hiciste en el rath de Murdach? Allí me dijiste que me ayudarías a combatir contra la oscuridad, y la oscuridad ya ha llegado a Ulaid. Tenemos que restaurar la fertilidad de esta tierra, Cuchulain. Es la única manera de desatar el poder que se encierra dentro del caldero.
Bave le explicó a Cuchulain lo que Cathbad había descubierto en el caldero de Dagda durante la noche de Samain. Según las palabras de la vidente la superficie del caldero se había agitado, mostrándoles en una poderosa visión lo que tenía que hacerse para que el caldero despertara y mostrara todo su poder.
—¿Qué clase de poder? – le preguntó Cuchulain.
Bave cerró los ojos y se estremeció.
— No lo comprenderías, Cuchulain. Tus oídos no podrían soportarlo – dijo ella sacudiendo la cabeza. – Se trata de un horror demasiado grande para hablar de el en un lugar tan solitario como este. No me obligues a decírtelo.
—¿Nos ayudará al menos a destruir la maldición de Macha?
— Nos ayudará a sobrevivir.
—¿Qué quieres decir con eso? – preguntó Cuchulain atónito.
— Cathbad estaba convencido de que el caldero podía anular la maldición de Macha, pero por desgracia no es así. Incluso él tiene derecho a equivocarse, ¿no crees? – dijo ella, con una sonrisa tan inquietante como la de Calatin. – Al parecer el poder del caldero está relacionado con la tierra. Y en lo que hay debajo de ella.
— No entiendo nada, Bave. Estoy cansado y tengo frío. Y aún no me has dicho lo que quieres de mí – dijo Cuchulain, arropándose en su capa de piel de lobo.
— Necesito tu ayuda para restaurar la fuerza de la tierra. Se trata de un ritual que deberemos realizar a finales del invierno.
Cuando Bave le reveló lo que implicaba aquella ceremonia Cuchulain no supo que responder. El ritual consistía en unir sus cuerpos carnalmente, un acto concebido con el único propósito de hacer que la tierra se volviera fecunda. Bave lo llamaba la magia sexual.
— No puedo hacer lo que me pides. Eso sería traicionar a Emer.
— Emer es más sensata que tú – dijo Bave. – Y más inteligente. He hablado con ella en el dun y ha comprendido perfectamente todo lo que le he dicho. Las mujeres nos entendemos mejor entre nosotras. Tu estúpida fidelidad nos llevaría a la ruina, Cuchulain. ¿Te gustaría que tu esposa fuera violada y llevada como esclava para que hiciese girar la piedra de moler de un señor connachta? Porque ese será su destino cuando los connachta lleguen a Murthemney. En este asunto no hay sentimientos envueltos, Cuchulain. Si quieres que te sea sincera te diré que no tengo ningún interés en acostarme contigo, pero el caldero solo despertará si la tierra recobra su vigor.
Cuchulain se quedó callado, sin saber qué decir. La vidente se echó la capucha sobre la cabeza y se despidió de él con un tono burlón.
— Nos veremos en el fidnemid a finales del invierno. Te estaré esperando – dijo ella.
Aquella noche Cuchulain habló con su esposa del extraño ritual que Bave le había pedido que hiciera con ella.
— El caldero ha costado la vida a muchos hombres. Tú lo sabes mejor que nadie, Cuchulain, tú que arriesgaste tu vida para conseguirlo. Tenemos que confiar en su poder, ahora que los dioses nos han abandonado.
—¿Crees que lo que ha dicho Bave dará resultado? – le preguntó él intrigado.
— No lo sé, Cuchulain – dijo Emer. – Pero necesito creer en algo. Si no lo hiciera me volvería loca.
— Me extraña que no te hayas puesto celosa – dijo Cuchulain, con un ligero tono de reproche.
—¡Cómo sois los hombres! ¿Acaso piensas que mi mundo gira en torno a ti? ¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy celosa porque te acostarás con una hermosa mujer como Bave? ¿Es eso lo que deseas oír? – gritó ella, indignada. – ¡Pues te diré que no! No me importa que derrames tu semilla entre las piernas de esa mujer. Te conozco bien, Cuchulain – dijo Emer, recobrando la calma – y sé que en tu corazón no hay cabida para otra aunque te acuestes con todas las mujeres de Eiréann. Tu corazón me pertenece solo a mí.
Antes de cerrar los ojos, vencido por el sueño y por el cansancio, Cuchulain se durmió, totalmente convencido de que jamás comprendería en absoluto a las mujeres.
La conversación con Bave había despejado varias dudas acerca del caldero de Dagda, aunque pronto suscitó otras en su lugar. ¿Qué clase de horror encerraba el caldero para que Bave no se atreviera a hablar de ello en voz alta? La vidente le había dicho que el caldero no podía anular la maldición de la diosa, pero en cambio serviría a los ulates para ayudarles a sobrevivir. ¿Qué habría querido decir con aquellas palabras? ¿Que el caldero era un arma terrible y tenía la capacidad de destruir al enemigo? ¿O que poseía un poder de tal magnitud que solamente los druidas podían tener acceso a él para controlarlo? Los druidas siempre hablaban con palabras oscuras, como si quisieran ocultar sus designios a los ojos de los profanos, que no habían estudiado en sus bosques ni profundizado en los secretos de su ciencia.
La guerra que se avecinaba en el oeste hizo que Cuchulain olvidara cualquier otro pensamiento que pudiera albergar en su cabeza. Las pérdidas que había sufrido en Duncrun fueron suplidas poco a poco con hombres que buscaban desesperadamente un poco de comida y un amo a quien servir. Muchos de ellos eran hombres que habían sido expulsados de sus clanes porque sus familiares no podían satisfacer el eric. El eric era la multa que un delincuente tenía que pagar al ofendido o a su familia – una sanción que se pagaba casi siempre en ganado – por el daño que había causado. La multa se pagaba en dos partes, una que era siempre igual independientemente de la clase social del ofendido, y otra que era una cantidad proporcional a la posición social de la víctima.
En cambio otros eran proscritos. Aquellos hombres – procedentes de varios clanes ulates – se acogieron a la protección de Cuchulain y juraron servirle con más fidelidad que un perro. Eran la clase de hombres que Cuchulain necesitaba, hombres que no tenían nada que perder y que estaban dispuestos a correr cualquier clase de riesgo. Entre ellos había ladrones, asesinos y mercenarios. Su cabecilla era un hombre de cabellos rojos que había servido como guerrero a un jefe ulate del oeste, en las tierras de Laery. Se llamaba Suibne y llevaba dos años y medio viviendo como un proscrito, robando ganado y escondiéndose con sus seguidores en las colinas y brezales para evitar ser capturado por sus enemigos. Suibne se había negado a imitar el ejemplo de Laery, antaño su jefe de clan, que se había pasado al bando de los connachta a instancias de Fergus.
— He oído hablar mucho de ti – le dijo Cuchulain. – Pero ¿por qué has buscado mi protección? No tengo nada que ofrecerte, ni a ti ni a tus guerreros, salvo un cuenco de comida y un techo donde cobijaros.
— Nos basta con eso – dijo Suibne. – Mis hombres y yo estamos hartos de vivir como lobos errantes.
Con la llegada de los proscritos la banda guerrera de Cuchulain empezó a incrementar su número de forma considerable. De este modo cuarenta y siete guerreros se incorporaron a las filas de Cuchulain, llenando el vacío de los que habían muerto luchando contra los pictos en la batalla de Duncrun.
La peste seguía haciendo estragos en Ulaid. Muchos guerreros de los clanes vasallos que habían luchado en el oeste del país, apoyando a la banda guerrera de Cuscrid, el hijo del rey, contrajeron la peste y propagaron sus efectos en su propia tierra, una vez que regresaron a sus respectivos hogares. Los druidas se vieron obligados a reconocer su incapacidad para curar aquella plaga que afectaba tanto a hombres como a animales. Las personas que la padecían sufrían diversos síntomas en su cuerpo, como erupciones en la piel, fiebre ardiente y calor febril. Solo los más fuertes eran capaces de resistir, pero los más débiles morían al cabo de una o dos semanas, después de atroces sufrimientos, quejándose de continuos dolores en el vientre, como si hubieran prendido fuego a sus entrañas. El hambre que cundía en el país no hizo más que empeorar la situación. Aquellos de constitución más débil morían con facilidad, precedidos por los viejos y los enfermos. Muchos suplicaron a los dioses que cesara aquella plaga, pero los dioses se taparon los oídos y no prestaron atención a sus ruegos. Algunos se arrojaban desesperados a los lagos y a los ríos para obtener alivio de su sufrimiento, pues creían que la fiebre y el dolor remitirían con el contacto del agua, que estaba fría como el hielo en aquella época del año, pero de todos modos morían sin que nadie pudiera hacer nada por ellos.
Cuchulain se alarmó cuando Clíach le informó que la peste había llegado a Murthemney, causando la muerte de varios campesinos y pastores. Poco después la peste extendió sus negros dedos hasta Dun Dealgan y algunos guerreros enfermaron, al igual que sus familias. Unos pocos murieron, entre ellos cuatro guerreros y cinco mujeres, pero en la casa fortificada del ulate no hubo nadie que contrajera la misteriosa enfermedad, para sorpresa de los habitantes del dun, que empezaron a hacer circular el rumor de que la diosa Macha protegía de todo mal a Cuchulain y a su familia.
Sin embargo en Emain Macha no sucedía lo mismo. Los rumores decían que Nessa, la madre del rey, había muerto a causa de la peste después de sufrir terribles dolores, y también se decía que Conchobar estaba postrado en su lecho de palacio, aquejado del mismo mal, y que sus gritos de dolor se podían oír en todos los rincones de la fortaleza.
Cuchulain tuvo la oportunidad de comprobar la veracidad de los rumores en lo más crudo del invierno, durante una visita que hizo a la fortaleza para convencer a su madre de que abandonara Emain Macha y que regresara con él a Dun Dealgan, donde estaría más segura. Pero Dectera se negó a dejar solo a su marido, a pesar de la insistencia de su hijo.
Emain Macha ofrecía un aspecto siniestro. Al caminar por sus estrechas calles de tierra Cuchulain tenía la impresión de estar paseando por una de las sombrías regiones del reino de Donn, el dios de los muertos, de quien se decía que la entrada a sus dominios estaba situada en Tech Duinn, una isla que se encontraba al oeste de Mumu. Cuchulain no veía más que muerte y dolor adondequiera que mirase. La gente apenas salía de sus casas, temerosa de contraer la peste, y los que la padecían habían sido expulsados por sus familias, obligados a vivir con otros enfermos en una cabaña que se había construido para tal propósito, perdida la generosidad celta de cuidar en sus propias casas a los miembros de su familia que habían caído enfermos. Los vínculos de sangre se deshacían como hilachas de lana, poniendo en evidencia la debilidad y la falta de compasión de aquellos parientes que tenían la obligación de atender a los suyos.
La fortaleza se había convertido en un refugio de sombras humanas, que evitaban el contacto con sus vecinos por miedo a contagiarse. Todo el mundo estaba convencido de que la diosa Macha se había propuesto destruirles, e intentaban aplacar su cólera con ruegos y ofrendas. Pero los regalos no les sirvieron de nada. La peste no cesó y la gente siguió muriendo, como si se tratara de ganado que un sacrificador segara con su cuchillo.
A medida que se aproximaba el final del invierno los clanes ulates hacían los preparativos para la siembra, esperando que la tierra fuera generosa con ellos y ablandara su vientre de hierro. Cuchulain no se había olvidado de su promesa y sabía que Bave le estaría esperando en el fidnemid, un robledal que se extendía al norte de Murthemney. Aquella arboleda era el hogar de Cathbad desde que Cuchulain tenía uso de memoria, pero el ulate nunca se había atrevido a entrar en la susurrante sombra de los robles. Allí también vivía Bave con el druida, quien había encargado a la vidente la custodia del caldero.
Y a decir verdad no había mejor lugar que aquel para ocultar el caldero de Dagda. Cuando Cuchulain se internó en el fidnemid con su carro, en una tarde en la que el cielo parecía un océano frío y azul, sintió deseos de dar media vuelta y abandonar la floresta. Cuchulain tenía la sensación de que un millar de ojos le estaban vigilando, como si quisieran espiar hasta el más mínimo de sus movimientos. Le parecía una locura, pero estaba seguro de que una infinidad de seres, de piel verde como las hojas, de cuerpos robustos y nudosos como los troncos de los árboles, se ocultaban en aquel bosque de ramas altas, donde el sol apenas podía penetrar en la densa oscuridad que reinaba en el fidnemid.
Entre los robles se abría un pequeño sendero de tierra que conducía inexorablemente hacia el centro del bosque, un camino que había sido creado por infinidad de pies desde tiempos inmemoriales. El ambiente era pesado. Los caballos piafaban nerviosos y Cuchulain tenía dificultades para respirar. Su instinto de guerrero le decía que una sorda cólera planeaba sobre aquel recinto sagrado, en el que los dioses dejarían sentir su presencia si alguien se adentraba en aquel lugar con la intención de profanarlo.
Había un gran claro situado en el centro del fidnemid, un círculo totalmente desprovisto de árboles. Un altar de piedra se levantaba en medio del claro, salpicado de sangre reseca y vieja, y al fondo del círculo se elevaba una cabaña de madera. Cuchulain se bajó del carro y pisó el suelo, que estaba cubierto de hojas secas. El césped emitió un sonido quebradizo, como si se quejara al advertir la presencia de unos pies extraños. Al instante una figura humana, vestida con la túnica blanca y la capucha de los druidas, salió por la puerta de la cabaña y observó al recién llegado, como si el sonido que habían producido las botas de Cuchulain hubiera llegado hasta sus oídos.
Era Bave.
Cuchulain no se atrevió a entrar en el claro. Había algo que le impulsaba a quedarse quieto, una poderosa orden invisible que le obligaba a permanecer donde estaba, de pie sobre el lecho de hojas. La vidente caminó hacia él y se detuvo cuando llegó al grupo de árboles donde estaba apostado Cuchulain. Era allí donde crecían los robles más viejos del bosque, claramente distinguibles por sus nudosas ramas y acerados troncos. Bajo las poderosas raíces de aquellos robles centenarios eran enterrados los miembros de la Orden, los únicos que tenían derecho a acceder a semejante privilegio. Un olor a antiguo emanaba de ellos, como voces oscuras que quisieran trascender las eras y revelar sus secretos a los iniciados.
— Quítate las botas, Cuchulain – le dijo Bave con voz imperiosa. – Este lugar es sagrado.
El ulate obedeció y se quitó las botas. Luego Bave le ordenó que se deshiciera de su ropa mientras ella dejaba caer suavemente la túnica blanca, que se deslizó sobre su sedoso cuerpo, hasta besar la hierba que había debajo de sus pies.
— Hoy me ofrezco a ti como la tierra que generosamente se abre para recibir la semilla del campesino. Que nuestra unión garantice una buena cosecha a los clanes ulates, y que pueda abrir la puerta a los secretos que encierra el caldero de Dagda.
Cuando Bave se aproximó a Cuchulain este sintió el contacto de su piel, ardiente como las brasas de una hoguera, sutil como el encanto de un animal sumiso.
— Ven, Cuchulain – dijo ella. – No tengas miedo. Esta noche la magia de nuestros cuerpos hará que la tierra recupere su fertilidad.
29
La siembra en los campos no fue un período de felicidad entre los clanes ulates, que pensaban que la diosa Macha les había abandonado a su suerte, después de dos años seguidos de malas cosechas, de guerras intestinas y continuas amenazas de invasión por parte de otras tribus en las fronteras del reino. La peste era la señal más evidente de que Macha había derramado su cólera sobre ellos y nadie dudaba de que aquella prueba mortífera provenía de la diosa.
La peste seguía haciendo estragos por todo el país. Cuchulain hizo lo posible por evitar que sus hombres se contagiaran, pero después del festival de Beltaine más de veinte guerreros cayeron enfermos, y la mitad de ellos murió en el plazo de una semana.
Y entonces sucedió lo que todo el mundo temía.
La guerra.
Cuchulain supervisaba la reparación de la empalizada de su dun cuando recibió la llegada de un mensajero. Aquel hombre había sido enviado por Celtchar para comunicarle que necesitaba su ayuda. Un gran ejército galióin había invadido la frontera sur. Su número rondaba los tres mil hombres y estaba liderado por Erc, el rey de Midhe, aliado y amante de la reina Maev.
El mensajero partió de inmediato hacia Emain Macha para hablar con el rey, sin detenerse siquiera a descansar un poco en Dun Dealgan. La situación en el sur era demasiado alarmante. Era de temer que los connachta aprovecharan la ocasión para atacar la frontera oeste, a pesar de que no se había recibido ninguna noticia de lo que podría estar sucediendo allí.
— Mañana partiré hacia la frontera con los carros – le dijo Cuchulain a su esposa. – Celtchar necesita mi ayuda.
—¿Crees que los galióin podrían llegar hasta aquí? – le preguntó ella.
— No lo sé, Emer.
—¿Me prometes que regresarás lo más pronto posible?
— Te lo prometo – le dijo él, con un nudo en el estómago.
Cuchulain dejó a Rónán al mando de la guarnición y partió al día siguiente hacia el sur. Sabía que con una fuerza tan pequeña era una auténtica locura enfrentarse a los galióin, pero quería asegurarse de las intenciones de Erc y seguir atentamente sus movimientos a lo largo de la frontera. Con toda seguridad los galióin atacarían las granjas y aldeas que encontraran a su paso, donde podrían conseguir un fácil botín, antes de enfrentarse con un enemigo al que creían debilitado por la peste y la hambruna.
La inquietud reinaba en los rostros de la gente que vivía en el fuerte de Celtchar. Bajo la parpadeante luz de las antorchas Cuchulain podía leer el miedo que había en los ojos de sus atemorizados habitantes, cuando los centinelas de la fortaleza abrieron las puertas y permitieron la entrada a los carros provistos con cuchillas de hierro. La noche era tibia y las estrellas arrojaban su fría luz sobre la tierra, que empezaba a verdear con la llegada de la primavera.
Celtchar recibió a Cuchulain en su salón mientras Laeg atendía a los caballos en los establos del fuerte. El viejo guerrero gris tenía los párpados enrojecidos y la mirada cansada, pero su voz seguía poseyendo la misma firmeza de siempre.
— La situación es preocupante, Cuchulain. Los galióin nos destrozarán si no recibimos refuerzos en diez días – dijo Celtchar, que le ofreció a su huésped un cuerno ribeteado de plata que contenía hidromiel.
—¿Has recibido noticias de Emain Macha?
— Ninguna – se lamentó Celtchar, que bebió un trago rápido de su cuerno y luego dijo. –¿Y tú?
Cuchulain negó con la cabeza.
— No sé nada, Celtchar.
El guerrero gris se encogió de hombros y sonrió.
— Por lo menos tus treinta carros nos servirán para intimidar a los galióin. Necesitamos ganar tiempo antes de que Erc se decida a lanzarnos un ataque definitivo.
Dos días después llegó al fuerte el mensajero que había hablado con Cuchulain en Dun Dealgan. El hombre había estado en Emain Macha y había sido testigo del pánico que se había abatido como una bestia de alas negras sobre la fortaleza.
Las nuevas que el mensajero traía confirmaron los peores temores de Cuchulain. Los connachta había invadido la frontera oeste con un ejército de doce mil guerreros. Cuscrid se había visto obligado a retroceder ante la invasión de aquella marea, incapaz de hacerles frente, y se había replegado a escasos kilómetros de Emain Macha, dispuesto a defender la fortaleza con su vida y la de sus hombres. Según los informes Maev avanzaba lentamente, segura de su victoria. La reina estaba convencida de que la capital de los reyes de Ulaid caería en sus manos como fruta madura, respaldada como estaba por un poderoso ejército que agrupaba a todos los clanes de Connacht, pero Conchobar, a pesar de su enfermedad, no tardó en demostrar que no había perdido ni un ápice de sus dotes como rey, enviando rápidamente emisarios a sus señores de la guerra y a los jefes de clan que le habían jurado obediencia, para que acudieran con sus guerreros a la defensa del reino y olvidaran las antiguas querellas que habían existido entre ellos. El rey quería que Conall y Cuchulain ayudasen a Cuscrid a defender Emain Macha de los ataques de los connachta, mientras que Baruch, Briccriu y Owen ayudarían a Celtchar en la frontera sur.
Cuchulain se sintió tentado a desobedecer las órdenes de Conchobar. Por una parte no deseaba abandonar a su viejo amigo Celtchar, pues hacerlo significaría alejarse de Murthemney, donde Emer esperaba con impaciencia su regreso, pero si Emain Macha caía Maev se haría dueña de Ulaid, lo que causaría un profundo desaliento en los ulates, que eran conscientes de que la guerra estaba perdida si los connachta lograban apoderarse de la fortaleza sagrada.
El ulate pensaba que había llegado el momento de recordarle a Dryst su juramento, así que envió a dos de sus guerreros para que fueran a Duncrun y le pidieran ayuda al jefe picto. Cuchulain confiaba en la palabra de Dryst, aunque Conall le había dicho repetidas veces que había sido un gran error perdonarle la vida. Asimismo envió a otro mensajero a Dun Dealgan para que Rónán y Suibne se reunieran con él en Emain Macha. Sin embargo Cuchulain no tenía la intención de dejar la fortaleza indefensa. Veinte hombres serían suficientes para proteger a su familia y a los demás habitantes de Dun Dealgan, que se quedarían allí con los restantes guerreros que habían caído enfermos.
Durante el camino hacia Emain Macha Cuchulain advirtió que varios grupos de campesinos y ganaderos huían con sus esposas e hijos hacia los bosques, buscando la seguridad que sus hogares no podían proporcionarles. Llevaban con ellos todas sus pertenencias en unos arcones de madera para evitar que los connachta se apoderaran de ellas. Laeg observó la procesión de las carretas de bueyes con aire desdeñoso e irónico, como si no pudiera creer lo que estaba viendo con sus propios ojos. El ganado desfilaba delante de sus amos, que guiaban a las reses con una vara de madera que servía para indicarles el camino por el que tenían que pasar.
— No confían en nosotros – dijo el auriga. – Se comportan como si Maev ya hubiese ganado la guerra.
— Quieren sobrevivir, Laeg. Su familia y sus rebaños es lo único que poseen. Si los connachta les sorprendieran en sus casas matarían a los hombres y se llevarían a los demás como esclavos.
— Pero esta gente siempre será necesaria para trabajar la tierra o apacentar el ganado...
— Eso es lo de menos – le dijo Cuchulain. – Si Maev gana esta guerra los connachta se encargarán de explotar nuestras granjas y de recoger nuestras cosechas. Sus clanes necesitan tierras, Laeg. ¿Por qué tendrían que compartir la tierra con gente de nuestra propia sangre cuando pueden quedarse con todo?
Una gran nube de guerreros se agrupaba alrededor de Emain Macha. Los refuerzos habían llegado al fuerte, preparados para defender con su vida la tierra que habían heredado de sus padres. En aquel campamento se habían congregado cerca de cuatro mil guerreros, divididos en diez clanes. Cuchulain veía las enseñas que los hombres llevaban pintadas en los escudos a medida que avanzaba entre la multitud que componía el improvisado campamento, salpicado de tiendas de pieles. Las tiendas de los jefes se distinguían por la guardia que siempre permanecía vigilante a la entrada y por los escudos que mostraban el emblema del clan, situados a los lados de los centinelas. Un desagradable olor a sudor y a estiércol de caballo impregnaba el lugar.
Cuchulain le dijo a su auriga que buscara espacio a hombres y carros en la parte del campamento que ocupaban los señores de la Rama Roja, al oeste de la fortaleza. Mientras Laeg estaba ocupado en esta tarea Cuchulain se dirigió a la tienda de Cuscrid, el hijo de Conchobar. Parecía que los guardias estaban esperando su llegada, pues en cuanto le vieron venir uno de ellos entró en la tienda y salió poco después, parpadeando a la luz del sol.
Dos figuras estaban de pie en el interior de la tienda, cuyo mobiliario consistía en dos arcones, una mesita y un mullido lecho de paja. Los rostros de Conall y Cuscrid se volvieron hacia él. Su primo le saludó, pero Cuscrid le miró como si quisiera hacerle algún reproche.
— Has traído a pocos guerreros, Cuchulain. ¿Dónde está el resto? Necesitamos hasta el último hombre que podamos reunir.
— Supongo que estarán a punto de llegar – dijo Cuchulain, haciendo un enorme esfuerzo para controlar su cólera. – Les envié un mensaje desde el dun de Celtchar.
— Cuando lleguen quizá sea demasiado tarde – replicó Cuscrid, airado. –¿No tienes otra excusa mejor que ofrecerme?
— No he venido hasta Emain Macha para tener que soportar tu arrogancia, Cuscrid, sino a luchar contra el enemigo – dijo Cuchulain con una voz tan fría como el hielo.
— Tenemos que dejar a un lado nuestras rencillas, príncipe – se apresuró a decir Conall, a fin de templar los ánimos. – Si no permanecemos unidos los connachta no tendrán dificultades para derrotarnos.
— Tienes razón, Conall – dijo Cuchulain. – Los connachta se han hecho poderosos porque sus jefes han superado sus diferencias tribales y se han unido para destruirnos. Maev ha logrado reunir bajo su enseña a laigin, domnain, gaélicos y belgas. Incluso ulates como Fergus y Laery le obedecen. Maev es fuerte mientras que nuestro rey languidece en su lecho de palacio, afectado por la peste de la diosa.
Cuscrid abrió la boca para defender a su padre, pero se dio cuenta que sería inútil hacerlo. Sabía que sus primos decían la verdad por mucho que se negara a escucharla. El rey se había convertido en un hombre celoso desde la traición de Naisi y la consiguiente fuga de su sobrino con Deirdre, su futura esposa, y aunque Cuscrid amaba a Conchobar y le obedecía en todo asunto no aprobaba su conducta ni el cruel comportamiento que había mostrado su padre. Cuscrid no había estado presente aquella maldita noche en la Casa de la Rama Roja, cuando las espadas ulates habían bebido la sangre de sus primos y de sus hermanos, pues había estado ocupado visitando los fuertes de los jefes de clan para recaudar el tributo que todos los años los jefes vasallos pagaban al rey supremo de Ulaid. Y su hermano Cormac había expresado su desaprobación ante aquella matanza uniéndose a Fergus y huyendo con él a Rathcroghan.
El hijo de Conchobar suspiró, como si reconociera la veracidad de las palabras de Conall, e indicó con un gesto a sus primos que se sentaran alrededor de la mesa de madera que ocupaba el centro de la tienda. A diferencia de los hijos de Usna y los hijos de Fergus – o el propio Conall – Cuscrid nunca había mantenido una relación estrecha con Cuchulain.
—¿Qué noticias traes del sur, Cuchulain?
— No hay ninguna novedad, Cuscrid. Los galióin se muestran indecisos y no se atreven a atacar a Celtchar. Al menos eso es lo que hacían cuando recibí la orden de viajar hacia aquí.
—¡Qué extraño! – murmuró Cuscrid. – Si yo fuera Erc no perdería el tiempo saqueando los raths de la frontera. Tres mil hombres son una fuerza considerable para presentarse delante de los muros de Emain Macha.
— Podrían hacerlo, pero perderían a muchos hombres en el camino – dijo Conall. – Además el enemigo necesita suministros para mantenerse y cuanto más se aleje hacia el norte más difícil le será conseguir víveres.
— Puede que estén esperando la llegada de refuerzos – dijo Cuchulain. –¿Se sabe algo de Lewy y Mesgedra?
— Lewy está con Maev – comentó Cuscrid. – Mis exploradores lo han visto cabalgando al frente de sus hombres.
— Entonces Mesgedra no se ha puesto aún en camino – dijo Cuchulain. – Estoy seguro de que Erc estará esperando su llegada para atacarnos por el sur, mientras Maev avanza hacia aquí desde el oeste.
— Si nos atacan en dos frentes estamos perdidos – se quejó Conall. – La peste y el hambre nos han privado de una tercera parte de nuestros guerreros, sin contar a los enfermos. ¿Cómo haremos frente al enemigo si nos vemos obligados a dividir nuestras mermadas fuerzas?
— Mi padre se ha equivocado al querer prescindir del consejo de Cathbad – se lamentó Cuscrid. – Un rey no debería desafiar la autoridad de un druida.
Todo el mundo sabía que Conchobar no depositaba mucha confianza en los dioses, por lo que la gente común decía que Macha había castigado su presunción enviando la peste que afligía a los ulates desde hacía dos años, una enfermedad que también padecía el propio rey.
— Cathbad no nos abandonará – dijo Cuchulain, mirando a sus primos. – A su debido tiempo utilizará el caldero de Dagda para ayudarnos a ganar esta guerra.
Conall asintió con la cabeza, pero Cuscrid no parecía muy convencido.
—¿De verdad crees en eso? – le preguntó el príncipe. – Confío en la sabiduría de Cathbad, pero no creo que un caldero, por muy antiguo que sea, pueda eliminar la amenaza connachta que se cierne sobre nosotros.
— Tengo que hacerlo, Cuscrid – dijo Cuchulain. – Me niego a creer que he arriesgado mi vida por un objeto sin valor.
— Opino lo mismo, primo – le apoyó Conall. – Muchos hombres murieron en Tuadmuma a causa del caldero. Los dioses lo han ambicionado a través de los siglos y han luchado entre sí para hacerse con su poder. Y Cathbad nunca pondría fe en el caldero si supiera que se trata de un simple engaño.
Cuscrid sonrió amargamente al escuchar las palabras de sus primos.
— Todo eso no son más que leyendas y supersticiones – dijo el príncipe, que había heredado la mentalidad práctica de su padre. – Los hombres siempre creen lo que quieren creer. Vosotros confiáis en el poder del caldero y en la voluntad de los dioses, como si esa fuera la única solución a nuestros problemas, pero yo tengo que pensar en cómo vamos a ganar esta guerra, y para hacerlo necesito más espadas, más escudos y más lanzas, y sobre todo más guerreros que puedan blandirlas.
El frío argumento de Cuscrid devolvió a sus primos a la realidad, desvaneciendo sus sueños de victoria con la improbable ayuda de los dioses. El príncipe tenía los pies firmemente plantados en la tierra y no podía concebir que Conall y Cuchulain pudieran albergar en sus mentes unas ideas tan absurdas y totalmente desprovistas de sentido común.
Pero Cuscrid ignoraba que Cuchulain, a pesar de sus extravagantes ideas, más propias de un aprendiz de druida que de un consumado señor de la guerra, poseía una excelente cabeza que Scáthách se había encargado de llenar en la isla de la Bruma con ideas sutiles acerca del arte de la guerra.
—¿A qué distancia se encuentran los connachta de Emain Macha? – quiso saber Cuchulain, que se había puesto a pensar de pronto en las afiladas lanzas de los pictos.
— A ocho días de camino – respondió Cuscrid.
— Entonces disponemos de tiempo suficiente – dijo Cuchulain.
—¿Para qué? – preguntó el príncipe, intrigado ante el comentario de su primo.
— Para construir una buena defensa alrededor de Emain Macha – dijo Cuchulain.
Aquella misma tarde se empezó a poner en práctica la idea de Cuchulain. Era necesario fortificar el campamento – algo que no se había hecho jamás entre los ulates – para defender Emain Macha de los ataques de los connachta. Todos los guerreros participaron en los trabajos, así como los campesinos y ganaderos de los alrededores, que se unieron a ellos para ayudarles en la ardua tarea. Era necesario ir a los bosques a talar árboles, transportar los troncos cortados hasta el lugar indicado, levantar una empalizada de estacas afiladas – bajo la atenta supervisión de hábiles carpinteros – y cavar un foso profundo que circundara la fortaleza sagrada de los ulates. Rápidamente se formaron tres grupos que hicieron su correspondiente turno de ocho horas diarias, y a pesar de que los ulates no estaban acostumbrados a cooperar entre sí de manera organizada y disciplinada, como era costumbre entre los celtas, tardaron solamente cinco días en levantar un sólido muro, formando así una segunda muralla defensiva que protegería el campamento ulate y la fortaleza de Emain Macha.
Cuscrid ni siquiera se molestó en consultar aquella idea con su padre, asumiendo personalmente las consecuencias de su decisión, ya que era él quien estaba al mando del ejército a causa de la enfermedad de Conchobar. Sin embargo Cuscrid estaba obligado a referirle a su padre las novedades que afectaban al ejército, y a escuchar los consejos que Conchobar le pudiera dar. Y el rey montó en cólera cuando Cuscrid le dijo que había sido Cuchulain quien concibiera la idea de construir una empalizada alrededor de la fortaleza. El rey recriminó a su hijo que no le hubiera consultado aquello y exclamó a gritos que todavía seguía vivo, y que como rey de los ulates era a él a quien correspondía tomar todas las decisiones. Cuscrid aceptó la reprimenda a regañadientes y salió de mal humor de la habitación de su padre.
— Cada día está más insoportable – le dijo Sualtam a Cuchulain. – La peste le está consumiendo poco a poco.
Sualtam había ido a visitar a su hijo en su tienda. En un principio se habían puesto a hablar de la guerra y de los preparativos que se estaban haciendo para defenderse del ataque de Maev, pero Sualtam no tardó en desvelar el verdadero motivo de su visita.
— No me importaría que la peste acabara con él – le dijo Cuchulain.
— Debería importarte, Séthéta – le dijo su padre. – Si Conchobar muere podrías disputarle a Cuscrid el derecho a gobernar. Tu primo es un buen guerrero, pero nadie le seguirá a causa de la maldición que pesa sobre el linaje de Conchobar.
— Olvidas que yo también pertenezco a ese linaje – dijo Cuchulain, recordándole a su padre que Conchobar era tío suyo por parte de Dectera, su madre.
— No es lo mismo, hijo – argumentó Sualtam. – Todo el mundo sabe que los dioses te protegen. La gente te admira porque participaste en la misión que se apoderó del caldero de Dagda. Además te has convertido en el jefe guerrero más poderoso de nuestro clan, y muchos ven en ti al futuro héroe que derrotará a los invasores connachta. No careces de partidarios aquí, en Emain Macha. Y por si fuera poco tienes el apoyo de Cathbad, el jefe druida.
Cuchulain no podía creer lo que estaba escuchando. Su padre le instaba a desplazar a Cuscrid del trono en el caso de que Conchobar muriese.
—¿Qué estás insinuando, padre? ¿Pretendes que cometa el mismo error que Conchobar? Jamás me mancharé las manos con la sangre de mis parientes, y menos aún para acceder al trono de los ulates.
— Si no lo haces tú otro lo hará en tu lugar y se apoderará del trono – dijo Sualtam. –¿Te gustaría ver cómo los grajos se disputan los restos de una presa que está destinada solamente al deleite del lobo? ¿Permitirías que el jefe de otro clan usurpara nuestra soberanía y nos relegara a la condición de vasallos?
— Nunca he deseado ser rey, padre – dijo Cuchulain. – Ni siquiera me he planteado serlo en mis sueños más ambiciosos.
— No puedo creer lo que dices, Séthéta. ¿Y si el pueblo te pidiera que lo fueras?
— No trates de convencerme – dijo Cuchulain, agitando la mano como si no quisiera saber nada de aquel asunto. – No quiero ser rey, padre, y me parece demasiado pronto hablar de la sucesión cuando Conchobar aún está vivo y no ha designado a su heredero. Además, si los dioses nos resultaran desfavorables Maev podría apoderarse de Emain Macha y conquistar Ulaid antes de que finalice el verano. Hay cosas más importantes en las que pensar. Primero tenemos que ganar esta guerra si queremos ver de nuevo la luz del sol.
— Estoy cansado de luchar, hijo. Me estoy haciendo viejo.
— Los connachta no nos dejan otra opción. Luchar o morir.
—¿Luchar? ¿Por quién lucharás, Séthéta? ¿Por Conchobar? ¿Lo harás por él aunque sabes de sobra que te odia? – le preguntó Sualtam con una sonrisa amarga.
— No, padre. No quebrantaré el juramento que le hice a Conchobar, pero no lucharé por él. Lo haré por la gente de mi propio clan. Y por los míos – dijo, pensando en Emer y en los guerreros que vivían con sus familias en Dun Dealgan.
La conversación con Sualtam había suscitado una importante cuestión que Cuchulain no se había planteado hasta aquel momento. La posibilidad de que Conchobar muriera víctima de la peste era un hecho que nadie podía negar, pero ¿quién ocuparía el trono de Ulaid a su muerte? ¿Sería un jefe ulate o un caudillo connachta? Si los connachta vencían el futuro que aguardaba a los ulates era bastante sombrío, pues su casta guerrera desaparecería o sería desplazada hacia el este, donde su poder se extinguiría lentamente con el paso de las generaciones, mientras la gente de la clase común trabajaría para sus nuevos amos y acabaría siendo absorbida por sus conquistadores; pero si los ulates ganaban aquella guerra y Conchobar moría se presentaría un nuevo problema, mucho más grave que la guerra actual: las luchas intestinas que desgarrarían a los clanes ulates para adueñarse del trono.
Ahora Cuchulain comprendía por qué Cuscrid le había tratado con tanta frialdad. El hijo mayor del rey sabía que su padre podía morir en cualquier momento, y tampoco se le escapaba el hecho de que Cuchulain podía disputarle sus derechos al trono. No en vano su primo era el señor de la guerra que disponía de más hombres a su servicio, así como el guerrero que había derrotado a Dryst y que se había asegurado su amistad perdonándole la vida. Y eso sin contar con los apoyos que Cuchulain podría recibir de otros jefes guerreros del clan, como Celtchar y Conall.
Pero la amenaza connachta desplazó con prontitud el problema de la sucesión. No se podía pensar en quien sería el próximo rey de Ulaid cuando la propia supervivencia del reino estaba por decidirse. Un día antes de que los ulates terminaran de construir la empalizada defensiva los guerreros de Cuchulain llegaron a Emain Macha con un contingente de ciento dieciocho hombres, entre kernes y lanceros. Rónán iba al frente de aquella banda, acompañado por Cathbad, que cabalgaba sobre la grupa de un corcel pardo.
Cathbad se reunió con Cuchulain en su tienda mientras los guerreros que Rónán lideraba se asentaban en la parte del campamento que les había sido reservada.
—¿Alguna novedad? – le preguntó Cuchulain a su abuelo.
— Los galióin siguen sin querer presentar batalla – dijo el druida con rostro preocupado. – Erc esperará la llegada de los laigin para lanzarse como una horda de demonios salvajes contra Celtchar.
Cuchulain se alarmó. Si las fuerzas de Erc y Mesgedra se combinaban para atacar a Celtchar el enemigo podía fijar su vista en las fértiles tierras de Murthemney, donde Emer esperaba con aprensión el regreso de su marido.
— No te preocupes, Cuchulain. Tu esposa se halla a salvo en el dun. Has tenido una buena idea al construir una atalaya al sur de Dun Dealgan. De ese modo tu familia podrá atisbar la llegada del enemigo y retirarse a tiempo hacia un lugar más seguro.
—¿Hacia dónde? – preguntó Cuchulain, dubitativo.
— Les he dado instrucciones a tus lanceros para que lleven a todos los habitantes del fuerte hasta el fidnemid – le tranquilizó Cathbad. – Allí estarán seguros por un tiempo, pues el enemigo no se atreverá a entrar en un lugar consagrado a las divinidades.
La mención del fidnemid le trajo a Cuchulain el recuerdo de Bave, de sus ojos grises que brillaban como estrellas en la fría noche, de las esbeltas líneas de su cuerpo, de sus besos y caricias. Pero no fue más que un recuerdo momentáneo, una sensación cálida que no tardó en desvanecerse de su mente. La unión de dos cuerpos no garantizaba un vínculo más fuerte si no se hallaban en juego emociones más profundas.
Era extraño que Cathbad no hubiera hecho ningún comentario al respecto, ya que al druida nunca se le escapaba ningún detalle. Sin embargo las siguientes palabras que pronunció demostraron que el druida no se había olvidado de aquel asunto.
— Gracias al ritual que tú y Bave habéis realizado este invierno el caldero desatará todo su poder – dijo Cathbad, sin profundizar demasiado en el hecho de que Cuchulain había accedido a participar en el ritual, a pesar de las reservas que el ulate había mostrado al principio.
—¿Qué clase de horror encierra el caldero para que Bave se haya negado a decírmelo? – le preguntó Cuchulain, intrigado.
— El caldero. ¿Cuál es el verdadero poder del caldero de Dagda? Las leyendas hablan de muchos tipos de calderos. Hay calderos que dispensan vida, otros muerte, otros dispensan conocimiento, otros regeneración. Y siempre se ha pensado que el caldero de Dagda estaba relacionado con la abundancia, pero ahora sé que la leyenda no decía la verdad. Y no podía decirla, porque era demasiado terrible para ser escuchada. Debía ser ocultada para que las almas de los hombres no desfallecieran de terror – dijo Cathbad con el rostro sombrío. – No, Cuchulain. No te lo diré. Lo sabrás cuando llegue el momento. La tierra encierra secretos que no deberían ser mencionados a plena luz del día.
El ejército de Maev llegó a Emain Macha tres días después de que se hubiera terminado de construir la empalizada defensiva alrededor de la fortaleza sagrada. Los vigías que estaban apostados en las dos pequeñas torres que se levantaban a los lados de la puerta occidental, la única que disponía de aquellas pequeñas fortificaciones construidas a toda prisa, pero de manera eficaz para otear la presencia del enemigo, comunicaron a grandes voces que un gran ejército connachta, compuesto por doce mil guerreros, se había detenido a dos kilómetros de Emain Macha.
Cuchulain y Cuscrid subieron a una de las torres para contemplar por sí mismos la línea oscura y sinuosa del ejército connachta, pero los jefes ulates ya sabían con qué clase de hombres se tendrían que enfrentar.
La reina Maev había logrado reunir a todos los clanes de Connacht, asegurándose la participación de sus jefes en aquella guerra con el sutil argumento de que sus clanes necesitaban nuevas tierras para expandirse, avivando su codicia con la promesa de un rico botín en oro y esclavos. Los guerreros que componían el ejército de Maev se agrupaban en diversos contingentes, de acuerdo con los clanes que ocupaban las tierras de Connacht. Aquel ejército estaba formado por laigin, guerreros que pertenecían a la dinastía que gobernaba el país desde hacía varias generaciones, por domnain y por belgas, gentes cuyos antepasados habían cruzado el mar desde Inis Prydain o desde el continente, buscando una tierra donde establecerse, con los ojos puestos en el anhelado oeste. También había varios contingentes ulates, quinientos hombres en total, encabezados por Fergus, que se había convertido en el nuevo amante de la reina y que rivalizaba con Lewy en el lecho de Maev para ganarse el favor de aquella ardiente mujer de cabellos rojos. El príncipe de Mumu había acudido en ayuda de su amante y aliada con dos mil guerreros eráinn, vestidos con pieles de animales salvajes y calzados con botas de ciervo, y que marchaban armados con lanzas, hachas ligeras y espadas. Los eráinn de Mumu estaban estrechamente emparentados con sus hermanos del norte, quienes se habían aliado con los pictos para luchar contra la hegemonía de Conchobar, pero los eráinn de Ulaid eran débiles y la derrota que habían sufrido el año anterior a manos de Owen y Briccriu les había obligado a aceptar de nuevo el yugo ulate. Así, mientras los eráinn de Mumu combatían al lado de Maev, sus parientes del norte marchaban hacia el sur para luchar contra los aliados de los connachta. Era irónico observar el destino de aquellas tribus antiguas, que habían dado su nombre a la isla y que se habían convertido en un pueblo acorralado por sucesivos invasores, obligados a vivir aislados unos de otros.
Y con los eráinn venían los gaélicos, guerreros que vestían grandes faldas a cuadros, a diferencia de sus compañeros de armas, que llevaban pantalones sujetos a las rodillas con tiras de cuero. Los gaélicos habían sido los últimos invasores en llegar a la isla verde, y sus clanes se habían asentado en el oeste y el sur de Eiréann. Poco podía imaginarse Cuchulain que antes de que transcurrieran trescientos años surgiría un rey entre ellos que conquistaría la fortaleza de Tara, fundando una realeza suprema a favor de los reyes gaélicos de Connacht, cuyos clanes se harían también con el poder en el reino de Ulaid, aunque para eso serían necesarios más de cuatrocientos cincuenta años en la rueda de las estaciones. Sin embargo todavía faltaba mucho tiempo para que aquello sucediera, y por el momento los clanes gaélicos estaban sometidos a la férrea autoridad de Maev.
No obstante lo que inquietaba a Cuchulain no tenía nada que ver con la presencia de aquel temible ejército, que superaba en proporción de tres a uno a los ulates, sino con el hecho de que entre las filas del enemigo se hallaba Ferdia, su amigo del alma y hermano de sangre, al frente de su banda de guerreros domnain. Hacía muchos años que no se veían, separados a causa de disputas personales, pero Cuchulain estaba seguro de que Ferdia haría todo lo posible para no enfrentarse con él en el campo de batalla.
Ese mismo día Cuscrid convocó a los jefes ulates y a los señores de la guerra de su clan a una reunión que se celebró en el interior de su tienda. Cathbad también estuvo presente y fue el primero en hablar. Todos los presentes inclinaron su oído, dispuestos a escuchar con atención lo que tuviera que decirles, satisfechos al ver que su jefe druida no los había abandonado y que podían contar con su apoyo y su guía para sobrevivir a aquella dramática situación.
— Ha llegado el momento de saber si sois dignos de conservar la tierra que habéis heredado de vuestros padres, y que muchos de vosotros habéis ganado con la espada – dijo Cathbad, mirando a los rostros de los asistentes, como si quisiera sopesar su valor y determinar si estaban resueltos en sus corazones a defender lo que les pertenecía por derecho. – Los connachta están a las puertas de Emain Macha, pero no atacarán la fortaleza hasta que los presagios les sean favorables.
—¿Y cuándo sucederá eso? – quiso saber un jefe de clan, que tenía un bigote largo y rubio que le caía casi hasta los hombros.
— No lo sé – le respondió Cathbad. – Podría ocurrir mañana. Quizás pasado mañana, o puede que dentro de una semana. En cualquier caso depende de la voluntad de los dioses.
—¿Y qué hay del caldero de Dagda? – preguntó otro jefe de clan, que vivía al norte de las tierras de Laery, donde el suelo era poco amable con la gente que lo cultivaba y el clima era demasiado lluvioso y frío.
Esta vez fue Cuscrid quien le respondió.
—¿Crees que un simple caldero nos ayudará a ganar esta guerra? – le dijo el príncipe, imitando la actitud escéptica de su padre con una mueca burlona. – No deberías depositar tu confianza en calderos ni en otros objetos mágicos. La espada es lo único que expulsará a los connachta de Ulaid.
— Hará falta algo más que la espada o la lanza – dijo el druida, que fulminó con los ojos a Cuscrid. – Habéis perdido el contacto con el mundo natural, como niños que se han extraviado en un bosque y que no saben hacia donde dirigirse. Confiáis tanto en vuestras armas y en lo que podéis ver y tocar con vuestras manos que ignoráis el verdadero poder que se esconde en la Naturaleza que os rodea y os acoge en su seno.
Cuscrid bajó los ojos y calló. A pesar de su escepticismo el joven príncipe no era tan arrogante como Conchobar. Los demás jefes y señores no se atrevieron a contradecir las palabras de Cathbad, que destilaban una sabiduría tan antigua como las profundas raíces de un roble, aunque en realidad pocos las entendieron. Eran guerreros y estaban demasiado atados a las cosas de la tierra.
De repente Cathbad adoptó una actitud diferente. Los músculos de su rostro se relajaron y las arrugas en torno a sus ojos se hicieron más visibles, como si se convirtiera en un cariñoso anciano que quisiera dar una reprimenda a sus nietos en vez de comportarse como un poderoso miembro de la Orden druídica.
— No estás del todo equivocado, Cuscrid – volvió a decir el druida. – En este momento las espadas son lo único que pueden ayudarnos a derrotar a Maev, pero desgraciadamente no disponemos de muchas. ¿Qué me dices de los pictos, Cuchulain? ¿Podemos confiar en ellos?
— El mensajero me ha dicho que los pictos vendrán. Dryst me ha dado su palabra – dijo Cuchulain. – Y yo confío en él.
— No deberíamos confiar en los pictos – repuso Cuscrid, que no podía olvidar que su hermano Follamain había muerto luchando contra ellos. – Lo más probable es que aprovechen la situación para unirse a los connachta.
— Los pictos vendrán – afirmó Cuchulain convencido.
—¿Y si no vienen, primo? – inquirió Conall, haciendo la pregunta que quemaba los labios de todos los jefes de clan.
— Entonces combatiremos con las armas que tenemos – dijo Cuchulain sin inmutarse. – No podemos hacer otra cosa, Conall.
— Cuchulain tiene razón – agregó el druida. – Con o sin la ayuda de los pictos tenemos que impedir que los connachta se apoderen de Emain Macha. Si esta fortaleza cae, Ulaid caerá con ella.
Después de consultar con sus primos y los jefes de los clanes Cuscrid decidió que no sería una buena idea encerrarse detrás de los muros de la empalizada para contener el ataque connachta. Los carros y la infantería ligera podían hostigar la vanguardia del ejército de Maev, desanimando a sus guerreros y causando las mayores pérdidas posibles en sus filas. Una vez logrado esto, tanto los carros como los infantes se retirarían hacia Emain Macha, buscando la seguridad en el recinto del segundo muro que rodeaba a la fortaleza. El plan consistía en desgastar poco a poco las fuerzas del enemigo para lanzarse luego sobre él y destruirlo de manera definitiva.
Durante cinco días una extraña tensión reinó sobre el campamento ulate. Los guerreros dormían inquietos en el interior de sus tiendas, sin saber si al día siguiente los connachta se decidirían por fin a atacar. La incertidumbre se había adueñado de sus corazones, pues aquellos hombres, por cuyas venas corría la sangre mudable e inconstante de los celtas, no eran capaces de refrenar sus impulsos, y su deseo de entrar en combate provocó algunas disensiones en el campamento. Los jefes tuvieron que hacer uso de una disciplina ejemplar para dominar a los agitadores y restaurar el orden en el campamento, ya que aquella actitud podía extenderse a los demás guerreros y provocar un desorden que solo beneficiaría a los connachta.
Al amanecer del sexto día los connachta abandonaron su campamento y se aproximaron a la empalizada, pero antes de llegar a ella los ulates enviaron contra ellos su ejército de carros, compuesto por ciento cincuenta vehículos. El ensordecedor sonido de los carros hizo titubear al enemigo, que no esperaba que los ulates se atrevieran a hacer una salida, y el temor inicial se convirtió en fuga desordenada cuando el contingente de treinta carros que encabezaba Cuchulain despedazó a los belgas que formaban las primeras filas del ejército, mutilando a los sorprendidos guerreros, cortando brazos y piernas y convirtiendo sus cuerpos en rojos despojos con la ayuda de las mortíferas cuchillas de hierro que exhibían los vehículos en los cubos de las ruedas.
Pero el ataque relámpago de los jefes ulates no duró mucho tiempo. Los connachta se rehicieron con prontitud y respondieron con una ofensiva demoledora. Más de trescientos carros, liderados por Maev y Aillil, irrumpieron en el flanco derecho de los carros ulates, impidiendo su avance y obligándoles a entablar una lucha desigual. La hermosa reina de cabellos rojos luchaba en primera línea, flanqueada por su marido y por Fergus, combatiendo a pie desde su carro como una fiera diosa de la guerra.
La nube de vehículos connachta ensombreció el avance ulate. Al ver esto los belgas cobraron nuevos ánimos y volvieron sobre sus pasos para hacer frente a los carros enemigos. Cuchulain estaba situado en el centro e inmediatamente se dio cuenta del peligro. Con un grito terrible ordenó a veinte de sus guerreros que dieran media vuelta y regresaran a Emain Macha. Los demás jefes no tardaron en seguir su ejemplo, ya que corrían el riesgo de quedarse atrapados en dos frentes. Sin embargo no era aconsejable huir de manera precipitada, pues los carros de los connachta podían envolverles y cortarles la retirada, así que Cuchulain embistió con los diez carros que le quedaban contra los vehículos de Maev, lo que le permitió apoyar a Cuscrid y cubrir la retirada del ejército hacia las puertas de la fortaleza. Los dos jefes – junto con sus hombres – fueron los últimos en retirarse del campo de batalla, perseguidos por los connachta, que gritaron de júbilo al comprobar que los caudillos ulates se daban a la fuga, pero los gritos murieron en sus gargantas cuando Conall, que se había quedado al frente del campamento, mandó a doscientos kernes para que hicieran retroceder a los connachta con una lluvia de jabalinas. Los kernes abatieron a un buen número de aurigas, disuadiendo a los demás de perseguir a sus compañeros. Al ver aquello los connachta se retiraron hacia el grueso de su ejército, dando por terminada la batalla aquel día, mientras Cuchulain y Cuscrid entraban con sus carros a través de la puerta oeste del campamento.
Al anochecer ambos ejércitos hicieron una tregua y recogieron a sus muertos para enterrarlos. Cuscrid convocó esa misma noche a todos los jefes guerreros para celebrar un consejo en su tienda y escuchar las propuestas que pudieran ofrecerle.
— Son demasiados – dijo Cuchulain. – No deberíamos volver a luchar en campo abierto si no queremos perder la mayor parte de nuestros carros.
Los ulates habían perdido más de cien hombres y cerca de cuarenta carros ligeros. Los connachta habían sufrido el doble de pérdidas, pero no podían enorgullecerse de una victoria tan estéril como aquella.
—¿Qué solución proponéis? – preguntó Cuscrid. El hijo de Conchobar estaba acostumbrado a que otros tomaran las decisiones por él y prefería que su primo llevase la iniciativa, un terreno en el que Cuscrid no se sentía cómodo. El príncipe siempre había preferido luchar con la espada antes que pensar por sí mismo.
— Solo tenemos dos opciones, primo – dijo Cuchulain. – O enfrentarnos a los connachta en campo abierto, lo que sería una locura, pues su superioridad numérica nos aplastaría, o defendernos detrás de la empalizada y dejar que sus guerreros se estrellen contra el muro.
—¿Sugieres que nos quedemos aquí, como ratas que han caído víctimas de su propia trampa? – preguntó un jefe de clan.
Varios jefes guerreros le apoyaron, pero Cuchulain no desistió.
— Es lo mejor que podemos hacer. Pensad por un momento en las dificultades que tendrán los connachta cuando tengan que rellenar el foso y atacar la empalizada. La mitad de los guerreros podría encargarse de la defensa de todo el muro, mientras el resto quedaría en reserva para ayudar allí donde fuera necesario y relevar a los cansados.
La sugerencia sorprendió a muchos jefes, que no habían pensado que con dos mil guerreros era posible defender la empalizada y rechazar al enemigo, pero Cuscrid puso en evidencia la realidad de la situación cuando mencionó que en los almacenes de Emain Macha solo quedaban provisiones para un mes.
— Los connachta tienen el mismo problema que nosotros. Es más difícil abastecer a un ejército de doce mil guerreros que a uno de cuatro mil – dijo Conall. – Y no creo que hayan traído provisiones para mucho tiempo.
— La falta de víveres no les disuadirá de atacarnos – añadió Cuscrid. – Quizá les sirva de incentivo. Los connachta saben tan bien como nosotros que si se apoderan de Emain Macha la guerra habrá terminado. Solo tenemos una oportunidad para vencer, y esa oportunidad pasa por resistir detrás de los muros de la empalizada.
Algunos jefes de clan expresaron su desacuerdo al escuchar aquella decisión. Pensaban que era un deshonor encerrarse detrás del muro y contener a los connachta en vez de salir y luchar contra el enemigo. El más osado de ellos se atrevió a poner en duda el liderazgo de Cuscrid con una pregunta tan certera como la flecha de un picto.
—¿Quién se cansará antes, príncipe? ¿Ellos o nosotros? ¿Y qué pasará si dentro de un mes los víveres se agotan y los connachta siguen atacándonos? ¿Qué haremos entonces? ¿Morirnos de hambre hasta que nuestros brazos no puedan levantar la espada? Sois el hijo de un rey maldecido por los dioses, un rey déspota y cruel que se retuerce de dolor en su lecho de enfermo, aquejado por la peste que Macha le ha enviado como castigo a su presunción. Tu padre ha traído la desgracia sobre nosotros. Todos estamos malditos por su causa, así que no tienes ningún derecho a exigirnos obediencia. ¿Cómo pretendes que te sigamos cuando Cormac, tu propio hermano, ha renegado de Conchobar y se ha unido a los connachta?
La fría cólera de Cuchulain salió a relucir antes de que Cuscrid pudiera reaccionar.
— Eres un estúpido, Cairell. ¿Cómo puede hablar así un jefe de clan? ¿Pretendes causar disensiones entre nosotros? Te guste o no Cuscrid es el hijo de Conchobar y el jefe supremo de este ejército. No olvides que le debes fidelidad. ¿Lo has entendido bien? – dijo Cuchulain, que ardía en deseos de rebanarle la cabeza con el filo de su espada. El ulate sabía que muchos jefes le respetaban por haber participado en la conquista del caldero y por haber derrotado a los pictos el año anterior, por lo que aprovechó aquella circunstancia para hacer saber a todo el mundo que apoyaba a Cuscrid, desmintiendo los rumores de que ambos estaban enfrentados en una secreta lucha por el trono de Ulaid, en vista de la proximidad de la muerte de Conchobar.
Cairell asintió con la cabeza, incapaz de soportar la mirada ardiente que fulguraba en los acerados ojos de Cuchulain. Cuscrid posó una mirada de agradecimiento sobre su primo y finalizó la reunión con las siguientes palabras.
— Entonces está todo decidido. Dejaremos que los connachta ataquen la empalizada hasta que se cansen. Y si tenemos un poco de suerte quizá se retiren cuando se queden sin provisiones.
Al día siguiente los connachta abandonaron nuevamente su campamento y atacaron la fortaleza sagrada de los ulates. Su ejército se extendió alrededor de Emain Macha, atacando la empalizada desde todos los sitios posibles, como una serpiente que se enrosca sobre su víctima para asfixiarla y luego devorarla.
Los guerreros de Maev intentaron rellenar el foso con ramas y malezas al tiempo que arrojaban lanzas y piedras contra los ulates que cubrían los muros de la empalizada. No obstante sus ataques resultaron ineficaces, pues los ulates se defendían lanzando jabalinas con el fin de impedir que los connachta pudieran rellenar el foso y escalar la empalizada de troncos.
Los combates se prolongaron hasta el anochecer, momento en el que los connachta se retiraron a su campamento para descansar de las fatigas del día, pero a la mañana siguiente reanudaron el ataque y volvieron a llenar el foso que los ulates habían limpiado la noche anterior. Los belgas y los laigin luchaban del mismo modo, a diferencia de los guerreros de otras tribus, que lo hacían de manera desordenada. Primero colocaban una gran multitud de hombres alrededor de la empalizada, y luego arrojaban piedras contra los defensores que guarnecían el muro. Habían pasado ocho días desde la llegada del ejército de Maev a las cercanías de Emain Macha, y la presencia de aquellos guerreros en primera línea de batalla indicaba que la reina había perdido la paciencia y que estaba dispuesta a conquistar el fuerte sin importarle los esfuerzos que tuviera que hacer para conseguirlo. Cuchulain observó la lluvia de piedras desde una de las torres del oeste y se protegió con su escudo para desviar los mortíferos proyectiles que caían cerca de él. Cuando la lluvia amainó el ulate giró su cabeza y comprobó con aprensión que la empalizada había quedado totalmente desguarnecida de defensores. Algunos habían caído al suelo, heridos por los proyectiles, mientras que otros habían abandonado sus puestos debido al aluvión de piedras y lanzas que los guerreros connachta arrojaban contra los defensores, de tal modo que al poco rato nadie se atrevió a permanecer en su puesto. De esta manera los connachta no encontraron ninguna oposición para llegar hasta las puertas, después de haber formado una tortuga de escudos para proteger sus cabezas. Sin pérdida de tiempo se pusieron a incendiar las puertas, lo que provocó que Cuchulain gritara a los guerreros que habían abandonado el muro para que volvieran a ocupar sus puestos y evitaran que el enemigo consumara su propósito.
Era demasiado tarde. Las lanzas de los ulates no pudieron penetrar en la compacta tortuga de escudos que los laigin y los belgas habían formado, y el humo ya empezaba a ascender en volutas oscuras hacia el cielo, como un fúnebre cántico de muerte.
Pero fue otro sonido el que se alzó poderoso desde el norte, un eco vibrante como el sanguinario grito de un jabalí que se abalanza sobre su enemigo para destrozarlo.
Tambores de guerra.
Los pictos habían llegado.
30
Nadie los había visto llegar. Los alaridos de triunfo que los laigin habían proferido en el momento en que el fuego empezó a prender en las puertas de la empalizada se apagaron súbitamente cuando la música de los tambores se alzó sobre el fragor de la batalla. Los jinetes pictos fueron los primeros en caer sobre la desprevenida retaguardia enemiga, dispersándolos y alejándolos de la empalizada. Viendo que la ocasión era favorable para hacer una salida Cuscrid ordenó abrir las puertas y se precipitó con un millar de guerreros a través de la puerta norte, que estaba bajo su mando, mientras Cuchulain y Conall hacían lo mismo en las puertas que se abrían al oeste y al sur.
Los laigin y los belgas intentaron resistir el ímpetu de los ulates, pero los jinetes pictos habían quebrando su resistencia, obligándoles a emprender la huida hacia la seguridad del campamento. Cuchulain persiguió al enemigo espada en mano, al tiempo que varios de sus hombres hacían todo lo posible por apagar el fuego que amenazaba con extenderse a otras partes del muro.
Cuchulain echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de lo cerca que habían estado los connachta de hacerse dueños de la empalizada. Dryst había llegado en el momento oportuno para evitar que el enemigo irrumpiera en el campamento ulate y se apoderara de el, lo que habría significado un desastre que podría haber traído alarmantes consecuencias, ya que si los connachta hubieran entrado en el campamento la fortaleza de Emain Macha habría caído sin remedio.
Los pictos persiguieron a los fugitivos sin piedad, ensartándolos con las puntas de sus lanzas, pero a mitad de camino se detuvieron y rehicieron sus líneas. Los trescientos jinetes refrenaron a sus monturas y se situaron en el flanco derecho de sus compañeros, quienes se agruparon en tres falanges de setecientos guerreros cada una. Los ulates no tardaron en imitar su comportamiento y dejaron de perseguir a los enemigos que huían, aunque fueron incapaces de ordenar sus filas en un orden tan compacto como el que habían ejecutado sus aliados.
La presencia de aquel muro de lanzas disuadió a Maev de entablar un combate general. Seis mil de sus guerreros habían regresado al campamento, después de haber estado a punto de forzar la entrada en la puerta oeste del muro, pero aquellos feroces guerreros pintados de azul habían masacrado a más de quinientos hombres y puesto en fuga al resto. La moral de los que habían huido era tan baja que Maev no se atrevió a obligarles a luchar con la ayuda de los demás guerreros que se habían quedado en el campamento connachta. Los hombres no se sienten seguros cuando sufren una derrota y no es fácil convencerlos para que muden de opinión.
Cuchulain se abrió paso entre sus guerreros y se colocó delante de Dryst. El jefe picto estaba de pie, a escasos pasos de distancia de sus hombres, que permanecían detrás de él con las lanzas firmemente asidas en la mano derecha y el escudo ribeteado de piel en la izquierda.
Cuchulain abrazó a Dryst y luego miró fijamente a su aliado. El ulate le sonrió de manera cálida y Dryst le devolvió el gesto con una sombra de sonrisa.
— Te doy la bienvenida, Dryst. Por fin has llegado.
— Un picto siempre cumple con su palabra – dijo Dryst, que se volvió para mirar el campamento enemigo. –¿Cuántos son?
— Doce mil – respondió Cuchulain. – Y en el sur hay tres mil guerreros galióin que esperan la llegada de refuerzos.
— Entonces he llegado a tiempo – dijo Dryst, que echó una rápida ojeada al fuerte. – Ha sido una buena idea rodear el fuerte con una empalizada. Estoy seguro de que ha sido idea tuya. Tiene todo tu estilo, Cuchulain. ¿O me equivoco?
— No te equivocas, Dryst.
—¿De cuántos hombres disponéis? – quiso saber el jefe picto. – No parecéis muchos.
— Apenas somos cuatro mil – dijo Cuchulain. – Pero no tienes que preocuparte por el espacio, Dryst. Hay sitio suficiente para todos en el campamento, aunque me temo que andamos escasos de víveres.
— No quiero ser una carga para tu rey – le dijo Dryst. – Y tampoco me gustaría estar en deuda con él. Mis hombres han traído provisiones para veinte días.
Los ulates recibieron de buena gana a los pictos, sobre todo cuando se enteraron de que no tendrían que compartir con ellos el grano y la carne que se guardaban celosamente en los almacenes de Emain Macha. Las provisiones de los pictos venían con la retaguardia del ejército de Dryst, en unas carretas tiradas por bueyes que estaban custodiadas por una guardia de cien arqueros.
Dryst se instaló con sus hombres en la zona del campamento que Cuscrid había asignado a Cuchulain, cerca de la puerta oeste. Aparte de los cien arqueros Dryst había logrado reunir a dos mil guerreros, armados con picas, y a trescientos jinetes. A diferencia del resto del ejército los pictos no levantaron tiendas, sino que se limitaron a reunirse en pequeños grupos y cuando cayó la noche el resplandor de sus hogueras se unió a los centenares de puntitos luminosos que brillaban alrededor de Emain Macha, llenando el aire nocturno con sus extraños cánticos de guerra.
Cuchulain se pasó casi toda la noche bebiendo con su aliado. Cathbad y Conall también estuvieron presentes y disfrutaron de la hospitalidad del jefe picto, que había reunido alrededor de su gran hoguera a todos los jefes de clan de su reino.
Después de cenar el hidromiel empezó a correr con generosidad por todas las gargantas, servido en unos cuernos que un esclavo se había encargado de llenar en un tonel, que había sido guardado únicamente para el disfrute de Dryst. Era un hidromiel tan fuerte que Conall y varios jefes de clan se quedaron dormidos en el suelo, roncando a intervalos, mientras el resto se mantuvo más o menos sobrio para hablar de cosas importantes.
— No tenemos posibilidades de vencer si las provisiones se acaban – dijo Dryst de manera directa. – Tenemos que pensar en algo, Cuchulain. Y rápido. He venido hasta aquí para ayudarte a ganar esta guerra, no para morir de hambre en una fortaleza.
— Ya hemos hablado de eso entre nosotros, Dryst – dijo Cuchulain.
—¿Y habéis encontrado alguna solución?
— Siempre hay alguna solución, rey de los pictos – dijo Cathbad. – La respuesta consiste en hallar la más acertada, pero en raras ocasiones los hombres escogen el camino de la sabiduría.
— No te entiendo, druida. ¿Qué quieres decir? – le preguntó Dryst, que se había quedado intrigado al escuchar las palabras de Cathbad.
— La solución se encuentra en el caldero de Dagda – repuso el druida. – Pero todavía no ha llegado el momento de utilizarlo.
—¿Por qué? – preguntó Dryst. Un brillo feroz ardía en sus ojos azules, una llama que revelaba una sincera curiosidad. Cathbad se dio cuenta de que Dryst había oído hablar del caldero con anterioridad, y sospechaba que el picto estaría al corriente de la expedición que había viajado a las islas de Arán para apoderarse del caldero. Incluso era probable que creyera en su poder.
—¿De verdad quieres saberlo? Es un secreto tan terrible que podría hacerte enloquecer, aunque seas un gran guerrero y el caudillo de Pictdom – dijo Cathbad, en un susurro apenas perceptible, pero tan sobrecogedor que infundía verdadero temor. El druida escrutó la mirada del jefe picto y la sostuvo durante bastante tiempo, como si quisiera escudriñar los más íntimos pensamientos de Dryst para ponerle a prueba.
Dryst fue incapaz de sostener la mirada de Cathbad y bajó los ojos hacia el suelo, dándose por vencido. Espesas gotas de sudor corrían por su poderosa frente, como rocío amargo que quisiera besar sus perladas sienes.
— De todos modos confío en que las espadas nos ayuden a vencer a Maev – dijo Dryst, frunciendo el ceño. – Los connachta están ávidos de tierras y no pienso consentir que mi gente pierda las suyas para satisfacer su codicia.
— Cada uno lucha en defensa de sus propios intereses – dijo Cathbad. – Los ulates luchan para sobrevivir como pueblo, los connachta para adquirir más tierras y sus aliados para conseguir esclavos y un buen botín. Pero Maev lucha para hacerse con el control absoluto de toda la isla y el caldero de Dagda es el único objeto que puede proporcionarle semejante poder.
—¿Estás diciendo que Maev ha emprendido esta guerra con el único fin de apoderarse del caldero? – le preguntó Dryst, visiblemente sorprendido.
—¿Y por qué no? – dijo Cathbad. – Las mujeres son capaces de todo. Cuando era joven fui a estudiar durante tres años a los bosques de Britania, donde me enseñaron los secretos más antiguos de la Orden. Recuerdo que una tarde de verano conocí a un filósofo griego llamado Hermócrates en un estuario situado al sureste de la isla. Aquel hombre viajaba en el barco de un compatriota suyo de Massilia y estuvo varias noches hablando con mi maestro de muchas cosas, pero a mí me contó una historia muy antigua que siempre quedó grabada en mi mente. Se trataba de la historia de una guerra que enfrentó al pueblo de los aqueos contra los habitantes de una rica ciudad llamada Troya. ¿Y por qué lo hicieron? A causa de una mujer. El príncipe de aquella ciudad había provocado la guerra raptando a la esposa de un rey de los aqueos. Muchos hombres valientes murieron en aquella guerra, que llegó a durar diez años. ¿Y todo por qué? Por una mujer llamada Helena.
— Si esa mujer era tan hermosa como Deirdre no me extraña que haya sido el motivo para iniciar una guerra – dijo Dryst, riéndose. – A propósito, ¿cómo se encuentra Conchobar?
— El rey se pasa los días delirando y gritando a voz en cuello – dijo Cuchulain. – Su estado es tan lamentable que su hijo Cuscrid ya no quiere ir a verle.
— Espero que la peste le devore las entrañas hasta que su cuerpo se convierta en una cáscara vacía – dijo Dryst con los ojos llenos de odio.
— No es fácil ser rey, Dryst – se apresuró a decir Cathbad. – Tú lo sabes mejor que nadie.
— Un rey como él no merece vivir – dijo el jefe picto. – Si estuviera en vuestro lugar hace tiempo que le habría matado, a él y a su hijo Cuscrid.
— Cuscrid no es como su padre – dijo Cuchulain, que salió en defensa de su primo.
— No deberías defenderle, Cuchulain – le aconsejó Dryst. – Cuando Conchobar muera tu querido primo intentará deshacerse de ti. ¿Por qué no te haces ahora con el poder? Estoy seguro de que nadie se atrevería a disputarte el derecho al trono.
— Nunca fundaría un reino con los cimientos empapados en la sangre de mis parientes – dijo Cuchulain, que no se atrevió a mencionar delante de Cathbad y Dryst que su padre le había sugerido la misma idea pocos días atrás. – Además yo solo veo a un rey aquí, y ese eres tú, Dryst. Tú tienes todas las cualidades que se requieren para ser un gran rey. Si quisieras podrías sentarte en el trono de Emain Macha.
Cathbad se rió al escuchar las palabras de su nieto, que había respondido con inteligencia a la pregunta de Dryst.
— Sabes que no lo haría aunque quisiera – dijo el picto. – Te he jurado fidelidad y mientras tú vivas no faltaré jamás a mi palabra.
— Entonces dejaremos las cosas tal como están – dijo Cuchulain, que se levantó del suelo y se despidió de Dryst. Todos dormían alrededor de la hoguera y solo se oía el crepitar de las llamas en la lumbre.
Cuchulain regresó a su tienda y Cathbad le acompañó, pero no hablaron hasta que ambos llegaron al campamento donde dormían los guerreros de Cuchulain.
— Dryst es un gran guerrero con dotes de mando – dijo el druida. – Me ha parecido sincero, pero también muy ambicioso.
— No tenemos nada que temer de él. Es un jefe valiente que solo desea lo mejor para su pueblo.
—¿Y qué me dices de ti, Cuchulain?¿Hablabas en serio cuando decías que no te gustaría ser el rey de Ulaid? – le preguntó Cathbad, como si esperara con ansiedad oír la respuesta.
— Sí, Cathbad. Muy en serio.
— Me sorprendes, Cuchulain. Eres más inteligente de lo que pareces. Te conoces bien a ti mismo, algo de lo que no pueden presumir muchos hombres. De todas formas los dioses nunca consentirían que fueras rey.
—¿Por qué?
— Porque Conchobar no morirá. Lo he visto en los palos del ogham.
Aquella revelación quitó a Cuchulain un peso de los hombros. El ulate ya no tendría que preocuparse en quien ocuparía el trono a la muerte de Conchobar, a no ser que los connachta se hicieran dueños de Emain Macha y pusieran a otro en su lugar. La sabiduría del bosque había hablado por medios de los palos del ogham, un rito que consistía en averiguar lo que reservaba el futuro. Cuchulain durmió tranquilo el resto de la noche, agradecido de que Lugh no le hubiera abrumado con la pesada carga que conllevaba hacerse con el trono de Ulaid, una responsabilidad que había querido eludir desde el principio, y que ahora, gracias a los palos del ogham, se había esfumado como humo en el viento.
Al día siguiente los ulates se prepararon para rechazar de nuevo a los connachta. Los guerreros ocuparon sus puestos en lo alto de la empalizada, reforzados con la presencia de cien arqueros pictos, que se situaron en la zona oeste del muro, codo a codo con los hombres de Cuchulain.
Sin embargo, para sorpresa de los ulates, el enemigo no salió del campamento ni dio la menor señal de hacer movimiento alguno. Las tiendas de los connachta eran visibles desde Emain Macha, un océano de puntos oscuros que asomaban en el pálido horizonte. Bosques de robles y hayas se extendían detrás del campamento de Maev, formando una media luna irregular que se curvaba hacia Emain Macha en su extremo sur.
Pero la noche deparó a los ulates una desagradable sorpresa. Los connachta habían construido más de medio centenar de jaulas de mimbre, colocándolas encima de unos carros tirados por una pareja de bueyes. Calatin apareció montado en un caballo negro, acompañado por Maev y Aillil, y por todo el ejército, que se situó detrás de las jaulas, cuyo contenido estaba formado por hombres, mujeres y niños, gente de la tierra que había sido hecha prisionera en la frontera por los hombres de Maev.
Calatin parecía una sombra de muerte, vestido con una túnica negra, una capucha negra, montando un caballo negro y envuelto en tinieblas como un cuervo siniestro de la guerra y la matanza. El druida levantó su vara de serbal y a un grito suyo varios guerreros encendieron unas antorchas y las acercaron a la base de las jaulas, que habían sido previamente bajadas de los carros por los guerreros. Gritos de agonía brotaron de las gargantas de los prisioneros, que chillaban desesperados, elevando sus voces hacia el cielo nocturno en una plegaria que se confundía con el humo y las llamas que lamían voraces las jaulas de mimbre, una plegaria que los dioses se negaban a escuchar, pues estaban demasiado ocupados tapándose la nariz a causa del nauseabundo olor de la carne quemada.
Y en verdad el olor era insoportable. Pero la horrible visión de aquellas antorchas humanas, entre los que se contaban mujeres y niños, hacía encoger los corazones más insensibles y duros que contemplaban la macabra escena desde los muros de la empalizada.
Algunos hombres, irritados ante el tenebroso espectáculo que se ofrecía a su vista, quisieron hacer una salida y atacar al enemigo, pero los jefes y los caudillos del ejército lograron aplacar su ira, argumentando que se trataba de una simple estratagema para incitarles a abandonar el campamento y luchar, e incluso tuvieron que emplear la fuerza para convencer a aquellos que no se dejaban intimidar con palabras. En cambio otros guerreros reaccionaron arrojando jabalinas y lanzas, pero los connachta se habían situado fuera de su alcance y ninguna acertó el tiro.
— Están sacrificando a los prisioneros de guerra – dijo Cathbad, que había subido a una de las torres que se erigían en la puerta oeste.
— Son seres inocentes, Cathbad. ¿Qué clase de dios exige esos espantosos sacrificios? – exclamó Cuchulain, asqueado. – Ahora comprendo el odio que Bave siente por su padre y por ese sanguinario dios.
— Solo un druida puede comprender a otro druida – dijo Cathbad. – Con la muerte de esos desgraciados Calatin pretende afirmar un derecho sobre esta tierra.
— No podemos permitir que lo haga – dijo Cuchulain. – Tenemos que impedírselo.
—¿Tienes alguna idea? – le preguntó el druida.
— Quizá.
Cuchulain no estaba dispuesto a permitir que aquella masacre volviera a repetirse. El lobo que había permanecido dormido en el cubil más oscuro de su alma abrió los ojos y agitó la cola. El lobo pugnaba por salir al aire libre, adueñándose de la mente del ulate, que empezaba a echar en falta a Crínóg, su compañera, cuya condición salvaje e indómita le había impelido a vagar por los bosques de Murthemney, atendiendo a la voz de la Naturaleza, que la había reclamado para sí, como una madre cuyo mayor deseo consiste en reunir a sus hijos y tenerlos bajo su protección.
Los connachta tampoco volvieron a atacar al día siguiente. Maev pretendía socavar la moral y la confianza de los ulates, sobre todo después de lo que Calatin había hecho con los prisioneros de guerra. La agonía de aquellas personas, gente común que trabajaba la tierra y cuidaba el ganado, se prolongó por espacio de dos noches más. Pocos hombres fueron capaces de dormir, pues el viento del oeste arrastraba consigo un olor inmundo, un olor a carme quemada y a muerte, que impregnaba las fosas nasales de los guerreros, aunque lo peor era escuchar los horribles aullidos que proferían los que estaban encerrados en las jaulas de mimbre.
Cuchulain decidió vengarse de aquellas muertes poniendo en práctica un plan que había trazado con Suibne el día anterior. Después que los connachta se hubieron retirado a su campamento, entonando cánticos guerreros y maldiciendo a los ulates apostados en la muralla, Cuchulain y Suibne abandonaron Emain Macha con un grupo de diez jinetes y se internaron en los bosques que crecían al sur del campamento de Maev. Cathbad les había dicho que aquella noche una espesa niebla les ayudaría a ocultarse a los ojos del enemigo, así que envolvieron los cascos de los caballos con unos trapos húmedos y cabalgaron hasta los lindes del bosque. Dos guerreros se encargaron de la custodia de los animales mientras los demás, dirigidos por Cuchulain y Suibne, desaparecieron entre la niebla. El campamento de los connachta no estaba fortificado, y los escasos centinelas que lo vigilaban fueron degollados uno a uno por los ulates, que entraron en las tiendas donde los guerreros dormían despreocupadamente y dieron de beber a sus dagas. La matanza se vio interrumpida cuando uno de los ulates tropezó en el interior de una tienda, despertando al hombre que dormía dentro, y provocando un alboroto que se extendió como un fuego sobre un bosque de hojas secas. Sin embargo la niebla ayudó a los ulates a escapar, impidiendo que los connachta salieran en su persecución. La muerte de aquel infortunado ulate permitió a los connachta averiguar quién había sido el cabecilla de aquel asalto nocturno, una incursión que había causado la muerte de más de cien guerreros. El descubrimiento de un escudo que yacía al lado de su dueño y que estaba pintado con la insignia del perro negro era un mudo testimonio que no pasó desapercibido a los reyes de Connacht.
Aquel ataque produjo el efecto deseado. Durante los días siguientes los connachta reanudaron sus ataques contra el campamento, pero sus esfuerzos se vieron frustrados una y otra vez por la denodada resistencia de los ulates, que desbarataron todos los intentos del enemigo, que no pudo abrir ninguna brecha en el muro ni incendiar las puertas.
Cuchulain tuvo más éxito con sus hombres – a quienes los connachta llamaban con desprecio perros negros – en el campamento de Maev, disminuyendo el número de sus guerreros noche tras noche, atacándoles como silenciosos demonios nocturnos en la hora que precede al alba, cuando la vigilancia era más escasa y los hombres dormían sin temor, llevándose como trofeos las cabezas de los que habían caído, cabezas que luego fueron clavadas en las estacas de la empalizada de Emain Macha y que permanecieron allí hasta que finalmente se pudrieron.
Aunque Emain Macha no estaba sometida a un sitio severo los connachta mantenían pequeñas guarniciones de caballería ligera que custodiaban todos los accesos a la fortaleza, impidiendo que esta pudiera abastecerse de víveres. Los guerreros de los clanes habían traído provisiones para tres semanas, pensando que la guerra se decidiría en una batalla rápida, pero el grano y la carne se estaban agotando y en los almacenes de Emain Macha no había suficiente grano para alimentar a cuatro mil hombres hasta la llegada del invierno. A pesar de que Cuscrid se había apoderado de las existencias de grano que se guardaban en todos los raths que se extendían a un día de distancia a caballo de Emain Macha, las provisiones que se guardaban celosamente dentro del fuerte no durarían más de cuarenta días. Y a los ulates no les consolaba mucho la idea de que sus enemigos padecieran el mismo problema que ellos. Los connachta habían saqueado todas las granjas y aldeas que habían encontrado en su camino hacia Emain Macha, y diariamente enviaban partidas de jinetes para abastecerse de carne y grano en los raths de los alrededores, pero la mayor parte había sido enviado a la capital de los ulates o había sido saqueado por los habitantes en su huida a los bosques, para poder alimentarse a sí mismos y evitar que los víveres cayeran en manos del enemigo.
No había noticias de lo que sucedía en la frontera sur. Desde la llegada de Maev a Emain Macha ningún mensajero había logrado traspasar el anillo de patrullas que la reina había dispuesto alrededor de la fortaleza. Cuchulain estaba inquieto ante la ausencia de noticias. Era necesario saber si Mesgedra había llegado a la frontera con sus hombres. Quizá ya lo había hecho y Celtchar había sido incapaz de detenerle. En tal caso Emain Macha podía ser atacada desde el sur y las puertas de Murthemney se abrirían sin remedio a los guerreros de Laigen.
Cuchulain habló con Cathbad y Cuscrid y les comunicó sus intenciones de marcharse, pero el hijo de Conchobar le instó a que no lo hiciera.
— No podemos quedarnos aquí, esperando a ver qué sucede – dijo Cuchulain. – Hace quince días que no sabemos nada de Celtchar. Puede que necesite nuestra ayuda.
— Es una locura – dijo Cuscrid. – Los connachta vigilan todos los caminos. Tarde o temprano las patrullas te detendrían.
— No se atreverán a hacerlo con una escolta formada por dos mil lanzas pictas. Los carros y los arqueros podrían cubrirnos la retaguardia. Piénsalo, Cuscrid. Son dos mil bocas menos que alimentar – le sugirió Cuchulain.
La carestía de grano era una realidad que a nadie se le podía escapar. Probablemente aquellos guerreros serían más útiles en el sur, ayudando a Celtchar, que en Emain Macha.
— Está bien – dijo Cuscrid. – Puedes marcharte cuando quieras.
— Lo mejor sería abandonar la fortaleza al anochecer – dijo Cathbad. – Maev no tiene por qué saber a donde vamos ni cuantos somos.
— Tienes razón, Cathbad. Nos iremos esta misma noche – dijo Cuchulain.
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