Antiguamente, mucho antes de que el hombre supiese escribir, cuando la noche era tan solo la nada y el día era el todo, luchaban los dioses entre sí por la supremacía universal. Los viejos dioses, los dioses de la naturaleza, defendían la tierra de la invasión humana. La maleza impedía el paso a los mejores pastos, los ríos se desbordaban, volcanes expulsaban al hombre de remotas islas y fuertes huracanes tiraban abajo todas sus construcciones. Mientras el hombre no podía hacer más que refugiarse en cuevas, cazar y recolectar, sobreviviendo a duras penas. Pero los humanos contaban con su dios, que aunque no muy poderoso, era astuto. Tras siglos de guerras sin que la balanza se inclinase a ningún bando, los dioses se reunieron y llegaron a un acuerdo de no intervención. De este modo si el hombre dominaba la naturaleza todos lo aceptarían, del mismo modo que de no hacerlo Dios aceptaría su fracaso. Se mostraron todos de acuerdo y firmaron el pacto en la negra noche, naciendo de la rúbrica de cada deidad una estrella.
A pesar del pacto, el dios de los hombres hizo un último movimiento, otorgando a sus protegidos el don de la imaginación. Así es como el hombre resolvió todos sus problemas. Los árboles eran talados, la tierra cultivada, animales domesticados, ríos encauzados.
¡Incluso el salvaje fuego fue dominado!
El mundo se rindió al control de la humanidad y los viejos dioses se fueron extinguiendo uno a uno, quedando solo como recuerdo de su existencia su sello en el estrellado cielo.
El mundo había quedado a merced de los hijos de Dios y ya solo temían a la oscura noche que, a pesar de las estrellas, aún distaba mucho de la claridad del día como para no ser temida.
Y era en la oscuridad de la noche, bajo la capa azabache que las sombras tejían, cuando los lobos, último vestigio de los antiguos dioses, atacaban las aldeas humanas, devoraban los animales que habían traicionado sus orígenes y destrozaban los cultivos. Y es que Selene, la diosa loba, se había mantenido oculta en la noche y nunca el hombre fue capaz de darle caza. Durante el día se ocultaba en la profundidad de los bosques allí donde nunca los hombres fueron capaces de aventurarse.
Los hombres rezaban a su Dios, suplicaban por su ayuda y él accedió a sus suplicas trazando un plan que solucionaría el problema de sus hijos.
Durante días los hombres cavaron alrededor de sus aldeas, tejieron redes y fabricaron lanzas, endureciendo la punta de madera con el poder del fuego. Y a la séptima noche, después de las suplicas a Dios, los hombres esperaron ocultos entre los trigales, maizales y arrozales, el ataque de los lobos.
El viento ululaba con fuerza imitando aullidos, transmitiendo la llamada de unos cánidos a otros, y éstos imitaban a su vez al viento, corriendo como solo el viento sabe. Llegaron a las aldeas humanas y como cada noche, no se pararon a observar si no que se dedicaron a aplicar la venganza de la naturaleza como su madre Selene les ordenaba. Pero esa noche el suelo se abrió bajo sus patas, redes cayeron sobre los lobos y cientos de ellos fueron apresados. Apenas unas decenas pudieron huir para contar a su madre lo ocurrido.
Los hombres, por consejo de su dios, sacrificaban un lobo cada dos horas y lanzaban sus cabezas a los bosques.
Selene, sumida en el más profundo pesar, decidió rendirse al dios de los hombres y se ofreció a cambio de la libertad de todos sus hijos. Pero los lobos se negaban a perder a su madre y juraron que si algo le ocurría, tomarían venganza. El astuto Dios susurró unas palabras al oído de Selene y esta aceptó el trato. Todos los lobos fueron puestos en libertad y Selene se convirtió en el eterno rehén de la humanidad. Aquello que, sin pretenderlo, ilumina a sus captores. Y cuando muere un lobo, sus lágrimas conforman el rocío que baña el mundo tantas y tantas mañanas. Y es ella, la madre luna, la madre Selene. Aquella por la que miles de cánidos han llorado durante siglos cada noche.
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