Todo comenzó hace mucho tiempo, aun antes de que yo la conociera. Sofía siempre tuvo un gran interés en la medicina alternativa, la magia, las ciencias todavía no reconocidas como tales, la relación del cosmos, del universo entero, con cada uno de los seres que lo habitan. Siempre habló de que había más de una realidad, más de un universo, que no todo terminaba en las fronteras de lo evidente o de lo conocido. Ir más allá, alejar esa frontera de nosotros y abrir la mente a una nueva conciencia era la razón de su vida. Ella era (es) una mujer maravillosa. Desde que la vi supe que nada ni nadie podría separarnos.
A pesar de su juventud poseía un cúmulo de conocimientos y una capacidad de análisis increíbles. Siempre bromeaba diciendo que tal vez había traído todo eso de otra vida: Tal vez había sido un alquimista medieval o un hechicero de Bizancio. Quizás incluso había sido discípula de Merlín, el Mago, o de Zynéf, el Maestro de Janah, la Ciudad Perdida. Nunca supe si bromeaba o hablaba en serio.
Como siguiendo el orden natural de las cosas: Nos vimos, nos gustamos; nos conocimos, nos amamos; nos fuimos a vivir juntos y nos casamos. Los primeros tiempos no son fáciles para nadie, pero a nosotros se nos antojaba que nos conocíamos desde siempre y no hacíamos más que continuar la historia de nuestro amor, escrita hace ya mucho tiempo atrás. Fuimos tan felices. Nada empalidecía nuestra felicidad, ni siquiera las estrecheces económicas a las que a veces nos veíamos sometidos. Aunque yo siempre cobré bien, no eran baratos todos esos libros, conferencias, encuentros, remates. Pero yo no quería que ella trabajara. No quería que se viera obligada a abandonar esas investigaciones que tanto le importaban. Todo era en aras de ese peregrinaje en busca de la verdad del que yo también soy un caminante ahora.
En uno de esos remates ella encontró el Libro.
Era muy antiguo y se atribuía su escritura a un gran alquimista que alguna vez asistió al maestro Zynéf. Sofía comenzó a descifrarlo y pasaba días enteros en su escritorio, comparando pasajes, releyendo páginas, decodificando símbolos. Su salud comenzó a desmejorar. No comía al mediodía y a la noche era necesario discutir para arrancarla de su escritorio en pos de la cena. Dormía mal y a menudo tenía pesadillas que no me contaba. Cuando estábamos juntos se sumergía en largos silencios con la mirada ausente. Nunca me trató mal, pero sus gestos estaba cargados de tristeza. Recién ahora (tarde) descubro cuáles eran sus motivos.
Un día desperté de madrugada y ella no estaba en la cama. La hallé sentada en su escritorio. Cuando me vio, se frotó los ojos cansados y sólo dijo:
-Vamos a tomar un café. Tenemos que hablar.
Preparó café y nos sentamos en las sillas altas junto a la mesada de la cocina. Estaba pálida y ojerosa, pero yo la veía más hermosa que nunca. Bebí sus palabras. Dijo que lamentaba lo que estaba sucediendo entre nosotros pero la investigación la absorbía cada vez más. Sabía que se estaba acercando a destino, que lo que siempre había buscado estaba allí. Que Zynéf había dado con la Puerta.
-¿La Puerta?- murmuré sin comprender.
Entonces ella me explicó que entre todas las formas de la realidad, entre todos los mundos que existen, hay pasajes que comunican a unos con otros: puertas. El error más común de la gente es pensar que esos fenómenos sólo pueden darse en determinados lugares físicos. En esta dimensión estamos atados a la materia, quizás en otras no. La Puerta puede ser un lugar en el espacio, pero también un lugar en el tiempo. Acaso, un lugar en la conciencia. La muerte podría ser una de esas puertas. Muy pronto se darían condiciones estelares sumamente particulares. Cómo saber si con el conocimiento necesario no sería posible cruzar a otra dimensión desde esas mismas sillas. Ella estaba segura de que era posible. Sus ojos iban cobrando un brillo que me asustaba. Hice una pregunta y al instante me arrepentí de haberla formulado.
-¿Qué pasaría si pudieras abrir una de esas puertas?
Ella ni siquiera dudó (creo que es esa seguridad lo que le reprocho, como es esa sinceridad lo que le agradezco).
-Haría lo que he querido hacer toda la vida: cruzaría.
Seguro oyó que mi corazón se resquebrajaba y agregó:
-Pero tengo miedo de no poder gobernarla. No sé si tengo los conocimientos suficientes. Tal vez sea una aventura irracional iniciar esto. Podría quedar abierta en el tiempo o en el espacio. Quizás se cierre repentinamente.
Apenas susurré:
-¿Y si eso sucediera?
-No lo sé.
Entonces supe que me había mentido por primera vez.
Esa noche tuve un sueño tremendo: En la más cerrada de las tormentas yo caía rodando por la ladera de una colina. Miraba hacia arriba y veía a Sofía, que alargaba sus brazos para ayudarme a subir. Pero cuando más me esforzaba por alcanzarlos más abajo resbalaba. Y caía, y caía. Desperté gritando, bañado en sudor, y ella me envolvió en la paz de sus besos. Me dormí al calor de su sonrisa.
Al día siguiente ella desayunó conmigo, lo que sucedía muy rara vez. Había una tristeza tan dulce en sus ojos que me fui al trabajo acongojado. Cuando regresé, había flores en la mesa y una cena suculenta. Ella estaba preciosa. Todo estaba tan prolijo y ordenado que me sorprendí. Sofía no era una mujer desordenada, pero su trabajo le insumía tanto tiempo que solo le dedicaba a la casa lo imprescindible. Ese día realmente se había ocupado de todo. Comimos, bebimos, charlamos y bailamos un poco; y noté mejor su aspecto y más clara su sonrisa. Cuando fuimos al dormitorio vi que el escritorio estaba acomodado y el viejo libro reposaba cerrado. No quise preguntar. Hubiera roto el hechizo de esa noche. Nuestra última noche.
Como intuyendo la inmensa y enloquecedora tristeza que me aguardaba, aquella noche bebí de su piel el más embriagante de los licores, y sus murmullos alimentaron mi hambriento corazón; me abrigó entre sus piernas del frío de la noche y de la vida. Sin embargo, las estrellas nos envolvieron con el más extraño de los brillos, como si un ojo perverso se abriera en el firmamento y no pudiéramos ocultarnos de su mirada.
Esa noche tuve otro sueño terrible; un sueño que no puedo recordar. O tal vez no quiero hacerlo. Quizás fue un anuncio de esto que ahora vivo. Sólo sé que me sacudí en la cama y grité como un demente. Busqué a Sofía como se busca el puerto en la tormenta y no fue más que para volver y volver a gritar. Algo se quebró en mí entonces. Temo que haya sido la cordura. Quisiera creer que todavía estoy soñando, pero ya no está ese halo seguro y protector anunciando que alguna vez llegará la mañana; ha desaparecido y no queda sitio dónde ocultarme. Esta es la realidad. Sin embargo ya no sé que es lo que eso significa. No sé como definir la realidad, no comprendo la naturaleza de lo que ocurre. Sofía era buena para las explicaciones pero ya no está aquí para ayudarme.
Sofía no está aquí. En su lugar una gran mancha de sangre oscurece las sábanas. Una silueta que imita las curvas del cuerpo de mi amada. Una sangre muy roja, todavía caliente, con la que he cubierto mis manos en la desesperación de buscarla a tientas en la penumbra.
Llegó la mañana y me halló de rodillas frente a la mancha. Sentía los músculos agarrotados pero tenía miedo de moverme, sentía que la locura me acechaba, que estaba justo detrás de mí como un felino agazapado listo para devorarme. No quería comprender, no quería saber. Me repetía aturdido que debía conservar la calma, que pronto despertaría, que una a una las piezas irían hallando su lugar en este macabro rompecabezas. Pero las horas fueron cayendo sobre mí, sofocándome en la angustia de saberme despierto... ¿Dónde estaba ella? ¿Qué le había pasado? ¿Qué me estaba pasando a mí? No tenía el valor de hacerme esas preguntas.
Me vestí y salí de casa para el trabajo. Caminé como un sonámbulo pensando que era un sueño, que debía seguir adelante y pronto despertaría. ¿Qué estaba haciendo? Debería haber gritado, debería haber pedido ayuda, debería haber buscado a alguien que me ayudara a encontrarla. Pero caminaba sin alzar la vista, con las manos en los bolsillos, temiendo mirar atrás.
Sobre pasos de memoria llegué al trabajo, y de pronto recordé a Darío, mi mejor amigo, acaso el único que conservaba aún. Él me ayudaría; seguro que sí. Por eso lo busqué sin perder un minuto, y le que lo necesitaba, que algo le había pasado a Sofía, que había desaparecido, que ni siquiera sabía cómo buscarla. En ese momento sucedió algo increíble: Me preguntó de qué Sofía hablaba. Reí pensando que bromeaba, golpeado por la sorpresa. “Sofía, la única Sofía, mi esposa”, respondí. Y entonces preguntó cuándo me había casado, cómo no había dicho nada. Me enfurecí y lo tomé por el cuello de la camisa, diciendo que no había tiempo para pavadas, que él había sido el padrino. Se sacudió de mí, me miró alarmado, con tristeza, me llamó hermano, me preguntó qué me pasaba, si me sentía mal. Salí de allí huyendo.
Caminé a casa sumido en una sensación de ahogo. En el camino crucé a otras dos conocidas y me apresuré a interrogarlas. Nadie más que yo parecía recordar a Sofía, saber de su existencia. Pero vi que una ellas llevaba un colgante que Sofía le había regalado. No pregunté nada más y me alejé a prisa notando que todos me miraban extrañados con esa mezcla de temor y lastima con la que la gente mira a un lunático.
La casa estaba en silencio. Todo permanecía en su sitio. Todo. Los libros, las cosas de ella. No faltaba ni un solo vestido. Era como si hubiera salido a hacer las compras y pudiera entrar por esa puerta en cualquier momento. Todo estaba intacto, y de algún modo esa incongruencia aumentaba la sensación de irrealidad.
Desordené la biblioteca en busca de las fotos. Aquellas que yo alguna vez le había tomado y en las que Sofía aparecía sin mí, estaban iguales pero sin su imagen; aquellas en las que nos fotografiaron juntos simplemente no estaban: los portarretratos vacíos, los álbums desiertos.
Nunca fui un buen dibujante, pero en aquellas horas amargas poblé las paredes con cientos de retratos de ella; acaso temiendo que las líneas de sus rasgos huyeran de mi memoria.
Deambulando por la casa envuelta en blanda penumbra, trataba de comprender el enigma de su ausencia, y entonces la vi detrás del reflejo de un espejo. Por un instante vi un mundo distinto, la vi detenerse a mirarme y acercarse al espejo. La vi desnuda como la había abrazado por última vez en nuestra cama. Ella simplemente apoyó la palma de su mano sobre el cristal, como si quisiera sentir la mía, y sonrió antes de desvanecerse.
Tengo que creer en todo lo que veo y en todo lo que siento, o se quebraría mi frágil equilibrio y debería aceptar que he enloquecido; estoy seguro (quiero estarlo) de que no es así. La vi y ella estaba allí. Estaba viva, estaba bien. Me sentí tan aliviado que no pude pensar en nada más.
Salí al jardín y corté una rosa blanca como las que solía regalarle. Pasé horas contemplándola. Cuando me venció el cansancio, me acurruqué en la cama y puse la rosa sobre la mancha. La sangre aún estaba fresca. Me dormí cobijado por cientos de Sofías sonrientes, que me contemplaban desde la pared.
Cuando desperté por la mañana, había sucedido algo increíble; algo que podría, por su importancia, llenarme de felicidad o de angustia. Quiero pensar que me acercará a ella y por lo tanto me colma de esperanza: La rosa blanca ya no estaba cuando desperté. La busqué desesperado pensando que quizás estaba confundido, que la había dejado en otro sitio, y fue sólo para descubrir que faltaban otras cosas que le pertenecían a Sofía; cosas muy preciadas para ella. Algunos de los retratos de la pared ya no estaban, otros se iban desvaneciendo, hasta que sólo quedaban páginas en blanco. Comprendí lleno de gozo que tenía en mis manos la respuesta.
Esperé durante horas frente al gran espejo labrado, aguardando el momento en que ella apareciese. Fue tan sólo un instante, pero pude ver lo que en verdad era importante. Tenía en sus manos la rosa blanca y sonreía. Fue suficiente. Corrí a mirar la cama. Yo había ensuciado de sangre la sábana superior y el cubrecama en la desesperación de buscarla a tientas; esa sangre se había secado. Pero la mancha sobre la sábana inferior y la almohada aún describía con precisión las curvas exactas del cuerpo de Sofía. La mancha no se había ensanchado o deformado, seguía siendo exactamente igual; aún estaba fresca, aún estaba tibia.
Ya ha caído la noche. Faltan otros tres libros suyos y dos esculturas; casi todos los retratos de la pared han desaparecido. Despegué el más pequeño y lo sostengo enrollado. Poco a poco su perfume ha ido palideciendo y ya casi no lo percibo. No hay para mí sitio ni estrella si no podemos estar juntos. Parece ser que soy el único que todavía la recuerda; tomo eso como una señal, me aferro a eso como a una prueba fundamental de nuestra unión verdadera. Es extraño como pasa todo. Nadie la recuerda pero su influencia en ellos sigue estando presente... No es como si nunca hubiera existido, sino como si ella (ella y no su obra) desapareciera de pronto y fuera desterrada de las memorias. Su nombre, su rostro, su cuerpo; pero no su valentía, ni su generosidad, ni su dulzura. Acaso los demás han perdido lo menos importante, pues la verdadera Sofía sigue estando con ellos. Pero yo no he olvidado nada, y ella debe estar esperándome; dondequiera que esté, me necesita tanto como yo a ella.
Escribo estas líneas para que en algún sitio conste nuestra historia; aunque si tengo éxito en lo que me propongo quizás mañana nadie recuerde nuestros nombres ni el hecho de que alguna vez existimos. Esta noche me dormiré sobre la mancha, sobre el último lugar de esta tierra en el que ella estuvo. Tengo motivos para creer (acaso sean fruto de la necesidad brutal que tengo de hacerlo) que hemos de volver a estar juntos, sea cual fuere el camino que debamos seguir para lograrlo. Espero que sea así, pues para mí no existe vida sin ella.
Que Dios me proteja, creo que he de iniciar un viaje sin retorno.
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