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Relato Fantástico: ¡Deseo..! II
El tiempo en Washi ha trascurrido, ahora Ren gobierna, pero la diablesa, sedienta de venganza, sigue sembrando terror y desolación a su paso, además de volver a ser invocada. ¿Conseguirá engañar a aquellos que piden su ayuda desesperadamente..?
Por Lucía González Lavado

Relato Fantástico - ¡Deseo..! II
La lluvia azotaba la estructura. El interior del Palacio estaba húmedo, sombrío y destrozado.
Ren, con la mirada perdida, ocupaba el trono que en su día perteneció a Gentaro Yuki. Hacía cuencas de su derrota; desde entonces ella dominaba Washi, pero la tarea en sí se le hacía aburrida.
La diablesa se desperezó, dio un salto y salió al balcón desde donde divisaba sus terrenos. Todo era desolación, tristeza y muerte. La brisa llevaba consigo el olor a podredumbre, pólvora y hubo una pequeña explosión. Tras los montes que obstaculizaban su vista vio una nube de humo negro. Los aldeanos aún se resistían al control de sus esbirros.
Lanzó un largo suspiro, se giró quedándose apoyada en la baranda, contemplándose a sí misma. Sin duda los meses de tranquilidad, buena vida y cuidados de las criadas la habían embellecido. Ya no vestía su andrajoso kimono azul, sino prendas más delicadas, que marcaban más su sensualidad, encantos y belleza.
Lucía un corto kimono rojo con aberturas a ambos lados que mostraban sus esbeltos y pálidos muslos. Se cerraba en el lateral izquierdo y después la prenda se partía mostrando un exagerado escote. Sus implacables cuernos seguían rompiendo en su pálida frente y su cutis permanecía blanco como la porcelana.
Ahora que era la señora de aquellas tierras lucía algunas joyas, como un plateado brazalete en su brazo derecho, en el que llevaba grabado un fénix. Sus largos mechones negros brillaban como nunca, llevaba algunos adornados con pequeños anillos de diferentes tonos, que daban más luminosidad a su cabello.
Con otro amargado suspiro se giró al ver otra explosión, ésta, sin duda, más cerca; el humo se alzaba por encima de las cañas de bambú. La que en su día fue su aldea había sido atacada; los lugareños se habían defendido con pólvora. Tal vez la mayoría habría caído, nada aplacaba a sus bestias y todo era debido a ese hombre que había marcado su destino, y al parecer seguía haciéndolo. Si el Emperador hubiera aceptado su pacto, esa gente no estaría sufriendo, en realidad su dolor la acribillaba como un puñal.
Repentinamente las puertas se abrieron. Ren alzó su katana al instante, encontrándose ante un grupo de varios hombres armados. Desde que reinara, esa circunstancia se había repetido tantas veces que ya formaba parte de su rutina. En un principio los duelos resultaban excitantes, pues la atacaban samuráis e incluso ninjas, ahora no eran más que campesinos. Aun así, tal vez, si veía sus cabezas rodar, su aburrimiento e incontrolables pensamientos de debilidad se esfumaran, por lo que corrió hacia ellos. Cual fue su sorpresa cuando la avalancha de hombres que la iba a embestir se paralizó. Inevitablemente la mujer rió; volvía a ser invocada, y tras formarse su sino bajo ella desapareció.

Lian, la joven Emperatriz, escuchaba consternada la reunión de su padre con los gobernantes de los reinos contiguos. No hacía mucho las circunstancias en el dominio de Fu-han se había vuelto caótica. Su hermano, el futuro Emperador, junto a Shao, su prometido, habían sido secuestrados por el ejército del reino rival: Hiro.
Ahora, un emisario del Emperador Uchiha Eiri, notificaba sus condiciones a los presentes. Dejarían libre al joven Kai si les entregaban sin guerras y derramamientos de sangre su pueblo y las regiones colindantes. Pero sus exigencias no acababan ahí pues exigían que la Emperatriz se casase con Uchiha Eiri.
Lian quiso gritar de frustración, ira, pero su protector, Feng, cubrió sus labios para no ser descubiertos.
La pareja contempló como el padre de Lian no dudaba un instante y a los demás gobernantes les exigía rendirse al reino rival sin objeciones, pues no quería ver muerto a su hijo, aunque al parecer Lian no le importaba.
La reunión se demoró bastante, finalmente los hombres fueron abandonando el lugar tras firmar el acuerdo, quedando a solas a Dewei, padre de Lian. La joven únicamente veía que a su progenitor no le importaba lo más mínimo que fuese entregada a un ser despreciable, ni tan si quiera su reino, con tal de tener junto a él a su hijo. Sin embargo, Feng veía más allá, pues la furia no le cegaba. La amistad entre Dewei y el consejero del reino rival resultaba alarmante, como si se conocieran, no fueran enemigos y trazaran un plan. Inevitablemente el muchacho recordó rumores que había escuchado de los guardias durante las últimas cuencas, e incluso palabras de Kai, el joven Emperador, cuando a veces velaba por él al recibir sus baños. Quería escuchar más, pero Lian no.
Lian estaba enfadada; ella no era más que mercancía con la que jugar y arrastrando sus galas de seda abandonó su escondite. En todo momento fue seguida por un silencioso Feng, si se hubiese vuelto a mirarle habría contemplado su dolor y su amargura en su bello y joven rostro.
La pareja se deslizó por los estrechos pasadizos de Palacio, hasta llegar a la entrada de los jardines que mostraban toda su belleza pues los cerezos habían florecido y sus pétalos ondeaban con el viento.
La joven Lian se fue desprendiendo de sus galas. Lucía un clásico kimono compuesto por infinidad de brillantes colores. La cubría por completo y un obi amarillo se cerraba sobre su cintura. Al desprenderse de él dejó ver una ceñida camisa verde de corte oriental, cerrada con cordones blancos que una vez en la cintura se dividía en dos partes, como si de una falda se tratara, con aberturas amplias que le hacían moverse con agilidad. Sus pies iban embutidos en zapatillas blancas e iba armada. En su muslo llevaba anudados dos kunais, mientras que un ninjato descansaba en su cadera. Con extrema agilidad trepó a los cerezos llegando a la muralla, burlando a los guardias, siendo al fin libre. Pero cuando pensaba continuar una fuerte mano se cerró sobre su muñeca.
Feng era su protector, quien debía velar por ella, para que no escapara o corriera peligro. Era un hombre fiel a su padre, que se jugaría la vida por salvaguardarla pero Lian tenía mucho en juego, y aunque Feng era rápido, al igual que muchos, la había subestimado y colocó la afilada kunai bajo la garganta del hombre. Era joven y bello, con una larga melena negra que caía sobre sus hombros. Lucía un bonito pendiente verde en su oreja izquierda y prendas galantes que resaltaban su musculatura y la anchura de sus hombros. El rojo le sentaba bien, pensó Lian al mirarlo, sin poder evitarlo. Ese hombre llevaba con ella desde que era una niña; resultaba ser solo un par de años mayor, pero hasta ahora, quizá por la cercanía, no había deparado en lo cambiado que estaba. Lucía una camisa carmesí de corte oriental, con algunos cordones desabrochados, mostrando un desnudo pecho; la manga izquierda estaba cortada de manera irregular, quizá fruto de algún combate por protegerla, dejando al descubierto su brazo en el que llevaba tatuado un dragón en tonos verdes y azules que se enroscaba hasta su muñeca. El resto de su camisa mostraba un aspecto impecable. Sus pantalones eran negros, ceñidos a sus fornidas piernas y las botas, también rojas le llegaban hasta la espinilla.
Las miradas de la pareja se cruzaron. Los ojos avellana de Feng se fijaron en los rubíes de Lian, desconcertándola el tiempo suficiente como para girarla, rodearla por los brazos y situar bajo su garganta un afilado puñal.
—¡Lo siento, Emperatriz, pero debo obedecer las ordenes de su padre!
—¡Basta ya, Feng!—gritó, librándose de su aprisionamiento y plantándole cara—.¿Acaso no has escuchado las mismas palabras que yo?, ¿eres consciente de que deberé casarme con Uchiha-sama en lugar de con Shao?
—Quizá vuestra suerte sea mejor con él que con el general Zhang—replicó, mientras la seguía—. ¡Estás ciega, Emperatriz, ciega de amor!
—Déjalo ya, Feng, estamos fuera de Palacio, puedes llamarte Lian y me irritan tus sentimientos de odio hacia Shao. Sé que él te causó la grave herida de tu brazo derecho, por la que debes velar por mí, en lugar de pertenecer a la guardia imperial, pero debes recordar que él será mi marido por lo que le respetarás.
—Estás ciega, Lian, ¿cómo no te das cuenta de que clase de persona es? Pero me da igual, yo solo estoy aquí para cumplir las órdenes de tu padre, y por ello te llevaré a Palacio aunque deba arrastrarte.
—¡Eres un cobarde! Voy al rescate de mi hermano y mi prometido y osas huir. En verdad cuando Shao te hirió, no sólo te impidió defenderte con la espada sino que te arrebató todo ápice de valor—gruñó y Feng no le replicó—. Sé que algunos hombres de mi padre han irrumpido en los Reinos Hiro encontrando la muerte, pero yo no moriré porque invocaré a un demonio.
—¡Oh, Lian!, ¿vas a arriesgar tu vida o sólo Buda sabe que más por salvar la de Kai y Shao?
—No únicamente por eso, sino por la libertad de nuestras tierras, nuestro pueblo. No dejaré que Uchiha-sama gobierne.
—Casarte con él es lo mejor que podría pasarnos a todos, pues gobernarías. El Emperador es un buen hombre, al contrario que tu padre, tu hermano y tu prometido.
—¡Hablas del hombre al que debes tu vida, Feng! Medita tus palabras pues estás acusando a mi hermano y padre.
—Son escoria, Lian, escoria, e invocar a un demonio no será la solución. Creo... creo que te están traicionando, que hay mucho más en todo esto que no vemos. El Emperador del reino de Hiro siempre ha sido un hombre de palabra, calmado. Yo he estado muchas veces en su presencia. Lian, sus reinos son más pequeños que el nuestro y su ejército mínimo. Ocurre algo que ignoramos pero de lo que estoy seguro es de que Uchiha-sama no habría sido capaz de raptar a tu hermano y con ello declarar la guerra a las demás poblaciones.
Lian comenzaba a irritarse. Al fin durante esa larga y calurosa conversación se detuvo, aunque nada le haría cambiar de opinión. Hasta ahora su cabello estaba recogido en un protocolario moño, algunos mechones caían sobre su nuca, unos trenzados y otros enroscados en aros plateados. Con fuerza deshizo todo ese entuerto dejando su melena negra ondeante, recogiendo algunos cabellos a ambos lados, en dos graciosos moños, adornando algunos mechones con las joyas. Finalmente hizo frente a Feng.

Relato Fantástico - ¡Deseo..! II
—Eres mi cuidador. Hasta ahora nunca te he tratado como si fueras un esclavo, sino un igual. Con o sin tu ayuda invocaré al demonio para que todo siga como hasta ahora. No me gustaría humillarte, Feng.
El hombre, orgulloso, gruñó. Se cruzó de brazos optando por ayudarla.
La pareja deambuló por el bosque hasta casi abandonarlo, encontrándose con la frontera con el reino de Hiro. Tras buscar refugio, pues el primero de los soles ya se ocultaba, comenzaron a trazar el sino de invocación.
Feng quería impedir poner en peligro la vida de la Emperatriz, incluso ser él quien invocara al súcubo, pero ella se negó pues su deseo no sería tan intenso como el suyo. Por ello, una vez tomó asiento, comenzó con el ritual. Había estudiado durante días la lengua de los diablos; lo había meditado pues sabía de su naturaleza engañosa pero su querido hermano y prometido llevaban prisioneros desde hacía dos semanas. No le quedaba otra opción.
Respiró hondo, pronunció las palabras y esperó. Al ver que no sucedía nada lo repitió varias veces, hasta quedar extenuada, logrando al fin el destello rojo.
Cuando abrieron los ojos una diablesa les esperaba. La pareja se sorprendió por encontrarse ante una mujer aparentemente normal, sino fuera por sus cuernos.
Lian la miró sorprendida, en parte con admiración, pues esa joven desprendía valentía, coraje y gran fuerza.
Ren tendió la mano a Lian ayudándola a ponerse en pie.
—¡Una chica!
—Emperatriz, en realidad—interrumpió la joven.
—Muy bien, joven emperatriz—añadió, haciendo una reverencia—. Espero que no me hayáis invocado por mero capricho o aburrimiento pues me temo que os arrepentiréis.
Lian se asustó y al instante se encontraba protegida por Feng.
La diablesa dibujó una mueca aburrida; se encaminó posando su mano sobre el pecho del hombre haciendo que una descarga le recorriera y provocando que cayera al suelo.
—Y bien, niña, cómo puedes ver no me ando por las ramas, ¿qué quieres?
Lian le explicó en pocas palabras, con un ligero tartamudeo, lo sucedido y las circunstancias actuales. Inevitablemente el ceño fruncido de Ren fue cambiando y su mente comenzó a trabajar con rapidez, hasta volver a ser interrumpido por Feng, ya repuesto.
—Por favor, deje que sea yo quien cargue con las consecuencias del deseo de mi Emperatriz... se lo ruego. Ambos conocemos la naturaleza engañosa de los suyos...
—Feng... —interrumpió Lian.
—¡Déjame terminar, Lian! Ya sé que no sirvo como guerrero imperial pero soy tu protector, al menos deja que cumpla para lo único que valgo... Ya te lo he dicho, cuanto estás haciendo es una locura pues en realidad no conoces ni a tu hermano, a tu prometido o tu mismísimo padre, ¡son todos unos desgraciados!
La chica pensaba hablar pero Ren alzó la mano poniendo orden.
—Aunque no lo creáis, mi tiempo es limitado, pues al ser invocada me habéis interrumpido cuando unos míseros granjeros irrumpían en mi Palacio. Así pues debo acabar con esto pronto—añadió de manera tajante—. Podéis llamarme Ren, y chico, siento decirte que solo puedo hacer el trato con quien me ha invocado.
Lian dio un paso más.
—Mi deseo es simple y claro. Amo a Shao, quiero a mi hermano, además de el bien por mi gente, y no me hago a la idea de que me entreguen a ese hombre... no, no puedo. He leído muchas historias sobre vuestra gente, los engaños y no soy estúpida, Ren. Sé que de una manera o de otra me vas a hacer daño, probablemente me quites la vida; pero no me importa mientras la situación vuelva a ser la de antes.
—¡Maldita sea, Lian!—gritó Feng enfadado—. No puedes sacrificarte por el general ni los demás. No se lo merecen. Durante años has sido una niña encerrada en una jaula, sin ver nada de lo que te rodeaba, pero si hay riñas entre los dos reinos es debido a tu hermano, tu prometido y gente como ellos.
—¡Déjame sola, Feng! Vuelve a Palacio.
—No Emperatriz, no voy a volver. Como hace poco me recordaste, ya no nos encontramos en tu hogar por lo que te obedeceré si quiero y vas a saber la verdad. La guerra entre los dos reinos comenzó debido a Kai y sus leales hombres, quienes decidieron aprovecharse de la amistad del reino rival para violar a sus mujeres, burlarse de sus costumbres y más hechos que ni si quiera voy a comentarte. Si la guerra empezó es debido a esos por los que quieres dar tu vida. Es más, no creo que exista una ofensiva pues Uchiha-sama no puede permitírselo
Lian tenía los ojos enrojecidos, pero no le importaban las palabras de Feng, sino ver cumplido su deseo y cerró el trato con Ren.
Al instante emprendieron el viaje en silencio.
Para Ren fue agradable ver un mundo iluminado por dos soles. Su primer atardecer fue bello, aunque más impresionante el segundo, que dio paso a una oscura y profunda noche.
La diablesa sabía que no se encontraban solos, los guardias les seguían, y varías trampas les esperaban. Repentinamente Lian quedó atrapada en una red colgada a unos metros del suelo mientras que a Feng le lanzaron desde un árbol otra red sujetada con grandes piedras, dejándolo aprisionado.
Ninguna luna asomaba, por lo que Ren forzó la vista, a tiempo de evitar una aguja que ligeramente rozó su brazo. Al instante el veneno paralizador hizo efecto, pues su brazo se quedó rígido. La diablesa gruñó enfadada, provocando que haces de energía salieran de su cuerpo iluminando el lugar por unos instantes, pudiendo ver a sus enemigos. Éstos se lanzaron sobre ella; recibió golpes, patadas que la hicieron sangrar; algo en aquel lugar la hacía sentirse débil. Iba a perder el conocimiento cuando gritó furiosa.
Todo el cuerpo de la diablesa se iluminó. Esa descarga penetró en sus contrincantes que gritaron hasta que sus cuerpos se chamuscaron. Ya liberada, Ren, libró a la Emperatriz y su compañero. Continuaron para luego hacer un alto. Habían llegado a cruzar parte de la frontera, escalado sus rocosas montañas, casi habían llegado a la superficie pero Lian ordenó parar. En la cueva que estaba a una gran altura, la Emperatriz extrajo el veneno de la diablesa y descansó.

El silencio reinaba en la pareja. Mientras que Lian dormía, Feng se había apostado en la entrada de la cueva, divisando el gran vació ocupado por la niebla, mientras que Ren estaba sentada junto a la chica. Aburrida se puso en pie, se detuvo junto a Feng, quien le lanzó una mirada fulminante, para volver luego a sus quehaceres, ignorándola.
La diablesa se dejó caer sobre su cuerpo y divertida mordisqueó su garganta, aunque se sorprendió cuando fue apartada bruscamente. La mujer coqueteó, liberándose de sus brazos, volviendo a frotarse contra él.
A Feng le costaba liberarse de la diablesa. Su olor a jazmín le enloquecía; adoraba sus curvas femeninas, perfectas, sugerentes, aprisionadas contra él. Sus caricias eran ardientes pero haciendo acopio de sus fuerzas la apartó de él. Pero ella insistió. Tomó sus manos y las guió por su cuerpo, por sus muslos, firmes y suaves. Esa mujer apenas llevaba ropa bajo el vestido, pensó Feng al tocar sus nalgas desnudas. Se sentía enloquecer pero miró a Lian, tan bella, tranquila e inocente a todo cuanto ocurría. Era a ella a quien quería y entonces la apartó.
—¡No juegues conmigo Ren!
—¿Por qué no?—preguntó coqueta, aprisionándose más contra su erección—.Los dos lo estamos deseando—añadió pero al ver la mirada fulminante del hombre se alejó, dejándose caer en la pared contraria. Ya más tranquilos le lanzó a Feng la aguja que se incrustó en su brazo— . Si te fijas bien lleva por símbolo un tigre. Dime, Feng, ¿a qué bando pertenecían los hombres que nos han atacado?
—Al padre de Lian.
—¿Conspiración?
—Me temo que sí. No puedo asegurártelo Ren, pero creo que todo es una farsa, la actitud de mi Emperador esta mañana frente a los demás gobernantes me parecía sumamente extraña. Quizá todo sea simulado y haya trazado un maquiavélico plan para hacerse con Hiro y las demás poblaciones sin derramamiento de sangre.
—¿Qué es lo que has visto?
—El Emperador Dewei fue un buen gobernante, aunque está cambiando, el poder le ciega, quiere más, más, todo para él y su hijo. Y además sin perder a sus hombres. Aunque debo confesar que son conjeturas.
—Comprendo, ha engañado a las demás regiones, las que eran libres ahora son suyas—aclaró y Feng asintió—¿Qué me encontraré en el reino continuo? ¿Tiene tu señor bajo su mando algo más que hombres? No hace mucho tuve que enfrentarme a un hechicero.
—Sinceramente, puede que encontremos algo inusual en la aldea situada antes de Palacio. Fue masacrada cruelmente y los cuerpos de sus habitantes colgados de árboles para advertir a las demás poblaciones, quienes, como comprenderás, no opusieron resistencia... Debería preocuparte pues sus almas errantes no descansan en paz. Por lo demás, únicamente nos encontraremos guerreros.
—¿Y por qué entregar Lian al Emperador de Hiro?
—Si mis conjeturas son ciertas, todo acabaría por descubrirse, pues Dewei reclamaría lo último que se le ha negado desde nacimiento, Hiro, el reino más rico en perlas, marisma además de gozar con las comunicaciones de los restantes países—Hizo una pausa—. Lian es justa, se volvería en contra de su padre para entregar a los habitantes de Hiro las tierras que se les está robando. A su prometido, Lian, no le importa; es la mano derecha de Kai, tiene una buena posición, no querrá a su lado una mujer que únicamente le provocará quebraderos de cabeza.
—Habla claro, Feng, las consecuencias podrían ser peores si desconozco parte de la verdad.

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Feng lanzó una larga mirada a Lian; dormía, y con grandes zancadas llegó hasta la diablesa, acorralándola, colocando cada uno de sus brazos a su alrededor. Susurró a su oído.
—¡Estoy seguro de que todo es una farsa! De ahí mi interés por ofrecerte mi vida. Lian se decepcionará mucho cuando lleguemos a Palacio.
—¿Por qué?
—Apostaría mi vida porque quienes ella cree prisioneros, en realidad, no lo son. Yo siempre vigilaba a Kai mientras recibía sus baños, e inevitablemente bebía en exceso el sake obsequio del Reino Hiro... A veces hablaba demasiado.
Feng pensaba continuar pero en ese instante Lian despertó y con agilidad se dirigió a los demás.
—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo?
—Únicamente hablábamos de Uchiha-sama y de lo que tu historia me recuerda a la mía—habló Ren—. No siempre fui una diablesa; cuando cumplí trece años mi familia me vendió a Gentaro-sama, el Emperador de Washi, mi mundo, por un saco de arroz, ¡Dioses, un saco de arroz!—exclamó amargamente—¿Para qué sirvió mi sacrificio? Para nada. Mis cuatro hermanos pequeños murieron a los pocos meses y después les siguió mi madre. Yo fui entregada a ese bastardo, del que acabé enamorada, por quien me convertí en diablesa, y al que no hace mucho corté la cabeza, carne putrefacta ha caído de la pica en que lo incrusté poco tiempo atrás.
Se hizo un espeso silencio, interrumpido por Feng.
—Siento mucho tu historia, Ren, pero a Lian no le ocurriría nada de eso. No puede admitir que con Uchiha-sama será bien tratada y cuidada. Sé que es duro no estar con la persona amada, con el tiempo le apreciarías. En cambio, con el general solo sufrirás desdichas—gritó, rompiendo la manga que cubría su brazo derecho.
Mostraba quemaduras, además de protuberancias, su imagen dolía y únicamente sus dedos parecían perfectos, aunque no tenían la fuerza necesaria para empuñar una espada. Por ello Feng intentaba ejercitar el brazo izquierdo.
Lian se quedó estupefacta. Una punzada de dolor la atravesó pues Feng era su amigo, lo quería con locura; sentía su sufrimiento, ella fue su único apoyo cuando fue expulsado de la guardia, y cuando su familia le dio la espalda. Llegó un momento en que no era nadie, y ella, pidió, suplicó a su padre para que Feng fuera su protector. El Emperador dudó pero finalmente aceptó.
Ahora al fin contemplaba aquello que Shao le había provocado, sin duda alguna, no era un accidente como él le dijo... Quizá Feng siempre hubiera contado la verdad, él estaba a punto de convertirse en general cuando una noche Shao y él se perdieron. Al día siguiente los dos aparecieron, Feng, inconsciente sobre la montura del ahora general.
Los pensamientos de la chica fueron interrumpidos por Ren que le pidió que siguieran.
Debieron de escalar unos metros más; cuanto más lo hacían el frío era más gélido y el oxígeno menos respirable aunque todos los pesares quedaron olvidados una vez en la cima. Desde ésta contemplaban parte de la extensión del reino vecino.
Su frondosidad era espesa; atisbaban pequeños núcleos de llamas concentradas, pequeñas aldeas, y muy en la lejanía el palacio intensamente iluminado. Pero antes de éste una gran oscuridad asomaba con un desconcertante poder; la población que fue masacrada.
Mientras descendía Feng habló de otra posibilidad con tal de ignorar la aldea pero a la diablesa, el riesgo de adentrarse en el bosque no la convencía, pues estaría lleno de soldados, e inevitablemente, el lugar al que había ido a parar no le agradaba. Quizá fuera Lian, quien le recordaba a ella, o que en parte, veía una salida a la vida que se había buscado. Lo que sí era cierto es que no se encontraba en plenas facultades por lo que optó por cruzar la población, pero la amenaza de Feng fue clara. Lo que encontrasen allí venía de un lugar parecido del que provenía ella, o peor, puede que sus habilidades no fueran útiles.
Aun así la diablesa se negó.
Una vez en la aldea Lian se amarró con fuerza al brazo lesionado de Feng. El pueblo estaba quemado, el olor a podredumbre resultaba nauseabundo. Había cuerpos colgados en los árboles, chamuscados en otros y cadáveres en sus casas.
La Emperatriz ansiaba conocer que había pasado, aunque ahora que descubría más cosas sobre su hermano y Shao, una extraña idea rondaba su mente.
De repente todos se detuvieron. Una viscosa masa negra ocupaba diferentes zonas del poblado. De repente el aire se volvió más viciado y extraños sonidos inundaron la noche. Arañazos, gemidos, hasta que a su derecha, bajo la casa contemplaron una mano carente de varios dedos y afiladas garras.
Ren pidió a la pareja que se marcharan; corrían cuando de repente un engendro saltó sobre Feng haciéndole caer. El monstruo de piel oscura y arrugada, con aparente aspecto de hombre, incrustaba sus largas pezuñas en su cuerpo.
Lian saltó encima de la criatura, situó su kunai bajo la garganta llegando a degollarlo. La pareja respiró tranquila pero un pegajoso liquido negro se cerró sobre el tobillo de la joven arrastrándola bajo una de las casas.

Ren caminó hacia la criatura. Sus contorsiones le revolvían el estómago; cada crujir de su hueso era como si ella misma lo recibiera pero pronto estuvo ante una mujer, deformada, con protuberancias por todo su cuerpo, que vestía un gastado yukata ocre. Su rostro mostraba arrugas, cortes sangrantes, y antes de que la diablesa pudo impedirlo el engendro saltó encima de ella. Después varios más, que con gemidos salieron de la oscuridad, e incluso cobraron vida en sus colgaduras, llegando hasta Ren.

Feng corrió tras Lian, anduvo por el sótano, sin encontrar nada de ella. Todo estaba oscuro, no oía nada, cuando de pronto una trampilla se abrió sobre su cabeza y manos deformes tiraron hacia arriba ocupando una sala de suelo de madera. En un rincón estaba Lian, con su kunai, rodeada por tres criaturas vestidas con ropas raídas, cuerpos azulados e incluso algunos con zonas amputadas de su cuerpo, mientras que él se encontraba aprisionado bajo algunos más.

Ren saltó por encima de los engendros echando a correr. Iba arrastrando el filo de su katana, cuando de pronto se giró, contemplando a sus enemigos e incrustó la espada. Por donde había trazado la línea comenzó a brillar hasta que una gran descarga desbordó parte de la aldea. Aun así, los seres se agitaban, pero no parecían causarles la muerte por lo que la diablesa fue en busca de la pareja.

Lian incrustó su arma en el estómago de una de las criaturas. Ésta, de deformado rostro, y cavidades oculares vacías, le sonrió mostrando algunos dientes y cerró sus arrugadas manos sobre la espada de la joven. Con una tremenda fuerza la alzó por encima de sí misma para después caer estrepitosamente al suelo. Allí, Lian, no pudo evitar que dos engendros cerraran las zarpas sobre sus ropas y la lanzaran contra la puerta de papel de arroz.

Feng lo vio todo impotente. Aquellas criaturas le mordían, cada vez se lanzaban más sobre él, en realidad nacían de la misma viscosidad que habían visto al entrar, muy furioso se puso en pie lanzándolos al suelo, pero estos no tardaron en ponerse de pie y él blandió su espada. Contraatacaron y el grito de Lian le dio fuerzas. Movió su brazo izquierdo con la misma agilidad que el derecho, asestando estocadas a sus enemigos, amputando sus extremidades, librándose de ellos con facilidad pero cuando pensaba ayudar a su amiga, una mano se cerró sobre su tobillo. Uno de los brazos que había cortado seguía con vida, es más, a aquellas criaturas nada les aplacaba pues a pesar de sus certeros golpes seguían atacándole.

Lian comenzó a arrastrarse, pero allí estaba el engendro de piel quemada, contorsionándose hacia ella, y cuando se giró para huir, el monstruo le mordisqueó el tobillo y gritó. Sus mandíbulas eran afiladas, el dolor desgarrante y furiosa le asestó una patada. Se giró y con su ninjato le cortó la cabeza. Pensaba que ya estaba libre pero el cuerpo volvió a ponerse en pie empuñando un cuchillo y cuando se acercaba a su garganta el brazo le fue amputado. La diablesa estaba a su lado, le tendió la mano y huyeron en busca del muchacho.

A Feng todo le resultaba desconocido, pero de repente se encontró con Ren y Lian, a quien protegió en sus brazos. La diablesa incrustó su katana en el suelo, provocando una breve descarga, lo que detuvo al ser, aprovecharon entonces para huir atravesando la pared de madera.
Ren se iba librando de todo aquel que se cruzaba en su camino, dejando atrás la endiablada aldea, hasta encontrarse a salvo en un camino de tierra. Ya a unos metros divisaban las murallas de Palacio, pero lo que más sorprendió a Lian fue que las defensas que protegían el lugar, no eran ni más ni menos que la guardia de su padre. Traicionada, miró a Feng.

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—¿Por qué los guerreros de mi padre protegen a nuestro enemigo?
Feng, no respondió, tan sólo se encaminó hacia la zona oeste del mural pero fue interceptado por Lian.
—No lo sé, Lian, no lo sé. Aunque me hago una idea pues desde que el comportamiento de tu hermano comenzó a preocuparme empecé a escuchar sus conversaciones.
—¿Qué has averiguado, Feng?—preguntó la diablesa—.Debo saber a que enfrentarme y sé que aquí hay mucha traición de por medio. No quisiera incumplir el deseo de Lian, pues entonces no obtendrías mi parte.
La sonrisa que había dibujado Ren enfureció a Feng, que la maldijo en su interior.
—No he escuchado todas las conversaciones, simplemente fragmentos, además de contar con ciertos rumores de amigos que aún tengo en la guardia. Ni si quiera sé si será cierto o no pero lo que en verdad está sucediendo es que tu hermano y prometido, con sus hombres, han acabado con la aldea. Ellos masacraron a su gente y violaron a sus mujeres. Sabes bien que nuestra guardia es más poderosa que la de ellos, pero no le interesaba una guerra, sino un trueque y ahí es donde entras tú. El Emperador, dolido tras ver masacrada a su gente y sabiendo que no tenía ninguna opción, aceptó el trato de tu hermano y prometido, que era ofrecerte a ti como prometida a cambio de que abandonaran sus reinos. Tu hermano y tu padre pretenden gobernar ambos reinos. Ni tu hermano y ni tu prometido están prisioneros, son invitados de honor, quienes han organizado todo esto. Hicieron creer a las regiones vecinas lo del secuestro para que cedieran sus poderes a tu padre.
—¡Mientes! Ellos no harían eso, ninguno de los dos. No me harían daño de esa manera, esa crueldad que hemos visto en la aldea no ha sido cosa de ellos,¡es imposible!
Feng se encogió de hombros.
A Ren, sin embargo, la idea no le parecía tan descabellada, por lo que decidió poner a prueba si los rumores del muchacho eran ciertos. Seguida por ellos enfilaron por la puerta principal. Allí comprobó que las palabras del joven eran muy ciertas. La guardia no sólo saludó a Feng, sino que se inclinaron ante su señora y les hicieron pasar.
Los jardines estaban cuidados y excesivamente vigilados. Los cerezos formaban parte de su flora y sus pétalos cubrían el entorno, incluso los pequeños embalses adornados con carpas rojas y nenúfares.
El palacio, de piedra gris, se encontraba iluminado. Un largo paseo decorado con barandas doradas daba paso a la entrada, una gran sala de columnas abrillantadas, con largas cortinas de seda en diferentes tonos.
Los guardias los seguían en todo momento por lo que Ren hubo de actuar con rapidez. Se giró, golpeándolos suavemente hasta dejarles inconscientes. La diablesa, sin decir nada, miró en todas direcciones, como si sus ojos traspasaran las paredes, encontrando al fin lo que buscaba. Corrieron un par de metros hasta detenerse en una cómoda dorada situada bajo un gran espejo. Ren tocó la figura del fénix, después la del dragón y por último la del águila, empujando ésta hacia abajo. El mueble se movió hacia la derecha dejando una pequeña compuerta por la que se agacharon, tras cruzarla volvió a cerrarse.
Los pasadizos internos olían a humedad, eran fríos, oscuros, casi no podían ver nada pero al parecer la diablesa sí. En ocasiones pasaban ante espejos por los que podían ver los hechos que ocurrían en otras habitaciones sin que ellos fueran descubiertos, hasta que al fin Ren se detuvo. Ni Feng ni Lian dijeron nada pero la diablesa advirtió entonces a dos hombres que ocupaban cómodos sillones, vistiendo sus mejores galas y comiendo exquisiteces sin ningún remordimiento. Se encontraban ante Shao y Kai.
Ren pensaba abordar en la estancia, cuando Feng le increpó, aprovechando el desconcierto de Lian.
—Por favor, Ren, te lo suplico, te daré mi vida si quieres, lo que sea. Sé que te ha invocado Lian, que nada puede cambiar eso, pero si ella ha de morir o sufrir un gran daño, al menos hazle ver la verdad y que deje de odiarme.
—¿Acaso no ves mis cuernos?, ¿qué te hace pensar que voy hacer el bien?
—Porque te sientes identificada con Lian, porque no has vuelto a jugar conmigo, ni si quiera la has dañado durante nuestro viaje. Sé que eres una diablesa pero los dos sabemos que no eres tan mala como quieres aparentar. Por favor, si vas a matar a Lian, mi vida ya no tendrá ningún sentido y si he de darla, al menos que confirme a los ojos de la mujer que amo que no soy un mentiroso.
Ren dudó. Cabizbaja meditó las palabras del hombre, no solo su petición, pues ya tenía pensado demostrar a la chiquilla como era la escoria que la rodeaba, sino por su supuesta maldad. Asintió y corrió.
Lian quiso seguirla pero Feng se lo impidió. Ambos esperaron hasta ver a la diablesa aparecer en la sala.

Kai y Shao se sorprendieron por la presencia de la mujer, pero no dieron muestras de desconcierto, sino que soltaron graves carcajadas y se acomodaron.
Tapices de variados colores adornaban las tristes paredes grises. Al fondo, los dos hombres ocupaban mullidos divanes, entre ellos había una mesa con comida, bebida y fruta. Los suelos estaban cubiertos por grandes alfombras de diferentes tonalidades, por las que anduvo Ren, deteniéndose ante ellos. Resultaban atractivos y parecidos, aunque Shao estaba mucho más curtido que el futuro Emperador, quien con ojos brillantes como esmeraldas la deseaba. Sus galas eran doradas, adornadas con hilos blancos y abotonados con cordones del mismo tono en el centro. Sus hombros eran anchos y su pecho musculoso, al igual que sus brazos y piernas, protegidas por la tela blanca. El cabello del hombre caía limpio y cepillado sobre sus hombros; un pendiente dorado adornaba su oreja. Le sonreía y ella hizo lo mismo, para al instante mirar al prometido de Lian. Era mucho mayor que ella; su cabello azabache iba recogido en una coleta baja, bebía sin educación y tanto su mentón como su labio superior se encontraban ensombrecidos por vello. Al igual que su compañero su porte era impresionante y sus prendas negras lucían muy bien en él, cuando se levantó fue consciente de su tremenda altura. Entonces, la diablesa, hizo una reverencia.
—Mi señor, dejad que os brinde mis encantos, mi seducción y mis artes, pues soy vuestra servidora, quien os otorgará un placer jamás imaginado.
Kai lanzó una larga carcajada y Ren llegó hasta él. Las manos del hombre se posaron sobre los hombros de la mujer, sintiéndose embrujar por su poder de seducción, por la negrura de sus ojos, su fragancia y cuando sus manos se cerraron sobre sus pequeños pechos gimió de placer. La mujer ronroneó coquetamente, desvistiendo al hombre, que encerró sus labios en la curva de su cuello. Bebió de su piel como si nunca hubiera conocido mujer. Esa diablesa le estaba volviendo loco, sus manos, caricias, sentía que perdía el control, quería tocar todo de ella y sus manos descendieron, apartando la tela que cubría sus piernas cerrándolas sobre su turgente trasero, alzándola y tomándola a horcajadas. Ambos se dejaron caer en el sofá, sin ser conscientes de otra presencia.

Shao terminó de beber de su copa la que lanzó lejos. Eso hizo que la pareja se incorporase. Sin embargo para Kai él no existía, solo la mujer, a quien desnudaba velozmente.
—Estás invitado a venir—dijo, tendiéndole la mano.
Shao sonrió, tomó asiento tras la diablesa, a quien comenzó a acariciar mordisqueando su hombro.

La indignación, frustración, ira y desconsuelo de Lian fueron absorbidas por la mano de Feng. El muchacho la obligó a que dejara de mirar para mecerla en sus brazos, donde dejó que ahogará su llanto, aunque no pudo liberarla de los sonidos provenientes de la sala.
Cuando todo era silencio Lian comenzó a removerse hasta conseguir librarse de Feng para cruzar el espejo de un salto. Tanto su hermano como Shao, quienes se vestían, se sorprendieron al verla. Ren esperaba sentada, con una sonrisa malévola en su rostro, arreglando sus prendas, aunque algunas estaban hechas trizas debido a la pasión vivida.
La Emperatriz llegó hasta Shao a quien abofeteó con energía.
—¡Eres un cabrón! Y tú—gritó a Ren empuñando su ninjato—, una zorra, hija de perra—gruñó y corrió hacia ella.
Ren desenfundó su katana con rapidez golpeando el arma de la Emperatriz y haciendo que la soltara. Entonces desapareció tras la joven, incrustando la larga uña de su dedo índice en su sien.
Feng acudió en su auxilio, aunque la mirada de la diablesa lo decía todo. Se quedó apartado a unos metros, cerca de Shao, a quien sonrió complacido por haber descubierto quien era en verdad ante su amada.

Lian al fin era conocedora de la verdad. Ren le mostraba los recuerdos y pensamientos de Kai y Shao. Los planes trazados junto a su padre, la matanza de la aldea, el trato con Uchiha-sama, quien por salvar a su pueblo, e incluso a ella, aceptó todo ese montaje indignado para que las poblaciones de los alrededores se unieran junto a su padre.
Con un palpitante dolor de cabeza cayó al suelo. Las ideas seguían amontonándose, los pensamientos se cruzaban y ahora estaba todo más claro. Feng siempre había tenido razón. Había estado rodeada de gente a la que no le importaba nada.
Aún aturdida se puso en pie tomando su ninjato con el que señaló a su hermano.
—Blande tu espada, hermano. No voy a dejar que sigas con tus planes.
—¡Lian!—la interrumpió divertido—.No tienes nada que hacer conmigo... Hermanita, me he preocupado por ti, te he buscado un buen hombre con el que seguirás manteniendo tu posición, aunque en un lugar muy lejano. Quizá debí haber escuchado a Shao y haberte entregado a los soldados.
—Ten por seguro que mi espada hoy probará tu sangre, sanaré el daño que has causado y yo seré emperatriz.

Relato Fantástico - ¡Deseo..! II
Hermano y hermana comenzaron a enfrentarse.
Sigilosamente, Ren, se acercó a Feng y le susurró:
—¡Creo que tienes asuntos pendientes! Acábalos que yo me ocuparé de otra cuestión.
El muchacho no lo dudó y si no hubiera sido por Ren su corazón estaría atravesado por el arma de su enemigo. El muy cobarde había aprovechado ese intervalo de palabras para intentar matarlo, pero la diablesa fue más rápida. Finalmente la espada de Feng rompió el pequeño duelo de aceros para ocuparse él del resto.

Ren los dejó solos pues en ese mundo también encontraría algo para ella. Tras amenazar a varios guardias, y mostrar a otros su poder vengativo, fue llevada a donde tenían encerrado al Emperador con su gente.
La diablesa los liberó, y misteriosamente todos los hombres que habían participado en esa conspiración fueron muriendo.
Uchiha Eiri, un hombre de mediana edad, privado de todo honor, y vestido como un simple aldeano, iba a darle las gracias a la diablesa pero fue ella quien se arrodilló a sus pies.
—Mi señor, por favor, debo pediros algo. Os devolveré el honor que se os ha arrebatado, nuevos reinos, una nueva vida. Todo volverá a ser como antes o incluso mejor, pues en los que os mostraré únicamente recibiréis agradecimientos. Os lo suplico, no os arrebataré vuestra vida, pues es bien preciada.
—Decidme, joven diablesa, ¿qué debo hacer?

Los aceros de Feng y Shao se estrellaron. La furia de Feng resultaba tan intensa que hizo caer al general. Entonces alzó la pierna asestándole un fuerte puntapié en el brazo derecho y rompiéndolo.
Shao gritó, rodó sobre sí mismo evitando más golpes y se puso en pie. Allí contempló la sonrisa de satisfacción de Feng; ahora ambos se enfrentaban con el brazo izquierdo. Lo hicieron con odio, furia y fuerza. Ambos, tras varias estocadas, saltaron hacia atrás. Tenían rasguños, sus prendas sangraban y se observaban. Estaban dispuestos a dar el último golpe. Y tras examinarse corrieron el uno hacia el otro pero el desgarrante grito de Lian desconcertó a Feng, que en parte no evitó la espada de su enemigo, pues se incrustó en su hombro derecho.

Lian se enfrentaba a su hermano lo más rápido que podía. La furia le cegaba, asestaba patadas, puños, golpes, todos detenidos por Kai, quien la agarró de la cintura, alzándola por encima de su cabeza y lanzándola contra el sillón. El impacto fue tremendo; Lian se quejaba de su costado, estaba seguro de haberse roto alguna costilla pero hizo otro esfuerzo. Dio un gran salto empuñando su ninjato, que fue detenido por su hermano. Ambas miradas se cruzaron; Lian contemplaba la presión que surgía de las espadas, lo que hizo para que no viera el gesto de su hermano. Éste tomó un puñal de su espalda que incrustó en el hombro de Lian. La joven ahogó una exclamación. Sus fuerzas flaquearon, cayó al suelo y gritó cuando el acero fue extraído con violencia.
Kai alzó su mano derecha para volver a apuñalarla cuando un pequeño cuchillo atravesó su mano. Al mirar por encima de su hombro contempló a la diablesa, que corría hacia él.

Feng agradeció la llegada de Ren, pero no podía evitar preocuparse por Lian, que quizá podría desangrarse, lo que hizo que repusiera fuerzas. A pesar del dolor, de sus heridas, ambos hombres se enfrentaron con golpes rápidos, certeros.
Shao no dejaba de retroceder, hasta quedar acorralado contra la pared. Allí no evitó que la espada se incrustará en su hombro, brazo, e incluso pecho. Giró sobre sí mismo para huir pero Feng fue más rápido; al instante lo tenía frente a él y el acero logró atravesar su corazón. El general quedó atrapado contra la pared.
—Hace años, cuando tú y tus hombres me abordasteis, usasteis pólvora contra mí, me machacasteis por haceros con el cargo de general, juré, que algún día vería tus ojos cerrarse por arte de mi mano. ¡Ese día ha llegado!
Shao lo maldijo pero la vida escapaba de su cuerpo, hasta que cerró los ojos y Feng fue en ayuda de Lian.

La fuerza de la diablesa resultó impactante. Las espadas al estrellarse salieron despedidas, al igual que la pareja, que fue a parar al suelo. Forcejearon. Kai situó a Ren bajo él pero la mujer rió divertida provocando que todo su cuerpo brillara intensamente. Una débil descarga hizo que Kai se retorciera en el suelo, aunque al instante se puso en pie, viéndose rodeado por diferentes Ren. Comenzó a atacarlas enloquecido, extenuándose, hasta volver a encontrarse frente a su hermana, quien empuñaba la katana de la diablesa.
Ambos hermanos alzaron las espadas por encima de sus cabezas; tenían fija la vista en las puntas de sus armas y con un grito corrieron. El primer golpe fue detenido y giraron sobre sí mismos volviendo a enfrentarse. Las armas tintineaban como música celestial.
Ren y Feng contemplaban la danza en la que los hermanos estaban fundidos, donde a veces el repique de los aceros era sustituido por puñetazos y patadas, aunque parecían exhaustos por lo que volvieron a alejarse. Ambos sabían que de ese ataque solo uno saldría con vida y volvieron a enfrentarse. El impacto fue tremendo, irremediablemente Lian retrocedió, pero ambos volvieron a girar, siendo ella más rápida y cuando se encontraron frente a frente ella agarró la espada de su hermano con su mano izquierda mientras que con la katana atravesó su corazón.
Kai cayó al suelo y al momento Lian, exhausta y herida. Feng quiso correr en su ayuda pero Ren se le adelantó, situándose tras ella, mostrando sus afilados colmillos.
—Ren, te lo suplico, quítame la vida a mí. Deja que Lian viva, que gobierne estas tierras... Su padre es un mal hombre y lo sabes.
—Al ser invocada debo llevarme algo conmigo... —susurró—. Lian, no suelo hacer esto pero no voy a llevarme tu vida, únicamente absorberé parte de tu sangre para volver al lugar del que me invocaste. No voy a matarte.
Feng se lo agradeció haciendo una reverencia ante ella y Lian asintió temerosa. Entonces los colmillos de la diablesa se cerraron sobre su garganta. Era un dolor punzante, agudo; sentía como bebía su sangre, iba a gritar cuando sorprendida sintió las manos de Ren bajo sus prendas, acariciándola.
—¿Qué haces, Ren?—jadeó.
—Darte placer para que olvides el dolor.
Feng enarcó una ceja molesto. Consternado contempló las artes amatorias de la diablesa y como sustituía el dolor por el placer hasta que Lian cayó exhausta y él la tomó en sus brazos. Entonces desaparecieron para aparecer en los pasadizos del Palacio de Lian. Desde el lugar el en que se encontraban contemplaban al padre de la Emperatriz satisfecho, orgulloso, sentado en su trono ante una mesa con la promesa de todas las poblaciones colindantes de serle fieles.
Ren miró al hombre, alzó su mano derecha y poco a poco la fue cerrando provocando agudas punzadas al Emperador en su pecho, hasta que su corazón explotó.
Dewei se desplomó sobre la mesa.
—Al final no has resultado ser como pensabas—añadió Feng y Ren le sonrió—. Gracias, Ren, por todo cuanto has hecho. Únicamente tengo una duda, ¿qué ha pasado con Uchiha-sama?
—De eso me ocupo yo. Debo marcharme, futuro monarca—añadió contemplado el estupor de Feng—. No puedo ver el futuro pero hay hechos muy predecibles. Cuida bien a esa niña, porque si no lo haces me temo que vendré y probaré tu sangre hasta dejarte seco.
—Tranquila, Ren, cuidaré de ella.
—Espero que puedas superar mis artes amatorias.
—¡Ten por seguro que sí!
Ren sonrió y una vez apareció la marca bajo ella desapareció para aparecer en el centro de los aldeanos. El tiempo volvió a la normalidad y la diablesa giró sobre si misma con su katana a la altura de la garganta.
Los torpes lugareños no evitaron el corte; su sangre manchó las prendas de la diablesa, quien tras saltar por encima de ellos, volvió a su trono. Allí bebió vino, sorprendida al ver que uno de los campesinos se levantaba. Su garganta rezumaba sangre.
—¡Tú no eres un mero aldeano! Eres un demonio de nivel inferior
El hombre sonrió alzando la mano y lanzando una descarga eléctrica sobre la mujer.
Ren atravesó la pared y cuando se puso en pie la abordó con más energía encerrándola en una burbuja electrocutante. Entonces sus bestias y demonios acudieron en su auxilio. Se lanzaron contra el engendro de nivel inferior al que desgarraron, comiéndose sus entrañas, logrando que su señora quedara libre, fue uno de los súcubos quien se acercó a ella. Su porte era inmenso, al igual que su torso, negro como el carbón. Su larga lengua caía hasta el suelo y su cabeza estaba deformada, con cuernos de un grisáceo enfermizo ensombrecido por llagas rojas.
—Mi señora, los humanos que ha invocado se encuentran aquí.
—Dadle aposentos y traer ante mí al Emperador.
Más tarde Ren y el monarca del Reino de Hiro se encontraban en el balcón, contemplando los terrenos que un día pertenecieron a Gentaro Yuki. Ren sabía que ese hombre podría dar a toda esa gente la paz que se merecían, pues ella estaba agotada de reinar. Había comprendido que arrebatarle a Gentaro su reino no la había calmado, no le daba serenidad y ser una diablesa no le gustaba. Había tardado cuencas en comprenderlo y ese hombre podía hacer el bien.
—Sé que es un buen hombre, y toda esta gente necesita alguien que los guié, no una persona como Gentaro que únicamente les trajo males y pesares.
—Joven diablesa, aunque me honra que piense en mí para gobernar este nuevo reino, empezar desde cero, hacer honor a mi rango... No soy más que un mero hombre con no más de una veintena de aldeanos que esperan en las habitaciones que sus bestias no han encontrado. La mayoría son niños y mujeres. No podemos enfrentarnos a sus súcubos, pues la obedecen, les ha dado libertad y se volverán en su contra cuando quiera dejarlo todo y hacerles volver al terrible lugar del que vienen.
—Lo sé—suspiró, apeándose en la baranda, con la vista perdida—. De esa escoria me ocuparé yo. Únicamente deseo que Washi sea como era antes.
De pronto hubo un gran destello. Al girarse descubrieron que no estaban solos. Un hombre de porte atractivo estaba sentado en el trono, comiendo uvas, también era portador de cuernos. Su nombre, Nobu, un demonio invocado.
—Hola, nena. Me has conjurado y aquí estoy. He de cumplir tu deseo y ten por seguro que tus tretas serán utilizadas en tu contra.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2007