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Ciclo Robert E. Howard: El León de Tiberias (III)
Cabalgó sobre el viento con las estrellas en su pelo;
Como la Muerte cayó su sombra sobre castillos y pueblos;
Y el rey de los Caphar lloró de desesperación,
Bajo los cascos de su semental pisoteó sus coronas.
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (III) III


De esta manera cantaba un vagabundo juglar árabe en la taberna de una pequeña aldea que servía de avanzadilla en el antiguo —y ahora poco usado— camino desde Antioquia a Alepo. La villa era un conjunto de cabañas de barro acurrucadas bajo un castillo que coronaba una colina. La población era de raza indefinida: sirios, árabes, con restos de sangre franca mezclada en sus venas.
Esta noche un representativo grupo estaba reunido en la taberna: nativos trabajadores de los campos; uno o dos delgados pastores árabes; guerreros francos del castillo de la colina, vestidos de cuero y oxidadas cotas de malla; un peregrino que se había desviado por el sur de su ruta a los lugares sagrados; el andrajoso juglar. Dos figuras acaparaban la atención de cualquiera que mirase. Se sentaban en los lados opuestos de una mesa de ruda factura, comiendo carne y bebiendo vino, y eran evidentemente extraños el uno para el otro, ya que no se cruzaban ni una palabra, y se lanzaban miradas furtivas mutuamente de vez en cuando.
Ambos eran altos, de fuertes miembros y anchos hombros, pero ahí terminaba toda semejanza. Uno era barbilampiño, con el depredador rostro de un halcón desde el que unos azules ojos brillaban fríamente. Su bruñido yelmo reposaba en el banco junto a él con el escudo en forma de cometa, y su cofia de malla echada hacia atrás, revelando una mata de pelo dorado rojizo. Su armadura destellaba con sus adornos dorados y su estructura plateada, y la empuñadura de su espada relucía con joyas.
El otro hombre que se sentaba en el lado opuesto a él parecía monótono en su comparación, con su polvorienta cota gris y con el pomo de su espada en el que no brillaba ni oro ni joya alguna. Su leonina melena de corte cuadrado continuaba con una corta barba que enmarcaba las fuertes líneas de la mandíbula y la barbilla.
El juglar terminó su canción con un exultante tañido de las cuerdas, y miró a su audiencia, a medias entre la insolencia y la inquietud.
—Y de esta manera, señores —entonó, con un ojo en las posibles limosnas y el otro en la puerta—, Zenghi, príncipe de Wasit, llevó a sus mamelucos remontando el Tigris en barcos, para auxiliar al sultán Muhammad, que permanecía acampado bajo los muros de Bagdad. Entonces, cuando el califa vio las banderas de Zenghi, dijo: “Mirad, ahora viene en mi contra el joven león que abatió a ibn Sadaka para mí; abrid las puertas, amigos, y arrojaos en los brazos de su piedad, porque nadie prevalecerá frente a él”. Y eso hicieron, y el sultán le dio a Zenghi toda la tierra de el Jezira.
—Oro y poder se escurrían entre sus dedos. A Mosul, su capital, que él encontró como una ruina baldía, la hizo florecer como las rosas florecen en un oasis. Los reyes temblaban ante él, pero los desheredados se regocijaban, pues el los escudaba frente a la espada. Sus sirvientes le consideraban por encima de un dios. De él se ha dicho que dio a un esclavo una cáscara de cereal para guardar, y antes de un año se la pidió de nuevo. Entonces al requerirla, el hombre la puso en sus manos, envuelta en una tela, y por su diligencia, Zenghi le concedió el mando de un castillo. Aunque el Atabeg es un duro señor, es sólo el verdadero creyente.
El caballero de la reluciente malla arrojo una moneda al juglar.
— ¡Bien cantado, pagano! —gritó con una voz áspera que sonaba con extrañas palabras normando francesas—. ¿Conoces la canción del saqueo de Edessa?
—Si, mi señor —dijo el juglar sonriendo socarronamente—, y con la venia de sus señorías la ensayaré.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (III) —Tu cabeza rodará por el suelo primero —dijo el otro caballero repentinamente con una voz profunda y sombría en tono de amenaza—. Es suficiente con que alabases al perro de Zenghi bajo nuestras narices. Ningún hombre cantará bajo un techo cristiano sobre sus carnicerías en Odessa en mi presencia.
El juglar palideció y enmudeció, puesto que los fríos ojos grises del franco parecían siniestros. El caballero con la ornamentada cota miró al que había hablado con curiosidad, sin ningún resentimiento en sus temerarios e inquietos ojos.
—Hablas como alguien a quien el asunto le duele, amigo —dijo.
El otro fijó una mirada sombría en su interlocutor pero no le respondió, salvo un imperceptible encogimiento de sus anchos y enmallados hombros mientras continuaba con su comida.
—Venga —insistió el extraño—. No quise ofender. Soy un novato en estas tierras. Soy Sir Roger d’Ibelin, vasallo del rey de Jerusalén. Me encontré con Zenghi en el sur, cuando Balduino y Anar de Damasco se aliaron contra él, y tan solo quería escuchar los detalles de la toma de Edessa. Por Dios, tan solo unos pocos cristianos escaparon para relatar la historia.
—Pido perdón si le pareció una descortesía —respondió el otro—. Soy Miles du Courcey, al servicio del príncipe de Antioquia. Yo estaba en Edessa cuando cayó.
»Zenghi llegó desde Mosul y convirtió Diyar Bekr en un yermo, tomando pueblo tras pueblo desde la tierra de los selyúcidas. El conde Joscelin de Courtenay había muerto y el gobierno estaba en las manos de la babosa de Joscelin II. A finales de año Zenghi asedió Amid, y el conde quería moverse, pero sólo para marchar contra Turbessel con toda su hueste.
»Abandonamos Edessa dejando la población en las manos de los gordos mercaderes armenios que solo protegían sus bolsas y temblaban de miedo ante Zenghi, incapaces de superar su sucia avaricia lo suficiente para pagar unos mercenarios. A estos dejó Joscelin la defensa de la ciudad.
»Bien, como cualquiera debe saber, Zenghi dejó Amid y marchó contra nosotros tan pronto como escuchó la noticia de que el pobre idiota de Joscelin había partido. Irguió sus máquinas de asedio contra las murallas, y día y noche lanzó ataques contra puertas y torres, que nunca habían caído mientras tuvieran la fuerza necesaria para defenderlas.
»Pero para ser justos, nuestro escasos mercenarios lo hicieron bien. No hubo descanso o facilidades para ninguno de nosotros; día y noche las balistas crujían, piedras y maderos se estrellaban contra las torres, las flechas cubrían el cielo formando susurrantes nubes, y los aullantes diablos de Zenghi trepaban por las murallas. Les batimos hasta que nuestras espadas se rompieron, nuestras cotas colgaron en sangrientos jirones y nuestros brazos estuvieron muertos de cansancio. Durante un mes mantuvimos a Zenghi a raya, esperando al conde Joscelin, pero nunca volvió.
»Fue en la mañana del 23 de diciembre cuando los arietes y las máquinas abrieron una gran brecha en la muralla exterior, y los musulmanes entraron por él como un ardiente río saliendo de una presa. Los defensores cayeron como moscas a lo largo de las rotas defensas, pero la fuerza humana no pudo contener esa marea. Los mamelucos irrumpieron en las calles y la batalla degeneró en masacre. Las espadas turcas no conocían la clemencia. Los sacerdotes murieron en sus altares, las mujeres en sus patios, los niños en sus juegos. Los cuerpos se amontonaban en las calles, los desagües corrían rojizos, y sobre todo esto cabalgó Zenghi montando su negro semental como el fantasma de la Muerte.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (III) —¿Aún así escapaste?
Los fríos ojos grises se volvieron más sombríos aún.
—Yo lideraba un pequeño grupo de guerreros. Cuando caí sin sentido de mi silla por el golpe de una maza turca, me cargaron y fuimos hasta la puerta oeste. La mayoría de ellos murieron en las retorcidas calles, pero los supervivientes me pusieron a salvo. Cuando recuperé el sentido la ciudad estaba lejos de mí.
»Pero regresé. —El narrador parecía haber olvidado a su audiencia. Sus ojos estaban distantes; su peluda barbilla descansaba sobre la malla de su puño; parecía estar hablando para si mismo—. Si, cabalgué hasta las mismas puertas del infierno. Pero me encontré con un criado, que estaba desfallecido muy cerca de la muerte entre los fugitivos más rezagados, y antes de que muriera me dijo que era a ella a la que había visto muerta, destrozada por la cimitarra de un mameluco.
Agitando sus hombros forrados de hierro se recompuso a si mismo como si volviese de un amargo viaje. Sus ojos se volvieron fríos y duros de nuevo; su voz retornó a su tono áspero.
—En estos dos años se ha visto un gran cambio en Edessa, he oído. Zenghi ha reconstruido las murallas y la ha convertido en una de sus más poderosas fortalezas. Nuestra permanencia en esta tierra se esta desmoronando y desgarrando. Con una pequeña ayuda, Zenghi caerá sobre Outremer y arrasará todo vestigio de la cristiandad.
»Esta ayuda puede venir del norte —murmuró el barbudo guerrero—. Yo estuve en la partida de barones que marchó junto a Juan Comneno cuando Zenghi le superó en estrategia. El emperador no tiene amor por nosotros.
—¡Bah! Al fin y al cabo es un cristiano —rió el hombre que se hacía llamar d’Ibelin, moviendo sus inquietos dedos por sus arremolinados mechones leoninos.
Los fríos ojos de du Courcey se estrecharon repentinamente cuando se fijaron en un pesado anillo de oro con un curioso diseño que adornaba uno de los dedos del otro, pero no dijo nada.
Sin prestar atención a la intensa y fija mirada del normando, d’Ibelin se alzó y arrojó una moneda a la mesa para pagar su cuenta. Con una despreocupada palabra de despedida hacia la concurrencia, se levantó y salió de la taberna con un rechinar de su armadura. Los que quedaron dentro le escucharon gritar impacientemente por su caballo. Y Sir Miles du Courcey se alzó, tomó su escudo y su yelmo, y le siguió.
El hombre conocido como d’Ibelin había cubierto quizás media milla, y el castillo de la colina era una borrosa mole tras él, coronada por unos pocos puntos luminosos, cuando el resonar de los cascos de un caballo le hicieron girarse con gutural juramento que no era en francés. Bajo la débil luz de las estrellas distinguió la silueta de su reciente compañero de taberna, y llevó la mano a la empuñadura de su espada. Du Courcey llegó junto a él y le habló a la sombría y silenciosa figura.
—Antioquia está en la otra dirección, buen señor. Quizás has tomado el camino equivocado por descuido. Tres horas cabalgando en esta dirección y llegarás a territorio sarraceno.

Ciclo Robert E. Howard - El León de Tiberias (III) —Amigo —replicó el otro—, no te he pedido tu ayuda en relación a mi camino. Si voy al este o al oeste no es para nada asunto tuyo.
—Como vasallo del príncipe de Antioquia es asunto mío interesarme por cualquier hecho sospechoso en sus dominios. Cuando veo un hombre viajando bajo falsas apariencias, con un anillo sarraceno en su dedo, cabalgando por la noche hacia la frontera, parece lo bastante sospechoso para hacer preguntas.
—Podría explicar mis acciones si lo considerase apropiado —respondió bruscamente d’Ibelin—, pero estas insultantes acusaciones las responderé con la punta de mi espada. ¿Qué quieres decir con falsas apariencias?
—Tú no eres Roger d’Ibelin. Ni siquiera eres francés.
—¿No? —Una risa estridente resonó en la voz del otro mientras deslizaba su espada de la vaina.

—No. He estado en Constantinopla, y he visto los mercenarios norteños que servían al emperador griego. No puedo olvidar tu cara de halcón. Eres un espía de Juan Comneno. El hijo de Wulfgar Edric, un capitán de la guardia varega.
Un gruñido de bestia salvaje salió de los labios del disfrazado y su caballo bufó y brincó convulsivamente cuando le hincó las espuelas, trasladando toda su fuerza a su brazo armado cuando la bestia bajó. Pero du Courcey estaba demasiado curtido como luchador para ser vencido tan fácilmente. Con un tirón de las riendas condujo a su montura alrededor, hasta la parte de atrás. El enloquecido caballo del varego retrocedió, y la silbante espada arrancó chispas del escudo del normando que se elevaba. Con un furibundo grito el furioso normando se giró otra vez para atacar, y los caballos rotaron juntos mientras las espadas de sus jinetes siseaban, formando brillantes arcos, y estrellándose con metálicos golpes en las cotas de mallas o en los escudos.
Ambos lucharon en sombrío silencio, salvo por el jadeo del duro esfuerzo, pero el repicar de sus espadas despertaban la tranquila noche y las chispas volaban de ellas como de la forja de un herrero. Entonces con un ensordecedor crujido un espadón partió un yelmo y resquebrajó el cráneo que contenía. A esto siguió el sordo sonido de una armadura cuando el perdedor cayó pesadamente de su silla. Un caballo sin jinete galopó alejándose, y el vencedor, sacudiendo el sudor de sus ojos, desmontó y se agachó sobre la inmóvil figura forrada de acero.

Continuará...
Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2007