Con este título se introduce el primer volumen de la segunda trilogía de la serie “La era de Conan”, con el denominador común –no el único, pero sí el más notorio- de compartir la época en que el afamado cimmerio recorría tierras hyborias. Los dos siguientes son “Hereje de Set” y “Veneno de Luxur”, todos ellos ambientados en el más enigmático reino de los que componen el continente.
Y, en fin, ¿qué sabemos de Estigia? Realmente, no mucho. El estudio de Howard llamado “La era hyboria” nos explica que los estigios descienden aquella antigua raza que fue expulsada de oriente por los lemurios, pueblo ya poco conocido (o desconocido del todo) en tiempos del rey Kull. Éstos, tras diversas migraciones a lo largo de los siglos, fundaron los reinos gemelos de Aquerón y Estigia, para desgracia de los poco consolidados pueblos de las zonas ocupadas. Sin embargo, pese a ser los únicos países sometidos a un poder fuerte, fueron barridos por los hyborios en su imparable migración hacia el sur (como explica también “El coloso negro”). Únicamente Estigia aguantó su ataque, pero no como aquella potencia que fue, sino como un islote de miedo en un mar de dudas. Así, mucho después de la caída de Conan, será conquistada por invasores vanires, que se establecerán como raza suprema en el estado que acabará siento Egipto.
¿Más? El destronado rey Conan se internará en Khemi, en busca del corazón de Ahriman, pero las descripciones tanto de la urbe como de los templos están teñidas de la oscuridad en la que se ampara el cimmerio, aumentando si cabe el misterio de sus negras torres. Tampoco “La reina de la costa negra” abunda en la descripción de la capital, apenas avistada desde la costa. En “El dios del cuenco” hay referencias al culto de Set y de la lucha del culto de Ibis contra el de la serpiente, y las de “Clavos rojos” sobre las guarniciones de la frontera son menos que anecdóticas. Más valiosos, aunque crípticos, son los comentarios del mismísimo Thot-Amon sobre el poder de los hechiceros de su tierra natal, quizá los únicos comentarios dignos de renombre en el mar de inconsistencias por el que se navega al intentar ahondar en las verdades estigias.
Y ya está. Eso es todo. Pese a que los siniestros rumores de hechicería y el horror del antiguo culto de Set impregnan las páginas acerca del personaje, no hay más referencias directas por parte del autor, pero sí de sus sucesores:
Tengo como información privilegiada (aunque reconozco que esta opinión es muy discutible) las descripciones del palacio de Thot-Amon en el oasis de Khajar, y el fanatismo del hechicero; así como la definitiva incursión del Conan, ya rey de Aquilonia, contra tierras estigias con el fin de dar muerte a este mismo hechicero.
Referencias mucho menos creíbles (nuevamente en mi opinión), son las que se pueden deducir acerca del poder de los hechiceros en “Conan el invencible” y “Conan y el camino de los reyes”. Propio de la más absoluta fantasía es “Conan el rebelde”, el cual no recomiendo salvo a los más fieles devotos del cimmerio; esta última obra se basa en su totalidad en tierras estigias. Y, por último, y pese a encontrarse centrada su acción en los desiertos de Shem, “Conan el profanador” tiene una temática más propia del tema que nos trata (tumbas y pirámides en el desierto, enterramientos rituales y nigromantes con poder sobre los fallecidos).
Por último, omito toda cita a Thot-Amon en “El tesoro de Tranicos” por entrar en manifiesta contradicción con lo escrito por Robert E. Howard en “El negro desconocido”.
Entonces, tras este rápido repaso, llegamos a la conclusión de que, salvo en el abominable caso de “Conan el rebelde”, la realidad de Estigia es algo desconocido incluso por los más curtidos aventureros que recorren tierras hyborias. Es cierto que aún hay menos sobre Cimmeria y sus nativos, y eso derivó en las inconsistencias de la primera trilogía de esta serie, “Leyendas de Kern”; pero hay que reconocer que el señor Steven York ha tenido un notable valor al intentar enfocar la realidad de esta tierra maravillosa y maldita desde el punto de vista de sus nativos, desde el más mísero de ellos hasta las jerarquías del culto de la Serpiente. No olvidemos, nuevamente, que éste no se trata de un reino hyborio, sino de uno mucho más antiguo y con unas formas tanto de organización administrativa como de vida absolutamente distintas.
“El tiempo […] es como las cambiantes arenas del desierto. Nada puede resistirse a él y lo transforma todo. Aquello que no puede desgastar, simplemente lo cubre”.
Sekhemar es el hijo, medio estigio, de un mercader aquilonio establecido en Khemi. Una noche su padre es asesinado por el culto de Set junto con el resto de su hogar, que se verá consumido por las llamas. El joven huye oculto, portando un extraño medallón y el encargo de entregárselo a su desconocida hermana. Años más tarde, bajo la identidad de Anok Wati, ha conseguido afincarse en las afueras de la capital junto a otros parias como él, realizando encargos (habitualmente peligrosos) para los habitantes de la urbe. Sin embargo, su grupo de amistades se tambalea al hacerse adultos y buscar nuevas ocupaciones; y además queda el odio hacia los seguidores de la Serpiente, y el enigma del colgante.
“Para derrotar a la serpiente debes emplear sus propios métodos contra ella”.
Confuso respecto a su futuro, en el curso de una búsqueda, Anok recibe una revelación del olvidado dios Parath, enemigo de Set, así como una oferta para acabar con la religión oficial estigia. Para ello, debe unirse a la misma ordenándose acólito, para ascender por su pirámide de poder y poder corromperla desde dentro. Esto supondrá traicionarse a sí mismo tanto como a sus amigos, renunciando a todo cuanto quería para completar una muy pospuesta venganza.
“La furia ardía en su interior más fuerte que nunca, y podía sentir cómo la energía mística se reconstruía también en su interior”.
Sin embargo, queda pendiente la duda de qué está ocurriendo en realidad: al aparentar sumisión a sus maestros ¿no estará siendo corrompido, a su vez, Anok? ¿Puede un solo hombre, aun con el apoyo de un dios olvidado, acabar con la religión más antigua y poderosa de hyboria?
Aunque bien narrada y carente de inconsistencias notorias, resulta obvio que el señor Steven York no es Howard. Pese a lamentarlo profundamente, reconozco que tampoco es necesario: las historias de “La era de Conan” únicamente utilizan el contexto descrito por el texano, no son las fútiles tentativas de desarrollar al famoso cimmerio, como tantas otras que atormentan mi memoria. La primera mitad de la novela es desconcertante: salvo mostrar que el personaje tiene unas perspectivas de futuro más que dudosas, poco más muestran al lector. Hasta el momento en que el protagonista decide incorporarse al culto de Set, prácticamente no pasa nada. A partir de ahí, en cambio, el ritmo mejora, como si el escritor hubiera encontrado el sentido de su obra, hasta llegar a un final que deja con ganas de más.
Hay dos puntos flojos, uno de ellos esperado y otro realmente decepcionante: era de esperar que, al narrar tan de cerca la realidad del día a día estigio, perdiera el encanto de lo oculto, lo ignoto. Mitos apenas susurrados en la oscuridad de tabernas ophireas se convierten en descripciones tan comunes como la de un taburete, rompiendo esa magia de lo apenas bosquejado. Y por otra parte, y disculpándome por la redundancia, el sistema de magia empleado en este primer tomo es pésimo. Indeciblemente pésimo. Sólo tiene dos ventajas una de ellas que radica (en parte) en las motivaciones de los que la emplean, y su eficacia refleja su ira, su codicia, su ambición. La otra es su escasez, y aunque no hubiera aparecido el par de veces que entra en escena, tampoco se hubiera echado de menos…
Como curiosidad, encontramos a un personaje que nos recuerda a Kern en las montañas norteñas: Fallon, la cimmeria, recorriendo el mundo hyborio en busca de aventuras y riquezas que hagan más atractivos los riesgos. Pese a la insólita presencia de un cimmerio fuera de su tierra, el hecho de que esta guerrera reivindique su linaje (el ya conocido clan Murrogh) indica la presencia de un editor oculto tras el escritor, un editor que tiene intención de establecer una cierta coherencia entre las distintas trilogías de la serie, evitando contradicciones y haciendo que el lector vaya hilando personajes y enclaves.
Y, a la espera del segundo volumen, queda un regusto saludable en el fondo del paladar… porque a todos nos gusta ver cómo los personajes sufren y luchan sin piedad ¿cierto?
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