IV
En la carretera que discurre hacia el sur desde Edessa hasta Rakka habían acampado las huestes musulmanas; las líneas de pabellones de alegres colores se desparramaban por toda la planicie. Fue una marcha tranquila, con vagones, lujoso equipamiento, y todas las pertenencias del hogar, incluidas mujeres y esclavos. Tras dos años en Edessa, el Atabeg de Mosul retornaba a su capital por el camino de Rakka. Las hogueras brillaban al acampar durante el crepúsculo cuando las primeras estrellas asomaban; los laúdes eran tañidos y las voces se elevaban en canciones y risas alrededor de los cacharros de cocinar.
Ante Zenghi, que jugaba al ajedrez con su amigo y cronista, el árabe Ousama de Shayzar, llegó el eunuco Yaruktash, que saludó de manera lenta con voz chillona.
—Oh, León del Islam, un emir de los infieles desea audiencia con vos: el capitán de los griegos al que llaman hijo de Wulfgar Edric. El jefe Il-Ghazi y sus mamelucos se acercaron a él, que cabalgaba solo, y le hubiesen abatido pero arrojó su arma y en su mano vieron el anillo que disteis al emperador como señal secreta para sus mensajeros.
Zenghi se tiró de su negra barba repleta de grises hebras y sonrió de oreja a oreja muy complacido.
—Haced que sea traído ante mí.
El esclavo hizo una reverencia y se retiró.
—¡Alá, que perros son estos cristinos, que se traicionan y rajan mutuamente las gargantas por la promesa de oro o tierras! —le dijo Zenghi a Ousama.
—¿Es bueno confiar en esta clase de hombres? —preguntó Ousama—. Si traiciona a los suyos, seguramente te traicionará a ti si puede.
—Antes comería cerdo que confiar en él —replicó Zenghi, moviendo una pieza del ajedrez con su enjoyado dedo—. Tal y como muevo este peón, moveré al perro emperador de los griegos. Con su ayuda destrozaré a los reyes de Outremer como cáscaras de nuez. Le he prometido sus puertos marinos, y él mantendrá su promesa mientras piense que sus premios están en mis manos. ¡Ja! Ningún pueblo, sino el filo de la espada es lo que le daré. Todo lo que tomemos juntos será para mí. ¡Por Alá, ni Mesopotamia, ni Siria, ni si quiera toda Asia Menor será suficiente! ¡Cruzaré el Helesponto! ¡Cabalgaré sobre mi semental hasta los palacios del Cuerno de Oro! ¡La misma tierra de los francos temblará ante mí!
El sonido de su voz era como el gañido de una estridente trompa, casi aturdiendo a los oyentes con su dinámica intensidad. Sus ojos resplandecían, sus manos de hierro se cerraban sobre la pieza de ajedrez.
—Estás viejo, Zenghi —advirtió el cauteloso árabe—. Has conseguido mucho. ¿No hay límite a tus ambiciones?
—¡Si! —rió el turco—. ¡El cuerno de la Luna y los puntos de las estrellas! ¿Viejo? Once años más viejo que tú mismo, y más joven de espíritu de lo que has llegado a ser. ¡Mi musculatura es de hierro, mi corazón es fuego, mi ingenio mas fino que el día en que derroté a ibn Sadaka junto al Nilo y puse mis pies en la brillante escalera hacia la gloria! Calma, aquí llega el franco.
Un menudo muchacho de alrededor de unos dieciocho años, sentado con las piernas cruzadas en el extremo del mismo diván donde se acomodaba Zenghi, había estado escuchando con absoluta adoración. Sus pequeños ojos marrones brillaron cuando Zenghi habló de su ambición, y su delgada figura se estremeció con excitación, como si su alma se hubiera prendido fuego con las salvajes palabras del turco. Ahora miraba hacia la entrada del pabellón al igual que los otros, cuando los mamelucos entraron con el visitante entre ellos. Sus vainas estaban vacías. Habían dejado las armas fuera de la tienda real.
Los mamelucos retrocedieron y se colocaron al otro lado del estrado, dejando al franco en un espacio abierto frente a su señor. Los penetrantes ojos de Zenghi exploraron la alta forma embutida en una cota adornada en oro, fijándose en su afeitada cara y sus fríos ojos, y se posaron en el anillo decorado con suras del Corán que se encontraba en el dedo del hombre.
—Mi señor, el emperador de Bizancio —dijo el franco en turco— os envía saludos, oh Zenghi, León del Islam.
Mientras hablaba se fijó con detalle en la impresionante figura, forrada de acero, seda y oro, que estaba ante él; el fuerte y oscuro rostro, la poderosa figura, en la que a pesar de los años, se resaltaban los músculos y una inquebrantable vitalidad; por encima de todo, los ojos del Atabeg brillaban con una imperecedera juventud y una fiereza innata.
—¿Y que dice vuestro señor, oh Wulfgar? —preguntó el turco.
—Os envía esta misiva —respondió el franco, mostrando un paquete y cediéndoselo a Yaruktash, que se volvió, y postrándose de rodillas, se lo dio a Zenghi. El Atabeg examinó el pergamino, marcado por la inconfundible mano del emperador y lacrado con el sello real bizantino. Zenghi nunca trataba con subordinados, siempre con altos cargos tanto de amigos como de enemigos.
—El sello ha sido roto —dijo el turco, fijando sus inquisitivos ojos en la inescrutable faz del franco— ¿La habéis leído?
—Sí. Fui perseguido por los hombres del príncipe de Antioquia, y temiendo que fuera buscado y encontrado, abrí la misiva y la leí, por si tuviera que destruirla para evitar que cayese en manos enemigas, y así poder repetiros el mensaje palabra a palabra de mi boca.
—Déjame escuchar, entones, si vuestra memoria e igual a vuestra discreción —ordenó el Atabeg.
—Como deseéis. Mi maestro os dice: «De acuerdo con lo pasado entre ambos, debo tener una prueba mejor de vuestra buena fe. De tal manera enviadme con este mensajero, quien, creo es desconocido para vos, pero que es un hombre de confianza, todos los detalles que deseo y buena prueba de la ayuda que nos prometisteis para el propuesto movimiento contra Antioquia. Antes de hacerme a la mar, debo saber vos estáis preparado para moveros por tierra, y que allí nos ataremos con juramentos el uno al otro.» Y la misiva esta firmada por la propia mano del emperador.
El turco asintió; con una alegría diabólica bailando en sus azules ojos.
—Estas son sus propias palabras. Bendito sea el monarca que posee tal vasallo. Siéntate sobre ese montón de cojines; te traerán comida y bebida.
Llamando a Yaruktash, Zenghi le susurró al oído. El eunuco se inclinó y se volvió a inclinar, y entonces se despidió y abandonó el pabellón. Unos esclavos trajeron carne y el prohibido vino en recipientes de oro, y el franco sació su hambre con verdadero placer. Zenghi le observó inescrutablemente y los relucientes mamelucos permanecieron como estatuas de bruñido acero.
—¿Has pasado primero por Edessa?— preguntó el Atabeg.
—No. Cuando dejé mi barco en Antioquia me dirigí primero hacia Edessa, pero tan pronto como crucé la frontera encontré una banda de vagabundo árabes, que reconocieron tu anillo, y me dijeron que marchabas hacia Rakka, camino de Mosul. Así que giré y cabalgué para cruzarme con vuestro camino, y mi camino ha sido sencillo gracias al anillo, hasta que finalmente me encontré con el jefe Il-Ghazi quien me escoltó hasta vuestra presencia.
Zenghi asintió su leonina cabeza lentamente.
—Mosul me llama. Vuelvo a mi capital para reunirme con mis halcones, y ampliar mi ejército. Entonces volveré para arrojar a los francos al mar con la ayuda de vuestro señor.
»Pero he olvidado la cortesía debida a un huésped. Este es el príncipe Ousama de Sheyzar, y este muchacho es el hijo de mi amigo Nejm-ed-din, que salvó mi ejercito y mi vida cuando escapé de Baraja el Copero, uno de los pocos enemigos que han visto mi espalda. Su padre mora en Baalbekk, que le di para que gobernase, pero me llevo a Yusef conmigo a Mosul. En verdad, él es más para mí que mis propios hijos. Le he llamado Salah-ed-din, y será una espina en la carne de la cristiandad.
En ese instante Yaruktash entró y susurró al oído de Zenghi, y el Atabeg asintió.
Cuando el eunuco se retiró, Zenghi se volvió al franco. Los modales del turco habían cambiado súbitamente. Sus parpados cayeron sobre sus brillantes ojos y una débil insinuación de burla curvó sus barbados labios.
—Te mostraré alguien cuyo semblante conoces hace mucho —dijo.
El franco le miró con sorpresa.
—¿Tengo un amigo entre las huestes de Mosul?
—¡Ahora verás! —Zenghi palmeó sus manos, y Yaruktash, apareciendo en la puerta del pabellón agarrando una delgada muñeca blanca, arrastró a la propietaria hasta el centro y la arrojó de tal manera que cayera sobre la alfombra a los pies del franco. Con un terrible grito su cara comenzó a palidecer.
—¡Ellen! ¡Dios mío! ¡Viva!
—¡Miles! —Ella imitó su grito mientras se aferraba a sus rodillas. En una neblina de estupefacción él vio sus blancos brazos extendidos, su pálida faz enmarcada por el dorado pelo que le caía sobre los blancos hombros, y el escueto harim que apenas le cubría el cuerpo. Olvidando todo se arrodilló junto a ella, rodeándola entre sus brazos.
—¡Ellen! ¡Ellen de Tremont! Habría recorrido el mundo por ti y encontrado un camino a través de las mismas legiones de Infierno, pero me dijeron que estabas muerta. Musa, antes de morir a mis pies, juró que te había visto tendida sobre tu propia sangre entre los cadáveres de sus sirvientes en tu patio.
—¡Ojalá lo hubiese querido Dios! —sollozó ella, con su dorada cabeza sobre el pecho cubierto de acero—. Pero cuando ellos asesinaron a mis criados, yo caí entre sus cadáveres desmayada, y su sangre manchó mis ropas; así que la gente pensó que había muerto. Fue el mismo Zenghi quien me descubrió viva, y me tomó. —Y hundió la cara entre sus manos.
—Y así que, Sir Miles de Courcey —restalló la sardónica voz del turco—, ¡has encontrado un amigo entre los de Mosul! ¡Idiota! Mis sentidos son más afilados que el filo de una espada. ¿Piensas que no te había reconocido a pesar de tu cara afeitada? Te vi demasiado a menudo sobre las defensas de Edessa, arrojando abajo a mis mamelucos. Lo supe tan pronto como entraste. ¿Qué has hecho con el mensajero real?
Sombríamente, Miles se liberó de los tenaces brazos de la chica y se levantó, mirando al Atabeg. Zenghi se alzó de la misma forma, rápido y ágil como una gran pantera, y esgrimió su cimitarra, mientras por todas partes, mamelucos con plumas de garza, comenzaron a aparecer en silencio. La mano de Miles se separó de su vacía vaina y sus ojos se posaron durante un instante en algo que había junto a sus pies, un cuchillo curvo, de los que se usan para pelar la fruta, que estaba allí medio olvidado, escondido bajo un cojín.
—El hijo de Wulfgar Edric yace muerto entre los árboles del camino de Antioquia —dijo Miles severamente—. Me afeité la barba y cogí su armadura y el anillo.
—La mejor manera de espiarme —inquirió Zenghi.
—Sí —no había temor en Miles du Courcey—. Quería conocer los detalles de la trama que tenías con Juan Comnenno, y obtener pruebas de su perfidia y tu ambición para mostrarlas a los señores de Outremer.
—Había deducido casi todo —sonrió Zenghi—. Te conocía, como dije. Pero quería que te traicionaras a ti mismo; junto a la chica, que había mencionado tu nombre entre sollozos muchas veces durante los años de su cautiverio.
—Fue un gesto indigno que muestra tu carácter —dijo Miles sombríamente—. Aún debo agradecerte por dejarme verla una vez más, y saber que aún vive quien pensé había muerto hace tiempo.
—La he hecho un gran honor —respondió Zenghi riendo—. Ha estado en mi harem durante dos años.
Los siniestros ojos de Miles se hicieron más sombríos, pero unas grandes venas palpitaron ardientes sobre sus sienes. A sus pies la chica se cubría la cara son sus blancas manos y sollozaba sordamente. El chico del cojín parecía vacilante, casi sin comprender. Los finos ojos de Ousama estaban llenos de compasión. Pero Zenghi gruñó ampliamente. Estas escenas eran como el vino para el turco, agitándose por dentro con la gigantesca risa de su raza.
—Me bendecirás por mi regalo, Sir Miles —dijo Zenghi—. Me alabarás por mi regia generosidad. ¡Sea, la chica es tuya! Cuando te ate mañana entre cuatro caballos salvajes, ella te acompañará al Infierno sobre una estaca afilada! ¡Ja!
Miles se movió como una cobra atacando. Haciéndose con el cuchillo bajo el cojín, saltó. No hacia el protegido Atabeg que estaba sobre el diván, si no sobre el chico que estaba en la esquina del sofá. Antes de que pudieran pararle, cogió al joven Saladino con una mano, y con la otra presionó con el filo del cuchillo su garganta.
—¡Atrás, perros! —su voz chasqueó con la locura del triunfo—. ¡Atrás, o envío a este infiel derecho al Infierno!
Zenghi, con la cara lívida, gritó frenéticamente una orden, y los mamelucos retrocedieron. Entonces, mientras el Atabeg permanecía tembloroso y desconcertado, desorientado por primera y única vez en su salvaje carera, du Courcey reculó hasta la puerta, sujetando a su cautivo, que nunca gritó ni se resistió. Los contemplativos ojos marrones no expresaban miedo, simplemente una fatalista resignación filosófica más allá de la edad de su propietario.
—¡Conmigo, Ellen! —exclamó el normando, su sombría desesperación había cambiado a dinámica acción—. Sal por la puerta antes que yo. ¡Atrás, perros, he dicho!
Fuera del pabellón, se volvió, y los mamelucos que venían corriendo, espada en mano, se pararon en cuanto vieron el peligro inminente en el que estaba el favorito de su señor. Du Courcey sabía que el éxito de su acción se basaba en la velocidad. La sorpresa y audacia de su movimiento había cogido a Zenghi desguarnecido, esto había sido todo. Un grupo de caballos estaba cerca de él, ensillados y con las bridas puestas, siempre listos para los antojos del Atabeg, y du Courcey los alcanzó con un simple y largo paso, los mozos se apartaron tras sus amenazas.
—¡A una silla, Ellen! —exclamó, y la chica, que le había seguido como en trance, reaccionó mecánicamente a sus órdenes, y se encaramó a la montura más cercana. Rápidamente él siguió su ejemplo y cortó las cuerdas que sujetaban sus monturas. Un bramido del interior de la tienda le indicó que el momentáneamente disperso ingenio de Zenghi le había vuelto de nuevo, y arrojó al muchacho sobre la arena sin herirlo. Su utilidad como rehén había pasado. Zenghi, tomado por sorpresa, había seguido instintivamente la sugerencia de su inusual afecto por el muchacho, pero Miles sabía que su brutal razón le dominaría de nuevo, el Atabeg no podía permitir que ese afecto se cruzara en el camino de su recaptura.
El normando se giró hacia atrás, atrayendo el caballo de Ellen junto a él, tratando de escudarla con su propio cuerpo de las flechas que ya estaba silbando junto a ellos. Hombro con hombro corrieron hacia el espacio abierto frente al pabellón real, atravesando por un anillo de hogueras, debatiéndote por un instante entre los clavos y vientos de las tiendas y las aullantes y escurridizas figuras; entonces encontraron el desierto, y huyendo escucharon como el clamor moría tras ellos.
Estaba oscuro, las nubes volaban por el cielo y ocultaban las estrellas. Con el resonar de cascos de caballo tras ellos, Miles se salió del camino que se dirigía al oeste y volvió de nuevo al desierto sin caminos. Tras ellos el ruido de cascos continuó hacia el oeste. Los perseguidores habían seguido la vieja ruta de las caravanas, suponiendo que los fugitivos habían seguido por él.
—¿Ahora qué, Miles? —Ellen estaba montando junto a él, y agarrándose a su brazo forrado de acero como si temiera perderle de vista repentinamente.
—Si cabalgamos directos hasta la frontera nos cogerán —respondió él—. Pero yo conozco esta tierra tan bien como ellos. He cabalgado por toda ella en incursiones y guerras con el conde de Edessa; así que sé que Jabar Kal’at está a nuestro alcance, hacia el sudeste. El comandante de Jabar es un sobrino de Ruin-ed-din, el verdadero gobernante de Damasco, que, como quizás sepas, ha hecho un pacto con los cristianos contra Zenghi, su viejo rival. Si podemos alcanzar Jabar, el comandante nos dará cobijo y comida, y caballos frescos y una escolta hasta la frontera.
La chica inclinó su cabeza con consentimiento. Aún se encontraba como embrujada. La luz de la esperanza ardía demasiado débil en su alma para punzarla con más aguijones. Quizás en su cautiverio había absorbido algo del fatalismo de sus señores. Miles la miró, inclinada sobre su silla, humilde y silenciosa, y pensó en la imagen que tenía de una fresca y risueña belleza, vibrando de vitalidad y alegría. Y maldijo a Zenghi y sus actos con furia enfermiza. Así, cabalgaron toda la noche, la destrozada mujer y el hombre amargado, productos del León que manejaba espadas, almas y corazones humanos, y cuyas victimas, vivas o muertas, colmaban la tierra como una plaga de afligidos, agónicos y desesperados.
Toda la noche avanzaron tan rápido como pudieron, atentos a los sonidos que pudieran delatar a los perseguidores que hubiera en su camino, y al amanecer, cuando el sol despedía brillos de los yelmos de los rápidos jinetes, vieron las torres de Jabar sobresaliendo desde las cristalinas aguas del Eufrates. Era un fuerte torreón, protegido por un foso que lo rodeaba, conectando con el río en cada extremo. A su llamada, el comandante del castillo apareció sobre la muralla, y unas pocas palabras fueron suficientes para que el puente bajara. Pero no llegaron demasiado pronto. Tan pronto como cruzaron el puente, el retumbar de los cascos llegó a sus oídos, y cuando pasaron bajo las puertas, una lluvia de flechas cayó sobre ellos.
El jefe de los perseguidores refrenó su encabritado corcel y llamó arrogantemente al comandante de la torre.
—Oh, hombre. ¡Dame esos fugitivos, para que su sangre no apague los fuegos de vuestra torre!
—¿Soy yo un perro para que me habléis así? —preguntó el selyúcida, tirando de su barba con efusión—. Vete, o mis arqueros atravesaran vuestras armaduras con cincuenta astiles.
Como respuesta el mameluco rió con mofa y señaló al desierto. El comandante palideció. A lo lejos el Sol se reflejaba en un océano de acero en movimiento. Sus entrenados ojos le dijeron que era todo un ejército en marcha.
—Zenghi ha modificado su camino para cazar un par de chacales en fuga —dijo el mameluco con sorna—. Un gran honor les ha concedido, marchando duro toda la noche picando espuelas. Sácalos fuera, oh ignorante, y mi señor se irá en paz.
—Será según los deseos de Alá —dijo el selyúcida, recobrando la compostura. Pero los amigos de mi tío se han puesto ellos mismos en mis manos, y la vergüenza caerá sobre mí y los míos si se los doy a un carnicero.
Nada alteró su resolución, ni cuando el mismo Zenghi, con la cara tan oscurecida por la exaltación como la negra capa que flotaba desde sus acorzados hombros hasta su semental, se alzó sobre su montura y le habló.
—Oh, hombre. Por acoger a mi enemigo has renunciado a vuestro castillo y a vuestra vida. Aún así puedo ser misericordioso. Expulsa a aquellos que han huido y permitiré marchar sin daños a vuestras mujeres y sirvientes. Persiste en esta locura y os quemaré como a ratas en vuestro castillo.
—Será según los deseos de Alá —repitió el selyúcida filosóficamente, y en un tono más bajo le dijo tranquilamente a un agazapado arquero: —Lánzale rápido una flecha a ese perro.
La flecha golpeó sin causar daño en el arzón de Zenghi y el Atabeg galopó fuera de tiro con un aullido de sarcástica risa. Ahora empezó el asedio a Jabar Kal’at, no cantado ni glorificado, aunque allí fueron lanzados los dados del destino.
Los jinetes de Zenghi asolaron lo alrededores y formaron un cordón alrededor del castillo a través del cual ningún mensajero pudiera salir en busca de ayuda. Mientras el emir de Damasco y los señores de Outremer permanecieran ignorantes de lo que estaba pasando más allá del Eufrates, ellos vencerían fácilmente en la desigual batalla.
Al caer la noche los arietes y las máquinas de asedio estaban montados, y Zenghi dispuso el asedio con la maestría que da una gran práctica. Los zapadores turcos condenaron el foso en su extremo superior, a pesar de las flechas de los defensores, y rellenaron el terreno drenado con tierra y piedras. Cubiertos por la oscuridad cavaron minas bajo las torres. Las balistas de Zenghi crujían y chascaban y enormes rocas arrojaban a los hombres de los muros como si fueran bolos o los aplastaban a través de los tejados de las torres. Sus arietes socavaban y golpeaban las murallas, sus arqueros apostados en las torretas aseteaban interminablemente, y sobre escaleras y torres de asalto sus mamelucos presionaban incansablemente hacia el interior. La comida menguó en las despensas del castillo, los montones de muertos crecían, y suelo se llenó de hombres heridos que gemían y se retorcían.
Pero el comandante selyúcida no sacó sus pies del camino que había tomado. Sabía que ya no podría comprar la seguridad a Zenghi, incluso dándole sus protegidos; para su prestigio, nunca consideró esta posibilidad. Du Courcey lo sabía, incluso aunque ninguna palabra al respecto fue dicha entre ambos, el comandante tenía muestras de la fiera gratitud del normando. Miles mostró su agradecimiento con actos, no con palabras. En la lucha sobre las murallas, en la masacre de las puertas, en las largas noches de guardia sobre las torres; con zumbantes golpes de espada que atravesaron protecciones y picudos yelmos, que partieron espaldas y cortaron cuellos y aplastaron y despedazaron cráneos; por tirar abajo las escalas de asalto cuando los tenaces turcos aullaban al caer hacia la muerte, y sus camaradas gritaban sobre la terrible fuerza que el franco tenía en sus manos desnudas. Pero los arietes destrozaron, las flechas cantaron, la marea de acero rompía una y otra vez, y los demacrados defensores cayeron uno a uno hasta que sólo una mínima fuerza permaneció en las desmigajadas murallas de Jabar Kal’at.
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